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viernes, 22 de octubre de 2010

MILDA RIVAROLA ESPINOZA - LA RESISTENCIA A LA GUERRA GRANDE / Fuente: REVISTA DE ESTUDIOS PARAGUAYOS. VOLS. XXVI Y XXVII, N°S. 1 Y 2. 2008-2009 (242 páginas).



LA RESISTENCIA A LA GUERRA GRANDE
Ensayo de
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )


La explicación del porqué la población se sumó al desesperado es  fuerzo de la guerra contra tres naciones, incluso después de diluida cualquier esperanza de victoria, fue objeto de propaganda (propia y aliada) durante el conflicto, y persistió como núcleo del debate entre liberales y nacionalistas a lo largo del siglo XX paraguayo.
Pero la dicotomía que recorre la literatura -de «temerosa sumisión» o «patriótico entusiasmo»- se basa en supuestos cuestionables: la sociedad paraguaya de mediados del siglo XIX no era económica ni políticamente homogénea, y sus percepciones y actitudes sufrieron efectivamente el impacto de los avatares de la guerra.
Debido a la persistencia de un nacionalismo centrado en la figura del Mcal. López y del heroísmo paraguayo, (1) la oposición a la guerra de la Triple Alianza no fue objeto de estudios específicos. La historiografía liberal prefirió compadecerse de las innumerables «víctimas de la tiranía», sin ver en sus actos expresiones de rechazo a la contienda, o de resistencia al modo de que esta era conducida.
Aunque excepcionales respecto al corpus de textos sobre el fervor unánime de los paraguayos, algunas fuentes hablan de sordas resistencias a esta contienda. Ellas aún conservan rasgos de su difícil expresión en el pasado: se escuchan en sordina, en ámbitos protegidos (familiares, camaradas, amigos). Buscan respaldarse en valores tradicionales, se escudan en la religión o apelan a los lazos familiares.
En su mayoría se trata de dichos o actos individuales, que no pueden -ni pretenden- alterar la realidad que rechazan. Solo en casos extremos, cuando estalla la ira o el dolor, existe una masa humana protectora o los actores se creen inmunes al castigo, estos rechazos alzan la voz, osan expresarse abiertamente. Pueden leerse estas raras fuentes desde tres interrogantes. ¿Quiénes se expresan, en el Paraguay, contra la guerra? ¿De qué manera lo hacen? Y sobre todo, ¿en qué momentos estas voces de protesta se multiplican y repiten con tal intensidad que atraviesan más de un siglo de silencio, para hacerse audibles en el presente?

* Academia Paraguaya de la Historia (Paraguay)
1. Las primeras reivindicaciones lopiztas datan de 1900, y el nacionalismo ganó fuerza con ese leinotiv dos décadas más tarde. La transición democrática (a partir de 1989) disminuyó su peso en textos escolares y su omnipresencia en el discurso oficial.



