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lunes, 4 de octubre de 2010

GEORGE THOMPSON - BATALLAS DEL 2 Y 24 DE MAYO. DESTRUCCIÓN DEL EJÉRCITO PARAGUAYO / Fuente: LA GUERRA DEL PARAGUAY



BATALLAS DEL 2 Y 24 DE MAYO.
DESTRUCCIÓN DEL EJÉRCITO PARAGUAYO


(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del





BATALLAS DEL 2 Y 24 DE MAYO.
DESTRUCCIÓN DEL EJÉRCITO PARAGUAYO
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A fines de abril de 1866, las posiciones de los ejércitos beligerantes eran las siguientes: los paraguayos con cerca de cien piezas de artillería estaban acampados al Norte del Bellaco del Norte; su vanguardia con seis piezas volantes, al Norte del Bellaco del Sud.
Los aliados ocupaban las alturas que se extienden de Este á Oeste (una milla al Norte del Paso de la Patria) adonde se atrincheraban, apoyando su flanco izquierdo en el carrizal. Su vanguardia bajo el mando del general Flores era formada por los orientales y algunos brasileros y argentinos con 12 piezas de artillería, y estaba acampado al Sud del Bellaco del Sud; los centinelas de ambas vanguardias se hallaban separados solamente por el estero.
El Estero Bellaco consiste en dos corrientes de agua paralelas, que casi siempre guardan una distancia de tres millas y separadas una de otra, por u n espeso bosque de palmas llamada Yatay, que se halla á la altura de 30 á 100 pies sobre el nivel de los "esteros".
El Bellaco desagua en el Paraguay por la laguna Piris, y en el Paraná como á cien millas al Este. El agua de estos esteros es sumamente clara y agradable, y está llena de un junco que crece hasta 5 y 9 pies sobre el nivel del agua. El agua estancada en algunos lugares por falta de corriente, y cubierta de juncales, es extraordinariamente agradase. Estos juncos crecen á la distancia de dos pulgadas uno de otro, y por consiguiente constituyen por si mismos un obstáculo intransitable; el fondo en que se arraigan es siempre un barrizal profundo cubierto por tres á seis pies de agua.
Los esteros son, como se ha dicho, intransitables, excepto por los pasos, que son simplemente los lugares en que se han arrancado los juncos de raíz, y en que la arena ha sustituido al barro del fondo. En estos Lasos, lo mismo que en los otros puntos de los esteros, la profundidad de agua que debe atravesarse es de 3 á 6 pies. En algunos puntos una y hasta dos ó tres personas montadas en buenos caballos, pueden pasar á través de los juncos, pero luego que ha pasado un caballo el fondo se empeora todavía más por los hoyos que dejan los basos. Estos esteros formaban la principal defensa de los paraguayos.
López mandó al Estero Bellaco 50 rifleros escogidos, con orden de tirar exclusivamente sobre todos los oficiales que se pusiesen á su alcance. Se les daban raciones dobles, no tenían que montar guardias ni hacer servicio alguno fatigoso. Estos hombres mataron á varios de los principales oficiales de los aliados.
El 2 de mayo, ambos ejércitos ocupaban las posiciones indicadas. López ordenó en ese día que una fuerza de 5.000 soldados bajo las órdenes del general Díaz (entonces teniente coronel) compuesta de 4.000 hombres de infantería y 1.000 de caballería á las órdenes del teniente coronel Benítez, su ayudante favorito, efectuaran una sorpresa sobre la vanguardia aliada. La infantería marchó por el paso Sidra y la caballería por el Paso Carreta, cayendo sobre el enemigo antes de ser sentidos.
La artillería apenas pudo hacer una descarga antes de ser tomada por los paraguayos, quienes se posesionaron también de todo el campamento de la vanguardia aliada, inclusive la tienda del general Flores. Los tres batallones orientales llamados "Florida", "24 de abril" y "Libertad" fueron completamente acuchillados, pero se batieron con gran bizarria á las órdenes de sus respectivos jefes, Pallejas, Flores y Castro, que se condujeron como leones, pero fueron abrumados por el número.
