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sábado, 30 de abril de 2011

JUAN E. O’LEARY - EL LIBRO DE LOS HÉROES / IMAGINACIÓN Y MEMORIAS DEL PARAGUAY Nº 6, Editorial SERVILIBRO 2007



EL LIBRO DE LOS HÉROES
COLECCIÓN
IMAGINACIÓN Y MEMORIAS DEL PARAGUAY Nº 6
DIRIGIDA POR
RUBÉN BAREIRO SAGUIER Y CARLOS VILLAGRA MARSAL
Edición especial de SERVILIBRO
Editorial SERVILIBRO,
Pabellón "Serafina Dávalos"
25 de Mayo y México - Plaza Uruguaya
Telefax: (595-21) 444 770
Pág. web: www.servilibro.com.py  
Dirección editorial: VIDALIA SÁNCHEZ
Asunción, Paraguay
Edición especial para
ABC COLOR EL DIARIO COMPLETO
Yegros 745 Teléf.: 491 160/6
Pág. web: www.abc.com.py
De la Introducción: ALCIBIADES GONZÁLEZ DELVALLE
Diseño de tapa: CELESTE PRIETO
Diagramación: GILBERTO RIVEROS ARCE
Edición al cuidado de CVM
Hecho el depósito que establece la Ley N° 1328/98
Asunción, Paraguay, julio de 2007.
Tirada de 10.000 ejemplares

ÍNDICE
PROPÓSITO
RUBÉN BAREIRO SAGUIER - CARLOS VILLAGRA MARSAL
INTRODUCCIÓN : ALCIBIADES GONZÁLEZ DELVALLE
-        EL HÉROE DE LOS LANCHONES, JOSÉ MARÍA FARIÑA (FRAGMENTO)
-        ESCOBAR
-        TALAVERA
-        BADO
-        RIVAROLA
-        OVIEDO
-        REAL PERÓ
-        RÍOS
-        LO CÓMICO EN LO TRÁGICO
-        LOS HÉROES DE LA PENÍNSULA
-        LAS MUJERES DE PIRIBEBUY


INTRODUCCIÓN
JUAN EMILIANO O'LEARY (1880-1969) "fue el primer paraguayo que gritó fuerte a los vencedores". Esta frase de JUSTO PASTOR BENÍTEZ (EL SOLAR GUARANÍ) designa al escritor que, muy joven todavía, sorprendió a la sociedad de su tiempo con el atrevimiento de levantar la voz en favor de una idea mayoritariamente impopular: el lopizmo. La osadía subió de punto cuando, por el mismo tema, enfrentó a su maestro CECILIO BÁEZ, influyente intelectual y político, con una encendida polémica que se extendió desde octubre de 1902 hasta diciembre de 1903.
El debate saltó de los diarios a los hogares y sitios públicos donde Báez contaba con un número mayor de adherentes. Los adversarios del mariscal López, concentrados en su figura "siniestra”, pasaban por alto el sacrificio y el heroísmo del pueblo que lo siguió en cinco años de una guerra de exterminio.
El apasionado "lopizmo" de O'Leary se origina, irónicamente, en las mismas enseñanzas de su maestro Cecilio Báez, a quien escuchaba en las aulas defender con entusiasmo y elocuencia " la causa paraguaya" encarnada en López. Su elogio de la valentía del soldado en defensa de la patria prendió en el alma de O'Leary como un fuego que habría de abrasarle para siempre. Esta actitud le acercó, incluso, al Partido Liberal de su maestro. Por algún motivo, Báez cambió de opinión y se puso al frente de los críticos del mariscal y de sus seguidores en la guerra. Esta rectificación, acompañada por sus frases que se hicieron famosas -"las batallas sin glorias de la tiranía", "pobres cretinos conducidos por el látigo a los combates como la res al matadero"- inflamó el espíritu juvenil del alumno y se lanzó contra el maestro con todas las razones y sinrazones a su alcance.
Por muchos años -por demasiados años- O'Leary sólo tuvo el aliento de sus propias convicciones, las que le ayudaron a sobre-vivir en una atmósfera cargada de hostilidad. Su "lopizmo" -una palabra peyorativa entonces- le significó las dificultades propias de provocar a los poderosos. Pese a las muchas obstrucciones, sus afanes de vindicar una causa -mayoritariamente aborrecida- no tuvo descanso. Desde la cátedra, de la que fue expulsado; desde la prensa, en la que fue silenciado muchas veces; desde los actos públicos, en los que casi siempre le agredían, gritaba el nombre de los héroes y los sitios que recordaban las batallas perdidas con honor.
Con el seudónimo de "POMPEYO GONZÁLEZ", O'Leary publica en "LA PATRIA" el 17 de abril de 1902, su primer artículo contra BARTOLOMÉ MITRE. Dos semanas después, el 2 de mayo, memora la BATALLA DE ESTERO BELLACO en un encendido elogio a los combatientes, iniciando así la serie que se conocería como "RECUERDOS DE GLORIA". En "LETRAS PARAGUAYAS", apunta NATALICIO GONZÁLEZ: "Y no pasó ya, desde entonces, ninguna de las efemérides culminantes de la guerra, sin que Pompeyo González las reconstruyese con su cálida dicción evocadora. En un país aplastado por la derrota, donde los espíritus vivían amilanados, habló con valentía inaudita".
Con la aparición de "RECUERDOS DE GLORIA" corrió el rumor de que los gobiernos del Brasil y la Argentina, molestos por el trato dado a Pedro II y a Bartolomé Mitre, estaban nuevamente dispuestos a traernos la guerra. Seguramente los "antilopiztas" querían presionar a O'Leary para que suavizara sus críticas o se llamase a total silencio.
Ante los espíritus amilanados por la derrota, O'Leary levantó su verbo encendido para decirle a sus compatriotas que no se dejaran vencer por más adversidades; que si la guerra se perdió, casi con el exterminio de la población, era posible reconstruir la patria desde la convicción de un pasado al que se debe honrar y no maldecir; glorificar y no blasfemar; que el aliento para levantarse estaba en el ejemplo de quienes murieron por su tierra, y no en quienes vivían tomados de los brazos que cavaron la tumba.
O'Leary no fue historiador en el sentido riguroso del término. A él no le interesaba sino escribir sobre la fracción de verdad de los acontecimientos de la guerra. Y aun esa parte de verdad la mutilaba si no le servía para avivar el ánimo decaído de la mayoría de sus compatriotas. De historiador tiene el relato de los hechos que ocurrieron. Se documenta de las visitas a los escenarios de la guerra y del diálogo con los protagonistas. También bebe en la fuente fluida de los discursos "antilopiztas". Como escritor, maneja con maestría las imágenes a las que da calor y color. La pasión puesta en sus relatos pretende pulverizar la razón de los invasores que vinieron a "civilizar" al Paraguay librándolo de un tirano. Intentaba que los paraguayos desoyeran las "verdades" de la Triple Alianza y no se pusieran del lado de quienes causaron su miseria. Condenar a los soldados de López, decía, era abrazarse al enemigo que había devastado el país, que habría truncado las enormes posibilidades de crecer quien sabe hasta qué impensadas alturas.
