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jueves, 18 de noviembre de 2010

HARRIS GAYLORD WARREN - PARAGUAY Y LA TRIPLE ALIANZA - LA DÉCADA DE POSGUERRA: 1869-1878 / INTERCONTINENTAL EDITORA, 2009


PARAGUAY Y LA TRIPLE ALIANZA
LA DÉCADA DE POSGUERRA: 1869-1878
Obra de HARRIS GAYLORD WARREN
Título original en inglés Paraguayand the Triple Alliance.
The Postwar Decade, 1869-1878.
El libro fue publicado en 1978 por el Instituto de Estudios Latinoamericanos
de la Universidad de Texas (Austin),
que autorizó esta primera edición en español.
INTERCONTINENTAL EDITORA
agradece el apoyo de la Embajada Americana,
que ha hecho posible la publicación de esta edición.
2009
© HARRIS GAYLORD WARREN
De esta edición: THOMAS LYLE WHIGHAM    
Traducción al español: GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ            

INTERCONTINENTAL EDITORA S. A.
Caballero 270, teléfs.: 496 991 - 449 738; fax: (595-21) 448 721

Diagramación y diseño de tapa: Gilberto Riveros Arce
Corrección: Juan Manuel Vera Gutiérrez

Foto de tapa: Combate de la Isla Caraja, o del Banco del Purutué.
Extractado de "La Guerra de la Triple Alianza",
tomo II, fascículo 47, página 346, de Jorge Rubiani;
publicado por el diario ABC Color, Asunción, Paraguay. 
Hecho el depósito que marca la Ley N° 1328198
ISBN: 978-99953-73-08-5
Asunción - Paraguay - 2009

PREFACIO
Francisco Solano López tomó una decisión trascendental en noviembre de 1864, cuando desencadenó la Guerra de la Triple Alianza. Esa guerra, el conflicto más terrible de la historia sudamericana, tuvo consecuencias duraderas para los cuatro países beligerantes. El Paraguay, derrotado por las fuerzas combinadas del Brasil, la Argentina y el Uruguay, fue destruido por completo. Tropas aliadas ocuparon la capital por más de siete años y, durante toda la década de la posguerra, la bandera argentina ondeó en Villa Occidental, la capital del Chaco Boreal. Aunque la guerra solo terminó con la muerte de López, ultimado el 1 de marzo de 1870, los aliados ocuparon Asunción en la primera semana de enero de 1869, e inmediatamente comenzaron la tarea de crear un gobierno con el cual pudieran entenderse. La década de 1869-1878 terminó con el laudo arbitral que rechazó definitivamente las reclamaciones territoriales argentinas sobre el Chaco Boreal y, en aquel mismo año, la elección de Cándido Bareiro como Presidente del Paraguay marcó el ascenso del grupo que, ya entonces, se llamaba colorado.*
No existen estudios profundizados de ese periodo de la historia paraguaya. Gomes Freire Esteves, Héctor Francisco Decoud, Justo Pastor Benítez, F. Arturo Bordón y Efraím Cardozo han efectuado aportes valiosos para su conocimiento; también los han efectuado los autores de numerosos artículos sobre el punto. Augusto Tasso Fragoso del Brasil, Ramón J. Cárcano de la Argentina, Luis G. Benítez y Cecilio Báez del Paraguay han escrito mucho sobre la complejidad de las relaciones diplomáticas de la época, pero sin la posibilidad de consultar archivos extranjeros. Los archivos de Buenos Aires, Río de Janeiro, Londres y Washington tienen mucho material valioso al cual los investigadores tienen fácil acceso, aunque no pueda decirse lo mismo de Asunción. El Archivo Nacional de Asunción carece casi por completo de manuscritos relativos a los últimos cien años; en todo caso, esto vale para julio de 1973. Existen expedientes incompletos de documentos publicados y la Biblioteca Enrique Solano López, que era parte del Archivo Nacional, contiene algunos libros, folletos y periódicos curiosos. Los insistentes esfuerzos para lograr acceso a los archivos de los ministerios asuncenos merecieron ingeniosas excusas que equivalían a negativas, pero esta es una realidad con la que también deben contar los investigadores paraguayos. Puede sospecharse que el material de tales ministerios no está organizado para utilizarse en la investigación y pudo haber sido sustraído por los funcionarios hace tiempo. Por eso nos hemos basado más en los informes de diplomáticos y viajeros extranjeros para adquirir mucha de la información indispensable para la comprensión de la década de posguerra. Afortunadamente, los brasileros han escrito mucho durante aquellos años, mucho más que los argentinos, cuya representación diplomática en Asunción era más bien precaria.
Muchas personas e instituciones nos han ayudado en este proyecto. La Sociedad Filosófica Americana fue generosa al otorgarnos becas del Fondo Penroe. El Faculty Research Committe de la Universidead de Miami, el Consejo de Investigación para las Ciencias Sociales y el American Council of Learned Societies me brindaron asistencia financiera. El señor Carlos Pusineri Scala, culto y cordial director de la Casa de la Independencia de Asunción, puso a mi disposición su valiosa colección de manuscritos y periódicos con gran generosidad. La doctora Nettie Lee Benson me dio carta blanca para usar los magníficos recursos de la Colección Latinoamericana de la biblioteca de la Universidad de Texas.
Fueron muy corteses y serviciales los funcionarios de las siguientes bibliotecas y archivos de Estados Unidos, la Argentina, el Paraguay y el Brasil: Biblioteca del Congreso [norteamericano], Biblioteca Columbus Memorial de la Unión Panamericana y Archivo Nacional de Washington D. C.; Museo Británico, Public Record Office [archivo nacional británico] y Somerset House de Londres; Archivo General de la Nación, Biblioteca Nacional, Biblioteca del Congreso, Biblioteca de Relaciones Exteriores y Museo Mitre de Buenos Aires; Archivo Nacional y Biblioteca Nacional de Asunción; Biblioteca Nacional, Arquivo Nacional e Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro de Río de Janeiro. Estoy especialmente agradecido a la doctora Marta Gonçalvez, directora del Arquivo Histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores de Itamarati, y a su ex asistente, el señor Alfonso de Almeida. La señora Jean Barman, principal organizadora de la Colección Cotegipe, me dio acceso a esa colección indispensable. El profesor Stanley E. Hilton, durante dos años director del Proyecto de Historia Contemporánea del Archivo Nacional de Rio de Janeiro, me ayudó mucho. He sacado mucho provecho de los numerosos estudios del profesor John Hoyt Williams, ex director del Proyecto de la Universidad de Georgetown para la Universidad Católica de Asunción, cuyas investigaciones sobre las primeras décadas de la historia paraguaya decimonónica me han permitido comprender mejor el carácter paraguayo. A los profesores Lewis U. Hanke, John E. Fagg, Donald E. Worcester y C. Harvey Gardner, mi gratitud por su interés y apoyo constantes.
* Los partidos Liberal y Colorado se fundaron oficialmente en 1887, pero, para 1878 ya se había consolidado el grupo que más tarde constituiría el núcleo del Partido Colorado. (N. del T.)
HARRIS GAYLORD WARREN - Carlsbad, Nuevo México


