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miércoles, 24 de noviembre de 2010

RESIDENTAS, DESTINADAS Y TRAIDORAS. Compilador: GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ / Introducción: GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ

RESIDENTAS, DESTINADAS
Y TRAIDORAS (2ª EDICIÓN)
Compilador:
GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ
(Enlace con datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Tapa: Julio Cacace
RP ediciones – CRITERIO,
Asunción-Paraguay
1991 (pp.159)



INTRODUCCION

Forma parte del folklore local la idealización de la guerra y, dentro de la bendita idealización, el culto romántico a la residenta, a la heroica mujer del Paraguay que acompañó, pacientemente, al hombre en todos los infortunios de la guerra.
La realidad, sin embargo, no es favorable a las idealizaciones, como lo muestra el testimonio del capitán Domingo A. Ortiz, combatiente de la guerra grande que, como miembro de una comisión de límites paraguayo-brasilera, volvió a visitar el campamento de Espadín en 1873 y dijo:
“El 1º de octubre (1873) nos hallamos en la cabecera del arroyo Espadín, célebre por la desgraciada suerte que sufrieron en sus solitarias costas, centenares de las principales familias del Paraguay, durante la cruel y desastrosa guerra del año 1865.
El 9 del mismo mes, recogimos datos sobre el curso del arroyo Espadín, estuvimos hasta la isla que sirvió de recostadero al campamento de las destinadas, de cuya proximidad, eran indicios vehementes, los numerosos cráneos y huesos humanos que veíamos a los lados del camino.
El 22 de octubre, tuve ocasión de visitar aisladamente el ex campamento de las destinadas del Espadín, horrible necrópolis, donde los numerosos vestigios de las víctimas infelices que allí gemían entre el hambre y la miseria, sufriendo atroces tormentos, afligen profundamente el ánimo más frío e insensible.”
El capitán Domingo A. Ortiz no era un polemista ni lo que hoy llamaríamos un antilopizta; él se limitaba a consignar, en su informe presentado al Ministerio de Relaciones Exteriores en 1874, lo que había visto en el campamento de destinadas de Espadín (que hoy llamaríamos campo de concentración).
Otro testimonio poco romántico es el de una destinada de Espadín, la señora Dorotea Duprat de Lasserre, enviada a Espadín porque su padre, hermano y esposo, habían sido ejecutados como reos políticos en el proceso de San Fernando:
“Cayó una lluvia espantosa: estaba con un dolor terrible de muelas, nos mojamos en grande, amanecimos sin un mate de yerba que tomar, ni un bocado de algo que comer; eran ya las doce, llovía siempre, ya teníamos verdadera hambre, la sirvienta de la señora de Leite estaba en un estado deplorable de languidez, cuando de repente abortó una burra de la señora; yo les dije que en Francia se comía burro, y que comiesen el aborto al momento. Se animaron y bajo una continua lluvia cocinaron esa carne... yo cerré los ojos, pues había jurado vivir y comí ese alimento.”
La señora Duprat de Lasserre fue destinada, y como tal compartió la suerte de la señora Concepción Domecq de Decoud, madre de José Segundo Decoud, fundador del partido colorado, y de Héctor Decoud, conocido historiador. ¿El crimen de la señora? Ser la esposa de uno de los organizadores de la Legión Paraguaya. Ciertamente, la señora se encontraba en Asunción cuando comenzó la guerra mientras que su marido, en Buenos Aires, activaba contra el gobierno de López. De cualquier manera, la mujer tuvo que salir de Asunción como traidora y peregrinar en compañía de cuatro hijos menores de edad. Otra destinada fue Carmen Urdapilleta de Jovellanos, cuyo marido murió en la cárcel porque, siendo juez, se negó a dictar una sentencia en los términos queridos por López... La culpa del marido alcanzó a la mujer, que tuvo que hacer a pié el camino de Espadín, fue rescatada del campo de concentración por los brasileros (antes que los esbirros de López tuviesen tiempo de cumplir la sentencia de muerte dictada contra ella), se casó en segundas nupcias con un proveedor del ejército aliado, Juan O'Leary, tuvo con él un hijo llamado Juan Emiliano O'Leary, llamado a convertirse en el mayor apologista de Francisco López, repudiado después de la guerra por sus víctimas y cómplices -Bernardino Caballero lo llamó "Nerón americano"; sus fiscales de sangre, Fidel Maíz, Matías Goiburú y Silvestre Aveiro, han dado testimonio de sus crímenes (véanse las declaraciones de estos dos últimos, incluidas en este libro). La reivindicación de López, ídolo de una religión nacionalista, llega al Paraguay como reflejo de las ideas totalitarias de la Acción Francesa, y se convierte en ideología oficial de las dictaduras de Higinio Morínigo y Alfredo Stroessner. En esta ideología de extrema derecha, la historia es el resultado de la acción de "un puñado de jefes" (palabras de Charles Maurras, cabecilla de la Acción Francesa); los soldados cumplen alegremente las órdenes del jefe; las mujeres son carne de cañón supletoria: empuñan las armas cuando el ejército se va quedando sin hombres. Los hombres están "para gastarse" por el jefe; todo el mundo está feliz con la carnicería...
Esto, al menos, es lo que dice la ideología militarista oficial, la que se muestra incapaz de explicar por qué, si todo el mundo seguía a López, era obligado a hacerlo; la que prefiere ignorar que hubo deserciones masivas en el ejército paraguayo y rebeliones de mujeres del pueblo durante la guerra mujeres no persuadidas de las ventajas de morir por la patria en los términos propuestos por el "generalito".
Y, volviendo ahora a la imagen convencional de la residenta, hay que recordar que la evacuación de Asunción fue ordenada por López en febrero de 1868 bajo pena de muerte y, que había distintas categorías entre las mujeres condenadas al éxodo: estaban las agraciadas, las mujeres cuyos parientes se llevaban en buenos términos con López; estaban las traidoras, parientes de reos políticos, castigadas por las faltas de familiares, e incluso por las faltas de amigos y conocidos. Y este es uno de los aspectos más curiosos -por no decir siniestros- de la guerra y del gobierno de López en general: el hecho de que se aplicase el criterio de la responsabilidad colectiva, propio de la Edad Media. En la Edad Media, como se sabe, la culpa de un traidor podía recaer sobre la familia, sobre la vecindad, e incluso sobre todo un pueblo; se sabe también que López gobernó con la ley de las Siete Partidas, las Ordenanzas Militares españolas y la legislación colonial española, pero no está claro si para López la aplicación de aquellas leyes era una cuestión de principios o una cuestión dé oportunismo o terrorismo político. El hecho es, de cualquier manera, que se cometieron muchas violencias contra las mujeres -y contra las familias- traidoras; las traidoras que no fueron fusiladas después de haber pasado todo tipo de vejámenes y torturas (incluyendo la violación) como Juliana Insfrán de Martínez, "la heroína del dolor", corrieron la suerte de ser destinadas a Yhú y a Espadín (Espadín se encuentra actualmente en territorio brasilero, cerca de la unión de las cordilleras de Amambay y Mbaracayú, y allí se instaló un campo de concentración para traidoras).