CALZADOS CONTRA PYNANDÍ


Desde sus comienzos, se describía al gobierno de F. S. López como apoyado por las clases populares, pero mal tolerado por las propietarias. La actitud de estas era -cuando menos- ambigua. A inicios de los '60, miembros de «familias principales» entendían que solo una eventual guerra podía librarlas de un sistema agobiante para sus vidas y sus haciendas, (2) y esta fue efectivamente la lógica que sustentó a la Asociación Paraguaya, y posteriormente, a la Legión, en Buenos Aires.
Ante la inminencia del conflicto, otro espectro atemorizó a las clases altas: la reacción de una plebe liberada del control despótico. En caso de derrotas, la ausencia de poder daría lugar a «una sublevación general de indios y otras gentes de color [...] cuyas fogosas pasiones [...] solo son domadas por el maltrato y la fuerza». Esta sería «la guerra de los descalzos contra las personas calzadas, en las que estas últimas, en razón de su pequeño número, serían exterminadas». (3)
Pero los «calzados» eran incapaces de sostener abiertamente su oposición, y optaban por la duplicidad. Iniciado el conflicto, un diplomático nota, asombrado: «Aquellos que se asocian más ostentosamente a las manifestaciones a favor del Paraguay y en contra del Brasil, son quizá los que mayor odio y antipatía sienten por el régimen actual, y quienes hacen en secreto los votos más fervientes para su derrocamiento». (4)
De modo distinto al esperado, paralela a la guerra que enfrentó el Paraguay contra sus poderosos vecinos, hubo otra igualmente cruenta, pero interna. No es difícil vislumbrar -tras el rol de los soldados, sirvientes y esclavos proporcionando indicios a Jueces de Paz y a los Tribunales de Sangre, (5) o de trato que soldados «descalzos» daban a los miembros de la elite convertidos en reos traidores- un trasfondo de odio de clases. Un observador europeo es más explícito: López permanecía en el poder, entre otras causas, porque los «guaraníes gozaban una secreta alegría india en la matanza de las clases elevadas». (6)
Otros cronistas vuelven a hablar del «exterminio de la raza blanca» en la batalla de Tuyutí, y sobre todo, en las represiones de 1868-1869 donde la elite paraguaya -excepto el jefe de gobierno y su entorno- fue ajusticiada o resultó muerta de hambre y penurias. (7) El Mcal. López conocía la oposición de las clases ilustradas a la guerra y a su gobierno, y el virtual aniquilamiento al que la sometió pudo ser reactivo a dicha resistencia.
El primer y más empleado mecanismo de resistencia -primitivo, pre político- fue la fuga. Hubo insumisos desde los primeros reclutamientos, y deserciones en Cerro León y Humaitá desde fines del '64, pese al rigor con que se castigaba este delito militar. (8) El aumento de criminalidad registrado entonces en el interior del país (robos y asalto a mano armada) obedecía al número de «insumisos y desertores que ya no pueden volver a sus hogares y se ven obligados a vivir a expensas de los habitantes de la campaña». (9)
Aunque no existan fuentes precisas, los soldados y oficiales de clases altas parecen haber integrado en proporción importante la población desertora. (10) Es sintomático que las memorias de combatientes Aliados no mencionen dificultades idiomáticas para recibir informes entregados por «pasados» sobre el frente paraguayo. (11)
La campaña en Argentina facilitó la fuga «por goteo»: los regimientos enviados a Corrientes perdieron muchos hombres no solo de tropa sino también de su oficialidad. (12) De retorno al territorio paraguayo, las batallas de Tuyutí y Estero Bellaco vieron repetirse la deserción y aquí los testimonios designan ya claramente a hombre de «buenas familias», «paraguayos que no estaban en la gracia de López», e incluso familiares de ministros. (13)
Los castigos impuestos a los familiares de desertores (14) y las rigurosas medidas impuestas para evitar este flujo en el frente -«cuando desertaba un soldado, respondían por él los compañeros que quedaban a derecha e izquierda, y que respondían con la vida de estos compañeros, como también sus familias y parientes» (15) - apenas pudo frenar el proceso de huida.
Al interior de la elite, un grupo era -o se creía- por las relaciones de parentesco o importancia de sus bienes, más libre de exhibir oposición: la familia presidencial. A mediados del '66, Juana Pabla Carrillo se habría trasladado a Humaitá a pedirle a su hijo que diera fin a la guerra, (16) y ante la inutilidad de este ruego filial, los López Carrillo se plantearon otras salidas. A fines del año siguiente, cuando Humaitá aún resistía a la escuadra enemiga, la madre y los hermanos de F.S. López convocaron reuniones de notables para discutir alternativas de futuro a una guerra que ya sabían perdida.
El suplente consular francés constata indignado esta segunda forma de resistencia: el plantearse gestiones de paz y eventuales alternancias en el poder: «Incluso se hacen a la idea de un cambio de gobierno, y yo he sido sondeado -como el embajador de los EE. UU.- sobre este punto, por el Sr. Benigno López, sobre las intenciones del emperador en el caso que los Aliados entraran a Asunción. [... ] Aquí, si el Pte. López fuera obligado a dejar el poder se cree en la posibilidad de tres candidaturas... ». (17)
La libertad con que Benigno López justificó luego esas reuniones, trasunta la posición privilegiada de la familia. Cuestionado por el Mcal. López «¿Qué es lo que Uds. Intentaban hacer en Asunción?» Benigno, «con la mayor sangre fría y naturalidad del mundo, le contestó: "Señor, como no hemos tenido más noticias de Ud. ni del ejército desde que Humaitá quedó sitiado por el enemigo, habíamos creído llegado el momento de pensar en tomar alguna medida tendente a la salvación de nuestras personas e intereses». (18)
La literatura sobre la «revolución palaciega» describe esta curiosa forma de contestar el derecho del Mariscal a proseguir la guerra. Fue precisamente toda la autoridad de la madre (quien seguía siendo conocida como La presidenta) para pensar en gestiones de paz. Perteneciendo ella a una antigua familia paraguaya, se comprende que apelara al argumento más apto para conmover las bases del orden patriarcal: el de negar la filiación dinástica del Mariscal-Presidente. (19)
Dos textos, uno contemporáneo y otro bastante posterior, resumen la contradictoria actitud de «pynandí» y «calzados» al final de la guerra. Según un prisionero de guerra interrogado al respecto, «ni el ejército ni la población distinguida del Paraguay podían ser adictos a un tirano como López, [...] sólo los ignorantes de baja condición podrían acompañar su causa ... ». (20) Respecto a la actitud de la población en la inmediata postguerra, el Cnel. Bray prosa: «las familias grandes, las de circunstancia y posición, claman por la devolución de sus bienes y propiedades, exigen reparaciones, imploran justicia [….]. Las otras, las de sangre plebeya, nada piden porque nada tienen que reclamar; siguiendo a Solano López de Paso Pucú a Cerro Corá [... ] han dado todo lo que podían dar: la sangre de sus venas y la vida de sus seres más queridos». (21)

