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martes, 5 de octubre de 2010

ALFREDO BOCCIA ROMAÑACH - PILAR EN LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA / Fuente: LA VILLA DE PILAR DE ÑEEMBUCU EN LA HISTORIOGRAFÍA PARAGUAYA (2007)



PILAR EN LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA
Obra de

(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del


El historiador Juan F. Pérez Acosta en su libro Carlos Antonio López. Obrero Máximo transcribe la siguiente noticia referida al flamante buque de guerra Tacuarí, orgullo de la armada paraguaya. De la nota se destaca lo siguiente:
"Noveno Viaje. El 13 de febrero de 1857, el "Tacuari" zarpó a las 4 y 45 p.m. por primera vez al mando del capitán Pedro Ignacio Meza, para encontrar al buque inglés "Riffleman" de doce pies de calado, que había salido de Buenos Aires el 28 de enero y llegado a Humaitá el 12 a las 7 y 30 de la mañana, trayendo a bordo al contraalmirante Hope Johnstone, comandante en jefe de la estación naval británica en el Río de la Plata.
A pedido del mismo se le envió desde Pilar el mejor práctico, de todo lo cual, como era costumbre en tales casos, vino un chasque desde Humaitá hasta la capital a dar aviso. Salió el enviado de Humaitá el 12 a las 8 y 45 y llegó el día 13 a las 7 y media de la mañana, dando noticia de que a su paso por Pilar, a las 12 del día, estaba ya en dicho puerto el "Riffleman". Como el buque era de mucho calado, y el río recién empezaba a subir, se despachó a su encuentro al "Tacuarí'; llevando al contraalmirante Johnstone una carta del Ministro de marina con oferta de cuantos auxilios pudiese necesitar".


LA SUERTE DE LA GUERRA


Luego del fracaso de las expediciones paraguayas comandadas por el coronel Juan de la Cruz Estigarribia y por el general Robles, que habían llegado a ocupar temporariamente las provincias de Corrientes y de Entre Ríos, y las ciudades brasileñas de Itaquí, San Borja y Uruguayana, ya en plena retirada, las tropas paraguayas se enfrentaron, antes de cruzar el río Paraná, a un gran número de combatientes argentinos.
En un punto ubicado en las barrancas de la margen izquierda de dicho río, conocido por Corrales, tuvo lugar un encarnizado en encuentro con un elevado número de bajas por partes iguales. El alto espíritu combativo demostrado por los paraguayos permitió la evacuación de la totalidad de sus tropas y de los materiales de combate. El pasaje a Itapirú en las costas del Paraná se llevó a cabo a la vista de los cañones de la flota del diletante Tamandaré, quien se limitó a observar desde lejos el continuo ir y venir de las canoas paraguayas.
Producido el desembarque, la guerra adquirió desde entonces, un perfil puramente defensivo. En adelante, la marcha de las operaciones bélicas respondería a dos factores fundamentales: al potencial de los bastiones artillados sobre el río Paraguay, y al control de los pasajes existentes entre las zonas bajas inundables de los esteros de aguas profundas, de las lagunas y de los pirizales que se constituyeron en el más serio escollo para el avance de las tropas aliadas. (El terreno era apto y apropiado para la defensa; el conocimiento de esos críticos pasos, sumado al espíritu indómito de los oficiales y soldados paraguayos, permitieron la singular proeza de resistir por tantos años al avance de las poderosas fuerzas enemigas.)
Las fuerzas enemigas comandadas por los generales Mitre, Osorio, Porto Alegre y Flores, vadearon el río Paraná e instalaron su campamento al sur de Estero Bellaco. El 2 de mayo de 1866, éstas fueron hostigadas por las fuerzas paraguayas al mando del general Díaz.
Los aliados ocuparon los campos de Tuyutí. El bien nutrido campamento aliado fue atacado el 24 de mayo, por cuatro columnas paraguayas. Se llevó a cabo en esa oportunidad, la más sangrienta batalla que recuerde la historia sudamericana, quedando destruido el mejor ejército de López. Los aliados, repuestos de las pérdidas, y con el tiempo a su favor, adquirieron una gran superioridad bélica, en hombres y armamentos, factor determinante para la suerte de las operaciones futuras.