INTRODUCCIÓN
Los primeros años de la posguerra fueron muy importantes para el curso ulterior de la historia paraguaya, pues presenciaron un drama singular y representado a un nivel elemental. Después de perder el sesenta por ciento de su población en una guerra atroz, ¿qué posibilidad de sobrevivir tenía la nación? ¿Qué clase de instituciones políticas podía crear para enfrentar los numerosos desafíos del momento? ¿Cómo podía hacer respetar su soberanía por las potencias extranjeras, en especial por la Argentina y el Brasil, que habían empleado cinco años para "civilizar" supuestamente al Paraguay, y se quedaron con poco menos que un mero esqueleto de país?
Es evidente la importancia capital de estas cuestiones, pero una reseña somera de los libros escritos sobre la historia paraguaya muestra solo unos pocos estudios dedicados a este periodo; en su mayoría, ellos son más polémicos que informativos. Hasta hoy día, la historiografía se presenta dominada por solo seis tópicos básicos: las Misiones jesuíticas, el doctor Francia, los dos López, la Guerra del Setenta, el conflicto del Chaco y la dictadura de Stroessner. Aunque huelgue decirlo, esa restricción del campo de investigación no presenta para nada una imagen satisfactoria de los estudios sobre el Paraguay; ¿cómo pueden ignorarse una etapa histórica de tanta importancia y sus consecuencias?
Es aquí donde la obra del doctor Harris Gaylord Warren compensa la deficiencia y puede obrar como estímulo de posteriores investigaciones. Warren (1906-1988) fue el pionero de los estudios históricos sobre el Paraguay en los Estados Unidos. Llegado al Paraguay por primera vez a fines de la década de 1920, se desempeñó como secretario de la representación diplomática norteamericana en Asunción por corto tiempo. Posteriormente, en el curso de una larga carrera académica desarrollada principalmente en la Universidad de Miami de Oxford (Ohio), escribió una sorprendente cantidad libros y, sobre todo, artículos, siempre con la historia paraguaya como tópico general.
Sólo después de jubilarse como docente, Warren terminó este libro sobre la década de posguerra, por lo general considerado un gran aporte para el conocimiento del tema. Es fácil comprender por qué: para comenzar, por su amplitud asombrosa, que reúne una infinidad de datos, unidos como las piezas de un rompecabezas, para formar un conjunto de atractiva lectura. Ese conjunto, por otro lado, evita las simplificaciones e incita a comprender mejor otras cuestiones de la historia paraguaya, en especial, la necesidad de concebir la historia del país como un proceso continuo en vez de algo fragmentado, roto y reconstruido de nuevo. En 1869, el Paraguay ya estaba destruido cuando se produjo la ocupación del Ejército brasilero, aunque el mariscal Francisco Solano López aún conservara el mando de las diezmadas filas de sus soldados, que se retiraban por la Cordillera hacia el remoto nordeste del país. La economía estaba destrozada y resultaba muy dudosa la subsistencia de la república como una entidad geopolítica. Probablemente, solo el antagonismo entre los adversarios del Paraguay, la Argentina y el Imperio del Brasil, salvó al Paraguay de la anexión por uno de ellos, o por ambos. Warren describe con dramatismo la situación precaria en que se encontraban los dirigentes paraguayos al final de la guerra. ¿Qué tipo de relación con los aliados -especialmente con el Imperio del Brasil- debía establecerse para salvar el país? ¿Qué forma de gobierno reemplazaría el modelo autoritario prevalente en el país a partir de la independencia, alcanzada unos sesenta años antes? ¿Cómo podía el Paraguay reconstruirse política y económicamente, en medio de una situación de semivasallaje, después de dos generaciones de completa soberanía política, económica e internacional?
El autor aborda estas cuestiones en su análisis de aquella década, pero su libro es mucho más que una excelente pieza de historia diplomática. Las negociaciones que definieron las relaciones de posguerra entre el Paraguay y la Triple Alianza dependían del establecimiento de un gobierno con el cual pudieran negociar los aliados. Por supuesto, el nuevo régimen debía ser complaciente, pero también quedaba la posibilidad de aprovechar las divisiones entre los aliados. Por cierto, ni los brasileros, ni los argentinos, ni el Gobierno Provisorio de Asunción deseaban la reconstrucción del sistema político lopista, y por eso debían ser imaginativos y, al mismo tiempo, realistas. Los sucesivos gobiernos paraguayos de la época se embarcaron en negociaciones de tratados de paz definitivos con los aliados; para 1878, dichos tratados quedaron finalmente concluidos y los ejércitos de ocupación se retiraron. Además de ceder una parte considerable de su territorio a la Argentina y el Brasil, el Paraguay quedó obligado a pagar a los vencedores unas indemnizaciones de guerra que de ninguna manera podía pagar un país tan destruido.