En "APOSTOLADO PATRIÓTICO" dice O'Leary: "El dilema es claro y sencillo: o estamos con él (López) o con la Triple alianza. No podemos estar al mismo tiempo contra él y contra la Triple Alianza. Porque si creemos que sólo fue un tirano, un loco sanguinario, un monstruo que nos sacrificó a su ambición, justificamos al enemigo que vino a redimirnos. Y si reconocemos que los invasores se aliaron para destruirnos, para repartirse nuestros despojos, para anular nuestra soberanía, de acuerdo con las estipulaciones del tratado secreto, tenemos que reconocer que lo que defendió hasta morir no fue su propio interés sino la causa nacional".
Desde esta idea, O'Leary se consagró a la tarea de refutar al enemigo y de aclamar a los hombres, mujeres y niños que pelearon en defensa de su tierra saqueada.
Esta postura le causó muchos sinsabores. Uno de ellos: de acuerdo con el relato de Natalicio González en su obra citada, un grupo de personas se reunió en la Recoleta el 22 de setiembre de 1907 para memorar, ante la tumba del general JOSÉ EDUVIGIS DÍAZ, el aniversario de la batalla de Curupayty. O'Leary "pronunció un vibrante discurso, lleno de unción patriótica". Le siguieron otros oradores, cuando uno de ellos fue interrumpido "por los gritos estentóreos de ¡muera López!, proferidos por el ministro de Guerra, coronel Manuel Duarte". A este grito le siguió "una carga de soldados que, sable en mano, pretendió disolver la patriótica manifestación". Resultaron varios contusos. Escenas como éstas eran frecuentes entre el escaso número de " lopiztas" y la mayoría de "antilopiztas" que se dieron hasta muy entrado el siglo XX.
JUSTO PASTOR BENÍTEZ agrega: O'Leary es "poeta y prosador de incendiada elocuencia. No conoce matices, carece de mesura, pero crea belleza y contagia de emoción. O'Leary es uno de esos grandes agitadores de conciencia que necesitan los pueblos para no debilitarse, para no apartarse de su tradición de lucha. Su palabra tiene rudeza profética y la parcialidad inevitable de la afirmación rotunda".
He aquí un breve ejemplo de su prosa. Relata la marcha de López hacia Cerro Corá: "A través de los interminables caminos, en medio de los bosques, sobre las altas cordilleras, se veía cruzar la larga caravana, avanzando en silencio, en pos de aquel hombre portentoso, gigantesca encarnación de nuestra raza. Hambrientos, desnudos, lacerados por las inclemencias de la naturaleza, caminaban durante el día, abrasados por un sol de fuego, y en las tibias noches, a la clara luz de la luna, caminaban también, sin descanso, bajo la serenidad de los cielos. Aquella ruta trágica quedó cubierta de cadáveres y el enemigo, al avanzar sobre nuestras huellas, lo hacía sobre una blanca alfombra de huesos humanos".
Similar estilo identifican a sus libros, artículos periodísticos, conferencias. No es, desde luego, el lenguaje de un historiador. Es la prosa de un escritor que asumió la tarea de entusiasmar a sus compatriotas por los valores nacionales sin mancha de " legionarismo".

EL LIBRO DE LOS HÉROES
Los directores de la colección "IMAGINACIÓN Y MEMORIAS DEL PARAGUAY" RUBÉN BAREIRO SAGUIER y CARLOS VILLAGRA MARSAL, exigidos por el espacio de este loable emprendimiento editorial, hicieron una rigurosa selección de los relatos contenidos en este conocido -y agotado- libro de O'LEARY, EL LIBRO DE LOS HÉROES, editado en Asunción en 1922. Escogieron: EL HÉROE DE LOS LANCHONES, JOSÉ MARÍA FARIÑA, PATRICIO ESCOBAR, NATALICIO DE MARÍA TALAVERA, EL CAPITÁN BADO, VALOIS RIVAROLA, FLORENTÍN OVIEDO, REAL PERÓ, SATURIO RÍOS, LO CÓMICO EN LO TRÁGICO, LOS HÉROES DE LA PENÍNSULA y LAS MUJERES DE PIRIBEBUY.
Los variados temas emprendidos por O'Leary confluyen en un solo propósito: relatar el heroísmo de civiles y militares, los sucesos trágicos y las anécdotas risueñas, ingeniosas, distendidas, que en conjunto son la imagen de la guerra, de la condición humana.
En estos relatos, como en los otros que conforman EL LIBRO DE LOS HÉROES, O'LEARY es el mismo de la totalidad de sus escritos referidos a la Guerra de la Triple Alianza. No se mueve un milímetro de la intención de guiar a los lectores hacia la aceptación irremediable de un pueblo que luchó, no por miedo a los latigazos de un tirano, sino movido para honrar a la patria avasallada y honrarse ante la historia.
O'Leary nunca entendió que el odio a López se extendiera a sus soldados -hombres, mujeres y niños- a quienes igualmente se pretendía cubrir de ignominia. En su referido "APOSTOLADO PATRIÓTICO" dice: "Si el mariscal López fue un bárbaro sin ley, una fiera cruel y cobarde, un verdugo sin piedad, un bandido concupiscente, que no se preocupaba de la suerte de su país y sí, solo, de satisfacer su sed de sangre, los que le siguieron, los que se identificaron con él, los que teniendo el camino abierto para ir a incorporarse a sus libertadores, prefirieron acompañarle, fueron o simples cretinos, como quiere Báez, o monstruos como el monstruo que los acaudillaba".
En cada uno de los relatos de EL LIBRO DE LOS HÉROES -como se anuncia en el título- el autor demuestra que sus personajes no han sido ni cretinos ni cobardes. Los presenta en un momento en que todo es desquicio, drama, sufrimientos, entre los que en un inspira-do claroscuro dibuja el gracejo para suavizar el paisaje humano aprisionado por la tragedia.
O'Leaay acepta que el Paraguay quedó devastado, extenuado, indigente, a causa de la guerra. Pero rechaza con vehemencia que los paraguayos tuvieran la culpa y no los países aliados. Le pareció que era más que suficiente el sacrificio de los combatientes para no envolverlos también en la calumnia, hija del odio.
Se critica a O'Leary su defensa desmesurada de López y de sus soldados. Pero esa crítica, en muchos casos, nace igualmente de un espíritu desaforado, de mentes trastornadas por el odio. Estos extremos expresan el juicio subjetivo de los hechos que hasta hoy perduran, no obstante los muchos estudios realizados con rigor, serenidad y templanza.
