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lunes, 30 de agosto de 2010

JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN - MEMORIAS O REMINISCENCIAS HISTÓRICAS SOBRE LA GUERRA DEL PARAGUAY -Prólogo: RICARDO CABALLERO AQUINO /Edición Digital: BVP


MEMORIAS O REMINISCENCIAS HISTÓRICAS
SOBRE LA GUERRA DEL PARAGUAY.
TOMO I
Autor:
JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Prólogos de
RICARDO CABALLERO AQUINO y
J. NATALICIO CARDOZO.
Editorial El Lector,
Colección Histórica Nº 19,
Tapa : LUIS ALBERTO BOH
Asunción – Paraguay
1987 (356 páginas)
Edición digital :
BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY
Edición digital basada en la
Edición Guarania, 1944. 336 pp.
Enlace edición digital:
IR AL INDICE
.

This above all . To thine own self be true,
And is must follow, as the night the day.
Thou canst not then be false to any man.
SHAKESPEARE
.
Je sentais qu.il ne faut parler de soi au public
q.une fois en sa vie, trés sérieusement, et n.y plus
revenir.
GEORGE SAND.

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A MIS LECTORES
Muchos de mis antiguos compañeros y amigos me han pedido, hasta con insistencia, que escribiera algo sobre la guerra del Paraguay.
La historia exige condiciones especiales de preparación de que carezco, y sin tiempo, ni recursos para reunir y estudiar los datos necesarios paro el efecto, y cediendo al amable deseo de aquellos amigos, he trazado a vuelapluma estas memorias en los siempre interrumpidos ratos de reposo que me permiten mis atenciones diarias por ajenos intereses.
Tal vez, estas pobres páginas sirvan como ligeros apuntes para ayudar al futuro historiador; en todo caso, ellas acreditan que no he empleado mis ocios en bacanales ni orgías, y que tengo interés especial en conservar íntegro el precioso tesoro de la dignidad personal.
Juan Crisóstomo Centurión

MEMORIAS DEL CORONEL JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN
PRIMERA PARTE


Prólogo por J.NATALICIO GONZÁLEZ.

CAPITULO I
El por qué de este libro.. Mi nacimiento.. Mis padres.. El Padre Amancio González y Escobar, profesor de mi padre.. Reducción del Remanso.. Recuerdo de un cacique.. Separación de mi padre del lado del padre Amancio González, y entra a servir de secretario al Dr. Zamalloa, escribano real de Hacienda.. Viaje de mi padre a Montevideo en compañía de éste.. A su regreso are un estudio de abogacía.. Movimiento revolucionario.. La sociedad paraguaya se divide en tres partidos: realista, porteño y nacional.. Adhesión de mi padre a este último.. Antecedentes históricos de la revolución e independencia del Paraguay.. Expedición de Belgrano.. Paraguarí y Tacuarí.. Causas que produjeron la revolución del Paraguay.. El gobernador Velazco sustituido por una junta gubernativa.. Corrupción, abusos e ignorancia de los miembros de ésta.. El Congreso de 1813 acordó la supresión de la junta y la formación de un nuevo gobierno compuesto de dos cónsules.. Estado anárquico de la campaña y desórdenes en la Capital.. El director Posadas invita al Paraguay se haga representar en el Congreso General de Tucumán.. El Paraguay se excusa con razones plausibles, apoyadas en el proyecto secreto de Posadas para establecer una monarquía.. Mi padre perseguido por el Dr. Francia y desterrado a la campaña.. Su muerte.. Mi educación.. El maestro Quintana.. D. Miguel Rojas.. El profesor Dupuy y la escuela de matemáticas.. Llegada de don Ildefonso A. de Bermejo.. Fundación de la escuela denominada normal.. Causa mala impresión.. Algunos insubordinados son enviados a la marina.. Carta de mi madre al Sr. Bermejo.. El silencio de éste me salva.. Fundación del Aula de filosofía.. Examen público en presencia del Presidente D. Carlos López en el Teatrillo nacional.. Ensayo de un cañón viejo.. Accidente y peligro de muerte de los examinandos.. Bermejo fundador del primer Teatro en la Asunción.. Crítica de su obra sobre el mismo.. Le sustituye en la redacción de .El Semanario., D. Natalicio Talavera.. Éste sale a campaña y es reemplazado por D. Gumersindo Benítez.. Muerte de aquél en Paso-Pucú.. Mi sueño.. Su realización.

CAPITULO II
El Congreso de 1844.. La igualdad no es la nivelación material.. La democracia definida por el Dr. Lucio V. López.. Igualdad según Lastarria.. Jerarquías sociales.. Familias patricias.. La organización es hereditaria.. Títulos y tendencias se reproducen en los hijos.. Lo que constituye el título de nobleza de cada familia.. El Mariscal López explica por qué el Gobierno prescindión de enviar a Europa a los hijos de las familias pudientes de la Capital.. Audiencia de despedida que nos dio D. Carlos Antonio López.. Sus palabras.. Su retrato físico.. Su administración.. Constitución Paraguaya de 1844.. Juicio sobre su Gobierno.. Distinción dispensada a Pérez y a mí.. Cándido Barreiro, Andrés Maciel y Gaspar López.. Embarque a bordo del .Río Blanco... Despedida.. El .Ypóra... Familia de Peña.. D. Juan M. Pedro de Peña.. Temporal en el mar.. Escala en Bahía.. El Capitán Morris.. Mr. Rockwell.. Carácter inglés y español.. Otro temporal.. Escala en Lisboa.. Cuarentena.. Llegada a Londres..

CAPITULO III
Breves reflexiones sobre la conducta del Gobierno respecto a los estudiantes que fueron a estudiar en Europa. La juventud llamada a trasformar la sociedad.. Opinión de Horacio Greeley.. Mi nombramiento de oficial del Gabinete privado del General Presidente López. Este puesto es una especie de prisión disimulada.. Mi colaboración en .El Semanario... Laboriosidad del General López.. La elección a la presidencia de la República halaga las esperanzas del pueblo.. Desengaño.. El aumento de patrullas en la Asunción durante la noche de su advenimiento motivado por el incidente que hubo en el Congreso sobre su elección a la presidencia.. Fundación del Campamento de Cerro León.. Visita de López a este campamento.. Fuerza efectiva de los ejércitos nacionales.. Causas que produjeron la guerra con el Brasil.. La cuestión de límites.. Detención del paquete brasilero .Marqués de Olinda. .. Protesta del Ministro residente brasilero Vianna de Lima.. Salida de éste en el vapor nacional .Paraná. .. Conducta de López desaprobada por mezquina y egoísta.. El .Marqués de Olinda. después fue armado en guerra.

