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martes, 13 de octubre de 2009

PANCHA GARMENDIA / Fuente: TRADICIONES DEL HOGAR por TERESA LAMAS CARÍSIMO DE RODRÍGUEZ ALCALÁ / BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES


Pancha Garmendia
** En las tertulias familiares, cuando en las horas que siguen a la siesta mis viejas tías se reunían a devanar sus recuerdos contando tradiciones de su rancio linaje, cosas de antes de la guerra o acontecidos de los tristes días de la «Residenta», siendo yo niña había oído hablar de Pancha Garmendia como de una heroína y de una mártir. Años después, una tarde que fui saludar a una de mis tías, a quien sus ochenta años achacosos tenían encerrada en sus tres veces secular caserón de leyenda, ella me preguntó consternada:
** -¿Pero es cierto que están echando abajo la casa de Pancha Garmendia?
** -Sí, tía. Ya no es sino un montón de escombros. ¿Le duele a usted?
** Y la noble señora, cuya portentosa lucidez no pueden apagar los años, que ve con los ojos del alma las cosas de su tiempo y oye el lejano rumor interior de su juventud triunfante, se sumergió penosamente en sus recuerdos. Para ella el vetusto caserón era una reliquia. No lo veía sino embellecido por la aureola de la tradición, todo él aromado de poesía y arcaísmo.
** -Cuénteme algo de Pancha, tía Loló -le dije, sintiendo que su alma vibraba al recuerdo de aquella figura ideal de mi sexo y de mi raza-. Otras veces me ha dicho usted que la conoció y fue su amiga.
** Con unción, con íntimo enternecimiento lleno de amargura, púsose la anciana a evocar la imagen de la mártir.
**-Imagínate -me dijo- toda la belleza, la majestad y la gracia de las mujeres más hermosas que conozcas, reunidas prodigiosamente en una sola, y tendrás a Pancha Garmendia. Blanca, de una admirable palidez fresca de azucena; alta, esbelta y armoniosa, iluminábanle el rostro, dándole angelical expresión, unas pupilas celestes de mirar suave y soñador. La cabellera, muy negra, reluciente y rizada, teníala siempre cuidadosamente peinada en bando o rematada atrás con un moño bajo que se arrollaba graciosamente sobre la albura de la nuca. Este peinado habíalo puesto de moda en la Asunción una artista que actuaba por entonces en el viejo teatro que quedaba en la calle Paraguay Independiente entre Atajo y 25 de diciembre y las muchachas lo habíamos bautizado con el nombre pintoresco de «peinado caú». Vestía Pancha con primor, pues siendo discretamente coqueta gustábale realzar con atavíos sentadores el natural encanto de su belleza. Y te aseguro hija que lo conseguía a la maravilla.
** Criada por unas tías que la adoraban, las distinguidas señoras de Barrios, éstas habían hecho de ella una joven que al par que llena de virtudes lo estaba de los atractivos de una instrucción poco común. Figúrate lo que esto representaría en aquel entonces, en un tiempo en que nuestros padres no nos enseñaban a leer a sus hijas para evitar que pudiéramos comunicarnos con nuestros novios...
** Tenía Panchita reputación de orgullosa, pero no lo era en realidad. Era, sí, muy digna y muy altiva, y sólo abría su alma a la expansión del dolor, en los días de sufrimiento que muy pronto amanecieron para ella, cuando echada de hinojos ante la Virgen imploraba su consuelo y su ayuda. Uno de los jóvenes más simpáticos y apuestos de aquel tiempo, Perico Egusquiza, se prendó de Pancha, y recuerdo como si fuera ayer que en una tertulia habida en casa de mis primas las de Bazarás, en la calle que hoy se llama Villarrica y que entonces se llamaba del Sol, Panchita, enamorada a su vez del mozo, le dio el sí que había de pesar sobre su vida como un juramento inviolable. Pero ya por entonces Solano López pretendía a la niña y cuando Perico y su novia creían poder ser felices, el primero recibió, una mañana, orden de alejarse de la ciudad. La separación debió haberle sido dolorosa, pero envuelta en su altivez guardó para sí su angustia y sólo la Santa Imagen que presidía la castidad de su alcoba vio el llanto de sus ojos y la crispación de dolor de sus manos en la conjunción mística de las plegarias.
** Yo la vi por última vez al pasar un día por su casa, que quedaba cerquita de la nuestra, en la esquina de la calle de la Ribera y 14 de mayo. Estaba sentada junto a la ventana de su cuarto y vestía un traje celeste que la embellecía maravillosamente; el amplísimo miriñaque idealizaba la finura cimbreante de su talle y las mangas anchas, que se usaban entonces, realzaban el primor de sus manos divinas; manos de eucarística blancura bajo cuya piel suave y transparente el azul de las venas evocaba rutas de ensueño; manos de lirio consagradas a sostener gloriosamente, hasta morir, ¡el velo ideal de su pureza inmaculada! Hacía como que leía, pero la vaga expresión de sus ojos indicaba que su pensamiento estaba lejos, muy lejos del libro que tenía ante sí, allá donde otro ser torturado por el amor correspondía a su secreta ansiedad y seguía el ritmo apasionado de los latidos de su corazón. Aún creo verla en toda la deslumbrante belleza de su perfección ideal; parecía la realización milagrosa de una fantasía ar artística. Los años han transcurrido y la mudanza de las cosas ha devastado el panorama de mis recuerdos; pero a pesar de todo, no he pasado una sola vez por la casa que fue de Pancha sin que mis ojos vieran, por obra de un espejismo milagroso, asomada a la ventana que quedaba junto a la esquina, la figura de aquella niña a quien el sacrificio idealizó haciendo de su nombre un símbolo sagrado para la mujer paraguaya...