No diré que en este libro esté el mejor O'Leary. El mejor O'Leary está en todos sus libros. Fue absolutamente lineal. No hay una gota de contradicción en su portentosa labor de reivindicar a los héroes de las ofensas, dictadas por el rencor y la venganza, con que pretendieron mancillarlos para siempre.

*/*

EL CAPITÁN JOSÉ MATÍAS BADO.

Después del desastre de Tuyutí, la situación del ejército paraguayo era desesperante. Había sido despedazado, y el enemigo aumentaba cada día su poder.
Solano López no podía adivinar que había obtenido una espléndida victoria moral. No sabía que el enemigo estaba acobardado, atacado de parálisis, tembloroso en sus posiciones. Esperaba la prosecución de la ofensiva, el avance del invasor.
¿Cómo detenerlo?
Fue menester una voluntad muy grande para no darse por vencido. Y la voluntad del generalísimo paraguayo era todopoderosa. Agréguese a esto una actividad infatigable, y se tendrá la explicación de todos los milagros realizados en el curso de una guerra de más de cinco años.
Ante el peligro, pues, no desmayó. Lejos de esto, se multiplicó para terminar el gran cuadrilátero y para reorganizar rápidamente nuestros ejércitos.
Pero había que estar alerta. El enemigo tenía que ser vigilado, día y noche, en sus más mínimos movimientos. Debía sorprenderse, si era posible, hasta sus más secretas intenciones. El era el alma de la patria... pero ésta necesitaba tener, a más de alma y brazos, ojos escudriñadores y oídos perspicaces. Y el Mariscal, que tenía la virtud de adivinar a sus hombres, adivinó al que le hacía falta en aquellos momentos.
En medio de la febril actividad en que vivía tuvo tiempo para visitar los cuerpos raleados, interrogar a la tropa y buscar a su héroe. Y en lino de los regimientos de caballería dio con él. Era un mocetón pilarense, alto, delgado, de tez blanca y grandes ojos pardos. Había nacido en los campos del Ñeembucú, era consumado jinete, poseía una audacia inmensa y una fuerza colosal. Simple cabo, se había hecho notar como incomparable tronchador de cabezas. Ya se hablaba de sus hazañas en las avanzadas, de sus misteriosas excursiones, sus salidas nocturnas y sus vueltas triunfales. Era, en una palabra, el hombre que al Mariscal López faltaba. Se llamaba JOSÉ MATÍAS BADO.
Llamado al cuartel general, recibió las instrucciones del caso. Y se puso enseguida en movimiento, luciendo su flamante gineta de sargento. Era en junio de 1866. Hacía un frío insufrible. Caían unas heladas crueles. Pero esto favorecía los planes de Bado, quien escogió siete compañeros, instruyéndolos con sumo cuidado. Todas las noches debía visitar el campamento enemigo, trayendo pruebas materiales de sus proezas. No bastaría que dijese, por ejemplo, que había llegado a la carpa de Mitre, tenía que probarlo. Este era su compromiso...
Y empezaron sus operaciones.
Al frente de sus siete compañeros, avanzó hacia las líneas brasileñas. Entró en la selva del Sauce, salió en el Potrero de Piris y se dirigió a la retaguardia de Tuyutí.
Era más de media noche. El viento del Sur cortaba.
Los expedicionarios se agazaparon en una picada, tratando de orientarse. Y, luego después, se arrastraron hacia donde habían oído un leve murmullo.
Eran dos centinelas brasileños que distraían el sueño hablando en la oscuridad.
Bado dijo a los suyos algunas palabras en voz baja. Reinó después un corto silencio. Al cabo de algunos minutos se pudo oír entre los vagos rumores de la noche algo como un jadeo, ruido de dos cuerpos que caían, después nada.
Algunas horas más tarde llegaba Bado al primer puesto avanzado de nuestras líneas, conduciendo dos robustos soldados imperiales, atados desde los pies hasta la cabeza, como dos extraños rollos de tabaco negro...
Al día siguiente fue repartido el botín entre los ocho héroes de la jornada.
Y los dos prisioneros cantaron claro todo lo que sabían.
La continua desaparición de los centinelas alarmó al enemigo, que tomó sus precauciones. Pero Bado tomó también las suyas. En las siguientes excursiones, no solo se cubrió los pies con una espesa capa de cerda, sino que se vistió con hojas de palma, como para que le confundieran con los innumerables yataís que pueblan aquellas regiones. Y los centinelas siguieron cayendo. Antes del alborear estaba, indefectiblemente, de vuelta, con la presa habitual.
Algunas veces los centinelas enemigos tenían tiempo de defenderse, daban gritos y hasta llegaban a ir en su socorro. Pero esto entraba desde ya en el programa. En ese caso dos o tres compañeros se encargaban de reducirle, atarle y llevarle, mientras los otros hacían fuego sobre los que llegaban. Después se arrojaban al estero y desaparecían.
Solía, también, operar a caballo, en pleno día. Para esto tomaba un animal educado a propósito. Y, sin freno ni silla, se dirigía hacia uno de esos soldados destacados de las líneas enemigas, sobre los pasos del Bellaco. Echado a un costado de su caballo, colgado de una pierna, se aproximaba lentamente, en medio del alto y espeso pajonal, sin llamar la atención de nadie. Y, de pronto, se lanzaba en una vertiginosa carrera, cogiendo al enemigo por el cuello o por el brazo, y arrastrándolo hacia nuestras posiciones. Parece esto inverosímil, y he aquí uno de los hechos más reales de nuestra fantástica guerra. Esta hazaña fue repetida por el Coronel Meza y otros jinetes de nuestro ejército.
Pero aquí no termina la audacia de Bado.
A veces se internaba, completamente solo, en el campamento de los aliados. Y vestido con el uniforme de una de sus víctimas, se paseaba tranquilamente por todo Tuyutí, tomando buena nota de las obras de defensa y de todas las novedades del campamento. Y para convencer al superior de la veracidad de sus noticias, se insinuaba en el cuartel general, con su cara tiznada de negro, con el cuello del capote levantado y el kepí metido hasta las cejas, no despertando sospechas, oyendo lo que se hablaba y ocultando en sus bolsillos lo que encontraba a mano. Así solía llegar hasta Itapirú, donde frecuentaba el comercio, departiendo con las gentes más noveleras e imprudentes, que comentaban a voz en cuello el último episodio, las noticias recién llegadas, los proyectos militares que se maduraban, las intimidades e intrigas de los invasores.
De estas excursiones regresaba lleno de informaciones, trayendo diarios y tal cual papel pescado en esta o en aquella carpa, mientras sus dueños dormían o estaban ausentes.
