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viernes, 10 de diciembre de 2010

LUIS VITTONE - BATALLA DE LOMAS VALENTINAS - ALOCUCIÓN PRONUNCIADA POR EL CENTENARIO DE LA BATALLA, 27 DE DICIEMBRE DE 1968



ALOCUCIÓN PATRIÓTICA PRONUNCIADA POR EL
Cnel. D.E M.
JEFE DE PUBLICACIONES DE LAS FF. AA  DE LA NACIÓN

Con motivo del Centenario de las
Batallas de las
LOMAS VALENTINAS
27 de Diciembre de 1968


Con motivo del Centenario de las batallas de las. LOMAS VALENTINAS se llevó a cabo el 27 de diciembre pasado un acto emotivo que contó con la presencia del Excmo. Señor Presidente de la República, General de Ejército Don Alfredo Stroessner y de altas autoridades civiles y militares. En dicha ocasión el Cnel. DEM Luis Vittone, Jefe de Publicaciones de las FF. AA. de la Nación,  pronunció la siguiente alocución


Excmo. Sr. Presidente de la República y Cmdte en Jefe de las FF. AA.  de la Nación. Gral. de Ejército Don Alfredo Stroessner, Excelencias, SS. JJ. y 00. de las FF. AA., Señoras y Señores:

Pocas veces en mi vida de soldado y en mis afanes de modesto investigador de los hechos históricos de nuestra patria, me ha tocado un honor tan significativo como éste que en esta oportunidad me ha discernido el Excmo. Sr. Comandante en Jefe de las FF.AA. de la Nación, al haberme confiado la misión de referirme desde los micrófonos de la emisora oficial y la prestigiosa cadena de emisoras, paraguayas, a uno de los hechos de armas más trascendentales de la Nación. Y digo pocas veces, porque si bien es cierto que no es la primera vez que comparezco a esta preclara tribuna, ahora lo hago en circunstancia, excepcional, porque me tocará rendir el homenaje más acabado que debemos a los defensores de la patria en este primer centenario de las batallas de las Lomas Valentinas, que como nuestro pueblo conoce fue una de las acciones de mayor resonancia épica porque atravesaron las gloriosas legiones de aquel paladín de nuestra defensa a lo largo de un quinquenio de fuego y sangre.
No será posible soslayar en este capítulo histórico de primera magnitud, el recuerdo de aquel soldado broncíneo de quien se puede decir que cruzaba los campos de batallas con su estampa apolínea, desafiando la furia de todos los elementos destructores de la vida humana.



BATALLA DE LAS LOMAS VALENTINAS


Pasemos, entonces, señores, a desarrollar nuestro tema:

Muchos son como sabéis. Los críticos de salón que se preguntan si porqué el Mcal. López no se había rendido en estas mismas Lomas Valentinas, antes de sacrificar su segundo ejército en procura de una victoria imposible? Ah! Esa es la lógica con que los legionarios y sus seguidores pretendieron y siguen pretendiendo convencer a los ingenuos y a los miopes de patriotismo acerca de las inventadas torpezas de nuestro Conductor de Hierro. Fácil manera de hallar solución a las cosas que dicen relación con el alma y la patria.
El Mcal. López, más que ningún otro estaba convencido de la realidad circundante en aquellos momentos trágicos de su vida atormentada. Pero es que aquel águila acostumbrada desde cuatro años antes a desplegar sus alas entre las tempestades tenía otra lógica de acero, otra vara mágica; para estimar y medir las dimensiones del patriotismo.
No era ya en pos de la victoria que lanzaba a su corcel de guerra aquel varón iluminado por un destino para muchos incomprensible, especialmente en aquellos momentos en que el odio y los intereses bastardos velaban los espíritus ofuscados por la pasión extraviada. Era sí, en pos de algo superior a la victoria que iba aquel adalid seguido de su pueblo retaceado. Era en pos de la gloria superior a todas las victorias, que apuraba el ritmo de su corazón y el temple de su voluntad, el futuro cosechador de excelsitudes maravillosas.
Y eso es señores, lo que muchos no pudieran o no lo supieron comprender.
No supieron comprender que más fácil es culminar una victoria que morir por la patria. He ahí la lógica que le dominaba al Mariscal, la euritmia que lo tenía cautivado desde tiempo atrás, a él que como pocos o como ningún Jefe de Estado supo morir al frente de sus "últimos soldados" en su “último campo de batalla".
Es en este mismo lugar, santificado por las plantas de tantos héroes, que permaneció impávido ante la metralla enemiga el ciudadano Presidente de la República y Comandante en Jefe de su Ejército, sólo a cincuenta metros de las columnas invasoras que sitiaban su Cuartel General en una avalancha incontenible. De aquí él se había retirado tranquilamente tomando el camino a Cerro León, sin que los enemigos victoriosos, se atrevieran a cortarle la retirada ni perseguirlo. Es que aquel Señor inspiraba a sus adversarios algo más que temor, algo más que miedo, sentían hacia el la sensación del pánico, del espanto. Es qué el que así iba tomando camino de la Cordillera, no era un soldado que iba mordiendo silenciosamente el polvo de la derrota, sino un Semidiós que escalaba las montañas en cuyas cúspides pétreas habrá de erigir el más bello monumento ante el cual habrán de depositar sus ofrendas en el correr de los siglos, todos aquellos seres capaces de mirar de frente los rayos esplendentes del sol.
Pasemos ahora a recordar un episodio de aquella batalla de los siete días, episodio del más emotivo y solemne seguramente de todas cuantas sucedieron en aquella cruzada que sigue aún maravillando al mundo, a la distancia de cien años.
Era el 24 de diciembre de 1868, horas de la mañana. El Mariscal López en su puesto de Comando enclavado en Potrero Mármol de las Lomas Valentinas, recibió
Aquella conocida nota, baldón de la historia americana que el Comando Aliado creyó de su deber remitir al Jefe paraguayo, cuyo temple de acero no ignorado por los enemigos, jamás podría conmoverse ante las descortesías, y los desplantes.

NOTA RECIBIDA Y CONTESTADA POR EL MARISCAL FRANCISCO SOLANO LÓPEZ EN SU PUESTO DE COMANDO EL 24 DE DICIEMBRE DE 1.868

Campamento frente a lomas Valentinas, Diciembre…. De 1.868.

A.S. E.  el señor Mariscal Francisco Solano López, Presidente de la República del Paraguay y General en Jefe de su Ejército. Los abajo firmados, Generales en Jefes de los Ejércitos y representantes armados de sus gobiernos en la guerra a que fueron sus naciones provocadas por V. E. entienden cumplir un deber imperioso, que la religión, la humanidad y la civilización, les imponen intimando a nombre de ellas a V.E. para que dentro del plaza de 12 horas, contadas desde el momento en que la presente nota le fuese entregada, y sin que se suspendan durante ellas las hostilidades, deponga las armas, terminando así esta ya prolongada lucha. Los que firman saben  cuáles son los recursos de que puede V.E. disponer hoy, tanto en relación a la fuerza de las tres armas como en lo relativo a municiones. Es natural que V.E. conozca a su vez la fuerza numérica de los Ejércitos Aliados, sus recursos de todo género y la facilidad que siempre tienen para hacer que ellos sean permanentes. La sangre derramada en el puente de Tororó y en el arroyo Avay debía haber determinado a V.E. a economizar las vidas de los soldados el 21 del corriente, no compeliéndolos a una resistencia inútil. Sobre la cabeza de V.E. habrá de caer toda esa sangre, así como la que tuviere que correr aún si V.E. juzgase que su capricho debe ser superior a la salvación de lo que resta del pueblo de la República del Paraguay. Si la obstinación ciega e inexplicable fueses considerada por V.E. preferible a millares de vidas que aún se pueden ahorrar, los abajo firmados responsabilizan a la persona de V.E. para ante la República del Paraguay, las naciones que ellos representan y el mundo civilizado, por la sangre que a raudales va a correr y por las desgracias que van a aumentar las que pesan sobre este país. La respuesta de V. E. servirá de gobierno a los infrascritos, que tomarán como negativa si al fin de dicho plazo marcado no hubieran recibido cualquier contestación a la presente nota.
(Firmados): Marqués de Caxías – Juan A. Gelly y Obes – Enrique de Castro”


En el estado anímico en que podría haberse encontrado el Mariscal en aquel momento supremo de su vida atormentada, no perdió serenidad ni tiempo para dar una contestación luminosa a la infamante nota. Ese mismo día, escasas horas después de recibida la misma, el Mariscal López, previa reunión y consulta con sus Jefes y Oficiales, mandó instalar una mesita de campaña bajó un enorme yuasy-y (tala) y allí dio orden a su secretario, Comandante Manuel Palacios para que escribiera lo que iba a dictarle. Palacios, entonces, estampó las siguientes expresiones del Mariscal.


"Cuartel General en Pyksyry, diciembre 24 de 1.868, a las 3 de la tarde.


El Mariscal Presidente de la República del Paraguay debiera quizá dispensarse de dar una contestación escrita a SS. EE. los señores Generales en Jefe de los ejércitos aliados en la lucha contra la Nación que preside, por el tono y lenguajes inusitado e inconveniente al honor militar y a la magistratura suprema, con que VV. EE. han creído llegada la oportunidad de hacer, con la intimación de deponer las armas en el termino de doce horas, para terminar así una lucha prolongada, amenazando echar sobre mi cabeza la sangre ya derramada y la que podría aún derramarse si no me prestase a la deposición de las armas,  responsab1izando mi persona para ante mi patria, las naciones que VV.EE. representan y el mundo civilizado. Empero, quiero imponerme el deber de hacerlo, rindiendo así holocausto a esa misma sangre generosa vertida por parte de  los míos y de los que los combaten, así como al sentimiento de religión, de humanidad, y civilización que VV. EE. invocan en su intimación. Estos mismos sentimientos son precisamente los que me han movido, ha más de dos años, para sobreponerme a toda la descortesía oficial con que ha sido tratado en esta guerra el elegido de mi patria. Buscaba entonces, en Yataity-corá, en una conferencia con el Excmo. Señor General en Jefe de los Ejércitos Aliados y Presidente de la República Argentina, Brigadier General don Bartolomé Mitre, la reconciliación de cuatro Estados soberanos de la América del Sud, que ya habían principiado a destruirse de una manera notable, y sin embargo, mi iniciativa, mi afanoso empeño, no encontró otra contestación que el desprecio y el silencio de parte de los gobiernos aliados, y nuevas y sangrientas batallas fueron impuestas por sus representantes armados, como VV.EE. se califican. Desde entonces vi más clara la tendencia de la guerra de los aliados sobre la existencia de la República del Paraguay, y deplorando la sangre vertida en tantos años de lucha, he debido callarme y poniendo la suerte de mi patria y de sus generosos hijos en las manos del Dios de las Naciones, combatí a sus enemigos con la lealtad y la conciencia con que lo he hecho, y estoy todavía dispuesto a continuar combatiendo hasta que ese mismo Dios y nuestras armas decidan de la suerte definitiva de la causa. VV.EE. tienen a bien anoticiarme el conocimiento que tienen de los recursos de que actualmente puedo disponer, creyendo que yo también puedo tenerlo de la fuerza numérica del ejército aliado y de sus recursos cada día creciente. Yo no tengo ese conocimiento, pero tengo la experiencia de más de cuatro años, de que la fuerza numérica y esos recursos nunca se han impuesto a la abnegación y bravura del soldado paraguayo, que se bate con la resolución del ciudadano honrado y del hombre cristiano, que se abre una ancha tumba en su patria antes de verla ni siquiera humillada, VV.EE. han tenido a bien recordarme que la sangre derramada en Ytororó y Avay debiera determinarme a evitar aquella que fue derramada el 21 del corriente; pero, VV.EE. olvidan, sin duda, que esas mismas acciones pudieran de antemano demostrarles cuan cierto es todo lo que pondero en la abnegación de mis compatriotas, y que cada gota de sangre que cae en la tierra, es una nueva obligación para los que sobreviven. Y ante un ejemplo semejante, mi pobre cabeza podría arredrarse de la amenaza tan poco caballeresca, permítaseme decirlo, que VV.EE. han creído de su deber notificarme?. VV.EE. no tienen derecho a acusarme ante la República del Paraguay, mi patria, porque la he defendido, la defiendo y la defenderé todavía. Ella me impuso ese deber y yo me glorificaré de cumplirlo hasta la última extremidad, que en lo demás, legando a la historia mis hechos, sólo a mi Dios debo dar cuenta. Y si sangre ha de correr todavía, El tomará cuenta a aquel sobre quien haya pesado la responsabilidad. Yo, por mi parte, estoy hasta ahora dispuesto a tratar de la terminación de la guerra sobre bases igualmente honorables para todos los beligerantes; pero no estoy dispuesto a oír una intimación de deposición de armas. Así, a mi vez, invitando a VV. EE. a tratar de la paz, creo cumplir un deber imperioso con la religión, la humanidad y la civilización, por una parte, y con lo que debo al grito unísono que acabo de oír de mis generales, jefes, oficiales y tropas, a quienes he comunicado la intimación de VV. EE., y lo que debo a mi propio honor y a mi propio nombre. Pido a VV.EE. disculpa de no citar la fecha y hora de la notificación, no habiéndolas traído, y que fue recibida en mis líneas a las siete y media de esta mañana. Dios guarde a VV. EE. muchos años.
FRANCISCO SOLANO LOPEZ".

A un siglo de distancia de aquella patética escena, cuando las escuelas y las universidades han cambiado en todo el mundo las formas y modos de las reglas, cuando la literatura ha evolucionado considerablemente, cuando los estilos y formas de expresión sufrieron alteraciones inverosímiles, aquella nota dictada por el Mcal. en plena campaña, en un momento en que nada le sonreía, sigue fascinando a los espíritus cultivados con sus frases dignas de ser esculpidas con buriles de oro en la pirámide que América debe al hombre que luchó hasta la muerte por un ideal que sólo ahora es comprendido y reverenciado por las naciones: el principio de autodeterminación y la no intromisión en asuntos internos de los otros Estados (Política de Pedro II-Mitre, en el caso del Uruguay).
No se podría decir que el Mcal. en el momento de dictar su carta, pudiera hallarse con el espíritu predispuesto a producir con la expresión una forma literaria tan fascinadora. Y con qué espontaneidad aquel hombre atormentado, en cuyo cerebro ardía las tempestades, cuya alma incandescente se hallaba bajo la influencia de todas las contrariedades que el destino pudiera proporcionar al hombre, fuera capaz de dar una prueba de serenidad tan asombrosa, hasta el punto de legar a la historia una joya que honra al intelecto humano, al patriotismo y al carácter de un hombre inspirado en una suprema causa.
Y pensar que un hombre como el Mariscal López, a quien los buenos augurios, la refinada cultura, su don social, su educación familiar, hacían de él un predestinado a elaborar en la tranquilidad del gabinete la grandeza de su patria, tal como fuera el deseo del hacedor de sus días, mandato que indudablemente el habría deseado cumplir lealmente, hijo obediente como se ha mostrado siempre desde niño.
Acostumbrado desde su infancia a recibir los halagos de la opulencia y de la sociedad, durante los días venturosos de la patria, en los acontecimientos tradicionales que celebra el pueblo, aquélla víspera de la Navidad, a unas horas de la Nochebuena, aquel hombre pacífico, pulcro, habría sentido en su intimidad la caricia de un recuerdo que le venía de un pasado de buenaventuranza, cuando en su idolatrada Asunción, en el seno de su hogar y en medio de la comunidad que le estimaba entrañablemente, festejaba entre sus familiares y amigos el nacimiento del Redentor.
Sabéis, señores que la defensa dé la línea del Pikysyry, a cuyos dispositivos pertenecen las Lomas Valentinas, fue el último esfuerzo potencial  desplegada por el Mariscal, ya que todas las acciones posteriores fueron, puede decirse, de mera oposición al enemigo, aunque en todas ellas, en cada día que transcurría, el derroche de heroísmo iba aumentando a medida que se aproximaba el desenlace final en Cerro Corá.
Veamos cómo un Gral. Aliado (Garmendia) opina sobre un aspecto de esta batalla: "Iba a iniciar López la resistencia contra este nuevo ataque de los aliados, que llamaremos la campana del Pikysyry, con un ejército mal armado, peor comunicado, con escasa caballería que era el arma predilecta, abrumado de miserias y casi sin espíritu, y sin embargo, en estas tristes condiciones, atemorizado por su bárbara disciplina asombrará al mundo aquel último grupo del pueblo guaraní".
También otro argentino, el historiador José María Rosa, expresa su admiración acerca del Mariscal, de la siguiente manera: "Los tres años de guerra injusta y desproporcionadamente han hecho del atildado Francisco Solano López una verdadera fiera, está resuelto a morir por su patria y no comprende ni perdona otra conducta. Ni a sus amigos, ni a sus Jefes más capaces, ni a su misma madre ni hermanos. Ante todo está el Paraguay y por él sacrificará sus afectos más caros, no es la suya una conducta "humanitaria", seguro, pero López no es en aquella agonía un ser humano sometido a la moral corriente. Es el símbolo mismo de un Paraguay que quiere morir de pie, un jaguar de la selva acosado sin tregua por sus batidores.
