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miércoles, 15 de junio de 2011

JOSÉ FALCÓN - ESCRITOS HISTÓRICOS. Edición y estudios preliminares de THOMAS L. WHIGHAM y RICARDO SCAVONE YEGROS / Editorial SERVILIBRO, 2006



ESCRITOS HISTÓRICOS
Edición y estudios preliminares
Editorial SERVILIBRO
Edición al cuidado de RICARDO SCAVONE YEGROS
Asunción – Paraguay
2006 (245 páginas)



ÍNDICE


*.- JOSÉ FALCÓN Y LA CONSTRUCCIÓN DEL ESTADO NACIONAL PARAGUAYO - THOMAS L. WHIGHAM


*.- LOS ESTUDIOS DE JOSÉ FALCÓN SOBRE LOS LÍMITES DEL PARAGUAY - RICARDO SCAVONE YEGROS


APUNTES Y DOCUMENTOS HISTÓRICOS. 1840-1870


DIARIO DE LOS PRISIONEROS DE GUERRA


MEMORIA DOCUMENTADA DE LOS TERRITORIOS QUE PERTENECEN A LA REPÚBLICA DEL PARAGUAY.
CAPÍTULO 1°. TERRITORIO DEL CHACO
CAPÍTULO 2°. TERRITORIO DE MISIONES
CAPÍTULO 3°. TERRITORIO DE PEDRO GONZÁLEZ Y CURUPAITÍ
CAPÍTULO 4°. DE LA CONQUISTA DEL PARAGUAY POR EL TRATADO DE ALIANZA
CAPÍTULO 5°. DE LA PROTESTA DE LOS ESTADOS AMERICANOS