Un gobierno constitucional reemplazó al Gobierno Provisorio en 1870 y la constitución del mismo año fue la vigente en el país hasta 1940. En muchos sentidos, aquella fue una manifestación del pensamiento liberal clásico del siglo XIX; en lo básico, la carta rechazaba por completo los anteriores sesenta años del autoritarismo asociados con el doctor Francia y los López. Sin embargo, como señala Warren, el régimen autoritario de un hombre fue sustituido por el de una variedad de políticos personalistas y egotistas, quienes, con demasiada frecuencia, veían el poder político como un medio para enriquecerse. Además, por muy moderna que fuera la constitución, los gobiernos de posguerra se encontraron al arbitrio de la interferencia brasilera hasta la primera década del siglo XX.
Los dirigentes paraguayos de aquella época no solo debieron negociar con los aliados y fundar un nuevo sistema político para la república; también debieron enfrentar la desastrosa situación económica heredada. Ni los argentinos ni los brasileros mostraron en algún momento algún sentido de responsabilidad por la reconstrucción económica de la nación conquistada. El Paraguay estaba solo y-como señala Warren-no supo manejar sus numerosos problemas con ningún tipo de sutileza ni de tacto. Los desastrosos créditos británicos de 1871 y 1872, por ejemplo, fueron derrochados por la corrupción gubernamental, dejando al Paraguay más endeudado. Aquello culminó finalmente en el desagradable proceso por el cual las tierras nacionales fueron enajenadas a favor de inversionistas extranjeros, en la gran claudicación del siglo XIX. Otros proyectos fracasaron de manera igualmente estrepitosa. La mal conducida tentativa de colonización con agricultores extranjeros derivó en el infame caso de los "Lincolnshire Farmers". Bajo la política económica liberal de la época, el Paraguay consideró necesario confiarse a la exportación de productos agrícolas y ganaderos -a menudo en manos de inversionistas extranjeros- a medida que el país se integraba en la economía atlántica finisecular. Pero la falta de población, la distancia de los mercados, el alto precio del crédito y, con frecuencia, la misma competencia de los vencedores puso a la nación en una situación de dependencia.
Incluso así, señala Warren, hubo algunos signos promisorios para 1878. En aquel año, un arbitraje internacional en la disputa entre el Paraguay y la Argentina por el Chaco Boreal dio una clara victoria al Paraguay. Pese a todo, la república sobrevivía como estado, quizás, en gran medida, dependiente de los vencedores, pero con todo reconocida internacionalmente como una entidad con gobierno soberano. A despecho de su agitación interna, la república conoció cierto progreso a nivel interno. En aquel periodo surgió una nueva generación de talentosos dirigentes paraguayos, marcadamente influidos por el liberalismo decimonónico, y que rechazaba el legado social y cultural de los trescientos años de vida paraguaya. Los nuevos dirigentes eran más cosmopolitas y abiertos a las ideas del exterior que sus predecesores, pero ¿fue aquello una ventaja en aquel momento? Con buen criterio, Warren deja que los hechos hablen por sí mismos.
Gracias a una intensa investigación realizada en el Paraguay, el Brasil, Gran Bretaña, la Argentina y los Estados Unidos, Warren puede ofrecer al lector del libro una penetrante visión de la historia de aquella era. Le asiste la ventaja de ser un observador desapasionado y crítico de los motivos y de los actores principales de los acontecimientos de la década bajo estudio. Aunque ningún estudio histórico sea definitivo, el de Warren se presenta como una gran contribución a la historiografía paraguaya. Es una pena que el libro no se hubiera publicado en español durante la vida del autor, pero los estudiantes de hoy habrán de concordar en que la espera valió la pena.
THOMAS WHIGHAM / JERRY COONEY.