EXODO, RETIRADA Y FUGA
Para comprender la peregrinación de residentas y traidoras, es preciso recordar sucintamente el desarrollo de la guerra, que comenzó en 1864, con la invasión paraguaya del Matto Grosso, y continuó con la declaración de guerra a la Argentina, en marzo de 1865. Semanas después de esta declaración, López envió al Coronel Estigarribia, con 12.000 hombres, a invadir el Brasil y al general Robles, con 25.000 hombres, a invadir la Argentina. Dado que la población del Brasil, entonces, era de unos 10.000.000 de habitantes y que ese país, movilizado militarmente, tenía unos 30.000 hombres en armas en Río Grande del Sur, la expedición de Estigarribia estaba destinada al fracaso: Estigarribia se rindió en setiembre de 1865 con lo que le quedaba de su ejército, 6.000 hombres (entre abril y setiembre había perdido la mitad de sus fuerzas). Declarado traidor, tuvo la suerte de quedar prisionero de los aliados. Robles, sin embargo, incapaz de cumplir su cometido, por lo demás imposible, fue relevado de su puesto y fusilado como traidor. Para fines de 1865, el ejército paraguayo se había replegado de la Argentina y la guerra toma para el Paraguay un carácter defensivo y ya no más ofensivo. Para fines de 1865, el ejército paraguayo había perdido, en estimaciones de Thompson y de Cecilio Báez, más de 60.000 hombres.
En otras palabras, se terminó lo que, en propiedad, podía llamarse el ejército paraguayo, ya que las nuevas levas incorporaron a un número excesivo de menores de edad y de personas de edad muy avanzada para empuñar las armas. Y digo que el ejército paraguayo se terminó a fines de 1865 en base a las siguientes estimaciones: (a) en una movilización militar total, como la que tuvo lugar en la segunda guerra mundial, Alemania mandó al ejército al 10% de su población total -ya incorporando a menores de edad; (b) según estimaciones aceptables, la población paraguaya, en 1864, se acercaba a los 500.000 habitantes; (e) en una movilización militar total, el Paraguay de 1864 no podía haber mandado al ejército más de 50.000 hombres (hablamos de un ejército compuesto, mayormente, de hombres aptos, no de los niños y ancianos que después se enrolaron); (d) si bien la cifra de 64.000 bajas (Báez) puede ser exagerada, reduciéndola a la mitad podemos decir con fundamento que 32.000 bajas significaban el fin de un ejército de 50.000 hombres. (En su prólogo a las Memorias de Juan Crisóstomo Centurión, Natalicio González afirma que el ejército paraguayo, al inicio de las hostilidades, tenía unos 38.000 hombres, cifra aceptable).
Si López hubiera optado por la defensiva, quizás hubiera tenido chances de victoria; sin embargo, el 24 de mayo de 1866, atacó con unos 20.000 hombres, que no contaban, prácticamente, con apoyo de artillería, a un ejército aliado dos veces superior en número y bien aposicionado en Tuyutí; esta batalla terminó con el aniquilamiento del ejército agresor, cuyos pocos sobrevivientes se retiraron a un campamento que no estaba fortificado, el de Paso Pucú. Si los aliados hubieran tenido la osadía de atacar, hubieran llegado sin mayor esfuerzo a la comandancia de López. Sin embargo, su falta de información o de audacia dio a los paraguayos las semanas de tiempo que necesitaban para reorganizarse. De cualquier manera, la guerra ya estaba perdida para el Paraguay, país económicamente arruinado por la guerra, como lo observó el representante francés, Cochelet, en informes consulares a su gobierno (publicados sólo parcialmente). La guerra estaba perdida -señaló Cochelet- porque no había medios para continuarla, y no había medios para continuarla porque el bloqueo de los ríos había terminado con el comercio exterior, vital para la economía paraguaya, a pesar de ciertas afirmaciones en contrario y relativas a la "autonomía" paraguaya. (El bloqueo de los ríos, además, tuvo otras consecuencias negativas, como el impedir que llegasen al Paraguay vacunas contra la viruela, enfermedad que diezmó la población del país, juntamente con otras pestes, como el sarampión y el cólera).
Para suerte o para infortunio del Paraguay, la incompetencia militar de López se vio compensada por la de los aliados; éstos, en vez de encerrar a López en el cuadrilátero mediante una operación conjunta de ejército y marina, optaron por atropellar las fortificaciones de Curupayty, el 22 de setiembre de 1866, con el resultado que se conoce. La derrota, las recriminaciones recíprocas y la inestable política argentina demoraron las operaciones aliadas por mucho tiempo pero, finalmente, los brasileros decidieron seguir el plan original de Mitre: encerrar a López en el cuadrilátero, cortarle las comunicaciones con Asunción y el resto del país y obligarlo a rendirse. El plan, estratégicamente correcto, fue tácticamente mal ejecutado, y el famoso cerco del cuadrilátero tenía demasiados huecos; por uno de ellos pudo escaparse López a principios de marzo de 1868, para cruzar el Río Paraguay (controlado por la flota brasilera), atravesar el Chaco y llegar a San Fernando, cerca de la desembocadura de los ríos Paraguay y Tebicuary.
En San Fernando, lugar poco seguro, López permaneció entre marzo y agosto de 1868, gracias, en gran medida, a la heroica resistencia del comandante Martínez en Humaitá, quien quedó para detener el avance aliado y posibilitar la retirada de López.
El 5 de agosto, Martínez tuvo que entregarse a los aliados, quienes rindieron homenaje a su valor; la mujer del héroe, Juliana Insfrán de Martínez, fue una de las víctimas de la conspiración de San Fernando, conspiración fraguada por López para eliminar a centenares de personas, incluyendo su hermano Benigno, y sus cuñados Vicente Barrios y Saturnino Bedoya, al general Bruguez, al obispo Palacios, al deán Bogado, a los señores Duprat, Lasserre, Leite Pereira y Vasconcellos, cuyas esposas y parientes fueron después destinadas a Yhú (véanse las declaraciones de la señora Dorotea Duprat de Lasserre). Los interrogatorios, torturas y ejecuciones, comenzadas en San Fernando, continuaron después en Lomas Valentinas, donde fue fusilada el 21 de diciembre de 1868, antes del comienzo de la batalla, Juliana Insfrán de Martínez, juntamente con otras mujeres. (Francisca Garmendia, involucrada en la represión de San Fernando, fue "perdonada" por López, y asesinada recién un año más tarde, cuando ya estaba en Espadín). El 21 de diciembre de 1868, poco después de terminados los fusilamientos, comenzó el bombardeo de la artillería brasilera, que terminó con el descalabro y la fuga de López, el 27 de diciembre... Los brasileros, en vez de atropellar frontalmente la línea de fortificaciones a lo largo del Pykysyry, habían desembarcado en San Antonio y, marchando hacia el sur, habían vencido las resistencias desesperadas de Ytororó y Abay y atacado Lomas Valentinas. Por primera vez desde el comienzo de la guerra, López se vio en el frente de batalla. Y no podía ser de otra manera, ya que lo tenían rodeado. Sin embargo, y este es uno de los grandes misterios de la guerra, el 27 de diciembre, día del ataque final, los aliados permitieron la fuga de López, hacia Azcurra (pasando por Cerro León). ¿Fue impericia de Caxias, o deseos de tener un pretexto para exterminar a los paraguayos so pretexto de la persecución de López? Thompson se plantea esta pregunta, que hasta el momento no ha tenido contestación. Pero el hecho es que, con unos 200 hombres, López huyó del campo de batalla, en compañía de madama Lynch y algunos fieles. Días después, los aliados entraban en Asunción. Caxias, prematuramente, daba la guerra por terminada. Desde un punto de vista racional se podía considerar la guerra por terminada, ya que la resistencia de López no sirvió para defender al país sino para causar innecesarios sufrimientos a la población civil.
Ocupada por los aliados en enero de 1869, Asunción ya había sido desocupada por sus habitantes en febrero de 1868; estos fueron obligados a alojarse, como pudieran, en los pueblos vecinos (Luque, Altos, Limpio). Cuando López, después de la derrota de Lomas Valentinas, se estableció en Azcurra e hizo de Piribebuy su tercera capital (la segunda fue Luque; la cuarta sería San Isidro en Curuguaty), las familias traidoras (p.e., las que habían tenido algún pariente fusilado en el affaire de San Fernando) fueron destinadas a Yhú, mientras que las demás fueron obligadas, hasta donde obligarlas era posible, a seguir la marcha del ejército. En muchos casos, las destinadas pasaron mejor que las residentas ya que el hecho de tener un asentamiento fijo les permitía cultivar la tierra, mientras que las residentas no recibían ración del ejército y estaban condenadas a vivir de las sobras de los soldados, comprar alimentos en el mercado negro (que floreció durante toda la guerra, con perdón de los nacionalistas) o ir al rebusque (a rebuscarse comida en el bosque). De Yhú, las destinadas fueron trasladadas, en condiciones inhumanas, a Curuguaty, Igatimí y Espadín; en Espadín, algunas fueron liberadas por los brasileros en diciembre de 1869. Pero antes de hablar de la última etapa del vía crucis de las destinadas, queremos referirnos al principio del éxodo del pueblo paraguayo, tal como lo explica Héctor F. Decoud en un texto que hace parte de esta compilación:
La peregrinación del pueblo paraguayo, durante la guerra con la triple alianza (1865-1870), comienza, propiamente hablando, con la evacuación de las poblaciones situadas sobre el Río Paraná, con motivo de las noticias recibidas por el mariscal López, de que el barón de Porto Alegre, al frente de una división de 12.000 hombres, con 18 cañones rayados, había salido de Rio Grande en dirección al Paraguay, con el propósito de cruzar el Río Paraná por Candelaria, e internarse hasta la Asunción. Los habitantes y haciendas de estas poblaciones, fueron retirados: las próximas a Humaitá, al norte del Arroyo Hondo, y las más lejanas, a las Misiones.
Pocos meses después, se recibió aviso en el ejército paraguayo, de que una columna enemiga de 10.000 hombres, la mayor parte de caballería, bajo el mando del general Osorio, se proponía atravesar el río Paraná en Encarnación, y avanzar hasta la Asunción. Se hizo entonces extensiva la evacuación a todos los pueblos de las Misiones, así como a los que se encontraban al sur del Tebicuary, debiendo venir a establecerse al norte del mismo.
Los habitantes de todos aquellos pueblos y las haciendas fueron repartidos desde Caapucú, hasta Paraguarí y los pueblos intermedios: Acahay, Ybicuí, Quyquyó, Mbuyapey e Ybytymí; y los cercanos a Encarnación; tales como Carmen, Cangó etc., desde Caazapá hasta Villa Rica.
Tan luego como los aliados se pusieron en marcha para Tuyu-cué (octubre de 1867), el mariscal López impartió sus órdenes para que todos los habitantes y haciendas del departamento de Ñeembucú (Villa del Pilar), se trasladasen al norte del Tebicuary.
Sitiada Humaitá, el jefe de la plaza, viendo que las provisiones de boca se agotaban, mandó pasar al Chaco las 900 mujeres que se encontraban dentro, las cuales pertenecían a una partida de las que habían sido repasadas del norte del Arroyo Hondo. Estas mujeres, con sus criaturas y muchos ancianos y ancianas, siguieron la misma trayectoria del mariscal López hasta San Fernando, de donde fueron internadas al norte del arroyo Pykysyry.
Una mitad de toda esta gente murió en esta vía crucis de hambre, penurias y privaciones de todo género, desde que no tenían cómo alimentarse ni adquirir para sus ropas, pues, apenas habían podido sacar de sus casas solo lo que llevaban puesto. La otra mitad, que tuvo la suerte de sobrevivir, agregada a las poblaciones de Ñeembucú, y de las Villas Franca, Oliva y Villeta, fue remitida en dos grupos, a Caacupé, a fin de que fuesen distribuidas en los departamentos circunvecinos de aquella parte de la Cordillera, con recomendación de que se ocupen de sembrar toda clase de legumbres.

Dos comentarios podríamos hacer a este párrafo de Decoud:
(1) Desde principios de la guerra en territorio paraguayo (1866), López practicó esta estrategia: todo territorio ocupado u ocupable por el invasor era despoblado, para no darle posibilidades de obtener alimentos y recursos; si esto tenía consecuencias negativas para el enemigo, las tenía también para la población civil, ya que muchos murieron de hambre y privaciones a consecuencia de tales evacuaciones forzadas; es posible que el ejército aliado, que tenía un sistema logístico, haya sufrido menos que los civiles paraguayos, que carecían de él y recibían poca ayuda de su propio gobierno.
(2) Idealizaciones aparte, las mujeres fueron mayormente mano de obra gratuita: les correspondió levantar las cosechas; hilar el algodón para vestir a los soldados; ocuparse de las estancias, mercados y carnicerías; cultivar legumbres para alimentar al ejército, cocinar, lavar la ropa y prestar una serie de servicios al ejército.
En realidad, la guerra se hizo con empleo de trabajo servil, ya que, meses después de comenzada la guerra, los soldados dejaron de cobrar su sueldo (por lo demás miserable); no se debe olvidar, por otra parte, que el sistema económico del Paraguay se basaba en el trabajo forzado: el 10% de la población era de negros esclavos que, liberados legalmente en 1867 (por efecto de la ley de libertad de vientres de 1842), fueron inmediatamente incorporados al ejército, donde siguieron prestando servicios gratuitamente; la institución de la encomienda, legalmente abolida hacía siglos, seguía siendo una costumbre en el Paraguay, siendo el indio, habitualmente, forzado a prestar trabajo sin paga; la institución feudal de la corvea seguía subsistiendo en el país bajo el nombre del auxilio, trabajo gratuito que los campesinos pobres se veían obligados a prestar al gobierno; además, las leyes de Vagos y Mal Entretenidos convertían a cualquier paraguayo pobre en un candidato al trabajo servil. Solamente cobraban bien y regularmente los técnicos extranjeros contratados para manejar los ferrocarriles, maquinarias, arsenales y toda la industria estratégica, como se dice ahora.
Otro detalle digno de mención es el siguiente: durante la permanencia del grueso del ejército paraguayo en la zona vecina de Humaitá (1865-1868), hubo mujeres en el campamento, como lo señala Decoud en el texto mencionado, citando a Thompson:
“Las mujeres del campamento tenían a su disposición una hilera de ranchos en cada división, y, en Paso Pucú, había dos grandes aldeas de estas casuchas. Tenían sargentas nombradas por ellas mismas, que eran responsables del orden. Las mujeres podían recorrer libremente todo el campamento, excepto en el tiempo de cólera, que no se les permitía separarse de sus divisiones. Al principio no podían permanecer en los cuarteles después de la retreta, pero, hacia el fin de la guerra, esta orden fue abolida. Asistían a los hospitales, y lavaban la ropa de sus esposos. No podían dejar el campamento sin un permiso especial firmado por Resquín. No se les repartían raciones, y tenían que vivir con lo que les daban los soldados.”
Naturalmente, afirmaciones como esta nos ponen ante un problema de interpretación: uno puede elogiar la bondad y el espíritu de servicio de las mujeres paraguayas de la guerra o puede lamentar la explotación de las mujeres por parte de López (yo opto por lo segundo). Además, uno puede preguntarse qué alcance tenía esta militarización de las mujeres, quiero decir el otorgamiento de grados militares; es mi opinión que se trataba de un modo de tenerlas sujetas, sin pensarse seriamente en darles poder militar efectivo. Sobre este punto, es oportuno citar un testimonio de Masterman, incorporado al texto de Decoud e incluido en nuestra compilación:
“A principios de este año (1868), se formaron efectivamente varios regimientos de mujeres. Sus servicios eran, por supuesto, voluntarios; pero no se necesita recordar al lector lo que eso significaba en el Paraguay; hubo momentos en que se esperaba verlas marchar al ejército, pero después de adiestrarse por algunas semanas en los ejercicios militares, la idea fue abandonada.”
Las voluntarias que dice Masterman se pasaron algunas semanas desfilando por Asunción al compás del tambor, hicieron ejercicios de orden cerrado pero no se les entregaron armas, fueron pyragües y pokyrás de los oficiales, pero la cosa no llegó más allá de eso. Si López, alguna vez, pensó formar un ejército de mujeres, habrá desistido al notar que, durante la guerra, hubo entre las mujeres casos de desobediencia civil.