JOSÉ FALCÓN Y LA CONSTRUCCIÓN
DEL ESTADO NACIONAL PARAGUAYO


                                                                                  THOMAS L. WHIGHAM

            Es común pensar en el Paraguay del siglo diecinueve en términos de aislamiento, y ello está más que justificado. La situación geográfica de un país en la periferia extrema de la frontera interior sudamericana hace presuponer una amplia separación del resto del mundo occidental. Además, las circunstancias políticas en las que se encontró el Paraguay después del año 1811 hicieron difíciles las prácticas normales del comercio, lo cual, inevitablemente, dificultó el paso de ideas y de bienes. Finalmente, el ascenso al poder de aquel "singular individuo", el doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, quien colocó un "cordón político" en torno al país para protegerlo del caos del sur, contribuyó aún más a la separación del Paraguay del resto del Plata.
            Resulta tentador, dados todos estos factores que favorecieron el aislamiento, apreciar en la sociedad paraguaya una tendencia a la introspección para hallar su identidad cultural. Las realidades hispano-guaraníes del campo que habían predominado en la sociedad paraguaya en tiempos de los Habsburgo parecían haberse restablecido completamente poco después de la independencia, quizás como única opción viable en un mundo peligroso.
            Debido al aislamiento -y al aislacionismo- que fue tan dominante en el Paraguay, los historiadores y estudiosos de la vida social han restado importancia al trabajo de los paraguayos que se resistieron a esta tendencia y se presenta así como una excepción el doctor Francia, quien, con su telescopio y teodolito, parecía más un hechicero que el dictador supremo de un estado -de nombre al menos- republicano. Por supuesto, precisamente porque Francia era tan poco común -un doctor de teología escondido en la "jungla"- se tiende a pensar en él como único.
            Pero no lo era. Incluso en las peores épocas, cuando todo el conocimiento clásico se había, aparentemente, desvanecido, y el paraguayo promedio tenía que concentrarse en sus cultivos y ganado, aún existía, aunque sólo entre unas pocas personas, un interés manifiesto en el mundo más amplio. Como en una vela diminuta, este interés llameaba en forma inconstante, pero no moría. Para comprender los amplios contornos dentro de los cuales el Paraguay encajaba en el siglo diecinueve, no podemos ignorar a esas personas que continuaron formulando preguntas sobre sí mismas y sobre su sociedad. Aun en susurros, tenían cosas importantes que decir.
            José Falcón nació en 1810, en este mundo barroco. Tenía una familia acomodada que incluía terratenientes y hombres de negocio que hicieron fortuna durante el apogeo comercial paraguayo de fines del siglo dieciocho. Eran figuras ilustradas que bebieron hasta agotar todo lo que el diminuto mundo intelectual de Asunción tenía para ofrecer en los últimos años de gobierno colonial. Leían no sólo la antigua filosofía de Tomás de Aquino y Francisco de Vitoria, quienes aún gozaban de popularidad en los círculos clericales, sino también literatura reformista iluminada y trabajos de ciencias naturales -Voltaire, Rousseau, Buffon, Jefferson- que circulaban en la capital paraguaya no obstante estar proscriptos; y conversaban entre ellos sobre eventos de actualidad.
            Después de 1814, cuando el doctor Francia estableció su régimen dictatorial, los hombres cultos de "persuasión liberal" se tornaron, en el mejor de los casos, inconvenientes para el funcionamiento de su gobierno.
            Muchos de ellos fueron arrestados, especialmente los extranjeros y aquellos de "limpio linaje", a los cuales Francia consideraba una particular amenaza.1 Los historiadores han puesto de relieve la mano dura del Dictador, señalando a los individuos que cayeron en desgracia y terminaron sus vidas en los calabozos de Asunción.2  Esta imagen, que posee la virtud de la consistencia, es precisa, sólo en parte. Mucha gente de ideas liberales sobrevivió a Francia, en realidad. Aunque el dictador cerró los colegios y no toleró las reuniones de "clubes literarios", no planteó objeción a un aprendizaje elevado per se, en tanto tuviera lugar en forma discreta y no importara una amenaza para el gobierno. Los más sabios dentro de los que querían continuar dichos estudios lo hicieron a la mayor distancia posible de la capital, ya que los subdelegados locales de Francia mostraron ser más tolerantes y educados que el Karaí Guasú.
            El padre de Falcón, Manuel Francisco Falcón, era un europeo español vinculado por el matrimonio a una de las familias más ilustres y antiguas del Paraguay. A los ojos del doctor Francia, esto lo hacía doblemente sospechoso. En consecuencia, la familia Falcón, o en todo caso una parte de ella, se trasladó a Santa Rosa de las Misiones, en el extremo sur del país. En esa época, las Misiones paraguayas eran claramente una frontera, pero una frontera de un tipo muy poco común, ya que sesenta años antes había sido el emplazamiento del gran experimento jesuítico en Sudamérica, en el cual los padres de la Compañía de Jesús habían pensado establecer una comunidad dedicada a construir valores cristianos entre los indios guaraníes locales. A pesar de que este régimen nunca fue tan utópico como algunos intelectuales argumentaron, buscaba una idealización de las interacciones humanas. Y promovió buenos trabajos, tales como construir edificios para la misión, esculpir estatuas religiosas y escribir himnos. Hasta el escéptico Voltaire expresó su admiración por los logros de los jesuitas en el Paraguay. 3
            Cuando José Falcón estaba criándose en Santa Rosa, toda esta fama pertenecía al pasado, habiendo sido en gran parte destruida después de 1767, en la última gran ola de fervor regalista, bajo los Borbones.
De todas maneras, como la fragancia de una hermosa flor que permanece después que se ha marchitado, quedaba aún una percepción de esas épocas idealizadas en las Misiones de principios del siglo diecinueve. Hasta el conjunto de la vieja misión, ahogado entre enredaderas, se erguía como un monumento a glorias pasadas. Y éstas pudieron inspirar a un chico impresionable, ya que en la contemplación del pasado hay a menudo una promesa, y una advertencia para el futuro.
            La educación de Falcón quedó en manos de su tío, don Bernardo Pérez Grance. Esta figura estaba muy bien ubicada en el Paraguay del periodo borbónico. Era uno de los hombres más ricos de la provincia, y de una cultura apreciable para un hombre que pasó gran parte de su vida en el campo. A diferencia de la mayoría de los integrantes de la élite rural, él pudo haber entendido que su país era sólo uno de muchos en el mundo y que la adhesión ciega a los precedentes coloniales era una de las peores formas de confrontar los desafíos del presente. Al obtener su independencia, el Paraguay había probado que podía romper políticamente con el pasado; pero a la nueva generación correspondería romper con é1 culturalmente. En esto, el joven José Falcón podía jugar un importante papel si era educado en forma adecuada. De hecho, demostró ser un buen estudiante. No transcurrió mucho tiempo antes de que Falcón estuviera enseñando las primeras letras a miembros más jóvenes de la familia y a otros lugareños.
            A finales de la década de 1820 y durante la de 1830, las Misiones paraguayas fueron uno de los pocos lugares en el país donde un modesto volumen de información nueva logró filtrarse desde el exterior. A veces esto no era más que un rumor apagado proveniente de los comerciantes brasileños de Itapúa. Pero otras influencias pudieron ser más directas. Por ejemplo, en un pueblito no muy distante de Santa Rosa vivió Aimé Bonpland, el botánico francés que acompañó a Alexander von Humboldt en sus expediciones Río Orinoco arriba, y que en ese tiempo fue mantenido cautivo por el gobierno de Francia por haber violado el territorio que el Dictador consideraba de la República. A pesar de ser un prisionero, Bonpland mantenía sus inquietudes científicas. Se le permitió llevar a cabo experimentos agrícolas, abrir una destilería para licor de caña y trabajar en el mejoramiento de la cría de animales locales. Se convirtió asimismo en médico de los habitantes del distrito.
            No existe registro alguno de que el joven Falcón se haya reunido con el científico francés (quien fue finalmente expulsado después de nueve años de cautiverio en 1831). Pero Bonpland era, ciertamente, un investigador bien informado y un científico sin igual en el Paraguay, aun para el doctor Francia. En otras palabras, era el tipo de hombre que podía atraer al impresionable Falcón y enseñarle que lo que era local también era universal. El truco para comprender esto era tratar todo lo perteneciente a la naturaleza con una mente abierta, con respeto y discreción.
            La discreción también fue la llave para la supervivencia política en el Paraguay de Francia. Desconocemos si Falcón visitaba la capital con frecuencia durante esta época, pero una familia bien establecida como la suya tenía conexiones de negocios con muchos de los pueblos del país. Resulta pues improbable que su conocimiento de las ciencias, las leyes y la historia, que ya era sustancial en sus últimos años de adolescente, lo haya acumulado viviendo únicamente en el sur. En Asunción pudo haber conversado con hombres mayores, individuos que habían viajado en su juventud a Buenos Aires y España. Pudo haber conocido hombres que poseían libros diferentes a los polvorientos tomos legales y pudo haber absorbido algo de lo que tenían para decir. El mundo de los libros pudo haber suministrado un refugio mayor para un hombre cuyo entusiasmo por aprender no podía ser fácilmente constreñido por el aislamiento del Paraguay.
            En septiembre de 1840 el viejo Dictador finalmente murió, a los setenta y cuatro años de edad, víctima de hidropesía. Durante una generación había mantenido al país bajo su poder, impartiendo justicia como un padre severo pero honesto, protegiendo a sus hijos de las maldades del mundo exterior, mientras castigaba a aquellos que intentaban desafiar su voluntad con palabras o acciones. Éstas eran las tareas simples a las que se dedicó. En el resto de los asuntos permitió que los parámetros tradicionales de la política hispánica guiaran su gobierno del Paraguay. Era un guardián talentoso, pero no un innovador. Y ahora se había ido.
            No hubo festejos por la muerte del doctor Francia, sino todo lo contrario. En las calles de Asunción la gente se negaba a aceptar la noticia de su muerte, y aun meses después se lo recordaba en forma respetuosa como "el Finado". En los pueblos y villas del interior, su fallecimiento fue recibido con un descreimiento casi universal. Por sobre todo, en el país reinaba un temor casi palpable de lo que el futuro sin él auguraba.
            Por cierto que no hubo una apertura "liberal" para el Paraguay. La política permaneció incierta y sin rumbo. El doctor Francia había dejado su autoridad administrativa a los comandantes de guarnición cuyas habilidades eran mínimas y cuyas ambiciones eran superadas por la indecisión y temor por el futuro. Una rebelión menor, dirigida por un sargento a principios de 1841, llevó al poder a una camarilla de oficiales que no estaban mejor preparados que sus predecesores. Uno de ellos, Mariano Roque Alonzo, por lo menos reconoció sus propias limitaciones. En un esfuerzo por remediar la falta de experiencia trajo al gobierno a un hábil abogado del pequeño pueblo de Rosario: un tal Carlos Antonio López. Las dudas se desvanecieron rápidamente ya que López realizó cambios fundamentales en el Paraguay.
            Al principio, este hombre nuevo no podía darse el lujo de experimentar, ya que gobernaba en calidad de cónsul juntamente con Alonzo, cuya reticencia reflejaba la actitud de los comandantes de guarnición (y, en menor grado, la de los pequeños terratenientes tradicionales), de cuyo apoyo dependía, en forma absoluta, el nuevo régimen. Pero Alonzo no estaba hecho para los detalles del gobierno. Inicialmente pensó en López como un colaborador capaz, con un buen conocimiento de las leyes castellanas e indianas; y hasta ese punto, sus talentos eran indispensables. Sin embargo, a medida que pasaban los meses, se volvió cada vez más claro que el abogado de Rosario deseaba forjar un mayor, más moderno y más intrincado aparato estatal para el Paraguay. Alonzo vio una pequeña y obvia amenaza en esto, al tiempo que anhelaba abiertamente la paz de su propiedad campestre. Lentamente, concedió a su colega la parte de autoridad que le correspondía. En 1844, tras otorgar una generosa pensión a su consocio, López asumió el control exclusivo del gobierno.
            En términos legales, el doctor Francia había siempre recurrido al poder del precedente para dirigir y guiar sus acciones. No así Carlos Antonio López, quien buscó activamente construir un nuevo modelo de gobierno. Pero, ¿qué modelo se sugería?, ¿el romano?, ¿el francés?, ¿el anglosajón? Mientras que las inclinaciones autoritarias de López eran apenas diferentes de las de "el Finado", las contrapesaba de manera cuidadosa con un deseo de llevar al Paraguay hacia mediados del siglo diecinueve. López resultó ser un liberal, pero un liberal que eligió su ideología muy prudentemente.
            Los Apuntes de Falcón muestran con claridad cuán complacido se sentía él con este desarrollo. Finalmente su país tenía un gobierno que reconocía el potencial del Paraguay, y deseaba diseñar un sistema político moderno adecuado a sus necesidades. Sin embargo, una obvia carencia de personal entrenado se interponía para el logro de una correcta transición. El pueblo en general, como un resultado desafortunado de la negligencia colonial y francista, era prácticamente iletrado, y esto ejercía una presión adicional en la diminuta minoría educada. José Falcón, con poco más de treinta años, debió pensar en esos tiempos que era posible que pronto lo convocasen para servir al gobierno. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
            Falcón festejó la muerte del viejo déspota "indigno de toda consideración humana", pero no tenía más ideas que las de López sobre cómo ensamblar un orden político moderno. Sin embargo, sí tenía ciertas aptitudes naturales que armonizaban con las de su jefe. Mientras que Carlos Antonio López era intrínsecamente un hombre de acción que dio impulso moderno a una política estancada, Falcón era un hombre de libros que encontró en los autores clásicos el detalle útil o el giro exacto de expresiones apropiadas para diseñar nuevas leyes.
            En la década de 1840, prácticamente todos los Estados de Europa Occidental, republicanos o monárquicos, habían elaborado una estructura legal acorde con su situación. La República del Paraguay, a criterio de López, debía tomar el mismo camino, ya que merecía un lugar bajo el sol, junto a las demás naciones del mundo. Esta era por cierto una meta loable, ya que ninguno de los vecinos de Paraguay había reconocido aún la independencia del país. Pero López también tenía objetivos menos abstractos, que ansiaba lograr con la ayuda de Falcón y de hombres como él. Por ejemplo, quería que el Paraguay se involucrara en el comercio extensivo con el exterior, pero a medida que los comerciantes extranjeros comenzaron a llegar a Asunción, necesitaba que reconociesen quién detentaba la autoridad real. Su país no era Francia ni Inglaterra ni los Estados Unidos ni aun Buenos Aires. En todo caso, el Paraguay era más parecido a la Rusia europea, emergiendo cautelosamente de un pasado atado a la tradición, donde las clases bajas estaban totalmente ligadas a la tierra y donde las élites, en su mayoría, tenían un mínimo concepto de la modernización y ningún deseo de lograrla. Habría que enseñarles.
            En 1844, Carlos Antonio López fue el autor de una actualización de la constitución, algo que Francia nunca había hecho, a pesar de que "actualización" implicaba para López, en términos generales, préstamos mínimos de los códigos de España y Francia que había estudiado en su juventud. Había suprimido las Leyes de Indias por ser "incompatibles con una política libre e independiente"; pero su constitución tenía en sí misma muy poco de republicanismo real. Un cínico diría que suministró sólo una hoja de legitimidad para cubrir la cruda realidad de su gobierno personal. En ningún punto aludía la constitución a la "libertad". En vez de eso, se concentraba exclusivamente en las prerrogativas del Poder Ejecutivo, al cual todos los ciudadanos debían "reconocimiento y obediencia". A pesar de una teórica división de poderes, al presidente le fue concedida la obligación legal de "mantener el orden" y de cancelar, enmendar o confirmar las decisiones legislativas y judiciales.
            La Constitución de 1844 ordenó a López convocar al Congreso cada cinco años, pero sólo para que reconociera hechos consumados y para ser informado sobre las políticas presidenciales; no para debatir. La participación en el Congreso estaba reservada a los propietarios, a quienes se les requería presentarse en el lugar y fecha indicados. Cuando se reunían, los hombres del interior parecían siempre koyguás o campesinos fuera de contexto en Asunción. Habiendo vivido entre ellos por décadas, López podía manipular fácilmente a dichos hombres, porque conocía sus fuerzas y sus debilidades íntimamente. Sabía que desconfiaban de sus primos urbanos y que valoraban el poder que el nuevo karaí podía ejercer. Así, cuando la constitución asignó al presidente un periodo de diez años con la posibilidad de reelección indefinida, nadie manifestó queja o crítica alguna, sino simplemente un elogio respetuoso.
            Mientras tanto, había mucho trabajo para hacer, como lo indican en detalle los Apuntes. Los paraguayos aún recuerdan a Carlos Antonio López como el "Gran Constructor"; y bien mereció esa designación. Durante sus veinte años de gobierno, supervisó la construcción de vías públicas, una fundición de hierro y una herrería industrial, un astillero, un teatro nacional, un arsenal, un palacio legislativo, la residencia presidencial y los edificios ministeriales, y varias instalaciones militares. Inauguró una vía férrea, que fue de las primeras en la región del Plata. Restauró y expandió edificios viejos, como la catedral, llevándolos a los estándares del siglo diecinueve. Dichos proyectos exhibían el entusiasmo de López por la era moderna del vapor y del hierro. Pero también revelaban la insistencia en que la majestuosidad del Estado paraguayo fuese universalmente reconocida. Los nuevos edificios estatales tuvieron éxito al respecto, ya que se erguían como gigantes entre las construcciones de ladrillo, adobe, y techumbres de paja de la capital.4
            Dichos esfuerzos costaron una buena cantidad de dinero y trabajo, pero López tenía acceso a ambos. Continuó manteniendo el sistema de arriendos estatales para los campesinos que se dedicaban a actividades agropecuarias, quienes suministraban a cambio un pago anual (o una porción de su cosecha). Aumentó los ingresos del erario reintroduciendo impuestos que Francia había dejado caducar. Más importante que esto fue que el Estado generó ingresos provenientes del monopolio de la yerba mate y la madera, así como de decenas de estancias que explotaba en el interior. Estas empresas alimentaban el mercado de exportación, el cual a su vez trajo moneda extranjera. El gobierno pronto se convirtió en el principal exportador del Paraguay, una fuerza a ser tomada en cuenta en términos comerciales y no sólo políticos.5
            En cuanto a la mano de obra, López aumentó en gran medida el número de trabajadores al servicio del gobierno. Llevó a cabo un uso extensivo de la fuerza laboral de los convictos, en mayor medida que Francia. Pero López también sancionó una ley de conscripción de amplia base -case universal para hombres jóvenes- y dispuso que los soldados trabajaran en una infinidad de proyectos estatales. Nuevamente, estas prácticas eran paralelas a las de la Rusia Zarista, la cual, de igual manera, fue testigo de un rápido crecimiento económico como resultado de ellas.
            El cultivo de productos alimenticios en manos de particulares no sufrió especialmente por la competencia estatal. Las mujeres, que antes habían realizado parte de la labor agrícola, en esos momentos trabajaban aún más. 6 Si bien muchas de estas prácticas laborales tenían antecedentes en el periodo colonial, Carlos Antonio López realizó un uso más extensivo de ellas de lo que Francia o sus predecesores borbónicos habían hecho. Y les dio una dirección más clara.
            La movilización laboral generalizada tuvo efectos significativos de orden social y político. En general, López logró popularizarlos diversos proyectos estatales, presentándolos como benéficos no sólo para el gobierno sino también para el pueblo paraguayo. Esta fue, en última instancia, una apelación al sentimiento nacionalista, aunque ambigua, ya que López demandaba entusiasmo en la misma medida que demandaba consentimiento. Claramente obtuvo esto último, mediante la acción de sus burócratas, policías y espías. Si logró inculcar un amplio sentimiento patriótico es algo que nadie pudo afirmar con certeza.
            El mismo fervor que López volcó en sus planes de construcción también lo volcó en las relaciones con el exterior. Para él, las dos cosas estaban obviamente conectadas. Para construir una nación fuerte, necesitaba promover el respeto hacia su gobierno en el exterior. Esto no era fácil. López, suspicaz por naturaleza, tenía muy poca experiencia en el trato con los extranjeros. Sabía que mucha gente potencialmente útil nunca había oído hablar del Paraguay, a no ser como un semi mítico "Japón interior". ¿Cómo podría cultivar buenas relaciones con los extranjeros si ellos pensaban de esta manera?
            Estableció así un periódico, El Paraguayo Independiente, que expresaba cuidadosamente la posición del gobierno acerca de los asuntos importantes del momento a nivel internacional. Carlos Antonio López también recibió misiones extranjeras, que quedaban sorprendidas por su extraño hábito de permanecer sentado, luciendo una escarapela militar, durante las audiencias. López estaba particularmente interesado en promover las buenas relaciones con los poderes extra-continentales como Francia y Gran Bretaña. Importaba libros, incluyendo manuales para maquinarias y folletos sobre cultivos. Demandaba y eventualmente lo logró, el respeto de la soberanía paraguaya.
            La campaña diplomática de López resultó un éxito. Con los años, a pesar de haber obtenido el reconocimiento de la independencia del Paraguay, sostuvo serios conflictos con Brasil, Buenos Aires, Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos.7 En una ocasión confió en desalojar a los partidarios de Juan Manuel de Rosas del nordeste argentino, como parte de un entendimiento con el Brasil y las facciones unitarias que actuaban en el litoral del Paraná. En consecuencia, envió a su hijo de diecinueve años, Francisco Solano como general al mando de una expedición militar a Corrientes, en los años 1845-1846.8 Aunque esta intervención no alcanzó a lograr su objetivo, demostró la voluntad de López de abandonar el aislamiento en favor de una posición más activa en la política de la región del Plata. El comercio con el exterior, el tránsito fluvial sin gravámenes y la aceptación incondicional del derecho del Paraguay a existir como nación fueron las condiciones que el presidente establecía para la participación del Paraguay en las relaciones internacionales, y las buscó de manera indoblegable.
            López encontró en Falcón a un subordinado talentoso, confiable y obediente, quien compartía el entusiasmo de su maestro por el proyecto nacional. Falcón ya era un hombre de cuarenta años, pero aún había algo de joven en él. Parecía perfectamente a tono con la situación de la década de 1850 y se podía contar con él para ayudar a orientar a una nueva generación de burócratas estatales, hombres que tenían veinte años menos pero que se dedicaron con igual esmero a la operación exitosa del régimen lopizta.
            En los Apuntes hay indicios de que Falcón se sintió incómodo con ciertos aspectos de la práctica política del momento. Al mismo tiempo que se manifestaban múltiples señales de progreso material en el Paraguay durante la época de López, un extendido autoritarismo proyectaba todavía su sombra sobre las operaciones del Estado. Además, mientras que el doctor Francia había mantenido diligentemente una diferenciación entre lo privado y lo público en la sociedad paraguaya, Carlos Antonio López tendía a fundir las dos esferas en lo que concernía a su propia familia. El nepotismo se transformó para él en una práctica aceptada, algo que nunca fue así bajo el gobierno de Francia. López consiguió la Diócesis de Asunción para su hermano Basilio. Permitió a su esposa y sus hijas que administraran una casa de cambio fuera de la residencia presidencial, donde compraban billetes rotos y viejos con ocho por ciento de descuento y los vendían luego por su valor total en la tesorería.9 Sus dos hijos varones más jóvenes, Venancio y Benigno, al tiempo que ejercían altos cargos dentro del gobierno administraban grandes estancias que el Estado había transferido a su posesión privada. Pero fue a su hijo mayor, Francisco Solano; a quien López profesó mayor afecto.
            El futuro mariscal nació en el interior de Paraguay en el año 1826. Corrió un rumor mal intencionado sobre su nacimiento, pues se decía que López no era su verdadero padre. Aun así, Carlos Antonio López hizo todo lo posible para complacer al niño, al principio con dulces y ocasionales monedas, y luego con los más altos cargos en su gobierno. Francisco Solano respondía a esto como si todo y todos fueran de su propiedad personal, para jugar con ellos o descartarlos de acuerdo a su capricho. Un autócrata del modelo ruso habría por lo menos reconocido que al exigir el orden, también él debía conducirse según el mismo código que imponía. Un potencial déspota, por otra parte, naturalmente se considera por encima de cualquier otro hombre o mujer. Así era Francisco Solano López.
            Ni la paciencia de su padre, ni el aislamiento de su país pudieron contener la naturaleza inquieta del joven López, y los peligros que representaban su vanidad eran ya obvios hacia mediados de la década de 1850. Quizás Solano López nunca se sobrepuso a las dudas sobre su filiación. O quizás su comportamiento simplemente reflejaba la inevitable corrupción del poder. En cualquier caso, su propia complicación trajo la tragedia, no sólo a su familia, sino al país en conjunto.
            Si bien celebraba el progreso económico del Paraguay bajo el gobierno de López, y la apertura general del país hacia el mundo exterior, Falcón también se preocupaba por el prominente crecimiento de Francisco Solano López, quien era unos quince años menor que él. A pesar de sus recelos, se resignó en última instancia a trabajar dentro del sistema. En cierto sentido su comportamiento sugería una simple timidez. Habiendo reconocido un principio de criminalidad en el régimen, obvió confrontarlo porque le faltaba el coraje de sus convicciones liberales. Además, sus quejas contra el joven López podían de igual forma ser dirigidas fácilmente contra otros miembros de la nueva generación, hombres que se cubrían con colonias "francesas", bebían vinos "españoles" y usaban abrigos "ingleses", y que menospreciaban a viva voz las virtudes rurales que hicieron posible esas importaciones. Dichos hombres no sabían prácticamente nada de los afanes del pasado. Podrían, eventualmente, transformarse en responsables servidores del Estado, aunque sin la entrega que evidenciaron sus  mayores. 10
            Por esta razón, Falcón prefirió promover un cambio positivo desde dentro del sistema, al tiempo que evitaba problemas en la medida de lo posible. Los cambios políticos que necesitaba el país no se materializarían en un solo día, y ya que había esperado tanto tiempo bajo Francia, podía esperar nuevamente. Aquellos hombres que se habían opuesto en forma precipitada a Carlos Antonio López, después de todo, estaban muertos o habían levantado campamento en Buenos Aires y, en su calidad de expatriados, poco podían hacer por el bien del Paraguay. Era mejor permanecer, tolerar el autoritarismo del momento y empujar calladamente hacia un futuro más liberal.
            No podemos culpar a Falcón por haber adoptado esta línea. Mucha gente decente y reflexiva del Paraguay de hoy realizó compromisos similares durante la dictadura de Stroessner. En ese momento aún permanecía como una pregunta abierta si el liberalismo de Carlos Antonio López limitaría sus inclinaciones dictatoriales o se interpondría para evitar que su hijo accediera a la presidencia. De un modo plausible, Falcón entendió que un Ejecutivo todopoderoso era un mal necesario en el Paraguay y que la exposición al amplio mundo tarde o temprano daría paso a un orden político más abierto. Mientras nada de esto ocurriese, Falcón cedería al deseo de un hombre de mediana edad por la estabilidad, suprimiendo cualquier demanda de reforma. Después de todo, a esta altura, había espías observándolo y tenía una familia en que pensar.
            Falcón había esperado hasta sus cuarenta y tres años para casarse, pero cuando lo hizo, el evento provocó la excitación de toda la sociedad de Asunción, ya que la boda, que tuvo lugar en la Catedral, conectó a dos familias prominentes. La novia era Joaquina Gill Barrios, hija del ex diplomático y magistrado Andrés Gill y de su esposa Escolástica Barrios Bedoya, pariente del presidente López. Falcón ya estaba relacionado con la familia presidencial a través de un cuñado, Manuel Heraclio Carrillo (hermano de la esposa de Carlos Antonio López), quien se había casado previamente con la hermana de Falcón, Francisca. De esta forma, al casarse con Joaquina, Falcón ganó una posición decididamente favorable dentro de la élite política paraguaya y quizás también una dosis de seguridad personal, de la que no hubiese disfrutado de otro modo.
            Casi nada se sabe acerca de la relación de Falcón con su esposa. No se sabe, por ejemplo, si había afecto real entre ellos o si su casamiento tenía un carácter estrictamente político. Sin duda, ambos disfrutaron de prosperidad material y grandes comodidades durante la década de 1850 y principios de la siguiente, y en ese tiempo Joaquina fue madre de un hijo varón y de tres mujeres que idolatraban a su padre.11
            Este periodo resultó ser el más activo en la vida de Falcón. Ya había ejercido la cartera de Relaciones Exteriores e importantes cargos en la judicatura. En 1854 fue nombrado para un nuevo puesto, que lo marcaría por el resto de sus días. Como otros regímenes recientemente instalados en Sudamérica, el gobierno paraguayo tenía la necesidad de un repositorio para los documentos oficiales, y fue tarea de Falcón organizar el archivo estatal con dicho propósito. Desde su niñez había amado los libros, y las habilidades que adquirió reuniendo su propia biblioteca podía aplicarlas ahora para ordenar lo que en última instancia se convirtió en el Archivo Nacional de Asunción.
            Fue la única institución importante dentro de su tipo en el Plata hacia el norte de Buenos Aires y el orgullo y regocijo de Falcón. Supervisó la categorización inicial de los documentos, disponiéndolos en las secciones histórica, civil y judicial, y de tesorería. Jugó un papel perseverante en identificar materiales de las épocas de la colonia y de Francia y aun en los periodos más cálidos del año permanecía hasta altas horas recorriendo las múltiples historias y anécdotas acumuladas desde el pasado. A pesar de que no era en realidad el primer historiador del Paraguay independiente -honor que pertenece a Mariano Antonio Molas, autor de la Descripción histórica de la antigua Provincia del Paraguay-, aun así Falcón fue quizás el primero en comprender que para que el Paraguay tuviese un futuro debía tener también un pasado, y que para conocer ese pasado hacía falta clara y abundante documentación. Cuando Carlos Antonio López lo hizo director del archivo, fue una decisión que ningún paraguayo subsiguiente lamentó.
            Los archivistas y directores de bibliotecas en Sudamérica han tenido con frecuencia diversos orígenes. A menudo dichos puestos fueron asignados a intelectuales que requerían una posición segura desde la cual proseguir con la escritura de sus poemas o ensayos. El caso de Jorge Luis Borges en Argentina viene de inmediato a la mente. Pero también puede recordarse a Hipólito Sánchez Quell, poeta e investigador histórico, quien fue Ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Stroessner, y dirigió después por muchos años el Archivo Nacional y la biblioteca. Ambos, Borges y Sánchez Quell, pueden ser considerados como modernas manifestaciones de José Falcón; quien demostró que los directores de archivos pueden hacer muchas cosas además de clasificar papeles.
            Lo cierto de todo esto es que el trabajo en el archivo le dio a Falcón una natural plataforma contigua, aunque en cierto modo aislada, a la política paraguaya. Pudo ser un espectador que sabía más de lo que revelaba. Finalmente, Falcón guardó muchos de sus pensamientos más críticos para los Apuntes, pese a que, incluso en ellos, uno tiene la impresión de que deseaba decir más pero consideraba prudente no hacerlo.
            Un beneficio obvio para el gobierno de López al tener a Falcón como director del archivo se vinculaba con el estudio de las delicadas cuestiones de los límites. Por todos lados los vecinos del Paraguay exigían aclaraciones en cuanto a dónde terminaba su territorio y comenzaba el del Paraguay. Los brasileños y argentinos esperaban ganar la máxima extensión de los territorios reclamados por la simple razón de que el Paraguay carecía de control efectivo en muchas áreas. Falcón resultó ser una pieza clave para la defensa del Paraguay contra estas pretensiones extranjeras. Depuró los documentos, reuniendo una colección de materiales de varios siglos y procedencias en concisas y detalladas argumentaciones, a favor de los reclamos del Paraguay. Una y otra vez, Carlos Antonio López apeló a la experiencia de Falcón en las disputas por las Misiones y el Chaco e incluso en el siempre espinoso asunto de la libre navegación por los ríos Paraná y Paraguay. Si el conocimiento representa poder verdadero o, más bien, un tipo específico de poder, entonces Falcón se convirtió en una figura muy poderosa.
            Por lo demás, siempre prefirió un papel más reticente. Sabía por una larga experiencia que el dominio de información y la habilidad de expresión podían causar el exilio y aun la eliminación de un hombre. Por tanto prefirió sus papeles y sus libros a una participación más activa en los asuntos gubernamentales. Y cuando fue forzado por las circunstancias a jugar dicho papel, lo hizo con gran renuencia.
            Además, los aspectos no liberales del régimen de López comenzaban a ocupar un lugar central. López padre y Falcón hubiesen insistido en una resolución pacífica de las disputas con los vecinos del Paraguay, por más que el primero gobernase con mano dura (como lo indica la descripción que Falcón hace del congreso de 1857). Pero Francisco Solano López consolidaba las fuerzas armadas del país. Emprendió esta tarea en forma deliberada, importando armas y técnicos militares de Europa, construyendo fuertes, barcos de guerra, baterías y arsenales, y poniendo al Paraguay en pie de guerra, a pesar de que las verdaderas amenazas extranjeras estaban aún distantes. Fue un proceso que tuvo algo de inevitable, y ni Falcón ni otros consejeros del gobierno pudieron impedir, o siquiera desafiar el rumbo hacia el militarismo abierto. Sólo el presidente López pudo haber desviado a su hijo de tan peligrosa tendencia, pero en la medida que los efectos de la diabetes debilitaban su energía física, sólo podía susurrar advertencias que el joven general parecía no escuchar. 12
            Carlos Antonio López murió en septiembre de 1862, luego de más de veinte años en el poder. Falcón lamentó sinceramente el fallecimiento de su jefe. A pesar de su autoritarismo, y de sus múltiples defectos en el juicio político, López padre había engendrado una honesta apertura al mundo exterior. Esto fue algo que Falcón y cualquier patriota podía elogiar fácilmente. Después de todo, esa apertura ofrecía la promesa de un Paraguay más moderno. Pero también conllevaba peligros. Francisco Solano López, al tiempo que favorecía, él también, un mayor contacto con el exterior, aprendió de los extranjeros las lecciones equivocadas que estos tenían para enseñar; y desechó la prudencia de su padre.
            Los Apuntes de Falcón proporcionan amplios detalles sobre cómo Francisco Solano López obtuvo el poder después de la muerte de su padre. Sus maquinaciones demuestran poca simpatía o respeto por la ley que éste había ayudado a inaugurar en el Paraguay. La relación de los eventos, escrita por Falcón en calidad de testigo ocular, sugiere, sin embargo, que realmente existió una significativa oposición a sus pretensiones. No fue una invención extranjera o de los expatriados, como han sugerido algunos. No debería sorprender a nadie que el futuro mariscal desvaneciera rápidamente esta amenaza; pero es posible que la afirmación de que muchos pensaron que el país debía constituirse "a imitación de los pueblos libres" sorprenda en el Paraguay a quienes consideran que dichas sutilezas parecían ser de menor importancia.
            No se puede acusar a Falcón de ignorar tales sutilezas. Por una parte, el hecho de designar a López como "tirano" y darle, por otra, el tratamiento de "don" ilustra al mismo tiempo un reconocimiento de rango social y un aborrecimiento por la dictadura. A finales del siglo veinte, si un político opositor se refería al general Stroessner como "don Alfredo", lo hacía con tinte de sarcasmo. Pero éste no era el caso un siglo antes. Al contrario, era la forma en que Falcón señalaba la persistencia de la tradición en su país, una tradición que tenía mucho para ser valorada, especialmente cuando se la contrastaba con la violencia irracional tan común en las `provincias de abajo".
            No hay dudas en cuanto a que Francisco Solano López "supo mandar". Sin embargo esta habilidad, que podía ser útil en el contexto militar, se sumó a una ambición política desmedida y a una presunción de infalibilidad. Sus detractores José Miltos y José María Varela son mencionados en los Apuntes como "hombres honorables y de maduro criterio", pero terminaron sufriendo los peores tormentos de la prisión. Podemos sólo asumir que Falcón, en plena madurez entonces, era suficientemente inteligente como para mantenerse callado y votar con la multitud, antes que enfrentar un destino similar. Éste ya era, por supuesto, su hábito establecido. Y cuando observaba que muchos miembros de la asamblea más tarde "deploraban y maldecían ya la hora en que tomaron parte para entronizar su tiranía", sólo podemos suponer que él también quería incluirse entre ellos.
            Esta fue una noticia terrible para el país. Y las prisiones comenzaron a llenarse con los opositores al nuevo presidente, mucho más de lo que alguna vez estuvieron bajo el gobierno de Francia o de Carlos Antonio López. Pero otra tragedia de naturaleza más personal pronto golpeó a Falcón.
            En abril de 1863, luego de diez años de matrimonio, perdió a su esposó Joaquina tras una breve enfermedad. Era aún joven al momento de morir, y trajo un sentimiento de pesar no sólo en el seno de la familia Falcón, sino también en la sociedad asuncena en su conjunto. En una extraña desviación de su habitualmente sobria cobertura de las noticias oficiales, El Semanario publicó un elaborado elogio que registraba muchas expresiones generales de tristeza por su fallecimiento. No podemos saber cómo afectó esta pérdida a Falcón y a sus hijos, pero a medida que el Paraguay se acercaba a la calamidad más grande de su historia, la falta de una presencia maternal en el hogar sólo pudo incrementar la frustración y soledad familiar.
            Los Apuntes analizan las causas de la gran guerra de 1864-1870 sólo en términos generales, y evitan descripciones detalladas de las primeras acciones. Para Falcón, la guerra parece haber sido completamente evitable, y surgió principalmente de los malentendidos y caprichos de Francisco Solano López, que a su vez se debían a su despotismo. Dentro de un sistema de gobierno más liberal, que hubiese permitido el debate y el desacuerdo honesto, tal monstruosa cascada de malas decisiones hubiera podido evitarse.
            Quizás. Pero aquí el historiador moderno interpondría una nota de advertencia: las causas de la guerra fueron contradictorias y complejas, y como muchos observadores paraguayos de ese momento, no podemos absolver al Brasil de toda culpa por lo ocurrido. Como López, Falcón siempre tendió a colocar al Paraguay en el centro de los eventos, y dicha perspectiva le impidió ver el panorama más amplio. Por ejemplo, la indiferencia brasileña hacia la nota paraguaya del 30 de agosto de 1864 sugiere que otros en la región consideraron sin importancia los intereses del Paraguay. No importaban en lo absoluto -y debieron no importar en absoluto- al momento de determinar los perfiles de la política exterior del Imperio. Los brasileños -o los argentinos- hubiesen mantenido esta visión despectiva de igual modo si el Paraguay hubiera estado gobernado por un demócrata, un jacobino o un sultán. La inclinación expansionista de los poderes vecinos hubiese estado presente en cualquier circunstancia.
            Además, al tomar en consideración la dimensión completa de los eventos, Falcón debió compartir la responsabilidad por la conflagración. Denunció en los Apuntes que López manipuló el Congreso Extraordinario que declaró la guerra a la Argentina, a principios del año 1865, pero él fue vicepresidente de ese Congreso, y en el momento de sus consecuencias fue nombrado Caballero de la Orden Nacional de Mérito, un honor reservado únicamente para los más dóciles servidores del mariscal.
            El conflicto con la Triple Alianza llevó al pueblo paraguayo a la miseria, y claramente le dolía a Falcón hacer alusión a esos terribles sucesos. Sin embargo, insistió en que los que murieron en combate por lo menos ofrecieron sus vidas en aras de la honrosa defensa del país, en contraste con los que fueron ajusticiados por orden del mariscal López, a quienes califica sencillamente como víctimas de una criminalidad irrestricta. Falcón sintió particular repulsión por las torturas y ejecuciones de San Fernando, donde muchos de sus viejos asociados encontraron la muerte, por causa del capricho y la paranoia del Mariscal.
            Nos vemos obligados a preguntar, ¿cómo pudo escapar Falcón de la ira de López cuando incluso los familiares cercanos al mariscal fueron masacrados sin piedad? Quizás fue simplemente cuestión de suerte. Pero es más probable que, tras perfeccionar por largo tiempo el hábito de mantener su cabeza baja, se hubiese aislado entre los libros y papeles, evitando el intercambio social que causó la caída de tantos otros en un Paraguay "agobiado por la conspiración". Más aún, Falcón podía halagar a López si debía hacerlo y su dominio de los documentos, y de la literatura, hubiese sido muy útil para ello. Alusiones a César, a Federico el Grande, a Napoleón III, debieron haberle suministrado al mariscal un fugaz sentido de seguridad o, posiblemente, la ilustración de Falcón le traería a López el recuerdo de momentos más felices en Europa.
            En términos prácticos, Falcón tenía mucho trabajo que hacer. Como guardián del archivo, debía ocuparse de la transferencia y conservación de miles de documentos relacionados con la guerra. Habrán caído en sus manos los informes militares y la correspondencia, los telegramas, las listas de tropas y de armamentos. Cuando llegó la orden de evacuar Asunción, a mediados de 1868, Falcón tuvo que supervisar el empaque del archivo completo en carretas de bueyes y su transferencia, primero a Luque y más tarde a Piribebuy. El hecho de haber cumplido la tarea a pesar de la abundancia de inconvenientes en tiempo de guerra fue un gran testimonio de sus habilidades como organizador.
            Independientemente del grado de organización, nada podía alterar el hecho de la inminente derrota de Paraguay. Falcón parece ser el primer comentarista en sugerir una inclinación genocida por parte del Alto Comando brasileño luego de Lomas Valentinas. Si su propósito era derrotar a López y salvar al Paraguay, él se pregunta, ¿por qué entonces permitir que el tirano se escapase a Cerro León en diciembre de 1868? Para Falcón esto podía significar sólo una cosa: que los comandantes consideraban al Mariscal como una fuerza positiva para proseguir su plan de destruir el país. En círculos lopiztas modernos, a veces se escucha una versión sobre cierta conexión masónica entre López y los comandantes brasileños, por la cual estos últimos tuvieron dudas para acercarse a matarlo. 13 No obstante, se puede argumentar fácilmente que el partido de López, del que formaba parte Falcón, se escabulló exclusivamente como resultado ineptitud de los aliados.
            De todos modos, Falcón continuó desempeñando varias funciones mientras estuvo en la nueva capital paraguaya. Desembaló algunos de sus documentos y libros y probablemente actuó como consejero no oficial del personal editorial de La Estrella, el último periódico paraguayo del tiempo de la guerra. Asistió a los recitales en los que se tocaban melodías populares europeas en el piano de madame Lynch, tan laboriosamente transportado a través de las colinas desde Asunción.
            Todo esto implicaba la participación en un mundo surrealista, cuyos elementos pueden observarse en los Apuntes. Fue necesario presentar los desastres militares como grandes victorias y el liderazgo imperfecto de Francisco Solano López como igualado al de Alejandro el Grande. Mientras tanto, el pueblo paraguayo se moría de hambre y el piano no tocaba un canto fúnebre, sino el Londón Karapé.
            Los Apuntes asumen su más personal y reprochable forma al discutir el vía crucis que experimentó el "ejército" del mariscal luego de la caída de Piribebuy, en agosto de 1869. Mientras la una vez orgullosa fuerza marchaba a la deriva en los páramos del norte, López ordenó la masacre de cada "conspirador", "desertor" y "derrotista" que vislumbraba. Pero, ¿cómo podían dichos esqueletos vivientes conspirar contra alguien? ¿Cómo podían mujeres y niños desertar la causa si nunca se habían unido a ella realmente? En su conjunto, las palabras de Falcón describen como ningunas el inexpresable horror de las semanas y meses dirigiéndose a Cerro Corá. Él y sus hijas fueron testigos de todo el florecimiento de la maldad. Y esta vez, no pudo escapar hacia sus libros y documentos, ya que habían quedado atrás, para que los brasileños los descubrieran y los contemplaran con satisfacción maliciosa y triunfal. 14
            Falcón estuvo presente en la última batalla de la guerra, y observó cómo la caballería brasileña mató a ancianos como el vicepresidente Francisco Sánchez y a niños como Panchito López. El mariscal mismo murió también, pronunciando palabras desafiantes que varios reportaron como "muero con mi patria" o "muero por mi patria". Los detalles específicos de este espectáculo final de rencor poco importan, pero los resultados fueron visibles para todos. Como lo señaló Falcón, la guerra de López dejó de la patria
            sólo escombros y víctimas, como vestigios de su orgullo y tiranía; destrozada y    concluida por completo la nacionalidad paraguaya, que en un estado floreciente         se apoderó de sus destinos para borrarla del mapa del mundo y de su antiguo          esplendor, que iba rápidamente buscando el nivel de las naciones cultas, y que     hoy, con los desastres de la guerra, ha perdido hasta su vida propia, sin             esperanzas de recuperarla.

            Luego de dichos eventos cualquier otra cosa tendría que ser poco relevante en la vida de Falcón; y así fue, en cierta medida. Pasó varios meses en cautiverio, primero en el Paraguay y más tarde en Río de Janeiro, donde fue recibido con curiosidad por parte de altos oficiales y mucha gente común de la ciudad. En general, Falcón fue bien tratado durante su estadía en el Brasil y ha dejado testimonio de la amabilidad hacia su persona y hacia otros prisioneros paraguayos demostrada por el emperador. Regresó a Asunción en noviembre de 1870 y encontró su casa y su país en ruinas. Más de la mitad de la población había muerto en el curso de la guerra, y las calles estaban llenas de mujeres y niños desalojados, todos mal nutridos, y de soldados de las fuerzas de ocupación.
            Fiel a las formas, Falcón se presentó ante el nuevo gobierno, cuyos miembros lo vieron del mismo modo que lo había hecho López. Le solicitaron que dirigiera una Comisión Revisadora del Patrimonio Nacional, organismo encargado de determinar qué quedaba de los bienes del Estado Paraguayo, luego de las terribles pérdidas ocasionadas por la guerra. Esta tarea estaba destinada a ser frustrante para él, en todos los sentidos, pero una vez más se refugió en los libros y documentos. Falcón estableció de nuevo el Archivo Nacional, y reunió los materiales que quedaron intactos tras la caída de Piribebuy. Ésta, después de todo, había sido siempre su verdadera vocación, y pasó muchos años realizándola. Nunca se sintió completamente satisfecho de haber logrado todo lo que deseaba, pero como lo había hecho antes, destinó largas horas a organizar los materiales, agregando aquí y allá donde pudo. Los investigadores de hoy tienen una profunda deuda de gratitud con él por haber guardado tanto material.
            Falcón debió haber preferido permanecer en su archivo, pero fue convocado una y otra vez para otras funciones. Su cuñado, Juan Bautista Gill, asumió la Presidencia de la República en 1874, en momentos en que la supervivencia del Paraguay como nación estaba muy cuestionada. Durante esos tiempos inciertos, oponer a los aliados uno contra el otro se transformó en una práctica habitual, pero sembrar intrigas entre los paraguayos fue aun más habitual. Gill tomó la posición de partidario de la ocupación brasileña, y logró empujar a Falcón cautelosamente, a su facción política.
            Con más de sesenta años a cuestas, Falcón se sintió incómodo, pero fiel a las formas, hizo lo que se le ordenó. Durante esa década, ya sea que Gill estuviese en el poder o no, su cuñado continuó prestando servicios. Ayudó a organizar la administración municipal en Asunción y presidió el Superior Tribunal de Justicia. Ejerció funciones de senador y Ministro de Relaciones Exteriores durante breves periodos. Y estaba siempre ansioso por retornar a sus libros y a sus documentos.
            Los brasileños tuvieron éxito en su objetivo básico de asegurar la supervivencia de Paraguay, pero sea por indiferencia, o por abandono, dejaron el país tan dañado y desesperanzado como nunca antes. La corrupción se filtraba en todos los niveles del gobierno en la posguerra, de una manera que hubiese impactado al mariscal López. No existía orden en el campo y por primera vez el crimen urbano se transformó en un asunto que debía tomarse en consideración. La economía no se recuperó por más de una década. En cuanto al liberalismo, que Falcón había esperado que reemplazara la tiranía del mariscal, éste también fue sacrificado por una aparentemente interminable lucha por el poder político. El asesinato del presidente Juan Bautista Gill en 1877 fue sólo una pincelada en un cuadro político absolutamente funesto, y nos queda el interrogante acerca de cuándo fue que Falcón, como Cándido, decidió cuidar su propio jardín.
            Quizás su trabajo más relevante en medio de todos estos problemas fue en el campo de la diplomacia, donde su memoria fotográfica resultó útil nuevamente. Preparó el reclamo legal del Paraguay a la región del Chaco Boreal, que fue exitosamente presentado por Benjamín Aceval en Washington en 1878. Falcón también participó en las negociaciones de paz con Argentina, y finalmente ocupó un lugar en la comisión internacional que determinó la procedencia de los reclamos pecuniarios que surgieron a raíz de la guerra.
            Durante ese tiempo, también escribió el borrador de sus memorias o apología. A pesar de que nunca fue publicado, su mensaje central de patriotismo, enmarcado por una insistente advertencia sobre los peligros del autoritarismo, es tan vigente hoy como lo era en la década de 1870: "tomen ejemplo los pueblos y miren al espejo en que verán pintada la República del Paraguay en esqueleto, en escombros, en miserias y lo que es más, bajo la presión extraña, para que no descuiden entregar sus destinos como el Paraguay a manos de un tirano que la posteridad maldiga eternamente". Éste fue su legado al país y al mundo.
            José Falcón murió en Asunción en la mañana del 12 de enero de 1881, en su casa, cerca de la Catedral. Fue enterrado el mismo día en el cementerio de La Recoleta. Como todo lo demás en su vida, su fallecimiento fue encarado con calma, dignidad, un cierto desapego de los asuntos humanos, y un reconocimiento de que las tribulaciones humanas son como una gota de agua en un río infinito.