CAPITULO IV
Fiestas y manifestaciones populares en la Asunción en los 1863 y 1864 con motivo del natalicio del General López y la protesta de 30 de Agosto. . Impresiones personales respecto a los movimientos preparatorios para la guerra. . Expedición al Norte, o sea campaña de Matto-Grosso. . Toma de la fortaleza de Coimbra y ocupación de Alburquerque y Corumbá. . Abordaje del Amambay. . Catástrofe del Dorodos. . Muerte del teniente D. Andrés Herreros. . Parcialidad del Coronel Thompson. . Grandes regocijos en la Asunción. . Regreso del Coronel Barrios.

CAPITULO V
El gobierno paraguayo pide permiso de tránsito al Argentino por la Provincia de Corrientes para el ejército que debía operar contra el Brasil.. Reunión del Congreso Nacional por convocatoria extraordinaria.. Aprueba los actos del Gobierno contra el Brasil.. Autoriza al Gobierno a realizar un empréstito en Europa, y a nombrar brigadieres y generales de división.. Declara la guerra a la República Argentina.. Autoriza a López para la emisión de billetes.. Confiere al General López el grado de Mariscal.. Principios de la campaña de Corrientes.. Misión de Berges a Corrientes, después de la ocupación de esta ciudad.. Mi visita de llegada a Robles.. Nombramiento de una junta gubernista compuesta de tres ciudadanos.. Víctor Silvero, Teodoro Gaona y Sinforoso Cáceres.. Combate del 25 de Mayo.. Retirada del General Paunero.. Conducta de sus tropas. La cañonera inglesa Dottorel.. Mr. Packenham.. Mi defensa contra una jauría de perros bravos.. La orden nacional del mérito.. Proclama de López.

CAPITULO VI
Combate naval del Riachuelo. . El General Robles, su caída y muerte.. Evacuación de Corrientes.. Regreso del Ministro Berges a Humaitá.. Pasaje del Ejército paraguayo al territorio nacional en presencia de la escuadra enemiga.

CAPITULO VII
Expedición al Uruguay.. Organización de la fuerza expedicionaria en Villa Encarnación.. Campamento en Pindapol.. Estigarribia nombrado comandante en Jefe de aquella fuerza y el Sargento Mayor Pedro Duarte su 2º.. Escaramuzas de la vanguardia con las partidas correntinas al mando de los coroneles Paiva y Reguera.. Pasaje del Ejército en Hormiguero con violación de las ordenes de López.. Las guardias de Paiva y Reguera tomados por sorpresa en Guaviramí.. Triunfo en Mbutuy.. Estigarribia marcha de Itaquí.. Nuevas instrucciones de López.. Paso de los Libres.. Yatay.. Duarte prisionero.. El General Flores amenaza fusilarlo.. El Coronel Magariño lo salva.. Atrocidades con los prisioneros paraguayos.. Uruguayana.. Inacción de Estigarribia.. Contestación enérgica de éste a la primera intimación.. Negociaciones.. Rendición.. Plan de campaña de López difícil de saber.. Razones explicadas.. Responsabilidad de López ante la historia.. Evacuación de Corrientes.

APÉNDICE:
*. Sermón en acción de Gracias por la célebre victoria que obtuvo nuestro ejército el día 11de Enero de 1811 en los campos de Paraguari, por el Presbítero Amancio González y Escobar.
*. DICTAMEN DE LA COMISIÓN DOBLE ESPECIAL al Muy Honorable Congreso Nacional Extraordinario de 1865
*. COMBATE DEL RIACHUELO.
*. INSTRUCCIONES DADAS AL GENERAL ROBLES. Por el MARISCAL LÓPEZ. El 26 le Mayo de 1865 . (Por Telégrafo).



ABNEGACIÓN ROMÁNTICA Y ESTÉRIL - ENSAYO CRÍTICO INTRODUCTORIO PARA LA EDICIÓN DE LAS “MEMORIAS O REMINISCENCIAS HISTORICAS SOBRE LA GUERRA DEL PARAGUAY”, del Coronel JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN , por RICARDO CABALLERO AQUINO . Julio 14, 1987. Asunción

La Guerra de la Triple Alianza fue una de esas empresas en la que todos los socios terminan en la ruina arrastrando consigo a la competencia. Ostensiblemente, sin embargo, solo el Paraguay terminó derrotado en ella. Y eso es incuestionable; es el episodio más traumático de toda su historia, fuente inagotable de mitología, hagiografía, y propaganda populista de izquierda, derecha y centro. Los presuntos victoriosos de la contienda, Argentina y Brasil -el Uruguay fue siempre un socio menor que se limito a enterrar sus muertos luego de las batallas sin recibir siquiera parte de los dudosos "premios"- hicieron descomunal sacrificio en la búsqueda de un objetivo elusivo que se desdibujaba progresivamente y que al final resulto nimio, pues de la guerra no lograron algo inasequible por medios racionales. Para apropiarse de los territorios disputados por el Imperio no hubo necesidad alguna de embarcarse en una aventura bélica para la que nadie estaba preparado, pues el arte de la guerra de conquistas es un bien desconocido en la América Latina. Además, el valor real de los territorios así conquistados por las armas imperiales era muy inferior al costo total en deuda externa, desequilibrio social, muertos y continuo subdesarrollo. Se quedaron los brasileños, dueños de las inmensidades amazónicas, con miles de hectáreas de bosque virgen, omitiendo apropiarse de lo único que quizás hubiese justificado el esfuerzo -aunque anacrónicamente; los Saltos del Guairá. Todo el drama actual de la deuda impaga e impagable de los brasileños a la banca internacional nació con la Guerra Grande condenándose así el país a ser un gigante, en potencia muy rico, pero realmente mendigo. La guerra, iniciada por el exceso de romanticismo ensoñativo de Francisco Solano López, pero continuada por la tozudez irracional del Emperador Pedro II, terminó devorando a este y a toda la estructura política cuyo eje era su propia persona. De la Guerra del Paraguay, como gusta denominarse a la misma fuera del Paraguay, surgieron los héroes militares que transformaron a la monarquía en república, como el coronel, luego "Marechal de Ferro" Floriano Peixoto. Del Paraguay también retornaron con honores militares ex-esclavos que se distinguieron en el ejército imperial y que hicieron del ya entonces anacrónico sistema esclavista una imposibilidad histórica. Terminadas las batallas, el Paraguay seguía siendo gravoso al Brasil, pues su ejército de ocupación hacia sangría de recursos, recibiendo a cambio el Imperio el dudoso honor de ser el árbitro final de la siempre despelotada política paraguaya. Y aún con ese ejército, en el momento de tener que recibir sanción parlamentaria paraguaya el Tratado Loizaga-Cotegipe, que concluía la guerra y afirmaba la Paz, los brasileños tuvieron que desembolsar oro a fin de obtener la aquiescencia guaraní. El Paraguay era en el siglo 19 un barril sin fondo para las finanzas brasileñas, le costó dinero al Brasil hacer la guerra, le costó dinero lograr la paz y le costó dinero mantener las ambiciones argentinas a buen recaudo. A cambio de eso, el Imperio se contento con unos kilómetros cuadrados de selva virgen. Obviamente, la reputación de habilidad y astucia con que muchos se empeñan en revestir a la diplomacia luso-brasileira no fue ganada en el Paraguay en el siglo pasado. El Paraguay fue un dolor de cabeza para el Brasil durante López; y después de López todo siguió igual.
La Argentina ni siquiera logro la extensión de territorio que codiciaba, por obra y gracia de su "aliado" el Brasil; y su economía, floreciente mientras la guerra devoraba productos, cae en una profunda depresión al finalizar ella, y no se recupera hasta el influjo masivo de una inmigración europea que la convierte en potencia económica mundial. Esa era la Argentina proyectada por Bartolomé Mitre, el "estadista más preclaro y exitoso de toda la historia rioplatense. De todos los contendientes, Mitre fue el único que tenía una meta clara, la unión y el fortalecimiento del estado argentino bajo el liderazgo económico e intelectual del Puerto de Buenos Aires. Por medio siglo a partir de 1870, la Argentina "mitrista" obtiene un grado de desarrollo económico similar al de los más avanzados países europeos y es capaz de competir ventajosamente con los propios Estados Unidos de América en la captación de inmigrantes europeos productivos. Desde la década del '30 del presente siglo se hicieron cargo de la conducción política argentina unos militares "nacionalistas" que en medio siglo lograron borrar el desarrollo económico y convirtieron al país en uno de los líderes mundiales del endeudamiento externo. Así, Mitre, acusado de "vender el país a los ingleses", realmente lo había convertido en aventajada potencia económica mundial y, muy irónicamente, los "nacionalistas" con el ejercito a la cabeza, que decían buscar independizar el país económicamente, lo convierten en deudores dependientes de la voluntad de los acreedores. La historia de Latinoamérica está plagada de estas contradicciones.

