Recomendados

lunes, 12 de octubre de 2009

FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH - CARTA ANTICIPADA A LOS HIJOS SOBRE FRANCISCO SOLANO LÓPEZ / BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY


CARTA ANTICIPADA A LOS HIJOS SOBRE
FRANCISCO SOLANO LÓPEZ
Versión digital:

.
Julio de 1977
** Hijos: Estoy cierto que vuestra corta edad no os permitirá comprender todo cuanto más abajo va escrito. Sin embargo, era necesario que os lo dijera hoy. Imposible dejar pasar esta grande fecha en silencio. Cuando hayáis crecido en años y en saber de vida, es probable que podáis comprenderlo. No os hablaré de cosas que sabréis mejor que yo más adelante. Os diré de lo que creo, simplemente. Y al hablaros a vosotros, pienso que hablo a todos vuestros compañeros de generación, flechas del mismo arco y rayos del mismo augusto sol de la patria.
** Os hablaré de lo que creo que significa el hombre de cuyo nacimiento en Asunción conmemoramos el siglo y medio (eso quiere decir "sequicentenario"). Y comienzo por deciros esto, que, ya lo veréis, no es ninguna exageración debida al apasionamiento chauvinista. Pocos hechos hay en la historia de la humanidad comparables con la majestuosa grandeza del sacrificio paraguayo de hace poco más de un siglo en defensa de la libertad y de la dignidad de la patria. El fulgurante caudillo que compartió con su pueblo - éste, que es el vuestro - en grado supremamente heroico ese sacrificio fue sin duda alguna la más intensa encarnación del espíritu nacional. Él no fue una fuerza irracionalmente desatada, a semejanza de un destructivo huracán, sino una conciencia moral enérgicamente lúcida puesta al servicio de los más altos valores humanos encarnados en lo que se entiende por "patria". En su caso, de la nuestra que, siendo de ayer es, en esencia, la de hoy y será también, entera y profunda la vuestra de mañana. Para esta patria, hijos, que nos vive desde las intimidades de la historia y por la cual somos al mismo tiempo que herederos de sus glorias, protagonistas de su esperanza, el Mariscal Francisco Solano López no sólo no ha muerto jamás en tanto símbolo de un espíritu, sino que su verdad - escuchadlo bien: su verdad, que es la verdad de América, sigue tan viva, intensa y operante como hace un siglo en que todo un pueblo murió por ella gritándola al mundo desde el impetuoso holocausto de Cerro Corá.
** Esta verdad - jamás lo olvidéis - es la que nutre de vida imperturbable las instituciones formativas de los pueblos, la que da conciencia a las naciones, la que constituye el fundamento de los estados. A esa verdad los hombres la han denominado de muchos modos. Y así la llaman libertad, independencia, soberanía o autodeterminación. Y recordadlo: No existe pueblo si no es en la libertad. No hay verdadera nación ni patria verdadera sino en la autodeterminación soberana. El Mariscal Francisco Solano López, y junto con él, su pueblo, hicieron de esta verdad norma de acción y supremo imperativo moral. La vida, sin ella, carecía para ambos de sentido. Es como si se hubieran dicho en el secreto de si: "Sin patria soberana, sin la vasta familia, colectiva que une a los muertos con los vivos, ¿qué es vivir para el hombre, qué es vivir para un pueblo?" La estremecedora exclamación que el Mariscal diera al borde de la muerte, revela hasta qué intensa profundidad identifica él la vida con la existencia de la patria. Y a semejanza de él, el maravilloso pueblo, hijos, que trazó durante más de cinco años de heroísmo singular, la Diagonal de Sangre en confirmación cotidiana de que la patria era la vida.
** Ya pasaron los tiempos en que la difamación y la calumnia presentaban el sacrificio paraguayo y su altísima lección moral, como hechos exactamente contrarios a su realidad y correcto sentido. ** Hoy esa vasta conjura, está vencida, y la ejemplar figura de Solano López reivindicada para siempre junto con su pueblo. Él mismo lo había predicho cuando, en vísperas de Cerro Corá, declaró a sus soldados: "Vendrán otras generaciones que nos harán justicia". El magno héroe preveía, con esa lucidez que sólo otorga la convencida posesión de la verdad, que sus vencedores serían, al fin, vencidos, pues, como él también lo dijo: "el vencedor no es el que queda con vida en el campo de batalla, sino el que muere por una causa bella". Hoy esas generaciones, hijos, no sólo le han hecho justicia, sino que han comprendido que la bella causa por la que murieron él y su pueblo es la misma por la que hoy luchan todos los pueblos de América y de otros continentes que buscan denodadamente la afirmación de su propio espíritu.