LA OPOSICIÓN DE LAS MUJERESJuan Emiliano O'Leary, en su Apostolado patriótico, dijo que López "era la Patria"; Arturo Bray, en su biografía de López (Solano López, soldado de la gloria y el infortunio), dijo que el ejército del dictador representaba "al pueblo en armas" por encima de cualquier diferencia de clases. Estos son dos ejemplos de la ideología totalitaria, predicada por Morínigo y Stroessner, para la cual el jefe del ejército es la encarnación de la nación y las aventuras bélicas del jefe son aceptadas por toda la población -con excepción de los traidores.
La verdad, sin embargo, no se ajusta a las fantasías de la exaltación fascista de la guerra; en el caso concreto de la "epopeya del setenta" debe decirse, para comenzar, que López no era la Nación (a pesar de haberse apoderado de los dineros públicos) y que, en el Paraguay del setenta, había marcadas desigualdades políticas, sociales y económicas. A lo dicho más arriba sobre el punto podría agregarse que, de acuerdo con la ley de 1844 (mal llamada constitución), solamente las personas acaudaladas tenían derecho a ocupar cargos públicos -la ley establecía cuánto había que tener para ocupar los cargos públicos más importantes. La ley de 1844 fue modificada en 1856 y la modificación consistió, básicamente, en establecer que, no sólo para ser elegido, sino también para elegir, había que tener dinero. La igualdad de todos ante la ley fue proclamada en el Paraguay, por primera vez, el 25 de noviembre de 1870, cuando entró en vigor la primera constitución del país (la que, además, abolió la tortura, la confiscación de bienes y la pena de muerte por causas políticas); hasta esa fecha, regían en el Paraguay leyes clasistas y racistas- como las que impedían el matrimonio entre individuos de razas diferentes, prohibiendo, v.g., el casamiento de un blanco con un negro.
Y bien, todas estas desigualdades institucionales se veían agravadas, durante la guerra, por la corrupción de la familia López, que encarecía el precio de los ya escasos alimentos, y por la impericia militar del Mariscal Presidente, que enviaba a los hombres al matadero. El descontento de la población, que no figura en la hagiografía oficial, ha sido registrado en los informes confidenciales del cónsul francés, Cochelet, quien también habla de rebeliones de las mujeres del mercado en Asunción... No sabemos hasta dónde llegaron esas protestas, pero podemos señalar lo siguiente: en el ejército, hasta donde se sabe, no hubo ese tipo de reacciones. En otras palabras, los hombres fueron más sumisos "a la autoridad" que las mujeres...
Al comentar el suplicio de Juliana Insfrán de Martínez, eliminada por López por negarse a participar en la farsa de la denuncia de una "conspiración" en la que se quería involucrar a su marido, el coronel Martínez, Cecilio Báez observa:
“Un hombre civilizado, como un bárbaro cualquiera, puede buscar la muerte en la refriega, asaltar una fortaleza, o correr a meter la cabeza en la boca de un cañón, como suelen hacer los turcos y los abisinios.
El bravo entre los bravos, coronel Mongelós, tembló ante López, le entregó su espada, y dócilmente, a una orden suya, fue a entregarse al verdugo. El coronel Mongelós fue fusilado porque en el cuerpo que él mandaba, algunos soldados habían pensado desertar; es decir, por no haber adivinado a tiempo -lo que pensaban aquellos desgraciados.
Pero no todos muestran poseer el valor de Juliana: vale decir, el verdadero valor, el que consiste en defender la propia dignidad, la cual proviene de tener conciencia de la personalidad.”
Pero el sentido de " la propia dignidad" mencionado por Báez difícilmente podía darse en un pueblo de tradición autoritaria como el paraguayo, sometido a la nefasta influencia del militarismo, de la educación alienante y de la iglesia oficialista. Con relación al militarismo, diremos que el Paraguay, desde sus orígenes, fue un puesto de frontera de la colonización española, obligado a una permanente movilización militar, aunque sus fuerzas armadas, desde la colonia hasta la guerra del setenta, hayan sido más una milicia que un ejército racionalmente organizado. En esto, el Paraguay comparte una característica latinoamericana, la que ha llevado a decir al mariscal Montgomery, en su historia del arte militar, que las guerras latinoamericanas del siglo XIX no han sido lo que, en términos estrictos, se entiende como tal. Los ejércitos del setenta eran grupos de hombres armados sin suficiente disciplina, sin una conducción eficiente, sin adecuados sistemas logístico, sanitario, de inteligencia e ingeniería. López, general a los 18 años, se auto-declaró mariscal sin serlo; su hijo era coronel a los 15 años; oficiales de carrera no había en el ejército paraguayo. La militarización tenía en el Paraguay un propósito político, el de obligar a la gente a obedecer, y el hábito de la obediencia era reforzado por la educación, que se basaba en el funesto Catecismo de San Alberto, texto absolutista puesto en circulación en las colonias americanas después de la insurrección de Tupac Amarú, y que fue puesto, nuevamente, en circulación en las escuelas de López. La introducción del Catecismo, destinada a los maestros de escuela que debían utilizarlo como texto escolar, recomendaba cambiar la palabra Rey por la de presidente de la República; el cuerpo del Catecismo, entre otras cosas, dice:

LECCION I. Del principio y origen de los reyes.
Sea, pues, la conclusión que el origen de los reyes es la misma divinidad, -que su potestad procede de Dios, y que sus tronos son tronos de Dios, según aquellas palabras de la Escritura...
P. ¿Quién, pues, es el origen de los reyes?
R. Dios mismo, de quien se deriva toda potestad.
P. ¿Qué cosa es el Magistrado Supremo?
R. Una potestad temporal y suprema, instituida por Dios para gobernar los pueblos con equidad, justicia y tranquilidad.
** El Catecismo, puesto en circulación en los últimos años del viejo López, mereció una impresión de la imprenta oficial en 1863; la introducción era del obispo Urbieta. Y aquí se debe señalar que este obispo, como la mayoría de los pastores paraguayos, se distinguieron por su abyección ante el poder político. Los testimonios que publicamos en esta compilación pueden dar una idea del triste rol desempeñado por los sacerdotes (y el obispo Palacios, finalmente víctima de su propio juego) como policías y verdugos.
** Idiotizado por una tradición despótica dominada por el militarismo, la enseñanza absolutista y la reacción clerical, el pueblo estaba preparado a obedecer a López. Este, sin tener un ejército en forma, sin tener una burocracia organizada, sin tener un servicio diplomático eficiente, se metió en una guerra calamitosa, que sacrificó el país a su capricho. Las voces de cordura que se hicieron sentir, hasta donde sabemos, fueron las de las mujeres del pueblo, hartas del heroísmo estúpido, y las de algunas mujeres de la clase alta, como Juliana Insfrán (pariente de López), Francisca Garmendia, Dolores Recalde, la propia madre del déspota, doña Juana Pabla Carrillo de López, que enfrentó con dignidad a sus inquisidores. Es necesario, hoy, reivindicar la conducta de estas mujeres, ignoradas por el culto fascista de la guerra.
RETIRADA PARAGUAYA DESDE HUMAITA HASTA CERRO CORÁ

EL FINAL DE LA TRAGEDIAHabiendo prometido morir a la cabeza de sus tropas, López optó por la fuga el 27 de diciembre de 1868; desde ese día, hasta el 1º de marzo de 1870, en que los brasileros lo alcanzaron, y sin ninguna chance de ganar la guerra, dirigió una retirada ruinosa para los paraguayos. Para el 1º de marzo el ejército paraguayo, si puede llamársele así, no tenía quizás 500 hombres; ni contando los civiles que te acompañaban, la cifra podría ser de monta. El Paraguay, para esa fecha, tendría unos 200.000 habitantes (no hay cifra cierta), lo que implicaría la muerte del 60% de su población durante la guerra. Aunque normalmente se habla de los caídos en combate, se puede decir que la mayor cantidad de muertes se debió al hambre, a las penurias, a las enfermedades, a la miseria en general. Si bien los aliados cometieron crímenes contra la población civil, es posible que en eso le hayan ido a la zaga al Mariscal Presidente, que asesinó a muchos e hizo lo posible para que muriera gran número de personas con una serie de medidas irracionales como las evacuaciones forzadas de muchas poblaciones y la confiscación y destrucción de cosechas y ganados. El éxodo de las residentas -o la obligación de las mujeres, ancianos y niños de seguir al ejército- y la decisión de tener una gran cantidad de civiles en los campamentos (i.e. Paso Pucú) es completamente absurda desde el punto de vista militar, ya que expone innecesariamente las vidas de los civiles, relaja la disciplina, resta agilidad a los desplazamientos del ejército. Pero la conducta de López no puede ser entendida en términos estrictamente racionales porque el hombre, sobre todo en las postrimerías de la guerra, acusa rasgos psicológicos. enfermizos. Uno de sus fiscales de sangre, Matías Goiburú, declaró al caer prisionero:
“á medida que la posición de López se iba haciendo difícil, hacía multiplicar los castigos y disminuía el alimento á los prisioneros y los cargaba de prisiones. Que desde que López abandonó Humaitá, los oficiales que custodiaban los prisioneros tenían orden de fusilar á todo aquel que se cansase durante las marchas, y que le constaba que en las marchas hechas desde San Fernando hasta Lomas, fueron fusilados ó lanceados varios que tuvieron la desgracia de no poder dar un paso, agobiados por la miseria, por los padecimientos o las enfermedades.”
La política de lancear a los rezagados se aplicó, no solamente en la retirada de Humaitá a Lomas Valentinas, sino también en la retirada de Azcurra a Cerro Corá.
Sobre esta última etapa de la guerra, debe señalarse que, derrotado en Lomas Valentinas, López huyó y se estableció en Azcurra, haciendo de Piribebuy su capital. Pero el 12 de agosto  de 1869 los aliados tomaron Piribebuy, en un movimiento envolvente que tendía a encerrarlo, cortándole los caminos que llevaban a Caraguatay, atacándolo desde Azcurra, desde Atyrá, desde Piribebuy, en tres grupos convergentes. La maniobra, bien concebida y mal ejecutada, permitió que López se fugara a Caraguatay, sacrificando a un ejército de niños en Rubio Ñu (16 de agosto de 1869) para demorar la persecución aliada; de Caraguatay, pasó a San Estanislao; de San Estanislao, a Curuguaty; de Curuguaty, a Igatimí; de Igatimí, a Panadero y, de allí, a Cerro Corá.
Hecho este resumen de la guerra, volvemos a las destinadas a Yhú; estas, enviadas a aquel pueblo entre enero y mayo de 1869, habían estado relativamente bien hasta el mes de agosto, en que Curuguaty fue declarado capital de la república, y entonces Yhú se convirtió en un punto de pasaje para las tropas que iban a Curuguaty. Las traidoras, que habían sido casi olvidadas por un ejército más ocupado en evitar el enemigo que en mortificarlas, se convirtieron en blanco de las frustraciones y psicosis de guerra de los fugitivos (véanse relatos de Decoud y la señora de Lasserre). Después, por motivos incomprensibles, fueron obligadas a abandonar Yhú, donde habían establecido algunos cultivos y ranchos precarios, para marchar a Curuguaty, Igatimí y Espadín, en marchas forzadas que dejaron el camino jalonado de cadáveres. La situación (la miseria) parece haberse igualado para residentas y traidoras en los últimos meses de la guerra ya que, con excepción de la familia López y algunos de sus favoritos, todo el mundo pasaba hambre.
Con todo, la situación de las traidoras tiene que haber sido algo peor, debido al ensañamiento de los verdugos, porque López veía conspiradores en todas partes y siguió asesinando a quienes no tenían posibilidad (suponiendo que tuvieran intenciones) de entrar en tratos con el enemigo -dejo de lado el comprensible deseo de verse liberados por ellos. Y ese es el caso de Francisca Garmendia, otra víctima de López, torturada brutalmente y lanceada por no "confesar" sus culpas. Ella se encontraba bajo fuerte custodia desde San Fernando, había sido una marginada política desde antes de la guerra por rechazar las pretensiones sentimentales del generalito, pero fue hallada rea de conspiración a fines de 1869 y conducida desde el campo de concentración al lugar del lanceamiento, como relata Héctor Decoud:
“Pancha Garmendia, convertida en un exce homo, a causa de las heridas ulceradas que presentaba su cuerpo desde la región cervical hasta las nalgas, por los azotes, que a corto intervalo, recibía de día o de noche, durante su prisión, envuelta únicamente con una sábana de lienzo criollo, toda sucia y manchada de la sangre vertida por su lanceamiento, con la cabellera suelta y desgreñada, apenas podía andar de pies y manos.
Fue traída al lugar de su lanceamiento, sobre la orilla del arroyo Guazú, distante unos cincuenta metros de un árbol corpulento, en cuya sombra guardaba su prisión. A sus verdugos no les dio gran trabajo para ultimarla, pues, apenas le tocaron con las puntas de sus lanzas, cayó completamente inerte.”
En esta última "conspiración" entraron también el hermano del presidente, Venancio López, quien fue eliminado de una manera sádica, según lo admite Arturo Bray, así como la madre y las dos hermanas del mariscal. Venancio, Inocencia y Rafaela López habían sido ya involucrados en la "conspiración" de San Fernando, y, desde entonces, habían recibido un pésimo tratamiento -golpes, encierro y privaciones. Las dos mujeres imploraron la clemencia del dictador y recibieron por eso mejor trato, pero el coronel López fue muerto. La señora doña Juana Pabla Carrillo, sin embargo, enfrentó con coraje a los jueces; López ordenó torturarla ("pueden cintarearla" dijo a Silvestre Aveiro) pero la cuestión tuvo que interrumpirse porque la anciana se desmayó a los primeros golpes y se temió por su vida. (En sus memorias, publicadas previa revisión de O'Leary, Aveiro confiesa haber golpeado a la señora de López, ratificándose así en sus declaraciones prestadas ante los aliados, al ser capturado, que se publican aquí). Esta y otras maldades le valieron al mariscal el mote de "Nerón americano", con el que lo calificó el mismísimo general Caballero en un documento publicado en El Pueblo el 18 de agosto de 1871. El mismo O'Leary, al recordar las penurias de su madre en los campos de concentración, le escribió:
“Tu martirio, madre, es infinito. Cada día, cada instante, se levantan ante tus ojos las sombras de tus hijos, mis hermanos, muertos de hambre en las soledades de tu peregrinación. Tú les viste morir. Tú presenciaste aquella agonía indescriptible, y después de muertos tuviste que dejar sus cuerpecitos fríos bajo una capa de tierra y una alfombra de flores.
¡Pobres hermanitos míos! Yo, también, os veo en mis ensueños envueltos en nítidas mortajas, flotando en el espacio como blancos angelitos. Ni vosotros escapasteis a la saña de los tiranos y de los caínes. Algún día cuando mis cantos sean dignos de vosotros enterraré vuestra memoria en la cristalina tumba de mis versos!”
Pero O’Leary aptó por el nacionalismo integral y sus versos fueron para loa de López; acorralado finalmente en Cerro Corá en marzo de 1870.
No hay cifras ciertas del número de traidoras que murieron en Yhú, Curúguaty, Igatimí y Espadín, pero un buen contingente de destinadas a Espadín tuvo la suerte de ser liberada por los brasileros el 25 de diciembre de 1869, como puede verse en los relatos de Decoud y Lasserre. Decoud, que no ofrece una lista de las liberadas, nos permite ver que la venganza de López se hacía con un criterio familiar: el castigo era contra las familias traidoras. Por eso había entre las traidoras parientes de los activistas de la Legión Paraguaya (Decoud, Bedoya), de los ejecutados en San Fernando (Lasserre, Leite Pereira, Vasconcellos), de los perseguidos políticos del gobierno en general...
** El calificativo de Nerón para López quizás cuadre más con la concepción decimonánica que con la actual. Yo pienso que la comparación más adecuada sería la de López y Flitler, guardando las debidas diferencias entre el dictador de un pueblo rural y el de un pueblo industrial. La semejanza está en la movilización total para la guerra, en la guerra total que ambos hicieron, cada cual dentro de sus posibilidades. Pienso que no sería descaminado considerar a López un precursor del totalitarismo moderno, encarnado ejemplarmente por Hitler. Romanticismo, voluntarismo y paranoia definen las personalidades de los dos tiranos, y no es casual que el fascismo, al popularizarse en el Paraguay (en versión criolla, desde luego), haya reivindicado la figura de López, censurado por sus víctimas y cómplices, como puede verse en los textos aquí compilados.
RUTA APROXIMADA DE DESTINADAS, DESDE TACUARAL (YPACARAÍ) HASTA ESPADÍN,
PASANDO POR CAACUPÉ, SAN JOSÉ, AJOS (CORONEL OVIEDO), CARAYAÓ, SANTA ROSA,
SAN JOAQUÍN, YHÚ, CURUGUATY e IGATIMÍ