2. Francisco Doratioto (2002), Maldita guerra: Nova história da Guerra do Paraguai, Sáo Paulo: Companhia das Letras, 2002, p. 62, trad. cast. Por Juan Ferguson: Maldita guerra: Nueva historia de la Guerra del Paraguay, Buenos Aires: Emecé, 2004.
3. Laurent Cochelet a Drouyn de L'Huys, Asunción, 21-09-1894, en Milda Rivarola (1988), La Polémica francesa sobre la guerra grande: Eliseo Reclus, La Guerra del Paraguay/Laurent-Cochelet, Correspondencia consular, Asunción: Editorial Histórica, 1988, p. 109.
4. Laurent Cochelet a Drouyn de L'Huys, Asunción, 16-03-1865.
5. El temor a delaciones de la servidumbre constreñía las conversaciones domésticas desde la dictadura de Francia. Sobre denuncias de servidumbre, ver nota de Thornton del 06-09-1864, citado por Arturo Bray (1945), Solano López, soldado de la gloria y del infortunio, Asunción: Niza, 1958, p. 163; Hector F. Decoud (1926), Guerra del Paraguay: La Masacre de Concepción ordenada por el mariscal López, Buenos Aires: Serantes, 1926, p. 76. Desde San Fernando, las delaciones y acusaciones -extraídas casi todas bajo tortura- fueron indiscriminadas, incluso entre miembros de la elite.
6. Maximilian von Versen (1872), Reisen in Südamerika and der Südamerikanische Krieg, Breslau: Málzer, 1872, iv+220 p., citado en Barbara Potthast (1996). «Paraíso de Mahoma» o «País de las mujeres»?: El Rol de la mujer y la familia en la sociedad paraguaya durante el siglo XIX, Asunción: Instituto Cultural Paraguayo-Alemán, 1996, 1996, p. 282.
7. Un publicista al servicio del Paraguay la denominó la «conspiración burguesa», ver Claude de La Poépe (1869), La Politique du Paraguay: Identité de cette politique avec celle de la France et de la Grrande-Bretagne dans le Rio de la Plata, Paris: Dentu; 1869, p. 282.
8. Laurent-Cochelet a Drouyn de L'Huys, 02-11-1864. Las Ordenanzas militares coloniales (vigentes durante la guerra) en su Tratado 8, Título 10, estipulaban: «Deserción (N° 91). Los que desertaren en campaña, saliendo de los límites que para consumar la deserción `que'prescriben los bandos del Ejército, sufrirán la pena en muerte, en el modo que esas señalen y en cualquiera número que sean; no debiéndose entender esta pena solo para los que se hallen en Ejército en campaña, sino también para todos los que deserten de plaza opuesto dependiente de él. (Nº 99) El que indujere a la deserción, y se justificare llegando a efecto, sufrirá la pena de ser pasado por las armas...».
9. Laurent-Cochelet a Drouyn de L'Huys, 08-08-1865.
10. Un autor inglés ilustra esta disyuntiva: «La mayoría de los paraguayos educados han sido exterminados, o se salvaron gracias a la huida», ver Robert B. Cunninghame Graham (1993), Portrait of a dictador, Francisco Solano López (Paraguay, 1865-1870), London, Heinemann, 1933, p. 257; trad. cast.: Retrato de un dictador, Francisco Solano López (Paraguay, 1865-1870), Buenos Aires, Inter-americana, 1943.
11. El uso exclusivo del guaraní sigue siendo hasta hoy propio de las clases populares.