** La lección de Cerro Corá - disculpádme, hijos, si caigo en error - es una lección anticipada en cien años para muchos pueblos del mundo, en la actual coyuntura histórica. Los factores de poder han variado, sin duda, pero los resultados son hoy día tan nefastos como hace un siglo.
** Imperialismo capitalista en expansión, en el pasado; en el presente, el imperialismo socialista. La soberanía, la autodeterminación de los pueblos débiles o jóvenes, de las naciones con menor desarrollo económico relativo, están, hoy como ayer (y quizás mañana, en el tiempo vuestro, hijos), expuestos a la depredación, a la perfidia, a la violencia expoliatoria, despersonalizante. Pretextos análogos - recordémoslos - nosotros que los hemos sufrido en carne propia: "civilización", en el pasado; "liberación", en el presente - enarbolan sus fementidas banderas, contra las naciones, contra sus culturas, contra sus ideales y valores, contra su espíritu, contra sus tradiciones históricas y sus modos de vida, contra su independencia.
** Me importa deciros esto, hijos: El Paraguay que cayó en Cerro Corá es un trágico ejemplo de genocidio realizado en obediencia a los objetivos de dominación de una ideología en trance de expansión mundial. El modelo político nacional y el desarrollo económico autónomo, basado en la índole del pueblo y en función de sus necesidades y expectativas, constituyó un fenómeno perturbador para los designios que esa ideología se había formado con respecto a Latinoamérica. El nacionalismo intransigente, junto con la raíz popular de sus decisiones políticas, hacían del Paraguay de Francia y de los López un Estado sustancialmente ajeno a toda posibilidad de satelización político-ideológica. El imperialismo lo comprendió así sin error, por lo que tuvo que destruirlo sirviéndose para ello, del cínico poder de las oligarquías, sus naturales aliados. La guerra contra el Paraguay, hijos, tuvo un sólo objetivo: aniquilar de raíz ese modelo autónomo de crecimiento. Un pueblo dueño de sus riquezas, con criterio político propio, creador de sus instituciones, consciente de su realidad y de su destino, era para la ideología imperial algo más que un modelo político diferente al propio. Era su negación, un testimonio en exceso elocuente que, por imitación o contagio, podía hacer estallar en América la estructura invisible de su dominación en proceso.
** La respuesta fue, pues, brutal: el crimen de la guerra, como la calificara varón tan excelso como Alberdi. Hoy, que a la clara y limpia luz del día han sido revelados los secretos hilos de la vasta confabulación que precipitó sobre el Paraguay su huracán de fuego, el Mariscal López, hijos, y su sobrehumana voluntad aparecen con una grandeza aún más arrebatadora y singular. El no fue sólo un soldado que muere con los últimos restos de su ejército. No fue sólo un Jefe de Estado que puso al servicio de su nación cuanto, para defenderla, estuvo a su alcance. Fue, hijos y hay que decirlo muy alto y con voz muy firme, el mayor mártir inmolado en defensa del espíritu de América: la libertad.
** Si los libertadores dieron patria a los pueblos americanos, el Mariscal López defendió, muriendo por la suya, el excelso legado emancipador. Su lección a las generaciones americanas es precisamente esta. Y su mensaje, hijos, no pudo haber sido más elocuente que como lo entregó a la historia. Y al menos el pueblo paraguayo que ve en él la más prodigiosa síntesis de si mismo, no lo desoyó ni lo desoirá jamás.
** Hace poco más de cien años que se nos fue dada esta lección augusta, hijos. Lección que la afirmaron cotidianamente centenares de miles de compatriotas durante el lustro llameante de la Epopeya Nacional y en los tres años de la guerra del Chaco. Sus huesos gloriosos ya hace tiempo que son tierra de la tierra nuestra, pero su memoria relampagueante se ha convertido en el imbatible escudo de la Patria Nueva, en ésta en la que vosotros habéis nacido. Ellos son los guardianes del espíritu nacional y los callados, pero insobornables jueces de nuestras acciones, los testigos de nuestra fe. Lo serán también, hijos, de los vuestros. Y recordadlo: en medio de ellos, como estelar cima, hallaréis siempre a Francisco Solano López.
** Otros os lo dirán, o vosotros mismos lo averiguaréis con el tiempo, cuánto de precursor había en el pensamiento y en la acción política de Solano López. Yo sólo he querido deciros, desde el corazón, cuánto os dejo escrito. Alguna vez lo meditaréis.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada