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miércoles, 1 de septiembre de 2010

JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN - MEMORIAS O REMINISCENCIAS HISTÓRICAS SOBRE LA GUERRA DEL PARAGUAY -TOMO IV / Ed. digital: BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY


MEMORIAS O REMINISCENCIAS HISTÓRICAS
SOBRE LA GUERRA DEL PARAGUAY.
Autor:
JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Prólogos de
RICARDO CABALLERO AQUINO y
J. NATALICIO CARDOZO
NOTAS DEL MAYOR
ANTONIO E. GONZÁLEZ.
Editorial El Lector,
Colección Histórica Nº 22,
Tapa : LUIS ALBERTO BOH
Asunción – Paraguay
1987 (231 páginas)
Edición digital :
BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY
Edición digital basada en la
Edición Guarania, 1944. 234 pp.
Enlace:
IR AL INDICE
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INDICE
TOMO CUARTO

CAPITULO I
Reorganización del Ejército Nacional - Los dispersos de Lomas-Valentinas - Pasaje de éstos por el Estero Ypecuá - Penalidades - Nuevo reclutamiento - Nuevos cuerpos y divisiones - Piribebuy, Capital provisoria atrincherada - Arsenal en Caacupé - Academia - La escuadra enemiga penetra en Manduvirá - Movimiento del Ejército aliado.

CAPITULO II
Expansiones del Mariscal - Asalto al establecimiento de fundición de hierro en Ybycuî - El ejército aliado se acampa en Pirayú el 25 de Mayo - Entrega de banderas a las Legiones Paraguayas - Protesta del Mariscal por este hecho - Notas cambiadas con este motivo entre el Conde D.Eu y el Mariscal - Reflexiones sobre el juicio a que debe sujetarse éste.

CAPITULO III
Otros sucesos que han tenido lugar en el mismo mes de Mayo 1869, en los Departamentos de Concepción, Rosario y San Pedro - Traiciones - Combate de Tupí-hû, impropiamente denominarlo Tupí-pytá.

CAPITULO IV
Ataque del enemigo a la guardia de Sapucaí - Combate de Ybytymí - Ídem en el paso de Yuty o del Pirapó - Ídem en el Tebicuary - Libertad de numerosas familias arrestadas, por sospecha - Artificio trampa contra las locomotoras - Despedida del ministro norteamericano general Martín Mac Mahon - Tupí-pytá . Asalto y toma de Piribebuy por los aliados - Degüello del comandante Caballero y del jefe político don Patricio Marecos.

CAPITULO V
Caacupé y los Hospitales militares - El Sr. Parodi - Retirada del Ejército Nacional de Azcurra el 13 de Agosto de 1869 - Caraguatay - José del Rosario Miranda - Batalla del Campo Grande de Barrero, denominada de Rubio-Ñú - Combate en la boca del monte de Caraguatay el 18 de Agosto - Degüello de prisioneros - Persecución del enemigo - Arroyo Hondo - Parlamento.

CAPITULO VI
San Estanislao - Captura de espías enemigos - Conspiración descubierta - Fusilamientos de los comprometidos - Ascensos - Marcha a San Isidro (Curuguaty) - Capiíbary - Tendei.

CAPITULO VII
De Tendei-y a Igatimí - El Mariscal pide parecer para el enjuiciamiento de su madre doña Juana Carrillo de López - Marcó y su esposa procesados - Pancha Garmendia - La división del Coronel R. Romero se incorpora al Ejército - El Coronel R. Romero y Comandante José Páez parten a hacerse cargo de la columna de Tupí-pytá - Manuel Trifón Rojas - Incidente personal con el Comandante Gaona.

CAPITULO VIII
Campaña del Departamento de Villa Concepción - Romero y Páez : Proyectos de defección de éstos – El Coronel Genes y el Mayor Vicente Carmona reemplazan a aquéllos - Ejecuciones - Combate de Lamas Ruguá y dispersión de los que formaban la columna Tupí Pytá - Degüello de prisioneros por los aliados - Única remesa de ganado vacuno enviado por el Comandante Urbieta.

CAPITULO IX
Combate de Itanaramí - El hambre aumenta - Deserción del Sargento Mayor Manuel Bernal - Fábrica de aceite de las semillas de naranja agria - Orden de fusilamiento contra mí - Venta y toma de posesión de una gran zona de yerbales del Estado - Ejecuciones - Marcha de Arroyo Guazú a Zanja Hú – Deserciones - Los ríos Corrientes y Amambay - Chirimoya venenosa - Deserción de mi segundo el Mayor Ascurra: su
captura y ejecución - Punta Porá - Chirigüelo - Muerte de Venancio López.

CAPITULO X
CERRO CORA
Plano de Cerro Corá según datos del Coronel Silvestre Aveiro

CAPITULO XI
Matanzas después del combate - Muerte del Vicepresidente Sanchez, y de los Coroneles Caminos y Aguiar - Expediciones enemigas al Chirigüelo y a la costa de Amambay - Muerte del General Francisco Roa y del Coronel Delvalle con varios jefes y oficiales - Otros sucesos incidentales - En el Chaco y Puerto de la Asunción - Abordo del Cañonero Igüatimí - Del puerto de la Asunción a Río Janeiro.

APÉNDICE
Nº 1: Acuerdo entre los generales aliados para la contestación a la nota del 29 de mayo y 3 de junio de 1879 enviada por el Mcal. López.
Nº 2: Nota contestación de los generales aliados al Mcal. F. S. López.
Nº 3: Nota del Cnel. Centurión al Cnel. Silvestre Aveiro solicitando aclaración sobre su participación en el caso Pancha Garmendia.
Nº 4: Protesta dirigida al “Journal do Comercio” (no publicada) de Río de Janeiro por el Cnel. Silvestre Aveiro contra la manera con que le fue arrancada la declaración que dio a bordo de la cañonera “Iguatemí” el 23 de marzo de 1870.
Nº 5: Parte oficial del General José Antonio Correa da Cámara sobre su actuación en Cerro Corá.
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CAPÍTULO I : Reorganización del Ejército Nacional - Los dispersos de Lomas-Valentinas - Pasaje de éstos por el Estero Ypecuá - Penalidades - Nuevo reclutamiento - Nuevos cuerpos y divisiones - Piribebuy, Capital provisoria atrincherada - Arsenal en Caacupé – Academia - La escuadra enemiga penetra en Manduvirá - Movimiento del Ejército aliado.