LOPEZ

Juan Crisóstomo Centurión, autor de estos cuatro volúmenes de memorias de guerra, nunca pudo superar la acentuada ambivalencia que sentía hacia la figura del Mariscal Francisco Solano López a quien vio como encarnación del sacrificio supremo que toda patria pide de sus hijos en el siglo romántico de Víctor Hugo y Ernest Renan. Pero en el Mariscal, Centurión también anoto con amargura rasgos despóticos, mezquinos y una idea exagerada de su propio rol como líder de un estado. Centurión debió ser consciente de que toda su carrera prominente se la debía de un modo u otro a miembros de la familia López. Luego de asistir personalmente y presidir la mesa de uno de los exámenes públicos del Aula de Filosofía del profesor español Ildefonso Antonio Bermejo, el Presidente¢ Carlos Antonio López quedo impresionado con la performance del itaugueño Centurión y le comento sobre el particular al Sr. Bermejo (Tomo I: p. 82). Más tarde, al ser seleccionado el primer grupo de estudiantes paraguayos a ser becados a Europa para estudios avanzados, Centurión y Gerónimo Pérez son las opciones del Presidente López. Este primer tomo de las Memorias es útil en extremo, pues provee el testimonio de un protagonista contemporáneo de los hechos y corrobora la visión que de la Administración López tiene el diplomático inglés Charles Brian MacDermot en un interesante y lamentablemente obscuro prologo de la edición inglesa de la obra de Josefina Pla The British in Paraguay, 1850-1870:

A través de las tradiciones remanentes de las instituciones públicas coloniales, se seguían ahí modelos europeos, y en este periodo la Constitución era ostensiblemente la de una República con un poder legislativo, judicial y ejecutivo. La realidad era un tanto distinta, dado que el país era regido como una gran estancia familiar gobernada paternal pero despóticamente por una persona cuyo hijo mayor era el ministro más importante y cuyo hermano era el obispo. La gente, cuyo concepto de la autoridad estaba basado en simples relaciones familiares, tenía fama de docilidad y sometimiento, y humildes soldados agradecían a los oficiales que les estaban dando un castigo.