** Mi tía guardó silencio y yo, contagiada de su emoción, calló también. Procuraba corporizar con la imaginación la figura de la heroína: yo también la veía con su atavío azul, abierto un libro en las manos, perdida a lo lejos la dulce y triste mirada de sus pupilas celestes... Después de un momento puse fin al silencio:
** -Cuénteme, tía Loló, como murió Panchita.
** -Te contaré lo que oí contar a mi vuelta de la «Residenta». En la trágica retirada de López hacia los confines de la patria, Pancha Garmendia fue obligada a seguirlo. Una de sus tías la acompañaba. El Mariscal solía mostrarse solícito con ella, a pesar de la inquebrantable y desdeñosa firmeza con que la niña resistía a sus apasionados asedios. Una noche la sentó a su mesa. El hambre que ahuyentara de su cuerpo las rosadas carnes que dieran lozanía a su hermosura, hízola aceptar el convite, pues en aquella dantesca marcha a través de desiertos y envuelta en las sombras del desastre, sólo en la mesa de Solano López se comía. Sirviéronse manjares delicados. De una conserva de perdiz comió Pancha con ansia devoradora que revelaba su hambre. El Mariscal la miraba con ojos de pasión; la Lynch, a quién mortificaba la presencia de la niña, no le sacaba de encima la fría mirada de odio de sus hermosas pupilas celestes que parecían dos aceros...
** De pronto Panchita cesó de comer.
** -¿No comes más, Pancha? ¿Es que no te gusta?
** -Sí, me gusta mucho señor, pero deseo pedirle un favor...
** -¿Qué quieres?
** -Mi tía, mi pobre tía... Hace mucho que no come... ¿Me deja llevarle este resto de perdiz?
** Lo dijo vacilando, con los ojos llenos de lágrimas, sin alzar los párpados, temblándole la voz.
** Un arranque de generosidad conmovió a López: tomó la lata que contenía la conserva y se la ofreció a Pancha, sin darse por advertido del disgusto que su galante obsequiosidad producía a la Lynch y que ésta no puso el menor cuidado en disimular.
** Días después, una tarde, López tomaba mate en su campamento. Paseábase con paso agitado, pensando en la triste suerte de sus armas, en la hora definitiva que le aguardaba, en su poderío perdido para siempre y del cual solo le restaba, como recia empuñadura de una espada rota, la voluntad inquebrantable que todavía le hacía temible en aquel su tránsito doloroso por selvas y montañas, errante como una sombra apocalíptica, seguido de su fantástico séquito de fieles e indomables soldados hambrientos y semidesnudos. Atrás quedaba la Asunción, la ciudad de sus amores, llena del recuerdo de su bizarra y placentera mocedad, de donde partiera un día, al comenzar la guerra, y adonde no volvería jamás; quedaban también sus ilusiones de victoria que el heroísmo de su raza no pudiera realizar; quedaban sus ejércitos exterminados en la contienda, como en un martirio infernal...
** Uno de sus ayudantes se le acercó y cuadrándosele con el pavoroso respeto que infundía su presencia, le comunicó algunas novedades que él oyó distraídamente.
** -Se han cumplido sus órdenes, señor. Esa niña acaba de ser lanceada...
** -¿Quién? -preguntó vivamente y con extrañeza el Mariscal.
** -Pancha Garmendia, señor -contestó el ayudante.
** -¿Qué dice usted? ¿Panchita?
** Iba a llevar a la boca el mate que acaba de pasarle su asistente: pero un súbito temblor de todo su cuerpo hízolo caer a sus pies. Dobló pesadamente la cabeza hacia adelante y un aire de pena, de angustia, de desolación le demudó el semblante. Iba a decir algo, algo terrible; pero calló, apretándose los labios y llevando a la frente, para enjugar el copioso sudor frío que la inundaba, la mano derecha que un dolor íntimo crispaba...
* * *
** Y mi vieja tía comentó así su relato:
** -Fue ésa, seguramente, la primera vez que el férreo Mariscal tembló. Panchita había sido muerta por haber aparecido su nombre incluido en la lista de las ejecuciones ordenadas para ese día. En mi tiempo se dijo que la muerte de aquella deliciosa criatura, ánfora de virtud y ejemplo de fortaleza, no había sido ordenada por el Mariscal. La mano que tembló hasta dejar caer el mate, y el fulgor de lágrimas que relampagueó en aquellos ojos que no supieron parpadear ante los mayores espantos, revelaron silenciosamente el secreto de la horrible tragedia.
* * *
** Calló tía Loló. Y al salir yo a la calle y pasar por el sitio donde se alzara la casa de la mártir, tuve la ilusión de ver asomarse a la ventana su figura vestida de azul, perdida en una lontananza de ensueño la mirada y dulcemente pensativa de amor la cabecita de ángel...
Fuente: Tradiciones del hogar / Teresa Lamas Carísimo de Rodríguez Alcalá
Edición digital:
Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay), [s.n.], 1921.

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