En esta forma nada ignorábamos.
La llegada del famoso globo de Caxias se supo mucho antes en nuestras líneas. Igualmente se supo la llegada de la división de Porto Alegre y la próxima ofensiva sobre Curuzú y Curupayty.
Los diarios del Plata solían comentar lo bien informado que estaba Solano López...
"El Semanario" de Asunción, en efecto, tenía en Bado un corresponsal sin precedentes, que se adelantó a Marconi en eso de las comunicaciones inalámbricas. Gracias a él, publicaba lo que pasaba en el mundo, pudiendo decirse que estábamos tan informados de todo como los mismos aliados.
Pero este hombre astuto, inteligente y audaz, era también un héroe extraordinario. Para probarlo nos bastaría pintar su muerte, episodio el más épico de nuestra épica historia. Pero, antes de hacerlo, queremos insistir en uno de sus rasgos característicos, en su fuerza colosal.
No era robusto, era más bien delgado. Pero era todo músculos, vale decir, todo energía.
Ya capitán y jefe de los renombrados aca-mototí, solía adiestrar a su gente en el arte de tronchar cabezas. Para él ser un buen sableador quería decir ser capaz de saltar de un mandoblazo una cabeza. Los enormes corbos debían segar al enemigo con limpieza. Sus soldados debían poner cierta elegancia en la terrible operación. Y era de ver -dicen sus contemporáneos- cómo se lanzaba a la cabeza de su escuadrón, agitando en alto su filosa espada y cómo arremetía el primero, sin medir el peligro, ¡decapitando a cuantos encontraba a su paso, con un refinado arte!
Claro está que la fama de Bado llenó el país. Se contaban de él las historias más maravillosas. El enemigo temblaba al solo eco de su nombre. Se decía que era invulnerable, que los proyectiles se embotaban en sus carnes sin herirle. Era el Aquiles de la nueva Iliada, la renovación del viejo mito de la Epopeya homérica.
¡Y, sin embargo, murió Capitán!
¿Cómo explicar este hecho?
No era que el Mariscal López desconociera sus méritos, era que los reconocía demasiado.
Su puesto estaba al frente de su escuadrón famoso. Era el primer guerrillero de nuestro ejército y su misión estaba indicada en la vanguardia. Nadie podía reemplazarle. Por eso el Presidente paraguayo dijo una vez que Bado sería general, pero al terminar la guerra, y que entonces no sería otro el que entraría a su lado en Asunción.
Desgraciadamente, no verían sus ojos el día de la apoteosis. Estaban contadas las horas de su vida.
Cuando nuestro ejército se retiró hacia Pikysyry, Bado quedó al frente de 200 hombres, sobre el paso del arroyo Yacaré, como avanzada del reducto que defendía el paso del Tebicuary.
El 28 de agosto de 1868 fue atacado por la vanguardia del ejército aliado en marcha. Ante la noticia de que iban a habérselas con Bado, los imperiales perdieron los estribos, disponiendo el ataque como si se tratase de un poderoso enemigo.
El Barón del Triunfo (el "Murat brasileño") avanzó por el frente con la 3ª, 8ª y 11ª brigadas de caballería. El mayor Fernández de Oliveira vadeó el arroyo con un escuadrón de tiradores y lanceros, para caer sobre su retaguardia. Y a todas esas fuerzas se agregó después el coronel Niedeauter, acaudillando un regimiento de caballería...
¡Todo contra los 200 aca-morotí del valeroso capitán Bado!
Pero aquel despliegue de fuerzas no amedrentó al sereno guerrillero. La primera y segunda carga de los regimientos del Barón del Triunfo fueron rechazadas. Y cuando se sintió amenazado por uno de sus flancos y por atrás, hizo un hábil movimiento, replegándose tranquilamente al reducto del Tebicuary.
Los brasileños quedaron con la boca abierta, viendo cómo se les escapaba, cuando ya lo creían irremediablemente perdido.
Se aproximaba el instante supremo del héroe.
En el pequeño reducto no había, en total, sino doscientos hombres. El jefe de la posición era el mayor Miguel Rojas, siendo Bado su segundo.
Pronto llegaron los imperiales, extendiendo su línea de asedio. El 30 de agosto comenzó el asalto, después de un furioso bombardeo. Miles de enemigos, en compacta columna se precipitaron sobre los paraguayos. No vamos a dar detalles de esta acción. Y corremos al desenlace de la tragedia. Cuando Bado lo vio todo perdido, ordenó la retirada, lanzándose los soldados al río y ganando a nado la opuesta orilla. Entre tanto él, con un puñado de compañeros, defendía la posición, rechazando los asaltos y sosteniéndose bajo un diluvio de fuego.
Rojas había caído y casi todos estaban heridos. El mismo Bado hacía un enorme esfuerzo para mantenerse en pie, casi exangüe y ahogado por la fatiga... Por fin callaron nuestros cañones y el enemigo entró triunfante en el reducto. Y allí estaba Bado, sobre un tendal de muertos, apoyado en un cañón desmontado, negro de humo, con la ropa empapada en sangre.
Aún vivía. Sus ojos resplandecían, iluminados por un fulgor extraño.
Los brasileños se aproximaron a él con religioso respeto. Y lo miraban, llenos de asombro, sin acabar de creer la realidad que contemplaban. Bado había llegado a tomar contornos mitológicos. Había algo de brujería en sus proezas. Se le tenía por un ser sobrenatural.
Pronto cundió la noticia. Y era de ver cómo llegaban los negros, llenos de superstición, a examinarle. Todos querían mojar sus pañuelos en su sangre, para llevarla sobre el pecho como un amuleto que les infundiría coraje y les defendería del peligro. Pero, sobre todo, querían verle, querían conocerle, medir sus proporciones, examinar su brazo...
Felizmente para Bado, un largo desmayo le libró de presenciar esta estúpida novelería.
Cuando volvió en sí estaba bajo una capa, bien curado, lleno de vendajes.
Y un oficial se acercó a decirle que sus compatriotas de la Legión venían a visitarle.
"No quiero verles", fue la respuesta de Bado.
Pero éstos le traían un regalo y se empeñaban en entregarle. Habían hecho una contribución, reuniendo una buena cantidad de libras esterlinas. A pesar de todo, participaban de la admiración general y se sentían orgullosos de su gloria. Y no veían mejor manera de tributarle un homenaje que yendo a visitarle para ofrecerle aquella dádiva generosa.
Bado tuvo que verlos llegar, por último. Y una inmensa ira le agitó cuando empezaron a hablarle, a él, que era la lealtad en persona, aquellos cínicos traidores.
Fue aquel el momento más angustioso de su vida. Fue aquella la última copa de amargura apurada en su agonía.
¡No, no quería verles!
¡No, no quería oírles!
