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miércoles, 24 de noviembre de 2010

RESIDENTAS, DESTINADAS Y TRAIDORAS. Compilador: GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ / Introducción: GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ

RESIDENTAS, DESTINADAS
Y TRAIDORAS (2ª EDICIÓN)
Compilador:
GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ
(Enlace con datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Tapa: Julio Cacace
RP ediciones – CRITERIO,
Asunción-Paraguay
1991 (pp.159)



INTRODUCCION

Forma parte del folklore local la idealización de la guerra y, dentro de la bendita idealización, el culto romántico a la residenta, a la heroica mujer del Paraguay que acompañó, pacientemente, al hombre en todos los infortunios de la guerra.
La realidad, sin embargo, no es favorable a las idealizaciones, como lo muestra el testimonio del capitán Domingo A. Ortiz, combatiente de la guerra grande que, como miembro de una comisión de límites paraguayo-brasilera, volvió a visitar el campamento de Espadín en 1873 y dijo:
“El 1º de octubre (1873) nos hallamos en la cabecera del arroyo Espadín, célebre por la desgraciada suerte que sufrieron en sus solitarias costas, centenares de las principales familias del Paraguay, durante la cruel y desastrosa guerra del año 1865.
El 9 del mismo mes, recogimos datos sobre el curso del arroyo Espadín, estuvimos hasta la isla que sirvió de recostadero al campamento de las destinadas, de cuya proximidad, eran indicios vehementes, los numerosos cráneos y huesos humanos que veíamos a los lados del camino.
El 22 de octubre, tuve ocasión de visitar aisladamente el ex campamento de las destinadas del Espadín, horrible necrópolis, donde los numerosos vestigios de las víctimas infelices que allí gemían entre el hambre y la miseria, sufriendo atroces tormentos, afligen profundamente el ánimo más frío e insensible.”
El capitán Domingo A. Ortiz no era un polemista ni lo que hoy llamaríamos un antilopizta; él se limitaba a consignar, en su informe presentado al Ministerio de Relaciones Exteriores en 1874, lo que había visto en el campamento de destinadas de Espadín (que hoy llamaríamos campo de concentración).
Otro testimonio poco romántico es el de una destinada de Espadín, la señora Dorotea Duprat de Lasserre, enviada a Espadín porque su padre, hermano y esposo, habían sido ejecutados como reos políticos en el proceso de San Fernando:
“Cayó una lluvia espantosa: estaba con un dolor terrible de muelas, nos mojamos en grande, amanecimos sin un mate de yerba que tomar, ni un bocado de algo que comer; eran ya las doce, llovía siempre, ya teníamos verdadera hambre, la sirvienta de la señora de Leite estaba en un estado deplorable de languidez, cuando de repente abortó una burra de la señora; yo les dije que en Francia se comía burro, y que comiesen el aborto al momento. Se animaron y bajo una continua lluvia cocinaron esa carne... yo cerré los ojos, pues había jurado vivir y comí ese alimento.”
La señora Duprat de Lasserre fue destinada, y como tal compartió la suerte de la señora Concepción Domecq de Decoud, madre de José Segundo Decoud, fundador del partido colorado, y de Héctor Decoud, conocido historiador. ¿El crimen de la señora? Ser la esposa de uno de los organizadores de la Legión Paraguaya. Ciertamente, la señora se encontraba en Asunción cuando comenzó la guerra mientras que su marido, en Buenos Aires, activaba contra el gobierno de López. De cualquier manera, la mujer tuvo que salir de Asunción como traidora y peregrinar en compañía de cuatro hijos menores de edad. Otra destinada fue Carmen Urdapilleta de Jovellanos, cuyo marido murió en la cárcel porque, siendo juez, se negó a dictar una sentencia en los términos queridos por López... La culpa del marido alcanzó a la mujer, que tuvo que hacer a pié el camino de Espadín, fue rescatada del campo de concentración por los brasileros (antes que los esbirros de López tuviesen tiempo de cumplir la sentencia de muerte dictada contra ella), se casó en segundas nupcias con un proveedor del ejército aliado, Juan O'Leary, tuvo con él un hijo llamado Juan Emiliano O'Leary, llamado a convertirse en el mayor apologista de Francisco López, repudiado después de la guerra por sus víctimas y cómplices -Bernardino Caballero lo llamó "Nerón americano"; sus fiscales de sangre, Fidel Maíz, Matías Goiburú y Silvestre Aveiro, han dado testimonio de sus crímenes (véanse las declaraciones de estos dos últimos, incluidas en este libro). La reivindicación de López, ídolo de una religión nacionalista, llega al Paraguay como reflejo de las ideas totalitarias de la Acción Francesa, y se convierte en ideología oficial de las dictaduras de Higinio Morínigo y Alfredo Stroessner. En esta ideología de extrema derecha, la historia es el resultado de la acción de "un puñado de jefes" (palabras de Charles Maurras, cabecilla de la Acción Francesa); los soldados cumplen alegremente las órdenes del jefe; las mujeres son carne de cañón supletoria: empuñan las armas cuando el ejército se va quedando sin hombres. Los hombres están "para gastarse" por el jefe; todo el mundo está feliz con la carnicería...
Esto, al menos, es lo que dice la ideología militarista oficial, la que se muestra incapaz de explicar por qué, si todo el mundo seguía a López, era obligado a hacerlo; la que prefiere ignorar que hubo deserciones masivas en el ejército paraguayo y rebeliones de mujeres del pueblo durante la guerra mujeres no persuadidas de las ventajas de morir por la patria en los términos propuestos por el "generalito".
Y, volviendo ahora a la imagen convencional de la residenta, hay que recordar que la evacuación de Asunción fue ordenada por López en febrero de 1868 bajo pena de muerte y, que había distintas categorías entre las mujeres condenadas al éxodo: estaban las agraciadas, las mujeres cuyos parientes se llevaban en buenos términos con López; estaban las traidoras, parientes de reos políticos, castigadas por las faltas de familiares, e incluso por las faltas de amigos y conocidos. Y este es uno de los aspectos más curiosos -por no decir siniestros- de la guerra y del gobierno de López en general: el hecho de que se aplicase el criterio de la responsabilidad colectiva, propio de la Edad Media. En la Edad Media, como se sabe, la culpa de un traidor podía recaer sobre la familia, sobre la vecindad, e incluso sobre todo un pueblo; se sabe también que López gobernó con la ley de las Siete Partidas, las Ordenanzas Militares españolas y la legislación colonial española, pero no está claro si para López la aplicación de aquellas leyes era una cuestión de principios o una cuestión dé oportunismo o terrorismo político. El hecho es, de cualquier manera, que se cometieron muchas violencias contra las mujeres -y contra las familias- traidoras; las traidoras que no fueron fusiladas después de haber pasado todo tipo de vejámenes y torturas (incluyendo la violación) como Juliana Insfrán de Martínez, "la heroína del dolor", corrieron la suerte de ser destinadas a Yhú y a Espadín (Espadín se encuentra actualmente en territorio brasilero, cerca de la unión de las cordilleras de Amambay y Mbaracayú, y allí se instaló un campo de concentración para traidoras).

EXODO, RETIRADA Y FUGA
Para comprender la peregrinación de residentas y traidoras, es preciso recordar sucintamente el desarrollo de la guerra, que comenzó en 1864, con la invasión paraguaya del Matto Grosso, y continuó con la declaración de guerra a la Argentina, en marzo de 1865. Semanas después de esta declaración, López envió al Coronel Estigarribia, con 12.000 hombres, a invadir el Brasil y al general Robles, con 25.000 hombres, a invadir la Argentina. Dado que la población del Brasil, entonces, era de unos 10.000.000 de habitantes y que ese país, movilizado militarmente, tenía unos 30.000 hombres en armas en Río Grande del Sur, la expedición de Estigarribia estaba destinada al fracaso: Estigarribia se rindió en setiembre de 1865 con lo que le quedaba de su ejército, 6.000 hombres (entre abril y setiembre había perdido la mitad de sus fuerzas). Declarado traidor, tuvo la suerte de quedar prisionero de los aliados. Robles, sin embargo, incapaz de cumplir su cometido, por lo demás imposible, fue relevado de su puesto y fusilado como traidor. Para fines de 1865, el ejército paraguayo se había replegado de la Argentina y la guerra toma para el Paraguay un carácter defensivo y ya no más ofensivo. Para fines de 1865, el ejército paraguayo había perdido, en estimaciones de Thompson y de Cecilio Báez, más de 60.000 hombres.
En otras palabras, se terminó lo que, en propiedad, podía llamarse el ejército paraguayo, ya que las nuevas levas incorporaron a un número excesivo de menores de edad y de personas de edad muy avanzada para empuñar las armas. Y digo que el ejército paraguayo se terminó a fines de 1865 en base a las siguientes estimaciones: (a) en una movilización militar total, como la que tuvo lugar en la segunda guerra mundial, Alemania mandó al ejército al 10% de su población total -ya incorporando a menores de edad; (b) según estimaciones aceptables, la población paraguaya, en 1864, se acercaba a los 500.000 habitantes; (e) en una movilización militar total, el Paraguay de 1864 no podía haber mandado al ejército más de 50.000 hombres (hablamos de un ejército compuesto, mayormente, de hombres aptos, no de los niños y ancianos que después se enrolaron); (d) si bien la cifra de 64.000 bajas (Báez) puede ser exagerada, reduciéndola a la mitad podemos decir con fundamento que 32.000 bajas significaban el fin de un ejército de 50.000 hombres. (En su prólogo a las Memorias de Juan Crisóstomo Centurión, Natalicio González afirma que el ejército paraguayo, al inicio de las hostilidades, tenía unos 38.000 hombres, cifra aceptable).
Si López hubiera optado por la defensiva, quizás hubiera tenido chances de victoria; sin embargo, el 24 de mayo de 1866, atacó con unos 20.000 hombres, que no contaban, prácticamente, con apoyo de artillería, a un ejército aliado dos veces superior en número y bien aposicionado en Tuyutí; esta batalla terminó con el aniquilamiento del ejército agresor, cuyos pocos sobrevivientes se retiraron a un campamento que no estaba fortificado, el de Paso Pucú. Si los aliados hubieran tenido la osadía de atacar, hubieran llegado sin mayor esfuerzo a la comandancia de López. Sin embargo, su falta de información o de audacia dio a los paraguayos las semanas de tiempo que necesitaban para reorganizarse. De cualquier manera, la guerra ya estaba perdida para el Paraguay, país económicamente arruinado por la guerra, como lo observó el representante francés, Cochelet, en informes consulares a su gobierno (publicados sólo parcialmente). La guerra estaba perdida -señaló Cochelet- porque no había medios para continuarla, y no había medios para continuarla porque el bloqueo de los ríos había terminado con el comercio exterior, vital para la economía paraguaya, a pesar de ciertas afirmaciones en contrario y relativas a la "autonomía" paraguaya. (El bloqueo de los ríos, además, tuvo otras consecuencias negativas, como el impedir que llegasen al Paraguay vacunas contra la viruela, enfermedad que diezmó la población del país, juntamente con otras pestes, como el sarampión y el cólera).
Para suerte o para infortunio del Paraguay, la incompetencia militar de López se vio compensada por la de los aliados; éstos, en vez de encerrar a López en el cuadrilátero mediante una operación conjunta de ejército y marina, optaron por atropellar las fortificaciones de Curupayty, el 22 de setiembre de 1866, con el resultado que se conoce. La derrota, las recriminaciones recíprocas y la inestable política argentina demoraron las operaciones aliadas por mucho tiempo pero, finalmente, los brasileros decidieron seguir el plan original de Mitre: encerrar a López en el cuadrilátero, cortarle las comunicaciones con Asunción y el resto del país y obligarlo a rendirse. El plan, estratégicamente correcto, fue tácticamente mal ejecutado, y el famoso cerco del cuadrilátero tenía demasiados huecos; por uno de ellos pudo escaparse López a principios de marzo de 1868, para cruzar el Río Paraguay (controlado por la flota brasilera), atravesar el Chaco y llegar a San Fernando, cerca de la desembocadura de los ríos Paraguay y Tebicuary.
En San Fernando, lugar poco seguro, López permaneció entre marzo y agosto de 1868, gracias, en gran medida, a la heroica resistencia del comandante Martínez en Humaitá, quien quedó para detener el avance aliado y posibilitar la retirada de López.