Del batallón "Florida" solo quedaron 40 hombres de tropa y sus 27 oficiales quedaron reducidos á 8. El 24 de abril perdió 9 oficiales y 200 hombres. Del batallón 38 de voluntarios da Patria, solo quedaron 41 hombres, según el parte oficial tuvo 94 muertos y 188 heridos; el regimiento N° 1 de caballería argentina perdió 100 hombres. La división del general Flores que componía la vanguardia y que constaba de las tropas brasileras, argentinas y orientales arriba mencionados perdió 1.600 hombres soldados y 31 oficiales. Antes de terminarse el combate se remitieron á López 4 cañones Lahitte de bronce rayados con sus correspondientes armones de munición. A estos cañones se les llamó siempre las "piezas de Flores" y prestaron á los paraguayos muy buenos servicios durante toda la guerra.
El mismo general Flores escapó milagrosamente de caer prisionero; pero llegó el general Osorio y le salvó perdiendo un batallón entero de brasileros. Si Díaz se hubiera retirado después de vencer la vanguardia y llevado consigo el resto de los cañones tomados, este hecho hubiera sido una espléndida victoria á muy poca costa, pero se propuso seguir adelante y contener al ejército aliado que estaba ya en movimiento y se dirigía á su encuentro. Ignorando completamente la ciencia de la guerra, fue inmediatamente flanqueado por el general Mitre que mandaba á los aliados, y tuvo que retirarse perdiendo el resto de los cañones que había tomado y un gran número de muertos y heridos. El teniente coronel Benítez fue muerto por una bala, y abandonado en el campo de batalla; el batallón 40 sufrió atrozmente y fue necesario remontarlo casi del todo.
Los paraguayos perdieron en todo, 2,300 hombres, entre muertos y heridos; y los aliados más o menos el mismo número.
Estos persiguieron á los paraguayos á través del Bellaco por una corta distancia, tomándoles un cañón rayado de á 12, que habiendo reventado había sido abandonado por los paraguayos, quienes, volviendo á cargar, arrojaron al enemigo al otro lado del Bellaco. Después de este combate ambos ejércitos volvieron á sus primitivas posiciones.
El general Mitre dice en su parte oficial que los aliados tomaron 4 cañones y 3 banderas, mientras en realidad fueron sus enemigos lo que esto hicieron.
Varios paraguayos que no estaban en la gracia de López aprovecharon la ocasión que les presentó esta batalla para desertar.
El jefe del batallón 38, el jefe del cuerpo á que pertenecían las 4 piezas tomadas, y el brigadier Pesegueiro, brasileros todos, pidieron ser juzgados por un consejo de guerra, para probar su inculpabilidad, lo que les fue concedido.
Después de la batalla, el general Flores escribió á su esposa la siguiente carta, que fue publicada en los diarios de Buenos Aires.
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Campamento en San Francisco, mayo 3 de 1866.
Sra. Da. María G. de Flores. Mi amada esposa:
Las buenas como las malas noticias deben recibirse siempre con tranquilidad. Ayer ha sufrido la vanguardia de mi mando un contraste de alguna consideración, perdiéndose casi totalmente la División Oriental.
De doce á una del día fue sorprendido mi campo por una fuerte columna de las tres armas. No era posible resistir el empuje de fuerzas triples á las nuestras; pero la División Oriental sucumbió honrando el pabellón de la patria. Yo había comprendido la mala situación en que estábamos acampados. Dos días antes del suceso, el mariscal Osorio y yo nos apersonamos al general en jefe para decir la conveniencia que había de mudar de campo; pero el señor Mitre nos contestó así: "No se alarme vd. general Flores; la agresión de los bárbaros es negativa, porque ha sonado la hora fatídica de su exterminio". Si hay, pues, alguno responsable del suceso de armas del 2, es el único, el general Mitre.
Puedo asegurarte, María, con toda la franqueza de mi alma, que en toda mi campaña contra el tirano Berro, no he pasado tantas contrariedades como las he sufrido en el corto período que estamos en territorio paraguayo, no es para mi genio lo que aquí pasa.