Y cuando le alargaron la bolsa resonante, rechazó aquellas monedas impregnadas de infamia. No las quería "porque le quemarían las manos"'.
Y no habló más. Aquella misma noche se arrancó las vendas y se desgarró las heridas, muriendo en silencio, sin proferir una queja.
Prefería la muerte a continuar prisionero.




CORONEL VALOIS RIVAROLA,

Después de la batalla de Itororó (6 de diciembre de 1868) el general Caballero movió su gente hacia el arroyo Avay, acampando al otro lado del paso principal.
Esta posición no ofrecía ventajas de ninguna clase, pero era la más abrigada que podía encontrarse en las vastas cuchillas villetanas. La ocuparon los paraguayos por falta de otra mejor, y, sobre todo, cumpliendo órdenes terminantes del Mariscal López.
No se trataba de vencer al enemigo. Solo se trataba de embarazar su avance arrollador, mientras defendíamos precipitamente nuestro nuevo frente de las Lomas Valentinas. Tal fue el único objeto de la batalla que acababa de librarse en el desfiladero de ITORORÓ -LAS TERMÓPILAS DEL PARAGUAY- y tal iba a ser el fin de la que iba a librarse de un momento a otro.
Caballero ocupaba así un puesto de sacrificio, dependiendo de él la suerte de nuestro ejército.
Pero no sintió ni un solo instante de desaliento.
Alegre y decidido, miró tranquilo el porvenir, disponiéndose al sacrificio, sin dudas ni temores.
Lo seguro era morir. Pero la muerte no era, por cierto, la peor de las probabilidades en aquellas horas terribles, de cruento sacrificio.
Hacía rato que los paraguayos miraban a la muerte como una liberación...
En la tarde del 8 de diciembre nuestras tropas estaban ya atrincheradas junto al puente del Avay.
Después de recibir como refuerzo un batallón de infantería y un regimiento de caballería, Caballero llegó a reunir 4.500 hombres, con los que debía hacer frente a más de treinta mil brasileños.
Toda su artillería se componía de seis piezas volantes, a las órdenes del intrépido mayor Angel Moreno.
¡El enemigo tenía más de cuarenta cañones!
Pero Caballero contaba con un elemento que no tenía el invasor, y que él solo valla por un ejército.
Caballero tenía a su lado al CORONEL VALOIS RIVAROLA, centauro de milagroso valor, "jinete alado y fiero", que dijera Juan de Dios Pesa.
Con un compañero así se podía dudar de la victoria, pero no era posible temer el peligro, ni desesperar ante la fuerza abrumadora del contrario.
Rivarola era un prodigio. No conocía el miedo y ejercía sobre el enemigo una extraña sugestión.
No acaudillaba a sus soldados, peleaba entre ellos, o, mejor dicho, solo, en medio de ellos.
Cada combate en que tomaba parte era un duelo singular para él.
Buscaba siempre medirse personalmente con sus contrarios, blandiendo su lanza o esgrimiendo su filosa y enorme espada. Cuando era alférez y mandaba un destacamento avanzado en se precipitó con diez soldados sobre sesenta jinetes del Regimiento San Martín, llegando el primero como un huracán, y destrozando a los argentinos antes de que entraran en acción sus compañeros. Aquel día recibió dos ascensos seguidos, tal fue su pasmoso heroísmo.
En TUYUTÍ hizo locuras increíbles al frente de sus regimientos, atropellando trincheras, saltando sobre los cañones y dispersando a los artilleros a sablazos.
Siempre, en cuantas acciones tomó parte, peleó así, como un suicida, pero con una extraña fortuna.
Y su fama fue creciendo por momentos, siendo uno de los héroes predilectos de nuestro pueblo.
Alto, rubio, tostado por el sol, de hercúlea musculatura, era de una arrogante figura.
Los soldados le querían, con filial cariño, porque aquel fiero guerrero era, ante todo, un hombre ingenuo y bueno, que en las horas tranquilas no prometía las virtudes marciales que le caracterizaban. En medio de sus tropas, no era un jefe, era un camarada siempre dispuesto a la tolerancia y al perdón, si bien celoso cumplidor de su deber.
En este sentido, tenía que ser el compañero y amigo predilecto del general Caballero, con el que tenía tantas afinidades morales. Y, en efecto, los dos héroes se amaron, de tal modo, que llegó un momento en que el uno fue como la prolongación del otro, formando juntos una perfecta unidad, de inapreciable valor.
Caballero, que no conoció la envidia, se sentía orgulloso de compartir con él su gloria, su prestigio y el amor de sus soldados, llevándolo a su lado, desde el momento que lució las presillas de general, en todas las empresas que se le encomendaron.
Así Rivarola fue su LUGARTENIENTE EN LA BATALLA DE ITORORÓ.
Y así lo vemos ahora en el mismo puesto, al pie del puente del Avay.
Digamos ahora lo que ocurrió en aquel histórico lugar, para pasar a referir el fin de nuestro héroe.
Caballero, que sabía lo que le esperaba, trató de distribuir sus tropas en la mejor forma posible, extendiendo su línea, de este a oeste, sobre el pequeño arroyo, y defendiendo los tres pasos principales.
En el centro colocó su artillería y en los flancos su infantería y caballería. El batallón 40 y el regimiento 8 formaban su vanguardia. Y el regimiento 1° y el batallón 43 cubrían su retaguardia.
Los brasileños, entre tanto, salían de su estupor y proseguían de nuevo la marcha, pasando el 9 de diciembre frente a los paraguayos, para ir a la costa del río, donde se les incorporaría la numerosa caballería de Mena Barreto y del Barón del Triunfo, que acababan de llegar.
Y el 11 avanzó resueltamente el marqués de Caxias sobre nuestras posiciones.
El día había amanecido nublado y borrascoso. El calor era insufrible desde temprano, y todo aseguraba la proximidad de una tempestad.
A las diez de la mañana los dos ejércitos estaban frente a frente, midiéndose amenazadores.
Caballero dirigió en aquel momento una breve arenga a sus tropas. Y Rivarola, irguiéndose sobre sus estribos y agitando en alto su espada, dio dos vivas, uno a la patria y otro al Mariscal López.
Los gritos de entusiasmo de los paraguayos fueron interrumpidos por la artillería imperial.
Empezaba la batalla.
Cuarenta cañones vomitaron metralla sobre nuestra línea y una gruesa columna se adelantó después sobre nuestro frente, mientras dos columnas de caballería iniciaban un movimiento envolvente por nuestros flancos.
El general Osorio en persona dirigía el ataque, marchando a la cabeza de sus tropas con su proverbial serenidad.
Y a todo esto, los nuestros no daban señales de vida. El silencio era completo en nuestras filas. Se diría que los paraguayos habían sucumbido, todos, bajo el fuego horrendo de los brasileños.