Así Centurión recuerda como fueron nombrados los cinco primeros -y únicos- becarios paraguayos a Europa, dos por el propio presidente y, "En efecto, ya después de haber transcurrido diez o doce días, el General López, dispuso que fuera también su pariente D. Cándido Bareiro y D. Andrés Maciel, con cuya presencia en las tablas, como actor, había simpatizado. D. Gaspar López consiguió ser admitido mediante grandes empeños de su parte y de otras personas influyentes" (I: 105). Los estudiantes salen en junio de 1858 en el vapor de bandera nacional Rio Blanco en el primer viaje directo desde Asunción a Europa, adonde llegan luego de variadas peripecias y sorteadas tormentas que hicieron peligrar la travesía.
Luego de describir el tipo de instrucción que recibían en Inglaterra, Centurión lamenta no estar a salvo de una de las instituciones más deplorables del Paraguay independiente, el pyragüé o delator encargado de mantener a las autoridades superiores del poder político, empresarial e incluso familiar, al tanto de los detalles más triviales de la vida diaria; ni a la distancia nos escapábamos de la oprobiosa tendencia de la tiranía erigida en sistema en el Paraguay", confiesa Centurión (I: 122-3). El encargado de la tarea dilatoria era Cándido Bareiro, quien sumaba a sus dotes el ser miembro de la primera familia paraguaya, ya que era primo de Francisco Solano, de amplia trayectoria en la post-guerra en el partido lopista que lo llevara incluso a la primera magistratura. Centurión, sin embargo, se doblega, "El mal era incurable, y la manera de soportar mejor una enfermedad incurable, es someterse a ella con resignación". (lbid). Ya de retorno al país en mayo de 1863 y estando López hijo en el poder, Centurión anota una conversación en Buenos Aires con el joven Teniente de Marina Andrés Herreros, quien lo pone al tanto de la situación en Asunción: "Nuestro país en la actualidad se parece más a un imperio que a una república. Doquier Ud. vuelva la vista, no verá sino ostentación de fuerzas militares". Luego Herreros aconseja a Centurión: "Si quiere Ud. andar bien, tiene que adular a esa grandísima p... que le acompaña al Presidente". Naturalmente, Herreros, del círculo cercano al presidente, se refería a Alicia Elyza Lynch. Herreros tampoco omitió informar a Centurión que las costumbres libres de la Inglaterra no serian aconsejables en el Paraguay (I: 139-140).
Su educación europea le había permitido a Centurión armarse de una visión critica de las cosas que lo empujo a estudiar a fondo las causas de la guerra y las circunstancias que rodearon a las primeras decisiones bélicas del Gral. López. A estas Centurión las encuentra francamente deplorables. López no estaba en condiciones de intentar llevar adelante una guerra ofensiva. Los recursos humanos y logísticos de su atrasado país no lo permitirían. Y por si todo fuera poco, el sistema personalista y excesivamente centralizado del mando político-militar, no podía augurarle halagos al futuro guerrero paraguayo. La sucesión desconcertante de errores paraguayos en el primer año de la contienda, en el que la falta de preparación militar del Brasil y la Argentina le permitió a López una suerte de iniciativa, iba del campo diplomático --Corrientes atacada antes de que la Declaración de Guerra llegase al Presidente Mitre-al estrictamente militar con las expediciones a Uruguayana bajo jefes que en realidad tenían jerarquía y mandos subalternos de facto, configuraba la hora más negra de la conducción paraguaya de la guerra. De un zarpazo, en una operación sin sentido ni objetivo realizable, López pierde todo un ejército. Por su capacidad económica y demográfica, aun suponiendo que en Uruguayana se venciese a los ejércitos argentino y brasileño, estos países fácilmente podrían armar y entrenar varios más. Sobre las posibilidades, que hoy recibirían el mote de "geopolíticas", de esta campana ya se despacho con lucidez el Dr. Cecilio Báez casi un siglo atrás. Un gobernante sin diplomáticos ni diplomacia, que apenas se manejaba con "agentes confidenciales personales" en lugar de diplomáticos residentes profesionales, no podía abrigar la esperanza de comprender muy a fondo las realidades políticas del mundo exterior. Anteriormente, el Gral. López había cometido el error de mediar en el Pacto de San José de Flores, entre la Provincia de Buenos Aires y la Confederación de Provincias del Interior. Con la ayuda de López la Argentina intenta unificarse bajo la hegemonía porteña. Si la guerra, como afirman los apologistas de López, era inevitable, que hacia el comandante de nuestro ejército en un rol protagónico unificando a su futuro enemigo?. Centurión, que tuvo activa participación en la campaña que ocupara el puerto de Corrientes por corto tiempo, se siente desolado al examinar los primeros pasos bélicos de López y prácticamente condena cada paso tomado por el Mariscal incluyendo los severos castigos contra los responsables en el terreno de la derrota de entre los que se destaca el juicio sumario y sin permitírsele defensa al General Wenceslao Robles.
El primer tomo de estas reminiscencias, entonces, tiene un tono de reproche a las acciones y al proceder de López. Centurión en el consigna todo lo que a su criterio era repudiable y reprensible en el comportamiento del Mariscal-Presidente y en el sistema que lo encumbro y mantuvo en el poder. A las penurias psicológicas pronto seguían sufrimientos físicos, "el que por cualquier motivo no estaba más en la gracia y buen concepto del Mariscal, vivía aislado; todo el mundo le huía, le miraba de reojo y le despreciaba" (I.300). Una muestra de compasión cualquiera hacia el caído en desgracia era tomado por el Mariscal como una causa común con el reo y las delaciones eran torrenciales, "El delator era tenido por el más leal y adicto ciudadano, y de consiguiente, premiado con demostraciones de aprecio y consideración" (I: 301). Las peores caracterizaciones del Mariscal aparecen en este volumen. Era como si toda la indignación que los hechos le produjeran en su momento, y que debía de guardarse en secreto por la imposibilidad de compartirla ante el peligro de la delación, hiciese una metástasis retardada por tres décadas transcurridas azarosamente. Este volumen es casi una expiación y un acto de contrición por haber servido tan lealmente a una persona a quien cuanto más se afanaba por retratarla objetivamente, más cercana a la de un monstruo emergía la figura descrita:

El Mariscal López, cuyo egoísmo y desconfianza no conocían limites, observaba la más rigurosa reserva en todas sus determinaciones y cuando tenía el buen humor de hacerlas saber, no era nunca en busca de nuevas luces o de mejor parecer (puesto que el estaba en la firme creencia que ningún otro en el país era capaz de concebir mejores ideas que las suyas), sino más bien para tener la satisfacción de escuchar los elogios y lisonjas que le hacían los aduladores que le rodeaban.