Todo se hace por cálculos matemáticos; y en levantar planos y medir distancias, y tirar líneas y mirar el cielo, se pierde el tiempo más precioso; figúrate que las principales operaciones de guerra se han ejecutado en el tablero de un ajedrez.
Entretanto, hay cuerpos del ejército que han estado sin comer tres días. Yo no sé qué será de nosotros, y de veras que si á la crítica situación en que estamos, se agrega la constante apatía del general Mitre, bien puede suceder que yendo por lana salgamos trasquilados.
Todo se deja para mañana, y de día en día se aplazan los movimientos más importantes, y que de suyo reclaman celeridad.
Solo he visto actividad en los días de besamano. Entonces sí se cruzan los cuerpos de músicas, los cumplimientos, las felicitaciones; relucen los uniformes y las ricas espadas. Y esto sucede con frecuencia, porque un día es cumpleaños del Emperador, el otro el de la princesa Leopoldina, mañana el de la independencia del Brasil y siempre envueltos en estas majaderías. En adelante mi vanguardia se compondrá de argentinos. No hay caballadas ni mulas para los trenes, no boyadas, ni ganados para comer.
Si pasamos un mes más por acá, tendremos que repasar el Paraná y haremos cuarteles de invierno en Corrientes.
En este caso tendré el gusto de verte así como á mis amigos.
Excuso decirte que los brasileros dieron la espalda cochinamente y hubo un batallón que no quiso cargar.
Mi carpa fue saqueada por los paraguayos. Mándame una valija con una ropa, un poncho grande de paño, un sombrero de paja y dos pares de botas.
Ahí van cartas de nuestro hijo Fortunato.
A mi hija Agapita un abrazo, y tú, mi querida María, recibe el corazón de tu viejo apasionado.
VENANCIO FLORES.
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P.D. - Te recomiendo, María, que me mandes solamente ropa de campo y nada de faldas ni casacas. Curioso es decirte que estos días han querido hasta ordenarme el modo de vestirme.
¿Pues no me dijo el general Mitre con mucha política, que sería conveniente que yo me cuidara algo de mi persona? Al principio creí que aludía al individuo; pero después me dijo que por qué no disponía de un uniforme de la Comisaría á fin de conservar la dignidad del empleo. Te aseguro que yo no sé de donde saqué paciencia ese día. Me di vuelta y lo dejé con la palabra en la boca.
Ambas partes solían enviar á las avanzadas los prisioneros y desertores de sus contrarios, para invitar á sus paisanos á desertar, diciendo que se encontraban mucho mejor tratados entre sus enemigos, que en su propio ejército. Sin embargo, el pez rara vez mordía la carnada.
En el campamento paraguayo no se permitía ninguna correspondencia entre los soldados del ejército y sus parientes; sin embargo, muchas mujeres iban y venía constantemente y llevaban á la Asunción noticias del ejército. Se ordenaba al pueblo que cada día que pasase fuera considerado como un nuevo triunfo de López, y por descontado, que nadie se atrevía á demostrar que lo dudaba, aunque mucha gente de la Asunción esperaba por días ver entrar á los aliados. Para que la población no se entregara á malos pensamientos se le daba ocupación cotidiana, pues cada familia tenía orden de comprar y entregar cocidos, unas cuantas docenas de calzoncillos para el ejército. Además, casi todos los días se decían misas por la salvación y felicidad de "D. Francisco Solano López". Estas misas eran encomendadas por personas particulares.
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Después de la batalla del 2 de mayo los aliados estaban más en guardia. Los paraguayos fueron siempre muy vigilantes.