En la medida en que los aliados reforzaban sus posiciones y reponían sus pérdidas, se hacía casi imposible rechazarlos.
Los dos ataques paraguayos contra el campamento aliado de Tuyutí (mayo de 1866), fueron decisivos para decidir el curso de la contienda. Era evidente que el mariscal López buscaba en esas acciones de alto riesgo provocar un vuelco en la situación; la embestida contra Tuyutí, tuvo la intención de aplicar un golpe de efecto contra el centro neurálgico del comando enemigo, acción que si fuera exitosa podría torcer el rumbo de la guerra.
"Hace más de un año hablábamos aquí mismo de la interminable guerra desencadenada por el altanero ultimátum del Brasil al gobierno de Montevideo en 1814. Desde la terrible batalla de Tuyutí, la más mortífera de todas las que han ensangrentado el suelo de la América Meridional, la situación de los beligerantes no se ha modificado en absoluto y el gran imperio brasileño continúa mostrándose impotente frente al pequeño Paraguay, cuya población iguala apenas a la de dos departamentos franceses. A pesar de los despachos anunciando las victorias, que el telégrafo no cesa de transmitir a la llegada de los paquebotes transoceánicos, los imperiales y sus aliados argentinos no han conquistado, hasta el momento, sino los territorios pantanosos donde establecieron sus bases, en tanto que los soldados de López no han abandonado, en absoluto, el enorme territorio arrancado a la provincia de Matto Grosso". (Elisée Reclus, La Revue des Deux Mondes, París, 15 de diciembre de 1867, pp. 964-965).
"Luego, de que el ejército, frenado en los pantanos de Tuyutí, haya tratado vanamente de abrirse paso por la fuerza, hacia Asunción, le llegó a la escuadra de la marina el turno de realizar la misma tentativa. Los tres jefes aliados, Mitre, Flores y Polydoro, se reunieron en consejo con el mariscal Tamandaré y decidieron que la flota debía forzar el paso del río Paraguay y bombardear los reductos del enemigo. Se creía que las baterías de Curupaity eran las primeras construcciones de defensa en ese lado del río. Algunos navíos brasileños que remontaban la corriente sin aprehensiones, fueron bruscamente saludados por tiros de cañón de la batería de Curuzú.
El 1° de Setiembre de 1866, una fuerza de ocho mil trescientos hombres desembarcaba en Curuzú, protegida por el fuego de once navíos de la escuadra ... Los defensores en número de dos mil, disponiendo de una docena de piezas de distinto calibre, debían resistir el ataque combinado... cuando abandonaron el fortín aun pudieron llevar consigo tres de sus cañones.
Los aliados quedaron dueños de la plaza, pero su triunfo les costó caro: un millar de asaltantes fueron muertos o heridos. El nuevo acorazado Rio de Janeiro fue hundido en el río, y otras dos embarcaciones quedaron fuera de servicio". (Ibídem)
Sauce Boquerón, Paré-cué, Tatayiba y docenas de batallas marcaron jalones de la gloriosa resistencia. Las bajas del ejército nacional -muertos, heridos, o imposibilitados de luchar a causa del hambre y de las enfermedades- eran de imposible reposición. La guerra se había convertido en una desesperada, sangrienta e inútil jornada de desgaste. En ella se vio afectado el destino de miles de civiles, niños, mujeres y ancianos que acompañaban con abnegación las duras etapas de la lucha.
La peregrinación del pueblo paraguayo comenzó con el abandono forzoso de la población de las tierras del sur ordenada por el gobierno ante la propalada noticia de que el barón de Porto Alegre, al frente de una división de 12.000 hombres, con 18 cañones rayados, había salido de Río Grande en dirección al Paraguay.
Los meses finales de la contienda se caracterizaron por las penalidades sin límites padecidas por miles de civiles, mujeres y niños, obligados a abandonar sus casas y a acompañar a las menguadas tropas nacionales combatientes. Caminaban aterrados y hambrientos, sufriendo además de los peligros naturales, la ira del Mariscal, visiblemente afectado por la sucesión de pérdidas humanas y materiales que le infligían las poderosas fuerzas aliadas.