ACERCA DE LA COMPILACIÓN

Este libro no tiene un carácter académico sino divulgativo, y reúne, básicamente, testimonios de traidores y de verdugos. Se incluyen, así, escritos de Héctor Decoud (criatura traidora que tuvo que acompañar a su madre al éxodo), de Dorotea de Lasserre (que pagó la culpa de su marido, hermano y padre fusilados por conspiradores), de Encarnación Bedoya y de Silvia Cordal, que tuvieron que hacer el camino de las destinadas por culpas ajenas; también incluimos trozos del libro de Masterman, Siete años de aventuras en Paraguay. Decoud, Lasserre y Masterman eran personas educadas, no así Bedoya y Cordal, pero el testimonio de estas últimas no deja de tener interés -errores ortográficos aparte.
** Otro texto de Decoud es el tomado de su libro LA MASACRE DE CONCEPCIÓN, retirado de la Biblioteca Nacional en tiempos de Stroessner, y en donde se relata la venganza de López contra las mujeres traidoras de Concepción.
Además, se incluyen manifestaciones de tres miembros de los tribunales de López: Silvestre Aveiro, Matías Goiburú y Fidel Maíz. Estos, que fueron cómplices de la represión lopizta, hablan con conocimiento de causa. La confrontación de las afirmaciones de los represores con las de las víctimas permite formarse una idea bien distinta de la difundida oficialmente.
Finalmente va el dictamen del doctor Ramón Zubizarreta acerca de las reclamaciones de Elisa Lynch y sus herederos. Hacia fines de 1869, y en forma ilegal, López transfirió a Elisa Lynch: (1) más de 3.000.000 de hectáreas situadas al norte del río Apa, hoy territorio brasilero; (2) alrededor de 400.000 hectáreas de tierra en lo que hoy es territorio argentino; (3) 3.105 leguas de tierra entre los ríos Apa y Jejuí, que Elisa Lynch reclamó al gobierno paraguayo (también reclamó a los gobiernos argentino y brasilero las demás propiedades). El dictamen definitivo sobre las 3.105 leguas lo dio la magistratura paraguaya durante la administración de Patricio Escobar, en base a argumentos de peso, como los presentados por el jurista Zubizarreta, poniendo en evidencia la nulidad de la transferencia de López y el carácter corrupto de su gobierno, que dilapidaba bienes públicos mientras la población no tenía qué comer.
Esta compilación logrará su propósito si consigue presentar el otro aspecto de la guerra; el menos glorioso pero el más humano, mostrando que no fue un deporte caballeresco ni un acto de devoción al líder, como pretende la ideología oficial que, lamentablemente, es la que inspira los libros de texto escolares y ciertas ideas de personas que, en otros aspectos, se consideran e incluso son democráticas. Los paraguayos no son peores que los demás, pero tampoco mucho mejores y por eso, al guerrear, cometen barbaridades como los demás. Pero la destructividad de la guerra se multiplica en casos en que, como en el del Paraguay, una tiranía irracional se ve radicalmente amenazada y termina de perder su ya dudoso sentido de la realidad. Tal ha sido, en mi opinión, el caso de la Epopeya; si no lo ha sido, es necesario que el punto se examine con objetividad y no en base a las ocurrencias del culto militarista, antidemocrático y, finalmente, fascista, para el cual los seres humanos son nada más que instrumentos con los cuales los "grandes hombres" pueden cumplir sus propósitos personales.
GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ


ÍNDICE - INTRODUCCIÓN
I. HÉCTOR DECOUD: VÍA CRUCIS
II. DOROTEA DUPRAT DE LASSERRE: AVENTURAS Y PADECIMIENTOS DE MADAMA DOROTEA D. DE LASSERRE
III. SILVIA CORDAL: MEMORIAS
IV. ENCARNACIÓN BEDOYA: FRAGMENTO DE SUS MEMORIAS
V.  JORGE F. MASTERMAN: LOS PROCESOS DE SAN FERNANDO
VI. MATÍAS GOIBURÚ: DECLARACIONES
VII. SILVESTRE AVEIRO: IMPORTANTE DOCUMENTO
VIII. PADRE FIDEL MAÍZ: UNA CARTA ACERCA DE FRANCISCA GARMENDIA
IX. HÉCTOR F. DECOUD: LA MASACRE DE CONCEPCIÓN
X. RAMÓN ZUBIZARRETA: DICTAMEN ACERCA DE LAS TIERRAS RECLAMADAS POR MADAMA LYNCH.

martes, 23 de noviembre de 2010

ARTURO PEREIRA - EL LOPISMO Y ANTI-LOPISMO / Fuente: JUICIO A LA HISTORIA - DISCURSOS Y OPINIONES SOBRE CULTURA NACIONAL, VIOLENCIAS – DESPOJOS – REPRESIONES / Editora LITOCOLOR, 1992.



EL LOPISMO Y ANTI-LOPISMO
Ensayo de ARTURO PEREIRA
Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del