El ejército paraguayo, como ya lo hemos dicho, estaba acampado en la posición que se había determinado sostener, permaneciendo todavía la vanguardia en el Bellaco del Sud, como á 4 millas de su ejército. La vanguardia tenía orden de no disputar los pasos del Bellaco, sino de retirarse cuando los aliados hicieran un movimiento serio en esa dirección. Practicaron este movimiento el 20 de mayo, atravesando el Bellaco en tres columnas; los paraguayos se retiraron en completo orden y establecieron sus guardias avanzadas en el centro del Bellaco del Norte. Los aliados marcharon adelante y acamparon sobre el borde del bosque de Palmas, ocupando inmediatamente su vanguardia á las órdenes de Flores, el terreno bajo, inmediato al Sud del Bellaco del Norte. La división del general Flores consistía ahora, en los pocos orientales que quedaban, en dos divisiones brasileras y un regimiento de caballería argentino. Tenía también 30 piezas brasileras. El ejército brasilero á las órdenes de Osorio, ocupaba la izquierda y estaba acampado desde el Potrero Piris hasta la izquierda de Flores; los argentinos bajo las órdenes de los generales Gelly y Obes, Paunero y E. Mitre (hermano del generalísimo) ocupaban la derecha, extendiéndose hasta Rori. Todo el ejército aliado constaba de cerca de 45,000 hombres y 150 piezas de artillería, ocupando un frente de casi tres millas. Construyeron inmediatamente dos reductos, uno en su centro y otro en su izquierda.
Los paraguayos estaban acampados desde Gómez hasta Rojas, ocupando con pequeños destacamentos, tropas y artillería, todos los pasos al Este hasta el paso Canoa. Tenían su derecha apoyada en bosques impenetrables y en el carrizal del Potrero Sauce. Este Potrero era una picada natural en el monte, solamente accesible á los aliados por una estrecha abertura que miraba al Este, frente á su campamento. Esta abertura estaba defendida por una pequeña trinchera, capaz de enfilar las columnas de ataque en toda la extensión de ella.
Los paraguayos se comunicaban con el Potrero Sauce por un camino abierto a través del bosque. Estos bosques tienen tantos árboles altos como bajos y entre ellos hay un matorral de arbustos, espinas y enredaderas, de manera que apenas puede verse á veinte varas de distancia. El Bellaco, al Oeste del paso Gómez y del ejército paraguayo, tenía más de seis pies de profundidad, hasta perderse en el monte, donde se convierte en un arroyuelo corriente y claro. El Paso Gómez y todos los pasos al Norte del mismo tenían más o menos cuatro pies de profundidad, y los aliados para atacar de frente á los paraguayos, debían atravesar dos pasos igualmente profundos y expuestos durante todo el pasaje á un fuego tremendo. En caso de que intentasen flanquear la izquierda paraguaya, se exponían á ver cortadas sus comunicaciones.
El ejército paraguayo había sido nuevamente remontado y contaba con 25,000 hombres. El día en que la vanguardia paraguaya retrocedió delante de los aliados, dio principio á una trinchera en el paso Gómez, que arrancando del bosque de la derecha, terminaba en el estero á la izquierda del paso Fernández. También se abrieron trincheras en los demás pasos, lo hacía formidable la posición de los paraguayos. La primera determinación era esperar el ataque y cuando lo iniciaran los aliados, lanzar 10,000 hombres sobre su retaguardia, por un camino abierto en el angosto monte que lo rodeaba, y que estaba ya hecho, excepto unas cuantas varas que se habían dejado para no ser cortadas hasta el último momento, como estaba indicado en el plan. Los aliados probablemente vigilarían con cuidado la abertura conocida del Potrero, pero la practicada nuevamente no era visible, y los paraguayos no serían sentidos hasta que estuvieran acuchillando su retaguardia.
Si este plan no hubiera sido abandonado, no cabe duda que los aliados habrían sido destruidos; pero López cambió de parecer el 23 de mayo, y atacó a los aliados el 24.
Hablando de esta batalla un año después, López dijo que había llegado su conocimiento el plan de ataque del general Mitre, que debía efectuarse el 25, y que francamente no le gustaba y resolvió prevenirlo anticipando el ataque, como lo hizo.
Al mismo tiempo, ridiculizaba al coronel Marcó, por haber abandonado el campo de batalla cuando una bala le había hecho pedazos todos los huesos de la mano.