NOTAS

1.         Carlos R. Centurión, Historia de la Cultura Paraguaya (Asunción, 1961) I:280 señala que Falcón pertenecía a una familia incluida en esa clasificación.
2.         Una de los más coloridos -y más precisos- relatos de supervivencia dentro del sistema penitenciario del doctor Francia es el de Ramón Gill Navarro, Veinte años en un calabozo; o sea la desgraciada historia de veinte y tantos argentinos muertos o envejecidos en los calabozos del Paraguay (Asunción, 197?).
3.         Voltaire, Candide. La cacomonade, histoire politique et morale (Colonia, 1767).
4.         El Palacio Legislativo, que actualmente se encuentra frente a una de las principales plazas de Asunción, sin proponérselo revelaba la absoluta autoridad del Ejecutivo. Cuando fue diseñado, el Presidente López insistió en que cinco pórticos adornaren el edificio a la izquierda de la puerta principal, mientras que sólo cuatro lo adornasen a la derecha. El resultado desbalanceado iba en contra de todas las convenciones modernas sobre simetría arquitectónica, pero sirve para ilustrar lo poderoso que fue López.
5.         John Hoyt Williams, The Rise and Fall of the Paraguayan Republic, 1800-1870 (Austin: University of Texas Press,1979), p. 132; y también: Thomas Whigham, The Politics of River Trade. Tradition and Development in the Upper Plata,1780-1870 (Albuquerque, 1991), PP. 105-196.
6.         Barbara Potthast-Jutkeit, `Paraíso de Mahoma"o `País de las mujeres"?: el rol de la familia en la sociedad paraguaya del siglo XIX (Asunción, 1996). Se ha argumentado que las mujeres tenían a su cargo todo el trabajo de campo aun antes de la guerra, pero esto no fue así sino hasta fines de la década de 1860, cuando la escasez de mano de obra masculina lo hizo absolutamente necesario, y en ese entonces los bueyes requeridos para la siembra habían sido requisados con fines militares. Por tanto las mujeres, además de cultivar sus jardines, desarrollaron hasta entonces, por lo general, labores que no demandaban mucho esfuerzo. Jerry W. Cooney, "Economy and Manpower: Paraguay at War,1864-1869", en Hendrik Kraay and Thomas L. Whigham, eds., I Die with My Country. Perspectives on the Paraguayan War,1864-1870 (Lincoln and London, 2004), pp. 36-37.
7.         Peter A. Schmitt, Paraguay and Europa: die diplomalischen Beziehungen unter Carlos Antonio López and Francisco Solano López, 1841-1870 (Berlín; 1963).
8.         Juan E. O'Leary, La alianza de 1845 con Corrientes: aparición de Solano López en el escenario del Plata (Asunción, 1944).
9.         En relación con los negocios de las mujeres López, ver, por ejemplo, el "Contrato de Juana Carrillo de López y Pedro D. Moreno". Asunción, 13 de enero de 1864, en Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación, volumen 3266.
10.       Sobre esta generación más joven (en la cual Falcón pudo haber tenido influencia), ver Michael Kenneth Huner, "Jóvenes on the Edge of the Storm: Paraguayan National Pride Before the War of the Triple Alliance,1858-1865". Escrito presentado en la XII Conferencia del Institute for Latín American Studies Student Association, Austin, Texas, 14 de febrero de 2002.
11.       Las tres hijas eran Edelmira Falcón Gill, quien falleció soltera; Ana María Falcón Gill, quien se casó con Cirilo Solalinde (de destacada actuación política durante la posguerra) y Joaquina Falcón Gill, quien se casó con el argentino Narciso Acuña Lezica (autor de un relato inédito sobre la vida pública de su suegro). José W. Colnago Valdovinos, "Datos genealógicos correspondientes a los hombres representativos de la Epopeya Nacional", Historia Paraguaya 12 (1967-1968), p.187. El hijo, José Luis Falcón, sirvió como soldado durante la guerra de 1864-1870 y murió víctima de una enfermedad y desnutrición tres semanas después de Cerro Corá.
12.       Es conocido el relato de la advertencia que hizo en su lecho de muerte Carlos Antonio López a su hijo, en cuanto a que el Paraguay tenía muchos asuntos diplomáticos pendientes, y que él, Francisco Solano López, debía resolverlos con la pluma y no con la espada, "especialmente con Brasil". Estas palabras fueron absolutamente proféticas. Ver Fidel Maíz a M. L. Olleros, Arroyos y Esteros, 12 de septiembre de 1905, citado en M. L. Olleros, Alberdi a la luz de sus escritos en cuanto se refieren al Paraguay (Asunción, 1905), p. 341.
13.       Entrevista con Carlos Pusineri. Asunción, 25 de octubre de 1987.
14.       Una parte sustancial del archivo se perdió en los siguientes meses, y muchos documentos fueron transferidos a la colección personal del Vizconde de Río Branco, cuyos herederos donaron los materiales a la Biblioteca Nacional en Río de Janeiro. Muchos de los documentos, aunque no todos, fueron devueltos al Archivo Nacional de Asunción en el Paraguay en la década del 1980. Ver Hipólito Sánchez Quell, Cincuenta mil documentos paraguayos llevados al Brasil (Asunción, 1976).