El 5 de agosto, Martínez tuvo que entregarse a los aliados, quienes rindieron homenaje a su valor; la mujer del héroe, Juliana Insfrán de Martínez, fue una de las víctimas de la conspiración de San Fernando, conspiración fraguada por López para eliminar a centenares de personas, incluyendo su hermano Benigno, y sus cuñados Vicente Barrios y Saturnino Bedoya, al general Bruguez, al obispo Palacios, al deán Bogado, a los señores Duprat, Lasserre, Leite Pereira y Vasconcellos, cuyas esposas y parientes fueron después destinadas a Yhú (véanse las declaraciones de la señora Dorotea Duprat de Lasserre). Los interrogatorios, torturas y ejecuciones, comenzadas en San Fernando, continuaron después en Lomas Valentinas, donde fue fusilada el 21 de diciembre de 1868, antes del comienzo de la batalla, Juliana Insfrán de Martínez, juntamente con otras mujeres. (Francisca Garmendia, involucrada en la represión de San Fernando, fue "perdonada" por López, y asesinada recién un año más tarde, cuando ya estaba en Espadín). El 21 de diciembre de 1868, poco después de terminados los fusilamientos, comenzó el bombardeo de la artillería brasilera, que terminó con el descalabro y la fuga de López, el 27 de diciembre... Los brasileros, en vez de atropellar frontalmente la línea de fortificaciones a lo largo del Pykysyry, habían desembarcado en San Antonio y, marchando hacia el sur, habían vencido las resistencias desesperadas de Ytororó y Abay y atacado Lomas Valentinas. Por primera vez desde el comienzo de la guerra, López se vio en el frente de batalla. Y no podía ser de otra manera, ya que lo tenían rodeado. Sin embargo, y este es uno de los grandes misterios de la guerra, el 27 de diciembre, día del ataque final, los aliados permitieron la fuga de López, hacia Azcurra (pasando por Cerro León). ¿Fue impericia de Caxias, o deseos de tener un pretexto para exterminar a los paraguayos so pretexto de la persecución de López? Thompson se plantea esta pregunta, que hasta el momento no ha tenido contestación. Pero el hecho es que, con unos 200 hombres, López huyó del campo de batalla, en compañía de madama Lynch y algunos fieles. Días después, los aliados entraban en Asunción. Caxias, prematuramente, daba la guerra por terminada. Desde un punto de vista racional se podía considerar la guerra por terminada, ya que la resistencia de López no sirvió para defender al país sino para causar innecesarios sufrimientos a la población civil.
Ocupada por los aliados en enero de 1869, Asunción ya había sido desocupada por sus habitantes en febrero de 1868; estos fueron obligados a alojarse, como pudieran, en los pueblos vecinos (Luque, Altos, Limpio). Cuando López, después de la derrota de Lomas Valentinas, se estableció en Azcurra e hizo de Piribebuy su tercera capital (la segunda fue Luque; la cuarta sería San Isidro en Curuguaty), las familias traidoras (p.e., las que habían tenido algún pariente fusilado en el affaire de San Fernando) fueron destinadas a Yhú, mientras que las demás fueron obligadas, hasta donde obligarlas era posible, a seguir la marcha del ejército. En muchos casos, las destinadas pasaron mejor que las residentas ya que el hecho de tener un asentamiento fijo les permitía cultivar la tierra, mientras que las residentas no recibían ración del ejército y estaban condenadas a vivir de las sobras de los soldados, comprar alimentos en el mercado negro (que floreció durante toda la guerra, con perdón de los nacionalistas) o ir al rebusque (a rebuscarse comida en el bosque). De Yhú, las destinadas fueron trasladadas, en condiciones inhumanas, a Curuguaty, Igatimí y Espadín; en Espadín, algunas fueron liberadas por los brasileros en diciembre de 1869. Pero antes de hablar de la última etapa del vía crucis de las destinadas, queremos referirnos al principio del éxodo del pueblo paraguayo, tal como lo explica Héctor F. Decoud en un texto que hace parte de esta compilación:
La peregrinación del pueblo paraguayo, durante la guerra con la triple alianza (1865-1870), comienza, propiamente hablando, con la evacuación de las poblaciones situadas sobre el Río Paraná, con motivo de las noticias recibidas por el mariscal López, de que el barón de Porto Alegre, al frente de una división de 12.000 hombres, con 18 cañones rayados, había salido de Rio Grande en dirección al Paraguay, con el propósito de cruzar el Río Paraná por Candelaria, e internarse hasta la Asunción. Los habitantes y haciendas de estas poblaciones, fueron retirados: las próximas a Humaitá, al norte del Arroyo Hondo, y las más lejanas, a las Misiones.
Pocos meses después, se recibió aviso en el ejército paraguayo, de que una columna enemiga de 10.000 hombres, la mayor parte de caballería, bajo el mando del general Osorio, se proponía atravesar el río Paraná en Encarnación, y avanzar hasta la Asunción. Se hizo entonces extensiva la evacuación a todos los pueblos de las Misiones, así como a los que se encontraban al sur del Tebicuary, debiendo venir a establecerse al norte del mismo.
Los habitantes de todos aquellos pueblos y las haciendas fueron repartidos desde Caapucú, hasta Paraguarí y los pueblos intermedios: Acahay, Ybicuí, Quyquyó, Mbuyapey e Ybytymí; y los cercanos a Encarnación; tales como Carmen, Cangó etc., desde Caazapá hasta Villa Rica.
Tan luego como los aliados se pusieron en marcha para Tuyu-cué (octubre de 1867), el mariscal López impartió sus órdenes para que todos los habitantes y haciendas del departamento de Ñeembucú (Villa del Pilar), se trasladasen al norte del Tebicuary.
Sitiada Humaitá, el jefe de la plaza, viendo que las provisiones de boca se agotaban, mandó pasar al Chaco las 900 mujeres que se encontraban dentro, las cuales pertenecían a una partida de las que habían sido repasadas del norte del Arroyo Hondo. Estas mujeres, con sus criaturas y muchos ancianos y ancianas, siguieron la misma trayectoria del mariscal López hasta San Fernando, de donde fueron internadas al norte del arroyo Pykysyry.
Una mitad de toda esta gente murió en esta vía crucis de hambre, penurias y privaciones de todo género, desde que no tenían cómo alimentarse ni adquirir para sus ropas, pues, apenas habían podido sacar de sus casas solo lo que llevaban puesto. La otra mitad, que tuvo la suerte de sobrevivir, agregada a las poblaciones de Ñeembucú, y de las Villas Franca, Oliva y Villeta, fue remitida en dos grupos, a Caacupé, a fin de que fuesen distribuidas en los departamentos circunvecinos de aquella parte de la Cordillera, con recomendación de que se ocupen de sembrar toda clase de legumbres.

Dos comentarios podríamos hacer a este párrafo de Decoud:
(1) Desde principios de la guerra en territorio paraguayo (1866), López practicó esta estrategia: todo territorio ocupado u ocupable por el invasor era despoblado, para no darle posibilidades de obtener alimentos y recursos; si esto tenía consecuencias negativas para el enemigo, las tenía también para la población civil, ya que muchos murieron de hambre y privaciones a consecuencia de tales evacuaciones forzadas; es posible que el ejército aliado, que tenía un sistema logístico, haya sufrido menos que los civiles paraguayos, que carecían de él y recibían poca ayuda de su propio gobierno.
(2) Idealizaciones aparte, las mujeres fueron mayormente mano de obra gratuita: les correspondió levantar las cosechas; hilar el algodón para vestir a los soldados; ocuparse de las estancias, mercados y carnicerías; cultivar legumbres para alimentar al ejército, cocinar, lavar la ropa y prestar una serie de servicios al ejército.
En realidad, la guerra se hizo con empleo de trabajo servil, ya que, meses después de comenzada la guerra, los soldados dejaron de cobrar su sueldo (por lo demás miserable); no se debe olvidar, por otra parte, que el sistema económico del Paraguay se basaba en el trabajo forzado: el 10% de la población era de negros esclavos que, liberados legalmente en 1867 (por efecto de la ley de libertad de vientres de 1842), fueron inmediatamente incorporados al ejército, donde siguieron prestando servicios gratuitamente; la institución de la encomienda, legalmente abolida hacía siglos, seguía siendo una costumbre en el Paraguay, siendo el indio, habitualmente, forzado a prestar trabajo sin paga; la institución feudal de la corvea seguía subsistiendo en el país bajo el nombre del auxilio, trabajo gratuito que los campesinos pobres se veían obligados a prestar al gobierno; además, las leyes de Vagos y Mal Entretenidos convertían a cualquier paraguayo pobre en un candidato al trabajo servil. Solamente cobraban bien y regularmente los técnicos extranjeros contratados para manejar los ferrocarriles, maquinarias, arsenales y toda la industria estratégica, como se dice ahora.
Otro detalle digno de mención es el siguiente: durante la permanencia del grueso del ejército paraguayo en la zona vecina de Humaitá (1865-1868), hubo mujeres en el campamento, como lo señala Decoud en el texto mencionado, citando a Thompson:
“Las mujeres del campamento tenían a su disposición una hilera de ranchos en cada división, y, en Paso Pucú, había dos grandes aldeas de estas casuchas. Tenían sargentas nombradas por ellas mismas, que eran responsables del orden. Las mujeres podían recorrer libremente todo el campamento, excepto en el tiempo de cólera, que no se les permitía separarse de sus divisiones. Al principio no podían permanecer en los cuarteles después de la retreta, pero, hacia el fin de la guerra, esta orden fue abolida. Asistían a los hospitales, y lavaban la ropa de sus esposos. No podían dejar el campamento sin un permiso especial firmado por Resquín. No se les repartían raciones, y tenían que vivir con lo que les daban los soldados.”
Naturalmente, afirmaciones como esta nos ponen ante un problema de interpretación: uno puede elogiar la bondad y el espíritu de servicio de las mujeres paraguayas de la guerra o puede lamentar la explotación de las mujeres por parte de López (yo opto por lo segundo). Además, uno puede preguntarse qué alcance tenía esta militarización de las mujeres, quiero decir el otorgamiento de grados militares; es mi opinión que se trataba de un modo de tenerlas sujetas, sin pensarse seriamente en darles poder militar efectivo. Sobre este punto, es oportuno citar un testimonio de Masterman, incorporado al texto de Decoud e incluido en nuestra compilación:
“A principios de este año (1868), se formaron efectivamente varios regimientos de mujeres. Sus servicios eran, por supuesto, voluntarios; pero no se necesita recordar al lector lo que eso significaba en el Paraguay; hubo momentos en que se esperaba verlas marchar al ejército, pero después de adiestrarse por algunas semanas en los ejercicios militares, la idea fue abandonada.”
Las voluntarias que dice Masterman se pasaron algunas semanas desfilando por Asunción al compás del tambor, hicieron ejercicios de orden cerrado pero no se les entregaron armas, fueron pyragües y pokyrás de los oficiales, pero la cosa no llegó más allá de eso. Si López, alguna vez, pensó formar un ejército de mujeres, habrá desistido al notar que, durante la guerra, hubo entre las mujeres casos de desobediencia civil.

