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lunes, 29 de noviembre de 2010

AUGUSTO ROA BASTOS - PANCHA GARMENDIA Y ELISA LYNCH (ÓPERA EN CINCO ACTOS) / ALGUNAS REFLEXIONES Y SUGERENCIAS SOBRE LA SINOPSIS ARGUMENTAL / Editorial Servilibro, 2006.


"PANCHA GARMENDIA Y ELISA LYNCH"
Ópera de
(ÓPERA EN CINCO ACTOS)
Inspirada libremente en los personajes históricos del mismo nombre
Editorial Servilibro,
Colección ROA BASTOS Nº 4
Asunción-Paraguay
2006 (76 páginas)


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PREFACIO
PANCHA GARMENDIA Y ELISA LYNCH.
Milagros EZQUERRO
Institut de Recherche Études Culturelles
Université Paul Valéry - Montpellier III


En 1995, poco antes de salir de Toulouse para establecerse de nuevo en su patria de donde había salido en 1947 hacia el exilio, Augusto Roa Bastos me había entregado el dactilograma de un texto titulado: PANCHA GARMENDIA (ÓPERA EN CINCO ACTOS), que acababa de escribir. Se trata de un texto breve, de un género muy particular que el autor define como "Sinopsis y estructura del argumento", o sea una suerte de forma embrionaria que, según lo precisan las "reflexiones y sugerencias" preliminares, "está pensada para su adaptación y desarrollo en tres versiones diferentes: ópera lírica, pieza de teatro o película cinematográfica (incluso la versión en video para miniseries televisivas), según el género que se adopte". En 2002 la sinopsis sigue inédita y Augusto Roa Bastos, con su acostumbrada generosidad, me ha autorizado a publicarla en un número especial de IRIS: quiero agradecérselo de todo corazón. Esta presentación no pretende ser un análisis cabal del texto, sino que más bien propone algunas pistas de reflexión en torno al personaje epónimo.
La figura histórico-legendaria de Francisca Garmendia aparece en EL FISCAL, novela escrita entre abril y julio de 1993 en Toulouse, y evidentemente su tratamiento novelesco no había agotado la curiosidad y el interés que el personaje había despertado en el escritor. En la novela, la figura central es la de Francisco Solano López, el mariscal presidente de Paraguay, protagonista de la Guerra de la Triple Alianza (1865-1870), que fue un verdadero holocausto del pueblo paraguayo. En la sinopsis volvemos a encontrar los cuatro personajes importantes de la novela: López, el Padre Maíz (el fiscal de sangre que da su título a la novela), Madama Lynch (la amante irlandesa que López se trae de su gira por diversos países de Europa) y Pancha Garmendia, la belleza paraguaya que López había cortejado de joven, antes de su viaje europeo, y que, por no haber querido ceder al acoso apasionado del apuesto heredero del presidente Carlos Antonio López, sufrirá hasta el suplicio final su venganza implacable. El enfoque de la versión operística es diferente ya que privilegia las dos figuras femeninas en una oposición exacerbada y ambigua que ponen de relieve las "reflexiones y sugerencias" preliminares: "Bajo la extrema tensión de la rivalidad en la oposición de los contrarios, se insinúa la misteriosa atracción, como de cristalización amorosa, que Panchita ejerce sin saberlo sobre Madama Lynch". Esta rivalidad es, aparentemente, una rivalidad entre dos mujeres que quieren al mismo hombre, pero, si vamos un poco más allá de las apariencias, el cuadro puede ser muy diferente.
El texto explora algunos episodios de los años que van desde la Navidad de 1855, año de la llegada a Asunción de Madama Lynch en compañía de Francisco Solano López de regreso de su gira por Europa, hasta la Navidad de 1869, en vísperas de la derrota y muerte de López, al final de la sangrienta Guerra de la Triple Alianza. Estos episodios ponen de relieve la oposición de los dos personajes femeninos que van a desempeñar papeles y funciones simbólicas muy diferentes, tanto en relación con Francisco Solano López, figura del poder absoluto, como con relación a la nación paraguaya.
Elisa Lynch, irlandesa casada con un francés, conoció a López en Francia, en el ambiente frívolo y cosmopolita de la corte de los emperadores Napoleón III y Eugenia. López regresó a su país en compañía de su hermosa amante que fue, como aparece en la escena primera del Acto I, muy mal acogida por la alta sociedad asunceña: su condición de extranjera y sus sueños de grandeza imperial suscitan una reacción de rechazo violento. Este rechazo se extenderá también a los hijos que tiene con López y que el Padre Maíz se niega a bautizar en la Catedral: a pesar de la pasión que la une al ambicioso presidente, nunca será la esposa oficial y nunca será, adoptada por los paraguayos. Sin embargo, es una mujer valiente que se enfrenta con aplomo a la hostilidad que la rodea, y que, cuando estalla la guerra, decide acompañar al Mariscal hasta el final trágico de la contienda.
Francisca Garmendia aparece en una humilde escena de fiesta navideña en la Casa de las Muchachas Recogidas y Huérfanas que dirige, en contraposición explícita con la figura señorial de Madama Lynch: canta un villancico y es alabada y festejada por todos los presentes como reina de hermosura, alabanzas que rechaza sacándose la corona dorada que le han colocado en la frente. Esta contraposición apertural de las dos mujeres les confiere los atributos esenciales que el texto va a desarrollar: Madama Lynch es soberbia, implacable, ambiciosa, representa la figura femenina del poder político, doble del personaje de Solano López, en perfecta armonía con él, como se verá en el Acto II; Panchita (así denominada de entrada) es humilde, piadosa, bondadosa, es la figura de la hija perfecta, como se comprobará en la primera escena del Acto II. Ambas son de una deslumbrante belleza, una rubia, la otra morena, y el uso de máscaras idénticas en la escena evocada (II, 1) subraya un parentesco que no me parece de gemelidad, como lo sugiere el término de "hermanas gemelas" y el de "hermana siamesa" utilizado en la escena final del texto (V, 4), sino más bien de otra índole simbólica, inaparente porque no se señala diferencia de edad entre ellas. En el Acto II, cinco años más tarde (1860), con la presencia de López y del hijo Panchito, Madama Lynch cobra definitivamente la función de Madre solidaria del Padre poderoso y cruel, mientras que Panchita queda fijada en su función filial con la evocación de la escena en la cual López trata de conseguir por la fuerza la posesión física de Panchita (fantasma de la seducción de la hija por el padre); siempre aparece rodeada de figuras maternas (madre, tías) que, en vez de protegerla, la exponen. Si consideramos que la rivalidad de Lynch y Pancha es, simbólicamente, la rivalidad de la madre y de la hija con relación al amor del padre, pero también con relación al tipo de poder que éste quiere imponer, la situación y su alcance ideológico aparecen de otra manera.
En el diálogo (III, 4) entre Lynch y López se revela parte de la complejidad de las relaciones entre las dos mujeres. Primero, Madama Lynch comprende el sentimiento de amor-odio que Pancha siente hacia López (que es parecido al que siente López hacia Pancha, aunque finja la indiferencia), que los llevará a ambos a padecer una muerte idéntica: "Ella de un lanzazo en el corazón. Yo, con otro, en el vientre". Luego augura la dimensión legendaria que Pancha va a cobrar en el imaginario colectivo: "Ella será la única heroína en la memoria de tu pueblo representando a todas las demás... Después que todos seamos polvo, Pancha Garmendia tardará aún mucho en morir...", por eso la admira y la envidia: "!El doble perfecto que toda mujer admira y teme!". Se da pues una situación paradójica: los personajes que tienen el poder de destruir a los demás admiran y temen al personaje inerme y desprotegido que será calumniado y escarnecido, perseguido y maltratado hasta el límite de la resistencia humana. No hay duda que Pancha, tal como aparece en este texto, tiene un destino erístico: el interminable viaje a través del país de la caravana del éxodo de las "destinadas", a la zaga del séquito presidencial, es un verdadero vía crucis que se termina en el Gólgota donde Pancha, agonizante, recibe el lanzazo de gracia, medio Cristo, medio San Sebastián. En la escena final, Elisa Lynch aparece como una Mater dolorosa al pie del árbol-cruz donde está atado el cuerpo de Pancha que luego cae a su lado como el cuerpo de Cristo en un descendimiento de la cruz. Aquí es donde aparece, de manera clara, la atracción que ejerce Pancha sobre Elisa Lynch, atracción que hará todavía más insoportable para ésta el rechazo y el odio que Pancha le manifiesta desde su primer encuentro.
Así pues, la persecución que sufre Pancha por la voluntad de la pareja parental proviene de un doble sentimiento de humillación y despecho: López, enamorado de Pancha en su juventud, quiere imponerle su voluntad de macho dominador, se siente humillado al ser rechazado y quiere, a toda costa, que Pancha confiese una supuesta traición para poder castigarla ("Ejecuten con ella la justa pena..."); Elisa Lynch, deslumbrada por la belleza y la entereza moral de Pancha, quiere hacer de ella su protegida (II, l), al ser rechazada, se siente humillada y enciende las sospechas de López a propósito de la Casa que dirige Pancha que, según sus espías, "se ha convertido en un foco subversivo". Ambos le hacen pagar a Pancha su superioridad moral, su virtud, en el sentido más fuerte de la palabra, su inquebrantable voluntad de hacerse respetar, aún cuando se ha convertido en una piltrafa humana. En una terrible escena (V, 2) López descubre que Pancha, para estar segura de no confesar bajo tortura lo que quieren sus verdugos que confiese, se ha cortado la lengua y las dos manos en el calabozo: una vez más López se siente humillado al comprender que ningún poder, ninguna violencia pueden quebrantar a Pancha, sólo puede terminar de destruirla poco antes de morir él mismo bajo las lanzas enemigas, después de haber sacrificado su pueblo a su propia visión del poder, de la patria y del honor. López ha creído identificarse con su pueblo, imponiéndole su voluntad por la violencia, como lo hizo con Pancha, y prefiere arrastrarlo con él al holocausto antes que reconocer otras formas de amar y servir a su patria. Pancha, invitada a sumarse a la conjura contra López (IV, 3), rechaza lo que considera como una traición contra el presidente electo de la nación, y rechaza también la posibilidad de entregar a los conjurados, aún bajo tortura. Así, negándose a todo compromiso, a toda bajeza, a toda claudicación, a toda violencia, se vuelve víctima propiciatoria, como el pueblo paraguayo con el cual, simbólicamente, se identificará en la leyenda.
La figura de hija perfecta de Pancha se contrapone, en el imaginario colectivo, con la figura de Madama Lynch, la madre mala, la madrastra odiada que ejerce "su dominio diabólico sobre el Mariscal", permitiendo así disculpar en parte al Padre y hacer de él la víctima del gran sacrificio colectivo de la guerra.
El texto de Roa Bastos no pretende ser fiel a ninguna versión, oficial o no, de la Historia, como lo expresa claramente en las "reflexiones y sugerencias" liminares. En esto sigue fiel a su postura ideológica de novelista frente a la Historia: lo que le interesa es precisamente lo que la tradición oral y el imaginario colectivo han construido a partir de unas vivencias que no siempre se hallan reflejadas en la historiografía. Al rescatar el personaje de Pancha Garmendia, rinde homenaje a las mujeres paraguayas que, después de mucho sufrir en los largos años de la Guerra Grande, asumieron solas la ingente labor de reconstruir un país asolado por una de las guerras más cruentas de la historia americana.