Los habitantes y haciendas de estas poblaciones fueron evacuados: las que se hallaban en las proximidades de Humaitá, al norte del arroyo Hondo, y aun algunas más lejanas de las Misiones. (1)
El 22 de setiembre de 1866 se efectuó el gran ataque aliado contra las trincheras fortificadas de Curupaity. Esta vez resonó el canto de gloria para las fuerzas paraguayas comandadas por el general José Eduvigis Díaz. Es de todos conocido el resultado: las pérdidas paraguayas no pasaron de un centenar de combatientes, entre muertos y heridos, pese al infernal bombardeo asestado a la fortaleza por la armada brasileña comandada por el almirante Tamandaré.
Cuando la nave insignia brasileña dio la señal de que la posición paraguaya estaba reducida a escombros, arremetieron temerariamente los cuerpos de infantería y caballería argentinos y brasileños. Los atacantes fueron rechazados por la artillería, los fosos circundantes inundados, los abatíes y el fuego nutrido de la artillería y los fusiles de los defensores del reducto, forzando, luego de infructuosos intentos, la retirada del enemigo, con pérdidas que sobrepasaron a cuatro mil hombres.
Curupaity fue un desastre de graves consecuencias para los comandos aliados. Produjo un gran caos en la conducción de la guerra y la paralización de los movimientos militares; los comandos trataban de recomponer la moral de las tropas y jefes y al mismo tiempo, hacer frente a las críticas acerbas de la prensa bonaerense, en especial en el sector de los combatientes argentinos.
El general José I. Garmendia, que tomó parte en la lucha, escribió en sus memorias publicadas en 1883, sobre los amargos e imborrables episodios del infierno de Curupaity. Sus conclusiones finales dicen:
"Hoy ese lugar, que hace sentir con tristeza nuestro corazón está solitario; las brisas murmuran siempre en aquellos hermosos bosques, y al sentir su perfumado aliento no se suspiran los recuerdos de la tumba; aquella poesía tropical no hace sospechar los horrores de un combate desgraciado, ha crecido la yerba, los árboles desgajados tienen nuevas ramas, las flores abren sus pétalos en un suelo de esmeralda matizado por el brillante colorido de las flores de los campos.
En ese suelo, a cierta distancia de uno de los bosquecillos que animan aquel paisaje, se ha levantado una cruz de fábrica tosca y reemplazado el lema de inmortal recuerdo con esta irónica trascripción: Tumba de la gloria argentina. Qué horror haber salpicado con el lodo de tal blasfemia el símbolo de la fe. Si es verdad que no vencieron, en su derrota fueron inmortales. El rayo exterminó las legiones argentinas, no el brazo, y tal fue el dominio del asalto, que el vencedor tembló victorioso y no se atrevió a tomar la ofensiva sobre aquel puñado de soldados que escapó del desastre.
Encerrados en sus parapetos, respiraron cuando vieron alejarse los rotos batallones y pudieron contemplar con inhumana y frenética alegría aquella inmensa tumba" (José I. Garmendia, pág. 1.19).

La guerra continuó sembrando en los campos una estela de muertos y mutilados. Los paraguayos en retirada, en inferioridad de condiciones, se empeñaron en una lucha desigual, durísima prueba de tenacidad sin límites, de temple y de coraje admirables.
El bloqueo fluvial impuesto por los aliados, la carencia de elementos bélicos suficientes y de imposible adquisición, la flota casi totalmente destruida después de la batalla de Riachuelo, fueron factores conjugados que sellaron la suerte del sufrido ejército paraguayo.
Las etapas más penosas y heroicas de la guerra se desarrollaron en el sur, en las zonas comprendidas entre los ríos Paraná y Tebicuary, y en torno a los puntos costeros fortificados de Itapirú, Timbó, Curuzú, Curupaity y Humaitá. Estos reductos se constituyeron en el epicentro de las operaciones y todas las acciones en los terrenos circundantes se llevaron a cabo con el objeto de obtener el control de una zona estratégica conocida como el Cuadrilátero.
Solamente después de sometidas dichas fortalezas, pudieron los aliados, muy superiores en número, proseguir con el desarrollo de su ofensiva, siempre cautos ante la reacción de las raleadas columnas paraguayas.
No siendo la Villa ni el puerto de Pilar una posta estratégica y de relativa consideración militar, no se desarrollaron en su entorno combates de gran magnitud, pero, su población civil no escapó a la extrema crueldad de la guerra por la inmediata vecindad de los territorios convertidos en teatro de los acontecimientos bélicos de mayor trascendencia histórica.