"En esta última etapa de la guerra nacerá la versión del monstruo, del tirano sanguinario, del gran teratólogo, que alimentaria medio siglo de liberalismo paraguayo. Se le imputaron al Mariscal hechos terribles y no todo fueron leyendas urdidas por los vencedores. Hay cosas que estremecen, pero pongámonos en la tierra y en el tiempo para juzgarlos: en ese Paraguay de fines de la guerra, envuelto en un halo de tragedia. Pensemos en los miles y miles de paraguayos muertos en los combates por defender su tierra o caídos de inanición o de peste en la retaguardia. Sólo así puede juzgarse ese Conductor que no puede perdonar a quienes manifiestan flaqueza, hablen de rendirse o tengan simplemente otra pensamiento que no sea morir en la guerra. Para comprender a López hay que tener un corazón como el de los paraguayos y un alma lacerada por la inminencia de la derrota de la patria. En la atmósfera de tragedia, se yergue la figura del Mariscal implacable, pero convencido y arrogante que a los paraguayos con él a la cabeza, sólo les queda disputar palmo a palmo el querido suelo. Hasta la muerte".
Y en esta espantosa situación, el Mariscal sé prepara para la defensa de Lomas Valentinas. Para el efecto, reúne todas sus fuerzas, compuestas de todos los paraguayos que todavía podían portar un fusil sin tener en cuenta edad ni sexo, para enfrentar al enemigo. De esta manera, niños, ancianos, convalecientes, enfermos y mujeres, se disponían  a entrar en la lucha para librar la batalla de Lomas Valentinas, que duró siete días y que fue la más encarnizada de la guerra. Eran 4.600 combatientes contra 25.000 aliados. López se coloca al frente de los suyos derrochando coraje, consigue culminar con sus famélicas tropas, en la primera batalla, una victoria inverosímil.
Hay que decir respecto a esta lucha que ni Aníbal, ni Alejandro, ni Napoleón, ni otros grandes capitanes de la guerra, jamás obtuvieron victorias en la proporción de uno contra dos. En tanto López la consiguió en la proporción, como en esta vez, de uno contra cinco.
Por eso, sin pretender minimizar el brille que dieron al mundo las glorias guerreras de Franela, desde los tiempos de Roma basta la batalla del Marne, podemos citar a las victorias obtenidas por los paraguayos en las Lomas, como las más contundentes y gloriosas que las 32 victorias grabadas en el arco de París.
Las solas batallas de Humaitá, en donde 3.000 paraguayos derrotaron a 12.000 aliados, y las de las Lomas Valentinas, 4.600 hombres a 25.000 aliados, bastarán para inmortalizar el nombre del Mcal. López como conductor y ensombrecer a cualesquiera otras célebre batallas realizadas en cualquier parte del mundo. Por eso, señores, somos de los que nos solidarizamos con la tésis de que el Paraguay no tiene parangón en el mundo respecto a hechos históricos.
Y que no se nos considere apasionado ni exaltado por nuestro fervoroso patriotismo porque vamos a fundamentar nuestra postura, con la expresión veraz y contundente de un testigo presencial de la acción de Lomas Valentinas y cuya personalidad reviste toda la seriedad necesaria. Nos referimos al General Mac Mahón, ministro de los Estados Unidos, quien describe así la batalla:
“Seis mil heridos, hombres y chiquillos llegaron a ese campo de batalla el 21 de diciembre y lucharon como ningún otro pueblo ha luchado jamás por preservar a su país de la invasión y la conquista. También otros muchos se han fugado de las pocilgas que utilizaban los invasores como prisión, y en cuyas manos habían caído”.
“Después de describir los horrores que habla visto en la cruenta guerra de secesión, prosigue Mac Mahón: “El Cuartel llego a llenarse de heridos, pero ninguno se retiró de las líneas, a excepción de aquellos incapacitados positivamente para seguir la lucha. Niños de tiernos años llegaban arrastrándose, las piernas deshechas a pedazos o con horribles heridas de balas en sus cuerpos semidesnudos. No lloraban, no gemían ni imploraban auxilios médicos. Cuando sentían el contacto de la mano misericordiosa de la muerte, sé echaban al suelo para morir en silencio como habían sufrido".