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ALGUNAS REFLEXIONES Y SUGERENCIAS SOBRE LA SINOPSIS ARGUMENTAL
1. El tema o asunto de esta obra no es de riguroso carácter histórico, aun cuando está inspirado en el legendario personaje de la guerra de la Triple Alianza (1865 1870). Una figura arquetípica de aquel éxodo de cinco años.
2. Es una versión extraída del imaginario colectivo en el que el personaje de Pancha Garmendia se ha transmutado en una imagen mítica en permanente metamorfosis. Es pues, con relación a la historia oficial, una obra "antihistórica", transgresiva, que se mantiene sin embargo fiel al sentido de la historia vivida y a su viviente expresión en la tradición oral. Los perfiles legendarios e imaginativos, simbólicos, permiten seguir puntualmente el destino de la protagonista y "leer" el revés de la trama que la historiografía le quiso asignar fijando sus rasgos de una manera inmutable en virtud de una cierta ideología del etnocentrismo y patrioterismo paraguayo generalmente maniqueos, y según provenga de los enemigos o de los partidarios de Francisco Solano López.
3. Desde el ángulo técnico y artístico, es decir, desde el punto de vista de los posibles lenguajes expresivos, la obra que se da aquí en forma de síntesis y de la estructura general del relato, está pensada para su adaptación y desarrollo en tres versiones diferentes: ópera lírica, pieza de teatro o película cinematográfica (incluso la versión en vídeo para miniseries televisivas), según el género que se adopte. La presente versión ha privilegiado en esta sinopsis el lenguaje y el tratamiento operísticos.
4. Los esbozos, tanto de los diálogos como de las escenas, son, por tanto, provisorios. Su deliberada extensión servirá sólo como referencia para una utilización y condensación posterior de los elementos pertinentes y adecuados al lenguaje expresivo del género que se elija (ópera, teatro o filme).
5. Algunas de las ideas básicas de la obra son, entre otras
a) El poder que se quiere absoluto, pero que está limitado por la relatividad de la historia y de la realidad, sometidas a leyes de azar o de necesidad que el poder ab soluto no controla ni determina. En estos sistemas puede advertirse -a través de la historia de las sociedades humanas- que el poder absoluto, en choque contra la relatividad histórica, se muestra, a partir de un punto límite, como la expresión de la debilidad extrema, de su destrucción y ruina. Por ello, la naturaleza del poder absoluto es la de ser frágil y corruptora.
b) Otro de los núcleos generadores del sentido o de los sentidos de la obra, es la idea de que el hacedor del mal sea considerado como víctima propiciatoria de un gran sacrificio colectivo.
c) El dictador Francia utilizó este poder para construir un Estado Nación, al precio de su duro despotismo ilustrado. Carlos Antonio López, primer presidente constitucional, utilizó el poder, también omnímodo pero más temperado, para abrir el país "cerrado como una isla rodeada de tierra" al mundo, para insertarlo en la modernidad del capitalismo preindustrial, al punto de convertirlo en la nación más adelantada de la época en América del Sur. Su hijo y sucesor dinástico, Francisco Solano López, se identifica con la patria como su caudillo supremo (en el polo opuesto del Dr. Francia y de su padre), y decide que "la patria muera con él", según la exclamación verdadera o apócrifa que se le atribuye, "¡Muero con mi patria!".
d) El héroe transformado en antihéroe (o a la inversa), se expresa en los personajes del Mariscal López y del Alférez Aquino enfrentados en una de las últimas escenas, en la que intercambian simbólicamente sus roles.
e) El concepto de identidad a través de la lucha extrema de caracteres opuestos y adversos (simbolizado en la oposición entre Madama Lynch y Pancha Garmendia).
f) La ambigüedad de sentimientos y comportamientos generan actitudes duales, como en el caso de las relaciones de Madama Lynch con Pancha Garmendia.
Bajo la extrema tensión de la rivalidad en la oposición de los contrarios, se insinúa la misteriosa atracción, como de cristalización amorosa, que Panchita ejerce sin saberlo sobre Madama Lynch. Ésta ama en Panchita lo que a ella le falta: femineidad suma, coraje y valor en la resistencia pasiva del silencio impuesto a sí misma para no traicionar. Sensual y carnal, Madama Lynch ama secretamente en Panchita la genuina virtud de su castidad y pureza de espíritu: su resistencia indomable a prostituirse o degradarse, su desinterés, su infinita capacidad de renuncia y sacrificio.
g) Algunas escenas acentúan esta posición ambivalente de Madama Lynch, al mismo tiempo simbólica y real. Por ejemplo, la escena en la que Saturio Ríos pinta el retrato de Madama Lynch y en la que ésta ve reflejado en el espejo frontero, no su cuerpo de Maja Vestida, sino el de Pancha Garmendia, tendida en la misma posición, como Maja Desnuda. Y sobre todo, la escena final, ante el cuerpo atravesado de lanzas de Pancha Garmendia.
h) El martirio consagra a este ser de trasmundo y sólo entrega a los brazos de Madama Lynch el cuerpo salvajemente torturado y muerto por soldados-niños que juegan, con la que pudo ser su madre, un juego de masacre del que la propia Madama Lynch es responsable, más que el propio López.
i) Anacronismos, contrastes o semejanzas de épocas y de estilos son frecuentes en la obra (sin caer en las formas del grotesco, o de lo meramente farsesco). Un ejemplo de esto sería la escena primera cuya atmósfera y rapidez podrían sugerir ciertas reminiscencias de las películas del cine mudo de los años '30.
j) Desde esta escena del comienzo -así como en todas las que hagan falta- convendría utilizar máscaras acordes con la concepción de la puesta en escena, de la escenografía y de la música, como expresión de un arte de vanguardia en ruptura con los tópicos y modelos del falso realismo o naturalismo latinoamericano, de lo meramente folklórico, nativista o costumbrista, como también en ruptura con el realismo naturalista de la tradición operística clásica.
k) Deberían evitarse las máscaras clásicas, convencionales, utilizando en cambio las máscaras estilizadas y creativas en función del vestuario y la escenografía.
1) Las máscaras clásicas (las que cubren todo el rostro) se usarán solamente en los dos encuentros entre Pancha Garmendia y Madama Lynch (escena segunda del acto primero y escena última del acto quinto), a fin de poner en evidencia el parecido idéntico de ambas: hermanas siamesas opuestas, unidas por la tragedia.
m) En el caso de la versión operística, las máscaras y los efectos de sonido recaerán igualmente sobre la estructura de la musicalización y de los parlamentos cantados (arias del acto cuarto, y dúos de Madama Lynch y Pancha Garmendia, de Madama Lynch y Francisco Solano López).
n) Sugerencia para la versión operística: tanto en los cantables como en la coreografía, juntamente con los motivos contemporáneos, sería deseable que algunos núcleos o células de la partitura polifónica se apoye, para la coloratura musical, en los aires y ritmos de época, tales como la Cuadrilla, el Lancero, la Palomita, el London Carapé, la Caledonia, Mamá Cumandá, el canto marcial de Cerro-León, etc.
(Consultar: MUNDO FOLKLÓRICO PARAGUAYO, de MAURICIO CARDOZO OCAMPO, primera parte. También las DANZAS TRADICIONALES PARAGUAYAS, de CELIA RUIZ DOMÍNGUEZ.)



NAVIDAD 1855
ACTO 1
ESCENA 1
Cubierta, en la proa de una elegante y blanquísima embarcación de excursiones que hace honor a su nombre Flor de Lys. El clíper remonta la corriente del río Paraguay. A la sombra de artísticos toldos, una veintena de empingorotadas damas de la alta sociedad se dispone a merendar en torno a una mesa colmada de dulces, refrescos y primores de repostería.
Es evidente que están cumpliendo un penoso deber. Hay un silencio tenso, casi hostil, que nadie se atreve a romper. Figuras tiesas, malhumoradas. Sus atuendos sólo se destacan por sus rústicos perifollos y sus vestidos recamados de mostacillas. Casi todas van descalzas, salvo madame Cochelet, esposa del cónsul francés. Guardan rígida compostura con los brazos cruzados sobre el pecho. Algunas cambian comentarios en voz baja, evidentemente referidos a la anfitriona, que no es otra que Madama Lynch.
Un gran piano de cola negro que ocupa casi todo lo ancho de la cubierta. Madama Lynch canta un aria de su predilección como si se sintiese inspirada en medio de un paisaje idílico. Al terminar, se levanta y ocupa su lugar en la cabecera de la mesa. Nadie, excepto la señora Cochelet, ha aplaudido.
Madama Lynch, de pie ante sus invitadas, explica el sentido de la excursión por el gran río que ha dado su nombre a la patria. Con motivo de la inauguración de la colonia francesa de Nueva Burdeos, en la ribera opuesta del río, el presidente de la República ha declarado feriado, en honor a Francia. La comitiva viaja para asistir a la ceremonia oficial. Madama Lynch pide la amistad y colaboración de las damas paraguayas.
Un murmullo de desaprobación recorre el concurso, excepción hecha por madame Cochelet que agradece el homenaje a su país y abunda en conceptos elogiosos de la propia Madama Lynch, a quien llama la "bella embajadora de la cultura y la elegancia de Francia en el Paraguay"...
Madama Lynch se apresura a aclarar que, si bien es de origen irlandés y francesa de adopción, ahora se siente plenamente ciudadana del Paraguay. Madame Cochelet entona el aria cuya melodía une los motivos centrales de los himnos de los dos países.
Una voz chillona, en un extremo de la mesa, interrumpe los elogios de la Cochelet. Es la de doña Pura de Bermejo, esposa del director de Cultura, Ildefonso Bermejo, a quien se le oye decir en su cuplet : "¡Embajadora de la cultura y la elegancia de Francia...! ¡Mañana querrá ser reina o emperatriz de este infortunado país!".

DOÑA PURA: Escribiré en mis Memorias que he tenido el honor de ser invitada de una cortesana francesa... ¡en el Paraguay!...

Madama Lynch, que ha oído y entendido claramente el exabrupto de la ofensiva copla, no se inmuta en lo más mínimo. Altiva y serena hace un gesto a la fila de servidores que esperan en torno a la mesa con las fuentes tapadas. Uno tras otro, avanzan en fila militar hacia la barandilla y con gesto casi ritual, arrojan por la borda los contenidos de las fuentes.
Cuando el rumor de estupefacción se calma, Madama Lynch, dirigiéndose a Pura Bermejo, exclama: "¡Y yo escribiré en mis Memorias que me negué a servir a una arpía española en mi mesa!".
Ordena al capitán de la embarcación el regreso inmediato a la capital. Otra fila de mozos va colocando macetas con enormes cactus espinosos delante de cada una, menos delante de la anfitriona y de madame Cochelet.
Un episodio regocijante, muy propio del temperamento de doña Pura, se desarrolla a continuación. La fogosa y malhablada española, con gesto melodramático y grandes alaridos corre con su maceta de cactus hacia la barandilla arrojándola por la borda. Se trepa luego a la barandilla amenazando con arrojarse ella misma al río. El capitán y varios marineros se lanzan a detenerla y la traen a rastras hasta embutirla de nuevo en su asiento. Hay aplausos, risas y llantos histéricos. Al girar el barco, la puesta de sol se va reflejando en las cinceladas y vacías fuentes que emiten caricaturescos reflejos sobre los rostros de las damas que se asemejan ahora a verdaderas muñecas pintadas.
Con sus demudadas y tragicómicas facciones, Pura Bermejo chilla sus últimos dislates.
Madama Lynch no ha hecho el menor mohín, como si no hubiera visto volar una mosca. Tal una reina ante vasallas alborotadas contempla a lo lejos, ensimismada, el hermoso paisaje fluvial. De pronto se vuelve rígida y mira fijamente un punto con las facciones demudadas.
En medio de una franja de niebla se ve la silueta de Pancha Garmendia de espaldas. Vestida con su blanco typoi y la mantilla que le cubre la cabeza, está erguida e inmóvil durante algunos instantes. Luego desaparece.

ESCENA II

Casa de las Muchachas Recogidas y Huérfanas, de la que Panchita es directora. Está vestida del mismo modo que en la breve aparición de la escena anterior.
Se festeja la Noche Buena. En el espacioso zaguán de entrada han armado un gran pesebre en el estilo paraguayo de la época. Una decena de muchachas rodean a Panchita y atienden a los visitantes, les sirven refrescos y les reparten las confituras que cuelgan de las ramas. Están también la Madre, las tías Petrona y Ángela, gente del pueblo, mendigos, etc.
Nota a esta escena : En contraposición al ambiente de ópera cómica de la primera escena, ésta respira sincera ingenuidad como en las estampas coloreadas de los pesebres en los cromos antiguos. Es otro ejemplo de las contraposiciones de estilo, o del sincretismo de varios estilos entre lo naif, lo expresionista y lo figurativo, como base y expresión del arte escénico de vanguardia. Se rehúye lo folklórico, naturalista o regionalista en favor de los elementos míticos o simbólicos más genuinos que expresa la realidad.
Panchita está terminando de cantar un villancico:

...Sobre un hermoso arenal
de sol y luna dorado
dicen que en tiempo pasado
lloraba el Niño Jesús...
A la sombra perfumada
de tres matas de pindó,
en una sillita de oro
dicen que el Niño durmió...

Coro :
Oé... oé... dicen que el Niño durmió,
oé... oé... dicen que el Niño lloró,
y que en su llanto pidió
a Dios que nos diera amor...
Oé... oé... yekó raka'é...

Todos corean el estribillo, como arrobados ante la imagen del Niño que también lleva una máscara alusiva. Aplauden, abrazan y besan a Panchita parecida a una talla de la Virgen de la Asunción, de tamaño natural.
Un anciano y encorvado payador, cuya patriarcal barba blanca cae por detrás de la guitarra y barre el suelo, pide permiso a Panchita y entona a su vez una improvisada copla en honor a la Pesebre jára

...Pido a la Reina del Cielo
y a su Hijo Soberano
tengan por siempre en su mano
a doña Panchita pura.,
la reina de la hermosura...
Oé... oé... yekó raka'é
oikóva ñanendive...