EPÍLOGO
Los problemas políticos, económicos y sociales surgidos en el Paraguay de la década de posguerra siguieron siendo los principales del país durante casi todo el transcurso de las seis décadas siguientes. La rivalidad argentino-brasilera disminuyó en importancia como factor político determinante cuando el laudo Hayes rechazó las reclamaciones argentinas sobre el Chaco Boreal. El Brasil, enfrentado a serios problemas internos, no hizo ninguna tentativa significativa de convertir en satélite suyo al Paraguay, que fue incapaz de evitar una marcada dependencia de la Argentina. En la larga disputa por el Chaco Boreal, Argentina apoyó al Paraguay frente a Bolivia por lo general. Otras cuestiones diplomáticas, como el resurgimiento de las reclamaciones de Hopkins, comenzadas bajo el gobierno de Carlos Antonio López, no presentaron mayores dificultades. La deuda de guerra no podía pagarse, un hecho que la Argentina y el Brasil terminaron por aceptar y la cancelaron en la década de 1940.
A nivel interno prosiguió la lucha entre colorados y liberales, aunque la fundación institucional de los dos partidos tradicionales no tuvo lugar hasta 1887. En la década de la posguerra, Bareiro, líder de lopistas y conservadores, se reveló como el político paraguayo más hábil, pues pudo mantener bajo control a los militares -como Caballero y Escobar- e incluso incorporar a su grupo a liberales -como José Segundo Decoud-. Bareiro encarnaba el espíritu colorado y por eso a él, antes que a Bernardino Caballero, debe considerárselo el fundador del Partido Colorado. La presidencia de Bareiro, truncada por la muerte el 4 de septiembre de 1880, presenció la fundación del Colegio Nacional y el Seminario Conciliar de Asunción para la formación de sacerdotes, instituciones que por lo demás recibieron poco apoyo efectivo del país en quiebra, aún carente de un banco y de fondos suficientes para solventar los gastos corrientes de la administración pública.
La muerte de Bareiro ofreció a Caballero la oportunidad tan pacientemente esperada. Alentado por sus seguidores, Caballero llegó a la presidencia mediante un golpe incruento, que un Congreso débil y sumiso aprobó sin demoras y que dejó al humillado vicepresidente [Adolfo Saguier] en la impotencia y aislamiento político. Aquella escandalosa violación de la Constitución se ajustaba a los principios colorados y no podía conciliarse con los procesos democráticos. Los liberales, solo un poco menos cínicos que sus adversarios, protestaban amargamente cuando los colorados ganaban elecciones expulsándolos por la fuerza de los centros de votación. Caballero mantuvo una imagen de paz interna con métodos típicamente dictatoriales y se mostró indiferente a las críticas de los pocos periódicos cuya existencia toleró. El caudillo colorado se mantuvo en la presidencia hasta 1886 y eligió como sucesor a su íntimo amigo y admirador, el general Patricio Escobar.
La violencia y el fraude electoral en los comicios de 1886 irritaron a los liberales de tal manera, que fundaron el Centro Democrático el 10 de julio de 1887; ese fue el Partido Liberal, aunque el nombre no se adoptó formalmente hasta 1894. Los colorados respondieron fundando la Asociación Republicana el 25 de agosto de 1887. Así los liberales y colorados institucionalizaron sus partidos. Además de proseguir su lucha política, ambos partidos se fraccionaron en varios grupos, lo cual les impidió presentar un frente unido.
La administración de Juan Gualberto González (1890-1894) se vio acosada por las dificultades, mayormente de naturaleza económica, pero con implicaciones políticas. Los colorados se dividieron en dos facciones: el grupo dirigido por González enfrentó al de Caballero. Los liberales trataron de sacar ventaja de la división organizando la revuelta del 18 de octubre de 1891, que fracasó por completo. Aunque Juan B. Egusquiza fue declarado sucesor del presidente González con apoyo del mismo Presidente, Egusquiza colaboró con la oposición en el golpe de junio de 1894, que derrocó a González. Los diez años siguientes se vieron marcados por las luchas internas del Partido Colorado; el desorden resultante permitió que los liberales, dirigidos por Benigno Ferreira, se rebelaran en 1904 y lograran derribar a los colorados. Éstos no pudieron afirmarse plenamente en el poder hasta que otro líder militar, el general Alfredo Stroessner, dio su golpe de estado en 1954, y comenzó la dictadura que promete ser la más larga de la historia paraguaya. (No se equivocó el doctor Warren al escribir esto en 1978. Warren no ignora que el Partido Colorado ya acompañó al general Higinio Morínigo, aunque su afirmación de que Stroessner significó el auténtico poder de los colorados puede ser cuestionado por otros historiadores. (N. del T.))