La megalomía lopista parecía no tener límites: "Las columnas de los periódicos salían llenas de artículos insulsos y fastidiosos que casi no contenían otra cosa que alabanzas a su persona, advirtiendo que no se publicaba una línea sin la previa censura de él. ¡Pobres redactores! Solo eran de nombre... " (I: 298).
Concluye el volumen con el retorno de los expedicionarios de Corrientes al suelo patrio para la ardua futura defensa. Ya la poderosa escuadra brasileña del pusilánime Tamandaré era dueña de la única vía del comercio internacional paraguayo y si la misma no ofrecía batalla tampoco franqueaba el paso a nuestras embarcaciones. De ahí en más, la presencia de los técnicos ingleses con la eficaz ayuda de sus aventajados aprendices paraguayos seria instrumental en la tenaz resistencia. Nunca tuvo ni volvió el Paraguay a contar con tanta autonomía tecnológica y sus logros sumaban desde la fabricación local de elementos bélicos hasta la manufactura de un papel del caraguatá, planta silvestre. El mismo Centurión cercano ya a Cerro Corá concibió extraer la grasa de las pepitas de naranja agria apepú con el objeto de suplir en ese entonces la falta de provisión de velas para iluminación nocturna.
Nada de lo que afirma Centurión sobre el sistema lopista puede ser desmentido categóricamente y distintos testigos presenciales corroboraron sus afirmaciones algunos incluso con mayor rigor que el de Centurión en cuanto a condena. Es que el periodo cubierto por el volumen es el de mayores desaciertos y escasísimas hazañas. No se sabía nada aun del Tratado Secreto de la Triple Alianza, el más eficaz instrumento de propaganda de la causa de López, ni los Aliados habían aun comenzado su campana de crímenes de guerra que incluía el degüello sumario de oficiales y tropas una vez rendidos sobre el campo de batalla. En comparación a tales monstruosidades hasta López y sus crueldades contra su propia gente parecía inocuo. Asentada la condena de la figura de López, sin embargo, por parte del autor, este paulatinamente irá en los siguientes volúmenes encontrando en él características rescatables de humanidad y heroísmo. Y así se alimentara la eterna dialéctica paraguaya con relación a López y se acentuara la ambivalencia que hoy ya no es privativa de Centurión, Fidel Maíz y otros que vivieron y combatieron bajo su mando, sino que es compartida por la ciudadanía toda, a excepción de aquellos que por motivos personales o políticos se esmeran aun por presentar al Mariscal como una caricatura grotesca de maldad insuperable o un compendio inmejorable de virtudes cívicas. No existe aun en idioma alguno una biografía definitiva de López y posiblemente no la haya nunca, a pesar de su importancia clave, dado que en la América Hispana la historia de las naciones inventadas por su clase dirigente generalmente es la biografía de sus gobernantes. La propia Primera República Paraguaya de los dictadores que duro entre 1813 y 1869 no tiene otra historia que el recuento de las existencias de sus absolutistas gobernadores. El problema López que surge al intentarse estudiarlo como sujeto de una biografía no es simple. Su verdadera motivación al desencadenar la terrible guerra permanece en el misterio, pues si bien se tiene amplio material fragmentario, el rompecabezas que emerge carece al mismo tiempo de algunas piezas y en ciertos aspectos las originales sobran. En él hay una mezcla inédita para el Paraguay de excesivo orgullo y sed de gloria militar con la incapacidad de discernir la carencia real de medios. Se siente defensor de una "causa americana" que ni existía entonces ni existe hoy. Al comenzar a creer en lo expuesto a instancias suyas por la pléyade de sicofantes de que se hacía rodear, pierde todo contacto con la realidad. Los gobernantes hispanoamericanos nunca se han caracterizado como practicantes del pragmatismo, pero entre todos ellos sobresale nítidamente la figura de Francisco Solano López, quien se lanzo a una guerra de exterminio en nombre de un "equilibrio de poderes regionales" que no podía existir sino en su mente, cuyo contenido total, como bien nos lo documenta Centurión, recibía constantes y calurosos aplausos del siempre numeroso grupo de adulones y cortesanos. Y así, cuando a punto se está de envolver a toda la figura de López en un manto de condena, aparecen los asientos de la otra columna contable. Su egoísmo de otrora, en medio de la contienda se convierte en un supremo altruismo, pues conocedor que el futuro solo le depara sacrificio, no rehúye su sino; es más, hasta lo desencadena. Y ese acto de desprendimiento, que siempre bordea lo grotesco, pues innecesariamente hace fusilar a sus familiares más íntimos, creyéndose paladín de una “justicia" veramente "ciega" aunque en esos actos solo logre demostrar una arbitrariedad desmedida y una crueldad inusitada, le sirve a López de expiación ante propios y extraños. Era un caso donde en el propio pecado se hallaba gran parte de la penitencia y la absolución por la increible pertinacia del protagonista.
A pesar de haberse inmolado en el desenlace, de la guerra que el iniciara y de haber conducido a su país a la ruina, López fue el "ganador moral" de la misma mucho antes de que los cronistas deportivos acunasen la frase. La contienda apenas sirvió para exacerbar las terribles limitaciones en todo orden dentro de los emergentes estados-naciones de la América del Sud. Y si bien López fue la excusa para un torrente de clichés y frases hechas altisonantes, por parte de historiadores y publicistas paraguayos y extranjeros, muy poco de memorable queda fuera de algunos mesurados textos de historia como los del académico norteamericano Harris G. Warren. El confesó que un siglo de estudios científicos había sido incapaz de mejorar las conclusiones sobre la guerra y López aparecidas en el respetado periódico porteño en lengua inglesa The Standard a escasos nueve días de la muerte del Mariscal Presidente:

Si la vanidad y la ambición provocaron la guerra que ha concluido en el Aquidaban, la imbecilidad y la intriga la habían prolongado... La victoria ha sido adquirida a un precio tan elevado y ella sugiere reflexiones que en cierta medida roba a la victoria su gloria y a la derrota su humillación.
El extraño que intente estudiar esta guerra memorable a pesar de todas las atrocidades acumuladas a las puertas de López encontrara más difícil admirar la brillante táctica de los aliados que la inmutable tenacidad de Solano López... En consideración a este punto, que ahora con calma podemos examinar con imparcialidad, pero no con indiferencia, una dificultad surge --aquella de dilucidar con precisión el objetivo de López al invitar una lucha que significó su propia destrucción y la de su país. Algunos escritores políticos urgen persuadir que era apenas el resultado de la vanidad y la ambición personal, pero parece luego de un análisis más intimo del estado de cosas al romperse las hostilidades, que López después de todo fue menos la victima de su concupiscencia de conquista que de las circunstancias de entonces que él permitió lo llevaran a la vorágine final.

Desde su acceso al poder, a la edad de 36 años, López fue tallándose posiciones límites para sí mismo y se embarcó en el reparto de ultimátums hasta que, casi como la cosa más natural del mundo, tenía en sus manos una guerra de exterminio cuyo resultado fue fiel a su denominación. Antes de cumplir sus 44 años, López, ejecutor de su propio slogan, no habiendo podido vencer, había muerto del modo prometido en sus arranques de patriotismo. Ninguno de los muchos que alegan tenerlo como paradigma de comportamiento ha sido capaz de emularlo hasta la fecha.