Todos aplauden también con mucho entusiasmo al payador a quien retribuyen con apetecibles obsequios.
Las Huérfanas y Muchachas Pobres miman una escena en la que coronan a Panchita como Reina de Hermosura del Paraguay.
Le colocan en la frente tina corona dorada que han sacado de entre los adornos del pesebre. Panchita se resiste y en actitud de súbito impulso supersticioso, se saca la corona y la vuelve a colocar en una de las ramas silvestres de la que pendía.
Entra el P. Maíz, revestido de casulla y estola, seguido por seis monaguillos, para bendecir el pesebre, como patrono de la Casa. Lo rodean con respeto y simpatía mientras con el hisopo de agua bendita va asperjando el pesebre. De los incensarios brota el humo que cubre el pesebre de una niebla rosada, ante las exclamaciones de las Muchachas y Huérfanas.

P. Maíz (con entonación evangélica): Celebremos con unción el Nacimiento del Niño Dios hecho hombre. Jesús quiso nacer en un pesebre para enseñarnos a no poner nuestra felicidad en los honores, pompas y riquezas de este mundo. En esta Casa de Muchachas Recogidas y Huérfanas la pobreza, el trabajo, el amor a Dios y a nuestros semejantes son las mejores virtudes. Pidámosle a su Madre, María Santísima, que sea nuestro escudo y protección...

Todos entonan de nuevo el coro del villancico, en él modo del jahe'o soco.



ÍNDICE
Prefacio - Algunas reflexiones y sugerencias sobre la sinopsis argumental 
*. NAVIDAD 1855 - ACTO I
*. AÑO NUEVO 1860 - ACTO II (El gran teatro del mundo)
*. VIDA NUEVA - 1860 - ACTO III (La ópera de dos centavos)
*. GUERRA 1865 - ACTO IV (¡Vencer o morir!)
*. NAVIDAD 1869 – ACTO V (¡Ay de los vencidos!)


ENLACE RECOMENDADO:
YO EL SUPREMOAutor: AUGUSTO ROA BASTOS
Prólogo: ANTONIO CARMONA
Colección AUGUSTO ROA BASTOS 5
Dirección editorial: Vidalia Sánchez,
Diseño de tapa: Bertha Jerusewich,
Editorial Servilibro,
Asunción-Paraguay,
2007 (461 páginas).
 

viernes, 26 de noviembre de 2010

GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ - EL PELUQUERO FRANCÉS (NOVELA) - PRIMER PREMIO DE NOVELA INÉDITA LIDIA GUANES 2008 / Editorial SERVILIBRO, 2008


EL PELUQUERO FRANCÉS
(PRIMER PREMIO DE NOVELA LIDIA GUANES 2008)
HOLDING DE RADIO /
ATENEO CULTURAL LIDIA GUANES
y Editorial SERVILIBRO,
Asunción-Paraguay, 2008


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I PREMIO DE NOVELA LIDIA GUANES 2008: El 27 de agosto de 2008, en Asunción (Paraguay), quedó adjudicado el l Premio de Novela Inédita Lidia Guanes, organizado por el Ateneo Lidia Guanes, el Holding de Radio y la Editorial Servilibro.
Como representantes de las entidades organizadoras, estuvieron presentes en el acto, realizado ante la escribana pública Ana Manuela González Ramos, Gloria Giménez Guanes y Eduardo Aznar por el Ateneo Cultural Lidia Guanes; Lidia Rubín por el Holding de Radio y Vidalia Sánchez por Servilibro. Gloria Giménez inició el acto manifestando que la realización del concurso responde al propósito de promover la difusión de la novela y destacar la labor de los creadores en lengua castellana.
El jurado estuvo integrado por los escritores paraguayos Osvaldo González Real y Alcibíades González Delvalle (presentes en el acto), y la escritora residente en España Carmen Posadas, quien hizo llegar su fallo por correo electrónico. Por unanimidad, el jurado concedió el primer premio a la novela El peluquero francés, presentada con el seudónimo de Hernando de Soto. Al abrir la escribana el sobre cerrado, se constató que el autor era Guido Rodríguez Alcalá. El jurado decidió distinguir a la novela por el manejo impecable del idioma y la habilidad para recrear una época de la historia paraguaya cuyo interés transciende los límites nacionales.

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En 1855 llegó al Paraguay Elisa Alicia Lynch, con veinte años y un niño de tres meses en brazos. El padre era el general Francisco Solano López, hijo del Presidente del país y futuro Presidente. Elisa, una bella irlandesa que había conocido la libertad de París, donde conoció a su general, pronto advirtió que corría el riesgo de quedar completamente sometida al poder de la dinastía de los López. En su lucha por conservar la libertad, encontró un amigo y aliado en el peluquero francés Jules Berny, su viejo amigo de París, quien llegó al Paraguay con la esperanza de hacer la América. Por su parte, Berny necesitará la ayuda de Elisa para huir al extranjero con Francisca Garmendia, una valiente joven que rechaza los requiebros del donjuanesco general López. Esta novela histórica, al analizar las pasiones de los personajes, describe también la vida política y social del Paraguay de mediados del siglo XIX.

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CONTENIDO:
·         LLEGADA
·         UNA VIEJA CONOCIDA
·         UN CURIOSO VECINO
·         ALUMNAS DISTINGUIDAS
·         TRABAJOS DE CONTABILIDAD
·         VIAJE RÍO ABAJO
·         LA DAMA DUENDE
·         UNA PROPUESTA ESPECIAL
·         DESPECHO Y CELOS
·         CAMBIO DEL SISTEMA
·         CONGRESO ORDINARIO
·         NUEVO PRESIDENTE
·         BUENOS AIRES DE NUEVO
·         ACLAMADO EN BUENOS AIRES
·         REGRESO