La disputa con Bolivia sobre el Chaco Boreal fue causa de preocupación para los gobiernos de los dos países durante la era colorada y continuó durante la liberal, hasta culminar en la Guerra del Chaco de 1932-1935, que contribuyó a la caída de los liberales en 1936. Aunque los dos países efectuaron concesiones de tierras a empresas dispuestas a explotarlas, la concesión más importante fue la recibida por el empresario argentino Carlos Casado del Gobierno paraguayo: más de 5.000.000 millones de hectáreas a precio mínimo. Casado y otros empresarios construyeron en el Chaco ferrocarriles de trocha angosta y caminos precarios; fundaron puertos sobre el río Paraguay, explotaron los bosques y crearon enormes estancias. Las fuerzas paraguayas apartaron a los bolivianos del río Paraguay, pero Bolivia avanzó por el sur a lo largo del río Pilcomayo, mientras ambos países fundaban fortines en el interior del Chaco. Aunque los diplomáticos de ambos países firmaron tratados en 1879, 1887 y 1894, estos nunca se ratificaron. En 1884, el Paraguay autorizó a un boliviano, Miguel Suárez Arana, a fundar Puerto Pacheco, al sur y a corta distancia de Bahía Negra. Arana esperaba construir un camino y luego un ferrocarril hasta Santa Cruz, ciudad del este de Bolivia. La empresa provocó comentarios hostiles en el Congreso paraguayo y, en 1887, las fuerzas paraguayas tomaron posesión de Puerto Pacheco. Para el Paraguay, la cuestión chaqueña consistía en la fijación de las fronteras; para Bolivia, en la posesión de todo el Chaco Boreal.
Los préstamos de Londres de 1871 y 1872 debían tener arreglo para que el Paraguay pudiese restablecer su crédito en los mercados financieros internacionales. Ningún Gobierno paraguayo tuvo el propósito de repudiar la deuda; ningún Presidente se propuso comprar los bonos depreciados. Cuando Caballero llegó al poder en 1880, el capital y los intereses adeudados por los dos préstamos superaban los $15.000.000; más precisamente, llegaban a £ 3.005.400. El país también debía $ 42.589 al Banco Nacional de la Argentina. Quizás podía pagar aquellas deudas, pero jamás las indemnizaciones de guerra debidas a personas particulares, que para 1885 sumaban más de $ 17.000.000. Después del rechazo del acuerdo de Bareiro en 1876, el Consejo de Tenedores de Bonos siguió exigiendo un arreglo y envió a Asunción a un agente suyo en 1880, cuando Cándido Bareiro era presidente. Aunque aquella misión fracasó, ni el Consejo (presidido por Edward P. Bouviere) ni el siguiente presidente Bernardino Caballero dieron la cuestión por terminada. El resultado fue un acuerdo para reducir la deuda de capital a £ 850.000 y conceder unos 145 acres de tierras públicas por cada £ 100 de  intereses no pagados. Aquello significaba que 500 leguas cuadradas (distribuidas en varios departamentos) y la isla de Yacyretá, o sea, 2.316.500 acres, serían entregadas a los bonistas, quienes debían seleccionar las tierras en un plazo de cinco años. Los bonistas formaron la empresa llamada Anglo-Paraguayan Land and Cattle Company y, en 1887, enviaron a Henry Valpy, viejo conocedor del Paraguay, para elegir la tierra.
Desafortunadamente, aunque la cesión se efectuó sin dilaciones, el Paraguay no podía pagar los intereses sobre el capital reducido. En 1895, un nuevo acuerdo agregó £ 100.920 al capital; el acuerdo se respetó y, para 1908, la deuda se había reducido a £ 831.850. La Anglo-Paraguayan Land y Cattle Company se convirtió en un agente principal para la obtención de capital inglés adicional, pero el acuerdo no fue favorable al Paraguay. Aquellas 500 leguas de tierra se hubieran podido vender por un precio mayor que el necesario para comprar todos los bonos, que en 1885 se vendían a solo siete u ocho por ciento de su valor nominal.
La promoción de la inmigración fue uno de los objetivos de los gobiernos de la década de posguerra. Desafortunadamente, la debacle de los "Lincolnshire farmers" en 1871 y 1872 hizo que los potenciales inmigrantes temieran verse en un desastre semejante. Los paraguayos aprendieron mucho de aquel incidente y, durante la era colorada, hicieron serios esfuerzos para promover la inmigración de individuos y de colonias para ocupar los espacios despoblados. Se creó el Departamento General de Inmigración y Colonización; los cónsules recibieron el mandato de hacer conocer las ventajas del Paraguay y la Oficina General de Información publicó una revista mensual, aunque en forma irregular. Una ley de junio de 1881 ofreció asistencia para el asentamiento de colonias agrícolas en el Paraguay, implementos agrícolas gratis, manutención por varios meses, tierra a precio muy bajo y en condiciones muy favorables, así como otras ventajas. Otras leyes, especialmente en 1903 y 1904, marcaron el pleno desarrollo de las políticas inmigratorias coloradas. Esas diversas leyes condujeron a la creación de siete colonias agrícolas, comenzando con la alemana de San Bernardino sobre el lago Ypacaraí en 1881. No desanimados por el fracaso de Nueva Burdeos (luego Villa Occidental y, finalmente, Villa Hayes) en 1855, un grupo de granjeros franceses volvió a establecerse en aquel lugar del Chaco en 1882. Hubo otros emprendimientos notables, como los de Nueva Germania, Nueva Australia, Cosme, Presidente González, Yegros y Trínacría, en que participaron alemanes, italianos, paraguayos, australianos, suizos y personas de varias nacionalidades más.