12. Laurent-Cochelet a Drouyn de UHuys, Asunción, 03-04-1865 y 23-10-1865; también León de Palleja (Cnel.) (1865/66), Diario de la Campaña de las Fuerzas Aliadas contra el Paraguay, Montevideo: Imprenta de El Pueblo, 1865/66, t. I, p. 134 y sgtes. y t. II, p. 50, 83 y 332; Dionisio Cerqueira (Gral.) (1910), Reminiscencias da Campanha do Paraguay, 1865-1870, Tours: E. Arrault, 1910, p. 47; Efraím Cardozo (1967), Hace 100 años, Asunción: Emasa, 1967, Crónicas de la Guerra de 1864-1870 publicadas en « La Tribuna » de Asunción en el centenario de la epopeya nacional, t. II, p. 14 y 207; y Doratioto, op. cit., 2002, p. 198.
13. Sobre deserciones, ver Laurent-Cochelet a Drouyn de L'Huys, 05-07-1866; Palleja, op. cit., 1865/66, t. 11, pp. 209, 332 y 418-419; George Thompson (1869), La Guerra del Paraguay: Acompañada de un bosquejo histórico del país y con notas sobre la ingeniería militar de la guerra, Buenos Aires: Imprenta Americana, 1869, pp. 151, 180 y 224; y Francisco I. Resquín (1875), Datos históricos de la Guerra del Paraguay contra la Triple Alianza, Buenos Aires: Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 1895, p. 51.
14. George Frederick Masterman (1869), Seven eventful years in Paraguay : Une narrative of personal experience among the Paraguayans, London : Low, son, and Marston, 1869, p. 111; trad. esp.: Siete años de aventuras en el Paraguay, Buenos Aires: Imprenta Americana, 1870. Desde la rendición de Uruguayana «Centenares de personas completamente inocentes, especialmente mujeres, en sustitución fueron castigadas por las culpas o mala suerte de sus hijos, maridos o hermanos».
15. Declaración de Isidro Ayala, 08-09-1869, citado en Junta Patriótica, El Mcal. López, Asunción, s.l„ 1926, p. 237. «Las ordenanzas arriba citadas establecían: Encubrir ó auxiliar la deserción (N° 115). El Sargento, Cabo, Tambor o Soldado por cuyo auxilio, inteligencia, o disimulo, hubiere desertado alguno de su cuerpo, ú otro en mi tropa, sufrirá la pena de muerte pasado por las armas...»
16. Relato a los Aliados de desertores paraguayos, en junio julio del '66, ver Palleja, op. cit., 1865/66, t. 11, p. 349.
17. Cuverville a Moustier, 12-12-1867. Los eventuales suplentes eran J. Berges, S. Bedoya y B. López. Dada la fecha de esta nota, y la amistad de su autor con el Mariscal, cabe conjeturar que esta información llegó al gobierno paraguayo a través de este agente.
18. Fidel Maíz (1919), Etapas de mi vida: Contestación a las imposturas de Juan Silvano Godoy, Asunción: Imprenta La Mundial; 1919, pp. 166, 180 y sgtes.
19. La fuente original es Charles A. Washburn (1871), The History of Paraguay: With notes of personal observations and reminiscences of diplomacy under difficulties, Boston: Lee and Shepard, 1871, 2 vols.: trad. esp.: Historia del Paraguay: Con notas y observaciones personales y reminiscencias de algunas dificultades diplomáticas, Buenos Aires: Impresores con tipos de propiedad de la Revista de Paraguay, 1892/98, 3 vols.; ver la interpretación del Cnel. Arturo Bray, op. cit., 1958, p. 245.
20. Declaración de Juan José Alonso, l l 09 1869, en la Junta Patriótica. El Mcal. López, Asunción, s.ll, 1926, pp. 242-243.
21. Bray, op. cit., 1958, p. 253. Dejando de lado el populismo del texto, este define claramente las actitudes de ambas clases frente a la guerra.