1
LLEGADA
Mis ojos vuelven a la insufrible claridad de la bahía bajo el sol. Luego la luz se convierte en su memoria, en las claridades fugitivas detrás de los párpados, al pasar del encandilamiento del cielo abierto a la penumbra del galpón de la Aduana, una aglomeración de pordioseros y funcionarios no menos pedigüeños. Uno exigía un sello aquí, otro daba una orden allá, un tercero buscando -simulando buscar- enfermedades en los recién llegados, les exigía abrir la boca; cualquiera hallaba falta en los papeles, y todo con la intención de ganarse algunos reales complementarios de sus míseros salarios. Al forastero le recitaban, artículo por artículo, el reglamento policial. Queda prohibido hablar de la política de las Provincias de Abajo, por no importarnos lo que por allí pasa. Queda prohibido andar del bracero por las calles de la capital. No se podrá asistir a ningún baile o diversión sin una licencia previa de la policía. Toda vez que se pase frente a un centinela colocado en cualquier punto del territorio, se le saludará con respeto, porque las armas que empuña representan las armas de la República. No se podrá entrar o salir de la capital sin una licencia de la policía, etc.
Después de haberse leído el reglamento, dos gendarmes se apoderaron del presunto portador de una máquina infernal; tiempo y sufrimiento le llevó al pobre compañero de viaje explicar el propósito del artefacto desconocido. Yo me esperaba un tratamiento semejante, pues en mi equipaje llevaba otro objeto extraño y, para decir verdad, más ofensivo que una inocente cámara fotográfica; válido incluso para atentar desde la distancia contra la vida de algún magnate local. Cargaba con él porque me había comprometido a entregarlo al general López, pero entre el general López y yo se interponían los subordinados, que podían hacerme ver las de Caín antes de llegarse a la entrega. En aquel momento apareció, como un ángel feo, un hombre de mala catadura y buenas intenciones, un sargento con órdenes de protegerme y conducirme por entre los vericuetos burocráticos. Vengo a llevarlo a la casa para usted, etc. Yo entendía a medias su discurso a medias en lengua indígena; los servidores del Gobierno entendían la otra mitad. Aquel fue el sésamo ábrete para franquear la de otro modo infranqueable barrera burocrática, a través de cuyos círculos infernales me condujo el baquiano. De la Aduana a las calles caldeadas por el sol de la siesta (¿cómo sería el verano, si noviembre era así?), y atronada por la música de varias orquestas militares que atacaban las notas musicales como al enemigo. Había mucha gente; nadie dejaba de mirarme desde las esquinas, desde las ventanas, desde los zaguanes, desde los árboles donde se arracimaban los curiosos de ver mejor los preparativos en la Plaza de Gobierno, la antigua Plaza de Armas española encuadrada por los cuarteles, la Catedral, la Casa de Gobierno y el Cabildo, y donde se aprestaba lo necesario para la corrida de toros, el juego de la sortija y el baile popular. Pasado el cuartel de la Policía, me llamó la atención un edificio sorprendente con el piso inferior pintado como imitación de mármol, con dos puertas y doce ventanas; el superior, sostenido por quince pilares rojos con capiteles egipcios (en rigor un cobertizo levantado para darle mayor tamaño al inmueble) tenía barandas verdes sobre la calle y una pared dorada al fondo; para indignación del propietario, los periódicos bonaerenses lo llamaban palacio de un jefe africano. Desde una ventana, una mujer de aspecto campechano arrojaba monedas a una multitud que vitoreaba al dueño de la casa egipcia o africana, según como quisiera vérsela. El malencarado me permitió pasar por en medio de la gente; viendo cómo se abría camino en aquella mar humana, admiré su capacidad para hacerse respetar por el populacho. Llegados a la casa, el conductor me entregó la llave y, con cierta gestualidad de guiñol, comenzó a mostrarme las habitaciones. Para hablar poco o nada, era un perfecto hotelero, si bien me resultaba sorprendente verlo usar una llave o abrir un armario, pues no podía representármelo sino arrojando las boleadoras, aunque resultara injusta esa descalificación de quien me había prestado buenos servicios y, con una perfecta discreción, se retiró tan pronto como le fue posible, dejándome en libertad de ocupar la gran cama de madera tallada, donde caí rendido, exhausto por el viaje comenzado en el puerto de Burdeos y casi terminado catastróficamente frente al de Buenos Aires, que de puerto tiene solamente el nombre, pues ningún abrigo ofrece contra los vientos huracanados capaces de llevarse mar adentro las embarcaciones fondeadas a millas del muelle a causa de la poma profundidad de la rada. Desde Buenos Aires, varios días sobre las aguas terrosas del Paraná, río de curso cambiante donde son frecuentes las varaduras e inevitables los ataques de los insectos de todas las especies y maldades. (Un compañero de viaje, después de una noche especialmente dura, dijo haber recogido media libra de aquellas alimañas en un pañuelo.) Ya en la cama, sentía que algunas sabandijas me habían acompañado hasta el dormitorio, pero preferí dormir a combatirlas.
Me despertaron unos golpes a la puerta. Abrí para encontrarme, tieso como una estatua, al malencarado de la siesta. Con gesto militar, el sargento extendió el brazo para entregarme la nota y quedó en posición de firme mientras yo la leía con dificultad, pues ya había anochecido (¿cuántas horas dormí?). Invitación al teatro. El sargento debía acompañarme. La invitación era buena noticia, pues significaba una distinción, y era mala, pues no me dejaba tiempo para cenar. Olvidando o tratando de olvidar lo segundo, volvía al dormitorio para vestirme cuando escuché el ruido de unos pasos. Sí, alguien caminaba en el patio. ¿Alguien? Sólo distinguí una forma blanca y, como las impresiones del viaje habían afectado mi sensibilidad y me sentía con unas décimas de fiebre, no pude evitar el escalofrío.
Por instinto así una mano del mortero (todas las casas del pueblo tienen su mortero para moler maíz), un arma formidable contra un ladrón e inútil contra un ser sobrenatural. Desistí de los golpes y logré pronunciar algunas frases en un pobre intento de diálogo con la criatura, extraordinaria como criatura de nuestro mundo o de cualquier otro, que se desplazó como sin tocar el suelo hacia las habitaciones del fondo del patio (las destinadas a los esclavos) y se perdió en el aire o en la oscuridad. ¿Desapareció? De nuevo sonaban pasos, pero en el zaguán; nuevo sobresalto.
Fue un alivio reconocer en aquellos otros pasos los del malencarado sargento, quien repetía con voz destemplada, ¡es tarde! La expresión del hombre decía no me muevo de aquí basta que usted me acompañe, órdenes son órdenes; no podía despedirlo ni quería tenerlo de testigo para ningún tipo de encuentro, ni espiritual ni carnal.
Mientras salíamos, involuntariamente recordé la fábula del rey visitado por una criatura terrible, al amanecer transformada en mujer bellísima. ¿No podía depararme una transformación similar aquel encuentro? Lo insólito de la situación me predisponía a las suposiciones fantásticas, mientras el buen sentido decía que la intrusa se había equivocado de casa; sólo en las novelas una joven pierde la cabeza por un desconocido como yo, llegado a la ciudad unas pocas horas atrás. Aun disponiendo del más eficaz filtro de amor, la pinta de mi acompañante hubiera desvirtuado sus efectos mágicos sobre una princesa encantada o mujer de cierta condición, para no perder el buen sentido (por otra parte -pude notarlo- el malencarado tenía un especial ascendiente entre las damas del puerto).
Siguiendo la calle de la Asunción (mi casa quedaba frente al costado sur de la Catedral), podíamos llegar al Teatro Nacional. Sin embargo, en la esquina de Independencia Nacional (a pasos de mi casa), el acompañante me tomó del brazo para hacerme girar a la izquierda, para no pasar por delante del caserón egipcio, domicilio del Supremo, cuya presencia todos trataban de evitar por prudencia, por tradición y por cumplir el reglamento policial, que prohibía pasar por delante, porque en él residía la Autoridad.
Por Independencia Nacional llegamos hasta la calle del Sol, donde enterramos los pies en un montículo de mortero. Don Vicente, dijo el guía. Entendí la casa de don Vicente, señor de suficiente influencia como para levantarla al lado de la residencia del Supremo, privilegio que le concedía el privilegio adicional de ocupar la calle con los materiales de construcción. ¿Podía asistir a la función de gala con los zapatos en tal estado? Nadie ha de notar, dijo el guía, como adivinando mi reticencia a proseguir camino hacia el recién concluido Teatro Nacional, todavía con olor a pintura fresca.
Esa imitación de ópera europea, por imitación me hacía sentir seguro; en su piso de tierra apisonada no desentonaban mis zapatos sucios. Por europea, me hacía sentir necesario; aquellos hijos pródigos de la vieja España necesitaban de la civilización de Europa, una modalidad de vida y pensamiento detenida por la barrera infranqueable de los Pirineos. Un mal teatro era el comienzo del teatro, y con él, de todo lo necesario para una auténtica función de gala, donde mi asistencia podía ser muy útil, por no decir indispensable.
El pueblo, sin cabida física ni legal en el teatro, llenaba las calles circundantes y aguardaba, fascinado, como si le hubieran cedido todos los palcos. Lo sacó de su ensoñación (si la había) la enérgica intervención de la guardia, que se valió de la culata de los fusiles para abrir paso a la carroza del Primer Presidente constitucional de la Nación -mérito debido a que los antecesores habían sido dictadores, cónsules, triunviros o vocales-. La portezuela del vehículo se abrió y su principal ocupante sopesó las dificultades del descenso antes de poner un pie en el estribo y apoyarse en los hombros de los granaderos para aterrizar. Una aclamación saludó su llegada, mientras los soldados presentaban armas y la orquesta iniciaba los acordes del himno a San Carlos, compuesto especialmente para aquella festividad del 4 de noviembre. 4 de noviembre de 1855, para ser más preciso, onomástico de Su Excelencia, por cuya salud hubo Te Deum; en cuyo homenaje se dispararon salvas de artillería, mientras el pueblo participaba en las fiestas comenzadas el día anterior en todo el país, y prolongadas hasta el día siguiente. (Al día siguiente, tuve ocasión de presenciar el curioso juego de la sortija: al galope, los participantes trataban de ensartar en la punta de una lanza el anillo suspendido de un poste mediante un hilo.)
¿Cuántos años cumplía? Sesenta y tres, me respondieron con suficiencia, perdonando la ignorancia por tratarse de un extranjero, pues todo hijo del país tenía la obligación moral de saber la edad de Su Excelencia, así como de callar que aparentaba muchos años más. Los exiliados eran menos respetuosos: lo llamaban el hombre de las blancas bragas por las bragas o calzones de raso blanco al viejo estilo español con que Su Excelencia se hacía ver en público. A veces los panfletos cruzaban la frontera y llegaban a mano del criticado, quien cambió de traje sin terminar por eso con las burlas, por lo demás inofensivas. Indumentaria aparte, al hombre mal vestido se le reconocía el mérito de haber conservado el orden, mientras los demás países americanos eran pasto de la anarquía más desenfrenada.
El Presidente me dirigió una mirada benevolente; no me conocía, pero se me había puesto cerca del Mayor de Plaza, como a un invitado importante y quería conocerme o confirmarlo que ya le habían dicho sobre mí -todo extranjero era una novedad-. De la carroza familiar descendió la mujer a quien al mediodía había visto arrojar monedas al pueblo. Si ella tenía cuarenta años, no los mostraban sus cabellos renegridos, vivo contraste con la blancura de su piel. Se veía pequeña y segura al lado de su corpulento marido; su vestido discreto y bastante a la moda también la distinguía de la elegancia colonial del hombre. Las dos hijas habían heredado los rasgos españoles de la madre, no los indígenas del padre. Por un instante todos permanecieron inmóviles, y yo pensé en un retrato de familia. Una fotografía. Pero Su Excelencia detestaba las fotografías, quizás con razón, porque la veracidad de la imagen podía mostrarlo como un hombre común, e incluso de manera aún menos favorecedora a causa de su excesiva obesidad; de su frente estrecha y mandíbulas de buldog (diversión de las caricaturas de Buenos Aires). Sin esa prueba material, él seguía siendo un hombre sin límites físicos. ¿Quién lo había visto? Cuando pasaba en su carroza, era de rigor que todos se le descubriesen; algunos se arrodillaban y unían las manos en actitud de oración, todos inclinaban la cabeza como al paso del emperador del Japón en el Japón. ¿Quién se atrevería a describirlo como viejo o enfermo? No existían retratos, como no los había del Dictador Supremo, cuya presencia en las calles obligaba a todos a retirarse y cerrar las puertas y ventanas. A diferencia del predecesor, don Carlos no era cruel ni tampoco necesitaba serlo, pues había recibido un país educado en la obediencia y se proponía conservarlo así, sin incurrir en los excesos innecesarios del Finado, porque no tenía ninguna afición a la sangre como el misántropo Francia, quien hizo matar a palos al muchacho que tuvo la desgracia de cruzársele en uno de sus paseos por la ciudad.
La función se inició, siguiendo el programa, con la sinfonía a toda orquesta compuesta para la ocasión por un músico francés no desprovisto de talento, como la generalidad de los franceses residentes en el país. Después apareció en el escenario un hombre de acento español; de hecho, era español y llegó a ser mi buen amigo, una vez superado su resentimiento español hacia lo francés, expresado en comentarios muy tontos, como aquel de que los dramaturgos franceses habían corrompido el gusto del público y rebajado la moral. Don Ildefonso Bermejo era maestro de escuela y director de teatro; la representación de aquella noche era producto de sus esfuerzos, y por eso se permitió exagerar declamando que la inauguración del Primer Coliseo Nacional (nombre oficial de aquella construcción de adobe), marcaba el inicio de una era de gloria para las letras nacionales, etc. Le sucedió en el escenario un niño de unos diez años, quien leyó con bastante dificultad el discurso publicado después en el periódico de Bermejo:
Señor Presidente. Deseábamos un día en que poder atestiguar nuestro reconocimiento de una manera solemne, y nos ha parecido el de San Carlos el más oportuno para verificarlo convenientemente. El aniversario de San Carlos nos trae a la memoria dulces y lisonjeros recuerdos. Es el momento en que damos libre expansión a nuestros corazones, para atestiguar nuestro reconocimiento a la insigne persona que tan desinteresadamente ha tomado a su cargo la ímproba tarea del cuidado de nuestro porvenir. Llegad, compañeros, allí está la insigne individualidad que con mano paternal nos acoge, porque quiere que seamos dignos ciudadanos. Elevemos de consuno nuestros votos al cielo para que, como hasta aquí, continúe siendo nuestra aurora salvadora y el origen de nuestra dicha futura.
En homenaje a la insigne persona, el niño prorrumpió en un hurra, coreado por todos, incluso las damas, como marinos ingleses. Prefiero omitir las expresiones del más absoluto servilismo al hombre del cumpleaños. Sin embargo, ¡cómo quisiera estar de nuevo en aquel galpón iluminado con lámparas de aceite y damas ataviadas con aros descomunales, digno adorno de un pirata del Caribe! No idealizo el pasado, sólo extraño lo perdido con él.
No estuvo mal la representación de El Valle de Andorra, aplaudida por todos, aunque todos tuvieran la atención dirigida hacia una suerte de representación paralela: una mujer distinguida por su porte y traje europeos, por su no sé qué de arrogante, y por el hecho de ocupar sola una luneta, cuando todas las de su sexo estaban acompañadas y custodiadas. Las flores rojas me recordaban a la dama de las camelias, si bien la infractora unía a lo provocativo del atuendo un toque de recato. Digamos una Margarita Gautier casada. Una Gautier auténtica hubiera resultado tan fuera de lugar como un tapir en la avenida de los Campos Elíseos. Casada, sí, ella estaba casada o en una situación similar. ¿Cómo se distingue una soltera de una casada? Con el conocimiento profundo de las mujeres; al amateur no se le pueden dar reglas. Lo digo sin presunción, porque el mío es, ¡hélas!, un conocimiento de carácter predominantemente teórico; proviene de confidencias antes que de experiencias. Agregaré que el aire de casada no lo da tanto el vínculo matrimonial como la posición social y ésta, la nueva posición, era lo notorio en aquella dama de las camelias.
La Margarita trasplantada me echó un vistazo; lo comprendí como entendido. Ella se preguntaba quién era yo. Me reconocía como extranjero, mas no del tipo habitual, pues tipos sólo podía haber dos. Por un lado, el de los ingenieros, médicos, químicos, oficiales de marina, profesores de música y de dibujo; por el otro, el de los artesanos y manobres del astillero, arsenal y otros trabajos públicos (estos últimos por lo general ingleses, vale decir devotos y borrachos los fines de semana). Yo no encajaba en ninguno de los dos grupos, pues mi elegancia resultaba excesiva para un obrero y no tenía el tipo de ingeniero. ¿Nos habíamos conocido? Ella sabía que sí (¿no me he dicho entendido en mujeres?) y trataba de precisar cuándo, cosa algo difícil para una persona un poco miope e incapaz de aceptar una limitación física o mental.
Terminado el acto, la naturaleza me llevó al lugar que llaman excusado, nombre escrito sobre la puerta en su equivalente francés, idioma favorito de quienes lo desconocen, sobre todo en América, donde se lo asocia con la distinción y la perversión, dos características cautivantes.
"No se puede", me explicó mi omnipresente malencarado. "Haga como todo el mundo", me dijo un hombre, que uniendo la palabra al ejemplo me condujo al patio, donde varios árboles hacían las veces de servicio para los caballeros, porque las damas habían monopolizado los vestuarios para cambiarse de ropa para asistir al baile, creando así un serio problema logístico, pues la capacidad del teatro era limitada, y se vio excedida con la llegada del regimiento de esclavas y modistas, que aportaban los trajes de gala y la ayuda necesaria para ponérselos.
Aquella escena pintoresca del traspatio del Teatro Nacional, inconcebible en un teatro francés, no terminaba de asombrarme. El Ministro de Hacienda usaba como percha de su sombrero la rama del árbol contra el que se aliviaba mientras con-versaba con el presidente del Tribunal de Apelaciones. Los jueces, los mismos que ofrecían el baile en homenaje al Jefe del Ejecutivo (y de los demás poderes del Estado), se comportaban de la manera más inconveniente, echando bromas cuyo sentido literal se me escapaba y sin embargo comprendía. ¿Se toma-rían las mismas libertades las damas en el vestuario? No me hubiera sorprendido; en el país subsistía la naturalidad (por llamarle así) de sus aborígenes: en la bahía del puerto, a poca distancia de la Aduana, a la vista de todo el mundo, que no parecía notarlo (exceptuando los extranjeros) hombres y mujeres se bañaban en traje de Adán y Eva. ¿Y qué decir de esas mujeres fumando esos enormes cigarros? Algunas enseñaban a fumar a sus hijos de corta edad; otras los amamantaban en público. Quitada la inocencia, era el paraíso terrenal.
Hubo una agitación cuando una nueva sombra se agregó al grupo. Era el general López, reconocido a pesar de su discreción, pues se ocultó en el lugar más apartado del patio; por lo visto, durante su estadía en Europa, él había aprendido algo del pudor propio de la convivencia civilizada. Ya en condiciones más decorosas, volví a encontrármelo en la sala de baile, que era la misma sala del teatro después de haberse retirado las sillas y humedecido el piso precario por una multitud de esclavos endomingados, descalzos y provistos de baldes de agua, para evitar el polvo y permitirse la entrada de las damas con sus nuevos trajes, mientras los músicos de la orquesta afinaban sus instrumentos sentados en el suelo y un segundo ejército de esclavos preparaba el sitial de honor. Confuso por el ajetreo y temeroso de faltar a alguna regla de la sencilla y complicada cortesía local, buscaba un lugar donde acomodarme cuando, en tono sumamente cortés, el general López me dijo:
"Monsieur Berny, estoy muy contento de verlo aquí. Sé que debió hacer un esfuerzo para venir a la fiesta antes de haber desempacado. ¿Fue muy duro el viaje?".
"Aparte de una tormenta frente a Buenos Aires...". "Bien. Entonces me habrá traído la encomienda". Asentí. "Me la entregará cuando pueda. No hay apuro". El tono decía más bien tengo prisa, estoy impaciente de hacer el experimento. "Mientras tanto, debe divertirse". A un gesto del general, alguien me colocó una copa en la mano. "Beba". No era posible contrariar a un hombre tan cortés y tan imperativo, cuyos modales obsequiosos disimulaban la ferocidad del tigre agazapado para saltar.
No sin elocuencia, aquel hombre jaguar relataba, a un grupo de jóvenes maravillados, la presentación de credenciales; el coche que lo había llevado por calles iluminadas como en pleno día hasta las Tullerías, donde habían encendido grandes fogatas porque hacía mucho frío (pausa para explicar que enero es frío en Francia) y porque el público quería ver las caras de los representantes extranjeros. A los embajadores los recibieron en tina sala más grande que todo el Teatro Nacional, después de haber caminado centenares de varas a través de otras salas igualmente extensas. Uno de los representantes confundió a un ayudante del Emperador con el Emperador. ¿Cómo no confundirse? ¿Todos con charreteras, espuelas de oro, botas nuevas! Los había de todos los colores: los secretarios de verde, los ordenanzas de azul, los chambelanes de rojo. ¿Bella la Emperatriz? Bellísima. Eugenia de Montijo. ¿Habla castellano? ¡Claro, si se llama Eugenia de Montijo!
Por momentos, el general López me pedía confirmar a sus oyentes lo imposible: las salas con espejos en las paredes. ¿Para vestirse? No. ¿Se rompían? No. ¿Por qué en una sala de baile? ¡Ah!, verán qué bien quedan cuando los pongamos en el Club Nacional. (La construcción del Club Nacional se había convertido en prioridad desde el regreso de Francia de la numerosa misión diplomática.) ¿La guerra de Crimea?, preguntó un niño de unos diez años llamado Juan Crisóstomo; tenía una mirada inteligente y había tomado parte en la representación teatral dirigida por el español. El general le acarició la cabeza paternalmente y respondió: aquí hay damas y podrían impresionarse con tanta sangre. Moriré sin saber si el general estuvo en Crimea, aunque dudo de que el Emperador le hubiera confiado varios batallones; todo el mundo se lo creía en Asunción a causa de la foto: el hombre de espaldas debía ser don Pancho; el otro, el Emperador en persona. Nunca he podido ver la foto y, de no haber reconocido en ella al Emperador de los franceses, me hubiera cuidado muy bien de decirlo.
"¡Madame!".
Margarita Gautier se acercaba.
"La señora", explicó el general para que todos lo oyeran y aceptaran, "ha venido para realizar inversiones de capital". Tratándose de una inglesa, lo de capitalista resultaba aceptable; todo se puede esperar de los ingleses, hasta una mujer capitalista y, si el general lo decía, era forzoso creerlo, aunque la capitalista se presentara en el atuendo de tina bailarina de la ópera. "Madame, este señor ha venido para poner su trabajo, su capacidad, al servicio de nuestro país". Esto también para que todos lo oyeran y aceptaran "Entonces puede ser muy útil". Había cierta ironía en la voz. "¿Cómo se ha decidido a venir hasta aquí?".
"Por intermedio del señor Laplace".
"¡Un hombre excelente nuestro cónsul en París! Ha hecho lo posible y lo imposible para estrechar nuestras relaciones con Francia. Por desgracia, entre los franceses llegados hace un tiempo existen cabezas duras, que nos han causado buenos disgustos, y que no ha de ser el caso con el señor Berny".
"Así espero", acotó madame con una dureza no percibida por los ingenuos contertulios.
La conversación terminó porque se acercaba un ujier gritando ¡con permiso! y al mismo tiempo empujando hombres y mujeres. Sonó una música y el Presidente marchó hacia su lugar de honor, el sillón dorado puesto sobre el estrado y bajo el dosel. Se veía contento (siempre está contento en su santo, me explicaron) pero su expresión cambió al reparar en la extranjera, sobresaltada en presencia del Supremo como una acusada en presencia del gran inquisidor; en ambos casos, la sospecha valía como prueba de hechicería o de mal comportamiento. Por suerte había quedado atrás la Edad Media, y la sospechada pudo retirarse del teatro sin, más castigo que la humillación.
El baile comenzó en seguida y yo me repetía aquel lugar común de que el mundo es pequeño, ¡cómo de pequeño será cuando se establezca el telégrafo intercontinental! También me dije París es grande, porque la fiesta aldeana me transportaba a los mejores momentos del Bal Mabille, donde había conocido a la temperamental Mousqueton, a la divina Pomaré, ella con su aire de madona conferido por la tisis; a la Mogador. La influencia de Mabille había difundido por todo el mundo esa música polaca prohibida un tiempo por indecente por la policía parisina: la polca. Naturalmente, debía enterrar en lo más profundo de la conciencia el recuerdo de las visitas de los diplomáticos paraguayos al Mabille y ciertos incidentes picarescos, como la botella arrojada a un agente de policía por la blanca mano de la dama encontrada de nuevo en el Teatro Nacional. Algo de aquello había transcendido, y por eso el Presidente Constitucional se había mostrado tan molesto al verla. Sin duda, Su Excelencia tenía un propósito civilizador: toleraba las mujeres desnudas en el puerto y en los ríos y arroyos del país; para la admisión en ciertos círculos, sin embargo, la conducta y los antecedentes debían ser otros. Yo estaba dispuesto a secundarlo en la tarea europeizadora enseñando a sus paisanas a vestirse, a quitarse esos enormes aros dignos de los piratas del Caribe y, ¡por Dios!, a no untarse los cabellos con grasa para darles brillo.