El 20 de mayo, López trasladó su cuarte general á Paso Pucú, donde permaneció durante dos años, y á donde llevó también varios batallones de reserva, porque se decía que la escuadra debía atacar á Curupaity. En la tarde del 23, López recorrió los batallones de reserva y les dirigió la palabra, recordándoles que el día 2 un pequeño número de tropas había arrebatado al enemigo sus cañones y sus banderas, y deduciendo de esto que si llevaba un ataque por un gran número de fuerzas, era indudable que destruiría totalmente á los aliados. Los soldados estaban muy entusiasmados y le contestaron que solo esperaban sus órdenes para marchar, y concluir á sus enemigos. Entonces les dijo que se preparasen á recibirlas.
Pasó toda la noche conversando y dando instrucciones á los que deberían tomar parte en la batalla.
El general Barrios, con 8,000 hombres de infantería y 1,000 de caballería, debía llevar el ataque á la izquierda enemiga; el general Díaz (entonces coronel) con 5,000 infantes y 4 obuses, por el centro y el general Resquín por la derecha, con 7,000 hombres de caballería y 2,000 de infantería. El ataque debía hacerse simultáneamente, y la señal para iniciarlo sería un cañonazo disparado por Barrios, cuando estuviera listo, pues éste tenía que recorrer una larga distancia por entre bosques, donde solo se podía marchar por hileras. Debía hacer su camino á lo largo del carrizal hasta llegar al Potrero Piris, donde debía formar su cuerpo de ejército. Toda esta distancia está poblada por bosques que llegan hasta el intransitable carrizal, de manera que los soldados de Barrios tenían que marchar unos tras otros, viéndose obligada la caballería á conducir sus caballos de la brida. Díaz debía reunir y formar sus tropas en el punto más próximo posible al enemigo, tratar de no ser visto ni sentido, y lanzarse violentamente sobre su centro, al sonar la señal convenida; Resquín debía tener sus tropas formadas y listas antes de amanecer, detrás de los palmares de Yatayti-Corá, donde no podrían ser vistas por el enemigo. Las caballerías de Barrios y Resquín debían hacer  un rodeo y reunirse á retaguardia de los aliados.
Se esperaba que Barrios hubiera terminado su pasaje á las 9, pero solo á las 11 del día pudo terminarlo y dio la señal del ataque.
Los paraguayos cayeron inmediatamente sobre los aliados, atacando toda su línea.
Afortunadamente para los aliados, todas sus tropas se hallaban sobro las armas, porque en esos momentos, el general Mitre se disponía á practicar un serio reconocimiento sobre las posiciones paraguayas. Tres minutos después del cañonazo, el combate era general; la fusilería era tan nutrida que solo se oía un sonido continuo, aumentado por el cañoneo de los aliados. Por la derecha, los paraguayos arrollaron á los brasileros hasta el Estero, en donde se rehicieron, rechazando á los paraguayos hasta los montes; estos se rehicieron á su vez y llevaron por delante á los brasileros, repitiéndose lo mismo por tres veces en el día. La caballería paraguaya, que cargó a los brasileros en su retirada, hizo una carnicería atroz, causando igual daño entre los paraguayos la artillería y fusilería de los brasileros.
En el centro, el general Díaz tuvo que habérselas con el general Flores, cuyos rifles y artillería le causaron horribles estragos desde el momento en que salió del bosque.
Los aliados llevaban una gran ventaja, no solamente por ser atacados en sus propias posiciones y por tropas indisciplinadas, sino también porque su artillería entró en acción, mientras la paraguaya estaba ociosa. Tenían también la ventaja de pelear dos contra uno y además la superioridad de sus armas. Los paraguayos apenas tenían rifles y la mayor parte de sus fusiles eran de chispa; casi todo el armamento y artillería de los aliados, si se exceptúan algunos cañones pertenecientes á los argentinos, eran rayados.
Otra gran desventaja que tuvo Díaz fue hallarse obligado á atravesar un estero para batirse de cerca con los aliados; este estero quedó materialmente lleno de cadáveres. Uno de sus batallones (el 25) compuesto casi todo de reclutas, se arremolinó y la artillería aliado lo aniquiló totalmente.