Alentando la llegada de los inmigrantes -con excepción de los negros y los orientales-, el Gobierno centró sus esfuerzos en la promoción de la inmigración de grupos para formar colonias agrícolas. Los resultados modestos fueron un comienzo significativo. Un informe oficial registra 12.241 inmigrantes entre los años 1881-1907, pero muchos no fueron registrados. El número total de inmigrantes, incluyendo los que se asentaron en áreas urbanas, probablemente no fue menor de 23.000 en aquel periodo, mientras que se estima en 90.000 el número de los paraguayos emigrados a las provincias vecinas de la Argentina y el Brasil. Sin embargo, la población paraguaya aumentó significativamente. Aunque todos los censos son inexactos, se los puede tomar como aproximaciones relativamente acertadas. La población creció de unos 300.000 en 1879 a 535.000 en 1899, exceptuando a los indios, cuyo número se estimaba en unos 100.000.
Pareja con los esfuerzos colorados para atraer inmigrantes, corría la política de vender la mayor parte de las 16.000 leguas cuadradas (74.000.000 de acres) de tierras fiscales. La venta, comenzada en 1885, se suspendió por corto tiempo para permitir que el Consejo de Tenedores seleccionara las 500 leguas concedidas en el acuerdo logrado por Decoud. Cuando las ventas prosiguieron, hubo una orgía de especulación en que participaron tanto extranjeros como paraguayos. Para 1890, los precios se habían triplicado, pero aun así la tierra paraguaya resultaba barata por comparación a la argentina de calidad similar. Finalmente, los compradores formaron enormes estancias y unas pocas compañías monopolizaron los yerbales. Teóricamente, los ocupantes precarios debían tener preferencia para comprar la tierra ocupada. Por la incapacidad para valerse de ese derecho, la mayoría se convirtió en arrendatarios de las tierras ocupadas, en peones esclavizados de los yerbales; en empleados de las grandes empresas, como Carlos Casado, o migró a las áreas urbanas o países vecinos. El ingreso proveniente de las ventas de tierras fue insignificante después de 1895 y las ventas terminaron en 1900. Pero era demasiado tarde. En vez de convertirse en una nación de pequeños agricultores, el Paraguay restableció la servidumbre de la antigua encomienda bajo una nueva forma, que perpetuó una pobreza total en las áreas urbanas y rurales. Los apologistas colorados, para defender las ventas de tierras de 1885-1900, dicen que con ellas se establecieron propiedades que pagaban impuestos, se permitió el ingreso de grandes capitales y la creación de grandes empresas en el Chaco fortaleció la posición paraguaya en la pugna con Bolivia. Curiosamente, para desarrollar su política de fundar colonias agrícolas, el Gobierno por lo general debió comprar de nuevo tierras públicas vendidas poco tiempo atrás.
Cuando Caballero llegó a la presidencia en 1880, Luis Patri aún era propietario del Ferrocarril Central del Paraguay, pero esperaba la oportunidad de vender su empresa. Pudo hacerlo en 1866, cuando Travassos, Patri & Cía. cedieron el ferrocarril (y las tierras recibidas con él) por $1.200.000 en bonos del Gobierno paraguayo. Usando los bonos como capital, Patri fundó el Banco de Comercio, se volvió presidente del Consejo de Directores del ferrocarril y firmó un contrato para prolongar la línea hasta Villarrica, un tramo de 75 kilómetros, por un precio de $18.220 oro por kilómetro de vía prolongada. Las finanzas paraguayas no estaban a la altura del proyecto, y por eso el gobierno de Escobar, en 1887, autorizó la venta del ferrocarril a inversionistas británicos por $ 2.100.000 oro. Así, Escobar pretendía conseguir dinero para pagar la prolongación hasta Villarrica; además, la nueva compañía iba a prolongar la vía férrea desde Villarrica hasta Encarnación. En aquella venta, los capitalistas ingleses se llevaron la parte del león. El Gobierno paraguayo aceptó que le pagaran la mitad de precio en oro y la otra mitad con 21.000 acciones preferenciales. (¡Acciones preferenciales del Ferrocarril Central del Paraguay! Vale decir que el Gobierno seguía siendo propietario y, además, aceptaba que le pagaran en acciones, que eran papeles de dudoso valor. Fue un gran negocio para los ingleses, que solo pagaron la mitad del precio, y que le entregaban al Gobierno solamente el 35% de los ingresos brutos, como se ve a continuación. (N. del T.))
Además, el Gobierno aseguraba a la empresa una ganancia del 6% sobre sus inversiones, mientras que la compañía debía pagar al Gobierno solo el 35% del ingreso bruto. El Gobierno también garantizó a la compañía una ganancia del 6% sobre la prolongación de la vía desde Villarrica hasta Encarnación, sobre la base de un precio fijado en $ 30.000 oro por kilómetro. La transacción se cerró en 1889, con una buena provisión de dinero para sobornar a políticos destacados y personas influyentes. Para que el Paraguay ganara, el ferrocarril debía tener ganancias muy altas [que no fue el caso].