Pero no era así. Las bajas de Caballero eran insignificantes. Su silencio respondía a otra causa.
Lo que buscábamos era que los imperiales se acercaran, así como venían, en columna cerrada, para batirlos con eficacia. Y así fue que solo cuando ya llegaban al puente rompió el fuego nuestra artillería y se inició el crepitar de nuestra fusilería.
Bien pronto empezó la desmoralización del enemigo y el consiguiente retroceso. Pero Osorio, reforzando sus columnas, las lanzó de nuevo al ataque, sobre nuestros dos flancos. En nuestra derecha cruzaron fácilmente el Avay, tratando de cortarnos la retirada. Pero fracasaron en su intento, siendo arrollados por el regimiento 1° y por el batallón 43 que, como dijimos, cubrían nuestra retaguardia.
En nuestra izquierda no fueron más felices. Allí estaba Rivarola.
Osorio, al ver retroceder por segunda vez a sus soldados, se llenó de ira, ordenando nuevos asaltos, después de reforzar nueva-mente a los que se retiraban.
Esta vez los brasileños consiguieron cruzar el arroyo frente a nuestra izquierda, adelantándose el batallón 9° y el regimiento 15. Rivarola los vio llegar impasible, ordenando al mayor Victoriano Bernal que les saliera al encuentro. Y este valeroso jefe, al frente del regimiento 8, cayó sobre ellos, acuchillándolos sin pie-dad, hasta obligarlos a desbandarse en una loca carrera.
Otros cuerpos, que intentaron el asalto a nuestra artillería, corrieron la misma suerte.
Fue entonces cuando Osorio, después de apelar a la súplica y. al insulto, para hacer reaccionar a sus tropas acobardadas, se puso a la cabeza de ellas, encaminándose por delante hacia el puente y cayendo a poco andar, con la mandíbula destrozada por una bala. Nueva confusión entre los brasileños. Caxias empezaba a dudar de la victoria.
Pero en ese momento estalló la tempestad que se preparaba desde temprano, y una lluvia torrencial apagó el fuego de nuestros cañones y de nuestros fusiles de chispa.
La caballería brasileña había cerrado el círculo que nos envolvía, y los paraguayos éramos fusilados sin defensa en el fondo del valle por la artillería enemiga.
Caballero ordenó entonces la retirada, formando con los soldados que le quedaban un gran cuadro, que fue retrocediendo, lentamente, atacado por todos lados.
VALOIS RIVAROLA acaudillaba en persona en este momento los últimos jinetes de nuestra caballería. Oculto dentro del cuadro en retirada, salía a veces a la carga, estrellándose contra los nutridos regimientos imperiales. Y los brasileños retrocedían desmoralizados, batidos con empuje irresistible. Pero a corta distancia se reorganizaban, para volver de nuevo, repitiéndose diez veces la misma escena en el espacio de una legua. En estos entreveros a lanza y sable, Valois Rivarola fue herido por una bala, que le atravesó la garganta.
Ahogado por la sangre, continuó, sin embargo, peleando, sin descansar un momento.
Aquella atroz herida hubiera tumbado al más fuerte, o, por lo menos, lo hubiese inutilizado para la lucha. A Rivarola, lejos de abatirlo, le dio mayor entusiasmo, haciéndole delirar de heroísmo.
Inútilmente trató Caballero de retenerlo a su lado. Cubierto de sangre, iba y venía a la carga, solo o acompañado, repartiendo sablazos, abriendo camino al mermado cuadro, en cuyo centro flameaba todavía nuestra bandera.
¡Nada más conmovedor que aquella retirada!
Pocos episodios de nuestra guerra son tan patéticos como éste.
¿Cómo se mantenía organizado aquel pelotón heroico, atacado por sus cuatro costados y ametrallados por la artillería?
¡Milagros del patriotismo!
Y Caballero –“en quien revivía Cambrone”, al decir del historiador Arturo Montenegro- hubiera salvado el último resto de su división si no hubiese encontrado en su camino un obstáculo insalvable, "un charcón bastante hondo -según el cronista de la "Estrella"- que no pudo pasar la artillería.
Inutilizados nuestros cañones antes de ser abandonados, el cuadro fue atacado con fuerza irresistible, reduciéndose hasta no quedar en pie sino Caballero y su estado mayor.
¡Recién entonces terminó la batalla!
Nuestra bandera, hecha pedazos, cayó, como gloriosa mortaja, sobre los últimos sacrificados.
Y Caballero, seguido de Rivarola y algunos pocos más, se abrió camino en medio de los apiñados regimientos imperiales, imponiéndose todavía a sus perseguidores.
Esa misma tarde se presentaron en el cuartel general, para dar cuenta de la batalla al Mariscal López.
Será mejor que oigamos aquí al cronista de la época, quien pinta así aquella entrevista:
"El joven general Caballero, que nunca ha sufrido un contraste en tantas jornadas que le ha cabido dirigir, venía hondamente impresionado, y al presentarse a S.E. el mariscal López, le dijo: 'Señor, el enemigo nos ha concluido, pero tengo la satisfacción de asegurar a V.E. que todos nuestros valientes han caído honrosamente y se han conducido como verdaderos héroes. Yo, y los pocos que me acompañan, lamentamos no haber corrido la misma suerte'. A lo que S.E. contestó: “Habéis cumplido vuestro deber y el Dios de los ejércitos premiará el heroísmo de tan virtuosos soldados. La patria, entre tanto, tiene aún suficientes brazos para defenderse y ser libre”.
Tal fue la batalla de Avay, en la que comenzó la épica agonía de VALOIS RIVAROLA.
II
El 21 de diciembre de 1868 se movió el marqués de Caxias, después de diez días de indecisión en Villeta.
En una semana habían perdido siete mil hombres y un centenar de oficiales, a más de sus mejores jefes, entre ellos Argollo Ferrao, su mentor y el más preparado de los generales brasileños.
Y aún le quedaba el rabo por desollar, aún tenía en frente al Mariscal López, cuyo solo nombre infundía pavor y de cuya omnímoda voluntad todo podía esperarse, aún lo inverosímil.
Y el viejo caudillo imperial no ignoraba que el tiempo era el mejor aliado de los paraguayos en aquellos momentos. Si demoraba 'en atacarles, se fortificarían en su nuevo frente, malogrando el admirable movimiento de flanqueo por el Chaco.
Avanzaron, pues, los brasileños, yendo a ocupar la cuchilla de Cumbarity, frente a la de Itá Ibaté, donde López tenía su cuartel general.
Por fin, iba a darse la batalla definitiva, que decidiría la suerte de la guerra.
Para oponerse al enemigo, el Mariscal paraguayo no tenía sino cuatro mil hombres a lo largo de su extensa línea.