Y apoyado siempre en nuestra afirmación irrebatible acerca de las inigualables proezas de nuestros hechos        históricos, nos resta agregar lo que el abogado de la patria, el Dr. Manuel Domínguez había expresado que "En Pikysyry, López un poco reforzado con la guarnición de la Capital, compuestos de muchachos en su mayoría, tenía 12.000 hombres (Centurión), frente a 40.000 enemigos veteranos (32.000 brasileros y 8.000 argentinos) en que no se incluye la marinería de que hemos prescindido en nuestras cuentas. López una roca no se inmutó y tuvo ocasión de derrocar con 4.600 hombres a 25.000 aliados. Maravilla guerrera sin segundo, única desde que el mundo es mundo". “Pero cuanto mayor era el número de los enemigos más se reían los paraguayos". (Decía Thompson). "Aníbal o Napoleón se hubieran desconcertado ante la desigualdad numérica, pero no se desconcertaron ni el Mariscal ni sus leones. Mcal. y Ejército sonreían a la muerte, como a una mujer".
Propicio sea éste momento para hacer hincapié en un aspecto de la contienda, que no es desde luego desconocido, pero que nunca será bastante la difusión de que de él se haya hecho, ya que la nota rebaza los límites de las reglas que rigen la guerra entre los seres humanos. Tanto los aliados y sus copartícipes los legionarios han hablado de una supuesta tiranía, que según ellos caracterizaba los actos del Mcal. López. Ya hemos dicho que no se conoce acto alguno del conductor paraguayo en tiempos de paz ni en el  curso de la guerra, que pudieran connotar una tiranía. Actos de tiranía, si, se pueden encontrar y desde luego se encuentran a cada paso analizando los hechos de la Alianza. No hablaremos aquí de indefensos prisioneros pasados por las armas, ni de inerme caterva de infelices mujeres' escarnecidas, ni cautivos obligados a empuñar las armas contra, su patria o sometidos a servidumbres, pero si puntualizaremos un rasgo que en el curso de la guerra y en más de una ocasión ha cubierto de baldón  el comportamiento del enemigo. Nos referimos al ningún miramiento que les merecían las normas de respeto que las reglas de la guerra establecen desde antiguo para los que soportan las crueldades propias de toda guerra. Para esos pobres, desventurados, que luchan contra la muerte por librar a su patria, y que por lo mismo son acreedores a algún respeto, alguna
Consideración, están consagradas ciertas inmunidades que es obligación del guerrero hidalgo respetarlas y hacerlas cumplir. Uno de esos preceptos es el que manda respetar a los parlamentarios. Y veamos como en las Lomas Valentinas no se ha observado esa norma. Lo vamos a referir por boca del Cnel. Silvestre Aveiro, quien legó para la historia este relato que sigue sublevando a la justicia a través de un siglo. Decía el Cnel. Aveiro: “Yo fui el parlamentario encargado de llevar esa nota, como la había sido la de recibir del enemigo. Fui acompañado del Mayor López, Francisco Solano, hijo del Mariscal… Al despedimos y alejarnos a mas de cien varas de la línea enemiga, una vez cumplida nuestra misión, seguramente con la intención de asustarnos o con el propósito de cazar al hijo de López, pero creo más en el primero, recibimos una descarga de fusilería de toda la línea, y las balas pasaran casi rozando nuestras cabezas mediante que veníamos bajando la pendiente y sin esperar que arriáramos la bandera parlamentaria continuaron las descargas, habiendo muerto a consecuencia de ella dos oficiales que me acompañaron”.