OPONERSE A LA GUERRA: «UNE AFFAIRE DE FEMMES»


Las clases propietarias no estaban solas en el rechazo a la continuidad de la guerra. (22) Luego del fracaso de la campaña de Corrientes, la pérdida de la flota paraguaya en Riachuelo y la derrota de Tuyutí, las mujeres -de todas las condiciones sociales- mostraron similar resistencia, a juzgar por el arsenal de rumores y los estallidos de protestas que las tenían como grandes protagonistas.
Desde Uruguayana, la popularidad del Mcal. López en las clases bajas empezó a decaer: las mujeres «comienzan a hablar con bastante libertad [...] y responsabilizar al Presidente de que la Mano de la Providencia haya caído tan pesadamente sobre el país». Estas primeras críticas se cobijaban bajo manto religioso: según el rumor, un cura habría sido apresado y engrillado por reprochar al Presidente la hambruna y la ruina que se cernían sobre el país. (23)
Las señoras de categoría se sirvieron de las formalidades sociales: desde la batalla naval de Riachuelo abundan testimonios sobre la negativa de las familias principales a asistir a las fiestas que celebraban, en Asunción, el éxito real o imaginario de las batallas. (24) Tras tantos rumores y reticencias, estalla a veces la indignación popular. En la única manifestación de protesta pública que se registra, las mercaderas hicieron sentir su airada voz al año de la guerra.
Se acaban de embarcar hacia Humaitá los reclutas precedentemente eximidos (tuertos, cojos, etc.). Cuando fueron a la plaza del mercado a hacer sus últimas compras [...] hubo una exclamación general de lástima en todas las mujeres, quienes decían abiertamente que se enviaba esos desgraciados al matadero. Lo que indica cómo la opinión pública está sobrepasada por la desgracia y la desesperación, es que la policía no pudo castigar ya que todo el mundo era culpable. (25)
Las quejas acentuaron su contenido crítico en los años siguientes. Desde fines del '67 el cónsul americano sabía de «numerosos casos de mujeres de clase baja enviadas a prisión [... ] por expresar el natural deseo que la guerra concluyera. Luego de la evacuación [de Asunción] supe de centenares de viudas presas [. . . ] y engrilladas por haber dado libre cauce a expresiones de compasión». (26)
En archivos judiciales de 1868, B. Poothast encontró que «el número de mujeres triplicaba el de los hombres en el total de personas acusadas de crímenes políticos [...] ellas difundían noticias derrotistas sobre las malas condiciones de vida en los campamentos, el abuso del alcohol para mantener el espíritu bélico de los soldados, y el rumor que López y Mme. Lynch habrían abandonado en secreto del país. Otras [...] decían que preferirían tener a su hombre en la casa, incluso herido o inválido, antes que verlo muerto por la patria». (27)
Por su parte, las mujeres de «buena familia» se resistieron por medios diversos a la campaña de donación de joyas, que ellas entendían -por razones obvias, ya que el país estaba bloqueado a cualquier comercio de armas y mercaderías- como simple e injusta expropiación. El depósito de bienes en consulados, la venta apresurada o el ocultamiento (entierro) de la joyería valiosa se repitieron en esos meses. (28)