¡Cuatro mil contra treinta mil!
Pero ya veremos cómo hay hombres y hombres y cómo la aritmética de la guerra tiene sus caprichos, restando o sumando según sea el alma de los que van a entrar en acción.
A las tres de la tarde, después de un largo bombardeo, y realizado por la caballería el movimiento envolvente sobre nuestros flancos, comenzó el asalto sobre nuestro frente.
Tres caminos daban acceso a nuestro cuartel general, y por ellos cargaron los brasileños.
Durante horas resistieron nuestras líneas avanzadas, deteniendo la negra ola que llegaba.
Genes, que mandaba la vanguardia, hizo prodigios, rechazando asaltos y más asaltos, con un puñado de soldados.
Pero, por fin, los brasileños se desbordaron por todas partes, entrando victoriosos, sin encontrar enemigos.
Momento crítico para el Mariscal López, que mandaba en persona la batalla.
¿Qué hacer?
Su única reserva eran los rifleros y los jinetes de su escolta. Había que apelar a ellos para hacer el último esfuerzo desesperado. El general Caballero recibió entonces la orden de organizar rápidamente las tropas que quedaban, lanzándolas contra el enemigo que ya asomaba a cien metros de distancia.
Fue en ese supremo instante cuando pudo verse algo inesperado, que infundió nuevos bríos a los paraguayos.
Llegaban los brasileños al cuartel general, junto al cual estaba a caballo el Mariscal López, cuando apareció tambaleando, apoyándose en su espada, Valois Rivarola.
Gravemente herido, devorado por la fiebre, agonizaba en el Hospital de Sangre, sin que nadie ya le recordase, cuando vio llegar triunfante al enemigo.
¡No podía ser! Era imposible que permaneciera inactivo ante la audaz insolencia del invasor. Un hombre como él no podía morir inerme, degollado en su lecho, con la femenina resignación... Ensayó levantarse, pero un vértigo lo tumbó de nuevo. Llamó entonces a su asistente, pidiéndole que lo ayudara a vestirse. Y enseguida salió, resueltamente, dirigiéndose al lugar en que estaba el Mariscal López.
A poco andar, una ola de vida corrió por sus venas y su pálido rostro empezó a teñirse de carmín.
Sus ojos arrojaban chispas.
Dejó el brazo de su ayudante, desenvainó su espalda y pidió que en el acto le trajeran su caballo.
¿Qué iba a hacer?
¿No estaba, acaso, moribundo, exangüe, febril, adolorido, con la garganta abierta por una enorme herida?
¿No se le había ordenado absoluto reposo como condición para que se salvara...?
Pero allí estaba el enemigo. Pisaba los umbrales del cuartel general.
No había tiempo que perder.
Rivarola montó a caballo como pudo y gritó que le siguieran los pocos jinetes que aún quedaban en pie.
Segundos después cargaba sobre los brasileños, llevándolos por delante, como en sus mejores días de heroísmo.
Rivarola se había transfigurado. El moribundo era otra vez el centauro, casi mitológico, de la gran epopeya paraguaya. Su brazo había recobrado su vieja energía y bajo los golpes de su espada saltaban las cabezas.
Pronto los brasileños sintieron la presencia del terrible enemigo, huyendo por todas partes a su encuentro.
Y el Mariscal López pudo ver cómo era conjurado el peligro y cómo el enemigo era rechazado por aquel fantasma.
Oscurecía cuando regresó Rivarola, casi solo. Apenas se sostenía sobre el caballo.
Traía la cabeza entre las manos, abierta la frente por una nueva herida.
Bañado en sangre, jadeante, se presentó todavía al Mariscal, para anunciarle que el enemigo había sido rechazado más allá de nuestras líneas.
Después... cayó desvanecido en brazos de su fiel asistente, el sargento Joaquín González.
La energía humana tiene su límite.
Rivarola había agotado la fortaleza de su espíritu, sobreponiéndose triunfante a las miserias de la carne.
Pero ya no podía más. Apenas le quedaba un resto de vida. Acababa de hacer lo que no hizo ningún héroe de la historia.
¡Los brasileños habían sido vencidos por una sombra!
III
Esa misma noche ordenó el Mariscal López que Rivarola fuera llevado a Cerro León, para ser atendido allí, tan pronto como fuera posible moverlo. Y el 23 de diciembre el practicante Juan Anselmo Patiño se encargaba de conducir al herido, cuya gravedad aumentaba por momentos.
A duras penas llegaron a nuestro primitivo campamento. No había salvación para el héroe.
Desde Avay empezaba su agonía, cuyo desenlace no podía tardar.
Vivía porque era inagotable su energía.
¡Pero ya era hora de que su alma se rindiese!
En la noche del 25 de diciembre sucumbió, por fin, en toda la plenitud de sus facultades, despidiéndose de los que le rodeaban y enviando memorias a todos sus compañeros de armas.
Así murió el héroe de Paso Cardoso, el más gallardo jefe de nuestra caballería.
Solo hemos de recordar, para terminar, que cuando Rivarola abandonó su lecho, para correr a la pelea, el jefe de la caballería enemiga, el Barón del Triunfó, se retiraba del campo de batalla, herido... ¡en un pie!
¡Qué diferencia entre aquel "Mural brasileño", como le llamaban sus compatriotas, y el soldado sencillo que se llamó Valois Rivarola: el uno que se aleja acobardado por una lesión sin gravedad, y el otro que con la garganta atravesada vuelve a la pelea, y no se retira de ella sino después de verla terminada, a pesar de que los sesos se le escapaban por otra nueva herida, que ha recibido en la lucha!
¡He ahí, en esos dos hombres, la síntesis moral de dos razas y la mejor expresión de la psicología de dos pueblos!



LAS MUJERES DE PIRIBEBUY

Era el 12 de agosto de 1869.
Desde el amanecer tronaba el cañón.
Piribebuy ardía por los cuatro costados bajo el terrible bombardeo de los aliados.
El conde D'Eu estaba furioso ante la resistencia de la plaza sitiada y ante las pérdidas que había sufrido.
¿Qué hacer para forzar las trincheras paraguayas y llevarles una carga a fondo?
En realidad aquella resistencia era ya inexplicable.
En el extenso perímetro de nuestras posiciones no contábamos sino con mil seiscientos hombres, doce cañones de bronce y un obús. Y el enemigo nos atacaba por todos lados.
Pero las horas pasaban sin que los asaltantes notasen que declinara la resistencia de Piribebuy.
El Príncipe imperial estaba furioso, repetimos.
Se trataba, nada menos, de su debut guerrero en el Paraguay. Estaba jugando la corona del Brasil. Un fracaso podía serle de funestas consecuencias...