Las perspectivas fueron brillantes por un tiempo. Patri terminó la extensión de la línea a Villarrica en 1889 y se le pagó con los $ 1.050.000 recibidos por el Gobierno de los capitalistas ingleses. Para agosto de 1891, los nuevos propietarios terminaron 100 kilómetros de vía desde Villarrica hasta Pirapó, que no llegaba a la mitad de la distancia hasta Encarnación, pero allí terminó la línea. El Paraguay dejó de pagar el 6% de ganancia asegurada y la compañía quebró. Eso provocó una larga controversia entre el Gobierno y la compañía, que duró hasta 1907, cuando el Paraguay entregó sus acciones a la compañía y se dieron por terminadas las reclamaciones. Aquel acuerdo fue un resultado de la ayuda prestada por la Argentina a la revolución liberal de 1904, que inició una nueva fase en la vieja lucha argentino-brasilera por el control del Paraguay. Durante el régimen liberal, la influencia argentina fue muy fuerte, y el capital anglo-argentino dominó la economía del país. El Ferrocarril Central del Paraguay, una de las mayores empresas que cayó en manos de dicho capital, dio ganancias reducidas a su nuevo dueño.
La banca y la industria, dos necesidades obvias de la economía paraguaya, comenzaron durante la era colorada. Las industrias fueron casi por completo extractivas y sólo dieron algunos pasos hacia el procesamiento de materias primas. La Industrial Paraguaya, el tranvía de Villa Morra y la Anglo-Paraguay Land and Cattle Company eran británicas. El capital británico superaba considerablemente a las inversiones argentinas en el país, aunque las relaciones entre los inversionistas argentinos y británicos fueran tan estrechas que resultan difíciles las distinciones.
Todos los presidentes colorados apoyaron la formación de bancos. El Banco Nacional del Paraguay tuvo una carrera accidentada. Fundado con fondos públicos y privados en enero de 1884, estaba en bancarrota para 1890. Otros varios bancos, tanto públicos como privados, comenzaron sus operaciones durante la era colorada y suministraron los muy necesitados créditos. El capital extranjero, gradualmente atraído hacia la banca, dominó el ramo después de 1900. En 1895 había cinco bancos, tres de ellos privados y libres del control gubernamental. Uno de ellos, el Banco Agrícola, fue de la total propiedad del Gobierno y sobrevivió a las crisis económicas, tan nocivas para Sud América en la década de 1890. El Banco del Paraguay y Río de la Plata, comenzado en 1889 con fuerte apoyo gubernamental, estaba en la quiebra en 1895. La falta de capital y la mala administración provocaron aquellos fracasos, pero, cuando los liberales llegaron al poder a fines de 1904, había suficientes bancos sólidos para satisfacer las necesidades del país.
Los problemas sociales del Paraguay eran consecuencia directa de la pobreza del país. Aunque unos pocos emprendimientos -corporativos y privados- disfrutaban de relativa prosperidad, el ingreso medio de los obreros y arrendatarios paraguayos era extremadamente bajo. El país seguía siendo uno de los más pobres de América, y aunque hubiera tenido ingresos medios muy superiores, la atención médica hubiera sido deficiente de todos modos. La formación de numerosos consejos, comités y comisiones por sucesivos gobiernos brindó muy poca mejoría a la salud pública. El pueblo padecía de enfermedades venéreas y parasitarias, lepra, tuberculosis y casi todas las demás dolencias conocidas por la ciencia médica. Mientras la muy reducida clase acomodada seguía en general los criterios morales aceptados en el siglo XIX, los vínculos familiares estaban relajados en las clases populares. La tasa de nacimientos extramatrimoniales, muy por encima del 50%, hacia que los dirigentes religiosos se resignaran al problema por considerarlo insoluble.
Las masas populares estuvieron integradas por analfabetos funcionales durante la era colorada. Las escuelas públicas situadas fuera de ciudades como Asunción y Villarrica ofrecían muy poco, y la obligatoriedad de la asistencia nunca se aplicó. Las escuelas privadas y parroquiales eran mucho mejores, sobre todo en Asunción. Por lo general, quienes podían enviaban a sus hijos a estudiar al extranjero -a la Argentina, Inglaterra, Francia y, con menor frecuencia, a los Estados Unidos-. Aquello, sumado al mejoramiento de la Universidad Nacional, dio como resultado el surgimiento de un notable grupo de académicos y profesionales en la década de 1890, que dio a la vida intelectual del Paraguay un impulso nunca desaparecido. Con todo, para el final de la era colorada en 1904, el Paraguay estaba lejos de haberse recuperado del desastre social y económico que fue la Guerra de la Triple Alianza.