LA GUERRA

Una vez iniciadas las batallas, las cavilaciones concluyeron y los paraguayos liderados por López se aprestaron a defenderse ante "el invasor". Pronto se olvidó que fue López quien la causara y este encuentra su reivindicación (realmente válida solo a medias) en la publicación del Tratado Secreto de la Triple Alianza firmado el 1ro. de mayo de 1865 posterior a las declaraciones de guerra de López al Brasil y a la Argentina e incluso a algunas de las primeras incursiones militares a territorios de esos países.
En ningún otro aspecto de toda la campaña guerrera tiene tanta rienda suelta para ensoñaciones la imaginación "nacionalista" paraguaya como en el de las causas y los orígenes de la contienda. Ya en 1927, el británico Pelham Horton Box había escrito una tesis doctoral memorable sobre el tema que luego fue traducida al español bajo el titulo de Los orígenes de la Guerra de la Triple Alianza y publicada por la Editorial Nizza de Buenos Aires en 1948. Un estudio definitivo sobre las causas de la guerra acaba de publicar el Dr. Diego Abente, profesor de Ciencias Políticas de la Miami University de Oxford, Ohio. En él el Dr. Abente ataca cada una de las leyendas erigidas sobre la base de la hagiografía lopista y que incluyen la teoría imperialista y la del balance de poder. Abente agrega una tercera y más o menos se inclina había ella aunque no tome partido partido final. Esta última es la teoría del modelo de transición en situación de poder en la que un poder principal de una región corre el peligro de ser superado por otro hasta entonces segundón. La teoría imperialista, favorita de la izquierda populista latinoamericana de los León Pomer de Argentina y Eduardo Galeano del Uruguay queda hecha trizas en el estudio de Abente, pues el algodón paraguayo no era crítico para la maquinaria industrial inglesa, ya que Egipto, India y Brasil le proveían de mayor cantidad que la importada de los estados con federados norteamericanos en guerra de secesión en ese momento. Los préstamos ingleses al Brasil tampoco fundamentan sobriamente la peregrina idea de que la guerra fue hecha por "sirvientes" del imperio inglés. Brasil era una gran potencia económica cuya balanza comercial era superior en dos veces a la producción combinada de Argentina, Paraguay y Uruguay. Otro tanto ocurría en cuanto a la población. El Brasil era ya entonces un gigante económico y demográfico y, por lo tanto, la historia del balance de poder que sirvió a López de justificación no tenia asidero alguno en la realidad. ¡Qué balance de poder es posible contra una potencia que tiene mayor numero de esclavos que toda la población paraguaya? Finalizada la guerra, Inglaterra no se apresuro a sacar beneficio alguno de la apertura del mercado paraguayo que, por lo demás, era reducido y muy rustico. La historia de que el Paraguay de López podía competir en industrialización con la Inglaterra en plena revolución industrial es una idea simplemente descabellada. Sobre el balance de poder escribe Abente:

De hecho, el Brasil poseía casi el 60 por ciento de la capacidad productiva regional, mucho más que la de la Argentina, el Paraguay y el Uruguay combinados... No existía balance de poder alguno en el sentido de equilibrio en el Rio de la Plata en la década de 1860; consecuentemente, no podía haber una amenaza a un equilibrio que nunca existió. El Brasil era el poder regional superior desde cualquier punto de vista sin discusión alguna, aunque eso no implique que su poder carecía de límite, pero el mismo excedía en mucho al de los otros actores en combinación.

Abente además acota que el Brasil, desafiado por una potencia que no era preponderante en la región, se vio envuelto en un conflicto que el mismo no había buscado. Sobre López, Abente estima que "Si las consideraciones Sobre el balance de poder eran apenas una excusa para sus ideas de expansión (como muchos argumentan) o una sincera, aunque puerilmente errada, lectura de la situación no puede ser irrefutablemente afirmada. Y este punto quedará como tema de especulaciones". Tan solo dos variables presentadas en las tablas del artículo de Abente servirán como prueba indiscutible de ausencia de equilibrio:

País / Población / Comercio Exterior en £
Paraguay / 400.000 / 560.392
Argentina / 1.737.076 / 8.951.621
Uruguay / 250.000 / 3.607.711
Brasil / 9.100. 000 / 23.739.898

Fuente: Diego Abente, The War of the Triple Alliance: Three Explanatory Models (LatinAmerican Research Review, Nro. 2, 1987) pp. 52-53.

Obviamente, los contemporáneos de López con alguna conciencia crítica sabían que era demencial enfrentarse al Brasil solo y a su combinación con la Argentina simplemente era una empresa sin el menor atisbo de éxito duradero. Y ahí estuvo el gran error de López, pues al enfrascarse en esa lucha tan desigual destruyo las posibilidades de supervivencia del experimento conservador-mercantilista que había iniciado Don Carlos Antonio López y que quizás con mayor disponibilidad de tiempo para sedimentación institucional pudo haber significado un verdadero desarrollo cualitativo para esa república de los dictadores. Centurión se sentía parte de ese futuro brillante para su pequeño país. Lo habían enviado a educarse precisamente para formar parte de la elite futura tecnocrática que regiría el país. Y no podía contemplar pasivamente las acciones que irían lentamente trayendo la ruina a la república. Su segundo tomo sigue reflejando esa visión negativa de López y la crítica de Centurión Sobre la capacidad estratégica de López es acre. Sacrificaba éste soldados inútilmente en asaltos y golpes de mano donde relucían todo el arrojo y la ciega fe de los paraguayos, pero cuyo balance final era nulo para el objetivo guerrero de vencer al enemigo. El General norteamericano George S. Patton alguna vez se refirió a la necesidad de "crear héroes muertos en las filas del otro lado, yo no quiero héroes en mis filas". López si deseaba paradigmas de valor y sacrificio. Y los tuvo a montones. Medio siglo antes de la emergencia del ejército imperial japonés, que mostraría una abnegación total hacia la cause del Emperador en acciones kamikaze suicidas en las batallas de la Segunda Guerra Mundial ya los soldados de López, gustosos en muchos casos, se hacían inmolar o desafiaban las balas y los disparos de artillería enemiga con una temeridad autodestructiva febril. Hasta cuando algún camarada era volado a pedazos por algún proyectil aliado que, cayendo sin explotar, era luego transportado hasta las líneas paraguayas, los soldados de López festejaban el hecho con algarabía. Centurión, que sabía que una guerra no se ganaba con suicidas desplegando machismo temerario, deploraba esos hechos y consideraba reprensible la actitud del Comandante en Jefe que mezquinaba tan poco la vida de soldados y oficiales. Precisamente en el tomo dos se halla el recuento de la batalla de Curupayty y de la previa Conferencia de Yatayty Corá entre López y Mitre en 1866. Anteriormente, en mayo, López, en uno de sus golpes de mano, quiso asaltar de frente el campamento aliado de Tuyuti y solo consiguió aniquilar su mejor ejército en una maniobra frontal imposible de justificar como estrategia pragmática. El Tte. Cnel. Antonio E. González, que anoto la edición de 1948 de las Memorias en su aspecto militar, intenta vanamente justificar todo lo que hizo López en todo momento, apelando casi siempre a falacias y sofismas. Ante la afirmación de Centurión de que en Tuyuti con relación al ejército paraguayo, "puede decirse que perdimos el único que tuvimos" (II: 106). El Tte. Cnel. González argumenta en una nota que cubre varias páginas:

Como se ve, Tuyuti no puede ser considerado ni como derrota del Ejercito paraguayo, ni como victoria del Ejercito aliado. Tuyuti no fue un rechazo: fue una batalla suspendida. No fue un desastre: fue un contraste. No fue una derrota decisiva: fue una batalla desfavorable en el aspecto táctico y favorable en el operativo del periodo inmediatamente posterior. (II: pp. 107-119).