Supo, sin embargo, de padecimientos y despojos, de entregas y heroísmos. En todas las ocasiones en que se presentó el enemigo, éste no consiguió avasallar la moral de sus pobladores. Contra 1a acrisolada fortaleza de sus ciudadanos se estrelló la saña de las fuerzas atacantes. (2)
El 10 de setiembre de 1867 la jefatura del Estado Mayor brasileño pasó interinamente a manos del coronel José Antonio Correa da Cámara.
Centurión describe el primer asalto contra la Villa de Pilar:
"Todo el ganado fue también arreado, dejándose únicamente algunas tropas para el consumo del ejército.
El 20 de setiembre de 1867, las fuerzas del Barón del Triunfo atacaron a la Villa del Pilar, defendida por 260 hombres, grupo compuesto de enfermos y convalecientes recién salidos del hospital. Al mando de los defensores se hallaban los ciudadanos Simón Antonio Villamayor e Isidro Ayala. Este puñado de hombres ejercía la vigilancia en Villa Paso, en la margen derecha del arroyo Ñeembucú, donde recibió el ataque enemigo por la retaguardia. Las fuerzas aliadas, conducidas por los paraguayos Higinio Céspedes, Amarilla y Bordón, habían cruzado el río por el paso Yegros" (Fossati. Op. cit., pág. 20)
Se produjo una desigual lucha en la que los paraguayos hicieron prodigios de valor. Sólo quedaron vivos unos 40 que se retiraron a las playas de río Paraguay.
En medio de la algazarra de los ocupantes, llegó al puerto el cañonero Pirabebé, trayendo a bordo una compañía de infantes al mando del teniente Felipe Osorio y del alférez Vázquez... haciendo desalojar a los saqueadores, quienes se retiraron hasta el punto de reunión de sus tropas, dos cuadras más allá de la iglesia.
La imagen de la Virgen, patrona titular del pueblo, como las de otros santos desaparecieron...
Por segunda vez se apoderaron los brasileños de la Villa en el mes de Octubre de 1867. El Mariscal envió al mayor Quintana con una pequeña fuerza de infantería para proteger, si fuese posible, a la Villa. Los ocupantes al mando del coronel Camilo Mercio Pereira que no tenían el propósito de permanecer en ella, la abandonaron, avanzando hacia el Paso del Tebicuary, donde cambiaron algunos tiros con la fuerza de Núñez y se retiraron.
El terreno comprendido entre el norte de San Solano hasta la Villa del Pilar necesitaba imperiosamente ser reconocido por las fuerzas aliadas. A tal efecto, el propio Bartolomé Mitre redactó las instrucciones para el oficial brasileño "brigadeiro" Andrade Neves y su igual argentino, designado por el General Hornos, para integrar la comisión encargada de la exploración.
"...dominar sobre la marcha toda la línea del arroyo Hondo, cubriendo la zona de Desmochados a Isla Umbú y tomar como objetivo final la Villa del Pilar".
Esta dotación tenía por objeto "sorprender, perseguir y batir todas las guardias paraguayas que quedasen desde la altura de Pedro González, Desmochados y Laureles hasta la Villa del Pilar, donde según informes se hallaban tres partidas de 48 a 50 hombres. Debía arrebatar todo el ganado que se encontrase en esos lugares".
El Duque de Caxías, a su vez, ordenó que una vez vencida la fuerza del Potrero Obella marchase sobre Pilar donde debían "apoderarse de los cañones que por ventura hubiesen, respetar las casas de particulares, destruir la estación telegráfica y retirarse posteriormente hacia Arroyo Hondo".
Andrade Neves tenía órdenes de explorar hasta Tayi. Para la misión estaba acompañado por un ingeniero militar cuya labor era levantar planos de las posiciones más relevantes y proseguir hasta Pilar para encontrarse en el río Ñeembucú con la dotación argentina.
Ambas columnas recibieron instrucciones de coordinar inteligentemente la marcha para un encuentro de fuerzas. Solamente de esa forma podría asegurarse el golpe de mano contra las fuerzas de Pilar".
Un total de 1.500 hombres de la Caballería brasileña, más 800 argentinos dependientes del comando del general Hornos tenían la misión de controlar Potrero Obella y San Solano. El mismo Hornos reportaba entonces haber ocupado la Villa de Pilar, tomando prisioneros, dando por concluida su misión.