La derrota del resto de nuestro ejército en Lomas Valentinas produjo la dispersión de los que habían podido salvarse de la muerte, o, no habían caído prisioneros. La mayor parte se desparramó en pequeños grupos en los bosques que circundan el Potrero-Mármol, para escaparse de la persecución del enemigo.
Cuando ésta cesó, marcharon por diferentes rumbos a Azcurra y otros puntos a ponerse nuevamente a las órdenes del Mariscal. Y como el enemigo en su afán de tomarlos prisioneros, había ocupado los pocos pasos por donde pudiesen fácilmente verificar su intento, muchos se vieron obligados a emprender su marcha a través del extenso y profundo estero de Ypecuá.
Dicho estero se extiende desde el Potrero Mármol hasta el Departamento de Carapeguá para luego desaguarse en el Río Paraguay, después de recorrer una distancia de 9 leguas más o menos. El lago Ypoá, uno de los mayores de la República, situado, entre los pueblos de Carapeguá, Quiindy y Caapucú por la parte oriental, y Oliva y Villa Franca por la parte occidental, es el que contribuye con sus aguas a la formación de aquel estero. Una gran extensión de la superficie del agua estaba cubierta de plantas acuáticas, bajo las cuales se ocultaban víboras y otros reptiles venenosos. Su profundidad general es de una y cuarta vara y tal vez más en algunos puntos. Hacia el centro existen algunos canales profundos por donde corre el agua con bastante fuerza y que sólo puede salvarse a nado o valiéndose de maromas.
Los dispersos, como llevamos dicho, se lanzaron en dicho estero a medio día, algunos de ellos bajo el tiroteo del enemigo que les seguía hasta la orilla, y, marchando toda la noche sin descanso, llegaron ya a la madrugada, a un banco o cerrito que había en medio del mismo. Después de un corto descanso, prosiguieron su penosa marcha, hasta encontrarse con las gentes de una pequeña guarnición militar que en una canoa hacían el pasaje de los que allí llegaban, al través de una gran extensión de agua o laguna, formada con el desagüe del Ypoá.
No es posible pintar las escenas de dolor y desesperación que se desarrollaron entre ellos durante aquel penosísima trayecto. Crueles fueron las penurias y sufrimientos que han tenido que soportar. En su mayor parte heridos y todos hambrientos, en un estado espantoso de debilidad; los unos, por supuesto, rendidos de cansancio, sucumbían ahogados; los otros que no podían andar más, se quedaban echados sobre gruesas matas de pajas que sobresalían de la superficie y allí morían de sus heridas; y muchos otros, quizás, a consecuencia de las mordeduras de los reptiles venenosos!... ¡Ah!...
El pasaje de Ypecuá es indudablemente una de las pruebas más terribles a que fue sometida la lealtad de los heroicos defensores de la Patria!... Llegaron a la banda opuesta ya a boca de noche.
El mayor Escobar (hoy general), con una herida en el pecho (La bala que quedó alojada debajo del brazo izquierdo, le fue extraída por el Cirujano Telles) y las dos manos destrozadas por una bala de fusil en los combates de Lomas Valentinas (El mayor Escobar en Lomas Valentinas, mandaba una división compuesta de los siguientes cuerpos: Batallones 6, 7, 12, 20, 21 y 40, cuyos comandantes fueran respectivamente Teniente Coronel Viveros, Sargentos Mayores Luján, Insfrán, Godoy, y Capitanes Oviedo y Filártiga. Todos fueron heridos muriendo algunos en los hospitales. De ellos sólo viven los dos últimos), venía entre los últimos que atravesaron aquel temible estero, y, notando que la guarnición militar mencionada, por la debilidad o flojedad de su jefe, dejaba mucho que desear en el desempeño de su comisión tomó algunas disposiciones enérgicas tendientes a activar aquella operación. Ayudado de los que [le] acompañaban, pudo montar un caballo que le facilitó el capitán Lara que en esos momentos llegó allí con la orden de llevar los caballos del Mariscal que se quedaron en el cerrito del estero, y se trasladó a Ñagotí, antiguo puesto del Estado que se halla a corta distancia de ese lugar, donde hizo carnear algunos bueyes que aún se encontraban en aquel establecimiento rural.
De los cueros que también había allí, Escobar mandó fabricar unos 6 botes (pelotas) con bastidores de maderas que luego sirvieron para acelerar el pasaje que se hacía con mucha lentitud en una sola canoa. Mientras tanto los sanos prepararon asados y cocinaron suculentos hervidos en unas ollas grandes que encontraron en la misma estancia, y dieron de comer a las gentes que venían llegando, y que juntas con las que llegaron antes, ascenderían a unos 300 o 400. De orden del mismo Escobar, los paseros retrocedieron con sus botes de cuero hasta lejos en busca de los que quedaron rezagados, o imposibilitados de marchar llevando una buena provisión de carne asada para reanimarlos con un poco de alimento de la postración en que se encontraban.
Al día siguiente, a la madrugada, regresaron, trayendo a todos los que se encontraban vivos, pues muchos de ellos ya habían muerto. Con el fin de proporcionar a los heridos elementos de transporte, Escobar se dirigió luego en persona a la autoridad de Carapeguá, a donde llegó en momento precisamente en que toda la población se preparaba para evacuar aquel pueblo. De acuerdo con el jefe político del Departamento, mandó recoger todos los caballos de la vecindad, otorgando un recibo a cada uno de sus dueños, y detener la partida de una porción de carretas cargadas de los muebles y cachivaches de las familias, y apelando a los sentimientos patrióticos y humanitarios de ésas, consiguió que se prestaran a conducir bajo su cuidado a uno o dos heridos cada una sobre la cordillera donde iban a dirigirse. De modo que hubo así caballos y carretas que fueron a buscar a los heridos, a donde se encontraban.
A su vuelta, los primeros fueron entregados a sus respectivos dueños, y las últimas aumentadas con muchas otras, siguieron luego viaje a su destino.
De esta manera fueron conducidos aquellos gloriosos defensores de la patria a Piribebuy, a la sazón capital provisoria de la República, donde fueron alojados y atendidos en los hospitales que allí se habían improvisado. (Estos hospitales se hallaban a cargo de los cirujanos Capitanes Wenceslao Velilla y Esteban Gorostiaga, hasta la toma de Piribebuy por los aliados)
Los sanos y levemente heridos, así que cobraron fuerza, siguieron adelante por distintos rumbos y fueron llegando a Azcurra en grupitos de 25 y 30 hombres. La llegada de estos dispersos en esta forma y por intervalos, había continuado en todo el mes de enero de 1869.
El mayor Escobar, con las heridas agusanadas, se trasladó a Cerro León.
Allí un practicante en cirugía se las curó. Al día siguiente en contestación al aviso que diera al Mariscal de su llegada a aquel punto, recibió orden para presentarse en Azcurra.
A pesar de la fiebre que tenía y la suma debilidad en que se encontraba, se puso enseguida en marcha. Cuando llegó, el Mariscal le recibió y juzgando por su aspecto que no podría permanecer mucho tiempo de pie le ofreció un asiento, mandándole traer de su rancho una taza de caldo. En cuanto bebió algunas cucharadas, quedó desmayado. Vuelto en sí, el Mariscal le hizo algunas preguntas sobre el pasaje de Ypecuá, y luego le dijo que se retirara a atender su salud bajo la asistencia de uno de los médicos del cuartel general. A la vez, mandó sacar con don Domingo Parodi un retrato de Escobar, tal cual se encontraba en ese momento. Se lo sacó sentado, sirviéndole de apoyo su espada, con una blusa de paño azul oscuro lleno de sangre y acribillada de balas y las dos manos vendadas y en cabestrillos. Parecía que el Mariscal quería de esta manera perpetuar en uno de los leales servidores de la Patria el ejemplo del más bello sacrificio en obsequio y defensa de ésta, como una emulación al heroísmo.
Esa misma ocasión, pero no el mismo día, el Sr. Parodi (Don Domingo Parodi de nacionalidad italiano era un botánico y químico distinguido de fácil palabra como orador y muy amigo del Mariscal.) sacó también los retratos de varios jefes y oficiales que se habían distinguido por su bravura en los combates, entre ellos del Mariscal sentado, con la espada envainada en la mano y la estrella de Caballero de la Orden Nacional del mérito prendida en el pecho izquierdo. Esa era la única condecoración que acostumbraba llevar durante toda la campaña. En ese retrato, aunque de un gran parecido, aparece el Mariscal bastante ceñudo y pensativo.
El Mariscal estuvo instalado en el bajo de Azcurra desde el primero de enero de 1869, fecha en que se trasladó de Cerro-León después de tres o cuatro días de permanencia allí, conforme dijimos al final del capítulo X del T. III, p 319. (La casa que ocupó era propiedad de un Sr. Ramírez, vecino y aún existe hasta el momento que escribimos este tomo . Año 1900.. (N. del A.))
Los espías o bomberos despachados en pequeñas partidas de 8 a 10 individuos a los departamentos comarcanos a vigilar el movimiento del enemigo, a su regreso traían los dispersos que se encontraban en aquellos, algunos de ellos, tal vez, sin ánimo de volver al lado del Mariscal, que de día en día, iba siendo más exigente en todo. Muchos de aquellos fueron víctimas a consecuencia de las acusaciones falsas que hacían contra ellos los espías, acumulándoles el cargo de que intentaban pasarse al enemigo. El Mariscal, dando fe a tales denuncias, y sin querer dar oídos o aceptar las explicaciones que daban en propia defensa, los mandaba pasar por las armas como traidores sin forma de procesos siquiera.
Una de tantas víctimas fue el capitán Fortunato Montiel, oficial pundonoroso que se había distinguido en los combates por su bravura, como todos los Montieles. Tenía el cuerpo lleno de gloriosas heridas, y, sin duda, el Mariscal queriendo proporcionarle algún descanso a fin de que sanara del todo de sus heridas, le nombró jefe político de Itauguá. Cuando la evacuación de este partido, encontrándose ya el Mariscal en Azcurra, Montiel se puso lentamente en marcha con unas cuantas carretas cargadas de víveres hacia aquel punto. Las avanzadas del enemigo llegaban hasta más allá de Patiño.
Los espías lo encontraron después de haber pasado Tacuaral y lo llevaron con la grave acusación de que iba camino para el campo enemigo.
Con este motivo fue engrillado y entregado a la custodia de una guardia situada a la orilla de un naranjal, donde se encontraban también presos otros más o menos por el mismo supuesto o imaginario delito. Yo estaba completamente ajeno de cuanto pasaba con respecto al capitán Montiel, así como a los demás, toda vez que yo, creo que nadie, había tenido que ver o hacer con ellos. Pero de repente, así que iba pasando hacia mi casita, el Mariscal me llamó y me dijo: - “Vaya a ver al capitán Montiel que está en tal guardia y hágale tal pregunta” (que no la consigno porque no la conservo en la memoria).
En cumplimiento de esta orden me trasladé al lugar de la guardia, y, previo permiso del oficial hablé con Montiel a distancia de unos 20 pasos de aquélla, parados los dos; y allí haciéndole presente el objeto de mi comisión y mi pesar al verle en el estado, le dije que esperaba que sin apartarse de la verdad, diera una contestación satisfactoria. En efecto, dio una explicación bastante razonable que, a mi juicio, dejaba insubsistente el contenido de la pregunta. Después de una demora de diez minutos, con el espíritu halagado de la esperanza de la próxima libertad de aquel valiente militar, regresé donde el Mariscal a quien informé de la contestación de Montiel repitiéndole las mismas palabras con que la dio. No bien acabé de hablar y con no poca sorpresa mía, el Mariscal, con la fisonomía toda demudada y dando un fuerte golpe con el pie al suelo, dijo con energía y voz airada, - “Miente ese pícaro!...” Enseguida, con una indicación de cabeza me dio venia para retirarme.
He ahí toda la intervención que tuve en el asunto de Montiel. Ya con posterioridad, supe después en el cuartel general que Montiel, como otros, acusados más o menos del mismo género de delito, habían sido pasados por las armas!... ¿A quién la responsabilidad por tan triste suceso? - A los espías en primer lugar, y segundo, al Mariscal, que daba crédito a los ligeros y falsos informes de aquellos a fin de estimular su celo, prescindiendo de mandar proceder a una prolija investigación para saber la verdad que hubiese en cada caso.
La misma suerte le cupo al subteniente Justo Balbuena.
Habiendo abandonado con la noticia de la aproximación del enemigo, el piquete o guardia que mandaba en Capiatá, se refugió solo en Itauguá que ya entonces estaba evacuando y, después de algunos días de permanencia en una casa abandonada fue encontrado y llevado por los espías.
Muchos o la mayor parte de esos dispersos no iban a presentarse en Azcurra, porque consideraban naturalmente que después de la derrota de Lomas-Valentinas la guerra había terminado, ignorando que el Mariscal hubiese salvado su vida de tan terrible desastre.
Es difícil, si no imposible hallar una razón que justifique la conducta del Mariscal en la matanza de tantos hombres, por motivos insignificantes que ni el estado de guerra en que nos encontrábamos podría darles el carácter de gravedad que fuera necesario para la aplicación de una pena tan tremenda. Cuando escuchaba alguna alegación a favor de aquellos desgraciados, víctimas con frecuencia de faltas por su ignorancia más que de ningún propósito malicioso o criminal, contestaba: “La Patria no necesita para su defensa de sus malos hijos!...” Si el resultado da el valor moral de nuestros actos como justificativos del fin que perseguimos, fácil es establecer la apreciación a que se presta un proceder que sobre ser injusto y cruel, cooperaba poderosamente a favor del enemigo, cuyo interés consistía en disminuir el número de los que le combatían para abreviar la consecución de sus propósitos.
Pero fuere ello como fuese, y, apartando por un momento la vista de tantos horrores, reasumamos la ilación de nuestro relato.
Con los dispersos que regresaban de Lomas Valentinas y los convalecientes de los hospitales, muchos de éstos aún no tenían sus heridas bien cicatrizadas, dio el Mariscal principio a la reorganización del ejército nacional, sirviendo a ella de base los pocos cuerpos regulares que se habían salvado por no haber tomado parte en los últimos combates.
En prosecución del mismo propósito y para elevar a alguna importancia el número del nuevo ejército, mandó hacer nuevos reclutamientos de viejos y muchachos de 14 y 15 años. Dispuso también que además de las guarniciones de Cerro León consistentes en dos batallones de infantería y un regimiento de artillería, se presentasen en Azcurra las de Carapeguá, Caapucú, Caacupé, San José y otros lugares. De esta manera, cuando el ejército aliado se acampó en Pirayú (25 de mayo de 1869), ya el mariscal contaba con 12.000 hombres organizados con 18 piezas de artillería de plaza y otras tantas ligeras de campaña.
Cerro León no fue del todo evacuado. Cuando fueron llamados a Azcurra los cuerpos que allí se encontraban, quedó una guarnición de 660 hombres al mando del mayor Sosa, - (después coronel).
Las nuevas divisiones llevaban los nombres de los jefes que los mandaban y eran las siguientes:
División Carmona, compuesta de 3 batallones;
Idem Franco “ “ 3 “
Idem Delvalle “ “ 3 “
Idem Escobar “ “ 4 “ (6,7,20 y 21)
A más de estas divisiones, había algunos cuerpos sueltos tales como los batallones Riflero, Maestranza, Suelto, San Isidro, Marinos y Acãmorotí. Todos éstos ascendían a unos 4.000 hombres próximamente. Los batallones que componían las divisiones ya mencionadas no habrán tenido arriba de 300 a 350 plazas cada uno. - Estos cuerpos organizados, que como dijimos, han servido de base a la reorganización del ejército, han estado al principio bajo el mando en jefe del capitán Romualdo Núñez, inclusive toda la artillería, hasta que sus respectivos jefes que seguían en los hospitales, curándose de sus heridas fueron declarados de alta y volvieron al servicio activo.
También había una división de caballería compuesta de los regimientos 1º, 5º, 11º, 12º y 24º, al mando en jefe del general Caballero que hacía el servicio de vanguardia en la parte norte del arroyo Pirayú. La primera brigada formaban el 1º y 5º al mando del comandante Genes y la 2ª formaban el 12º y 24º al de igual clase Victoriano Bernal.
Su guardia avanzada, con dos piezas de artillería ligera estaba colocada en la estación de Tacuaral. La del enemigo llegaba a veces hasta allí, encontrándose acampada su vanguardia sobre el puente Yuquiry. El servicio de avanzada hacía el regimiento 11 al mando del mayor Anselmo Cañete.
Una ocasión, una partida de descubierta enemiga se adelantó hasta muy cerca de la estación, trayendo por delante, con gente armada, la máquina o locomotora del ferrocarril de Asunción a Paraguarí. Se tirotearon con los nuestros; pero cuando vieron que entre las balas de fusil iban también algunos tiros de cañón, retrocedieron precipitadamente.
Las disposiciones defensivas tomadas por el Mariscal, autorizan suponer que alimentaba la creencia en que el enemigo, al abandonar la capital para proseguir su campaña, trataría de iniciar sus operaciones contra nuestra posición con un movimiento envolvente por Altos o Atyrá, en orden a cortarnos la retirada y comprometernos a una batalla definitiva. Llevado sin duda, de esta persuasión atendió con preferencia su derecha, extendiendo por las altas cumbres de la cordillera su línea de defensa hasta el paso de Atyrá.
A la izquierda de esta línea se encuentra el pueblo de Piribebuy, y habiendo sido declarado por el Mariscal capital provisoria de la República poco antes de los combates de Lomas Valentinas, el vicepresidente, don Francisco Sánchez, en virtud de orden que recibió, se trasladó allí de Luque con todos los empleados civiles y judiciales, el tesoro y archivo nacionales y una gran cantidad de alhajas de oro y plata pertenecientes a las iglesias de Asunción.
Alrededor del pueblo se mandó levantar una trinchera, defendida por 1.600 hombres de infantería y 12 bocas de fuego, al mando del teniente coronel Pablo Caballero. Piribebuy se encuentra en una hondonada, dominada por consiguiente por terrenos de mayor elevación. Esta circunstancia natural hacía que aquella posición fuese poco aparente para verificar una resistencia eficaz contra un ataque serio del enemigo.
Por aquel mismo tiempo en que se dispuso el cambio del asiento del P. E. se ordenó también la traslación de la mayor parte del arsenal de la capital a Altos por la laguna de Ypacaraí.
Muchas de las piezas fueron abandonadas en las playas por falta de elementos de movilidad y buena disposición. Pero el Mariscal, tan pronto como se instaló en Azcurra en vista de la necesidad de improvisar elementos de defensa dio orden al general Resquín para que, sin pérdida de tiempo hiciese conducir aquellos útiles o piezas de máquinas a Caacupé. Así lo hizo, estableciéndose allí en poco tiempo una fundición donde fueron vaciados 18 obuses cortos de bronce, y 2 cañones de a 3 rayados destinados al uso de la caballería.
Estos trabajos fueron ejecutados bajo la inmediata dirección del alférez Giménez y el capitán Thompson, ambos de nacionalidad paraguaya. Durante el mes de enero de 1869 hubo muchos ascensos de jefes y oficiales para reemplazar a los que habían muerto en los últimos combates, o que habían caído prisioneros. Así mismo fueron varios condecorados con las insignias de la orden Nacional del Mérito, entre quienes iba incluso el que escribe estos apuntes, confiriéndosele la estrella de oficial de dicha orden.
Cuando hubo terminado la organización de los cuerpos, a fin de adiestrar a las tropas en el manejo de armas y evoluciones tácticas, hacían parte de tarde ejercicios en una planicie abierta que quedaba más abajo del cuartel general, y era sorprendente el progreso que hicieron en agilidad y porte marcial en breve tiempo, al grado de inspirar una fundada esperanza de que su comportamiento futuro en los combates sería digno de los que le precedieron. (Ver Anexo)
Sin embargo, los repetidos reveses que sufrió el ejército nacional en los campos de Villeta, no pudieron menos que quebrantar el espíritu tanto de los jefes como el del resto de las tropas. Por esta razón, no bastaba atender solamente la disciplina y la organización material de éstas, a fin de responder satisfactoriamente a las reglas tácticas en las acciones, sino también . y tal vez esto sea lo más importante, procurar de alguna manera mejorar su moral, inculcándole los principios de los rigurosos deberes que impone el patriotismo y el honor en frente del enemigo. Es sabido que el soldado instruido en las máximas de la moral militar, arrostra y soporta todo cuando se trata de la gloria y del honor de la patria: fatigas, hambre, sed y penalidades de todo género, sufre con paciencia y resignación sacando fuerza y vigor de los grandes recuerdos que se registran en a historia de la religión cristiana y de los ejemplos de heroísmo que nos han transmitido los anales de los pueblos más cultos que honraron con sus virtudes, su ciencia y civilización a la humanidad.
El Mariscal, al parecer, penetrado de esta necesidad, estableció una especie de Academia o Conferencia, donde se reunían los jefes superiores y comandantes de cuerpos a discutir y cambiar ideas sobre asuntos relativos a disciplina. Para esto, el Mariscal que asistía en esas reuniones diarias manifestó el deseo de que cada uno expusiera las medidas que hubiese tomado en el sentido de mejorar las condiciones físicas y morales de sus tropas, acordando libertad para la emisión de las ideas y opiniones acerca de los puntos en discusión. No obstante esta manifestación, brillaba en aquellas reuniones la elocuencia del silencio: primero por la falta de costumbre de discutir en asamblea, y segundo por la falta de garantía de que los conceptos u opiniones emitidos no tuviesen para su autor más consecuencia que la refutación.
Pero desgraciadamente, en filosofía histórica es ya una verdad indiscutible con carácter de axioma que un elemento de mejora o de progreso en manos de los déspotas se corrompe o degenera, convirtiéndose en nuevo instrumento de opresión y tiranía. La conferencia que en su origen era buena, útil y necesaria, muy luego resultó que no era sino un medio escogido para sondear y descubrir los verdaderos sentimientos de los concurrentes respecto a la dirección y marcha de la defensa nacional.
En corroboración de esta verdad, tenemos el caso del capitán Alberto Cálcena que en una reunión de los oficiales de su cuerpo (porque debo advertir que también era permitida dicha conferencia en los cuerpos), usando de la especie de libertad que se había acordado, criticó las operaciones llevadas a cabo en los campos de Villeta, manifestando que el Mariscal se había equivocado en mandar librar combates aislados, y que mejor resultado hubiera dado si hubiese concentrado todas las fuerzas que tenía en Lomas Valentinas, y las hubiese hecho pelear juntas.
Entonces uno de los presentes contestó:
- El Mariscal no puede equivocarse...
- El Mariscal, repuso Cálcena, es un hombre como cualquier otro, y por consiguiente, susceptible de equivocación. Sólo Dios no puede equivocarse, y él no es Dios!...
Este incidente llegó a oídos del Mariscal, y Cálcena fue condenado a andar sin espada por mucho tiempo. Esto sin citar los casos en que el Mariscal contestaba con agudeza y tono reprensivo a cualquier opinión o manifestación que en algo contrariase su modo de pensar. De esta manera la presencia del Mariscal en la reunión, equivalía a una coartación de la libertad que era indispensable para el desenvolvimiento del objeto con que se había fundado la Conferencia o Academia, y, muy en breve, como consecuencia natural, dejó de funcionar, y desapareció.
***
Una división de la escuadra enemiga, compuesta del acorazado Bahía, los monitores Alagõas, Ceará, Pará, Piauhy y Santa Catharina, y los cañoneros Ybahy, y Mearim al mando del barón del Pasaje, partió de la Asunción aguas arriba en el mes de enero, con el propósito de perseguir y apoderarse del resto de nuestra escuadra, consistente en unos 6 vapores. Cuando aquéllos estuvieron a la vista y apresuraron su marcha para dar caza a nuestros débiles buques, éstos penetraron en el Manduvirá, y para librarse de su persecución, echaron a pique al Paraguari en una de las partes más estrechas de la desembocadura de aquel río en el Yhagüy. Debido a esta operación, los monitores enemigos se vieron obligados a retroceder, y los nuestros continuaron navegando tranquilamente hasta llegar por el Yhagüy frente a la capilla Caraguatay.
Estos buques, antes de marchar de la Asunción, fueron desarmados. El encargado de esta operación fue el capitán Romualdo Núñez quien organizó un batallón con sus tripulantes montando en cureñas portátiles los cañones desembarcados. Dicho batallón, junto con el de Maestranza y el que mandaba el mayor Franco, constituían la guarnición de la capital en aquella época. De modo que sólo quedaron 30 hombres al mando del teniente Viera, en uno de aquellos para conducir aguas arriba los demás y cuidarlos hasta nueva determinación. (La guarnición de la Capital, que marchó para Lomas Valentinas, volvió del camino de Yaguarón para Azcurra, según dijimos al final del Cap. X, T. III, Pág. 319.)
Por la poca profundidad del Manduvirá, y la estrechez de su cauce o canal en algunas vueltas, sólo pudieron penetrar en él los monitores. Persistente en su empeño el barón del Pasaje de apoderarse de nuestros buques, remontó aquel río hasta la altura del pueblo de Caraguatay, donde éstos estaban anclados.
El Mariscal, informado de la presencia de los monitores brasileños en el mencionado puesto y de que el río bajaba, formó el proyecto de apoderarse de ellos. Con este fin, despachó de Azcurra el batallón de marina al mando del capitán de fragata Romualdo Núñez, con instrucción de incorporarse un regimiento de caballería (acãmorotí) que, a las órdenes del mayor Montiel, exploraba la costa del Yhagüy, y de obstruir el paso de Garayo, o cualquier otro bastante estrecho, a fin de impedir que pudiesen regresar los buques enemigos.
El capitán Núñez, en cumplimiento de su comisión, mandó echar en el mencionado paso, carretas encadenadas, gran cantidad de piedras arrancadas del cerrito de ese mismo punto y gruesos trozos, y ramas de madera fresca cortados en los bosques vecinos.
Pero una fuerte y continuada lluvia que cayó hizo crecer el río extraordinariamente, permitiendo a los monitores descender sin dificultad, burlándose de los obstáculos que con tanto trabajo había mandado colocar el capitán Núñez. Las tropas colocadas a la costa del río, le hicieron fuego al pasar; pero sin causarles el menor daño.
A principios de mayo 1869, el ejército aliado que ocupaba la Asunción, empezó a ponerse en movimiento, acampándose, primero, en Yuquyry, más allá de Luque, y luego extendió su línea hasta Patiño-cué. Desde allí, los jefes aliados lanzaron varias partidas exploradoras a los departamentos vecinos:
Itauguá, Itá, Yaguarón y Capiatá, y también al interior, hasta el departamento de Ibycuí; cometiendo en todos esos pueblos actos de violencia censurable ante los ojos de la civilización moderna.