ENLACE RECOMENDADO:
LEVIATAN ET CETERA
Poesías GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ
Tapa: JULIO GONZÁLEZ
Ediciones NAPA
Serie Poesía – Nº 1 – Junio 1981
Hecho el depósito que marca la Ley
Impreso en Paraguay
EDITORA LITOCOLOR
Mayo 1981
Asunción – Paraguay (pp. 64)


miércoles, 24 de noviembre de 2010

RESIDENTAS, DESTINADAS Y TRAIDORAS. Compilador: GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ / Introducción: GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ

RESIDENTAS, DESTINADAS
Y TRAIDORAS (2ª EDICIÓN)
Compilador:
GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ
(Enlace con datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Tapa: Julio Cacace
RP ediciones – CRITERIO,
Asunción-Paraguay
1991 (pp.159)



INTRODUCCION

Forma parte del folklore local la idealización de la guerra y, dentro de la bendita idealización, el culto romántico a la residenta, a la heroica mujer del Paraguay que acompañó, pacientemente, al hombre en todos los infortunios de la guerra.
La realidad, sin embargo, no es favorable a las idealizaciones, como lo muestra el testimonio del capitán Domingo A. Ortiz, combatiente de la guerra grande que, como miembro de una comisión de límites paraguayo-brasilera, volvió a visitar el campamento de Espadín en 1873 y dijo:
“El 1º de octubre (1873) nos hallamos en la cabecera del arroyo Espadín, célebre por la desgraciada suerte que sufrieron en sus solitarias costas, centenares de las principales familias del Paraguay, durante la cruel y desastrosa guerra del año 1865.
El 9 del mismo mes, recogimos datos sobre el curso del arroyo Espadín, estuvimos hasta la isla que sirvió de recostadero al campamento de las destinadas, de cuya proximidad, eran indicios vehementes, los numerosos cráneos y huesos humanos que veíamos a los lados del camino.
El 22 de octubre, tuve ocasión de visitar aisladamente el ex campamento de las destinadas del Espadín, horrible necrópolis, donde los numerosos vestigios de las víctimas infelices que allí gemían entre el hambre y la miseria, sufriendo atroces tormentos, afligen profundamente el ánimo más frío e insensible.”
El capitán Domingo A. Ortiz no era un polemista ni lo que hoy llamaríamos un antilopizta; él se limitaba a consignar, en su informe presentado al Ministerio de Relaciones Exteriores en 1874, lo que había visto en el campamento de destinadas de Espadín (que hoy llamaríamos campo de concentración).
Otro testimonio poco romántico es el de una destinada de Espadín, la señora Dorotea Duprat de Lasserre, enviada a Espadín porque su padre, hermano y esposo, habían sido ejecutados como reos políticos en el proceso de San Fernando:
“Cayó una lluvia espantosa: estaba con un dolor terrible de muelas, nos mojamos en grande, amanecimos sin un mate de yerba que tomar, ni un bocado de algo que comer; eran ya las doce, llovía siempre, ya teníamos verdadera hambre, la sirvienta de la señora de Leite estaba en un estado deplorable de languidez, cuando de repente abortó una burra de la señora; yo les dije que en Francia se comía burro, y que comiesen el aborto al momento. Se animaron y bajo una continua lluvia cocinaron esa carne... yo cerré los ojos, pues había jurado vivir y comí ese alimento.”
La señora Duprat de Lasserre fue destinada, y como tal compartió la suerte de la señora Concepción Domecq de Decoud, madre de José Segundo Decoud, fundador del partido colorado, y de Héctor Decoud, conocido historiador. ¿El crimen de la señora? Ser la esposa de uno de los organizadores de la Legión Paraguaya. Ciertamente, la señora se encontraba en Asunción cuando comenzó la guerra mientras que su marido, en Buenos Aires, activaba contra el gobierno de López. De cualquier manera, la mujer tuvo que salir de Asunción como traidora y peregrinar en compañía de cuatro hijos menores de edad. Otra destinada fue Carmen Urdapilleta de Jovellanos, cuyo marido murió en la cárcel porque, siendo juez, se negó a dictar una sentencia en los términos queridos por López... La culpa del marido alcanzó a la mujer, que tuvo que hacer a pié el camino de Espadín, fue rescatada del campo de concentración por los brasileros (antes que los esbirros de López tuviesen tiempo de cumplir la sentencia de muerte dictada contra ella), se casó en segundas nupcias con un proveedor del ejército aliado, Juan O'Leary, tuvo con él un hijo llamado Juan Emiliano O'Leary, llamado a convertirse en el mayor apologista de Francisco López, repudiado después de la guerra por sus víctimas y cómplices -Bernardino Caballero lo llamó "Nerón americano"; sus fiscales de sangre, Fidel Maíz, Matías Goiburú y Silvestre Aveiro, han dado testimonio de sus crímenes (véanse las declaraciones de estos dos últimos, incluidas en este libro). La reivindicación de López, ídolo de una religión nacionalista, llega al Paraguay como reflejo de las ideas totalitarias de la Acción Francesa, y se convierte en ideología oficial de las dictaduras de Higinio Morínigo y Alfredo Stroessner. En esta ideología de extrema derecha, la historia es el resultado de la acción de "un puñado de jefes" (palabras de Charles Maurras, cabecilla de la Acción Francesa); los soldados cumplen alegremente las órdenes del jefe; las mujeres son carne de cañón supletoria: empuñan las armas cuando el ejército se va quedando sin hombres. Los hombres están "para gastarse" por el jefe; todo el mundo está feliz con la carnicería...
Esto, al menos, es lo que dice la ideología militarista oficial, la que se muestra incapaz de explicar por qué, si todo el mundo seguía a López, era obligado a hacerlo; la que prefiere ignorar que hubo deserciones masivas en el ejército paraguayo y rebeliones de mujeres del pueblo durante la guerra mujeres no persuadidas de las ventajas de morir por la patria en los términos propuestos por el "generalito".
Y, volviendo ahora a la imagen convencional de la residenta, hay que recordar que la evacuación de Asunción fue ordenada por López en febrero de 1868 bajo pena de muerte y, que había distintas categorías entre las mujeres condenadas al éxodo: estaban las agraciadas, las mujeres cuyos parientes se llevaban en buenos términos con López; estaban las traidoras, parientes de reos políticos, castigadas por las faltas de familiares, e incluso por las faltas de amigos y conocidos. Y este es uno de los aspectos más curiosos -por no decir siniestros- de la guerra y del gobierno de López en general: el hecho de que se aplicase el criterio de la responsabilidad colectiva, propio de la Edad Media. En la Edad Media, como se sabe, la culpa de un traidor podía recaer sobre la familia, sobre la vecindad, e incluso sobre todo un pueblo; se sabe también que López gobernó con la ley de las Siete Partidas, las Ordenanzas Militares españolas y la legislación colonial española, pero no está claro si para López la aplicación de aquellas leyes era una cuestión de principios o una cuestión dé oportunismo o terrorismo político. El hecho es, de cualquier manera, que se cometieron muchas violencias contra las mujeres -y contra las familias- traidoras; las traidoras que no fueron fusiladas después de haber pasado todo tipo de vejámenes y torturas (incluyendo la violación) como Juliana Insfrán de Martínez, "la heroína del dolor", corrieron la suerte de ser destinadas a Yhú y a Espadín (Espadín se encuentra actualmente en territorio brasilero, cerca de la unión de las cordilleras de Amambay y Mbaracayú, y allí se instaló un campo de concentración para traidoras).