LOS ESTUDIOS DE JOSÉ FALCÓN
SOBRE LOS LÍMITES DEL PARAGUAY


                                                                       RICARDO SCAVONE YEGROS

            Al concluir el año 1870 la República del Paraguay, con una nueva constitución política y un gobierno electo formalmente por la representación popular, debía aún encarar las negociaciones de paz y límites con los países de la Triple Alianza, tras una guerra desigual de más de cinco años que redujo su población a la mitad, arrasó sus recursos económicos y eliminó de hecho su fuerza militar.
            Las negociaciones pendientes no podrían desarrollarse, en tales circunstancias, ni con libertad, ni en condiciones equitativas. Los vencedores ocupaban militarmente el territorio del vencido, intervenían en su política interna y reclamaban el pago de grandes indemnizaciones por los gastos y perjuicios causados por la conflagración.
            La independencia del Paraguay y la preservación de una parte de su territorio quedaron de todos modos bajo el amparo de las diferencias que surgieron entre los gobiernos de Argentina y Brasil. El Imperio había retomado resueltamente en la fase final de la guerra los objetivos de mantener la existencia de la República del Paraguay a toda costa y de impedir que Argentina expandiera su territorio hasta el Chaco Boreal.1
            Así, por impulso del Brasil, los aliados permitieron el establecimiento de un Gobierno Provisorio en Asunción, cuando el presidente Francisco Solano López aún resistía en el interior de la República; y tras la conclusión de la guerra, suscribieron con ese gobierno, en junio de 1870, dos protocolos por los cuales el Paraguay aceptó "en el fondo" el Tratado de la Triple Alianza, aunque reservándose la facultad de "proponer y sustentar, relativamente a los límites, cuando se tratare de los ajustes definitivos, lo que [estimase] conforme con los derechos de la República". 2 De esta manera, el gobierno paraguayo no estaría obligado a consagrar sin discusión las aspiraciones territoriales que los aliados consignaron en el tratado de mayo de 1865.
            Los derechos del Paraguay tendrían empero que demostrarse por medio de documentos que acreditasen el dominio o posesión legal de los territorios disputados, y esos documentos no estaban completos ni ordenados cuando se firmaron los protocolos de junio de 1870. Una gran parte del archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores había caído en poder del Brasil, y mucha documentación se perdió durante las mudanzas y saqueos. Desaparecieron, como escribió Benjamín Aceval, "en el torbellino de la desastrosa guerra de cinco años que ha consumido [al Paraguay] sin dejar, puede decirse, piedra sobre piedra" 3
           
            INVESTIGACIONES ANTERIORES A LA GUERRA

            En esos momentos en que se volvía prioritaria la preparación de las discusiones de límites, regresó al país tras varios meses de destierro en el Brasil, el ministro José Falcón. Nacido en 1810 en Asunción, era hijo de padre gallego y madre paraguaya, y descendía por ésta de "los primeros descubridores y pobladores del Paraguay".4 Se contaba que desde sus primeros años demostró "gran afición al estudio y por todos los medios a su alcance trató de instruirse".5 Durante la dictadura del doctor Francia se había radicado en Santa Rosa de las Misiones, bajo la protección de su tío Bernardo Pérez Grance, un rico hacendado de la zona, y en 1844 ingresó al servicio público como Oficial de la Secretaría del Gobierno, en la administración del presidente Carlos Antonio López. Posteriormente ocupó los cargos de Juez de Paz de la Catedral, Juez del Crimen, Juez del Crimen en Segunda Instancia, Ministro de Relaciones Exteriores y Ministro de Gobierno. En 1854 se le encomendó organizar y dirigir el Archivo Nacional, en el que trabajó por muchos años, convirtiéndose en el mayor conocedor y estudioso de sus fondos documentales. Durante la Guerra contra la Triple Alianza fue nombrado Ministro de Gobierno y acompañó en ese carácter al mariscal López hasta Cerro Corá, donde fue apresado por las fuerzas brasileñas.
            Falcón había sido pues uno de los principales colaboradores del presidente Carlos Antonio López y de su hijo. Pero los conocimientos que tenía del manejo de la maquinaria estatal no resultaban tan importantes entonces, como los que había adquirido por el estudio de la historia y de las cuestiones de límites entre el Paraguay y sus vecinos, sumergiéndose entre los papeles viejos del Archivo Nacional. Era por ello un hombre indispensable para la tarea de volver a ordenar ese repositorio, y para seleccionar los documentos que demostrasen los derechos del Paraguay sobre las tierras que le disputaban Argentina y Brasil.
            Reintegrado a la patria en noviembre de 1870, a principios de diciembre del mismo año el presidente Cirilo Antonio Rivarola lo designó como miembro de la comisión creada para revisar las casas fiscales; y en enero de 1871 le encargó la reorganización del Archivo Nacional. Falcón escribió poco después, tras constatar lo que había quedado, que el pueblo paraguayo guardaba en ese archivo "preciosos documentos, conservados desde su fundación", agregando que:

            El archivo que he tenido a mi cargo antes de la guerra por espacio de seis años, para mis apuntamientos históricos, me ha dado motivo más que suficiente para haber conocido su gran importancia, y lo destrozado que hoy se encuentra.
            [Este archivo] era la fuente donde se encontraban no solamente las cédulas, provisiones, órdenes y disposiciones reales de la Corona de España, sino también las poblaciones que desde el tiempo de la conquista se fueron formando sucesivamente; así como todos los acontecimientos ocurridos durante más de 300 años; los cuales hoy se encuentran sepultados en el abismo de la nada, sin que hasta ahora se hubiese merecido escribir una historia completa de este fértil y delicioso suelo, por la incuria y absolutismo de sus gobernantes.
            Se abocó igualmente a ordenar los títulos del Paraguay sobre los territorios controvertidos. A más de la documentación existente, utilizó los apuntes y copias que él mismo había efectuado con anterioridad. Un testimonio contemporáneo señala que varios documentos originales concernientes a la posesión del Chaco por el Paraguay desaparecieron durante la guerra, pero estaban transcriptos en "un trabajo hecho en el año 63 por el ciudadano paraguayo Don José Falcón, [quien] por autorización del Gobierno de la República escribió un compendio de nuestra historia en presencia de [esos] documentos originales". Tal trabajo fue encontrado incompleto en el Archivo Nacional.8
            El compendio documental aludido podría ser el que se conserva en la Colección Gondra de la Universidad de Texas, 9 cuya última parte se incluye en el presente volumen. Se trata de cuatro cuadernos de veintidós por treinta y cuatro centímetros, con alrededor de cuarenta fojas cada uno, escritos de puño y letra de Falcón e identificados con los números 2, 3, 5 y 7. Faltan por tanto el primero, el cuarto y el sexto. Los cuadernos 2 y 3 fueron escritos en papel sellado del año 1845 y reproducen documentación de la Junta Superior Gubernativa (1811-1813); el 5, redactado en papel común al igual que el 7, transcribe el acta del Congreso de 1813, correspondencia de los cónsules Yegros y Francia con el enviado de Buenos Aires Nicolás de Herrera, bandos y oficios de los cónsules, el acta del Congreso de 1814 que eligió al doctor Francia como Dictador de la República, decretos del gobierno dictatorial, y el acta del Congreso de 1816. A diferencia de los dos cuadernos anteriores, éste incluye, entre los documentos, algunos comentarios de Falcón, que se refieren específicamente a la elección del dictador Francia, y a la ejecución de españoles y de los involucrados en la supuesta conspiración de 1820.
            En cuanto al cuaderno 7, en las dos primeras fojas se alude aún a la gestión del doctor Francia, y después se rememora lo que ocurrió desde la muerte del dictador hasta la conclusión de la Guerra del Paraguay contra la Triple Alianza. Aunque también inserta documentación, esta última parte, finalizada sin duda después de la guerra, es rica en testimonios personales de José Falcón, uno de los más destacados actores civiles de esos años.10
            Al parecer, además de la mencionada compilación, relativa al periodo independiente, quedaron copias tomadas por Falcón de documentos más antiguos, referentes a los títulos territoriales del Paraguay.

            LA EXPOSICIÓN DE LOS LÍMITES CON EL BRASIL

            Como resultado de sus primeros trabajos, a mediados de enero de 1871 el ex ministro presentó una "Memoria del derecho que tiene la República del Paraguay a su territorio del Chaco",11 y en marzo siguiente concluyó otra, en la que abordaba la cuestión de límites con el Imperio del Brasil.
            En la memoria referente a los territorios disputados con el Imperio, Falcón explicó que se había propuesto recordar los hechos que acreditaban "el derecho que tiene la República del Paraguay a los territorios sobre los que ha sostenido el derecho de uti possidetis", y que se había valido para ello "de los pocos fragmentos de papeles que quedaron en las ruinas [del Archivo Nacional]". Fue escrita apresuradamente, siguiendo los Anales de Ruy Díaz de Guzmán y los argumentos expuestos en 1856 por el plenipotenciario paraguayo José Berges, en las negociaciones con el brasileño José María da Silva Paranhos. De todos modos, resulta un documento valioso para apreciar las ideas que comenzaron a difundirse entre los gobernantes del Paraguay con respecto a las aspiraciones territoriales que se debían sostener hacia el norte y nordeste.
            Falcón aludió en la memoria a la ocupación del Guairá en el siglo dieciséis, mediante la fundación en 1555 de la Villa de Ontiveros, "una legua más arriba del gran Salto del Guairá", y la de Ciudad Real, tres leguas más arriba de Ontiveros, tiempo después. Mencionó la expedición de Nuflo de Chávez al Itatín, y las fundaciones que se hicieron allí, sin especificarlas, así como las poblaciones que se establecieron luego en el Guairá, entre las que incluyó a Villa Rica del Espíritu Santo, la Candelaria, San Andrés de Mbaracayú, Ibirapiyará y Santiago de Jerez en la provincia de los Ñuarás, "que es nuestra frontera norte". Se refirió después a las hostilidades de los "portugueses paulistas", y sus continuos asaltos a los pobladores del Guairá, con la captura de indios de las reducciones, "hasta irlos aniquilando y obligarles a abandonar sus establecimientos". Aclaró empero que el abandono de esas tierras no implicó su desamparo, y que nunca se había permitido que los portugueses asentaran allí población alguna, para cuyo fin "frecuentaban los españoles sus corridas en los campos de Jerez, de donde fueron lanzados [los portugueses, en] dos ocasiones que se encontraron con principios de población".
            Para acreditar el celo puesto en la conservación de los territorios del norte, Falcón resumió actuaciones practicadas en 1741 que documentaban una expedición en los años previos hasta los ríos Ypitá y Mbotetey, adelante del río Yaguarí, es decir hacia la población destruida de Santiago de Jerez, así como declaraciones de portugueses según las cuales siempre se había considerado como territorio de Portugal el "de Jerez adelante hacia el naciente y norte" y que las tierras "desde dicha ciudad de Santiago de Jerez al poniente y sud hasta dar con el río Paraguay pertenecían al Rey de España". Señaló de todas maneras que España y Portugal nunca pudieron acordar "una línea divisoria fija y permanente" y que dejaron pendiente el problema de la definición de los límites a los nuevos Estados constituidos en el siglo diecinueve.
            Se ocupó luego de los actos posesorios posteriores a la emancipación del Paraguay. Mencionó la misión de Correa da Cámara y la exigencia que le hizo el dictador Francia en cuanto al reconocimiento de los límites, que él fijaba en los ríos Jaurú y Blanco, destacando que el enviado brasileño expresó tanto en 1827 como en 1829 su disposición de "satisfacer las reclamaciones del Gobierno del Paraguay". Reprodujo seguidamente, a la letra, la exposición y las réplicas del plenipotenciario del Paraguay consignadas en los protocolos de la negociación de 1856 sobre límites con el Brasil. Repitió así que el Imperio no podía fundar su pretensión de fijar la frontera en el río Apa en los tratados hispano-lusitanos respectivos, que no "aclararon las dudas", porque estaban rotos y carecían de valor; y que tampoco podía invocar el uti possidetis, por no haber poseído hasta la guerra el territorio comprendido entre los ríos Apa y Blanco. Reafirmó por tanto la posición paraguaya en torno al uti possidetis que existía al producirse la emancipación, según la cual los límites eran el río Ivinheima o Ygurey por el lado del Paraná y el río Blanco por el lado del Paraguay, unidos "desde sus cabeceras en donde nacen" por las sierras de Amambay y Mbaracayú. En apoyo de lo anterior mencionaba la expulsión de los portugueses de Ygatimí, la fundación del Fuerte Borbón, el establecimiento de un campamento en la margen izquierda del río Paraguay frente a dicho Fuerte Borbón u Olimpo, la posesión reconocida del Paraguay hasta Bahía Negra, la expulsión de las fuerzas brasileñas del Pan de Azúcar en 1850 y el rechazo de partidas exploradoras enviadas desde el puesto brasileño de Miranda por las guardias paraguayas asentadas sobre el río Apa.
            Falcón expresaba que, como estaba "a la vista de todo el mundo", "no han existido poblaciones antes de la reciente guerra, que [pudiesen] dar derecho al Brasil, como señal de posesión" sobre el territorio controvertido. Agregó que el Imperio había "tentado muchas veces crearse un derecho que no tiene, con las poblaciones clandestinas en las tierras disputadas, y de donde fueron lanzados cuantas veces lo han hecho". Al concluir, expuso lo siguiente:

            Hoy con motivo de la guerra y del triunfo que alcanzaron sus armas sobre nuestra desgraciada patria, habrán puesto ya [los brasileños] sus establecimientos, para venir a imponernos en el tratado definitivo que se espera, la obligación de reconocerles como propios del Brasil, toda la derecha del Apa, y aun en las presentes circunstancias en que se encuentra el Paraguay, podrán pretender hasta el corazón de la República, para que de este modo queden perfectamente cumplidas las escandalosas estipulaciones del tratado secreto de 1° de mayo de 1865.
            Si desisten los aliados de las inicuas estipulaciones de dicho tratado secreto, ¡bienvenidos sean! que les esperamos con un abrazo fraternal; pero si obstinados pretenden llevarlas a la letra, prevalidos de nuestra situación: en hora buena, repártanse de nuestros despojos; pero no encontrarán un solo paraguayo que quiera poner su firma ignominiosamente, para darles el colorido de legalidad a sus actos.