ANEXO
ANÁLISIS DEL MAYOR ANTONIO A. GONZÁLEZ

La reorganización del Ejército nacional en este último período de la cruenta campaña, constituye uno de los capítulos más interesantes de la guerra al Paraguay, si no por las enseñanzas de orden meramente técnico, por las de orden moral.
El coronel Centurión, testigo y actor en esos hechos, como que ya ocupa durante este período final de la guerra el importante cargo de Jefe de la Mayoría del Cuartel General, describe los sucesos con conocimiento mucho más profundo que los anteriores.
Su posición espiritual, según se deja ver ahora, varía casi diametralmente con respecto a la que venía ocupando forzadamente hasta ahora, y en esta variación indudablemente influyen dos circunstancias: la visión cercana de los hechos desde una ubicación central y más elevada que antes, y el posterior despertar de la conciencia nacional, que se produce precisamente cuando Centurión asume la tarea de escribir el cuarto tomo de su obra.
Después del aniquilamiento total del Ejército nacional en la breve pero terrible campaña de la zona de Villeta, todo indicaba que la guerra no podría ser proseguida. Así lo entendió el mariscal de Caxías: el Paraguay parecía haber recurrido a todos sus recursos en hombres, en economía y en fuerzas morales en los cuatro años de lucha agotadora, y una lógica elemental dejaba deducir que la retirada del Mariscal López perseguía como finalidad su desaparición definitiva del escenario nacional y el sometimiento del Paraguay.
Sin embargo, el Jefe brasileño se equivocaba rotundamente: a pocas semanas de su enfática declaración de haber concluido la guerra y de la entrada triunfal de los ejércitos aliados en Asunción, se producía el hecho más sorprendente de toda la campaña: el Ejército paraguayo, bajo la dirección de su invencible caudillo, surgía como por encanto en la Cordillera, proclamando con los hechos que la guerra estaba lejos de su fin.
¿De dónde y de qué Nación y el Mariscal extrajeron hombres y recursos para la organización del último Ejército? De la tremenda voluntad del Mariscal y de la decisión no menos tremenda de su pueblo que se sentía unido a su Jefe. De un conjunta de valores morales, de una energía incomparable que alguna vez constituirá el más valioso patrimonio de América.
El Ejército de 1869, el último Ejército paraguayo, no podía tener la solidez del que había desaparecido en Itaihvaté: su personal era en gran mayoría ancianos, heridos convalecientes y niños de corta edad. Su material para vivir y para combatir era ilimitadamente exiguo.
El coronel Centurión relata con frases de gran belleza realista, los increíbles esfuerzos del mayor Escobar (el sargento de infantería ascendido a alférez al día siguiente de Curupaihtíh, que después de la guerra llegaría a general de división y a presidente de la Nación) para salvar y agrupar a los heridos que huían de Itaihvaté, y para conducirlos al lugar en que el Ejército nacional renacía. Nos relata también los no menos increíbles trabajos para transportar algunas máquinas del antiguo arsenal de Asunción a través del lago Ihpacaraí y de la Cordillera hasta Ca.acupé, y la extrema penuria de oficiales para encuadrar las nuevas unidades.
La base del personal fue dada por algunas pequeñas unidades de veteranos que no alcanzaron a combatir en la última batalla: el batallón Maestranza, restos del Rifleros, restos del famoso regimiento Acãcarayá, los marinos agrupados en batallón y la guarnición de Asunción. Los huidos de Itaihvaté, los escapados desde el día siguiente de la victoria aliada, los heridos convalecientes y los reclutas de la campaña constituyeron el resto del nuevo Ejército nacional.
Se ha dicho que el Mariscal, en el ansia innoble de sostener su mandato por algún tiempo más, impuso medidas de tremendo rigor para obligar a niños y ancianos a presentarse al Cuartel General. La mentira vergonzante, hechura de gente de espíritu inferior a la magnitud de los hechos, se deshace de por sí misma: el Mariscal, sin Ejército, casi solo, frente a un adversario que tenía el dominio libre de todo el país, carecía de recursos y de medios para imponer su autoridad. Nada más fácil al pueblo paraguayo, que huir a los bosques esperando la ayuda del vencedor y eludiendo el llamado del Jefe supremo.
La inmensa mayoría de los niños y de los ancianos que concurrieron de todas las comarcas del interior para tomar las armas, lo hicieron voluntariamente: las propias madres acompañaban a sus hijos y los presentaban al Mariscal personalmente, e invariablemente se despedían de ellos, de regreso al hogar, encargándoles repetidas veces que nunca eludiesen el cumplimiento del deber y especialmente que jamás, que en ningún caso, se mostraran cobardes frente al enemigo, so pena de maldición materna.
Como es bien sabido en el Paraguay y aún más en el viejo Paraguay, la maldición de la madre vale tanto como la excomunión.
¿Qué finalidad perseguía aquel caudillo de poderosa voluntad, aquellos soldados desarmados, heridos, imberbes o canosos, aquellas madres animosas que apretaban el corazón para no llorar al hacer la señal de la Cruz sobre las cabezas infantiles? El Jefe y el pueblo bien sabían que la victoria era imposible, inalcanzable; ya no se podría ganar la guerra, ni siquiera merced a un milagro: se trataba simplemente de combatir hasta sucumbir, sin aceptar ni la derrota ni la piedad del vencedor, para legar a la Nación una herencia moral que pudiera superar al vencimiento inevitable. La finalidad que se propusieron el caudillo, el soldado y las madres, es decir el Ejército nacional de 1869, fue alcanzada ampliamente: la Nación paraguaya debe su existencia al sacrificio de aquella generación de mártires.
La base material del Ejército fue insignificante y su acumulación y preparación ofrecen interesantes aspectos morales. En enero de 1869 no había artillería ninguna: todo se había perdido en las Lomas Valentinas.
Durante enero y febrero, el Mariscal pudo alistar algunas pequeñas piezas volantes de las fundidas en los arsenales de Asunción y de Ihvihcu´i, agregándoles cureñas de circunstancias, y emplazándolas en la falda de la Cordillera. En Ca´acupé el capitán Carlos Thompson, de antigua familia paraguaya, vació, taladró y rayó buen número de piezas de campaña, con máquinas llevadas anticipadamente de Asunción.
Los fusiles eran escasísimos y apenas había munición y pólvora. La compostura proveyó alguna cantidad, y soldados se ofrecieron para cruzar el gran Estero Ihpecuá, llegar a las Lomas Valentinas y recoger los fusiles abandonados durante las batallas anteriores de diciembre. Esta hazaña, que no deja de tener sus ribetes de jocosidad, permitió obtener más de 700 fusiles amén de abundante munición y equipo. No obstante, la mayor parte del personal sólo recibió como toda arma o un machete o una lanza: el combate de los cuerpos de lanceros a pie debía consistir en clavar el regatón contra el pie izquierdo, inclinar el busto hacia adelante doblando la pierna derecha y recibir al caballo enemigo con la punta de la lanza, esquivando el mandoble para después aniquilar al jinete en combate a pie, a machete o a cuchillo.
Esta fue la instrucción que se impartió a la mayor parte de los reclutas, niños y ancianos del Ejército de 1869, y con esta táctica de landsquenete se dieron las últimas batallas de la campaña.
La solidez de los mandos debió resentirse a consecuencia del gran número de ascensos en los cuadros inferiores y en la tropa, y asimismo, la organización de las unidades inferiores y operativas tuvo que sufrir la influencia de la enorme escasez de personal y de material: la constitución de cuatro divisiones de igual número de batallones y de efectivos, da idea de que en esta faz de la campaña, el Mariscal amolda la organización más a los fines de instrucción que a los operativos. En efecto: tan pronto el enemigo reinicia sus marchas ofensivas, el Ejército paraguayo tendrá que adaptarse en cada caso a las imposiciones de las misiones operativas y estratégicas a cumplir en cada caso, y de esta manera, en ninguna de las campañas de 1869, veremos operando a una o varias de las Divisiones constituidas en Ascurra, sino a Divisiones constituidas de acuerdo a las circunstancias, más o menos numerosas en batallones y en regimientos conforme a la tarea a desarrollar.
La pasividad del enemigo contribuyó en mucho para conceder al Mariscal el tiempo que necesitaba para la organización del nuevo Ejército. Esa inactividad sin duda obedeció a varias causas: la necesidad de descanso después de los intensos esfuerzos que significaron las marchas por el Chaco y las duras luchas de diciembre anterior, las grandes pérdidas sufridas en estas luchas, y finalmente, la sensación de que la guerra había concluido y las complicaciones de orden moral que surgieron ya en el personal, ya en la organización, ya en la actividad del Ejército brasileño, con motivo del alejamiento del marqués de Caxías y de la asunción del comando en jefe por el conde D.Eu.
Sin embargo, ni la fatiga, ni las pérdidas, ni las complicaciones, ni ninguna otra causal de estos géneros, ni todas ellas reunidas, son suficientes para explicar satisfactoriamente la inactividad del Ejército brasileño en este período de la campaña. El hecho cierto, que permanece en la oscuridad, cuando menos desde un punto de vista exclusivamente militar, es que los aliados, podrían haber concluido la guerra en los dos primeros meses de ese año, ya que durante todo ese tiempo no sólo podrían dominar todo el interior del país con su caballería, impidiendo la reunión del nuevo Ejército paraguayo, sino también carecían de adversario digno de consideración en su frente. Las razones de esa inactividad, en consecuencia, deben ser buscadas en otro terreno que el militar, acaso en el político y aún en el sentimental.
Abandonemos este ingrato aspecto de la conducción de la guerra, y continuemos ya con las consideraciones sobre el nuevo y último Ejército que el Mariscal aprestaba para la campaña final.
¿Cuál era el efectivo del Ejército de Ascurra? En páginas más adelantadas, Centurión nos habla de 12.000 hombres en la segunda quincena de agosto, cuando la retirada en dirección al Norte. A esta cantidad, habrá que agregar las siguientes: 1.300 en Tupijhû a órdenes del coronel Galeano, 1.600 perdidos en Pirivevui el 12 de agosto, 1.600 bajas habidas de enero a agosto en las breves campañas de Ihvihtihmí y Tevicuaríh, y aproximadamente otros 1.000 de pequeñas guarniciones alejadas (Ihvihcu´i, Villarrica,
etc.). El total sería pues de unos 17.000 hombres.
Pero en este caso como en el de los efectivos dados en el comienzo de la guerra, es fácil descubrir que las cantidades han sido abultadas en mucho: en el desarrollo posterior de la campaña, esos 17.000 hombres no aparecen por ninguna parte. Se diluyen en el vacío sin dejar rastro.
El efectivo total del Ejército de 1869, comprendiendo los destacamentos del Norte (Concepción, Tupijhû) y del Sud, no pudo ser más de 11.000 a 12.000 soldados.
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(TOMO IV)
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en la Biblioteca Virtual del Paraguay
basado en la edición 1944 de
EDITORIAL GUARANIA.
Asunción Paraguay
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Con el auspicio de FONDEC
(Fondo Nacional de la Cultura y las Artes)
Viceministerio de Cultura
Ministerio de Educación y Cultura
Asunción, setiembre de 2005.

martes, 31 de agosto de 2010

JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN - MEMORIAS O REMINISCENCIAS HISTÓRICAS SOBRE LA GUERRA DEL PARAGUAY -TOMO III / Ed. digital: BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY


MEMORIAS O REMINISCENCIAS HISTÓRICAS
SOBRE LA GUERRA DEL PARAGUAY. – TOMO III
Autor:
JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Prólogos de
RICARDO CABALLERO AQUINO y
J. NATALICIO CARDOZO.
Editorial El Lector,
Colección Histórica Nº 21,
Tapa : LUIS ALBERTO BOH
Asunción – Paraguay
1987 (288 páginas)
Edición digital :
BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY
Edición digital basada en la
Edición Guarania, 1944. 291 pp.
Enlace: IR AL INDICE


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ÍNDICE
TOMO TERCERO
NOTAS DEL MAYOR ANTONIO E. GONZÁLEZ

CAPÍTULO IMovimiento de flanco del Ejército Aliado. - Su marcha de Tuyutí a Tuyucué.- Regreso del General Mitre al Ejército Aliado.- La Escuadra brasilera pasa Curupaity.

CAPÍTULO II

Combate con tropas enemigas conduciendo un convoy a Tuyucué.- Combates de Isla Taiy y Tataybá.- Asalto e incendio del campamento aliado de Tuyutí.- Prisioneros de guerra y trofeos.- Reflexiones.