EL LOPISMO Y ANTI-LOPISMO
Uno de los nefastos elementos que incidió negativamente en la formación del hombre paraguayo, fundamentalmente de nivel popular fue, y aún es la ideologización deformante del Lopismo a partir del cual se promovió la militarización de la cultura y la sacralización del militarismo.
¿Cuando y por qué nació esta ideología? Veamos su origen: Como resultado final de la "revolución" liberal de 1904 se instala en el gobierno el General Benigno Ferreira. La primera medida de Don Benigno fue desplazar de puestos gubernamentales o de la administración a muchos de los que fueron promotores e incluso financiaron la "revolución" -algunos Liberales y Radicales- y la marginación de numerosos e impetuosos jóvenes militares, entre los que se encontraba el Coronel Albino Jara, quienes aliados con los colorados, que fueron sacados del gobierno, promueven una furiosa campaña de oposición "nacionalista" contra el gobierno de Benigno Ferreira. Campaña que culminará el 2 de Julio de 1908 con el golpe militar encabezado por Albino Jara que desplazó al Presidente Ferreira.
Esta campaña de oposición al gobierno de Ferreira no estuvo desprovista de justificación y su carácter "nacionalista" no fue gratuito, fue motivado por injustas medidas gubernamentales que afectaban en primer término la dignidad ciudadana.
Benigno Ferreira para mantenerse en el poder había contratado "una docena de oficiales porteños nativos para el ejército y la policía" que actuaban, en cierto modo, como "guardia de corp".
Dice Alfredo Jaegli: "Los oficiales argentinos traídos para el ejército y los comisarios eran arrogantes, sumamente severos, y gozaban de ciertas prerrogativas. Suscitaban el odio y la envidia de la oficialidad nativa y del populacho. La policía de Elías García ... era impopular entre los estudiantes, los obreros, y aún para las mujeres del mercado". Este Don Elías García, argentino que ya fue Jefe de Policía de Egusquiza, pretendió también "civilizar" al pueblo dictando normas impopulares de convivencia, de acuerdo a sus reaccionarias concepciones ideológicas. Para entender esto vuelvo a tomar citas de Jaegli: "...los hombres descalzos y aponchados escupidores de tabaco (naco) que eran viejas costumbres detestables, a Don Elías le sacaba de quicio".
Esta ideología reaccionaria le llevó al Jefe de Policía Don Elías García ha "prohibir a las mujeres del pueblo que fumaran por calles y mercados su grueso cigarro y usarán las no siempre aliñadas sábanas de su lecho como manto con que cubrían durante el día su desnudez". La infracción a estos edictos eran castigados "con decomisos, prisión y hasta castigos corporales para los infractores", medidas que causaban verdaderas indignaciones en el pueblo.
Dice Jaegli: "Los "nacionalistas", "anti-legionarios", obreros, estudiantes y jóvenes militares atizaban al pueblo contra esas medidas del "jefe y comisarios y argentinos".
Estas intervenciones normativas en las costumbres privativas del pueblo; las arrogancias y la represiones de los policías argentinos al servicio del gobierno; la presencia permanente de una cañonera argentina en la bahía de Asunción, como vigilando las acciones del pueblo, y numerosas medidas vejatorias que eran calificadas por los diarios de la época como "argentinización del Paraguay" fueron las que provocaron la indignación del pueblo e hicieron posible la aparición de un sentimiento "nacionalista" como el justo y exacto epíteto de "legionarios" para los Liberales y Cívicos de Benigno Ferreira.
Este "nacionalismo" que necesitaba un apoyo ideológico que se oponga al "legionarismo" no pudo encontrar sino en Solano López el paradigma anti-legionario. De ahí el Lopismo.
Por primera vez el nombre de Solano López "que estaba condenado y fuera de la Ley" se pronunció públicamente con un ¡Viva López! el 22 de Septiembre de 1907, en un acto de homenaje que los marineros argentinos, para congraciarse con los cívicos del gobierno rindieron al General Eduvigis Díaz al pie de su tumba en el cementerio de la Recoleta. Acto que el pueblo transformó en un repudió a la política entreguista del gobierno.
Ese ¡Viva López! que en esa ocasión pronunció en medio de un discurso Ignacio A. Pane fue el motivo para el desencadenamiento de una de las peores represiones llevada a cabo por la policía de argentinos del Gobierno de Ferreira y por el Coronel Duarte, donde fueron víctimas niños, mujeres y ancianos, así como jóvenes, estudiantes y obreros.
El Lopismo que emergió como resultado de una reacción generosa de jóvenes, de obreros, de mujeres y el pueblo, cuyo precursor fue sin duda alguna Ignacio A. Pane, al poco tiempo, ya en manos de otros, se transforma, no en una revisión crítica, veraz y realista de los contradictorios gobiernos de los López, sino en un instrumento de la exacerbada disputa caracterizada por acusaciones y contra-acusaciones de Colorados y Liberales que estimulaban no la razón crítica, sino el fanatismo aberrante.
El Lopismo, ya con O'Leary, se deforma en una ideología con el que sé promueve el endiosamiento irracional y acrítico de Solano López, que sirvió también de manto con que se cubría el endiosamiento de Bernardino Caballero, con el que se ha ocultado por mucho tiempo el verdadero causante de la guerra que era la rapiña Imperialista de la Inglaterra "liberal".
Es bien sabido, como dice un escritor, que: "los viejos generales Escobar, Caballero, Duarte y Delgado, que habían sido oficiales de López nunca le rindieron honores, ni trataron de reivindicarlo" (A.J.). Pero con la ideología del Lopismo -falseamiento de lo que fue realmente López- se promovió la militarización de la cultura y la sacralización del militarismo.
Con el Lopismo en los cuarteles -escuelas de patrioterismo chauvinista- se ha deformado y enajenado la mente de generaciones enteras de jóvenes con la promoción de la ideología de la prepotencia mezclada con la sumisión y la obediencia ciega frente a la exaltación del "Mburuvichá", del Jefe o del Héroe -supuesta encarnación de todas las glorias- ante quienes el pueblo tiene la obligación de obedecer, acatar o aplaudir, sin discriminar si ese "Mburuvichá" o ese Jefe es un ladrón, o represor de obreros o campesinos.
Con la "deificación" de López a partir de la ideología del Lopismo, no sólo se ha deformado el verdadero sacrificio de este en aras de la independencia patria, sino ha generado un concepto también deformado de las relaciones sociales con la pretensión de encuadrar éstas a partir de escalonamientos jerárquicos entre los que mandan y obedecen, desde el General hasta el último Cabo; desde el Presidente de la República hasta el Oficial de Compañía de campo o desde el Ministro hasta el último Jefe de oficina. Esa estructura de relacionamiento se observa en casi toda la vida social.
Este relacionamiento se ha trasladado hasta en la vida civil.
Sedimentos de la ideología del "Lopismo" vienen arrastrándose hasta hoy. Nadie ha encubierto tanto con la bandera del "Lopismo" sus fechorías como los tiranos Higinio Morínigo y Alfredo Stroessner y sus seguidores ni nadie son tan "Lopistas" como los generales que prohibieron la obra teatral "San Fernando".
La militarización de la cultura que tuvo una temprana vigencia en nuestro país con el "Lopismo" y que se implantó últimamente en casi todos los países latinoamericanos con la Doctrina de "la Seguridad Nacional" con la que se ha justificado los más atroces crímenes y entregas de sus soberanías, tiene aún plena vigencia en nuestro país manifestada no sólo con la censura de San Femando sino copla declaración de guerra a los campesinos sin tierra, desalojos violentos y quemas de sus ranchos, asesinatos de obreros, impunidad de generales que cometieron horrendos crímenes contra los derechos humanos y la economía del país y últimamente con el impune y alevoso atentado contra la vida de trabajadores de la prensa frente a "Mburuvicha Róga".
Pautas de la persistencia de la militarización de la cultura y su ideología se observan también en los siguientes hechos: Los monstruosos y exigibles desfiles fascistas de la juventud; La "Casa de la Cultura Paraguaya" está custodiada por centinelas militares armados y en ella se exhiben cañones, tanques de guerra, metrallas y otros instrumentos de muerte, y nada que exalte la vida, y esa casa es dependencia del Ministerio de Defensa; la exigencia de "obediencia y disciplina" acrítica exigida por el Presidente General Rodríguez a los colorados de la ciudad de Concepción con motivo de las elecciones municipales; los jefes militares hablan con frecuencia de Religión, Patria, Familia, Honor, Tradición, etc. envueltas dentro de frases gradilocuentes, como si ellos fueran dueños y señores del pensamiento de la gente; Hablan también con frecuencia de "defensa del territorio nacional" pero no hay ni una sola mención a la invasión de miles de brasileños en la frontera este y la entrega de considerables extensiones de tierra ricas en bosques, que están siendo depredadas impunemente a empresas brasileñas y norteamericanas y la violación de la frontera por los contrabandistas.
A la militarización de la cultura se debe agregar uno de los más perniciosos que es la puesta en práctica de la ideología del "Centaurismo" como único valor aceptado, en cuanto al trato entre los hombres en los cuarteles. Trato basado en la bestialidad absoluta que significa el rechazo a todo contenido humano de relacionamiento, en este sentido cabe acotar como ejemplo el siguiente: el "antiguo" tiene el arbitrario derecho de someter a los "reclutas" a todo tipo de vejámenes por el simple hecho de exponer su antigüedad. Este mismo recluta que fue vejado adopta la misma actitud cuando logra la calidad de "antiguo". Otra forma de relacionamiento está considerada como "señoritismo", como lo había manifestado públicamente el Comandante en Jefe del Ejército. Este "Centaurismo" -comportamiento animalizado- que fue impuesto tempranamente al Partido Colorado y que tuvo su mayor manifestación expresiva con los "guiones rojos" en el año 1947 y que es una constante no negada en el comportamiento de los militares para con los civiles. La educación de los jóvenes soldados está basada en las desvaloraciones y desprecios al "particú" y esto tiene su reflejo hasta en las relaciones familiares expresadas en el machismo autoritario del joven "de baja" (reserva) basta con la propia madre. A estos podemos agregarla sincera declaración del General Machuca Vargas en "Vapor Cué" (Caraguatay) cuando había declarado abiertamente "que a los opositores hay que tenerlos apatadas" y otras manifestaciones que no son sino amenazantes berridos de la bestia que es el Centauro.
Es imposible dejar de anotar estos elementos, porque el patrioterismo acrítico y el Chauvinismo no son ideologías coyunturales; han venido produciéndose y reproduciéndose en el curso de la historia, fundamentalmente después de Cerro Corá, iniciada con Caballero, con Albino Jara, con Adolfo Chirife, y luego con la Logia Militar fascista Frente de Guerra, con Higinio Morínigo, Stroessner y sus ideólogos, y tiene un agudo reflejo en la "cultura" del hombre paraguayo que han entorpecido por largo tiempo las propuestas de cambio social.


¿QUÉ ES Y DEBE SER UN MILITAR?
Un militar es y debe ser un ciudadano común como cualquier otro ciudadano trabajador, obrero y empleado, que tiene una función especial, vigilar o cuidar la frontera nacional, por lo que percibe un sueldo que el estado le paga gracias a las contribuciones (impuestos) exigidas al pueblo, cuya conducta debe encuadrarse en los principios determinados por la Ley nacional que es la constitución que dice muy claramente "todos los ciudadanos son iguales ante Ley". Si tienen un vestido, un uniforme, ese uniforme no es sino la particularización de su tarea y nada más, nada hay que los sacralice y no existe ninguna motivación para que un militar asuma el privilegio de ser un "iluminado rector" ni gozar de privilegios e impunidades por encima de las leyes y del común de los ciudadanos.
Para finalizar este capítulo dejo un interrogante a los señores empresarios e industriales que permanentemente exigen de los trabajadores "mayor calificación" y "mayor productividad": ¿Cómo resuelven estos problemas con los militares? ¿Provocando más guerras? ¿Quién mata mayor cantidad de gentes?.


DEFORMACIONES HISTÓRICAS
Dentro de la ideología del "Lopismo" también algunos escritores e historiadores han deformado el verdadero contenido o verdadero sentido de la guerra del 70 atribuyendo a las heroicas resistencias y al sacrificio de vidas, al "valor de la raza" (O'Leary), al "espíritu de la raza" (Rolón Medina) o ala "superioridad de la raza" (Manuel Domínguez), como si la guerra haya sido provocada por cuestiones culturales o raciales y no que esas innegables heroicas resistencias se debían a la conciencia de estar defendiendo intransigentemente las conquistas que el Paraguay ha comenzado a alcanzar como país independiente, que el pueblo lo sentía muy de cerca y cuando también se entendía que la alternativa no era sino libre o esclavo. El pueblo y su jefe prefirieron morir.
Las mismas características de deformaciones se han producido con las formidables hazañas no encuadradas dentro de la que se puede llamarse "guerra formal" (hay guerra informal?) como por ejemplo la trinchera de Curupayty, basada en una antigua tradición defensiva indígena; el abordaje de naves enemigas navegando sobre Camalotes; el enfrentamiento y la derrota provocada a una poderosa flota naval brasileña con minúsculos lanchones dirigidos por el teniente Fariña; la metamorfosis de los niños de Acosta Ñu con el maestro Fermín al frente; las extraordinarias intervenciones del Capitán Bado y su actitud heroica y muchas otras que solamente fueron posibles gracias a la conciencia de que se estaba enfrentando una Guerra Patria. Estas hazañas sin duda alguna estaban encuadradas dentro de lo que podemos llamar Guerra Popular.
Hago estas enumeraciones para poner en claro que las deformaciones históricas concluyen, casi todas, en negar la intervención de los pueblos (las masas) como factores decisivos en los procesos de cambios históricos o sociales.