            Esta memoria, como se dijo, fue escrita con notoria prisa y se basó en muy escasa documentación de archivo. En su mayor parte reprodujo la exposición realizada por el plenipotenciario Berges quince años antes. No obstante ello, se la debe apreciar como un aporte para la toma de conciencia acerca de los derechos territoriales del Paraguay, y como una reafirmación de las posiciones defendidas tradicionalmente por el país, desde antes de la guerra.
            En octubre de ese mismo año 1871, en vísperas la llegada de los representantes designados por Argentina, Brasil y Uruguay para la discusión de los acuerdos definitivos de paz y límites, José Falcón fue nombrado Ministro de Relaciones Exteriores por el presidente Rivarola. El historiador argentino Ramón J. Cárcano, citando a un testigo contemporáneo, escribió que el ministro Falcón era considerado en esos momentos como un hombre "laborioso y reposado, celoso de la integridad y soberanía paraguayas", y el único "en condiciones de discutir las pretensiones territoriales del Imperio".13
            Pero la negociación no se desarrolló en la forma prevista debido a que los aliados tuvieron dificultades para armonizar sus respectivas posiciones. La mayor diferencia fue la referente al tratamiento de las cuestiones de límites. El plenipotenciario argentino, Manuel Quintana, sostuvo que, si bien el Paraguay podía exhibir sus títulos territoriales, el aliado afectado por las exigencias paraguayas era el único juez "de su justicia y admisibilidad", añadiendo que los demás no podían exigirle "reconocimientos o concesiones de una sola pulgada de los límites establecidos", y que debía mantenerse "la más perfecta solidaridad entre todos los aliados" ante cualquier desinteligencia que surgiera al respecto. El representante brasileño, barón de Cotegipe, se opuso a este último planteamiento y declaró que en consecuencia sólo le quedaba "el arbitrio de iniciar con el Gobierno Paraguayo, si éste conviniere, los ajustes de los tratados peculiares al Brasil". Ante eso, el representante argentino anunció su retiro de Asunción, y formalizó la negativa de su país a que se abriesen negociaciones con la República del Paraguay antes de resolver las disidencias suscitadas entre los aliados. Declaró además que su gobierno desconocería todo arreglo que se celebrara separadamente.
            Quintana partió sin explicar al gobierno paraguayo el motivo de su retiro, aunque manifestó la confianza en que durante su ausencia se suspendería "todo procedimiento acerca de las negociaciones pendientes con los aliados". 15 No obstante ello, tras resolverse problemas que surgieron en la política interna, con la aceptación de la renuncia del presidente Rivarola y el acceso al gobierno del vicepresidente Salvador Jovellanos, se abrieron las negociaciones con el Brasil, siendo designados como plenipotenciarios el ministro Falcón y el senador Carlos Loizaga.
            Falcón sostuvo entonces los títulos del Paraguay a los territorios disputados con el Imperio. Desde Río de Janeiro, el ministro José María da Silva Paranhos calificó de "insólita" su pretensión de debatir sobre los límites, y al barón de Cotegipe le llamó la atención que el negociador paraguayo reprodujera los argumentos de Solano López en torno a la controversia territorial.16 Lo cierto es que José Falcón sólo cumplió su deber, dejando constancia de una posición histórica que difícilmente podría prosperar en las condiciones en que se hallaba el Paraguay.
            Al final, el propio ministro allanó el camino, y renunció a la cartera y a la plenipotencia invocando disparidad de criterios con su colega Loizaga, quien encontraba más razonable acceder a las propuestas brasileñas.17 El gobierno de Jovellanos aceptó la renuncia, y los límites se definieron en la forma que deseaba el Imperio.
            La actitud que asumió Falcón estuvo determinada por su propia trayectoria en el servicio público. Había sido por muchos años un funcionario leal y eficiente, que ajustaba sus actos a las orientaciones del gobierno al que servía. No era hombre de partido ni de exponer sus ideas personales a la opinión general. En la discusión con el Brasil hizo lo que un buen burócrata sabe hacer. Proporcionó los argumentos para la defensa de los derechos del país y ejerció responsablemente esa defensa. Pero le faltó el respaldo político necesario para continuar. Ante eso, reconoció la realidad y respetó las razones del gobierno, guardando silencio. Sin embargo, se negó a llevar a la práctica con su nombre y su prestigio una decisión que contrariaba sus convicciones íntimas.

LA EXPOSICIÓN DE LOS LÍMITES CON ARGENTINA

            Los tratados que celebraron el Paraguay y el Brasil en enero de 1872 produjeron un delicado conflicto entre los aliados. La República Argentina pidió explicaciones al Imperio, por lo que calificaba como una violación grave del Tratado de la Triple Alianza, y decidió formalizar la ocupación de las tierras en disputa, designando un Gobernador del Chaco con sede en la Villa Occidental (actual Villa Hayes), ocupada por tropas argentinas desde 1869, y que los paraguayos consideraban parte indisputable de su territorio.
            El vicepresidente Jovellanos emitió, junto con sus ministros, una protesta altiva en contra de dicha decisión, y José Falcón se valió de la coyuntura para escribir un artículo en el que sintetizó los derechos del Paraguay al territorio chaqueño.18 En ese escrito, firmado simplemente por "un paraguayo", sostuvo que la Argentina pretendía consumar por la fuerza una usurpación contra "un pueblo inerme, destituido de todo recurso para defender sus más sagrados derechos territoriales".
            El gobierno argentino mantuvo su decisión y, con el propósito de restablecer el entendimiento con el Brasil, acreditó al general Bartolomé Mitre como plenipotenciario en Río de Janeiro. En esos momentos, le tocó a don José Falcón asumir por última vez el Ministerio de Relaciones Exteriores, Lo hizo por instancias del ministro Gregorio Benites quien, antes de ausentarse para cumplir una misión oficial en Europa, propuso en Consejo de Ministros que se encargase la atención de la cancillería durante su ausencia al señor Falcón, a quien calificó poco después como un "hombre patriota, ilustrado y de grande experiencia en los asuntos [públicos]". Resuelto el relevo en la forma señalada, el nombramiento se concretó a principios de julio de 1873.19
            En noviembre de 1872 los representantes de Argentina y Brasil firmaron un protocolo, por el cual los dos países ratificaron la vigencia del tratado de alianza de 1865, y el Brasil asentó su disposición de cumplir "todas las obligaciones recíprocas [impuestas por el mismo] a los aliados". El Imperio obtuvo por su parte que el plenipotenciario argentino reconociera la validez de los tratados brasileño-paraguayos de enero de ese año, y precisó que sólo se comprometía a cooperar "eficazmente con su fuerza moral" para que las Repúblicas Argentina y Oriental alcanzasen "un acuerdo amigable con el Paraguay".
            Resueltas las diferencias con el Brasil, el gobierno argentino consideró pertinente gestionar los arreglos definitivos con la República del Paraguay, y envió para el efecto a Asunción al mismo general Mitre. Falcón ya no intervino directamente en las negociaciones que se iniciaron con dicho plenipotenciario, pues renunció al Ministerio en febrero de 1873, por razones de política interna. Colaboró, no obstante, con el nuevo ministro, el señor José del Rosario Miranda, en la preparación de la defensa de los derechos del Paraguay a los territorios pretendidos por la Argentina.
            Es seguramente de esta época, o un poco anterior, la "Memoria Documentada de los territorios que pertenecen a la República del Paraguay", que se publica en el presente volumen. El manuscrito original de dicha memoria, de puño y letra de Falcón, se encuentra en la ya mencionada Colección Gondra de la Universidad de Texas,21 y existe una copia, tomada por Estanislao Zeballos a fines de la década de 1880, en la Colección Gill Aguínaga del Instituto de Historia y Museo Militar, del Paraguay. Se deduce de su texto que fue redactada en 1872.
            Es una exposición de los títulos paraguayos sobre el Chaco, las Misiones, y las tierras de Pedro González y Curupaity, elaborada sobre la base de documentos del Archivo Nacional. Incluye además listas de los Obispos y Gobernadores del Paraguay, "por hallarse citados muchos de ellos en los documentos anexos, y en la relación de [la] memoria"; y reproduce, con breves pero muy significativos comentarios, el tratado de la triple alianza, las observaciones que hicieron a su respecto Juan Bautista Alberdi y cierta prensa argentina, así como la protesta del Perú contra ese tratado. La copia de la protesta peruana no se conserva con el manuscrito de la memoria pero, respetando la intención del autor, se la ha insertado al final, según texto publicado en edición oficial.22
            La memoria va precedida por un prólogo, en el cual José Falcón dejó constancia de que la misma era el resultado de los "asiduos trabajos" consagrados por él a la recolección y examen de los documentos que quedaron en el Archivo Nacional, para "conservar ilesos y con la claridad posible los derechos territoriales de la República del Paraguay". Explicó también que había resuelto complementar la memoria con información que, aunque no se refiriese directamente a las cuestiones de límites, guardaba relación con la historia del país. Se dividía por tanto en cinco capítulos; el primero se ocupaba del Chaco; el segundo, de las Misiones; el tercero, de las tierras de Pedro González y Curupaity; el cuarto, "de la conquista del Paraguay por el tratado de alianza"; y el quinto, de lo que él designaba como la protesta de los Estados americanos. Complementaban a la memoria al menos 75 anexos documentales.
            La exposición de Falcón sobre los títulos es fundamentalmente histórica, aunque se funda toda ella en el principio de que los límites entre los Estados americanos debían fijarse de acuerdo con el uti possidetis de 1810, es decir, según la delimitación administrativa vigente al momento de producirse la independencia. Presenta por tanto los derechos de la República del Paraguay documentando su dominio o posesión histórica sobre los territorios controvertidos.
            En cuanto al Chaco, sostuvo que el Paraguay lo había poseído desde los tiempos de la conquista, recordando que se hicieron esfuerzos donde entonces para reducir y evangelizar a los indígenas que habitaban esas tierras, y que en muchas ocasiones se los intentó contener o pacificar por medio de "corridas y continuas armadas". Señaló que en 1585 los vecinos del Paraguay fundaron la población de Concepción del Bermejo en el Chaco Austral, que permaneció "en buen estado de prosperidad" Basta que se consumó la división de la Provincia en 1620, y pasó a depender de Buenos Aires. Afirmó que la división dejó al Paraguay en posesión del Chaco hasta la margen izquierda del río Bermejo y que tras la completa destrucción de Concepción en 1631, el territorio chaqueño permaneció abandonado por "los argentinos por más de un siglo". En contrapartida, en la segunda mitad del siglo dieciocho la Provincia del Paraguay impulsó y costeó el establecimiento de las reducciones de Timbó, Remolinos, Naranjay y Melodía a la derecha del río de su nombre, y del Fuerte Borbón más al norte, con aprobación expresa del Rey de España, y dentro de la demarcación de su Obispado, que era también la de la Provincia, según lo determinado por la Real Ordenanza de Intendentes del Virreinato de Buenos Aires, de 1782. Mencionó además algunas expediciones despachadas en el último siglo de dominio hispánico, que atravesaron el Chaco, así como las diversas guardias y poblados que se levantaron después de la independencia, sin oposición de la Argentina. 23
            Sobre el territorio de Misiones indicó, en síntesis, que de los treinta pueblos fundados por los jesuitas desde el río Tebicuary hasta más allá de la margen izquierda del Uruguay, trece estuvieron por largos años a cargo de la Provincia del Paraguay y diecisiete al de la Provincia de Buenos Aires, salvo un periodo de casi sesenta años en el siglo dieciocho. Refirió seguidamente que en 1803 todos los pueblos se pusieron bajo un gobierno único, que no dependía del Paraguay ni de Buenos Aires, y que ese gobierno se agregó luego al de la Provincia del Paraguay cuando en 1806 Bernardo de Velazco asumió la conducción de esta Provincia sin dejar su cargo de Gobernador de las Misiones. Tal era la situación cuando se produjo la independencia, y por tanto el Paraguay se encontraba entonces "en posesión legítima" de los pueblos de Misiones.
            Finalmente, y pese a que no estaban en discusión, Falcón expuso también los títulos paraguayos sobre los campos situados a la derecha del Paraná, conocidos como de Pedro González. Explicó así cómo se fueron introduciendo los correntinos en esas tierras, hasta establecer incluso un piquete de guardia en Curupaity, y las resistencias que se opusieron a dicha ocupación, hasta que el tratado de octubre de 1811 restituyó de pleno derecho la posesión del Paraguay, que ya se había recuperado de hecho en 1810.
            Los últimos capítulos de la Memoria Documentada, como se señaló antes, hacen referencia a la Guerra del Paraguay, y los juicios que asentó Falcón entre los documentos transcriptos deberían ser leídos con particular atención, porque reflejan los sentimientos de quienes veían ocupada y sometida a su patria.
            Este estudio tiene pues el doble interés de ser una exposición histórica apoyada en fuentes primarias y de constituir una evaluación, breve y superficial por cierto, de las causas y consecuencias de la Guerra contra la Triple Alianza. Falcón redactó la memoria con un estilo correcto, en general, aunque recurriendo en exceso a largas oraciones que, por su extensión, y a veces por su mala construcción, no ayudan a resaltar la profundidad de su contenido. Natalicio González apuntó certeramente que a la labor intelectual de José Falcón "le falta brillo y sobra solidez",24 y efectivamente, en esta memoria puede apreciarse, por encima de las imperfecciones del estilo, la solvencia de la exposición y la calidad de las fuentes utilizadas. Sus conclusiones en cuanto a los derechos del Paraguay al Chaco fueron ampliadas y completadas por los "doctores en límites" que se abocaron en las décadas siguientes, con erudición y capacidad, al estudio de la materia, pero no fueron desmentidas en lo sustancial.