Pero tenía que triunfar. No podía dudar del éxito. Le acompañaban los dos generales más valientes del Imperio: Osorio y Mena Barreto. Y sus tropas, diez veces superiores en número a las del enemigo, eran tropas escogidas, tropas veteranas, acostumbradas a hacer frente al heroísmo paraguayo.
Lo curioso era que la realidad desmentía todos sus cálculos optimistas. Piribebuy resistía, y resistía con un vigor terrible, diezmando a los asaltantes.
¿Qué hacer?
Osorio propuso un ataque definitivo, a cuerpo gentil, que decidiera la batalla. Su fórmula era la nuestra: vencer o morir: Y, como en Humaitá, hacía apenas un año, quería estrellarse contra nuestras trincheras, para terminar de una vez aquel duelo formidable.
Osorio era el más exasperado de todos. Estaba enfermo, aún no cicatrizaba la herida recibida en Abay. Su mal humor tenía, pues, que agravarse en tan azarosas circunstancias.
Pero el conde D'Eu, aunque nervioso, no perdió nunca su poderoso instinto de conservación.
No le convenía el audaz plan propuesto. Sobre todo, no olvidaba el mal rato que pasó Caxías por el desastre de Osorio en Humaitá. ¡No fueran a decir también de él que, envidioso de la gloria del intrépido gaucho riograndés, lo había mandado al sacrificio!
No había que jugar con los paraguayos. Tenían ya cinco años de experiencia a este respecto.
En tales circunstancias, el conde D'Eu concibió un plan más estricto y menos arriesgado.
De acuerdo con él, mandó avanzar todos los carros cargados de forrajes de la proveeduría y ordenó que, a la carrera, se adelantasen hacia los sectores batidos de la plaza de Piribebuy. Detrás de los carros debían ir los diversos cuerpos de asaltantes, bien protegidos, para procurar después abrirse camino por las brechas que intentarían practicar los zapadores.
Y vino el gran ataque general.
Los aliados se aproximaron, burlando el fuego de nuestra artillería. Pero cuando salieron a campo abierto para cargar, fueron recibidos por un fuego infernal, que les obligó a retroceder.
Tres veces fueron rechazados y tres veces regresaron a la carga, empujados por sus jefes.
En uno de estos asaltos sucumbió Mena Barreto. Lo mató de un certero tiro un cabo morombí, llamado GERVASIO LEÓN.
Osorio pasó sobre su cadáver y llegó hasta nuestras trincheras.
En este momento nuestra situación era desesperante dentro de Piribebuy.
Ya no teníamos más proyectiles, y nuestras tropas estaban fuera de combate.
El mayor HILARIO AMARILLA, nuestro famoso cohetero, hacía rato que cargaba sus cañones con frutas de coco, después de haber consumido todas las piedras, restos de fusiles y hasta pedazos de bayonetas.
El jefe de la plaza, comandante Pedro Pablo Caballero, había agotado todos los recursos para prolongar la resistencia.
Pero ya no le quedaban soldados, ni municiones. Y el enemigo estaba al pie de sus trincheras. Arreciaba el bombardeo.
En el pueblo no había un sitio que no fuera batido por la metralla enemiga.
El drama parecía terminar.
Más, aún quedaba algo que hacer.
Todos habían sucumbido o estaban aplastados por la fatiga, desarmados, inermes. Todos, ¡no! Aún quedaban en pie algunos centenares de madres, que habían presenciado la agonía gloriosa de sus hijos. Quedaban ellas para consumar el sacrificio, para rubricar con su sangre aquella página de romántico heroísmo.
Y las mujeres de Piribebuy corrieron a las trincheras, a pelear y a morir.
¿Armas? ¡Para qué, si eran inútiles! Se trataba de morir, y, para esto, sobraba con las armas enemigas.
Los cañones habían acallado, ya no crepitaba la fusilería.
Los brasileños trepaban victoriosos sobre nuestras trincheras. Brillaban al sol sus agudas bayonetas. ¡Creían todo terminado...! Un grito, un largo grito, de rabia y desesperación, un grito clamoroso saludó a los primeros imperiales que asomaron dentro de nuestras posiciones. Y a este grito, que pareció surgir del fondo de la tierra, siguió una descarga de botellas vacías y una nube de arena, que cegó a los asaltantes.
¡Eran las mujeres de Piribebuy!
Acurrucadas en el foso de las trincheras, confundidas entre los muertos, no habían sido advertidas por el enemigo. Y ahora se alzaban, para tratar de caer al lado de los que habían amado en la vida, para acompañarles también en la postrera jornada de lo desconocido.
Armadas de botellas vacías, de pedazos de vidrio, de sus uñas y de sus dientes, se abalanzaron sobre los enemigos.
Y las botellas se rompían en los negros cráneos, y los vidrios rasgaban las mejillas, y los dientes arrancaban pedazos de carne, y las uñas hacían saltar los ojos.
Los soldados de tres naciones, los soldados hartos de la Triple Alianza, no sabían cómo librarse de la furia de aquellas escuálidas mujeres.
Sus bayonetas y sus espadas eran impotentes en medio de semejantes enemigos.
Aturdidos por la arena que les arrojaban a la cara, daban golpes de ciego, mientras las heroínas de Piribebuy empurpuraban sus manos, tratando de vengar a los que allí mismo habían caído, a los que parecían seguir los episodios de aquella lucha, tendidos en el suelo, en la actitud airada en que les sorprendió la muerte, abiertos los ojos, todavía iracundos, ¡y crispadas las manos por la desesperación!
"¡Escena de Zaragoza!", exclama un historiador brasileño, que no puede menos que sentir la épica belleza de este cuadro.
¡Sí, escena fue aquella digna de figurar al lado de las más estupendas de la historia!
Escena que quizás no se vio ni en Zaragoza, ni en ninguna otra parte, en ningún tiempo, ¡jamás!
El conde D'Eu la anota en su diario de campaña, eso sí, fríamente, como era de esperar de aquel monstruo de crueldad. ¿Cómo terminó aquel duelo entre hombres que parecían mujeres y mujeres que parecían hombres?
Las heroínas de Piribebuy fueron casi todas exterminadas. Las que sobrevivieron fueron llevadas ante el serenísimo Príncipe, para presenciar después el sacrificio de sus compañeros, el degüello de los heridos, el incendio del hospital repleto de enfermos...
La mujer del comandante Caballero fue obligada a contemplar el martirio de su esposo, quien, no queriendo rendirse, fue atado de pies y manos a las ruedas de dos cañones, ¡suspendido así en el aire y luego degollado!
Y esta sí que fue una escena que no se vio ni en Zaragoza, digna de los tiempos de barbarie en que los rudos conquistadores hacían algo parecido con el infortunado Tupac Amarú.
Claro está que nada de esto anota el Príncipe de Orleans en su minucioso diario de campaña...



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