Fuente:
JUICIO A LA HISTORIA
DISCURSOS Y OPINIONES SOBRE CULTURA NACIONAL
VIOLENCIAS – DESPOJOS – REPRESIONES
Ensayos de ARTURO PEREIRA
© JOEL FILÁRTIGA y ARTURO PEREIRA
Editora LITOCOLOR,
Asunción – Paraguay
1992 (142 páginas).

jueves, 18 de noviembre de 2010

HARRIS GAYLORD WARREN - PARAGUAY Y LA TRIPLE ALIANZA - LA DÉCADA DE POSGUERRA: 1869-1878 / INTERCONTINENTAL EDITORA, 2009


PARAGUAY Y LA TRIPLE ALIANZA
LA DÉCADA DE POSGUERRA: 1869-1878
Obra de HARRIS GAYLORD WARREN
Título original en inglés Paraguayand the Triple Alliance.
The Postwar Decade, 1869-1878.
El libro fue publicado en 1978 por el Instituto de Estudios Latinoamericanos
de la Universidad de Texas (Austin),
que autorizó esta primera edición en español.
INTERCONTINENTAL EDITORA
agradece el apoyo de la Embajada Americana,
que ha hecho posible la publicación de esta edición.
2009
© HARRIS GAYLORD WARREN
De esta edición: THOMAS LYLE WHIGHAM    
Traducción al español: GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ            

INTERCONTINENTAL EDITORA S. A.
Caballero 270, teléfs.: 496 991 - 449 738; fax: (595-21) 448 721

Diagramación y diseño de tapa: Gilberto Riveros Arce
Corrección: Juan Manuel Vera Gutiérrez

Foto de tapa: Combate de la Isla Caraja, o del Banco del Purutué.
Extractado de "La Guerra de la Triple Alianza",
tomo II, fascículo 47, página 346, de Jorge Rubiani;
publicado por el diario ABC Color, Asunción, Paraguay. 
Hecho el depósito que marca la Ley N° 1328198
ISBN: 978-99953-73-08-5
Asunción - Paraguay - 2009

PREFACIO
Francisco Solano López tomó una decisión trascendental en noviembre de 1864, cuando desencadenó la Guerra de la Triple Alianza. Esa guerra, el conflicto más terrible de la historia sudamericana, tuvo consecuencias duraderas para los cuatro países beligerantes. El Paraguay, derrotado por las fuerzas combinadas del Brasil, la Argentina y el Uruguay, fue destruido por completo. Tropas aliadas ocuparon la capital por más de siete años y, durante toda la década de la posguerra, la bandera argentina ondeó en Villa Occidental, la capital del Chaco Boreal. Aunque la guerra solo terminó con la muerte de López, ultimado el 1 de marzo de 1870, los aliados ocuparon Asunción en la primera semana de enero de 1869, e inmediatamente comenzaron la tarea de crear un gobierno con el cual pudieran entenderse. La década de 1869-1878 terminó con el laudo arbitral que rechazó definitivamente las reclamaciones territoriales argentinas sobre el Chaco Boreal y, en aquel mismo año, la elección de Cándido Bareiro como Presidente del Paraguay marcó el ascenso del grupo que, ya entonces, se llamaba colorado.*
No existen estudios profundizados de ese periodo de la historia paraguaya. Gomes Freire Esteves, Héctor Francisco Decoud, Justo Pastor Benítez, F. Arturo Bordón y Efraím Cardozo han efectuado aportes valiosos para su conocimiento; también los han efectuado los autores de numerosos artículos sobre el punto. Augusto Tasso Fragoso del Brasil, Ramón J. Cárcano de la Argentina, Luis G. Benítez y Cecilio Báez del Paraguay han escrito mucho sobre la complejidad de las relaciones diplomáticas de la época, pero sin la posibilidad de consultar archivos extranjeros. Los archivos de Buenos Aires, Río de Janeiro, Londres y Washington tienen mucho material valioso al cual los investigadores tienen fácil acceso, aunque no pueda decirse lo mismo de Asunción. El Archivo Nacional de Asunción carece casi por completo de manuscritos relativos a los últimos cien años; en todo caso, esto vale para julio de 1973. Existen expedientes incompletos de documentos publicados y la Biblioteca Enrique Solano López, que era parte del Archivo Nacional, contiene algunos libros, folletos y periódicos curiosos. Los insistentes esfuerzos para lograr acceso a los archivos de los ministerios asuncenos merecieron ingeniosas excusas que equivalían a negativas, pero esta es una realidad con la que también deben contar los investigadores paraguayos. Puede sospecharse que el material de tales ministerios no está organizado para utilizarse en la investigación y pudo haber sido sustraído por los funcionarios hace tiempo. Por eso nos hemos basado más en los informes de diplomáticos y viajeros extranjeros para adquirir mucha de la información indispensable para la comprensión de la década de posguerra. Afortunadamente, los brasileros han escrito mucho durante aquellos años, mucho más que los argentinos, cuya representación diplomática en Asunción era más bien precaria.
Muchas personas e instituciones nos han ayudado en este proyecto. La Sociedad Filosófica Americana fue generosa al otorgarnos becas del Fondo Penroe. El Faculty Research Committe de la Universidead de Miami, el Consejo de Investigación para las Ciencias Sociales y el American Council of Learned Societies me brindaron asistencia financiera. El señor Carlos Pusineri Scala, culto y cordial director de la Casa de la Independencia de Asunción, puso a mi disposición su valiosa colección de manuscritos y periódicos con gran generosidad. La doctora Nettie Lee Benson me dio carta blanca para usar los magníficos recursos de la Colección Latinoamericana de la biblioteca de la Universidad de Texas.
Fueron muy corteses y serviciales los funcionarios de las siguientes bibliotecas y archivos de Estados Unidos, la Argentina, el Paraguay y el Brasil: Biblioteca del Congreso [norteamericano], Biblioteca Columbus Memorial de la Unión Panamericana y Archivo Nacional de Washington D. C.; Museo Británico, Public Record Office [archivo nacional británico] y Somerset House de Londres; Archivo General de la Nación, Biblioteca Nacional, Biblioteca del Congreso, Biblioteca de Relaciones Exteriores y Museo Mitre de Buenos Aires; Archivo Nacional y Biblioteca Nacional de Asunción; Biblioteca Nacional, Arquivo Nacional e Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro de Río de Janeiro. Estoy especialmente agradecido a la doctora Marta Gonçalvez, directora del Arquivo Histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores de Itamarati, y a su ex asistente, el señor Alfonso de Almeida. La señora Jean Barman, principal organizadora de la Colección Cotegipe, me dio acceso a esa colección indispensable. El profesor Stanley E. Hilton, durante dos años director del Proyecto de Historia Contemporánea del Archivo Nacional de Rio de Janeiro, me ayudó mucho. He sacado mucho provecho de los numerosos estudios del profesor John Hoyt Williams, ex director del Proyecto de la Universidad de Georgetown para la Universidad Católica de Asunción, cuyas investigaciones sobre las primeras décadas de la historia paraguaya decimonónica me han permitido comprender mejor el carácter paraguayo. A los profesores Lewis U. Hanke, John E. Fagg, Donald E. Worcester y C. Harvey Gardner, mi gratitud por su interés y apoyo constantes.
* Los partidos Liberal y Colorado se fundaron oficialmente en 1887, pero, para 1878 ya se había consolidado el grupo que más tarde constituiría el núcleo del Partido Colorado. (N. del T.)
HARRIS GAYLORD WARREN - Carlsbad, Nuevo México


INTRODUCCIÓN
Los primeros años de la posguerra fueron muy importantes para el curso ulterior de la historia paraguaya, pues presenciaron un drama singular y representado a un nivel elemental. Después de perder el sesenta por ciento de su población en una guerra atroz, ¿qué posibilidad de sobrevivir tenía la nación? ¿Qué clase de instituciones políticas podía crear para enfrentar los numerosos desafíos del momento? ¿Cómo podía hacer respetar su soberanía por las potencias extranjeras, en especial por la Argentina y el Brasil, que habían empleado cinco años para "civilizar" supuestamente al Paraguay, y se quedaron con poco menos que un mero esqueleto de país?
Es evidente la importancia capital de estas cuestiones, pero una reseña somera de los libros escritos sobre la historia paraguaya muestra solo unos pocos estudios dedicados a este periodo; en su mayoría, ellos son más polémicos que informativos. Hasta hoy día, la historiografía se presenta dominada por solo seis tópicos básicos: las Misiones jesuíticas, el doctor Francia, los dos López, la Guerra del Setenta, el conflicto del Chaco y la dictadura de Stroessner. Aunque huelgue decirlo, esa restricción del campo de investigación no presenta para nada una imagen satisfactoria de los estudios sobre el Paraguay; ¿cómo pueden ignorarse una etapa histórica de tanta importancia y sus consecuencias?
Es aquí donde la obra del doctor Harris Gaylord Warren compensa la deficiencia y puede obrar como estímulo de posteriores investigaciones. Warren (1906-1988) fue el pionero de los estudios históricos sobre el Paraguay en los Estados Unidos. Llegado al Paraguay por primera vez a fines de la década de 1920, se desempeñó como secretario de la representación diplomática norteamericana en Asunción por corto tiempo. Posteriormente, en el curso de una larga carrera académica desarrollada principalmente en la Universidad de Miami de Oxford (Ohio), escribió una sorprendente cantidad libros y, sobre todo, artículos, siempre con la historia paraguaya como tópico general.
Sólo después de jubilarse como docente, Warren terminó este libro sobre la década de posguerra, por lo general considerado un gran aporte para el conocimiento del tema. Es fácil comprender por qué: para comenzar, por su amplitud asombrosa, que reúne una infinidad de datos, unidos como las piezas de un rompecabezas, para formar un conjunto de atractiva lectura. Ese conjunto, por otro lado, evita las simplificaciones e incita a comprender mejor otras cuestiones de la historia paraguaya, en especial, la necesidad de concebir la historia del país como un proceso continuo en vez de algo fragmentado, roto y reconstruido de nuevo. En 1869, el Paraguay ya estaba destruido cuando se produjo la ocupación del Ejército brasilero, aunque el mariscal Francisco Solano López aún conservara el mando de las diezmadas filas de sus soldados, que se retiraban por la Cordillera hacia el remoto nordeste del país. La economía estaba destrozada y resultaba muy dudosa la subsistencia de la república como una entidad geopolítica. Probablemente, solo el antagonismo entre los adversarios del Paraguay, la Argentina y el Imperio del Brasil, salvó al Paraguay de la anexión por uno de ellos, o por ambos. Warren describe con dramatismo la situación precaria en que se encontraban los dirigentes paraguayos al final de la guerra. ¿Qué tipo de relación con los aliados -especialmente con el Imperio del Brasil- debía establecerse para salvar el país? ¿Qué forma de gobierno reemplazaría el modelo autoritario prevalente en el país a partir de la independencia, alcanzada unos sesenta años antes? ¿Cómo podía el Paraguay reconstruirse política y económicamente, en medio de una situación de semivasallaje, después de dos generaciones de completa soberanía política, económica e internacional?
El autor aborda estas cuestiones en su análisis de aquella década, pero su libro es mucho más que una excelente pieza de historia diplomática. Las negociaciones que definieron las relaciones de posguerra entre el Paraguay y la Triple Alianza dependían del establecimiento de un gobierno con el cual pudieran negociar los aliados. Por supuesto, el nuevo régimen debía ser complaciente, pero también quedaba la posibilidad de aprovechar las divisiones entre los aliados. Por cierto, ni los brasileros, ni los argentinos, ni el Gobierno Provisorio de Asunción deseaban la reconstrucción del sistema político lopista, y por eso debían ser imaginativos y, al mismo tiempo, realistas. Los sucesivos gobiernos paraguayos de la época se embarcaron en negociaciones de tratados de paz definitivos con los aliados; para 1878, dichos tratados quedaron finalmente concluidos y los ejércitos de ocupación se retiraron. Además de ceder una parte considerable de su territorio a la Argentina y el Brasil, el Paraguay quedó obligado a pagar a los vencedores unas indemnizaciones de guerra que de ninguna manera podía pagar un país tan destruido.
Un gobierno constitucional reemplazó al Gobierno Provisorio en 1870 y la constitución del mismo año fue la vigente en el país hasta 1940. En muchos sentidos, aquella fue una manifestación del pensamiento liberal clásico del siglo XIX; en lo básico, la carta rechazaba por completo los anteriores sesenta años del autoritarismo asociados con el doctor Francia y los López. Sin embargo, como señala Warren, el régimen autoritario de un hombre fue sustituido por el de una variedad de políticos personalistas y egotistas, quienes, con demasiada frecuencia, veían el poder político como un medio para enriquecerse. Además, por muy moderna que fuera la constitución, los gobiernos de posguerra se encontraron al arbitrio de la interferencia brasilera hasta la primera década del siglo XX.
Los dirigentes paraguayos de aquella época no solo debieron negociar con los aliados y fundar un nuevo sistema político para la república; también debieron enfrentar la desastrosa situación económica heredada. Ni los argentinos ni los brasileros mostraron en algún momento algún sentido de responsabilidad por la reconstrucción económica de la nación conquistada. El Paraguay estaba solo y-como señala Warren-no supo manejar sus numerosos problemas con ningún tipo de sutileza ni de tacto. Los desastrosos créditos británicos de 1871 y 1872, por ejemplo, fueron derrochados por la corrupción gubernamental, dejando al Paraguay más endeudado. Aquello culminó finalmente en el desagradable proceso por el cual las tierras nacionales fueron enajenadas a favor de inversionistas extranjeros, en la gran claudicación del siglo XIX. Otros proyectos fracasaron de manera igualmente estrepitosa. La mal conducida tentativa de colonización con agricultores extranjeros derivó en el infame caso de los "Lincolnshire Farmers". Bajo la política económica liberal de la época, el Paraguay consideró necesario confiarse a la exportación de productos agrícolas y ganaderos -a menudo en manos de inversionistas extranjeros- a medida que el país se integraba en la economía atlántica finisecular. Pero la falta de población, la distancia de los mercados, el alto precio del crédito y, con frecuencia, la misma competencia de los vencedores puso a la nación en una situación de dependencia.
Incluso así, señala Warren, hubo algunos signos promisorios para 1878. En aquel año, un arbitraje internacional en la disputa entre el Paraguay y la Argentina por el Chaco Boreal dio una clara victoria al Paraguay. Pese a todo, la república sobrevivía como estado, quizás, en gran medida, dependiente de los vencedores, pero con todo reconocida internacionalmente como una entidad con gobierno soberano. A despecho de su agitación interna, la república conoció cierto progreso a nivel interno. En aquel periodo surgió una nueva generación de talentosos dirigentes paraguayos, marcadamente influidos por el liberalismo decimonónico, y que rechazaba el legado social y cultural de los trescientos años de vida paraguaya. Los nuevos dirigentes eran más cosmopolitas y abiertos a las ideas del exterior que sus predecesores, pero ¿fue aquello una ventaja en aquel momento? Con buen criterio, Warren deja que los hechos hablen por sí mismos.
Gracias a una intensa investigación realizada en el Paraguay, el Brasil, Gran Bretaña, la Argentina y los Estados Unidos, Warren puede ofrecer al lector del libro una penetrante visión de la historia de aquella era. Le asiste la ventaja de ser un observador desapasionado y crítico de los motivos y de los actores principales de los acontecimientos de la década bajo estudio. Aunque ningún estudio histórico sea definitivo, el de Warren se presenta como una gran contribución a la historiografía paraguaya. Es una pena que el libro no se hubiera publicado en español durante la vida del autor, pero los estudiantes de hoy habrán de concordar en que la espera valió la pena.
THOMAS WHIGHAM / JERRY COONEY.