CAPÍTULO IIIEl comandante Núñez es enviado al Tebicuary a guarnecer el paso principal de este río y hacer pasaje de ganado al Chaco.- Los habitantes del Norte del Arroyo Hondo se trasladan al Norte del Tebicuary.- Expediciones enemigas al Departamento del Pilar.- Ataque y toma de esta villa por fuerzas brasileras.- Heroica defensa de la misma.- Simón Antonio Villamayor y D. I. Ayala.- Concentración de nuestras fuerzas en Paso-pucú.- Fundación del campamento y batería de Timbó.- Mrs. Cochelet y Cuverville cónsules de Francia.. Mr. Chaperon, cónsul de Italia.- Mi nueva caída.- Paso-po.i.- Obsequio del pueblo al Mariscal - Muerte del doctor D. Mareos Paz, Vicepresidente de la República Argentina.- Mitre deja el mando del ejército aliado y se ausenta para Buenos Aires.- Asesinato del General Flores en Montevideo.- Fundación del reducto de Cierva.

CAPÍTULO IVLa escuadra encorazada brasilera pasa Humaitá.- Asalto y toma del reducto Cierva.- Evacuación de la Asunción, trasladándose el Gobierno con todas las oficinas administrativas a Luque.- Los encorazados Bahía, Barroso y Río Grande do Sul, suben aguas arriba hasta la Capital al siguiente día que forzaron el paso de Humaitá.- Incidentes curiosos.- Asalto por una fuerza de caballería en canoas a los encorazados fondeados entre Humaitá y Curupayty.- El Mariscal se retira al Chaco y sigue viaje hasta Monte Lindo y de allí a San Fernando.- El enemigo ataca nuestra línea del Espinillo y la del Sauce.- Evacuación de estas posiciones por nuestras fuerzas, así como la de Curupayty.- Nuestra partida de Paso-pucú a Humaitá y viaje nocturno de aquí a Timbó y de este punto a San Fernando.

CAPÍTULO VSitio de Humaitá.- Combates en el Chaco - Osorio ataca Humaitá. - Acáyuasá.- Evacuación de Humaitá.- Pasaje de la laguna Iberá.- Ataque nocturno en canoas sobre los encorazados en Taíy.- Rendición del resto de la fuerza que formaba la guarnición de Humaitá.- Desocupación del Chaco.- Los aliados intentan ocupar el paso del Bermejo e impedir la retirada de Caballero y su incorporación con el grueso del ejército.

CAPÍTULO VISan Fernando - Evacuación de Matto-Grosso

CAPÍTULO VII
El Mariscal abandona San Fernando y se marcha con todo su ejército al Norte del arroyo Piky-syry. – Mi protesta de inocencia ante el Mariscal y su contestación. - Combate en el Paso del Tebicuary.- El Capitán Bado.- Abandono del Fortín.- Los encorazados.- Construcción de las trincheras de Pikysyry y de Angostura.- La escuadra brasilera opera contra ésta. - Combate sangriento de Surubi-y. - El ejército aliado acampa en Palma.

CAPÍTULO VIIILos aliados resolvieron dar un movimiento estratégico por el Chaco para atacar nuestra posición por la retaguardia.- Expedición al Chaco a las órdenes del Capitán Patricio Escobar.- Los encorazados pasan al Norte de Angostura.- Buques de guerra de potencias neutrales.- Llegada del General Mac Mahon.- Principio de mi rehabilitación.- Porter Cornelio Bliss, autor de un famoso y erudito folleto contra Washburn.- Libertad de Bliss, Mastermann y Libertat.- Formación de una reserva importante.- Reflexiones.

CAPÍTULO IXDesembarco del enemigo en San Antonio.- Batalla de Ytorõrõ.- Operaciones de la escuadra brasilera.- Sus averías.- El Barón del Pasaje procede a un reconocimiento prolijo desde San Antonio hasta la Asunción.- Bombardeo por 2ª vez a esta ciudad.- Batalla de Avay.- Las espuelas y poncho de Caballero.- Fuerza que tomó parte en la batalla.- Nuestras pérdidas y las del enemigo.- Abusos con las mujeres.

CAPÍTULO XEl ejército brasilero después de Abay se retira a Villeta.- Fortifican la parte occidental de ésta.- El General Mena Barreto practica un reconocimiento hasta Pirayú.- Construcción de nuevas fortificaciones.- Abandonadas.- Angostura transformada en reducto.- Itaybaté y sus trincheras.- El Coronel Vasco Alves sorprende al regimiento 45 de nuestra caballería.- Reconocimiento del marqués de Caxías el 18 de diciembre.- Toma posición frente de Itaybaté.- Los brasileros arrebatan y llevan los animales de nuestro abasto.- Muerte del Comandante Roa.- Ataque de Lomas Valentinas el 21 de Diciembre de 1868.- Siete días de combate.- Fusilamiento del Obispo Palacios, del General Barrios y de Benigno López.- Toma de la trinchera de Pikysyry - Intimación de los jefes aliados al Mariscal y elocuente contestación de éste.. Ataque del ejército argentino a Lomas Valentinas el 27 y derrota del Mariscal.- Llegada a Cerro-León.

CAPÍTULO XI
Sitio de Angostura

APÉNDICE
Carta del Vicepresidente don Francisco Sánchez al Mariscal don Francisco S. López levantando cargos que éste hacía pesar sobre él con motivo de la conspiración
Cartas justificativas
Nota del Ministro Caminos al Ministro Americano Mr. C. Washburn
Nota de Mr. Washburn dirigida al Mariscal desde a bordo del “Wasp”
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CAPÍTULO I
Movimiento de flanco del Ejército Aliado.. Su marcha de Tuyutí a Tuyucué.- Regreso del General Mitre al Ejército Aliado.- La Escuadra brasilera pasa Curupaity.