Sobre la izquierda, la caballería de Resquín arrolló cuanto encontró en su primera carga, acuchillando la caballería correntina mandada por los generales Cáceres y Hornos y dispersándola totalmente. Entonces, una parte de la caballería cargó á la artillería de la derecha, perdiendo en el camino la mitad de las fuerzas, consiguiendo sin embargo tomar veinte cañones, que tuvo que abandonar porque no siendo sostenida, y entrando en acción las reservas argentinas, fue cargada y totalmente destruida, no habiendo querido rendirse soldado ninguno. La infantería de Resquín entró en acción entonces, pero fue destruida, parte por la artillería, parte por la infantería. La reserva de la caballería de Resquín dio vuelta por la derecha del Palmar, para realizar el plan convenido de reunirse á la retaguardia de los aliados, con la caballería de Barrios; pero los argentinos extendieron su frente en esa dirección y la rechazaron.
Sin embargo, el resto de uno de estos regimientos bajo las órdenes de un mayor Olabarrieta, penetró en la línea haciendo prodigios de valor, y con veinte de sus hombres logró llegar hasta el punto en que debían reunirse con Barrios; pero como éste había sido derrotado ya, tuvo que volverse, atravesando las líneas brasileras y peleando durante todo el trayecto, hasta llegar al Potrero Sauce. Olabarrieta llegó casi solo y mal herido.
El fuego cesó á las cuatro de la tarde; los paraguayos se hallaban en derrota completa y su ejército enteramente destruido. Los aliados, por su parte, habían sufrido serias pérdidas, pero les quedaba todavía un ejército. Los paraguayos dejaron 6,000 cadáveres sobre el campo; los aliados solo tomaron 350 prisioneros, heridos todos. Esto sucedía porque los paraguayos no se rendían nunca, y aún heridos peleaban hasta morir. Los hospitales paraguayos recibieron 7,000 heridos del campo de batalla, siendo de advertir que los heridos leves no entraban en los hospitales. Parecerá estraordinario que los paraguayos solo perdieron un oficial de graduación, cuando casi todos salieron heridos. El mayor Yegros (que había permanecido encarcelado y engrillado desde la elección de López II), el mayor Rojas y el capitán Corbalán, ayudantes de campo de López, en quienes antes había depositado una gran confianza, fueron sacados de las cárceles (nadie había sabido nunca la razón de su encarcelamiento) y enviados á pelear, degradados hasta el rango de sargentos; todos ellos fueron mortalmente heridos ó muertos en el campo de batalla. José Martínez, nombrado porta-estandarte en el Paso de la Patria, teniente en la batalla del Banco, capitán después del 2 de mayo, en que fue herido, hizo los empeños posibles para que se le dejara asistir á esta batalla, y habiendo sido herido mortalmente, fue nombrado mayor antes de morir. Era muy apreciado por López. Muchos de los negociantes de la Asunción, que acababan de ser reclutados, se encontraban también entre los muertos.
El humo era tan denso durante el combate, que los aliados no vieron el daño que habían causado á los paraguayos; y por la dificultad de las comunicaciones á causa de los esteros, y la gran confusión de aquellos momentos, López no supo la realidad de sus pérdidas hasta la mañana siguiente.
Los aliados perdieron más de 8,000 hombres entre muertos y heridos; entre los últimos se hallaba el general Sampaio (herido mortalmente) y los generales Osorio y Paunero (levemente).
El general Mitre mandaba á los argentinos en persona, haciendo á los generales Flores y Osorio el cumplimiento de dejar enteramente á su cargo la dirección de las operaciones de sus cuerpos respectivos durante el combate.
López almorzó temprano y se trasladó con sus telescopios al cementerio de Paso Pucú, para presenciar la batalla á cinco millas de distancia. Permaneció allí hasta que se rompió el fuego, y á esa hora bajó hasta la trinchera, aunque el obispo, que siempre marchaba á su lado, protestó que no debía "exponerse de esa manera". Cuando llegó á las tres millas del fuego, despachó su escolta en una dirección, dirigiéndose él en otra con el obispo y un ayudante, por temor de ser reconocido y de que se le hiciera fuego, ocultándose en un bosquecito entre el Paso Fernández y Rojas, de donde solo podía verse el humo.