EXODO, RETIRADA Y FUGA
Para comprender la peregrinación de residentas y traidoras, es preciso recordar sucintamente el desarrollo de la guerra, que comenzó en 1864, con la invasión paraguaya del Matto Grosso, y continuó con la declaración de guerra a la Argentina, en marzo de 1865. Semanas después de esta declaración, López envió al Coronel Estigarribia, con 12.000 hombres, a invadir el Brasil y al general Robles, con 25.000 hombres, a invadir la Argentina. Dado que la población del Brasil, entonces, era de unos 10.000.000 de habitantes y que ese país, movilizado militarmente, tenía unos 30.000 hombres en armas en Río Grande del Sur, la expedición de Estigarribia estaba destinada al fracaso: Estigarribia se rindió en setiembre de 1865 con lo que le quedaba de su ejército, 6.000 hombres (entre abril y setiembre había perdido la mitad de sus fuerzas). Declarado traidor, tuvo la suerte de quedar prisionero de los aliados. Robles, sin embargo, incapaz de cumplir su cometido, por lo demás imposible, fue relevado de su puesto y fusilado como traidor. Para fines de 1865, el ejército paraguayo se había replegado de la Argentina y la guerra toma para el Paraguay un carácter defensivo y ya no más ofensivo. Para fines de 1865, el ejército paraguayo había perdido, en estimaciones de Thompson y de Cecilio Báez, más de 60.000 hombres.
En otras palabras, se terminó lo que, en propiedad, podía llamarse el ejército paraguayo, ya que las nuevas levas incorporaron a un número excesivo de menores de edad y de personas de edad muy avanzada para empuñar las armas. Y digo que el ejército paraguayo se terminó a fines de 1865 en base a las siguientes estimaciones: (a) en una movilización militar total, como la que tuvo lugar en la segunda guerra mundial, Alemania mandó al ejército al 10% de su población total -ya incorporando a menores de edad; (b) según estimaciones aceptables, la población paraguaya, en 1864, se acercaba a los 500.000 habitantes; (e) en una movilización militar total, el Paraguay de 1864 no podía haber mandado al ejército más de 50.000 hombres (hablamos de un ejército compuesto, mayormente, de hombres aptos, no de los niños y ancianos que después se enrolaron); (d) si bien la cifra de 64.000 bajas (Báez) puede ser exagerada, reduciéndola a la mitad podemos decir con fundamento que 32.000 bajas significaban el fin de un ejército de 50.000 hombres. (En su prólogo a las Memorias de Juan Crisóstomo Centurión, Natalicio González afirma que el ejército paraguayo, al inicio de las hostilidades, tenía unos 38.000 hombres, cifra aceptable).
Si López hubiera optado por la defensiva, quizás hubiera tenido chances de victoria; sin embargo, el 24 de mayo de 1866, atacó con unos 20.000 hombres, que no contaban, prácticamente, con apoyo de artillería, a un ejército aliado dos veces superior en número y bien aposicionado en Tuyutí; esta batalla terminó con el aniquilamiento del ejército agresor, cuyos pocos sobrevivientes se retiraron a un campamento que no estaba fortificado, el de Paso Pucú. Si los aliados hubieran tenido la osadía de atacar, hubieran llegado sin mayor esfuerzo a la comandancia de López. Sin embargo, su falta de información o de audacia dio a los paraguayos las semanas de tiempo que necesitaban para reorganizarse. De cualquier manera, la guerra ya estaba perdida para el Paraguay, país económicamente arruinado por la guerra, como lo observó el representante francés, Cochelet, en informes consulares a su gobierno (publicados sólo parcialmente). La guerra estaba perdida -señaló Cochelet- porque no había medios para continuarla, y no había medios para continuarla porque el bloqueo de los ríos había terminado con el comercio exterior, vital para la economía paraguaya, a pesar de ciertas afirmaciones en contrario y relativas a la "autonomía" paraguaya. (El bloqueo de los ríos, además, tuvo otras consecuencias negativas, como el impedir que llegasen al Paraguay vacunas contra la viruela, enfermedad que diezmó la población del país, juntamente con otras pestes, como el sarampión y el cólera).
Para suerte o para infortunio del Paraguay, la incompetencia militar de López se vio compensada por la de los aliados; éstos, en vez de encerrar a López en el cuadrilátero mediante una operación conjunta de ejército y marina, optaron por atropellar las fortificaciones de Curupayty, el 22 de setiembre de 1866, con el resultado que se conoce. La derrota, las recriminaciones recíprocas y la inestable política argentina demoraron las operaciones aliadas por mucho tiempo pero, finalmente, los brasileros decidieron seguir el plan original de Mitre: encerrar a López en el cuadrilátero, cortarle las comunicaciones con Asunción y el resto del país y obligarlo a rendirse. El plan, estratégicamente correcto, fue tácticamente mal ejecutado, y el famoso cerco del cuadrilátero tenía demasiados huecos; por uno de ellos pudo escaparse López a principios de marzo de 1868, para cruzar el Río Paraguay (controlado por la flota brasilera), atravesar el Chaco y llegar a San Fernando, cerca de la desembocadura de los ríos Paraguay y Tebicuary.
En San Fernando, lugar poco seguro, López permaneció entre marzo y agosto de 1868, gracias, en gran medida, a la heroica resistencia del comandante Martínez en Humaitá, quien quedó para detener el avance aliado y posibilitar la retirada de López.
El 5 de agosto, Martínez tuvo que entregarse a los aliados, quienes rindieron homenaje a su valor; la mujer del héroe, Juliana Insfrán de Martínez, fue una de las víctimas de la conspiración de San Fernando, conspiración fraguada por López para eliminar a centenares de personas, incluyendo su hermano Benigno, y sus cuñados Vicente Barrios y Saturnino Bedoya, al general Bruguez, al obispo Palacios, al deán Bogado, a los señores Duprat, Lasserre, Leite Pereira y Vasconcellos, cuyas esposas y parientes fueron después destinadas a Yhú (véanse las declaraciones de la señora Dorotea Duprat de Lasserre). Los interrogatorios, torturas y ejecuciones, comenzadas en San Fernando, continuaron después en Lomas Valentinas, donde fue fusilada el 21 de diciembre de 1868, antes del comienzo de la batalla, Juliana Insfrán de Martínez, juntamente con otras mujeres. (Francisca Garmendia, involucrada en la represión de San Fernando, fue "perdonada" por López, y asesinada recién un año más tarde, cuando ya estaba en Espadín). El 21 de diciembre de 1868, poco después de terminados los fusilamientos, comenzó el bombardeo de la artillería brasilera, que terminó con el descalabro y la fuga de López, el 27 de diciembre... Los brasileros, en vez de atropellar frontalmente la línea de fortificaciones a lo largo del Pykysyry, habían desembarcado en San Antonio y, marchando hacia el sur, habían vencido las resistencias desesperadas de Ytororó y Abay y atacado Lomas Valentinas. Por primera vez desde el comienzo de la guerra, López se vio en el frente de batalla. Y no podía ser de otra manera, ya que lo tenían rodeado. Sin embargo, y este es uno de los grandes misterios de la guerra, el 27 de diciembre, día del ataque final, los aliados permitieron la fuga de López, hacia Azcurra (pasando por Cerro León). ¿Fue impericia de Caxias, o deseos de tener un pretexto para exterminar a los paraguayos so pretexto de la persecución de López? Thompson se plantea esta pregunta, que hasta el momento no ha tenido contestación. Pero el hecho es que, con unos 200 hombres, López huyó del campo de batalla, en compañía de madama Lynch y algunos fieles. Días después, los aliados entraban en Asunción. Caxias, prematuramente, daba la guerra por terminada. Desde un punto de vista racional se podía considerar la guerra por terminada, ya que la resistencia de López no sirvió para defender al país sino para causar innecesarios sufrimientos a la población civil.
Ocupada por los aliados en enero de 1869, Asunción ya había sido desocupada por sus habitantes en febrero de 1868; estos fueron obligados a alojarse, como pudieran, en los pueblos vecinos (Luque, Altos, Limpio). Cuando López, después de la derrota de Lomas Valentinas, se estableció en Azcurra e hizo de Piribebuy su tercera capital (la segunda fue Luque; la cuarta sería San Isidro en Curuguaty), las familias traidoras (p.e., las que habían tenido algún pariente fusilado en el affaire de San Fernando) fueron destinadas a Yhú, mientras que las demás fueron obligadas, hasta donde obligarlas era posible, a seguir la marcha del ejército. En muchos casos, las destinadas pasaron mejor que las residentas ya que el hecho de tener un asentamiento fijo les permitía cultivar la tierra, mientras que las residentas no recibían ración del ejército y estaban condenadas a vivir de las sobras de los soldados, comprar alimentos en el mercado negro (que floreció durante toda la guerra, con perdón de los nacionalistas) o ir al rebusque (a rebuscarse comida en el bosque). De Yhú, las destinadas fueron trasladadas, en condiciones inhumanas, a Curuguaty, Igatimí y Espadín; en Espadín, algunas fueron liberadas por los brasileros en diciembre de 1869. Pero antes de hablar de la última etapa del vía crucis de las destinadas, queremos referirnos al principio del éxodo del pueblo paraguayo, tal como lo explica Héctor F. Decoud en un texto que hace parte de esta compilación:
La peregrinación del pueblo paraguayo, durante la guerra con la triple alianza (1865-1870), comienza, propiamente hablando, con la evacuación de las poblaciones situadas sobre el Río Paraná, con motivo de las noticias recibidas por el mariscal López, de que el barón de Porto Alegre, al frente de una división de 12.000 hombres, con 18 cañones rayados, había salido de Rio Grande en dirección al Paraguay, con el propósito de cruzar el Río Paraná por Candelaria, e internarse hasta la Asunción. Los habitantes y haciendas de estas poblaciones, fueron retirados: las próximas a Humaitá, al norte del Arroyo Hondo, y las más lejanas, a las Misiones.
Pocos meses después, se recibió aviso en el ejército paraguayo, de que una columna enemiga de 10.000 hombres, la mayor parte de caballería, bajo el mando del general Osorio, se proponía atravesar el río Paraná en Encarnación, y avanzar hasta la Asunción. Se hizo entonces extensiva la evacuación a todos los pueblos de las Misiones, así como a los que se encontraban al sur del Tebicuary, debiendo venir a establecerse al norte del mismo.
Los habitantes de todos aquellos pueblos y las haciendas fueron repartidos desde Caapucú, hasta Paraguarí y los pueblos intermedios: Acahay, Ybicuí, Quyquyó, Mbuyapey e Ybytymí; y los cercanos a Encarnación; tales como Carmen, Cangó etc., desde Caazapá hasta Villa Rica.
Tan luego como los aliados se pusieron en marcha para Tuyu-cué (octubre de 1867), el mariscal López impartió sus órdenes para que todos los habitantes y haciendas del departamento de Ñeembucú (Villa del Pilar), se trasladasen al norte del Tebicuary.
Sitiada Humaitá, el jefe de la plaza, viendo que las provisiones de boca se agotaban, mandó pasar al Chaco las 900 mujeres que se encontraban dentro, las cuales pertenecían a una partida de las que habían sido repasadas del norte del Arroyo Hondo. Estas mujeres, con sus criaturas y muchos ancianos y ancianas, siguieron la misma trayectoria del mariscal López hasta San Fernando, de donde fueron internadas al norte del arroyo Pykysyry.
Una mitad de toda esta gente murió en esta vía crucis de hambre, penurias y privaciones de todo género, desde que no tenían cómo alimentarse ni adquirir para sus ropas, pues, apenas habían podido sacar de sus casas solo lo que llevaban puesto. La otra mitad, que tuvo la suerte de sobrevivir, agregada a las poblaciones de Ñeembucú, y de las Villas Franca, Oliva y Villeta, fue remitida en dos grupos, a Caacupé, a fin de que fuesen distribuidas en los departamentos circunvecinos de aquella parte de la Cordillera, con recomendación de que se ocupen de sembrar toda clase de legumbres.