EPÍLOGO
Los problemas políticos, económicos y sociales surgidos en el Paraguay de la década de posguerra siguieron siendo los principales del país durante casi todo el transcurso de las seis décadas siguientes. La rivalidad argentino-brasilera disminuyó en importancia como factor político determinante cuando el laudo Hayes rechazó las reclamaciones argentinas sobre el Chaco Boreal. El Brasil, enfrentado a serios problemas internos, no hizo ninguna tentativa significativa de convertir en satélite suyo al Paraguay, que fue incapaz de evitar una marcada dependencia de la Argentina. En la larga disputa por el Chaco Boreal, Argentina apoyó al Paraguay frente a Bolivia por lo general. Otras cuestiones diplomáticas, como el resurgimiento de las reclamaciones de Hopkins, comenzadas bajo el gobierno de Carlos Antonio López, no presentaron mayores dificultades. La deuda de guerra no podía pagarse, un hecho que la Argentina y el Brasil terminaron por aceptar y la cancelaron en la década de 1940.
A nivel interno prosiguió la lucha entre colorados y liberales, aunque la fundación institucional de los dos partidos tradicionales no tuvo lugar hasta 1887. En la década de la posguerra, Bareiro, líder de lopistas y conservadores, se reveló como el político paraguayo más hábil, pues pudo mantener bajo control a los militares -como Caballero y Escobar- e incluso incorporar a su grupo a liberales -como José Segundo Decoud-. Bareiro encarnaba el espíritu colorado y por eso a él, antes que a Bernardino Caballero, debe considerárselo el fundador del Partido Colorado. La presidencia de Bareiro, truncada por la muerte el 4 de septiembre de 1880, presenció la fundación del Colegio Nacional y el Seminario Conciliar de Asunción para la formación de sacerdotes, instituciones que por lo demás recibieron poco apoyo efectivo del país en quiebra, aún carente de un banco y de fondos suficientes para solventar los gastos corrientes de la administración pública.
La muerte de Bareiro ofreció a Caballero la oportunidad tan pacientemente esperada. Alentado por sus seguidores, Caballero llegó a la presidencia mediante un golpe incruento, que un Congreso débil y sumiso aprobó sin demoras y que dejó al humillado vicepresidente [Adolfo Saguier] en la impotencia y aislamiento político. Aquella escandalosa violación de la Constitución se ajustaba a los principios colorados y no podía conciliarse con los procesos democráticos. Los liberales, solo un poco menos cínicos que sus adversarios, protestaban amargamente cuando los colorados ganaban elecciones expulsándolos por la fuerza de los centros de votación. Caballero mantuvo una imagen de paz interna con métodos típicamente dictatoriales y se mostró indiferente a las críticas de los pocos periódicos cuya existencia toleró. El caudillo colorado se mantuvo en la presidencia hasta 1886 y eligió como sucesor a su íntimo amigo y admirador, el general Patricio Escobar.
La violencia y el fraude electoral en los comicios de 1886 irritaron a los liberales de tal manera, que fundaron el Centro Democrático el 10 de julio de 1887; ese fue el Partido Liberal, aunque el nombre no se adoptó formalmente hasta 1894. Los colorados respondieron fundando la Asociación Republicana el 25 de agosto de 1887. Así los liberales y colorados institucionalizaron sus partidos. Además de proseguir su lucha política, ambos partidos se fraccionaron en varios grupos, lo cual les impidió presentar un frente unido.
La administración de Juan Gualberto González (1890-1894) se vio acosada por las dificultades, mayormente de naturaleza económica, pero con implicaciones políticas. Los colorados se dividieron en dos facciones: el grupo dirigido por González enfrentó al de Caballero. Los liberales trataron de sacar ventaja de la división organizando la revuelta del 18 de octubre de 1891, que fracasó por completo. Aunque Juan B. Egusquiza fue declarado sucesor del presidente González con apoyo del mismo Presidente, Egusquiza colaboró con la oposición en el golpe de junio de 1894, que derrocó a González. Los diez años siguientes se vieron marcados por las luchas internas del Partido Colorado; el desorden resultante permitió que los liberales, dirigidos por Benigno Ferreira, se rebelaran en 1904 y lograran derribar a los colorados. Éstos no pudieron afirmarse plenamente en el poder hasta que otro líder militar, el general Alfredo Stroessner, dio su golpe de estado en 1954, y comenzó la dictadura que promete ser la más larga de la historia paraguaya. (No se equivocó el doctor Warren al escribir esto en 1978. Warren no ignora que el Partido Colorado ya acompañó al general Higinio Morínigo, aunque su afirmación de que Stroessner significó el auténtico poder de los colorados puede ser cuestionado por otros historiadores. (N. del T.))
La disputa con Bolivia sobre el Chaco Boreal fue causa de preocupación para los gobiernos de los dos países durante la era colorada y continuó durante la liberal, hasta culminar en la Guerra del Chaco de 1932-1935, que contribuyó a la caída de los liberales en 1936. Aunque los dos países efectuaron concesiones de tierras a empresas dispuestas a explotarlas, la concesión más importante fue la recibida por el empresario argentino Carlos Casado del Gobierno paraguayo: más de 5.000.000 millones de hectáreas a precio mínimo. Casado y otros empresarios construyeron en el Chaco ferrocarriles de trocha angosta y caminos precarios; fundaron puertos sobre el río Paraguay, explotaron los bosques y crearon enormes estancias. Las fuerzas paraguayas apartaron a los bolivianos del río Paraguay, pero Bolivia avanzó por el sur a lo largo del río Pilcomayo, mientras ambos países fundaban fortines en el interior del Chaco. Aunque los diplomáticos de ambos países firmaron tratados en 1879, 1887 y 1894, estos nunca se ratificaron. En 1884, el Paraguay autorizó a un boliviano, Miguel Suárez Arana, a fundar Puerto Pacheco, al sur y a corta distancia de Bahía Negra. Arana esperaba construir un camino y luego un ferrocarril hasta Santa Cruz, ciudad del este de Bolivia. La empresa provocó comentarios hostiles en el Congreso paraguayo y, en 1887, las fuerzas paraguayas tomaron posesión de Puerto Pacheco. Para el Paraguay, la cuestión chaqueña consistía en la fijación de las fronteras; para Bolivia, en la posesión de todo el Chaco Boreal.
Los préstamos de Londres de 1871 y 1872 debían tener arreglo para que el Paraguay pudiese restablecer su crédito en los mercados financieros internacionales. Ningún Gobierno paraguayo tuvo el propósito de repudiar la deuda; ningún Presidente se propuso comprar los bonos depreciados. Cuando Caballero llegó al poder en 1880, el capital y los intereses adeudados por los dos préstamos superaban los $15.000.000; más precisamente, llegaban a £ 3.005.400. El país también debía $ 42.589 al Banco Nacional de la Argentina. Quizás podía pagar aquellas deudas, pero jamás las indemnizaciones de guerra debidas a personas particulares, que para 1885 sumaban más de $ 17.000.000. Después del rechazo del acuerdo de Bareiro en 1876, el Consejo de Tenedores de Bonos siguió exigiendo un arreglo y envió a Asunción a un agente suyo en 1880, cuando Cándido Bareiro era presidente. Aunque aquella misión fracasó, ni el Consejo (presidido por Edward P. Bouviere) ni el siguiente presidente Bernardino Caballero dieron la cuestión por terminada. El resultado fue un acuerdo para reducir la deuda de capital a £ 850.000 y conceder unos 145 acres de tierras públicas por cada £ 100 de  intereses no pagados. Aquello significaba que 500 leguas cuadradas (distribuidas en varios departamentos) y la isla de Yacyretá, o sea, 2.316.500 acres, serían entregadas a los bonistas, quienes debían seleccionar las tierras en un plazo de cinco años. Los bonistas formaron la empresa llamada Anglo-Paraguayan Land and Cattle Company y, en 1887, enviaron a Henry Valpy, viejo conocedor del Paraguay, para elegir la tierra.
Desafortunadamente, aunque la cesión se efectuó sin dilaciones, el Paraguay no podía pagar los intereses sobre el capital reducido. En 1895, un nuevo acuerdo agregó £ 100.920 al capital; el acuerdo se respetó y, para 1908, la deuda se había reducido a £ 831.850. La Anglo-Paraguayan Land y Cattle Company se convirtió en un agente principal para la obtención de capital inglés adicional, pero el acuerdo no fue favorable al Paraguay. Aquellas 500 leguas de tierra se hubieran podido vender por un precio mayor que el necesario para comprar todos los bonos, que en 1885 se vendían a solo siete u ocho por ciento de su valor nominal.
La promoción de la inmigración fue uno de los objetivos de los gobiernos de la década de posguerra. Desafortunadamente, la debacle de los "Lincolnshire farmers" en 1871 y 1872 hizo que los potenciales inmigrantes temieran verse en un desastre semejante. Los paraguayos aprendieron mucho de aquel incidente y, durante la era colorada, hicieron serios esfuerzos para promover la inmigración de individuos y de colonias para ocupar los espacios despoblados. Se creó el Departamento General de Inmigración y Colonización; los cónsules recibieron el mandato de hacer conocer las ventajas del Paraguay y la Oficina General de Información publicó una revista mensual, aunque en forma irregular. Una ley de junio de 1881 ofreció asistencia para el asentamiento de colonias agrícolas en el Paraguay, implementos agrícolas gratis, manutención por varios meses, tierra a precio muy bajo y en condiciones muy favorables, así como otras ventajas. Otras leyes, especialmente en 1903 y 1904, marcaron el pleno desarrollo de las políticas inmigratorias coloradas. Esas diversas leyes condujeron a la creación de siete colonias agrícolas, comenzando con la alemana de San Bernardino sobre el lago Ypacaraí en 1881. No desanimados por el fracaso de Nueva Burdeos (luego Villa Occidental y, finalmente, Villa Hayes) en 1855, un grupo de granjeros franceses volvió a establecerse en aquel lugar del Chaco en 1882. Hubo otros emprendimientos notables, como los de Nueva Germania, Nueva Australia, Cosme, Presidente González, Yegros y Trínacría, en que participaron alemanes, italianos, paraguayos, australianos, suizos y personas de varias nacionalidades más.
Alentando la llegada de los inmigrantes -con excepción de los negros y los orientales-, el Gobierno centró sus esfuerzos en la promoción de la inmigración de grupos para formar colonias agrícolas. Los resultados modestos fueron un comienzo significativo. Un informe oficial registra 12.241 inmigrantes entre los años 1881-1907, pero muchos no fueron registrados. El número total de inmigrantes, incluyendo los que se asentaron en áreas urbanas, probablemente no fue menor de 23.000 en aquel periodo, mientras que se estima en 90.000 el número de los paraguayos emigrados a las provincias vecinas de la Argentina y el Brasil. Sin embargo, la población paraguaya aumentó significativamente. Aunque todos los censos son inexactos, se los puede tomar como aproximaciones relativamente acertadas. La población creció de unos 300.000 en 1879 a 535.000 en 1899, exceptuando a los indios, cuyo número se estimaba en unos 100.000.
Pareja con los esfuerzos colorados para atraer inmigrantes, corría la política de vender la mayor parte de las 16.000 leguas cuadradas (74.000.000 de acres) de tierras fiscales. La venta, comenzada en 1885, se suspendió por corto tiempo para permitir que el Consejo de Tenedores seleccionara las 500 leguas concedidas en el acuerdo logrado por Decoud. Cuando las ventas prosiguieron, hubo una orgía de especulación en que participaron tanto extranjeros como paraguayos. Para 1890, los precios se habían triplicado, pero aun así la tierra paraguaya resultaba barata por comparación a la argentina de calidad similar. Finalmente, los compradores formaron enormes estancias y unas pocas compañías monopolizaron los yerbales. Teóricamente, los ocupantes precarios debían tener preferencia para comprar la tierra ocupada. Por la incapacidad para valerse de ese derecho, la mayoría se convirtió en arrendatarios de las tierras ocupadas, en peones esclavizados de los yerbales; en empleados de las grandes empresas, como Carlos Casado, o migró a las áreas urbanas o países vecinos. El ingreso proveniente de las ventas de tierras fue insignificante después de 1895 y las ventas terminaron en 1900. Pero era demasiado tarde. En vez de convertirse en una nación de pequeños agricultores, el Paraguay restableció la servidumbre de la antigua encomienda bajo una nueva forma, que perpetuó una pobreza total en las áreas urbanas y rurales. Los apologistas colorados, para defender las ventas de tierras de 1885-1900, dicen que con ellas se establecieron propiedades que pagaban impuestos, se permitió el ingreso de grandes capitales y la creación de grandes empresas en el Chaco fortaleció la posición paraguaya en la pugna con Bolivia. Curiosamente, para desarrollar su política de fundar colonias agrícolas, el Gobierno por lo general debió comprar de nuevo tierras públicas vendidas poco tiempo atrás.
Cuando Caballero llegó a la presidencia en 1880, Luis Patri aún era propietario del Ferrocarril Central del Paraguay, pero esperaba la oportunidad de vender su empresa. Pudo hacerlo en 1866, cuando Travassos, Patri & Cía. cedieron el ferrocarril (y las tierras recibidas con él) por $1.200.000 en bonos del Gobierno paraguayo. Usando los bonos como capital, Patri fundó el Banco de Comercio, se volvió presidente del Consejo de Directores del ferrocarril y firmó un contrato para prolongar la línea hasta Villarrica, un tramo de 75 kilómetros, por un precio de $18.220 oro por kilómetro de vía prolongada. Las finanzas paraguayas no estaban a la altura del proyecto, y por eso el gobierno de Escobar, en 1887, autorizó la venta del ferrocarril a inversionistas británicos por $ 2.100.000 oro. Así, Escobar pretendía conseguir dinero para pagar la prolongación hasta Villarrica; además, la nueva compañía iba a prolongar la vía férrea desde Villarrica hasta Encarnación. En aquella venta, los capitalistas ingleses se llevaron la parte del león. El Gobierno paraguayo aceptó que le pagaran la mitad de precio en oro y la otra mitad con 21.000 acciones preferenciales. (¡Acciones preferenciales del Ferrocarril Central del Paraguay! Vale decir que el Gobierno seguía siendo propietario y, además, aceptaba que le pagaran en acciones, que eran papeles de dudoso valor. Fue un gran negocio para los ingleses, que solo pagaron la mitad del precio, y que le entregaban al Gobierno solamente el 35% de los ingresos brutos, como se ve a continuación. (N. del T.))
Además, el Gobierno aseguraba a la empresa una ganancia del 6% sobre sus inversiones, mientras que la compañía debía pagar al Gobierno solo el 35% del ingreso bruto. El Gobierno también garantizó a la compañía una ganancia del 6% sobre la prolongación de la vía desde Villarrica hasta Encarnación, sobre la base de un precio fijado en $ 30.000 oro por kilómetro. La transacción se cerró en 1889, con una buena provisión de dinero para sobornar a políticos destacados y personas influyentes. Para que el Paraguay ganara, el ferrocarril debía tener ganancias muy altas [que no fue el caso].
Las perspectivas fueron brillantes por un tiempo. Patri terminó la extensión de la línea a Villarrica en 1889 y se le pagó con los $ 1.050.000 recibidos por el Gobierno de los capitalistas ingleses. Para agosto de 1891, los nuevos propietarios terminaron 100 kilómetros de vía desde Villarrica hasta Pirapó, que no llegaba a la mitad de la distancia hasta Encarnación, pero allí terminó la línea. El Paraguay dejó de pagar el 6% de ganancia asegurada y la compañía quebró. Eso provocó una larga controversia entre el Gobierno y la compañía, que duró hasta 1907, cuando el Paraguay entregó sus acciones a la compañía y se dieron por terminadas las reclamaciones. Aquel acuerdo fue un resultado de la ayuda prestada por la Argentina a la revolución liberal de 1904, que inició una nueva fase en la vieja lucha argentino-brasilera por el control del Paraguay. Durante el régimen liberal, la influencia argentina fue muy fuerte, y el capital anglo-argentino dominó la economía del país. El Ferrocarril Central del Paraguay, una de las mayores empresas que cayó en manos de dicho capital, dio ganancias reducidas a su nuevo dueño.
La banca y la industria, dos necesidades obvias de la economía paraguaya, comenzaron durante la era colorada. Las industrias fueron casi por completo extractivas y sólo dieron algunos pasos hacia el procesamiento de materias primas. La Industrial Paraguaya, el tranvía de Villa Morra y la Anglo-Paraguay Land and Cattle Company eran británicas. El capital británico superaba considerablemente a las inversiones argentinas en el país, aunque las relaciones entre los inversionistas argentinos y británicos fueran tan estrechas que resultan difíciles las distinciones.
Todos los presidentes colorados apoyaron la formación de bancos. El Banco Nacional del Paraguay tuvo una carrera accidentada. Fundado con fondos públicos y privados en enero de 1884, estaba en bancarrota para 1890. Otros varios bancos, tanto públicos como privados, comenzaron sus operaciones durante la era colorada y suministraron los muy necesitados créditos. El capital extranjero, gradualmente atraído hacia la banca, dominó el ramo después de 1900. En 1895 había cinco bancos, tres de ellos privados y libres del control gubernamental. Uno de ellos, el Banco Agrícola, fue de la total propiedad del Gobierno y sobrevivió a las crisis económicas, tan nocivas para Sud América en la década de 1890. El Banco del Paraguay y Río de la Plata, comenzado en 1889 con fuerte apoyo gubernamental, estaba en la quiebra en 1895. La falta de capital y la mala administración provocaron aquellos fracasos, pero, cuando los liberales llegaron al poder a fines de 1904, había suficientes bancos sólidos para satisfacer las necesidades del país.
Los problemas sociales del Paraguay eran consecuencia directa de la pobreza del país. Aunque unos pocos emprendimientos -corporativos y privados- disfrutaban de relativa prosperidad, el ingreso medio de los obreros y arrendatarios paraguayos era extremadamente bajo. El país seguía siendo uno de los más pobres de América, y aunque hubiera tenido ingresos medios muy superiores, la atención médica hubiera sido deficiente de todos modos. La formación de numerosos consejos, comités y comisiones por sucesivos gobiernos brindó muy poca mejoría a la salud pública. El pueblo padecía de enfermedades venéreas y parasitarias, lepra, tuberculosis y casi todas las demás dolencias conocidas por la ciencia médica. Mientras la muy reducida clase acomodada seguía en general los criterios morales aceptados en el siglo XIX, los vínculos familiares estaban relajados en las clases populares. La tasa de nacimientos extramatrimoniales, muy por encima del 50%, hacia que los dirigentes religiosos se resignaran al problema por considerarlo insoluble.
Las masas populares estuvieron integradas por analfabetos funcionales durante la era colorada. Las escuelas públicas situadas fuera de ciudades como Asunción y Villarrica ofrecían muy poco, y la obligatoriedad de la asistencia nunca se aplicó. Las escuelas privadas y parroquiales eran mucho mejores, sobre todo en Asunción. Por lo general, quienes podían enviaban a sus hijos a estudiar al extranjero -a la Argentina, Inglaterra, Francia y, con menor frecuencia, a los Estados Unidos-. Aquello, sumado al mejoramiento de la Universidad Nacional, dio como resultado el surgimiento de un notable grupo de académicos y profesionales en la década de 1890, que dio a la vida intelectual del Paraguay un impulso nunca desaparecido. Con todo, para el final de la era colorada en 1904, el Paraguay estaba lejos de haberse recuperado del desastre social y económico que fue la Guerra de la Triple Alianza.