Hemos visto que el General Mitre, antes de la toma de Curuzú, había aceptado de mal grado la idea de atacar nuestra posición por la derecha, y como prueba de que no había tenido predilección por ese plan, hemos aducido el hecho de que esa operación se había llevado a la práctica sin que en ella haya tomado parte un solo argentino; mas, después del éxito obtenido, parece haberse operado en su ánimo una reacción que le hizo cambiar de idea, concibiendo la posibilidad de que por Curupayty pudiese estrechar al Mariscal hasta obligarlo a refugiarse en la fortaleza de Humaitá, cuya caída constituía la más decidida aspiración de los aliados para la terminación de la guerra.
Pero el descalabro que sufrió el ejército aliado en el asalto de Curupayty, que tuvo, como dije, una resonancia terrible para la alianza, le hizo volver sobre su antigua idea, reasumiendo el plan de operar por nuestra izquierda, como el medio más seguro de conseguir la realización del objetivo en perspectiva.
En efecto, antes de ausentarse del ejército en el mes de Febrero de 1867, Mitre dejó al marqués de Caxías encargado, mientras durara su ausencia, del mando en jefe de todo el ejército aliado, acordando con él sobre la ejecución del plan de operaciones que había concebido, con promesa de enviarle desde Buenos Aires una memoria, para el caso en que se prolongase su ausencia del teatro de la guerra. No fue enviada la memoria; pero en cambio, dirigió al marqués una extensa carta con fecha 17 de Abril de 1867, en que resumía y explicaba todas las operaciones que deberían practicarse con arreglo al plan, urgiéndole al mismo tiempo para que las iniciara definitivamente. Al acusar recibo de dicha carta con fecha 30 de Abril del mismo año, y al mencionar las causas que habían retardado la práctica de las operaciones, el marqués expuso como la principal, los estragos del cólera morbus que hasta esa fecha había llevado del ejército brasilero 2000 hombres, entre éstos 100 oficiales, y que aún continuaba haciendo 30 víctimas diarias.
Consistía dicho plan en ejecutar con la mayor parte del ejército aliado un movimiento de circunvalación de Tuyutí a Tuyucué, de manera a completar por tierra el sitio de la fortaleza de Humaitá, o sea de todo el cuadrilátero que ocupaba nuestro ejército como avanzada de ésta. Una de las bases principales de este plan, era el pasaje de Curupayty y Humaitá por la escuadra brasilera, a fin de impedir la comunicación libre de nuestros vapores por el río Paraguay con esta última, y tener, en lo posible, garantida la suya por el mismo río, el cual llegaba a constituir una nueva base de las operaciones del ejército aliado.
El marqués de Caxías había comenzado los preparativos para el movimiento de flanco en todo el mes de mayo y junio de 1867; pero recién el 22 de julio emprendió la operación, marchando de Tuyutí para Tuyucué con una fuerza compuesta más o menos de 38.500 hombres de las tres armas.
El General Osorio, que había llegado con su columna a mediados de junio, llevaba la vanguardia. Quedó guarneciendo Tuyutí una fuerza de 13.000 hombres a las órdenes del General Porto-Alegre.
El ejército brasilero en marcha, siguió primero la costa del Paraná hacia arriba, y luego atravesó el Bellaco en Paso-Canoa, donde chocó su vanguardia con la nuestra acaudillada por los mayores Medina y Rolón, resultando de la escaramuza algunos muertos de una y otra parte.
Por una mala inteligencia entre los jefes aliados, el ejército argentino marchó por la derecha del Bellaco, sin que, debido a esta circunstancia, pudiese recibir ninguna protección del brasilero en caso de un ataque repentino de parte de los paraguayos. Al Mariscal López no podía ocultarse el designio del enemigo al ejecutar aquel movimiento, y a esta virtud, no deja de ser extraño que no haya hecho nada absolutamente para entorpecer aquella marcha que se prestaba a un golpe, dado el orden en que se hacía. Un ataque a la columna argentina en esa ocasión, hubiera producido tal vez desmoralización entre los aliados, cuya consecuencia hubiera sido funesta a
sus planes. (Al Mariscal no podía pasarle desapercibido el designio del alto mando enemigo, en esta ejecución del envolvimiento operativo del sistema fortificado de Humaitá. El conocer y sospechar los designios operativos del enemigo sólo constituyen una base para la conducción propia: las principales están en los propios medios y en el terreno.
En julio de 1867, cuando el marqués de Caxias ejecuta su marcha de flanco por el Este de la zona de operaciones, la situación de conjunto es la siguiente: a) el ejército paraguayo, desprovisto de medios ofensivos casi enteramente, y bajo la presión de una gran inferioridad en efectivos y en material, no puede hacer otra cosa que mantener a todo trance, quiera o no lo quiera su alto mando, la conducta de defensa pasiva, cuando menos desde el punto de vista operativo; b) el Ejército aliado, completado su alistamiento, poseyendo poderosos medios para cualquier empresa, puede ejecutar el envolvimiento proyectado tranquilamente. Puede, haciendo alarde de posibilidades, hasta dividir sus fuerzas, porque será suficientemente fuerte en todas partes.
De allí que ejecuta su marcha con toda tranquilidad en dos columnas: no teme al enemigo, pues está ampliamente informado sobre la incapacidad operativa ofensiva de éste. Además, Tuyutî, que es lo que entonces se llamaba la base de operaciones, queda fuertemente guarnecido por fuerzas cuya capacidad sobrepasa a todo el Ejército paraguayo, si no en efectivos, sí en material.
En consecuencia ¿cuál es la conducta que en semejante caso debe adoptar el Mariscal? ¿Hacer algo para entorpecer aquella marcha que se prestaba a un golpe, dado el orden en que se hacía, según quiere Centurión, o llamarse a silencio, momentáneamente, como procedió? A nuestro juicio, la conducta del Mariscal fue la más acertada que pudo asumir: observar la marcha del enemigo, limitarse a ganar tiempo, para proceder como ulteriormente procedió, si las circunstancias llegaran a crearle un momento favorable.
La marcha de flanco del Ejército aliado, crea una situación en cierto modo análoga a la originada por la invasión: el Mariscal no podrá impedir ni entorpecer la marcha en sí, en el momento de su ejecución. El entorpecimiento no se hará durante la ejecución de la operación, pero sí posteriormente, en el reabastecimiento de los núcleos alejados de su base, y mediante una ofensiva de envergadura tan amplia como lo permitiesen las circunstancias. Es precisamente esto lo que va a ocurrir, según se verá más adelante.
Suponiendo que el Mariscal se decidiera a entorpecer la marcha del enemigo, no cabría otra conducta táctica que la defensa retardante aprovechando los brazos del estero, todos
vadeables, y posteriormente la zona barrosa del Norte del Bellaco Norte, hasta San Solano o Tuyucué. Pero el efectivo a emplear nunca podría ser superior a unos 5.000 o 6.000 hombres de infantería y 2.000 a 3.000 de caballería. ¿Y artillería?: ya sabemos sobradamente que ni entonces ni antes el Ejército paraguayo contaba con artillería de campaña capaz de acompañar a las tropas en operaciones. ¡Si en el decisivo esfuerzo de Tuyuti no se pudo asignar sino 4 piezas volantes a un total de 17.000 combatientes! Pero con 7.000 a 9.000 hombres, sin artillería, el Mariscal no iba a entorpecer a los 38.000 aliados en marcha, con poderosa artillería y con 6.000 jinetes que montaban caballos de primera calidad...
Es decir: no sólo no iba a entorpecer, sino que precisamente hubiera hecho el juego que favorecía al enemigo: dividir sus fuerzas, y en consecuencia, sin duda alguna, hacerse batir en detalle: aferrado en Tuyuti, seria destruido hacia el Noroeste. Esto hubiera sido el final de la campaña).
El 25, o sea tres días después de haberse puesto en marcha el marqués, llegó el General Mitre y volvió a asumir el mando en jefe del ejército aliado; y, notando que se habían hecho algunas modificaciones al plan primitivo, hizo serios reclamos sobre el particular al marqués.
A medida que marchaba el ejército, iban colocando un telégrafo bajo de tierra, aislando el alambre por medio de un tubo de gutapercha, echado en el surco que dejaba un pequeño arado.
Una vez en Tuyucué, parte de las fuerzas se adelantó hasta ponerse al alcance de los cañones de nuestra trinchera del Espinillo. Estos rompieron un vivísimo fuego sobre ella, y en seguida se retiró hasta ponerse fuera del alcance de ellos, colocando su vanguardia en Puesto-Guaiayví, - distante más o menos media legua del Espinillo.- Sin pérdida de tiempo, comenzaron los trabajos de atrincheramiento, colocando en las trincheras piezas de a 32 Whitworth (fiú).
Previendo el movimiento del enemigo, el Mariscal ordenó la colocación de una nueva línea telegráfica desde Humaitá a Villa del Pilar, cruzando por el carrizal, de manera que cortada por el enemigo la del camino real, no quedase interrumpida su comunicación con la capital. Cuando el enemigo cortaba la del camino real, la mandaba componer en seguida, para hacerle creer que no tenía otra.
A poco de haberse acampado en Tuyucué, establecieron una guardia en San Solano, distante más o menos una legua del camino real de Humaitá a la Asunción, y desde allí lanzaron varias expediciones exploradoras al interior de nuestra campaña, recogiendo ganado y levantando planos científicos de los parajes que les convenían, a cuyo objeto acompañaban o iban con esas fuerzas ingenieros militares.
Antes de forzar el paso de Humaitá, nuestros vapores continuaban siendo dueños del río Paraguay desde esta fortaleza, y, de consiguiente, los aliados en Tuyucué no disponían de otro medio para proveerse de víveres que las arrías de mulas y carros que cada dos días partían de Tuyutí, escoltadas por una fuerza de infantería y caballería, tomando el camino del Bellaco. (Veinticinco a treinta mulas y otros tantos carros, componían cada convoy (N. del A.)) Estos convoyes pasaban tranquilamente a la vista de nuestras guardias avanzadas, distantes más o menos media legua. Un día, (10 de Agosto), el Mariscal ordenó al capitán José González que con su escuadrón de caballería se emboscase por la noche a la cabecera de uno de los esteros más difíciles de pasar y se apoderase del convoy enemigo. Así lo hizo, y a las 7 de la mañana del día 11 del citado mes vino apareciendo en el paraje donde se hallaba el capitán González, un numeroso e importante convoy custodiado por una fuerza militar. El capitán González, sin dar tiempo para nada, cayó con su escuadrón sobre él, matando a todos los conductores de las carretas, llevando a éstas dentro de nuestras líneas, y en cuanto a la fuerza que custodiaba, no quiso saber nada de pelea y pusieron pies en polvorosa, ¡los unos hacia Tuyutí y los otros hacia Tuyucué!
El capitán González, para evitar todo compromiso con fuerza que enviasen a dar protección al convoy, de Tuyutí o de Tuyucué, hizo acertadamente su retirada por el Paso-Satí, penetrando en nuestras líneas en Paso-pucú. El golpe, como se ve, fue coronado del más completo éxito, sin que hayamos tenido más que tres oficiales y doce de tropa levemente heridos.
El General Mitre, a fin de corregir la omisión en que había incurrido el marqués de Caxías, de no mandar forzar el paso de Curupayty, al iniciar su movimiento de flanco, el 5 de Agosto ordenó terminantemente por su intermedio, que el paso fuese forzado por la escuadra imperial.
Cuando el almirante Ignacio recibió esta orden, hizo algunas observaciones, calificando la operación del pasaje de peligrosísima y grandiosa, poniendo en duda su éxito y aún su utilidad. Sin embargo, declaró que estaba dispuesto a tentarla en cuanto humanamente le fuese posible.
Después de estas vacilaciones, y previos algunos informes periciales, el General Mitre declaró que la operación era posible, y la ordenó terminantemente bajo su responsabilidad con fecha 12 de Agosto de 1867; pero recién el 15 del mismo mes, día de la Asunción de Nuestra Señora, diez acorazados, con bandera desplegada, forzaron a todo vapor la batería de Curupayty a las 7.30 minutos a. m. Los buques, como en otras ocasiones, sufrieron daños de consideración en el pasaje, sobre todo el Tamandaré, que al abrir una de las troneras para hacer fuego, le metieron los nuestros una bala de á 68 que hirió al comandante y a 14 hombres de la tripulación; su máquina quedó inutilizada, teniendo que sacarlo a remolque el Silvado y el Herval.
Antes de efectuar esta operación, el almirante Ignacio dio la siguiente orden del día:
“¡Brasileros! Las santas protectoras de este día son Nuestra Señora de la Victoria, Nuestra Señora de la Gloria, Nuestra Señora de la Asunción. Con la victoria y con la gloria marchemos a la Asunción.”
Esta proclama fue vivamente criticada por los periódicos de la época que veían la luz en la Asunción y en el campamento, que decían que no hay más que una Madre de Dios que según la letanía lauretana, no sólo es llamada Virgen de la Gloria y Señora de la Victoria, sino también Torre de David y Auxilio de los Cristianos.
La carta (Esta carta fue publicada bajo el título de Revelaciones históricas. (N. del A.)) que, con fecha 11 de noviembre de 1869, dirigió el General Mitre al capitán de fragata, Arturo Silveira da Mota, con motivo de un escrito de éste publicado en la Reforma de Río de Janeiro el 29 de Octubre del mismo año, contiene algunos datos curiosos sobre el paso de Curupayty y de Humaitá, y por ser un documento histórico de alta importancia por la autoridad que le imprime el personaje de quien procede, nos vamos a permitir insertarlo aquí a fin de que el lector vea también que la opinión general que existía en la época respecto a la escuadra imperial, no dejaba de tener su fundamento, y que nuestras apreciaciones sobre aquel poderoso elemento de guerra, no se apartaban mucho de la verdad. Helo aquí:
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“Buenos Aires, noviembre 11 de 1869.
Sr. Capitán de fragata, Arturo Silveira da Mota.
Aunque no creo llegada la oportunidad de romper el silencio que me he impuesto respecto á las operaciones que he dirigido como General en Jefe de los Ejércitos Aliados, durante la guerra del Paraguay, un escrito suyo publicado en la Reforma de Río Janeiro del 29 del pasado, me obliga a quebrantar mi propósito por esta vez.
Siendo Vd. un oficial caracterizado de la marina brasilera, que ha sido actor en los sucesos á que se refiere, y que ha poseído la confianza de los generales aliados (incluso la mía) asistiendo algunas veces como testigo á sus juntas de guerra, y enunciando Vd. en su escrito hechos de que por la primera vez se hace mención, no puedo prescindir de dirigirle algunas observaciones sobre el particular.
En la publicación á que me he referido, con motivo de exponer Vd. algunas consideraciones respecto de un informe que dio en agosto de 1867, sobre la imposibilidad ó inconveniencia de forzar la escuadra el paso de Humaitá, después de haberse forzado el de Curupayty, dice Vd. lo siguiente: - De mis palabras: - Forzar el paso de Humaitá en el estado actual de sus defensas, sería un error injustificable . se ve claramente que yo no juzgaba imposible forzar el paso, y que me refería únicamente á la inoportunidad de la operación, y á los medios con que podría realizarse más ventajosamente.
Además de esto, cuando se sabía que el almirante se hallaba en una situación afligente á consecuencia de la intimación que le había hecho el General Mitre, desde su tienda de Tuyucué para que forzase á Humaitá, tocaba á nosotros, sus subordinados, reunirnos en torno de nuestros jefes para apoyarnos en la protesta con que debía repeler la intervención del general argentino en las operaciones de la escuadra brasilera.
Dejando de lado las apreciaciones militares de su escrito, y contrayéndome exclusivamente á los hechos, debo decirle que no es exacto que en la ocasión á que Ud. se refiere, el almirante Ignacio me dirigiese ninguna protesta, ni mucho menos respecto de mi participación en las operaciones de la escuadra, que dieron por resultado el paso de las baterías de Curupayty y el subsiguiente de Humaitá.
Para comprobar esta aserción me bastará decirle, que el paso de las baterías de Curupayty se efectuó por orden terminante que, previo acuerdo, transmití al almirante por conducto del marqués de Caxías, con fecha 5 de Agosto de 1867. Es cierto, que con fecha 7 del mismo, el almirante hizo algunas observaciones sobre la operación, calificándola de peligrosísima y grandiosa poniendo en duda su éxito y aún su utilidad, declarando, sin embargo, que estaba dispuesto á tentarla en cuanto humanamente le fuese posible; como es cierto también, que el marqués apoyó esas observaciones en comunicación del 9 de Agosto, insinuándome desistir de mi resolución. Pero habiendo exigido por el mismo conducto un informe facultativo al almirante, pidiendo fundase su opinión en los principios de la guerra, y declarando que la operación era posible, la ordené terminantemente bajo mi responsabilidad con fecha 12 efectuándose felizmente con fecha 15 del mismo mes, con la sola pérdida de diez muertos y dos heridos, subiendo y bajando posteriormente hasta los buques de madera, sin experimentar daño alguno por aquel pasaje, que casi se había declarado humanamente imposible para los encorazados.
Ocho días después de tan feliz y fácil operación, es decir, el 23 de Agosto, el almirante no sólo consideraba imposible el paso de Humaitá, sino que se consideraba casi perdido en su nueva posición, pidiendo en consecuencia, autorización para retirarse á su antiguo fondeadero de Curuzú. Esta opinión y esta solicitud era apoyada en la opinión de todos los jefes y comandantes de buques, entre los cuales se contaba Ud. Fue sin duda, en tal ocasión, que dio Ud. el informe á que se refiere en su escrito, y que siento no conocer; pero me basta su palabra para persuadirme que Ud., no declaró imposible el paso, como lo declararon por escrito casi todos los jefes de la escuadra, incluso el almirante, que se apoyaba en su opinión para no intentar la empresa, diciendo, que según el sentir de todos, la operación sería en pura perda, y caso de ser posible conseguirse, más sería perjudicial que ventajosa.
El marqués de Caxías, profundamente impresionado.(como él mismo me lo declaró por escrito) por la triste situación que le pintaba el almirante, dando crédito á la opinión de todos los jefes de la escuadra, y desesperando no sólo de forzar Humaitá, sino hasta de conservar la posición conquistada más arriba de Curupayty, (y aun la de Tuyucué) autorizó la retirada de la escuadra a su antiguo fondeadero y me lo participó con fecha 26 de Agosto.
En fecha 27 del mismo mes, protesté enérgicamente contra tal decisión, y convenciendo al marqués de lo funesta de la retirada y á despecho de la opinión en contrario de todos los jefes de la escuadra, la posición más arriba de Curupayty se conservó; y así se salvó el honor de las armas aliadas y el éxito definitivo de la campaña, preparando el paso subsiguiente de Humaitá, que fui por mucho tiempo el único que lo declaró no sólo posible sino fácil, como la experiencia lo probó.
En cuanto al paso de Humaitá, con fecha 9 de Septiembre, demostré facultativamente en una extensa memoria militar, no sólo la necesidad y conveniencia del paso, sino también su practicabilidad, en presencia del terreno y comparando los medios de ataque y defensa. Mi demostración, meditada por el mismo Emperador y obrando sobre el ánimo de sus consejeros, determinó la orden dada desde la corte á la escuadra, de forzar á todo trance el paso de Humaitá. El éxito más completo coronó seis meses después los esfuerzos de los mismos marinos brasileros que habían declarado imposible la operación, cuando Humaitá se hallaba menos fortificado y las baterías de Timbó no se habían levantado más arriba de aquella posición; y Humaitá fue forzada sin perder un sólo buque, como yo lo había demostrado, previsto y asegurado contrariando la opinión de los almirantes, de los generales, de los comandantes de buque, y la opinión acreditada en los ejércitos aliados.
Lo dicho basta por ahora, limitándome á la simple exposición de los hechos y determinación precisa de las fechas, prescindiendo de hacer uso del texto de los documentos que originales se hallan en mi poder, y que comprueban palabra por palabra todo cuanto dejo expuesto. Estos documentos están á su disposición en esta su casa donde en todo tiempo será recibido con la misma cordialidad, que en mi tienda en Tuyucué, cuando conversábamos bajo el fuego del enemigo común.
De Ud. afmo. y S. S.
(Firmado) Bartolomé Mitre.”
s/c. Octubre de 1869.
.El pasaje de Curupayty por la escuadra imperial puso de manifiesto de una manera palpable el hecho de que nuestra artillería era enteramente impotente contra los buques acorazados. El Mariscal trató, como era natural, de atenuar el efecto moral que pudiera producir aquella feliz operación en el ánimo de nuestro ejército. Dijo: que había dejado pasar a la escuadra para luego rendirla por hambre; pues colocada entre Curupayty y Humaitá, creyó o fingió, que no podría recibir provisiones, y que si intentaba repasar Curupayty, la echaría a pique!
Según se desprende del documento que antecede, el almirante Ignacio, incluso los comandantes de buque, no dejaban de participar de ese sentimiento, porque no sólo consideraba imposible el paso de Humaitá, sino que se creía casi perdido en su nueva posición. Tan fue así, que solicitó autorización del marqués de Caxías para retirarse a su antiguo fondeadero frente a Curuzú, cuya autorización le fue acordada, y si no fue llevada a cabo dicha retirada, era debido a la enérgica protesta del Generalísimo, que conceptuaba funesta semejante disposición.
El almirante Ignacio, viéndose así obligado a permanecer en su nueva posición, tomó algunas disposiciones para sostenerse y hostilizar a nuestras baterías. Mandó abrir un camino por el Chaco, el cual, partiendo del riacho Quyá, llegaba hasta el punto que media entre Curupayty y Humaitá, donde se hallaba fondeada la escuadra imperial, y por medio de un tramway que construyeron, llevaban y suministraban abundantes provisiones a los buques.
Hizo tomar posición a tres encorazados para bombardear por la retaguardia a Curupaity, y a otros cinco para bombardear como bombardearon durante cinco meses la iglesia de Humaitá, cuya torre era el único objeto visible que les servía de blanco en aquella fortaleza.
Todo lo que hace la ribera entre Humaitá y Curupaity es un carrizal intransitable, excepto una estrecha lonja de tierra firme que corre por la costa del río de un punto a otro; la que no permite desviarse de ella hasta internarse en Curupuity o Humaitá. Sin embargo, en la selva que puebla la izquierda de ésta y donde comienza el carrizal, existe un paraje que ofrece facilidad para verificar un desembarco de tropas conducidas por el camino del Chaco recientemente abierto. Y a fin de prevenir esa posible operación, el Mariscal mandó levantar allí una pequeña fortaleza con tres piezas de a 24, colocadas de manera que pudiesen hacer fuego por el frente y por la retaguardia, flanqueando en esa parte los fosos de Humaitá. El Mariscal pasó a visitarla una vez, cuando la obra estaba próxima a terminar, la cual fue llevada a cabo a las barbas de los encorazados, sin que éstos se hubiesen apercibido de ella.
En aquel entonces la fortaleza de Humaitá contaba con muy pocas piezas de artillería. Después que la escuadra forzó el paso de Curupaity, fue necesario sacar de ésta la mayor parte de los cañones de grueso calibre y llevarlos a colocar en aquélla. De esta manera, sucedió que los buques imperiales, debido a su excesiva lentitud, han tenido que sufrir dos veces el fuego de las mismas piezas: primero en Curupaity y luego más tarde en Humaitá. A medida que nuestro ejército se retiraba hacia el interior, esas piezas eran constantemente trasladadas a los puntos más ventajosos del río por donde debía pasar la escuadra, y ésta ha tenido, por tanto, que sufrir el fuego de las mismas varias
veces: en Timbó, en Fortín y en Angostura! (La penuria de artillería del Ejército paraguayo era muy grande. Si el total era aproximadamente de 400 piezas, hay que tener presente que todo ese total era de pequeñas piezas de campaña y volantes, y sólo 31 piezas de fortaleza. Las primeras sirvieron para reforzar las posiciones de tierra o para acompañar a las tropas en los combates, en insignificante cantidad, debido a la imposibilidad material del transporte de municiones en carretas.
Las segundas comprendían un buen número de piezas de segunda calidad y de modelo muy anticuado. El Paraguay tenía sólo 6 piezas 68 rayadas de primera clase y 2 rayadas fabricadas en Asunción, que disparaban las granadas “Whitworth” que nos enviaba el enemigo y que no hacían explosión.
Si se piensa que estas enormes piezas debían ser arrastradas por tres, cuatro y cinco yuntas de bueyes a través de la tierra enfangada y fofa de los esteros, la admiración que se siente por aquellos hombres de hierro es infinita: forzado el paso de Curupa.yty, los cañones pasaron a Humaitá, y posteriormente a Timbó y a Angostura...)
El Coronel Alén que había sucedido al finado General Díaz en el mando de Curupayty, fue enviado a tomar el mando de Humaitá, quedando en su reemplazo con el de Curupayty, el capitán Pedro V. Gill. La constante preocupación del Mariscal era indudablemente la escuadra brasilera. La cooperación de este poderoso elemento por el río con el ejército aliado, trastornaba sus planes, hasta que finalmente hizo impotentes sus esfuerzos contra la invasión de la triple alianza. Desde el principio de la guerra ha procurado destruirla o apoderarse de ella; pero nunca ha podido lograrlo. Los torpedos no daban resultado, porque casi todos ellos eran inservibles y no contaba con buenos ingenieros para mejorarlos. Cavilando sobre el particular, se le ocurrió la idea que tal vez construyendo secretamente una batería más abajo del fondeadero de la escuadra de madera, podría conseguir cambiar el curso de la guerra. En efecto, la idea tenía su fundamento; porque cortado el abasto de la escuadra, ésta se hubiera visto obligada a bajar pasando por la nueva batería, y los acorazados se hubiesen visto igualmente en la imprescindible necesidad de repasar Curupayty. Maduró el plan mentalmente, y en seguida pensó llevarlo a práctica. Ordenó en consecuencia al General Brugués que, acompañado del ingeniero Thompson, fuese a ver si se encontraba algún camino o picada, por donde fuese posible llevar piezas pesadas y aún mismo ligeras. El General Brugués a su regreso, informó que era absolutamente imposible sin hacer grandes trabajos, y careciéndose de los medios y del tiempo necesario para realizarlos; se tuvo que abandonar aquella feliz idea; y decimos feliz idea, porque tenemos la persuasión, de que si hubiese sido posible su realización, el resultado previsto era indudable.
El movimiento del enemigo de Tuyutí tomando la dirección a Parecué, indicaba claramente el plan que se proponía realizar, y por esta razón, creemos que el Mariscal no debió haber perdido el tiempo inútilmente librando pequeños combates aquí y allá, sin ningún resultado favorable. Había llegado el momento de pensar seriamente en aligerar su ejército para luego efectuar la evacuación de sus posiciones y aún de la misma Humaitá, haciendo transportar al Norte a algún otro punto estratégico que haya elegido, toda la artillería pesada por ejemplo, que, como se sabe, embaraza extraordinariamente el movimiento de un ejército, sobre todo cuando carece de elementos de movilidad. Por la experiencia de Curupayty, sabía que el paso de Humaitá era obra fácil para la escuadra, toda vez que no contaba sino con los mismos elementos de defensa que aquella, y que una vez sitiada, su caída era cuestión de tiempo más o menos prolongado.
El Mariscal, en vista de que sus comunicaciones estaban amenazadas, se concretó a mandar explorar el Chaco, abriendo un camino desde el Timbó, tres leguas más arriba de Humaitá hasta Monte Lindo, como dos leguas al Norte de la embocadura del Tebicuary. Timbó era el único punto donde podría hacerse un desembarco, porque todo el resto de la costa del río hacia el Norte es un carrizal irrompible. Allí se construyó una batería y se estableció un campamento al mando del Coronel D. Bernardino Caballero. El camino era bastante bueno, cortado de trecho en trecho por arroyos profundos y pedazos de estero; no era recto, sino internándose en el Chaco, formaba una curva, cruzando en su mayor parte por montes no muy espesos que pueblan todo el territorio del Chaco. El río más considerable que se atraviesa es el Bermejo, que tiene una gran correntada. El terreno es llano casi en toda la extensión del camino, y en cuanto éste estuvo concluido, se establecieron postas de distancia a distancia. (La medida que tomó el Mariscal mandando preparar un camino de comunicaciones y de reabastecimiento por el Chaco, revela su certera apreciación de la situación, y es, precisamente, lo que el Coronel Centurión no ve, cuando en la página anterior acusa al Mariscal por “haber perdido inútilmente el tiempo librando pequeños combates aquí y allá sin ningún resultado favorable”. Tal como lo dice después Centurión, había llegado el momento de pensar en la evacuación de Humaitá, o mejor dicho en eludir el cerco, salvando la masa principal del Ejército, con su material, y es esto mismo lo que hizo el Mariscal ya antes de la llegada del enemigo a Parecué y a Tayy: preparar la retirada, no sin disputar el terreno y sin tentar una operación por líneas interiores. Por otra parte, en todo el período entre julio del 67 y marzo del 68, hubo muchos combates, grandes y pequeños, pero ninguno que pueda ser incluido dentro de lo que el autor expresa: “pequeños combates aquí y allá sin resultado favorable”. No: algunos fueron defensivos, impuestos por el enemigo, y por lo tanto ineludibles. Los otros fueron o golpes de mano o acciones para interceptar el reabastecimiento, y por lo tanto, necesarios.
Hay que tener en cuenta que en setiembre y octubre del 67, aunque la marcha de flanco del enemigo ya de por sí delata que se trata de una operación de envergadura, no se han producido todavía dos hechos que en esos días pertenecen al futuro: el forzamiento de Humaitá y la intercepción del río Paraguay por la llegada del enemigo a Tajy.
El Mariscal, lo suponemos, cuenta ambos hechos como posibles y probables: apresurar la retirada de su sistema defensivo y el abandono de Humaitá, seria favorecer los planes del enemigo. Aferrarse al sistema y a la fortaleza, sería igualmente favorecer al enemigo. ¿Qué hacer, pues? Ambas cosas: preparar la retirada, con vista de eludir el cerco; continuar la defensa del sistema defensivo de Paso-pucú, con vista de aprovechar un momento favorable que acaso se le presente, para provocar el repliegue del enemigo: las dificultades de reabastecimiento de éste, su división en dos grandes núcleos, la actitud de la Escuadra, inactiva entre Humaitá y Curupayty, y finalmente las condiciones del terreno y de las obras de reforzamiento de él, dejaban esperar que ese momento favorable podría presentarse o podría ser creado.
.Tan luego como los aliados se atrincheraron en Tuyucué, a ejemplo de ellos, el Mariscal mandó levantar un gran terraplén para defender su cuartel general por aquel lado. Las balas de los cañones Whitworth de a 32 (fiú) desde la distancia de 7.000 metros, pasaban algunas veces por encima del cuartel general e iban a enterrarse a una gran distancia.
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Enlace a la Edición digital
(TOMO III)
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en la Biblioteca Virtual del Paraguay
basado en la edición 1944 de
EDITORIAL GUARANIA.
Asunción Paraguay
.
Con el auspicio de FONDEC
(Fondo Nacional de la Cultura y las Artes)
Viceministerio de Cultura
Ministerio de Educación y Cultura
Asunción, setiembre de 2005.