Dos comentarios podríamos hacer a este párrafo de Decoud:
(1) Desde principios de la guerra en territorio paraguayo (1866), López practicó esta estrategia: todo territorio ocupado u ocupable por el invasor era despoblado, para no darle posibilidades de obtener alimentos y recursos; si esto tenía consecuencias negativas para el enemigo, las tenía también para la población civil, ya que muchos murieron de hambre y privaciones a consecuencia de tales evacuaciones forzadas; es posible que el ejército aliado, que tenía un sistema logístico, haya sufrido menos que los civiles paraguayos, que carecían de él y recibían poca ayuda de su propio gobierno.
(2) Idealizaciones aparte, las mujeres fueron mayormente mano de obra gratuita: les correspondió levantar las cosechas; hilar el algodón para vestir a los soldados; ocuparse de las estancias, mercados y carnicerías; cultivar legumbres para alimentar al ejército, cocinar, lavar la ropa y prestar una serie de servicios al ejército.
En realidad, la guerra se hizo con empleo de trabajo servil, ya que, meses después de comenzada la guerra, los soldados dejaron de cobrar su sueldo (por lo demás miserable); no se debe olvidar, por otra parte, que el sistema económico del Paraguay se basaba en el trabajo forzado: el 10% de la población era de negros esclavos que, liberados legalmente en 1867 (por efecto de la ley de libertad de vientres de 1842), fueron inmediatamente incorporados al ejército, donde siguieron prestando servicios gratuitamente; la institución de la encomienda, legalmente abolida hacía siglos, seguía siendo una costumbre en el Paraguay, siendo el indio, habitualmente, forzado a prestar trabajo sin paga; la institución feudal de la corvea seguía subsistiendo en el país bajo el nombre del auxilio, trabajo gratuito que los campesinos pobres se veían obligados a prestar al gobierno; además, las leyes de Vagos y Mal Entretenidos convertían a cualquier paraguayo pobre en un candidato al trabajo servil. Solamente cobraban bien y regularmente los técnicos extranjeros contratados para manejar los ferrocarriles, maquinarias, arsenales y toda la industria estratégica, como se dice ahora.
Otro detalle digno de mención es el siguiente: durante la permanencia del grueso del ejército paraguayo en la zona vecina de Humaitá (1865-1868), hubo mujeres en el campamento, como lo señala Decoud en el texto mencionado, citando a Thompson:
“Las mujeres del campamento tenían a su disposición una hilera de ranchos en cada división, y, en Paso Pucú, había dos grandes aldeas de estas casuchas. Tenían sargentas nombradas por ellas mismas, que eran responsables del orden. Las mujeres podían recorrer libremente todo el campamento, excepto en el tiempo de cólera, que no se les permitía separarse de sus divisiones. Al principio no podían permanecer en los cuarteles después de la retreta, pero, hacia el fin de la guerra, esta orden fue abolida. Asistían a los hospitales, y lavaban la ropa de sus esposos. No podían dejar el campamento sin un permiso especial firmado por Resquín. No se les repartían raciones, y tenían que vivir con lo que les daban los soldados.”
Naturalmente, afirmaciones como esta nos ponen ante un problema de interpretación: uno puede elogiar la bondad y el espíritu de servicio de las mujeres paraguayas de la guerra o puede lamentar la explotación de las mujeres por parte de López (yo opto por lo segundo). Además, uno puede preguntarse qué alcance tenía esta militarización de las mujeres, quiero decir el otorgamiento de grados militares; es mi opinión que se trataba de un modo de tenerlas sujetas, sin pensarse seriamente en darles poder militar efectivo. Sobre este punto, es oportuno citar un testimonio de Masterman, incorporado al texto de Decoud e incluido en nuestra compilación:
“A principios de este año (1868), se formaron efectivamente varios regimientos de mujeres. Sus servicios eran, por supuesto, voluntarios; pero no se necesita recordar al lector lo que eso significaba en el Paraguay; hubo momentos en que se esperaba verlas marchar al ejército, pero después de adiestrarse por algunas semanas en los ejercicios militares, la idea fue abandonada.”
Las voluntarias que dice Masterman se pasaron algunas semanas desfilando por Asunción al compás del tambor, hicieron ejercicios de orden cerrado pero no se les entregaron armas, fueron pyragües y pokyrás de los oficiales, pero la cosa no llegó más allá de eso. Si López, alguna vez, pensó formar un ejército de mujeres, habrá desistido al notar que, durante la guerra, hubo entre las mujeres casos de desobediencia civil.

LA OPOSICIÓN DE LAS MUJERESJuan Emiliano O'Leary, en su Apostolado patriótico, dijo que López "era la Patria"; Arturo Bray, en su biografía de López (Solano López, soldado de la gloria y el infortunio), dijo que el ejército del dictador representaba "al pueblo en armas" por encima de cualquier diferencia de clases. Estos son dos ejemplos de la ideología totalitaria, predicada por Morínigo y Stroessner, para la cual el jefe del ejército es la encarnación de la nación y las aventuras bélicas del jefe son aceptadas por toda la población -con excepción de los traidores.
La verdad, sin embargo, no se ajusta a las fantasías de la exaltación fascista de la guerra; en el caso concreto de la "epopeya del setenta" debe decirse, para comenzar, que López no era la Nación (a pesar de haberse apoderado de los dineros públicos) y que, en el Paraguay del setenta, había marcadas desigualdades políticas, sociales y económicas. A lo dicho más arriba sobre el punto podría agregarse que, de acuerdo con la ley de 1844 (mal llamada constitución), solamente las personas acaudaladas tenían derecho a ocupar cargos públicos -la ley establecía cuánto había que tener para ocupar los cargos públicos más importantes. La ley de 1844 fue modificada en 1856 y la modificación consistió, básicamente, en establecer que, no sólo para ser elegido, sino también para elegir, había que tener dinero. La igualdad de todos ante la ley fue proclamada en el Paraguay, por primera vez, el 25 de noviembre de 1870, cuando entró en vigor la primera constitución del país (la que, además, abolió la tortura, la confiscación de bienes y la pena de muerte por causas políticas); hasta esa fecha, regían en el Paraguay leyes clasistas y racistas- como las que impedían el matrimonio entre individuos de razas diferentes, prohibiendo, v.g., el casamiento de un blanco con un negro.
Y bien, todas estas desigualdades institucionales se veían agravadas, durante la guerra, por la corrupción de la familia López, que encarecía el precio de los ya escasos alimentos, y por la impericia militar del Mariscal Presidente, que enviaba a los hombres al matadero. El descontento de la población, que no figura en la hagiografía oficial, ha sido registrado en los informes confidenciales del cónsul francés, Cochelet, quien también habla de rebeliones de las mujeres del mercado en Asunción... No sabemos hasta dónde llegaron esas protestas, pero podemos señalar lo siguiente: en el ejército, hasta donde se sabe, no hubo ese tipo de reacciones. En otras palabras, los hombres fueron más sumisos "a la autoridad" que las mujeres...
Al comentar el suplicio de Juliana Insfrán de Martínez, eliminada por López por negarse a participar en la farsa de la denuncia de una "conspiración" en la que se quería involucrar a su marido, el coronel Martínez, Cecilio Báez observa:
“Un hombre civilizado, como un bárbaro cualquiera, puede buscar la muerte en la refriega, asaltar una fortaleza, o correr a meter la cabeza en la boca de un cañón, como suelen hacer los turcos y los abisinios.
El bravo entre los bravos, coronel Mongelós, tembló ante López, le entregó su espada, y dócilmente, a una orden suya, fue a entregarse al verdugo. El coronel Mongelós fue fusilado porque en el cuerpo que él mandaba, algunos soldados habían pensado desertar; es decir, por no haber adivinado a tiempo -lo que pensaban aquellos desgraciados.
Pero no todos muestran poseer el valor de Juliana: vale decir, el verdadero valor, el que consiste en defender la propia dignidad, la cual proviene de tener conciencia de la personalidad.”
Pero el sentido de " la propia dignidad" mencionado por Báez difícilmente podía darse en un pueblo de tradición autoritaria como el paraguayo, sometido a la nefasta influencia del militarismo, de la educación alienante y de la iglesia oficialista. Con relación al militarismo, diremos que el Paraguay, desde sus orígenes, fue un puesto de frontera de la colonización española, obligado a una permanente movilización militar, aunque sus fuerzas armadas, desde la colonia hasta la guerra del setenta, hayan sido más una milicia que un ejército racionalmente organizado. En esto, el Paraguay comparte una característica latinoamericana, la que ha llevado a decir al mariscal Montgomery, en su historia del arte militar, que las guerras latinoamericanas del siglo XIX no han sido lo que, en términos estrictos, se entiende como tal. Los ejércitos del setenta eran grupos de hombres armados sin suficiente disciplina, sin una conducción eficiente, sin adecuados sistemas logístico, sanitario, de inteligencia e ingeniería. López, general a los 18 años, se auto-declaró mariscal sin serlo; su hijo era coronel a los 15 años; oficiales de carrera no había en el ejército paraguayo. La militarización tenía en el Paraguay un propósito político, el de obligar a la gente a obedecer, y el hábito de la obediencia era reforzado por la educación, que se basaba en el funesto Catecismo de San Alberto, texto absolutista puesto en circulación en las colonias americanas después de la insurrección de Tupac Amarú, y que fue puesto, nuevamente, en circulación en las escuelas de López. La introducción del Catecismo, destinada a los maestros de escuela que debían utilizarlo como texto escolar, recomendaba cambiar la palabra Rey por la de presidente de la República; el cuerpo del Catecismo, entre otras cosas, dice:

LECCION I. Del principio y origen de los reyes.
Sea, pues, la conclusión que el origen de los reyes es la misma divinidad, -que su potestad procede de Dios, y que sus tronos son tronos de Dios, según aquellas palabras de la Escritura...
P. ¿Quién, pues, es el origen de los reyes?
R. Dios mismo, de quien se deriva toda potestad.
P. ¿Qué cosa es el Magistrado Supremo?
R. Una potestad temporal y suprema, instituida por Dios para gobernar los pueblos con equidad, justicia y tranquilidad.
** El Catecismo, puesto en circulación en los últimos años del viejo López, mereció una impresión de la imprenta oficial en 1863; la introducción era del obispo Urbieta. Y aquí se debe señalar que este obispo, como la mayoría de los pastores paraguayos, se distinguieron por su abyección ante el poder político. Los testimonios que publicamos en esta compilación pueden dar una idea del triste rol desempeñado por los sacerdotes (y el obispo Palacios, finalmente víctima de su propio juego) como policías y verdugos.
** Idiotizado por una tradición despótica dominada por el militarismo, la enseñanza absolutista y la reacción clerical, el pueblo estaba preparado a obedecer a López. Este, sin tener un ejército en forma, sin tener una burocracia organizada, sin tener un servicio diplomático eficiente, se metió en una guerra calamitosa, que sacrificó el país a su capricho. Las voces de cordura que se hicieron sentir, hasta donde sabemos, fueron las de las mujeres del pueblo, hartas del heroísmo estúpido, y las de algunas mujeres de la clase alta, como Juliana Insfrán (pariente de López), Francisca Garmendia, Dolores Recalde, la propia madre del déspota, doña Juana Pabla Carrillo de López, que enfrentó con dignidad a sus inquisidores. Es necesario, hoy, reivindicar la conducta de estas mujeres, ignoradas por el culto fascista de la guerra.
RETIRADA PARAGUAYA DESDE HUMAITA HASTA CERRO CORÁ