22. Los juicios que condujeron a la muerte de centenares de notables desde San Fernando eran de «pronunciamiento sedicioso contra la administración del gobierno del Mcal. López y contra sus disposiciones en el desarrollo de la guerra».
23. Laurent Cochelet a Drouyn de L'Huys, 07-10-1865, en Milda Rivarola, op. cit., 1988, p. 144.
24. Laurent Cochelet a Drouyn de L'Huys, 12-07-1865, en Milda Rivarola, op. cit., 1988, pp. 142-143, Este cónsul agrega en su nota del 05 08 1866: «una dama paraguaya decía, con mucha verdad y amargura, ¡Se nos obliga a bailar sobre nuestros muertos!».
25. En esos años expresiones similares implicaban castigos físicos o confinamiento.
26. Washburn, op.cit., 1871, t. II, p. 240.
27. Potthast, op. cit., 1996, pp. 275-276; y de la misma autora (2004), «Protagonists, Victims, and Heroes: Paraguayan Women during the Great War», in: Hendrik Kraay & Thomas L. Whigham (eds.), I die with my country: Perspectives on the Paraguayan War. 1854-1870, Lincoln & London: University of Nebraska Press, 2004, p. 54.
28. El gobierno apeló al clero (de gran influencia sobre las mujeres) para revertir esta actitud, ver carta al cura párroco de Oliva del 01-02-1867, citada por John Le Long (1868), «Le Paraguay: La Dynastie des Lopez avant et pendant la guerre actuelle», in: La Revue contemporaine, Paris, 31 janvier 1868, p. 22. Sobre la reticencia a entregar joyas y el depósito de alhajas en consulados ver Decoud, op. cit., 1926, pp. 179 y 190; Dorotea Duprat de Laserre (1893), Memorias, Rio Grande: Lib. Americana, 1893, p. 18; y Potthast, op. cit., 1996, p. 260.