A la destrucción de un ejército fogueado, González llama apenas "un contraste" para un país cuya población no podía permitir contrastes semejantes, pues hacia el final de
la guerra se tuvo que recurrir a adolescentes prepúberes para llenar las plazas combatientes. Como dato interesante, nos informa Centurión que: "Casi todos los comerciantes de la Asunción que habían sido enrolados, perecieron aquel día" (II: Ibid. ).
De entre los oficiales intrépidos de López sobresalía netamente el luego General José E. Díaz. A las bombas aliadas él llamaba "bostezo de los negros" y decía que pronto intentaría encender un cigarro con la mecha de una de ellas. En Curupayty se paseo a caballo en medio de la infernal artillería. Pero tanto riesgo finalmente tuvo su precio. El 26 de enero de 1867, a las 9 de la mañana, salió Díaz al rio Paraguay a pescar, "no a mucha distancia de la escuadra". Una bomba de 150 milímetros reboto en el agua y explotó en la canoa de Díaz matando a varios y partiéndole la pierna en dos. Díaz, el temerario, luego envía a López un telegrama informándole "que se encontraba herido en la pierna y que si bien no la reputaba de gravedad, tal vez sería necesaria la amputación de la pierna" (II: 242-43). Falleció Díaz el 7 de febrero de 1867 y la ceremonia fúnebre en su honor fue solo comparable a la del finado presidente Carlos Antonio López. Con Díaz el Mariscal perdió al as de los golpes de mano. De ahí en más se quejaría de que algunos proyectos serian irrealizables, "pues ya no tenemos a Díaz entre nosotros". Sin darse cuenta de que estaba contradiciendo al propio López, el Tte. Cnel. González en una de sus ubicuas notas, dice: "La muerte de José Díaz, el brazo fuerte del Ejercito paraguayo, produjo honda conmoción en toda la Nación, pero no podía cambiar el curso de la guerra. Otros caudillos ocuparon el lugar dejado por el héroe. Entre estos se destaco nítidamente el general Bernardino Caballero" (II: 246). A muchos otros jefes, incluyendo generales; López hizo fusilar, de modo que nunca pudo conformar una Mayoría (Estado Mayor en términos actuales) estable.
El heroísmo y la abnegación total de los paraguayos hacia la causa que defendían llego realmente a despertar la simpatía mundial y la admiración incluso del enemigo. Pero, tal abnegación al final de cuentas era nada más que una instancia de inmolación en la búsqueda de objetivos nebulosos e imprecisos. La patria paraguaya no iba a morir con López, la rivalidad argentino-brasilera dejada de lado momentáneamente por obra de López no lo iba a permitir. En un momento Centurión llega a confesar que cuando el propio López cayó víctima de una epidemia de cólera que bastaba dejar que bebiera agua porque esta era mortal para el infectado pero que, lamentablemente, en un caso en 1867, un medico ingles había arrebatado de la mano de López un cántaro con el liquido. De haber muerto el Mariscal, su causa quedaba trunca como lo fue en Cerro Corá y que se podía haber ahorrado mucho sufrimiento y sacrificio finalmente estéril, pues ya no habían objetivos asequibles luego de 1867. No estaban ni brasileños ni argentinos dispuestos a llevar a cabo un genocidio, pues para comenzar había paraguayos viviendo en sus territorios e, incluso, combatiendo bajo su bandera. El inmenso sacrificio de los dos últimos años, entonces, sirvió solo para que López coronara su promesa inicial de vencer o morir, pero a un costo muy oneroso para su pueblo. Todo ese heroísmo, entonces, tiende a encontrar justificación en sí mismo y no en la persecución de algún fin último superior. Y cuando las fuerzas y la decisión inicial comenzaron naturalmente a flaquear entre sus huestes, el Mariscal recurre a los severos y sumarios castigos que tuvieron que obrar el efecto precisamente contrario. En los tomos tres y cuatro Centurión se refiere amargamente a esos trágicos acontecimientos en la búsqueda de su propia exculpación también. Pero, aun con todos los errores y crueldades que Centurión encuentra en el Mariscal, una gran dosis de admiración queda y por eso le es fiel hasta Cerro Corá, a pesar de que muchos desertaban al enemigo en la hora postrer. Tampoco Centurión admite acusaciones desleales contra su jefe: "Al Mariscal lo han tildado de cobarde injustamente a nuestro juicio. Un cobarde no forma un ejército de héroes. El creó, organizo e instruyo el ejército nacional, infundiéndole el sentimiento del deber hasta el fanatismo... Sean cuales fueren los errores, las faltas y los crímenes mismos con que haya manchado su vida, su fama como defensor acérrimo de su patria está asegurada" (III: 233).
Ante la extendida acusación a Centurión, Fidel Maíz, Silvestre Aveiro y otros de haber sido los fiscales de sangre en las masacres ordenadas a consecuencia de las presuntas conspiraciones, en el tomo tres se defiende con sólidos argumentos el autor, en un caso que sería en el presente denominado "obediencia debida":

He ahí toda la participación que en el oleaje general de los sucesos me había tocado en la llamada conspiración de la que me salve por milagro... El lector convendrá que ella fue bien breve e insignificante; pero lo bastante para que en la era moderna del Paraguay, en que reina tanta ignorancia con respecto a los sucesos de la guerra, mis gratuitos enemigos, a falta de armas con que combatirme, me aplicaran el poco simpático calificativo de verdugo y fiscal de sangre, como si los que prestaron el concurso de su inteligencia en el gran drama de la guerra, lo hubiesen hecho por su propia virtud, o como si gozaran de la libertad, como hoy día, para aceptar o renunciar un puesto. La designación de esos ciudadanos para esas comisiones, no fue hecha, porque se les creyese poseídos de un instinto de sangre, sino porque eran los únicos algo más preparados que otros para desempeñar tan difícil e ingrata tarea (III: 156-57).