Rufino Eneas Galvão, oficial brasileño de reconocida actuación en la campaña del Amambay en Mayo de 1867, envió la siguiente memoria: "A una legua de la Villa encontré a mi derecha una columna de caballería que se retiraba y poco después vino a mi encuentro el propio coronel Mercio, declarando que el general Hornos en persona, había reconocido que la Villa estaba abandonada y que el enemigo se hallaba en la otra banda del Ñeembucú, con 2 piezas de artillería y una tropa grande". (Tasso Fragoso, t. 3, pp. 294-295).
Idéntica afirmación hizo el coronel argentino Santos Correa que afirmó haber ocupado la villa abandonada a las 8.30 horas del día siguiente (21.1X.1867).
Tan luego como los aliados se pusieron en marcha para Tuyúcué en octubre de 1867, el Mariscal impartió sus órdenes para que todos los habitantes y haciendas del Ñeembucú (Villa del Pilar), se trasladasen al norte del Tebicuary.
Doscientos hombres del 10° y 11° regimientos, comandados por el teniente coronel Rodrigues de Oliveira, resolvieron ocupar la villa con objeto aparente de "atraer la atención del enemigo", en cuanto otras fuerzas operaban a espaldas de los paraguayos de la otra costa del Ñeembucú. La tropa argentina quedó acampada en la costa de enfrente. Mientras se ejecutaban estas maniobras, un vapor paraguayo remontó el río Paraguay y bombardeó las posiciones brasileñas recientemente conquistadas. Más tarde llegaron otros dos buques y una chata de refuerzo. Según el cronista brasileño el desembarco y la reconquista de Pilar se hizo en medio de gran fusilería.
"Fue tomado del enemigo 200 reses, 60 caballos, 5000 cartuchos de infantería acondicionados en dos carretas y una gran partida de municiones (12.000 cartuchos), más 100 tiros de artillería de calibre cuatro, un instrumental completo de música, 78 lanzas, 262 carabinas, 5 cajas con pólvora de cañón, una gran chata 4 canoas que fueron incendiadas, 5 cajones con papeles y 6 estandartes ... los paraguayos tuvieron 100 muertos y 74 fueron hechos prisioneros. . ..las bajas brasileñas y argentinas fueron mínimas..." (Taso Fragoso. Idem).
Este reporte que hacía gala de una extraordinaria victoria, a la que se llamó "LA BATALLA DE PILAR", no pasó de una escaramuza que apenas figura en las crónicas y partes paraguayos como un hecho que merezca consideración. La situación política y militar de Caxías pasaba por un ciclo de tensiones y reproches debidos a la inacción de sus tropas y le era de vital importancia acrecentar méritos personales.
El citado Rufino Galvão afirmaba que la Villa del Pilar era un extenso campo de batalla donde podían maniobrar grandes ejércitos. La barranca del río es elevada y apropiada para asentar en ella piezas de artillería. Lo mismo ocurre con la margen derecha del Ñeembucú donde los paraguayos habían dispuesto dos bocas de fuego que barrían el puerto y la calle de la iglesia.
En mayo de 1868, las fuerzas paraguayas por el lado de Ñeembucú se hallaban en gran actividad. Buscaba el Mariscal distraer la atención de los aliados en los momentos en que las operaciones de la escuadra hacían presumir la inminencia de un ataque en el sector de Timbó, efectuando un desembarque que permitiera avanzar hacia Tebicuary. Efraím Cardozo ("Hace Cien Años") afirma que "el objetivo fue alcanzado, pues inmediatamente se produjo gran alarma en el campo aliado, con un apresurado trajín de tropas de caballería en dirección al sector de Villa del Pilar, presuntamente amenazada por una ofensiva paraguaya".
En tres años de guerra, los aliados no habían podido doblegar las defensas de Curupaity. El 15 de agosto de 1868, los acorazados brasileños consiguieron finalmente ultrapasar la fortaleza, enfrentado el fuego de la artillería del fuerte. Seis meses después hacían el cruce los monitores "Pará" "Río Grande" y "Alagoas", para ir a fondearse entre Curupaity y Humaitá: tenían como objetivo destruir la fortificación de esta última, armada con 190 cañones, y considerada como el único obstáculo para la ocupación total del Paraguay. El 28 de agosto se desarrolló el combate de Paso del Tebicuary.