Después se retiró como una milla á tomar un lunch; al volver á la selva encontramos ya á muchos de los primeros heridos que volvían de la batalla, pero que no podían dar una idea de lo que sucedía. Uno de estos era un muchacho de 15 años; una bala le había atravesado el muslo, pero traía además de su fusil, un sable, una lanza, un rifle, una bala de cañón y un hermoso poncho de paño, como trofeos del campo de batalla.
El muchacho presentó á López sus trofeos y éste le devolvió el poncho y dio las armas á sus ayudantes para que se las llevasen. El soldado fue nombrado cabo y enviado á las trincheras para que pelease en caso de un ataque. Después de anochecer, López fue al Paso Gómez, á la casa del general Bruguez, donde se encontró con Barrios y Díaz, quienes les dieron las malas noticias, hasta donde ellos las sabían. Para engañar á sus propios amigos y al enemigo, hizo tocar á todas las bandas de música durante la noche entera, con el objeto de hacer creer que había ganado la jornada. En el Semanario se consideró esta batalla como una grande y gloriosa victoria. A las diez de la noche se retiró á su cuartel general de Paso Pucú.
La mayor parte de los heridos paraguayos permanecían aún tirados en las selvas, y durante tres días consecutivos continuaron entrando en el campamento, arrastrándose penosamente. Once días después los aliados encontraron todavía un herido moribundo. Un mayor Coronel llegó al campamento cuatro días después; había recibido una herida en los pulmones y tuvo que sentarse desfallecido en un monto próximo al enemigo, acompañado por un soldado herido también; encontrándose sin fuerzas para moverse, ordenó al soldado que lo matera, llevara á López su kepi y su espada, y le dijera "que había cumplido con su deber hasta el último momento". El soldado se negó á cumplir la orden, y por último fueron encontrados por los paraguayos que los recogieron. Algún tiempo después se mejoró, pero fue muerto en julio en la batalla del Sauce.
Los aliados aseguraron que López había embriagado á sus tropas con aguardiente y pólvora, para hacerlos pelear como pelearon. Sin embargo, esto no es exacto, antes al contrario, los paraguayos casi siempre peleaban con el estómago vacío, pues en vísperas de combate no se permitía á los soldados separarse de sus cuerpos para carnear. Los brasileros, en esta batalla como en todas las subsiguientes al 2 de mayo, entraron á pelear sin banderas, sin duda para impedir que se las llevara el enemigo.
Los aliados tomaron 4 obuses, 5,000 fusiles y 5 banderas. Una de éstas, Osorio la mandó de regalo á Tamandaré; fue tomada matando á un sargento herido que la tenía, el que después de habérsele intimado que se rindiera, ocupó sus últimos momentos en despedazar la bandera con los dientes, para impedir que cayese en poder del enemigo.
El batallón 40, que había sido tan terriblemente diezmado el 2, fue casi exterminado de nuevo, retirándose del combate apenas con 80 hombres. Los batallones 6 y 7, que eran los mejores y más antiguos del ejército, quedaron reducidos á 100 hombres cada uno.
Los heridos de gravedad que exigían una larga curación, fueron enviados á la Asunción y los más leves, cuyo restablecimiento no sería tan largo, permanecieron en el campamento.
Los aliados enterraron una parte de sus muertos; los cadáveres paraguayos fueron colocados en capas de hombres alternadas con leña, por piras de 50 á 100 hombres, prendiéndoseles fuego.
Los soldados aliados observaban que los paraguayos estaban demasiado flacos para quemarse.
Los 10.000 hombre que sobrevivieron quedaron completamente desorganizados y dispersos, pasándose muchos días antes que pudieran ser reunidos de nuevo.


Fuente:
Colección OTRA HISTORIA
Edición al cuidado de Vidalia Sánchez
Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay 2003 (318 páginas).

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