Termina luego Centurión su defensa: "He dicho en otra publicación y lo repito por ser del caso, que donde no hay libertad ni voluntad, no puede haber responsabilidad" (III: Ibid). Es muy sugestivo que en nuestro medio paraguayo la opinión pública condene con más ahincó al brazo ejecutor de alguna arbitrariedad emergente del poder político que al responsable último y final que dio la orden original y que se reviste de la responsabilidad primaria. En el caso de Centurión y Maíz existen quienes someramente exculpan a López por la sangre derramada en esos juicios sin defensa donde las confesiones eran extraídas con tormentos pero se vuelven inflexibles con los fiscales de sangre, meros instrumentos subalternos que buscaban otorgar alguna formalidad a unos actos de nulo valor jurídico. Centurión acertadamente traslada la responsabilidad a López y recuerda a sus cómodos críticos que aquellos no eran tiempos donde el disconforme con la comisión que le asignaban tenia la opción de renunciar pues descontado estaba en el acto el precio de tamaño desafío al Mariscal. De acuerdo al Prof. Lorenzo Livieres Banks, la explicación sociológica de ese comportamiento debe buscarse en el modus vivendi de una sociedad estamental donde los subalternos, por pertenecer a un estamento inferior, carecen de ciertos privilegios reservados para los pertenecientes a los estratos estamentales superiores. Ergo, López, como Presidente y Mariscal, ejercía unos privilegios inherentes a su cargo que lo volvían irresponsable (en el sentido original del vocablo) ante su sociedad, Centurión et alia carecían de tales privilegios y por lo tanto su responsabilidad social era mayor.
Y llegamos al tomo cuatro, publicado posteriormente a las tres entregas primeras de estas Memorias y para el cual el autor recibió críticas y digirió reseñas y comentarios. El estilo es un tanto diferente y la terminología incorpora ya unas peroratas inofensivas aunque aburridas sobre el significado del patriotismo y la fidelidad a la madre bajo la obvia influencia intelectual de la campaña que en esos momentos iniciaba Enrique Solano López para reivindicar la memoria de su padre el Mariscal y cuyo instrumental era Juan E. O'Leary, primer importador del lenguaje verborrágico y emotivo de Renán, Maurras y otros exponentes de la derecha francesa derrotada también en 1870 por Prusia. Circulan versiones en nuestro medio que este cuarto tomo pudo haber salido ya directamente o de la mano de O'Leary o que haya sufrido posiblemente recortes quirúrgicos por parte de este. Aparte de esa visible influencia del lenguaje populista reivindicatorio únicos en el cuarto tomo, no existen indicios para corroborar tan seria acusación. Centurión, a pesar de su renovada fe en el patriotismo y la Madre Patria, sigue siendo implacable en su condena de las crueldades de López y de su carácter despótico. Al referir la formación de una Academia o Conferencia donde se reunirían los jefes superiores y comandantes de cuerpos a discutir y cambiar ideas hacia finales de la guerra, Centurión informa que el Mariscal había hecho hincapié en la necesidad de que todos hablasen en la más completa libertad: "No obstante esta manifestación, brillaba en aquellas reuniones la elocuencia del silencio, primero por la falta de costumbre de discutir en asamblea, y segundo por la falta de garantía de que los conceptos u opiniones emitidos no tuviesen para su autor más consecuencia que la refutación" (IV: 22). Y paso seguido Centurión enfatiza una vez más el carácter despótico de López, diciendo que es un "axioma que un elemento de mejora o de progreso en manos de los déspotas se corrompe o degenera, convirtiéndose en nuevo instrumento de opresión y tiranía" (Ibid.). Estas obviamente no eran palabras de O'Leary. Cuando más adelante se refiere a un discurso de López sobre lo popular que hubiera sido adoptar una constitución, pero que no lo hizo por el mal ejemplo de los países vecinos con sus bellas constituciones y nula práctica constitucional, Centurión comenta: "Esa teoría del Mariscal no tiene nada de extraña; es la de todos los déspotas" (IV: 27). El cambio de tono en el relato y la justificación de la causa paraguaya por parte de Centurión debe verse como un esfuerzo honesto de autoconvencimiento. No podía Centurión condenar el esfuerzo bélico sin condenarse a sí mismo por haberle prestado todas sus energías. Casi lo mismo puede decirse de todos los que combatieron bajo el Mariscal, mal podían abominarlo sin incriminarse a sí mismos.
El clímax del relato de Centurión es Cerro Corá y en esa postrer batalla ve él la expiación de todo lo anterior. Adelantándose a los cronistas deportivos utiliza una metáfora que hoy perdió poder de descripción por su uso repetitivo. Dice Centurión: "Cerro Corá finalmente constituye el triunfo moral que alcanzó el Paraguay sobre sus enemigos... Aquellos, en realidad, no conquistaron sino una tumba" (IV: 162). El mismo fue herido por una bala que le atravesó la mandíbula e hirió la lengua. Fue tomado prisionero y conducido a Concepción, Asunción y Rio de Janeiro, tenía la certeza de que lo fusilarían en cualquier momento. Describe magistralmente cómo sucumbe la resistencia paraguaya al saberse de la muerte de López. Y hay una que otra anécdota hilarante como la del guardia brasileño negro en la prisión a bordo de uno de los buques que le convidaba con caña blanca y le pedía en herencia si decidían fusilar a Centurión la cesión del poncho que este vestía. Ante tanta amabilidad del guardia Centurión se limitaba a repetirle las últimas sílabas de su portugués. "Ah, cachaça boa", decía el ex esclavo y "Ah cachaça boa" repetía el prisionero (IV: 201). Es de lamentarse que Centurión no haya escrito otros tomos de sus Memorias sobre la postguerra, pues hubiera llenado así un considerable vacio historiográfico.
Estos tomos de autoría de Centurión son el material más útil para comprender toda la época que culmino en Cerro Corá. Su educación formal le permitió indagar los hechos y buscar corroboraciones independientes de testigos presenciales. Centurión apenas escribió sus memorias y estas no son un tratado científico ultimo. Por eso es un tanto exasperante notar el esfuerzo con que el editor y prologuista de la edición de 1948, Natalicio González, intenta depurar lo escrito por Centurión, de sus características anti-lopistas en la visión de aquel y en ese intento infantilmente vindicatorio de todo lo actuado por López, González se busca a otro González como anotador en asuntos militares y el resultado es simplemente grotesco. A López se lo debe aceptar con beneficio de inventario y el tiene su propia historia imposible de ser re-escrita por revisionista alguno de derecha, izquierda o centro.
En un país de trayectoria tan accidentada como el nuestro, menester es admitir a Francisco Solano López como expresión acabada de una visión histórica anacrónica, pero no por eso extraña. Inaceptable también nos resulta ya la pintura paradigmática de su actuación realizada con exclusivos fines de acercarse o alejar a otros del poder político. López es un patrimonio a ser heredado sin reproches ni ditirambos. Incluso, ya para la contradictoria Latinoamérica resulta un abuso semántico tener villanos identificados por decreto ejecutivo o héroes impuestos por coacción política. López vive en el recuerdo y no debe su memoria migrar al campo de la vida cotidiana. Su rol como símbolo es imperecedero, su actuación histórica no lo fue.

Enlace a la Edición digital
en la Biblioteca Virtual del Paraguay
basado en la edición 1944 de
EDITORIAL GUARANIA
.
Asunción Paraguay
Con el auspicio de FONDEC .
Fondo Nacional de la Cultura y las Artes
Viceministerio de Cultura
Ministerio de Educación y Cultura
Asunción, setiembre de 2005

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