lunes, 30 de agosto de 2010

JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN - MEMORIAS O REMINISCENCIAS HISTÓRICAS SOBRE LA GUERRA DEL PARAGUAY - TOMO II / Ed. digital: BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY


MEMORIAS O REMINISCENCIAS HISTÓRICAS
SOBRE LA GUERRA DEL PARAGUAY. - TOMO II
Autor:
JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Editorial El Lector,
Colección Histórica Nº 20,
NOTAS DEL MAYOR ANTONIO E. GONZÁLEZ
Tapa : LUIS ALBERTO BOH
Asunción – Paraguay
1987 (296 páginas)
Edición digital :
BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY
Edición digital basada en la
Edición Guarania, 1944. 229 pp.
Enlace:
IR AL INDICE
SEGUNDA PARTE

Prólogos de
1.- RICARDO CABALLERO AQUINO y
2.-
Prólogo de JUAN NATALICIO CARDOZO.

CAPÍTULO I
De Corrientes a Humaitá . Dispersión del personal de la Legación . Conjeturas sobre la causa probable de la mala voluntad de López hacia mí . Berges pasa a la Capital con licencia . Antonio Zayas de soldado a un batallón, y yo a la mayoría . Guarnición de Humaitá, y pérdidas de nuestro ejército al principio de la guerra . Bailes . Acusaciones de López a Mitre y contestación le éste . El Pirabebé y la escuadra brasilera . López se traslada al P. de la Patria . Mi enfermedad . Robles y sus cómplices . Entrevista con Mrs. Lynch . Miguel Rojas, calumniador . Carta a López . Expedición a Corrales y a Itatí . Apreciaciones.

CAPÍTULO II
La escuadra brasilera . Sus combates con las chatas y el fuerte Itapirú . Operaciones preparatorias para realizar el pasaje del ejército aliado . Asalto de la isla de Itapirú por los paraguayos . El General Osorio y el General Paunero se desembarcan con sus fuerzas una milla de las tres bocas a la costa del Paraguay . Bombardeo del campamento del Paso de la Patria . Retirada general del ejército . Cuartel General en Rojas . Porto Alegre . El combate de Fluvial . Discusiones y eclipse de luna.

CAPÍTULO III
Batalla del 2 de Mayo de 1866 . Reflexiones.

CAPÍTULO IV
Batalla del 24 de Mayo . La defensiva, el rol obligado y exclusivo del Mariscal López . Opinión del Coronel Wisner sobre la batalla del 24 . Mi rehabilitación . Reflexiones y críticas sobre la misma batalla . Heridos . Talavera.

CAPÍTULO V
Cuartel General . Maestranza . El Capitán Cabañas . La caña paraguaya y el General Roa . Divisiones y telégrafos . La escuadra brasilera . Tamandaré . Nuevos aparatos telegráficos . Wisner y López con motivo de esta invención . Plan de los jefes aliados acordado el 18 de Mayo . Curupaity y los torpedos . Reorganización del ejército . Nuevos contingentes . Bombardeo en Junio del campo enemigo . Nuestras avanzadas . Prisioneros y pasados . Rectificación . Porto Alegre.

CAPITULO VI
El Mariscal López termina la reorganización de su ejército, y provoca a los aliados a un ataque . Yataity-Corá . Reflexiones.

CAPÍTULO VII
Comisión exploradora para establecer una trinchera con artillería en Punta Ñaró . Combates en los días 16 y 17 . Batalla del Sauce el día 18 de Julio de 1866 . Triunfo de los paraguayos . Reflexiones.

CAPÍTULO VIII
Recriminaciones entre la Escuadra brasilera y el Ejército aliado en Tuyutí . Toma de Curuzú . Entrevista de Yataity-corá entre el Mariscal López y el General Mitre . Tregua o paralización de las operaciones . Escuela bajo el naranjal del Cuartel General . Mis discípulos.

CAPÍTULO IX
Batalla de Curupapty . Derrota de los aliados con inmensas pérdidas . Desinteligencia entre los Jefes aliados.

CAPÍTULO X
Inacción de los aliados . Perfeccionamiento de las fortificaciones de Curupayty y otros puntos . Fundición de cañones de diferentes calibres . El cólera El Mariscal enfermo . Lo salva su médico Dr. Cirilo Solalinde.

CAPÍTULO XI
Intervención diplomática a favor de la paz . Ofrecimientos de mediación del ministro americano, Mr. Washburn y del Secretario de la Legación Británica en Buenos Aires, Mr. Gould . Reflexiones.


APÉNDICE
PROCLAMA DEL MARISCAL LÓPEZ A LA DIVISIÓN DEL SUD
Soldados: mi ánimo y mis esperanzas fueron saludaros en la víspera de una batalla lejos de nuestras fronteras. No pude hacerlo porque no habéis encontrado enemigos que combatir.
En vano fuisteis a buscar en su propio territorio aquellos que tanto y por tantos años os habían provocado, y en vano fueron vuestras largas marchas, vuestras fatigas y vuestros sufrimientos. El enemigo nunca se presentó a vuestra vista sino para huir con más rapidez que los avestruces de sus campos.
En una campaña de más de medio año habéis buscado un día de gloria para la Patria, y de escarmiento para los tradicionales enemigos de la tranquilidad de vuestro hogar; pero los que tan osados y vituperadores se habían mostrado, cuando con el arado y la azada os veían ocupados en vuestras pacíficas labores, respetuosos y cobardes a mostraron cuando con las armas en la mano fuisteis a pedirles cuenta de sus atentados.
La triple alianza a quien impusisteis respeto en su propio país, ahora se siente envalentonada con la villana rendición de la Uruguayana, y con vuestra retirada; os cree débiles, y viene en pos de vosotros.
¿Y ese enemigo que nunca osó molestaros espera triunfar de vosotros?
Viene a ofreceros en el suelo querido de la Patria la corona de laurel que no pudisteis recoger en vuestra campaña.
Yo me congratulo con la Patria y con vosotros porque siempre hayáis probado al enemigo vuestra moralidad y disciplina cuando pisabais sus territorios y poblaciones, y confío que pronto daréis al mundo exuberantes pruebas de vuestra bravura y decisión en el combate, como hasta aquí lo habéis hecho de vuestra abnegación y constancia.
Cuartel General en el Paso de la Patria, Diciembre 1º de 1865.
(fir.) FRANCISCO S. LÓPEZ.
.
***
PROTESTA DEL PERÚ Y DE SUS ALIADOS DEL PACÍFICO CONTRA LA TRIPLE ALIANZA
LIMA, 9 DE JULIO DE 1866 (Traducción de la versión francesa publicada en París, en un folleto el 1o de Octubre de 1886. (N. del A.)).