LA OPOSICIÓN DE LAS MUJERESJuan Emiliano O'Leary, en su Apostolado patriótico, dijo que López "era la Patria"; Arturo Bray, en su biografía de López (Solano López, soldado de la gloria y el infortunio), dijo que el ejército del dictador representaba "al pueblo en armas" por encima de cualquier diferencia de clases. Estos son dos ejemplos de la ideología totalitaria, predicada por Morínigo y Stroessner, para la cual el jefe del ejército es la encarnación de la nación y las aventuras bélicas del jefe son aceptadas por toda la población -con excepción de los traidores.
La verdad, sin embargo, no se ajusta a las fantasías de la exaltación fascista de la guerra; en el caso concreto de la "epopeya del setenta" debe decirse, para comenzar, que López no era la Nación (a pesar de haberse apoderado de los dineros públicos) y que, en el Paraguay del setenta, había marcadas desigualdades políticas, sociales y económicas. A lo dicho más arriba sobre el punto podría agregarse que, de acuerdo con la ley de 1844 (mal llamada constitución), solamente las personas acaudaladas tenían derecho a ocupar cargos públicos -la ley establecía cuánto había que tener para ocupar los cargos públicos más importantes. La ley de 1844 fue modificada en 1856 y la modificación consistió, básicamente, en establecer que, no sólo para ser elegido, sino también para elegir, había que tener dinero. La igualdad de todos ante la ley fue proclamada en el Paraguay, por primera vez, el 25 de noviembre de 1870, cuando entró en vigor la primera constitución del país (la que, además, abolió la tortura, la confiscación de bienes y la pena de muerte por causas políticas); hasta esa fecha, regían en el Paraguay leyes clasistas y racistas- como las que impedían el matrimonio entre individuos de razas diferentes, prohibiendo, v.g., el casamiento de un blanco con un negro.
Y bien, todas estas desigualdades institucionales se veían agravadas, durante la guerra, por la corrupción de la familia López, que encarecía el precio de los ya escasos alimentos, y por la impericia militar del Mariscal Presidente, que enviaba a los hombres al matadero. El descontento de la población, que no figura en la hagiografía oficial, ha sido registrado en los informes confidenciales del cónsul francés, Cochelet, quien también habla de rebeliones de las mujeres del mercado en Asunción... No sabemos hasta dónde llegaron esas protestas, pero podemos señalar lo siguiente: en el ejército, hasta donde se sabe, no hubo ese tipo de reacciones. En otras palabras, los hombres fueron más sumisos "a la autoridad" que las mujeres...
Al comentar el suplicio de Juliana Insfrán de Martínez, eliminada por López por negarse a participar en la farsa de la denuncia de una "conspiración" en la que se quería involucrar a su marido, el coronel Martínez, Cecilio Báez observa:
“Un hombre civilizado, como un bárbaro cualquiera, puede buscar la muerte en la refriega, asaltar una fortaleza, o correr a meter la cabeza en la boca de un cañón, como suelen hacer los turcos y los abisinios.
El bravo entre los bravos, coronel Mongelós, tembló ante López, le entregó su espada, y dócilmente, a una orden suya, fue a entregarse al verdugo. El coronel Mongelós fue fusilado porque en el cuerpo que él mandaba, algunos soldados habían pensado desertar; es decir, por no haber adivinado a tiempo -lo que pensaban aquellos desgraciados.
Pero no todos muestran poseer el valor de Juliana: vale decir, el verdadero valor, el que consiste en defender la propia dignidad, la cual proviene de tener conciencia de la personalidad.”
Pero el sentido de " la propia dignidad" mencionado por Báez difícilmente podía darse en un pueblo de tradición autoritaria como el paraguayo, sometido a la nefasta influencia del militarismo, de la educación alienante y de la iglesia oficialista. Con relación al militarismo, diremos que el Paraguay, desde sus orígenes, fue un puesto de frontera de la colonización española, obligado a una permanente movilización militar, aunque sus fuerzas armadas, desde la colonia hasta la guerra del setenta, hayan sido más una milicia que un ejército racionalmente organizado. En esto, el Paraguay comparte una característica latinoamericana, la que ha llevado a decir al mariscal Montgomery, en su historia del arte militar, que las guerras latinoamericanas del siglo XIX no han sido lo que, en términos estrictos, se entiende como tal. Los ejércitos del setenta eran grupos de hombres armados sin suficiente disciplina, sin una conducción eficiente, sin adecuados sistemas logístico, sanitario, de inteligencia e ingeniería. López, general a los 18 años, se auto-declaró mariscal sin serlo; su hijo era coronel a los 15 años; oficiales de carrera no había en el ejército paraguayo. La militarización tenía en el Paraguay un propósito político, el de obligar a la gente a obedecer, y el hábito de la obediencia era reforzado por la educación, que se basaba en el funesto Catecismo de San Alberto, texto absolutista puesto en circulación en las colonias americanas después de la insurrección de Tupac Amarú, y que fue puesto, nuevamente, en circulación en las escuelas de López. La introducción del Catecismo, destinada a los maestros de escuela que debían utilizarlo como texto escolar, recomendaba cambiar la palabra Rey por la de presidente de la República; el cuerpo del Catecismo, entre otras cosas, dice:

LECCION I. Del principio y origen de los reyes.
Sea, pues, la conclusión que el origen de los reyes es la misma divinidad, -que su potestad procede de Dios, y que sus tronos son tronos de Dios, según aquellas palabras de la Escritura...
P. ¿Quién, pues, es el origen de los reyes?
R. Dios mismo, de quien se deriva toda potestad.
P. ¿Qué cosa es el Magistrado Supremo?
R. Una potestad temporal y suprema, instituida por Dios para gobernar los pueblos con equidad, justicia y tranquilidad.
** El Catecismo, puesto en circulación en los últimos años del viejo López, mereció una impresión de la imprenta oficial en 1863; la introducción era del obispo Urbieta. Y aquí se debe señalar que este obispo, como la mayoría de los pastores paraguayos, se distinguieron por su abyección ante el poder político. Los testimonios que publicamos en esta compilación pueden dar una idea del triste rol desempeñado por los sacerdotes (y el obispo Palacios, finalmente víctima de su propio juego) como policías y verdugos.
** Idiotizado por una tradición despótica dominada por el militarismo, la enseñanza absolutista y la reacción clerical, el pueblo estaba preparado a obedecer a López. Este, sin tener un ejército en forma, sin tener una burocracia organizada, sin tener un servicio diplomático eficiente, se metió en una guerra calamitosa, que sacrificó el país a su capricho. Las voces de cordura que se hicieron sentir, hasta donde sabemos, fueron las de las mujeres del pueblo, hartas del heroísmo estúpido, y las de algunas mujeres de la clase alta, como Juliana Insfrán (pariente de López), Francisca Garmendia, Dolores Recalde, la propia madre del déspota, doña Juana Pabla Carrillo de López, que enfrentó con dignidad a sus inquisidores. Es necesario, hoy, reivindicar la conducta de estas mujeres, ignoradas por el culto fascista de la guerra.
RETIRADA PARAGUAYA DESDE HUMAITA HASTA CERRO CORÁ