EL LEGADO INTELECTUAL DE JOSÉ FALCÓN

            Los estudios de Falcón sobre los límites con la Argentina sirvieron para la preparación del contra-memorándum con el cual el gobierno del Paraguay contestó el memorándum dejado por el plenipotenciario argentino Bartolomé Mitre, al cerrar su misión diplomática en Asunción. En ese documento, fechado en octubre de 1873 y firmado por el Ministro de Relaciones Exteriores José del Rosario Miranda, se reprodujo parte de la memoria de Falcón, con ligeras correcciones formales y de orden. No obstante, el contra-memorándum no se limitó a exponer los títulos territoriales, sino que dio una respuesta más completa a los señalamientos del general Mitre, y tiene por consiguiente su propio valor. 25
            Lo mismo puede decirse de la memoria que el representante del Paraguay, doctor Benjamín Aceval, presentó en 1878 al Presidente de Estados Unidos de América, en su carácter de árbitro para resolver la controversia con la Argentina por el dominio de la zona del Chaco comprendida entre los ríos Pilcomayo y Verde.26  En ese escrito se aprovecharon también las investigaciones del ex ministro Falcón, y se le anexaron los documentos seleccionados por él, aunque el doctor Aceval completó esos trabajos con un amplio e inteligente uso de la bibliografía disponible, y con razonamientos jurídicos que facilitaron sin duda la decisión a favor del Paraguay. El propio plenipotenciario argentino, doctor Manuel R. García, reconoció la contundencia de la documentación presentada por los paraguayos; y en un banquete que se ofreció con motivo del regreso del ministro Aceval, éste pidió un brindis por Falcón, diciendo que a su "laboriosidad se debió en gran parte el triunfo de la causa paraguaya". 27
            Tras dejar la cancillería en febrero de 1873, Falcón siguió prestando servicios al país. Fue Presidente de la Junta Económico-Administrativa de la Capital, de agosto de 1873 a mayo de 1874, fecha esta última en que renunció a dicho cargo y al de Jefe del Archivo Nacional. Desde diciembre de 1874 desempeñó la Presidencia del Superior Tribunal de Justicia; y en ese tiempo integró igualmente las comisiones designadas para estudiar la reforma de la Constitución, para elaborar un proyecto de Código Civil y para ocuparse de la fundación y sostenimiento del Colegio Nacional.
            Tras el asesinato de su cuñado el presidente Juan Bautista Gill, y debido a que el vicepresidente Higinio Uriarte asumió la Presidencia de la República, Falcón fue electo en mayo de 1877 como Presidente de la Cámara de Senadores, a la que se había incorporado poco antes. Ejerció ese cargo hasta el inicio del nuevo periodo constitucional en noviembre de 1878. Después, continuó como senador por la Catedral y Recoleta hasta su fallecimiento en 1881.28
            En cuanto a sus escritos, en este libro se recogen tres de ellos, que permanecían inéditos. En primer lugar, se inserta lo que se decidió denominar "Apuntes y documentos históricos", y que es sólo la última parte del compendio de historia del Paraguay al que ya se hizo referencia. Catalogado equivocadamente como "Correspondencia del Dictador Francia al Delegado de Itapúa sobre el Cónsul Brasilero Correa da Cámara",29 el manuscrito pudo ser identificado gracias a la curiosidad y pericia del investigador estadounidense Thomas L. Whigham, a quien tanto deben los estudios históricos sobre el Paraguay. A pesar de no estar firmado, y de que falten el inicio y algunos cuadernos, está escrito con la letra y el estilo inconfundibles de Falcón.
            Seguidamente se transcribe el diario que José Falcón llevó durante su cautiverio y destierro en el Brasil, al término de la Guerra contra la Triple Alianza. En este caso, no se pudo encontrar el documento original, y hubo que recurrir a una copia, en apariencia bastante fidedigna, perteneciente al doctor Alfredo Boccia Romañach, quien la facilitó con toda generosidad por gestiones del recordado historiador Alberto Duarte de Vargas, fallecido recientemente y que colaboró en forma activa para concretar esta edición. El texto reproducido está lleno de datos de carácter personal y familiar que refuerzan la confianza en su autenticidad.
            Sobre la "Memoria Documentada" se ha dado suficiente información en párrafos anteriores.
            En la transcripción de los tres textos se modernizó la ortografía, salvo en el caso de nombres propios, en que se entendió preferible reproducirlos de la manera en que fueron escritos. Se extendieron las abreviaturas, conservando la puntuación original y el uso de mayúsculas y minúsculas. Los subrayados se transcriben en cursivas.
            Debe advertirse por último que es muy posible que los escritos reunidos en este volumen sean sólo una parte de los que dejara José Falcón al morir. Carlos R. Centurión en su Historia de la Cultura Paraguaya apuntó que quedaban de él "la colección de sus discursos, artículos periodísticos y memorias, así como un estudio de la Constitución de 1870". Recordó además que en el año 1872 Falcón había editado un Almanaque de la República del Paraguay y, sin precisar que sólo se trataba de una memoria sobre límites, agregó que "el original de sus Memorias se encuentra en el archivo particular de Juan Bautista Gill Aguínaga, juntamente con la encuesta levantada, en 1888, por Estanislao S. Zeballos, referente a la guerra contra la triple alianza". 30 Se puede añadir que en la década de 1940 Natalicio González incluyó en el plan editorial de la "Biblioteca Paraguaya", que comenzó a publicar en Buenos Aires, un libro en el que pretendía reunir, bajo el título de Monografías, obras de Falcón, José Segundo Decoud y Benjamín Aceval.
            Esta edición, que aparece seis décadas después de aquella iniciativa, es la primera en libro de los trabajos de carácter histórico compuestos por don José Falcón, un destacado estudioso del pasado del Paraguay en el siglo diecinueve. Sin restar valor de manera alguna a la minuciosa compilación que hizo de documentos antiguos y a los testimonios que dejó sobre el tiempo en que le tocó actuar, puede afirmarse que sus condiciones de historiador se aprecian por sobre todo en las investigaciones que efectuó acerca de los límites del Paraguay. La consagración de años a esa tarea le permitió ofrendar a la patria, sin cálculos ni reservas personales, un cúmulo enorme de informaciones y documentación, recogidos con probidad y perseverancia, que facilitaron la defensa de la integridad territorial del país y determinaron que ella pudiera consolidarse por la fuerza del derecho.

NOTAS
1.         Francisco Doratioto, Maldita Guerra. Nueva historia de la Guerra del Paraguay (Buenos Aires, Emecé, 2004), pp. 401-402.
2.         Protocolo sobre Acuerdo Preliminar de Paz y Protocolo para arreglar la modificación del Protocolo del 2 de junio de 1869, Asunción, 20/07/1870. Enrique B. Bordenave y Leila Rachid (Comp.), Colección de Tratados y Actos Internacionales de la República del Paraguay (de 1811 a 1885) - Con países americanos, 1 (Asunción, Instituto Paraguayo de Estudios Geopolíticos e Internacionales - Biblioteca de Estudios Paraguayos, 1989), pp. 76-80.
3.         Benjamín Aceval, Chaco Paraguayo. Memoria presentada al árbitro (Asunción, Talleres Nacionales de H. Kraus,1896), pp. 3-4.
4.         José W. Colnago Valdovinos, "Datos Genealógicos correspondientes a los hombres representativos de la Epopeya Nacional". Historia Paraguaya, 12 (Asunción, Academia Paraguaya de la Historia, 1967-1968), p. 187.
5.         Eduardo Amarilla Fretes, El Paraguay en el Primer Cincuentenario del Fallo Arbitral del Presidente Hayes (Asunción, Imprenta Nacional, 1932), pp. 125-127.
6.         Lista de cargos ocupados por José Falcón. Instituto de Historia y Museo Militar, Colección Gill Aguínaga, según datos facilitados por la historiadora Liliana Brezzo. Falcón fue designado como Ministro de Gobierno de Francisco Solano López en el segundo semestre de 1868. Cfr. Efraím Cardozo, Hace cien años. Crónicas de la Guerra de 1864-1870, 10 (Asunción, Ediciones Emasa, 1972), p. 89. Según Silvestre Aveiro, antes de dicho nombramiento se le daba el trato de ministro aun sin tener a su cargo repartición alguna, y se le había encomendado la tarea "de reunir los documentos relacionados con las cuestiones de límites", así como la organización del archivo. Silvestre Aveiro, Memorias Militares (Asunción, Imprenta Militar, 1986), pp. 45-46.
7.         José Falcón, Breve noticia sobre el estado mutilado del Archivo Nacional del Paraguay. Colección Manuel Gondra, Universidad de Texas en Austin (en adelante MG), 2101j.
8.         José del Rosario Miranda, "Contra Memorándum sobre cuestiones de límites entre la República del Paraguay y la Argentina", Asunción, 31/10/1873. Aceval, Memoria... cit., pp. 133-134.
9.         MG 2034 y 2035.
10.       No es imposible que estos papeles, salvo la última parte, hayan sido conservados durante la guerra por el mismo Falcón y que no sean los que se encontraron en el archivo. Sin embargo, el coronel Juan Crisóstomo Centurión anotó en sus memorias que, con motivo de la retirada de Azcurra, cayeron en poder de los aliados varias carretas, incluida una perteneciente al ministro Falcón, en la cual guardaba "un grueso volumen de apuntes para la historia del Paraguay que había sacado de los documentos públicos del archivo nacional cuando ejerció el cargo de jefe de aquella repartición", y que ya no pudo recuperar. Juan Crisóstomo Centurión, Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay, 4 (Asunción, El Lector, 1987), p. 95.
11.       Asunción, 16/01/1871. MG 2101 a. La memoria se ocupa también de los territorios de Misiones y Pedro González, y sirvió indudablemente de base para la "Memoria Documentada" a que se aludirá más adelante.
12.       José Falcón, Memoria sobre los límites con el Brasil. Asunción, 12/03/1871. MG 2101 d.
13.       Ramón J. Cárcano, Guerra del Paraguay. Acción y Reacción de la Triple Alianza, volumen 2 (Buenos Aires, Domingo Viau y Cía., 1941), p. 520.
14.       Protocolo N° 4, relativo a los ajustes definitivos de paz con la República del Paraguay. Asunción, 30/11/1871. República Argentina, Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores presentada al Congreso Nacional en 1872 (Buenos Aires, Imprenta Americana, 1872), pp. 84-95.
15.       Quintana al Ministro de Relaciones Exteriores del Paraguay, Asunción, 13/12/ 1871. Ibídem, p. 59.
16.       Francisco Doratioto, As relaçoes entre o Imperio do Brasil e a República do Paraguai (1822-1889). Brasilia, 1989 (Tesis de maestría, inédita). Según Jaime Sosa: "El señor barón fue más lejos: exigió imperiosamente la separación del señor Falcón por haberse atrevido a discutir los límites con él. Al señor [Juan B.] Gill [Ministro de Hacienda] díjole: échenlo a ese viejo, que yo me entenderé con el señor Loizaga". Jaime Sosa Escalada, Política brasilera en el Paraguay y Río de la Plata (Buenos Aires, Revista del Paraguay, 1893), p. 59.
17.       La nota de renuncia, de fecha 9 de enero de 1872, se conserva en la Biblioteca Nacional del Paraguay, Colección Juan E. O'Leary. Existió otra nota, sustituida por ésta o que no pasó de borrador, en la cual Falcón asentó que al inicio de las conferencias el ministro Cotegipe presentó los proyectos de acuerdos definitivos, "basados estrictamente en las condiciones del tratado secreto del l° de Mayo de 1865", y que "habiéndole hecho algunas observaciones y pedídole que declinara en parte sus pretensiones declaró que era su ultimátum". Agregaba luego Falcón lo siguiente: "no pudiendo avenirme con esta declaración, que es el cumplimiento de lo estipulado en ese tratado secreto para la conquista del Paraguay [...], y por consiguiente, considerando que firmando un tratado con tales condiciones, atraería sobre mi nombre la maldición eterna de nuestra posteridad; [...] no concordando con mi colega el señor Loizaga, me veo en la penosa pero indeclinable necesidad de pedir a usted [el vicepresidente Jovellanos] se sirva exonerarme de los plenos poderes que me ha confiado, así como de la cartera del Ministerio a mi cargo, porque como miembro del Gobierno tampoco podré firmar en contra de mi convicción cuando llegasen a realizarse dichos tratados en los términos propuestos". Este documento, que concuerda con el estilo y el pensamiento de Falcón, fue publicado originalmente por su yerno Narciso Acuña Lezica y está reproducido en: Arturo Brugada, "Don José Falcón. Su actuación pública". El Liberal, Asunción, 29/12/ 1923.
18.       Reproducido en la "Memoria Documentada".
19.       Gregorio Benites, Misión en Europa (1872-1874) (Asunción, Academia Paraguaya de la Historia - Fondee, 2002), p. 74. Los conceptos sobre Falcón en: Benites a Falcón, Londres, 8/02/1873 y Benites a Jovellanos, Londres, 2/04/1873. Ibídem, pp. 375 y 410.
20.       Protocolo relativo a los ajustes definitivos de paz con la República del Paraguay.
Río de Janeiro, 19/11/1872. Ministerio de Relaciones Exteriores [del Uruguay], Colección de Tratados, Convenciones y otros Pactos Internacionales de la República Oriental del Uruguay (Montevideo, Imp. "El Siglo Ilustrado", 1923), pp. 361-366.
21.       Catalogado como MG 64.
22.       Secretaría de Relaciones Exteriores [del Perú]. Correspondencia Diplomática relativa a la Cuestión del Paraguay (Lima, Imprenta de "El Progreso", 1867), pp. 30-36. Consta en la copia de Zeballos que la memoria, cuyo original estaba entonces en poder del doctor Benjamín Aceval, concluía con la reproducción de la protesta, que él no transcribió por ser muy conocida. La información sobre esta copia de la memoria fue proporcionada por la doctora Liliana Brezzo.
23.       Aunque no definió expresamente en la memoria la extensión del territorio chaqueño que correspondía al Paraguay, en un documento contemporáneo asentó que llegaba en el norte hasta una línea recta trazada de Bahía Negra al meridiano de los 63 grados 41 minutos y 30 segundos de longitud al oeste de París. En cuanto al límite en el sur señalaba simplemente que estaba dado por la prolongación del mismo meridiano "hasta encontrar la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay". José Falcón, "Reseña geográfica y financiera del Paraguay". Asunción, 27/04/1872. Archivo Nacional de Asunción, Sección Histórica, 356, legajo 20.
24.       Natalicio González, Letras Paraguayas (Asunción, Editorial Cuadernos Republicanos, 1988), p. 316.
25.       José del Rosario Miranda, "Contra Memorándum sobre cuestiones de límites entre la República del Paraguay y la Argentina", Asunción, 31/10/1873. Este documento, reproducido parcialmente en la Memoria de Aceval antes citada, puede encontrarse completo en: [República Argentina], Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores presentada al Congreso Nacional en 1874 (Buenos Aires, Imp. Lit. y Fund. de Tipos de la Sociedad Anónima, 1874), pp. 322-391.
26.       Washington, 20/03/1878. Aceval, Memoria... cit., pp. 3-99.
27.       García a M. Montes de Oca, Ministro de Relaciones Exteriores de Argentina, Washington, 14 y 19/11/1878. [República Argentina], Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores presentada al Congreso Nacional en el año 1879, 1 (Buenos Aires, Imprenta a vapor de La Nación, 1879), pp. 511 y 607-609; y Alfredo Viola, "Villa Hayes. Su origen y desarrollo". Historia Paraguaya, 34 (Asunción, Academia Paraguaya de la Historia, 1995), pp. 164-165.
28.       Registro Oficial y Diarios de Sesiones de la Cámara de Senadores correspondientes a los años mencionados; y Héctor Francisco Decoud, La Convención Nacional Constituyente y la Carta Magna de la República (Buenos Aires, Talleres Gráficos Argentinos L. J. Rosso, 1934), pp. 378-383.
29.       V. Carlos Eduardo Castañeda, Calendar of the Manuel E. Gondra Manuscript Collection (México, Editorial Jus, 1952), p. 321.
30.       Carlos R. Centurión, Historia de la Cultura Paraguaya, 1 (Asunción, Biblioteca "Ortiz Guerrero” 1961), p. 280. Señala también que Narciso Acuña Lezica, yerno de Falcón, dejó concluido un libro con el título de Diplomacia argentina en el Paraguay, en el cual, según Centurión, relataba la vida y obra de su suegro.