Sr. Encargado de Negocios de la República cerca de los Gobiernos de Buenos
Aires, de Montevideo y de Río Janeiro.
El actual gobierno provisorio, a pesar de las graves preocupaciones de que [se] halla rodeado constantemente desde su instalación, ha seguido con gran interés el curso de los sucesos que se desarrollaban en los Estados del Plata, y no ha cesado de hacer los más fervientes votas por la terminación de una lucha que necesariamente ha de ocasionar deplorables males, no sólo a los Estados en ella comprometidos, sino también a toda la América del Sud. El Jefe Supremo se ha abstenido de analizar las causas que han motivado esa lucha, porque sólo los Estados beligerantes pueden ser jueces competentes para juzgar de su justicia y necesidad; pero ha tenido que prestar su atención a los resultados desastrosos que tendría, máxime cuando se hace la guerra en momento en que la parte occidental del continente es víctima de una inicua agresión europea, que en la hipótesis de que ella haya sido coronada de éxito, podía muy bien repetirse sobre sus costas orientales. Le bastó al Jefe Supremo considerar que la guerra se hacía entre Estados Americanos para que desease con la más viva solicitud ver la terminación de ella. Esta solicitud tiene que ser mayor, si se tiene en cuenta la circunstancia de que, hallándose amenazada toda la América por un enemigo común, era de necesidad concentrar las fuerzas de todos sus Estados para sostener en cualquier evento la libertad e independencia que todas reunidas conquistaron hace cuarenta años.
El Gobierno peruano veía con pena que al mismo tiempo que se formaba una alianza ofensiva y defensiva entre las Repúblicas del Pacífico, para rechazar los violentos ataques y las arrogantes pretensiones de España, existiese otra alianza entre naciones americanas del Atlántico para combatir no contra una potencia extranjera, sino contra una nación igualmente americana, ligada a las naciones aliadas por vínculos tan caros y estrechos, que en una época no lejana, ella formaba parte integrante de uno de los mismos Estados con quienes se encuentra actualmente en guerra...
Estas consideraciones, y otras fáciles de imaginar, han decidido al Gobierno peruano a buscar los medios más propios para poner término a la querella entre las aliados y el Paraguay, y se había apresurado, en efecto, a dirigiros, con fecha 20 de Diciembre de 1865, las instrucciones necesarias para ofrecer sus buenos oficios y aún la mediación del Perú. Posteriormente y después de realizada la alianza entre Bolivia, Chile, Ecuador y el Perú, fue celebrada una convención entre el ministro de relaciones exteriores del gobierno chileno y los representantes de Bolivia y del Perú en Santiago, fortalecidos todos tres, con el asentimiento del Gobierno de Quito, para ofrecer de nuevo la mediación colectiva de los cuatro Estados, acuerdo que obtuvo la aprobación de todos los gobiernos.
Pero antes que el Gobierno de Lima supiese el resultado producido por las proposiciones que debían hacerse en las márgenes del Plata a nombre de los cuatro gobiernos, ha tenido conocimiento del texto del tratado de 1º de Mayo de 1865 que hasta últimamente ha permanecido secreto.
No es mi ánimo entrar a estudiar los motivos que hayan podido tener las naciones aliadas contra el Paraguay para guardar secreto dicho pacto; esos motivos sin duda serán muy poderosos, puesto que la revelación de ese secreto ha dado lugar a sucesos que demuestran de una manera palpable que no convenía a las gobiernos aliados que las estipulaciones que ellos habían formulado fuesen conocidas. Si el derecho que cada nación tiene de declarar y hacer la guerra y de concluir pactos de alianza con otras naciones, es indiscutible, no se comprende por qué los Estados Aliados que, de hecho, habían declarado la guerra al Paraguay, y la habían llevado al propio territorio del mismo, y que no ocultan que ellos han procedido así en virtud de una alianza, no se comprende, digo, que hayan tenido el cuidado de conservar secreto el pacto en el que esa alianza había sido formulada, y cuya existencia no era ni podía ser desde entonces desconocida.
Es costumbre guardar silencio sobre las tratados de alianza hasta que llegue la época de ponerlos en ejecución; pero siempre se les han dado a la publicidad cuando comienza la alianza a surtir sus efectos. Sin embargo, en el art. 18 del tratado del 1º de Marzo de 1.865 se ha estipulado expresamente que el tratado quedará secreto hasta que el objeto principal de la alianza se haya obtenido; y como del preámbulo y de otras cláusulas del mismo tratado se deduce que al principal objeto de la alianza es hacer desaparecer el Gobierno del Paraguay, el tratado debía, pues, quedar secreto hasta la conclusión definitiva de la querella, y hasta que el Paraguay, vencido, quedase completamente a la merced de los aliados victoriosos, porque la desaparición del Gobierno del Paraguay implicaría eso y no otra cosa.
De suerte que virtualmente el tratado de alianza debía quedar secreto por el tiempo que dura e el conflicto, sin que las otras naciones y principalmente las de América, conociesen la suerte que estaba reservada al Paraguay si llegase a sucumbir.
Parece que el Gobierno de Gran Bretaña había concebido a ese respecto algunos temores, que los manifestó por conducto de su representante en Montevideo. Para tranquilizarlo, el ministro de relaciones exteriores del Uruguay, dio una copia del tratado al ministro inglés; pero había que suponer que esos mismos temores tenían que despertarse un día entre los otros gobiernos, sobre todo entre los americanos, y era deber de los aliados publicar, no sólo las causas de la guerra, sino las intenciones que los animaban y el objeto que ellos se proponían conseguir, a fin de disipar toda duda y de alejar todo motivo de miedo respecto a la independencia y soberanía de uno de los Estados americanos.
La declaración que hacen los aliados es ciertamente digna de elogio, cuando dicen en la primera parte del art. 8 que ellos se obligan a respetar la independencia, la soberanía y la integridad territorial de la República del Paraguay; pero esa obligación está destruida por otras estipulaciones, tan explícitas como éstas, como lo demostrará un breve análisis de las principales.
En el art. 7, los aliados establecen que la guerra no era contra el pueblo del Paraguay, sino contra su Gobierno. Por más plausible que pudiese ser en teoría, de que uno pueda hacer guerra al gobierno de una nación y no a la nación misma, en el terreno de la práctica, no es tan fácil separar la nación del gobierno que la representa, cuando se trata de una guerra exterior. El derecho de gentes no admite semejante distinción: lejos de ello, considera la nación y el gobierno que la rige como una sola entidad, como un todo inseparable, puesto que considera como hechos al gobierno los males ocasionados, no solamente a la nación en masa sino a uno o a varios de sus súbditos o ciudadanos. Si fuese admitido en toda su latitud el principio establecido en el art. 7 del tratado, la guerra sería en muchos casos difícil, y en algunos imposible. Habría gobierno a quien no podrían alcanzar a dañar las represalias ú hostilidades del enemigo, porque ellas deberían ejercerse primero contra la nación reputada inocente.
Además: por legítimo que pudiese ser el derecho de los aliados para hacer la guerra al Paraguay, ese derecho puede únicamente extenderse hasta obtener una completa victoria e imponer al vencido las condiciones necesarias para reparar las ofensas y los daños causados, y obtener, si se quiere, garantías para el porvenir; pero no es admisible que la alianza tenga por objeto principal derrocar al gobierno paraguayo, porque el derecho de deponer un gobierno, no pertenece sino a la nación misma que lo ha erigido.
Aún admitiendo que, la nación paraguaya tuviese que sufrir los pretendidos errores de su gobierno, mientras ella sostenga a ese gobierno, ninguna potencia extranjera podrá arrogarse la facultad de hacer, a favor de los paraguayos, lo que éstos no hacen por sí mismos. Proceder de otra manera, seria minar los principios del derecho público moderno que son los de todos los Estados Americanos, y establecer una doctrina que, aplicada hoy al Paraguay... pondría a los otros Estados de América a la merced de lo que una o más potencias vecinas o lejanos, quisiesen resolver sobre sus destinos presentes y futuros. ¿Y qué seguridad habría entonces para que una nación pueda conservar su soberanía, su independencia, su integridad territorial, sus instituciones, todos y cada uno de esos elementos que constituyen su autonomía? La existencia de los gobiernos y por consecuencia la de las naciones mismas, en adelante no dependería únicamente y exclusivamente de la voluntad del pueblo, sino de los juicios, de las apreciaciones y quizá de las conveniencias de otros gobiernos y otras naciones. Admitir semejante doctrina, sería renunciar a los principios de la soberanía nacional que son el fundamento de los Estados Americanos; guardar silencio cuando uno ve ponerse en práctica esta doctrina por alguna o algunas de las naciones americanas, sería aceptar para las otras un sistema que tarde o temprano podría aplicárseles con buen derecho.
De la obligación de respetar la independencia, la soberanía y la integridad territorial de la República, los aliados deducen como consecuencia forzosa la facultad que tiene el pueblo paraguayo de elegir su gobierno y de darse las instituciones que le convengan, sin incorporación ni ningún protectorado por consecuencia de la guerra.
Aún cuando en esta estipulación, que es la del art. 8 del tratado, aparece la firme voluntad de los aliados de respetar la soberanía del Paraguay, no es menos evidente que esa soberanía sufre un gran detrimento, toda vez que se pretende imponer al pueblo paraguayo, como condición de la paz, la obligación de elegir un nuevo gobierno, por más conforme que estuviese con el que posee actualmente. Y en cuanto al cambió de instituciones sugerido en el tratado, por más que en apariencia queda sujeta a la voluntad del pueblo paraguayo, no es menos cierto que, en la mente de los aliados, ese cambio es conveniente.
Habiendo estos juzgado que las instituciones del Paraguay, apesar del asentimiento actual del pueblo, no deben subsistir sino que ellas deben ser sustituidas por otras, en cuya formación los aliados pondrían la parte legítima de influencia que les conceda la victoria.
Y que esa sea la mente de los gobiernos aliados, se deduce claramente del art. 9 del tratado, en cuya virtud, los tres gobiernos se comprometen a garantir colectivamente la soberanía e integridad territorial del Paraguay por el período de 5 años. Se comprende que esa garantía se refiere a un país regido por un nuevo gobierno, nombrado por la voluntad de los aliados con arreglo a la estipulación del art. 7, y sumiso a instituciones que se resentirían naturalmente de la influencia de la alianza. . Que uno celebre un tratado de alianza ofensiva y defensiva para hacer la guerra con el objeto de obtener por este medio la reparación de un agravio, nada más justo ni más razonable; pero que la alianza se proponga por objeto principal derrocar un gobierno para reemplazarlo con otro, agregando a este hecho el cambio de instituciones, es dar a la guerra otro carácter; entonces ya no es una guerra para restablecer los derechos desconocidos y para reparar las injurias inferidas, es una guerra pura y simplemente de intervención, en presencia de la cual las otras naciones no pueden permanecer como meras espectadoras, sobre todo cuando esas naciones tienen que velar, no sólo por la conservación de los principios que forman su derecho público, sino por la del equilibrio continental y también por su propia seguridad.
El respeto que los aliados prometen guardar a la soberanía, independencia e integridad territorial del Paraguay, declarando además que este país no se incorporaría a ninguno de los aliados ni se solicitaría su protectorado, se hace de todo punto ilusorio, por el compromiso que ellos han contraído de garantir colectivamente esa soberanía, independencia e integridad territorial por el período de cinco años. Según esto, el Paraguay no estará a la verdad sometido al protectorado de uno de los Estados aliados; pero lo estará al de los tres. La existencia del Paraguay, como nación, dependerá, a lo menos durante cinco años, del compromiso que han contraído los aliados, y no de la voluntad del pueblo paraguayo, que ha querido constituirse y desea ser por siempre estado soberano e independiente. Y si los aliados tenían la facultad de garantir la independencia y soberanía del Paraguay; claro está que tendrían también la facultad de no prestar semejante garantía, y de disponer libremente de la nación. Por más sensible que nos sea decir, semejantes principios no podrán ser jamás aceptados por los otros Estados de América. Una vez vencidos los cinco años y terminada la garantía ¿qué llegará a ser del Paraguay?
Los aliados desligados del compromiso que han contraído, ¿pretenderán alguno de ellos o todos conjuntamente absorber al Paraguay, anexándolo íntegramente, o dividiéndolo en partes más o menos proporcionales que se agregarían a los Estados vecinos? El tratado nada dice ciertamente a este respecto; pero cada una de estas hipótesis, es la consecuencia lógica de la cláusula que establece el triple protectorado, ofreciendo una garantía solidaria sólo por cinco años.
Es de tal modo cierto que el tratado de alianza contiene el pensamiento de la desaparición posible de la nacionalidad paraguaya, al extremo que no se ha contado con ésta para nada en el establecimiento de los futuros límites de demarcación de los territorios respectivos. El tratado no dice que una vez terminada la guerra, las naciones aliadas y el Paraguay procederían de común acuerdo a fijar dichos límites, sino que ellos obligarían al nuevo gobierno a tomar por bases los límites que el tratado establece en su artículo 16.
En presencia de una estipulación tan perentoria, es indiscutible que, si el Gobierno paraguayo hiciese resistencia a esta exigencia, como estaría en su derecho de hacerlo, nacería infaliblemente un nuevo motivo de guerra, y que esta sería reputada más justa y legítima que aquélla que se emprende para derrocar un gobierno e introducir cambios en las instituciones de un país. Y el Paraguay no se vería nunca libre de las pretensiones de los aliados, pues éstos han tenido el cuidado de dar a la alianza, para la actual guerra ofensiva y defensiva, un carácter perpetuo y permanente, por el art. 17 del tratado, en el cual los aliados no se han reservado siquiera el derecho de examinar la justicia o injusticia de las demandas que cada uno de ellos podría formular en el porvenir contra el Paraguay.
Para que no quedara duda sobre lo que la triple alianza se propone hacer del Paraguay, se ha agregado al tratado un Protocolo con cuatro artículos en los cuales, según parece, se ha querido disipar las incertidumbres que podrían nacer de las estipulaciones del tratado. Se ha establecido en estos artículos que, en cumplimiento del tratado de alianza, las fortificaciones de Humaitá serán demolidas, y que no se permitirá que otra ú otras de aquella naturaleza se levanten; que como condición, para garantir la paz con el nuevo gobierno del Paraguay, no se dejaría ni armas ni elementos de guerra y que todos los que posea, serán divididos en partes iguales entre los aliados, etc.
Exigir de una nación que ella demuela sus fortificaciones y no levante otras en adelante; obligarla a que entregue todas sus armas y su material deguerra, para dejarla completamente desarmada, en la imposibilidad de proveerse a su seguridad exterior y a la conservación del orden interior, es una pretensión de que no hay tal vez ejemplo en la historia, y es el más explícito desconocimiento de la soberanía e independencia del Paraguay, que los aliados se comprometieron respetar, y no sólo respetar, sino garantir. Cuando la obra emprendida por los aliados estuviese consumada, ¿dirán los mismos aliados que el Paraguay continua siendo una nación soberana e independiente, dueña exclusiva de sus destinos?
Los aliados no han podido pensar por un momento que el sistema que se proponían adoptar respecto del Paraguay, obtendría la aquiescencia de los otros Estados de América. Hacer del Paraguay una Polonia Americana sería un escándalo que la América no podría presenciar sin cubrirse de vergüenza.
Los sentimientos y las ideas que acabo de exponer, no son únicamente de la nación peruana y de su gobierno; ellos son, estoy seguro, las ideas y los sentimientos de todas las naciones y de todos los gobiernos de América.
Finalmente, puedo afirmar que las reflexiones emitidas en esta Nota reproducen fielmente el pensamiento de las naciones del Pacífico que, para conservar su independencia y soberanía, se han aliado contra España, y desean hacer permanente su alianza, precisamente para garantir y asegurar en el porvenir la independencia y soberanía de todas las naciones de América.
Por eso mismo las Repúblicas de Bolivia, de Chile, del Ecuador y del Perú no pueden consentir a los Estados americanos que hagan lo que no consentirían a las naciones más poderosas del mundo que hiciesen, a menos que fuesen envueltas en la calamidad común y sus esfuerzos no fuesen suficientes para preservarlas de ella.
El gobierno peruano cuenta con el asentimiento de sus aliados, pues ya se le ha manifestado explícitamente por uno de sus respetivos representantes en Lima, a quienes ha dado conocimiento de esta Nota, y en breve, la voz de cada uno de los gobiernos se hará oír directamente en defensa de la soberanía y de la independencia del Paraguay.
Bolivia, Chile, Ecuador y Perú, no dirán una sola palabra, sino en el sentido de la conciliación para cortar la guerra desastrosa que riega hoy con torrentes de sangre humana los campos del Paraguay; pero desde que esa guerra no se limita a reclamar un derecho, a vengar una injuria, a reparar un daño, y que se extienda hasta desconocer la soberanía y la independencia de una nación americana, a establecer sobre ella un protectorado y a disponer de su suerte futura, el Perú y sus aliados no pueden guardar silencio, y el más sagrado e imperioso de los deberes, les impelen a protestar de la manera más solemne contra la guerra que se hace con semejantes tendencias, y contra todos los actos que, en consecuencia de esta guerra, amengüen la soberanía, la independencia e integridad de la Republica del Paraguay.
Para que los gobiernos cerca de quienes V. S. está acreditado, y que son precisamente los que firmaron el tratado de 1º de Mayo de 1865, conozcan el juicio que el gobierno peruano ha formado respecto al tratado y sus tendencias, lo mismo que la protesta que se ha visto en la necesidad de formular contra uno y otros, el Jefe Supremo me ha encargado de ordenar a V.
S. trasmita esta Nota a los gobiernos de Buenos Aires, de Montevideo y de Río Janeiro.
Dios guarde a V. S. (fir.) TORIBIO PACHECO
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CARTA DEL GENERAL MELGAREJO AL MARISCAL LÓPEZ
LA PAZ, AGOSTO 30 DE 1866.