Efraím Cardozo (op. cit., VIII, p.125) brinda información sobre las características de la fortaleza de Humaitá:
"Varias cadenas cruzaban el río, y aunque los brasileños creían haberlas hecho sumergir hundiendo los pontones que las sostenían, fueron nuevamente reflotadas mediante grandes boyas. Pero la extraordinaria creciente del río las estaba volviendo ineficaces, pues permitiría, según se conjeturaba, que los barcos acorazados de menor calado pudieran pasar por encima de ellas.
"Las Baterías de Humaitá
Había un frente fluvial y otro terrestre. Aquel estaba formado por la famosa batería Londres, la principal de todas, que era casamatada y tenía 16 piezas. Las otras eran la Octava con 11 piezas; la Comandancia con 6piezas; la Coimbra con 3 piezas; la Tacuarí con 6; la Maestranza con 11 piezas; la Humaitá con 2 piezas; y la cadena con 18 piezas. En total, las baterías fluviales estaban integradas por 72 cañones.
Había también sobre la barranca 12 piezas al descubierto que formaban la batería Carbón. En el extremo nordeste existía una fortificación de tierra (batería Concha) organizada para tirar contra el río una provista de 14 piezas.
De allí para sur corría una línea de abatises de 1.050 metros de extensión, cuya defensa tenía que ser hecha por fuerzas estacionadas a retaguardia, en el Campamento denominado Tacuaras. El frente terrestre estaba dividido en cuatro sectores: Batería Amboro, con 10 piezas; División del Sud, con 36 piezas; Batería del Este, con 44 piezas y Bateriá Umbú, con 11 piezas.
El frente fluvial de Humaitá fue reforzado después del pasaje de Curupaity con algunos cañones de grueso calibre venidos de Asunción como el Acaberá y el General Díaz. El "Cristiano'; de bronce, alma lisa, calibre 120, fue trasladado de Curupaity a Humaitá".
El proceso técnico de la construcción del fuerte de Humaitá se debió a la dirección del militar prusiano Wisner de Morgenstern: Algunos cronistas afirman que Ernest Mouchez, comandante de la nave de guerra francesa "Bisson" habría prestado su colaboración profesional en los delineamientos de la fortificación.
En la medida que las fuerzas invasoras ganaban terreno sufriendo ingentes pérdidas, las acciones se centraban en la posesión de los pasos de Yacaré y en los del río Tebicuary, con la intención de cercar por hambre a la fortaleza de Humaitá. (3)
En realidad, el Paraguay carecía de artillería efectiva. Los cañones del general Robles instalados sobre las barrancas del río Paraná, en el lugar llamado Cuevas, no pudieron evitar el paso de la flota aliada que intentaba con singular prudencia, remontar el río en dirección a Corrientes.
Las baterías de Curupaity, Curuzú y Humaitá, a pesar del gran número de sus bocas de fuego y de la pericia de sus servidores, fueron también insuficientes para impedir el pasaje de las naves del Imperio, las que debidamente reforzadas por corazas metálicas pudieron resistir el intenso fuego de las casamatas. Los cañones paraguayos, de alma lisa tenían un alcance útil de 450 metros. Producían daños considerables en las embarcaciones, pero eran ineficaces para mandarlas a pique. (4)
López percibió las intenciones de los aliados de aislarlo en la margen izquierda del río Paraguay. Los paraguayos conocían a la perfección el intransitable y cenagoso terreno donde operaban, así les fue posible sostener una línea de comunicación entre Pilar y San Solano, en una distancia de ocho leguas.
Según "Diario do Exército" reproducido en "Hace Cien años": la vanguardia brasileña, al mando del brigadier Mena Barreto franqueó el Ñeembucú al rayar el día ... En la misma ocasión se puso en marcha el grueso del ejército. S.E. el señor general en jefe, anticipándose a la marcha, llegó a Pilar a las 9 y media de la mañana, y se instaló con su estado mayor en las casas de la plaza. La extensa planicie junto a la Villa estaba completamente inundada, siendo (el camino) una sucesión de pantanos y tembladerales...