EL FINAL DE LA TRAGEDIAHabiendo prometido morir a la cabeza de sus tropas, López optó por la fuga el 27 de diciembre de 1868; desde ese día, hasta el 1º de marzo de 1870, en que los brasileros lo alcanzaron, y sin ninguna chance de ganar la guerra, dirigió una retirada ruinosa para los paraguayos. Para el 1º de marzo el ejército paraguayo, si puede llamársele así, no tenía quizás 500 hombres; ni contando los civiles que te acompañaban, la cifra podría ser de monta. El Paraguay, para esa fecha, tendría unos 200.000 habitantes (no hay cifra cierta), lo que implicaría la muerte del 60% de su población durante la guerra. Aunque normalmente se habla de los caídos en combate, se puede decir que la mayor cantidad de muertes se debió al hambre, a las penurias, a las enfermedades, a la miseria en general. Si bien los aliados cometieron crímenes contra la población civil, es posible que en eso le hayan ido a la zaga al Mariscal Presidente, que asesinó a muchos e hizo lo posible para que muriera gran número de personas con una serie de medidas irracionales como las evacuaciones forzadas de muchas poblaciones y la confiscación y destrucción de cosechas y ganados. El éxodo de las residentas -o la obligación de las mujeres, ancianos y niños de seguir al ejército- y la decisión de tener una gran cantidad de civiles en los campamentos (i.e. Paso Pucú) es completamente absurda desde el punto de vista militar, ya que expone innecesariamente las vidas de los civiles, relaja la disciplina, resta agilidad a los desplazamientos del ejército. Pero la conducta de López no puede ser entendida en términos estrictamente racionales porque el hombre, sobre todo en las postrimerías de la guerra, acusa rasgos psicológicos. enfermizos. Uno de sus fiscales de sangre, Matías Goiburú, declaró al caer prisionero:
“á medida que la posición de López se iba haciendo difícil, hacía multiplicar los castigos y disminuía el alimento á los prisioneros y los cargaba de prisiones. Que desde que López abandonó Humaitá, los oficiales que custodiaban los prisioneros tenían orden de fusilar á todo aquel que se cansase durante las marchas, y que le constaba que en las marchas hechas desde San Fernando hasta Lomas, fueron fusilados ó lanceados varios que tuvieron la desgracia de no poder dar un paso, agobiados por la miseria, por los padecimientos o las enfermedades.”
La política de lancear a los rezagados se aplicó, no solamente en la retirada de Humaitá a Lomas Valentinas, sino también en la retirada de Azcurra a Cerro Corá.
Sobre esta última etapa de la guerra, debe señalarse que, derrotado en Lomas Valentinas, López huyó y se estableció en Azcurra, haciendo de Piribebuy su capital. Pero el 12 de agosto  de 1869 los aliados tomaron Piribebuy, en un movimiento envolvente que tendía a encerrarlo, cortándole los caminos que llevaban a Caraguatay, atacándolo desde Azcurra, desde Atyrá, desde Piribebuy, en tres grupos convergentes. La maniobra, bien concebida y mal ejecutada, permitió que López se fugara a Caraguatay, sacrificando a un ejército de niños en Rubio Ñu (16 de agosto de 1869) para demorar la persecución aliada; de Caraguatay, pasó a San Estanislao; de San Estanislao, a Curuguaty; de Curuguaty, a Igatimí; de Igatimí, a Panadero y, de allí, a Cerro Corá.
Hecho este resumen de la guerra, volvemos a las destinadas a Yhú; estas, enviadas a aquel pueblo entre enero y mayo de 1869, habían estado relativamente bien hasta el mes de agosto, en que Curuguaty fue declarado capital de la república, y entonces Yhú se convirtió en un punto de pasaje para las tropas que iban a Curuguaty. Las traidoras, que habían sido casi olvidadas por un ejército más ocupado en evitar el enemigo que en mortificarlas, se convirtieron en blanco de las frustraciones y psicosis de guerra de los fugitivos (véanse relatos de Decoud y la señora de Lasserre). Después, por motivos incomprensibles, fueron obligadas a abandonar Yhú, donde habían establecido algunos cultivos y ranchos precarios, para marchar a Curuguaty, Igatimí y Espadín, en marchas forzadas que dejaron el camino jalonado de cadáveres. La situación (la miseria) parece haberse igualado para residentas y traidoras en los últimos meses de la guerra ya que, con excepción de la familia López y algunos de sus favoritos, todo el mundo pasaba hambre.
Con todo, la situación de las traidoras tiene que haber sido algo peor, debido al ensañamiento de los verdugos, porque López veía conspiradores en todas partes y siguió asesinando a quienes no tenían posibilidad (suponiendo que tuvieran intenciones) de entrar en tratos con el enemigo -dejo de lado el comprensible deseo de verse liberados por ellos. Y ese es el caso de Francisca Garmendia, otra víctima de López, torturada brutalmente y lanceada por no "confesar" sus culpas. Ella se encontraba bajo fuerte custodia desde San Fernando, había sido una marginada política desde antes de la guerra por rechazar las pretensiones sentimentales del generalito, pero fue hallada rea de conspiración a fines de 1869 y conducida desde el campo de concentración al lugar del lanceamiento, como relata Héctor Decoud:
“Pancha Garmendia, convertida en un exce homo, a causa de las heridas ulceradas que presentaba su cuerpo desde la región cervical hasta las nalgas, por los azotes, que a corto intervalo, recibía de día o de noche, durante su prisión, envuelta únicamente con una sábana de lienzo criollo, toda sucia y manchada de la sangre vertida por su lanceamiento, con la cabellera suelta y desgreñada, apenas podía andar de pies y manos.
Fue traída al lugar de su lanceamiento, sobre la orilla del arroyo Guazú, distante unos cincuenta metros de un árbol corpulento, en cuya sombra guardaba su prisión. A sus verdugos no les dio gran trabajo para ultimarla, pues, apenas le tocaron con las puntas de sus lanzas, cayó completamente inerte.”
En esta última "conspiración" entraron también el hermano del presidente, Venancio López, quien fue eliminado de una manera sádica, según lo admite Arturo Bray, así como la madre y las dos hermanas del mariscal. Venancio, Inocencia y Rafaela López habían sido ya involucrados en la "conspiración" de San Fernando, y, desde entonces, habían recibido un pésimo tratamiento -golpes, encierro y privaciones. Las dos mujeres imploraron la clemencia del dictador y recibieron por eso mejor trato, pero el coronel López fue muerto. La señora doña Juana Pabla Carrillo, sin embargo, enfrentó con coraje a los jueces; López ordenó torturarla ("pueden cintarearla" dijo a Silvestre Aveiro) pero la cuestión tuvo que interrumpirse porque la anciana se desmayó a los primeros golpes y se temió por su vida. (En sus memorias, publicadas previa revisión de O'Leary, Aveiro confiesa haber golpeado a la señora de López, ratificándose así en sus declaraciones prestadas ante los aliados, al ser capturado, que se publican aquí). Esta y otras maldades le valieron al mariscal el mote de "Nerón americano", con el que lo calificó el mismísimo general Caballero en un documento publicado en El Pueblo el 18 de agosto de 1871. El mismo O'Leary, al recordar las penurias de su madre en los campos de concentración, le escribió:
“Tu martirio, madre, es infinito. Cada día, cada instante, se levantan ante tus ojos las sombras de tus hijos, mis hermanos, muertos de hambre en las soledades de tu peregrinación. Tú les viste morir. Tú presenciaste aquella agonía indescriptible, y después de muertos tuviste que dejar sus cuerpecitos fríos bajo una capa de tierra y una alfombra de flores.
¡Pobres hermanitos míos! Yo, también, os veo en mis ensueños envueltos en nítidas mortajas, flotando en el espacio como blancos angelitos. Ni vosotros escapasteis a la saña de los tiranos y de los caínes. Algún día cuando mis cantos sean dignos de vosotros enterraré vuestra memoria en la cristalina tumba de mis versos!”
Pero O’Leary aptó por el nacionalismo integral y sus versos fueron para loa de López; acorralado finalmente en Cerro Corá en marzo de 1870.
No hay cifras ciertas del número de traidoras que murieron en Yhú, Curúguaty, Igatimí y Espadín, pero un buen contingente de destinadas a Espadín tuvo la suerte de ser liberada por los brasileros el 25 de diciembre de 1869, como puede verse en los relatos de Decoud y Lasserre. Decoud, que no ofrece una lista de las liberadas, nos permite ver que la venganza de López se hacía con un criterio familiar: el castigo era contra las familias traidoras. Por eso había entre las traidoras parientes de los activistas de la Legión Paraguaya (Decoud, Bedoya), de los ejecutados en San Fernando (Lasserre, Leite Pereira, Vasconcellos), de los perseguidos políticos del gobierno en general...
** El calificativo de Nerón para López quizás cuadre más con la concepción decimonánica que con la actual. Yo pienso que la comparación más adecuada sería la de López y Flitler, guardando las debidas diferencias entre el dictador de un pueblo rural y el de un pueblo industrial. La semejanza está en la movilización total para la guerra, en la guerra total que ambos hicieron, cada cual dentro de sus posibilidades. Pienso que no sería descaminado considerar a López un precursor del totalitarismo moderno, encarnado ejemplarmente por Hitler. Romanticismo, voluntarismo y paranoia definen las personalidades de los dos tiranos, y no es casual que el fascismo, al popularizarse en el Paraguay (en versión criolla, desde luego), haya reivindicado la figura de López, censurado por sus víctimas y cómplices, como puede verse en los textos aquí compilados.
RUTA APROXIMADA DE DESTINADAS, DESDE TACUARAL (YPACARAÍ) HASTA ESPADÍN,
PASANDO POR CAACUPÉ, SAN JOSÉ, AJOS (CORONEL OVIEDO), CARAYAÓ, SANTA ROSA,
SAN JOAQUÍN, YHÚ, CURUGUATY e IGATIMÍ