TIEMPOS DE DESENCANTO


Al entusiasmo popular suscitado con la Campaña de Mato Grosso (29) sucedió rápidamente el desencanto, de modo que en octubre del '65 el agobio de la contienda ya era perceptible. «La única esperanza que aún se conserva es la de una paz próxima, incluso al precio de nuevas derrotas, ya que los sueños de conquista y de expansión fueron poco a poco disipados en presencia de las tristes realidades de los eventos de la guerra». (30)
Hubo una segunda ola de entusiasmo bélico en marzo del '66, tras la publicación del Tratado de la Alianza, cuyos términos suscitaron indignación en Paraguay y en el exterior. (31) Pero cien días después, el desastre de Tuyutí volcó de nuevo la balanza hacia el desaliento: «los hombres recién se desmoralizaron después de la batalla del 24 de mayo, principalmente aquellos que ocupaban altas posiciones por sus empleos y sus fortunas...». (32)
Este hastío de la guerra alcanzó a la máxima autoridad eclesiástica, tras las frustradas gestiones de paz de Mr. Gould De acuerdo a la acusación de sus fiscales, en privado este culpó a López de «la duración de la guerra por la tenacidad de sostenerse, haciendo, dice, matar a toda la gente antes de ceder nada y también por lo mucho que se halla en el mando, el cual, agrega, debía dejar para evitar la ruina completa de la Patria». (33)
La ocupación de la capital, a inicios del '69, provocó una situación ambigua: el país contaba ahora con «regiones liberadas», mientras López seguía con el resto del gobierno y del ejército en su marcha hacia el noreste. En mayo, pobladores de Concepción y Horqueta entendieron terminada la guerra, y contactaron con los Aliados (un cura integró el grupo mediador) buscando librar sus villas de los obligados saqueos y violencias. Pero al carecer de protección Aliada, estos pobladores sufrieron el duro castigo de López, que aún mantenía control represivo sobre amplias zonas. (34)
Estas gestiones tuvieron más éxito desde agosto, cuando ya establecido en Asunción el gobierno provisorio, los pueblos de San José, Ajos (hoy Cnel. Oviedo), Villa Rica, Hyaty y otros adhirieron al nuevo orden, bajo cierta pro tección del ejército brasileño. También el poblado de San Joaquín tuvo a su cura párroco conduciendo gestiones similares. (35)
Todo era confusión entre pobladores, autoridades y ejército a fines del '69, en las zonas aún no «liberadas» pero ya alejadas del poder represivo de López: «Los soldados pedían cintas con los colores del Imperio; los oficiales no eran reconocidos por los soldados [...] las partidas volantes que hacían la descubierta se aprisionaban entre sí, y hasta se mataban, considerándose mutuamente espías». (36) Otros bandos de oficiales paraguayos, desgajados del cuerpo principal en el camino a Cerro Corá, se unieron a desertores brasileños para robar «a las pobres familias en migración» en el noreste del país. (37)
En Cerro Corá los desertores ya osaban retirarse con joyas y bienes del cortejo oficial, dispuestos a delatar la ubicación de lo que restaba del ejército paraguayo. (38) Los términos de la nota de tres jefes y oficiales del Mariscal, comunicando su deserción, podrían ser compartidos por muchos de sus compatriotas cuando la guerra se había tornado genocida: «la continuación del estado actual de cosas servirá más bien para el duro aniquilamiento de nuestra nación, bajo el yugo de una voluntad arbitraria y caprichosa, sin esperanza de otro resultado que un prolongado padecimiento de aquellos que aún se encuentran bajo los pies de Vuestra Excelencia». (39)

29. Los testimonios contemporáneos coinciden en subrayar ese inicial entusiasmo guerrero.
30. Laurent Cochelet a Drouyn de L'Huys, 7 octubre 1865, en Rivarola, op. cit., 1988, p. 144.
31. Juan C. Centurión (Cnel.) (1895), Memorias o sean Reminiscencias históricas sobre la Guerra del Paraguay, Buenos Aires: Imprenta de Obras, 1895, t. II, p. 214.
32. Maíz, op. cit., 1919, p. 200.
33. Juan Silvano Godoy (1916), El Fusilamiento del Obispo Palacios y los Tribunales de Sangre de San Fernando, Asunción: El Liberal, 1916, p. 90.
34. Decoud, op. cit., 1926, p. 70.
35. Duprat de Lasserre, op. cit., 1893, pp. 25 y 30. Aunque algunos curas se distinguieron como delatores y fiscales de sangre, el Obispo y unos 23 sacerdotes fueron fusilados o lanceados durante la guerra: el clero parece haber hecho una resistencia tanto más peligrosa cuando que se apoyaba en el peso de la religión.
36. Ibídem, p. 31.
37. Doratioto, op, cit., 2002, p. 445.
38. Cerro Corá, Relato del Cnel. Silvestre Aveiro sobre las deserciones del Cnel. Carmona y el Tte. Villamayor, en Junta Patriótica, El Mcal. López, Asunción, s.l., 1926, p. 167; Doratioto, op. cit., 2002, p. 449; y Resquín, op. cit., 1875, pp. 165-166.
39. Señalan además que «en ningún tiempo serviremos de instrumento al enemigo de nuestra nacionalidad». Carta de los coroneles J.B. Delvalle y Grabiel Sosa, y del Sgto. Mayor J. Romero al Meal. López, del 25-02-1870, citado en Punta Patriótica, El Mcal. López, Asunción, s.l., 1926, pp. 175-176. No existen muchos documentos semejantes: la mayoría de los desertores se dirigían al campo enemigo, y no sentían necesidad de justificarse por escrito.