De mi más alto aprecio:
Acredito ante V. E. como mi enviado particular y del Sr. General Saa, al ciudadano argentino D. Juan Padilla. El mismo Sr. Padilla explicará a V. E. mi adhesión a la justa causa que sostiene la República del Paraguay contra tres naciones aliadas y que no enarbolan otra bandera sino la de conquista y exterminio.
Pero esa acción innoble jamás consentirán las demás naciones americanas.
En efecto, acaban de protestar contra el vandálico avance de conquista, cuatro importantes Repúblicas del Pacífico, como Chile, Perú, Bolivia y Colombia, y puedo asegurar a V. E. que en caso que no llevase a efecto la protesta hecha a la faz del mundo por las referidas naciones, yo con mi ejército iré en ayuda de V. E.
Estoy, pues, esperando noticias de V. E. para acudir presuroso a compartir al lado de V. E. las fatigas del soldado.
Tengo pronta una columna de 12.000 bolivianos, que, unidos a los heroicos paraguayos, harán proezas de valor.
Cualquier comunicación espero recibir de V. E. por conducto del caballero Padilla. Mientras tanto, me es grato ofrecer a V. E. las seguridades de mi aprecio y distinguida consideración. (fir.) MELGAREJO.
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DOCUMENTOS QUE COMPRUEBAN MÁS O MENOS LA GUARNICIÓN QUE TENÍA LA FORTALEZA DE HUMAITÁ EL 24 DE MAYO DE 1866

Asunción, Noviembre 9 de 1894.
Señor Capitán de fragata Don Remigio Cabral.
Yaguarón
Distinguido amigo:
Ocupado en escribir algunos apuntes históricos sobre nuestra pasada guerra, me dirijo a Vd. pidiéndole quiera hacerme el servicio de contestarme a la siguiente pregunta:
¿Le consta o ha sabido de qué número más o menos se componía la fuerza que guarnecía Humaitá antes o inmediatamente después de la batalla del 24 de Mayo de 1866?
Con disculpa por la molestia y anticipándole las gracias, me es grato saludarlo atentamente.
Su afmo. amigo y atº S. S.
(fir.) JUAN C. CENTURIÓN
P. S. Agradeceré que su contestación sea al pié de la presente.

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Yaguarón, Noviembre 13 de 1894.
Sr. D. Juan C. Centurión
Mi estimado amigo:
Contestando a la antecedente pregunta que Vd. se ha servido hacerme, debo decirle, aunque no estoy muy cierto, pero supongo que, inmediatamente después del 24 de Mayo habrá existido en Humaitá como un mil y doscientas plazas de guarnición.
Es cuanto tiene que decir a Vd. su atº y S. S.
(fir.) REMIGIO CABRAL (Era 2o. Comandante el Humaitá. (N. del A.)).

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Asunción, Julio 23 de 1894.
Señor Coronel Don Julián Godoy
Presente
Distinguido compañero y amigo:
Teniendo conocimiento de que Vd. en su carácter da Ayudante del Mariscal López fue enviado a Humaitá, después de la batalla del 24 de Mayo, con la comisión de pasar una inspección a las tropas que guarnecían entonces aquella fortificación, vengo a pedirle quiera decirme de qué número más o menos se componía dicha guarnición en la referida época. Anticipándole las gracias, me es grato ofrecerme como siempre su atº S. S. y amigo
(fir.) JUAN C. CENTURIÓN

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Sr. Coronel Don Juan C. Centurión
Muy Sr. mío y distinguido amigo:
Impuesto de la apreciable de Vd. que precede debo decirle, que tengo presente la comisión que el Mariscal López me dió después de la batalla del 24 de Mayo, para que pasara a Humaitá e hiciera una inspección general, como si fuera una revista a todos los cuerpos que componía la guarnición de aquel punto; y en efecto, lo hice tal cual me había ordenado; más no puedo decirle ni asegurarle el número total de que se componía la guarnición de aquel punto en aquella fecha; pero sí un cálculo aproximativo, pues tuve que estar en todos los cuerpos de las tres armas y recorrer todas las baterías, para poder contar con alguna certeza la fuerza con que se podía contar en caso de necesidad, pronta para los combates, y conforme le tengo dicho más arriba para mi cálculo no podía pasar de dos mil a dos mil y quinientos hombres, poco más o menos, inclusos los convalecientes, sin contar la porción de heridos que había.
Es cuanto al respecto puedo decirle.
Sin más, soy de Ud. invariable amigo y compañero.
(fir.) LUIS N. GODOY. (En la época era ayudante de campo del Mariscal López. (N. del A.))

***.
Asunción, Enero 12 de 1895.
Sr. Comandante Don Justo Pastor Cándia
Presente
Distinguido amigo:
Ocupado en escribir algunos apuntes históricos sobre nuestra pasada guerra, me dirijo a Vd. pidiéndole quiera hacerme el servicio de contestarme al pié a la siguiente pregunta: ¿Le consta o ha sabido de qué numero más o menos se componía la fuerza que guarnecía Humaitá antes o inmediatamente después de la batalla del 24 de Mayo de 1866?
Con gracias anticipadas y pidiendo disculpa por la molestia, lo saluda con
su particular aprecio,
Su atº S. S. y amigo
(fir.) JUAN C. CENTURIÓN

***.
Sr. Coronel Don Juan C. Centurión
Estimado amigo:
En contestación a la pregunta que Vd. me hace, cúmpleme decirle que efectivamente en la época a que se refiere Vd. me encontraba en Humaitá prestando servicio en mi profesión de médico cirujano, y la guarnición que tenía entonces aquella, más o menos sería de unos 2.000 hombres de infantería y artillería.
Dejando así contestada su atenta carta, me es grato saludarlo con aprecio.
Su atº y amigo
(fir.) PASTOR CANDIA
fcha ut supra.
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ACTA CELEBRADA ENTRE LOS GENERALES DE LA ALIANZA, CON MOTIVO DEL CONSEJO DE GUERRA EN QUE SE RESOLVIÓ EL ASALTO DE CURUYAYTY, ASÍ COMO OTRAS OPERACIONES AL MISMO TIEMPO REUNIDOS LOS SEÑORES GENERALES DEL EJÉRCITO ALIADO QUE SUSCRIBEN, A SABER:

General en Jefe del Ejército Aliado Bartolomé Mitre; General en Jefe del Ejército de Vanguardia, Venancio Flores y General en Jefe del primer cuerpo del Ejército brasilero Polidoro da F. Q. Jordao, y constituidos en junta de guerra, este último expuso: Que en virtud del encargo de los demás Generales y en representación de ellos, había pasado hasta Curuzú para conferenciar con el señor Barón de Porto Alegre, General en Jefe del segundo cuerpo del Ejército brasilero, y con el Sr. Almirante Tamandaré, a fin de continuar operaciones llevando adelante el ataque de Curupayty anteriormente acordado y resuelto en las juntas de Guerra que tuvieron lugar en los días 18 y 28 del mes ppdo., y que en consecuencia de ello, el Sr. Barón de Porto Alegre había formulado su opinión por escrito en los términos siguientes: “Curuzú Banadaro General em 5 Setembro 12 h. 30 m. O Sr. Baráo de Porto Alegre é de opiñao (ñao esige) que se deve fazer pela extrema directa da línha dos aliados um movimento de cavallería com a maior forza posivel, com a intenção de sustentarse caso seja preciso ou de penetrar até Curuzú a fazer junção, havendo comunicação previa da certeza é fará d.este movimento com au devidas cautelas, sendo este movimento de cavallería acompanhado por um movimento geral em tuda a linha para poderse successivamente tomar Curupayty e Humaitá. Nesse caso o Barão fará una demostração contra Curupayty ou irá alem da demostração, si as circunstancias o aconsellarem”.

Impuestos de esta comunicación, se concretó la discusión, a los dos puntos siguientes:
1º Cooperación por parte de las fuerzas del Ejército aliado que se hallan al frente de las líneas de Rojas para concurrir al ataque de Curupayty, tomando en consideración la opinión del Sr. Barón de Porto Alegre.
2º Posibilidad, conveniencia y necesidad de dar mayor ensanche a las operaciones militares para estrechar y vencer al enemigo en el menor espacio posible de tiempo y del modo más completo, obrando en combinación con la escuadra.

Discutidos detenidamente estos dos puntos capitales, los tres Generales aliados convinieron unánimemente en lo siguiente:
1º Que por lo que respecta a lo propuesto por el Sr. Barón de Porto Alegre, no hay inconveniente alguno en hacer con la caballería aliada el movimiento que él indica, no sólo por la izquierda del enemigo, sino penetrando hasta su retaguardia por ese flanco según fuese posible, y no únicamente para sustentarse, sino para dominar la campaña por esa parte y batir la caballería enemiga si se presentare, y aún buscándola si permaneciese fuera de sus líneas fortificadas.
En cuanto a la junción de que habla el señor Barón, no la creen posible ni conveniente por ahora, sino en el caso de un ataque combinado de las tres fuerzas sobre las líneas de Rojas, operando a la vez por el frente y por la retaguardia de ellas.
Por lo que respecta al movimiento general en toda la línea, desde que éste no pueda ser por ahora un ataque parcial o general sobre la línea enemiga, se comprende que debe limitarse a una demostración o a una diversión, o un reconocimiento, pues no es conveniente comprometer dos ataques divergentes.
2º Por lo que respecta a dar mayor ensanche a las operaciones aprovechando las ventajas adquiridas por el segundo Cuerpo del Ejército Imperial, a la vez que la concurrencia de la Escuadra y los elementos de movilidad que hemos reunido para nuestra caballería, consideran que podrá hacerse lo siguiente:

1º Formar un ejército de operaciones sobre la base del segundo cuerpo del Ejército Imperial elevándolo hasta el duplo de fuerza con nuevas tropas de los ejércitos aliados, es decir, de 18 a 20 mil hombres, trasladándose allí el General en Jefe si fuese conveniente.
2º Desprender oportunamente la caballería por nuestra derecha, llevándola por la retaguardia del enemigo hasta donde fuese posible a las órdenes del Sr. General Flores, con el objeto de cooperar a las operaciones del Ejército expedicionario por la parte del Paraguay.
3º Con el nuevo ejército así formado sobre la costa del Paraguay, atacar Curupayty en combinación con la escuadra y amagar al ejército enemigo por la retaguardia, interceptando el camino de Humaitá a efecto de provocarlo a una batalla tomando por la espalda para lo cual deberá llevar todos los elementos, obrando según queda dicho en combinación con la caballería destacada.
4º Mantener mientras tanto a la defensiva el campo atrincherado de los aliados, frente a las líneas del enemigo, para lo cual pueden quedar con el Sr. Mariscal Polidoro de 18 a 20 mil hombres; que en un caso dado y oportunamente previsto, puedan concurrir a operar por la derecha a por el frente de las líneas fortificadas del enemigo.
En consecuencia de todo esto, los expresados Generales acordaron que el Sr. General en Jefe se trasladará personalmente hasta Curuzú para conferenciar con el Sr. Barón de Porto Alegre y Sr. Almirante Tamandaré a efecto de resolver definitivamente sobre el particular. Y habiéndose efectuado así en el día de ayer 7 de Septiembre, y reunidos nuevamente en el día de hoy 8 de Septiembre, el Sr. General en Jefe manifestó que había conferenciado con los referidos Generales, y que después de exponerles verbalmente lo ocurrido y leerles la opinión de la Junta formulada en los términos anteriores sobre los puntos capitales que ella comprende, tanto el Sr. Almirante Tamandaré como el Sr. Barón de Porto Alegre, habían aprobado el plan acordado para dar mayor ensanche a las operaciones, aceptándolo con empeño. Manifestó, además, que se había tratado de lo que mejor convendría hacer para atacar por la retaguardia las líneas y Ejército del enemigo, poniéndose en el caso de atacar previamente a Curuyayty o de prescindir de esta posición dejándola a la izquierda para marchar desde luego, y que prevaleció la opinión de que la ocupación de Curupayty era una ocupación previa e indispensable y muy importante, tanto para el desarrollo completo del plan acordado, como para proseguir sucesivamente las ventajas que nos ofrece la posición del enemigo.
Manifestó igualmente que el Sr. Almirante Tamandaré había ofrecido la más eficaz cooperación de la Escuadra para concurrir al ataque de Curupayty, para lo cual declaró tenía elementos suficientes, comprometiéndose en tal caso a obrar sobre esa posición desde el río, batiendo a tiro de metralla sus fortificaciones e inutilizando por este medio su artillería para facilitar el asalto con la menor efusión posible de sangre por parte de las tropas expedicionarias; las que una vez dueñas de Curuyayty le permitirían seguir inmediatamente hasta Humaitá, mientras esas tropas obraban sobre la espalda del enemigo según queda ya explicado. Por último expuso que el Sr. Barón de Porto Alegre le había manifestado que la cooperación que creía necesitar por parte de las fuerzas aliadas situadas en este punto, era un ataque general sobre las líneas fortificadas del enemigo para evitar que sus reservas acudiesen a Curupayty mientras él se empeñase en su ataque, pero que habiéndose hecho cargo de los motivos de los Generales Aliados para no poder hacer esto por el momento, había declarado que no era esa una condición indispensable para el ataque de Curupayty, sino una mera opinión fundada en la mayor conveniencia, pues de todos modos estaba dispuesto a ejercer lo que más conviniese al honor de las armas aliadas, con lo cual había quedado de perfecto acuerdo, esperando tan solo el aviso oportuno para mover los transportes y tomar todas las medidas necesarias al logro de la expedición.

Impuestos de todo, los Generales Aliados resolvieron definitivamente, como complemento de lo acordado anteriormente y del acuerdo subsiguiente con el Sr. Barón de Porto Alegre y Almirante Tamandaré, lo siguiente:
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1º Que el General en Jefe del Ejército Aliado con nueve mil hombres de infantería y doce piezas de Artillería del Ejército Argentino, se trasladase a Curuzú para formar la columna expedicionaria por esa parte, abriendo operaciones según lo convenido, dándose un plazo de tres días para su ejecución.
2º Que el resto del Ejército quedase en este campo a órdenes del Sr. General Flores, hasta tanto que éste se moviese con la caballería en la oportunidad ya indicada, en cuyo caso el Sr. Mariscal Polidoro quedaría a cargo del Ejército.
Y así acordado lo firman en el campamento General de Tuyuty a ocho de Septiembre de mil ochocientos sesenta y seis.
(firmado) BARTOLOMÉ MITRE
VENANCIO FLORES.
POLIDORO DA F. Q. JORDÃO. (Del Semanario Militar .El Ejército Uruguayo. Nº 42º (Montevideo) (N. del A.)).
.
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(TOMO II)
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Asunción, setiembre de 2005