EL FINAL DE LA TRAGEDIAHabiendo prometido morir a la cabeza de sus tropas, López optó por la fuga el 27 de diciembre de 1868; desde ese día, hasta el 1º de marzo de 1870, en que los brasileros lo alcanzaron, y sin ninguna chance de ganar la guerra, dirigió una retirada ruinosa para los paraguayos. Para el 1º de marzo el ejército paraguayo, si puede llamársele así, no tenía quizás 500 hombres; ni contando los civiles que te acompañaban, la cifra podría ser de monta. El Paraguay, para esa fecha, tendría unos 200.000 habitantes (no hay cifra cierta), lo que implicaría la muerte del 60% de su población durante la guerra. Aunque normalmente se habla de los caídos en combate, se puede decir que la mayor cantidad de muertes se debió al hambre, a las penurias, a las enfermedades, a la miseria en general. Si bien los aliados cometieron crímenes contra la población civil, es posible que en eso le hayan ido a la zaga al Mariscal Presidente, que asesinó a muchos e hizo lo posible para que muriera gran número de personas con una serie de medidas irracionales como las evacuaciones forzadas de muchas poblaciones y la confiscación y destrucción de cosechas y ganados. El éxodo de las residentas -o la obligación de las mujeres, ancianos y niños de seguir al ejército- y la decisión de tener una gran cantidad de civiles en los campamentos (i.e. Paso Pucú) es completamente absurda desde el punto de vista militar, ya que expone innecesariamente las vidas de los civiles, relaja la disciplina, resta agilidad a los desplazamientos del ejército. Pero la conducta de López no puede ser entendida en términos estrictamente racionales porque el hombre, sobre todo en las postrimerías de la guerra, acusa rasgos psicológicos. enfermizos. Uno de sus fiscales de sangre, Matías Goiburú, declaró al caer prisionero:
“á medida que la posición de López se iba haciendo difícil, hacía multiplicar los castigos y disminuía el alimento á los prisioneros y los cargaba de prisiones. Que desde que López abandonó Humaitá, los oficiales que custodiaban los prisioneros tenían orden de fusilar á todo aquel que se cansase durante las marchas, y que le constaba que en las marchas hechas desde San Fernando hasta Lomas, fueron fusilados ó lanceados varios que tuvieron la desgracia de no poder dar un paso, agobiados por la miseria, por los padecimientos o las enfermedades.”
La política de lancear a los rezagados se aplicó, no solamente en la retirada de Humaitá a Lomas Valentinas, sino también en la retirada de Azcurra a Cerro Corá.
Sobre esta última etapa de la guerra, debe señalarse que, derrotado en Lomas Valentinas, López huyó y se estableció en Azcurra, haciendo de Piribebuy su capital. Pero el 12 de agosto  de 1869 los aliados tomaron Piribebuy, en un movimiento envolvente que tendía a encerrarlo, cortándole los caminos que llevaban a Caraguatay, atacándolo desde Azcurra, desde Atyrá, desde Piribebuy, en tres grupos convergentes. La maniobra, bien concebida y mal ejecutada, permitió que López se fugara a Caraguatay, sacrificando a un ejército de niños en Rubio Ñu (16 de agosto de 1869) para demorar la persecución aliada; de Caraguatay, pasó a San Estanislao; de San Estanislao, a Curuguaty; de Curuguaty, a Igatimí; de Igatimí, a Panadero y, de allí, a Cerro Corá.
Hecho este resumen de la guerra, volvemos a las destinadas a Yhú; estas, enviadas a aquel pueblo entre enero y mayo de 1869, habían estado relativamente bien hasta el mes de agosto, en que Curuguaty fue declarado capital de la república, y entonces Yhú se convirtió en un punto de pasaje para las tropas que iban a Curuguaty. Las traidoras, que habían sido casi olvidadas por un ejército más ocupado en evitar el enemigo que en mortificarlas, se convirtieron en blanco de las frustraciones y psicosis de guerra de los fugitivos (véanse relatos de Decoud y la señora de Lasserre). Después, por motivos incomprensibles, fueron obligadas a abandonar Yhú, donde habían establecido algunos cultivos y ranchos precarios, para marchar a Curuguaty, Igatimí y Espadín, en marchas forzadas que dejaron el camino jalonado de cadáveres. La situación (la miseria) parece haberse igualado para residentas y traidoras en los últimos meses de la guerra ya que, con excepción de la familia López y algunos de sus favoritos, todo el mundo pasaba hambre.
Con todo, la situación de las traidoras tiene que haber sido algo peor, debido al ensañamiento de los verdugos, porque López veía conspiradores en todas partes y siguió asesinando a quienes no tenían posibilidad (suponiendo que tuvieran intenciones) de entrar en tratos con el enemigo -dejo de lado el comprensible deseo de verse liberados por ellos. Y ese es el caso de Francisca Garmendia, otra víctima de López, torturada brutalmente y lanceada por no "confesar" sus culpas. Ella se encontraba bajo fuerte custodia desde San Fernando, había sido una marginada política desde antes de la guerra por rechazar las pretensiones sentimentales del generalito, pero fue hallada rea de conspiración a fines de 1869 y conducida desde el campo de concentración al lugar del lanceamiento, como relata Héctor Decoud:
“Pancha Garmendia, convertida en un exce homo, a causa de las heridas ulceradas que presentaba su cuerpo desde la región cervical hasta las nalgas, por los azotes, que a corto intervalo, recibía de día o de noche, durante su prisión, envuelta únicamente con una sábana de lienzo criollo, toda sucia y manchada de la sangre vertida por su lanceamiento, con la cabellera suelta y desgreñada, apenas podía andar de pies y manos.
Fue traída al lugar de su lanceamiento, sobre la orilla del arroyo Guazú, distante unos cincuenta metros de un árbol corpulento, en cuya sombra guardaba su prisión. A sus verdugos no les dio gran trabajo para ultimarla, pues, apenas le tocaron con las puntas de sus lanzas, cayó completamente inerte.”
En esta última "conspiración" entraron también el hermano del presidente, Venancio López, quien fue eliminado de una manera sádica, según lo admite Arturo Bray, así como la madre y las dos hermanas del mariscal. Venancio, Inocencia y Rafaela López habían sido ya involucrados en la "conspiración" de San Fernando, y, desde entonces, habían recibido un pésimo tratamiento -golpes, encierro y privaciones. Las dos mujeres imploraron la clemencia del dictador y recibieron por eso mejor trato, pero el coronel López fue muerto. La señora doña Juana Pabla Carrillo, sin embargo, enfrentó con coraje a los jueces; López ordenó torturarla ("pueden cintarearla" dijo a Silvestre Aveiro) pero la cuestión tuvo que interrumpirse porque la anciana se desmayó a los primeros golpes y se temió por su vida. (En sus memorias, publicadas previa revisión de O'Leary, Aveiro confiesa haber golpeado a la señora de López, ratificándose así en sus declaraciones prestadas ante los aliados, al ser capturado, que se publican aquí). Esta y otras maldades le valieron al mariscal el mote de "Nerón americano", con el que lo calificó el mismísimo general Caballero en un documento publicado en El Pueblo el 18 de agosto de 1871. El mismo O'Leary, al recordar las penurias de su madre en los campos de concentración, le escribió:
“Tu martirio, madre, es infinito. Cada día, cada instante, se levantan ante tus ojos las sombras de tus hijos, mis hermanos, muertos de hambre en las soledades de tu peregrinación. Tú les viste morir. Tú presenciaste aquella agonía indescriptible, y después de muertos tuviste que dejar sus cuerpecitos fríos bajo una capa de tierra y una alfombra de flores.
¡Pobres hermanitos míos! Yo, también, os veo en mis ensueños envueltos en nítidas mortajas, flotando en el espacio como blancos angelitos. Ni vosotros escapasteis a la saña de los tiranos y de los caínes. Algún día cuando mis cantos sean dignos de vosotros enterraré vuestra memoria en la cristalina tumba de mis versos!”
Pero O’Leary aptó por el nacionalismo integral y sus versos fueron para loa de López; acorralado finalmente en Cerro Corá en marzo de 1870.
No hay cifras ciertas del número de traidoras que murieron en Yhú, Curúguaty, Igatimí y Espadín, pero un buen contingente de destinadas a Espadín tuvo la suerte de ser liberada por los brasileros el 25 de diciembre de 1869, como puede verse en los relatos de Decoud y Lasserre. Decoud, que no ofrece una lista de las liberadas, nos permite ver que la venganza de López se hacía con un criterio familiar: el castigo era contra las familias traidoras. Por eso había entre las traidoras parientes de los activistas de la Legión Paraguaya (Decoud, Bedoya), de los ejecutados en San Fernando (Lasserre, Leite Pereira, Vasconcellos), de los perseguidos políticos del gobierno en general...
** El calificativo de Nerón para López quizás cuadre más con la concepción decimonánica que con la actual. Yo pienso que la comparación más adecuada sería la de López y Flitler, guardando las debidas diferencias entre el dictador de un pueblo rural y el de un pueblo industrial. La semejanza está en la movilización total para la guerra, en la guerra total que ambos hicieron, cada cual dentro de sus posibilidades. Pienso que no sería descaminado considerar a López un precursor del totalitarismo moderno, encarnado ejemplarmente por Hitler. Romanticismo, voluntarismo y paranoia definen las personalidades de los dos tiranos, y no es casual que el fascismo, al popularizarse en el Paraguay (en versión criolla, desde luego), haya reivindicado la figura de López, censurado por sus víctimas y cómplices, como puede verse en los textos aquí compilados.
RUTA APROXIMADA DE DESTINADAS, DESDE TACUARAL (YPACARAÍ) HASTA ESPADÍN,
PASANDO POR CAACUPÉ, SAN JOSÉ, AJOS (CORONEL OVIEDO), CARAYAÓ, SANTA ROSA,
SAN JOAQUÍN, YHÚ, CURUGUATY e IGATIMÍ

ACERCA DE LA COMPILACIÓN

Este libro no tiene un carácter académico sino divulgativo, y reúne, básicamente, testimonios de traidores y de verdugos. Se incluyen, así, escritos de Héctor Decoud (criatura traidora que tuvo que acompañar a su madre al éxodo), de Dorotea de Lasserre (que pagó la culpa de su marido, hermano y padre fusilados por conspiradores), de Encarnación Bedoya y de Silvia Cordal, que tuvieron que hacer el camino de las destinadas por culpas ajenas; también incluimos trozos del libro de Masterman, Siete años de aventuras en Paraguay. Decoud, Lasserre y Masterman eran personas educadas, no así Bedoya y Cordal, pero el testimonio de estas últimas no deja de tener interés -errores ortográficos aparte.
** Otro texto de Decoud es el tomado de su libro LA MASACRE DE CONCEPCIÓN, retirado de la Biblioteca Nacional en tiempos de Stroessner, y en donde se relata la venganza de López contra las mujeres traidoras de Concepción.
Además, se incluyen manifestaciones de tres miembros de los tribunales de López: Silvestre Aveiro, Matías Goiburú y Fidel Maíz. Estos, que fueron cómplices de la represión lopizta, hablan con conocimiento de causa. La confrontación de las afirmaciones de los represores con las de las víctimas permite formarse una idea bien distinta de la difundida oficialmente.
Finalmente va el dictamen del doctor Ramón Zubizarreta acerca de las reclamaciones de Elisa Lynch y sus herederos. Hacia fines de 1869, y en forma ilegal, López transfirió a Elisa Lynch: (1) más de 3.000.000 de hectáreas situadas al norte del río Apa, hoy territorio brasilero; (2) alrededor de 400.000 hectáreas de tierra en lo que hoy es territorio argentino; (3) 3.105 leguas de tierra entre los ríos Apa y Jejuí, que Elisa Lynch reclamó al gobierno paraguayo (también reclamó a los gobiernos argentino y brasilero las demás propiedades). El dictamen definitivo sobre las 3.105 leguas lo dio la magistratura paraguaya durante la administración de Patricio Escobar, en base a argumentos de peso, como los presentados por el jurista Zubizarreta, poniendo en evidencia la nulidad de la transferencia de López y el carácter corrupto de su gobierno, que dilapidaba bienes públicos mientras la población no tenía qué comer.
Esta compilación logrará su propósito si consigue presentar el otro aspecto de la guerra; el menos glorioso pero el más humano, mostrando que no fue un deporte caballeresco ni un acto de devoción al líder, como pretende la ideología oficial que, lamentablemente, es la que inspira los libros de texto escolares y ciertas ideas de personas que, en otros aspectos, se consideran e incluso son democráticas. Los paraguayos no son peores que los demás, pero tampoco mucho mejores y por eso, al guerrear, cometen barbaridades como los demás. Pero la destructividad de la guerra se multiplica en casos en que, como en el del Paraguay, una tiranía irracional se ve radicalmente amenazada y termina de perder su ya dudoso sentido de la realidad. Tal ha sido, en mi opinión, el caso de la Epopeya; si no lo ha sido, es necesario que el punto se examine con objetividad y no en base a las ocurrencias del culto militarista, antidemocrático y, finalmente, fascista, para el cual los seres humanos son nada más que instrumentos con los cuales los "grandes hombres" pueden cumplir sus propósitos personales.
GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ


ÍNDICE - INTRODUCCIÓN
I. HÉCTOR DECOUD: VÍA CRUCIS
II. DOROTEA DUPRAT DE LASSERRE: AVENTURAS Y PADECIMIENTOS DE MADAMA DOROTEA D. DE LASSERRE
III. SILVIA CORDAL: MEMORIAS
IV. ENCARNACIÓN BEDOYA: FRAGMENTO DE SUS MEMORIAS
V.  JORGE F. MASTERMAN: LOS PROCESOS DE SAN FERNANDO
VI. MATÍAS GOIBURÚ: DECLARACIONES
VII. SILVESTRE AVEIRO: IMPORTANTE DOCUMENTO
VIII. PADRE FIDEL MAÍZ: UNA CARTA ACERCA DE FRANCISCA GARMENDIA
IX. HÉCTOR F. DECOUD: LA MASACRE DE CONCEPCIÓN
X. RAMÓN ZUBIZARRETA: DICTAMEN ACERCA DE LAS TIERRAS RECLAMADAS POR MADAMA LYNCH.