ÍNDICE
PREFACIO
INTRODUCCIÓN
1. EL FINAL DE LA GUERRA DEL PARAGUAY : La guerra hasta 1869 / La ocupación de Asunción / El final de López

2. LA NACIÓN POSTRADA : El precio de la victoria y de la derrota / La capital arruinada / El interior del país / Refugiados nacionales y extranjeros

3. POLÍTICA Y DIPLOMACIA, 1869-1870 : Legionarios y lopistas / Formación del Gobierno Provisorio / El tratado preliminar del 20 de junio de 1870

4. EL GOBIERNO PROVISORIO EN EL PODER : Hechos meritorios / Finanzas  / Orígenes de la lucha partidaria

5. LA CONVENCIÓN NACIONAL CONSTITUYENTE DE 1870 : La elección de los convencionales / Maniobras en la Convención / La Constitución de 1870

6. POLÍTICA Y DIPLOMACIA, 1870-1871 : Las tribulaciones del presidente Rivarola / La caída de Rivarola / Fracaso del tratado general
7. LAS CRISIS DE 1872 : Los tratados Loizaga-Cotegipe de 1872 / Maniobras diplomáticas / La caída de Juan Bautista Gill / La misión de Mitre a Río de Janeiro

8. FERROCARRILES, PRÉSTAMOS E INMIGRANTES : Las aventuras del Ferrocarril Central del Paraguay  / Finanzas fantásticas: los préstamos ingleses de 1871 y 1872  / La búsqueda de colonos


10. JOVELLANOS Y LAS CONSPIRACIONES DE 1872 Y 1873 : Rivalidad por el poder / El preludio de la rebelión: las conspiraciones de 1872 / Clima de revueltas

11. EL TRIUNFO DE JUAN BAUTISTA GILL : La revuelta de Bareiro y Caballero. La primera fase: marzo de 1873 / La misión de Mitre en Asunción  / La revuelta de Bareiro y Caballero. La segunda fase: mayo-junio de 1873 / La revuelta de Bareiro y Caballero. La tercera fase: diciembre de 1873 a febrero de 1874

12. LIDIANDO CON EL PASADO : Gill en el torbellino político / La economía heredada  / El programa financiero de Gill de 1875 / Benites bajo fuego  / La misión de Uriarte y Caballero en Londres, 1874-1875 .

13. DIPLOMACIA Y REVOLUCIÓN, 1875-1876 : El tratado Sosa-Tejedor / La revuelta de Serrano de diciembre de 1875 / La recuperación de la soberanía: los tratados Machaín-Irigoyen

14. EL FINAL DE UNA ERA : La misión de Bareiro en Londres, 1875-1876 / La evacuación de las tropas aliadas / Crisis de 1876 y 1877: Rechazo del acuerdo de Bareiro / Muerte en la mañana / Uriarte y el terror colorado

15. EPÍLOGO

ABREVIACIONES EMPLEADAS


BIBLIOGRAFÍA.