ACERCA DE LA COMPILACIÓN

Este libro no tiene un carácter académico sino divulgativo, y reúne, básicamente, testimonios de traidores y de verdugos. Se incluyen, así, escritos de Héctor Decoud (criatura traidora que tuvo que acompañar a su madre al éxodo), de Dorotea de Lasserre (que pagó la culpa de su marido, hermano y padre fusilados por conspiradores), de Encarnación Bedoya y de Silvia Cordal, que tuvieron que hacer el camino de las destinadas por culpas ajenas; también incluimos trozos del libro de Masterman, Siete años de aventuras en Paraguay. Decoud, Lasserre y Masterman eran personas educadas, no así Bedoya y Cordal, pero el testimonio de estas últimas no deja de tener interés -errores ortográficos aparte.
** Otro texto de Decoud es el tomado de su libro LA MASACRE DE CONCEPCIÓN, retirado de la Biblioteca Nacional en tiempos de Stroessner, y en donde se relata la venganza de López contra las mujeres traidoras de Concepción.
Además, se incluyen manifestaciones de tres miembros de los tribunales de López: Silvestre Aveiro, Matías Goiburú y Fidel Maíz. Estos, que fueron cómplices de la represión lopizta, hablan con conocimiento de causa. La confrontación de las afirmaciones de los represores con las de las víctimas permite formarse una idea bien distinta de la difundida oficialmente.
Finalmente va el dictamen del doctor Ramón Zubizarreta acerca de las reclamaciones de Elisa Lynch y sus herederos. Hacia fines de 1869, y en forma ilegal, López transfirió a Elisa Lynch: (1) más de 3.000.000 de hectáreas situadas al norte del río Apa, hoy territorio brasilero; (2) alrededor de 400.000 hectáreas de tierra en lo que hoy es territorio argentino; (3) 3.105 leguas de tierra entre los ríos Apa y Jejuí, que Elisa Lynch reclamó al gobierno paraguayo (también reclamó a los gobiernos argentino y brasilero las demás propiedades). El dictamen definitivo sobre las 3.105 leguas lo dio la magistratura paraguaya durante la administración de Patricio Escobar, en base a argumentos de peso, como los presentados por el jurista Zubizarreta, poniendo en evidencia la nulidad de la transferencia de López y el carácter corrupto de su gobierno, que dilapidaba bienes públicos mientras la población no tenía qué comer.
Esta compilación logrará su propósito si consigue presentar el otro aspecto de la guerra; el menos glorioso pero el más humano, mostrando que no fue un deporte caballeresco ni un acto de devoción al líder, como pretende la ideología oficial que, lamentablemente, es la que inspira los libros de texto escolares y ciertas ideas de personas que, en otros aspectos, se consideran e incluso son democráticas. Los paraguayos no son peores que los demás, pero tampoco mucho mejores y por eso, al guerrear, cometen barbaridades como los demás. Pero la destructividad de la guerra se multiplica en casos en que, como en el del Paraguay, una tiranía irracional se ve radicalmente amenazada y termina de perder su ya dudoso sentido de la realidad. Tal ha sido, en mi opinión, el caso de la Epopeya; si no lo ha sido, es necesario que el punto se examine con objetividad y no en base a las ocurrencias del culto militarista, antidemocrático y, finalmente, fascista, para el cual los seres humanos son nada más que instrumentos con los cuales los "grandes hombres" pueden cumplir sus propósitos personales.
GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ


ÍNDICE - INTRODUCCIÓN
I. HÉCTOR DECOUD: VÍA CRUCIS
II. DOROTEA DUPRAT DE LASSERRE: AVENTURAS Y PADECIMIENTOS DE MADAMA DOROTEA D. DE LASSERRE
III. SILVIA CORDAL: MEMORIAS
IV. ENCARNACIÓN BEDOYA: FRAGMENTO DE SUS MEMORIAS
V.  JORGE F. MASTERMAN: LOS PROCESOS DE SAN FERNANDO
VI. MATÍAS GOIBURÚ: DECLARACIONES
VII. SILVESTRE AVEIRO: IMPORTANTE DOCUMENTO
VIII. PADRE FIDEL MAÍZ: UNA CARTA ACERCA DE FRANCISCA GARMENDIA
IX. HÉCTOR F. DECOUD: LA MASACRE DE CONCEPCIÓN
X. RAMÓN ZUBIZARRETA: DICTAMEN ACERCA DE LAS TIERRAS RECLAMADAS POR MADAMA LYNCH.

4 comentarios:

  1. Una vision absolutamente distorsionada de la historia.

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  2. UNA PREGUNTA PARA GUIDO RODRIGUEZ ALCARAZ:ESTAS EMPARENTADO CON LAZARO ROJAS?

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  3. Totalmente falsa esta historia. no se que intenciones tiene este tal Guido Alcaraz, es una verguenza realmente..

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