LA RESISTENCIA REALMENTE EXISTENTE


Excepcional y pre-política, instintiva y amedrentada. Resistencia hecha de fugas silenciosas, rumores clandestinos, estallidos de piedad colectiva, conciliábulos palaciegos. Más propia de clases ilustradas que plebeyas, expresada con mayor espontaneidad en lenguaje femenino, en una nación que estaba convirtiéndose cada vez más en el «país de las mujeres».
El carácter primitivo de estas expresiones, incluso en la clase dueña del poder económico y las influencias sociales, tornaba impensable la resistencia popular. Un prisionero resumió la actitud respecto a López y a la extensión de la guerra de exterminio: «En el principio de la guerra había dedicación de entre algunos, y que otros repelían, mas no tenían coraje para declarar su opinión contra López, porque hasta en el Congreso no se podía hablar contra él sin peligro de muerte, y por eso es dificil decir si alguna dedicación había a favor de él». (40)
La que realmente existió, fue inútil. Como incapaces de dar otra salida a la guerra resultaron también las formas políticas de oposición en los países aliados, desde las críticas parlamentarias y la periodística, hasta las deserciones en masa y las sublevaciones provinciales. Y más que inútil, contraproducente, considerando la desmesurada represión que provocaban en el Paraguay sus manifestaciones. Una resistencia pre política fue respondida con arbitrario despotismo: en sus memorias, un jefe militar recordaba que, a fines de la guerra, los paraguayos temían más a su presidente que a los propios enemigos.
Una bella frase del cadete Cerqueira describe la actitud de los sobrevivientes: «Cuando la noticia de ese gran acontecimiento [la muerte del Mariscal] fue conocida en el campamento de Rosario, vi rodar, en medio de himnos de alegría, algunas lágrimas silenciosas en las adustas mejillas de los prisioneros de guerra. En mi opinión ellas eran verdaderas, porque almas de valientes no pueden mentir». (41) La Guerra Grande y la figura del Mcal. López siguen siendo objeto de polémica, como ya lo eran durante y después de la debacle. Y en ese corte de aguas navega hasta hoy la memoria colectiva del Paraguay.

40. Declaración de Isidro Ayala, 08-09-1869, en Junta Patriótica, El Mcal. López, Asunción, s.l., 1926, pp. 237-238.
41. Dionisio Cerqueira (Gral.) (1910), Reminiscencias da Campanha do Paraguay 1865-1870, Tours: Imprimerie E. Arrault, 1910, p. 350.



Fuente:
"NUESTRA SEÑORA DE LA ASUNCIÓN"
DEPARTAMENTO DE CIENCIAS SOCIALES
CENTRO DE ESTUDIOS ANTROPOLÓGICOS
VOLS. XXVI Y XXVII, N°S. 1 Y 2
ASUNCIÓN DEL PARAGUAY
2008-2009 (242 páginas)

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