Hemos visto a través del relato del Ayudante de campo del Mcal. López, que el primogénito del estupendo Defensor, que lucía entonces los entorchados de Sargento Mayor, de trece años escasos, formaba parte del sequito de jefes y Oficiales que acompañaba al Jefe de la Misión. Y no podía ser de otra manera, ya que el Mcal. Estaba decidido a forjar a su vástago, en el curso de la contienda, un soldado que le semejase en bravura y patriotismo. Allá iba el magnífico adolescente en pos del Testamento de Gloria del autor de sus días. Era idolatrado por el padre, que todo lo sacrificaba en aras de la patria. Años más y aquel imberbe predestinado a la gloria habrá de ser inmolado al lado del padre, a la edad de 15 años y con el grado de Cnel. Entre los vericuetos de Cerro Cora, ocasión en que al desplomarse de su cabalgadura al lanzazo enemigo que le imponía rendición, pronunciara esta bella frase que algún día habrá de ser esculpida con letras de bronce en el monumento que habrá de erigirle la posteridad: “Un Coronel paraguayo no se rinde”.
Estudiando y considerando analíticamente el momento histórico vivido aquí, justamente cien años antes, podemos conocer circunstancialmente todo cuanto aconteciera en aquellos históricos momentos.
El Mariscal López – según conclusión a que arribaron muchos esclarecidos historiadores y cronistas – tenía determinado empeñar aquí la última batalla y perecer en ella con el exiguo resto de sus tropas, sin exclusión de ninguno, absolutamente ninguno, pues el Mayor Panchito López estaba predestinado a sucumbir con él. Esta decisión era evidente conforme habrá de desprenderse de los sucesos que pasaremos a enhebrar escrupulosamente: En la oportunidad hallábase acampado en el mismo teatro de operaciones el ministro norteamericano, General Martín Mac Mahón, amigo personal del Mariscal  Cuándo iba a iniciarse la batalla y preconcibiendo el posible resultado de la misma, él Mcal. López lo hizo depositario de sus hijos menores, que los eran todos, al citado representante diplomático quién tenía plantada su carpa a corta distancia de la del Mariscal y a cuyo frente tremolaba la insignia estrellada de la gran Nación. Bajo esa carpa se albergaron los niños Enrique Venancio, Federico Morgan Lloyd y Leopoldo Antonio. Horas después, la valiente madre de los citados niños Elisa Alicia Lynch, luego de haber intervenido heroicamente sable en mano en la desigual lucha, había de ir a refugiarse también bajo aquella carpa que servía de albergue a los tiernos frutos de sus entrañas.
En laacción del 21, primer día de la batalla había caído el Cnel. Felipe Toledo, Jefe de la Escolta del Mariscal, anciano septuagenario; quien acaudillando a los pocos hombres de su unidad se aprestó a la defensa, cayendo de un balazo que le atraviesa el cráneo.
El legendario Cnel. Valois Rivarola actuó con un valor extraordinario en varias de las acciones del Pikysyry, y en ellas fue herido consecutivamente en las batallas libradas el 11 y el 21 de diciembre, muriendo a consecuencia de tales heridas en el hospital de Cerro León, el día 25 de diciembre.
Terminada la acción, López tomó el camino que conduce a las Cordilleras, por vías Cerro León, habiendo dejado en Itá Ybaté al Gral. Bernardino Caballero con 30 de tropas para protegerle en su retirada.
Hallándose López en breve descanso sobré el arroyo Yuquyry, en la jurisdicción de Itá, llegó junto a él luego de haber desbaratado muchos encuentros con el enemigo el Gral. Caballero, quien dióle parte del desenlace final de las batallas habiéndole respondido el Mcal. con un fuerte abrazo y un "no importa, Gral. La guerra recién ahora va a comenzar".
Quién diría, de que aquel coloso, cuya presencia en los momentos álgidos de las Lomas Valentinas daba la impresión dé estar viniendo los últimos momentos de su heroica resistencia, que al poco rato después, como si se sintiera reanimado por extrañas ondas, diese una determinación que pasma: Recién ahora la guerra va a comenzar”.
Y sí, señores, López que había perdido en las Lomas Valentinas hasta el último hombre, habrá de levantar nuevos ejércitos y con ellos volverá a proseguir la guerra, a lo largo de dos cruentos años.



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