ÍNDICE
PREFACIO
INTRODUCCIÓN
1. EL FINAL DE LA GUERRA DEL PARAGUAY : La guerra hasta 1869 / La ocupación de Asunción / El final de López

2. LA NACIÓN POSTRADA : El precio de la victoria y de la derrota / La capital arruinada / El interior del país / Refugiados nacionales y extranjeros

3. POLÍTICA Y DIPLOMACIA, 1869-1870 : Legionarios y lopistas / Formación del Gobierno Provisorio / El tratado preliminar del 20 de junio de 1870

4. EL GOBIERNO PROVISORIO EN EL PODER : Hechos meritorios / Finanzas  / Orígenes de la lucha partidaria

5. LA CONVENCIÓN NACIONAL CONSTITUYENTE DE 1870 : La elección de los convencionales / Maniobras en la Convención / La Constitución de 1870

6. POLÍTICA Y DIPLOMACIA, 1870-1871 : Las tribulaciones del presidente Rivarola / La caída de Rivarola / Fracaso del tratado general
7. LAS CRISIS DE 1872 : Los tratados Loizaga-Cotegipe de 1872 / Maniobras diplomáticas / La caída de Juan Bautista Gill / La misión de Mitre a Río de Janeiro

8. FERROCARRILES, PRÉSTAMOS E INMIGRANTES : Las aventuras del Ferrocarril Central del Paraguay  / Finanzas fantásticas: los préstamos ingleses de 1871 y 1872  / La búsqueda de colonos


10. JOVELLANOS Y LAS CONSPIRACIONES DE 1872 Y 1873 : Rivalidad por el poder / El preludio de la rebelión: las conspiraciones de 1872 / Clima de revueltas

11. EL TRIUNFO DE JUAN BAUTISTA GILL : La revuelta de Bareiro y Caballero. La primera fase: marzo de 1873 / La misión de Mitre en Asunción  / La revuelta de Bareiro y Caballero. La segunda fase: mayo-junio de 1873 / La revuelta de Bareiro y Caballero. La tercera fase: diciembre de 1873 a febrero de 1874

12. LIDIANDO CON EL PASADO : Gill en el torbellino político / La economía heredada  / El programa financiero de Gill de 1875 / Benites bajo fuego  / La misión de Uriarte y Caballero en Londres, 1874-1875 .

13. DIPLOMACIA Y REVOLUCIÓN, 1875-1876 : El tratado Sosa-Tejedor / La revuelta de Serrano de diciembre de 1875 / La recuperación de la soberanía: los tratados Machaín-Irigoyen

14. EL FINAL DE UNA ERA : La misión de Bareiro en Londres, 1875-1876 / La evacuación de las tropas aliadas / Crisis de 1876 y 1877: Rechazo del acuerdo de Bareiro / Muerte en la mañana / Uriarte y el terror colorado

15. EPÍLOGO

ABREVIACIONES EMPLEADAS


BIBLIOGRAFÍA.

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