El Vicealmirante que se hallaba en el puerto de la Villa a la cabeza de los navíos de la escuadra allí fondeados, vino a tierra a Saludar a S.E. (Cardozo, op. cit. t. IX, pág. 255)
Tayi se convirtió en un enclave importante. Sobre el tema el coronel George Thompson hace la siguiente descripción: "Subiendo el río, aguas arriba de Humaitá, no hay comunicación posible con tierra antes de llegar a Pilar, por los embalsados y camalotes. La única excepción es la barranca de Tayi, quince millas arriba de Humaitá donde existe un camino que conduce al camino real" («La Guerra del Paraguay", ed. 1910)
Según una crónica del barón de Río Branco la columna de ataque de Caxías, en Pilar, Tayi y Arroyo Hondo a mediados de 1868, estaba compuesta por cinco mil hombres comandados por J. Manoel Mena Barreto, el jefe que encontraría la muerte en el asedio a Piribebuy. Río Branco presumía que las tropas argentinas de Gelly y Obes, acantonadas en el Chaco eran superiores a cinco mil combatientes.
Dice Efraím Cardozo: "El 25 de julio de 1868 las banderas de la alianza tremolaron sobre las ruinas de Humaitá. La fortaleza no fue capturada a viva fuerza sino ocupada luego de su abandono por los paraguayos. Había sido el eje de la resistencia paraguaya, desde la invasión al territorio nacional en abril de 1866 y estuvo estrechamente sitiada por agua y por tierra desde seis meses atrás". (5)


1.- Ante el aviso de que una columna enemiga de 10.000 hombres, bajo el mando del general Osorio se proponía atravesar el río Paraná en Encarnación, se hizo extensiva la evacuación a todos los pueblos de las Misiones, así como a los que se encontraban al sur del río Tebicuary.
“Aquellas pobres gentes se vieron, pues, otra vez resignándose a sufrir nuevas penurias, abandonando sus hogares con sus muebles, llevando sólo aquellos que podían cargar en la cabeza. Muchos murieron de hambre, enfermedades y mil otras miserias". (C. Centurión, t. III, p. 58).
2.- El coronel Juan Crisóstomo Centurión, en el tomo III de sus "Memorias o Reminiscencias sobre la Guerra del Paraguay" apunta las siguientes consideraciones: "Cuando los aliados iniciaron su movimiento hacia Tuyucué, el comandante José María Núñez fue enviado al Tebicuary, a la cabeza del batallón de reclutas N° 45 y dos escuadrones de caballería con estas instrucciones: Levantar una trinchera en el paso principal del Tebicuary, guarneciéndola con 6 piezas de artillería; establecer guardias en los demás pasos del mismo río, y levantar el ganado, las provisiones de boca, y la correspondencia del ejército por la nueva vía del Chaco; operación que se practicaba pasando el río Paraguay, 4 millas arriba del Tebicuary en un punto denominado Montelindo... El comandante Núñes desempeñaba satisfactoriamente su comisión, a pesar de las dificultades con que tenía que luchar" (Ibídem).
3.- Reducto inexpugnable, considerado como la Sebastopol de América. La prensa bonaerense y la brasileña se sobrepasaban en magnificar la potencia de fuego de Humaitá, en un intento de justificar la terrible quietud en que se hallaban los ejércitos aliados, como consecuencia del desgaste, especialmente luego del desastre de Curupaity.
4.- Los buques de la armada brasileña, conocidos por "corazas", eran en sí, de madera revestida por planchas a metal de diferente espesor. En la línea media, las máquinas, las timoneras y chimeneas estaban protegidas por un blindaje de metal laminado de cuatro pulgadas y media, en tanto el ancho del metal disminuía a tres pulgadas, a popa y a proa.
5.- Los atroces combates librados en la Laguna Vera y los riachos aledaños entre los sobrevivientes de Humaitá y las fuerzas combinadas de la flota imperial y tropas de Argentina, han marcado un jalón de dolor y sacrificios sin paralelo en la historia de los beligerantes.


Fuente:
EN LA HISTORIOGRAFÍA PARAGUAYA
DESDE SU FUNDACIÓN HASTA MEDIADOS DEL SIGLO XX
Obra de ALFREDO BOCCIA ROMAÑACH
Editorial Servilibro,
Dirección Editorial: VIDALIA SÁNCHEZ,
Asunción – Paraguay - 2007 (344 páginas)

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