MEMORIA DOCUMENTADA
DE LOS TERRITORIOS QUE PERTENECEN
A LA REPÚBLICA DEL PARAGUAY


PRÓLOGO

            En el interés de conservar ilesos y con la claridad posible los derechos territoriales de la República del Paraguay, que me han suministrado los únicos despojos que se encuentran en este destrozado Archivo Nacional, y que hoy con motivo del total aniquilamiento de esta Patria, por la victoria que han obtenido las fuerzas aliadas sobre ella, pretenden quitarnos con el único infundado derecho del vencedor, lo que legítimamente hemos poseído desde las conquistas de estas regiones, he consagrado mis asiduos trabajos en recoger y examinar los restos mutilados de este sagrado depósito, que no ha escapado del voraz exterminio que sufrió este desgraciado país, para consignar en esta memoria el derecho que tiene el Paraguay sobre sus territorios injustamente disputados, fundado en la posesión antigua y títulos que suministran los documentos que irán anexos, copiados con toda fidelidad, para que el mundo imparcial juzgue según su mérito, de la justicia de nuestra causa.
            Amenizaremos la lectura de esta memoria con la descripción y anexión de algunos interesantes documentos, que aunque no conciernen con el propósito de ella, son dignos de consignarse en las páginas de la historia, por tener relación inmediata con los desastres de mi Patria, su heroica resistencia a un poder colosal, y también para reproducir lo que eminentes escritores han consagrado con su científica pluma a este respecto, con algunas noticias históricas, que todo irá dividido por capítulos. 


CAPÍTULO 1°
TERRITORIO DEL CHACO

§ 1º

            Es cosa muy sabida que desde la fundación de la Ciudad de la Asunción, Capital de la Provincia del Paraguay y Río de la Plata, por los españoles el año de 1536, ha poseído también el Chaco, porque los sacrificios y esfuerzos que hacían los conquistadores españoles, no se limitaban solamente a la izquierda del Río Paraguay, sino a procurar catequizar a los indios salvajes de una y otra orilla del Río; mas como los de la izquierda se presentaron más dóciles, y su territorio más adecuado para extender sus conquistas, continuaron hasta ir a poblar la Villa de Ontiveros, en la Provincia del Guairá al otro lado del Río Paraná, después Villa Rica del Espíritu Santo a esta parte, y sucesivamente Ciudad Real, sobre la izquierda del Paraná, y la ciudad de Santiago de Jerez a la costa del Río Yaguary aguas vertientes al Paraná, que después fue trasladada a la costa del Río Mbotetey aguas vertientes al Río Paraguay, que confronta con el primero.
            Desde esta época no han cesado los conquistadores de procurar con inmensos sacrificios de los vecinos de la Asunción reducir a los salvajes moradores del Chaco a la fe de Jesucristo, por medio de la predicación evangélica que se hacía por los ministros misioneros que mandaban continuamente para procurar la catequización y conversión de dichos infieles, que con frecuencia asaltaban a los moradores de esta Provincia, de donde se mandaban con frecuencia costosas expediciones al Chaco, ya para castigarlos, o ya para procurar su pacificación, según las órdenes continuadas que recibían los Gobernadores del Paraguay del Rey de España, para que procurasen por los medios pacíficos atraerlos, formándoles reducciones con sacerdotes catequistas hábiles, que los sujetasen y doctrinasen, inspirándoles confianza y cariño y el estímulo del trabajo, para ganarse el pan cotidiano y hacerles olvidar paulatinamente la vida errante y salvaje, como lo hicieron constantemente nuestros antepasados, con enormes sacrificios de sus vidas y fortunas, exponiéndolas siempre a la ferocidad indómita de tanta infinidad de tribus salvajes, que ocupaban y ocupan hasta hoy el vasto territorio del Chaco paraguayo.
            La población más antigua que ha tenido el Paraguay en su territorio del Chaco ha sido la Ciudad de la Concepción de Buena Esperanza del Río Bermejo, poblada el año de 1585 a la derecha del río de este nombre, a la altura de treinta leguas de su embocadura al Río Paraguay, por el Capitán Alonso de Vera y Aragón, que al efecto de poblar dicha Ciudad partió de la Asunción con los vecinos de ella, trasladándolos con armas, municiones, ganado vacuno, caballar y toda clase de víveres costeados por ellos mismos, y con el auxilio de los donativos que daban los demás vecinos, para estas empresas, sin gravar para nada al Real Erario.
            En la costa izquierda del mismo río Bermejo, y no muy distante de la Ciudad de Buena Esperanza, fueron después pobladas por los mismos vecinos de la Asunción algunas reducciones de los indios del Chaco, encomendadas a los propios vecinos, tales como la de San Bernardo, la de Santiago de Cangayé y la de nuestra Señora de Dolores.
            El Procurador de la Ciudad de la Asunción, Don Bernardino de Espínola, con el fin de hacer constar y perpetuar la memoria de la fundación de la citada Ciudad de la Concepción, en 1605, solicitó por sí y a nombre del Cabildo de la Asunción que representaba, verter una información de testigos fidedignos, o probanza verdadera ad perpetuam de la citada fundación, así como de los méritos y servicios que a su propia costa hacían los vecinos y moradores del Paraguay en las conquistas y diversas poblaciones que se habían hecho, ante el Gobernador del Paraguay entonces Don Fernando Arias de Saavedra, y admitiéndole dicha información por decreto de 5 de Noviembre de 1605, que le fue notificado por el Escribano de Gobierno Don Juan de Robles, presentó la lista de los testigos vecinos de la Asunción que debían ser juramentados y examinados al tenor del escrito de posiciones que presentó, y por el que debían ser interrogados, los cuales fueron el Capitán Don Juan de Espinosa, Don Juan Bautista Orona, Don Bartolomé de Liscano, Don Juan Miguel Quiñónez de Insaurralde, el Clérigo Presbítero Don Luis de Molina Administrador y Vicario General de esta Provincia, y Don Diego Vañuelos conquistador y poblador de estas Provincias, a los cuales se les recibió sus declaraciones juradas en distintos actos, por el tenor del interrogatorio presentado, resultando una perfecta uniformidad de las seis dichas deposiciones, en la relación siguiente:
            Que de esta Gobernación y Provincia del Paraguay salieron sus vecinos y moradores a poblar muchas ciudades como fueron Santa Cruz de la Sierra por Nuflo de Cháves; Ciudad Real, Villa Rica del Espíritu Santo y Provincia del Guairá por el Capitán Ruidías Melgarejo. Que la Ciudad de Santa Fe ha sido poblada por el General Don Juan de Garay, con los propios vecinos del Paraguay; que este mismo Garay pasó a la repoblación de la Ciudad y puerto de la Santísima Trinidad de Buenos Aires, habiéndolo acompañado en estas jornadas el testigo Don Juan de Espinosa con los vecinos y soldados de la Asunción, todos a su propia costa.
            Que la Ciudad de la Concepción de Buena Esperanza del Bermejo; fue a poblar el Capitán Don Alonso de Vera y Aragón, con los mismos vecinos y moradores de la Asunción, llevando toda la provisión necesaria de boca y armamentos, a costa de los propios vecinos, quienes también proveyeron de todo lo necesario al citado Capitán que encabezaba, parar sus gastos particulares, habiendo del mismo modo acompañado a esta expedición fundadora dos hijos del propio testigo Espinosa.
            Que la Ciudad de San Juan de Vera de las Corrientes ha sido del mismo modo poblada por el Licenciado Don Juan Torres de Vera, con los vecinos que al efecto llevaron de la Provincia del Paraguay, y que el mencionado testigo Juan de Espinosa anduvo en su compañía en dicha población, y que aun después lo acompañó hasta Buenos Aires. 
            El testigo Don Diego Vañuelos explica más, diciendo que Santa Cruz de la Sierra fue a poblar el General Nuflo de Cháves, por mandado del Capitán Gonzalo de Mendoza que en ese tiempo gobernaba la Ciudad de la Asunción.      
            Que por mandado del Gobernador del Paraguay Don Domingo Martínez Irala se poblaron Ciudad Real, Villa Rica del Espíritu Santo y Provincia del Guairá por el Capitán Ruidías Melgarejo.
            Que de la Asunción salieron el General Don Juan de Garay con los vecinos y soldados necesarios a poblar Santa Fe, siendo en esa sazón teniente de Gobernador el Capitán Suárez Toledo, y que el mismo Garay pasó a poblar Buenos Aires.
            Que Juan Torres Navarrete siendo Gobernador o su Teniente, mandó de la Asunción al descubrimiento del territorio del Chaco y reconocimiento del Río Bermejo, para la población que se proyectaba de la Ciudad de la Concepción de Buena Esperanza.
            Que la Ciudad de Santiago de Jerez ha sido poblada por el Capitán Ruidías de Guzmán con los vecinos de Ciudad Real y Villa Rica del Espíritu Santo, en la costa del Río Yaguary, que los españoles conocían y reconocían entonces por término o límite de las Coronas de España y Portugal, y que esto fue el año de 1593.
            Las deposiciones de los seis testigos nombrados arriba, coinciden perfectamente entre sí, con más o menos explicaciones sobre las fundaciones que quedan mencionadas.
            En 1595, siendo Gobernador Capitán General y Justicia Mayor del Paraguay y de toda la Gobernación del Río de la Plata Don Fernando de Zárate, Caballero del hábito de Santiago, y ausente temporalmente en las Provincias del Perú, nombró por su Teniente General de Gobernador y Justicia Mayor del Paraguay y toda su gobernación que se extendía entonces hasta el río de la Plata, al Capitán Bartolomé Sandoval Ocampos, que quedó en la Asunción ejerciendo dicho empleo, el cual informado de algunas necesidades en que se encontraban los pueblos de su dependencia, limítrofes con las Provincias de la Corona de Portugal, por el mes de Setiembre de dicho año 1595, pasó a visitar las Provincias del Guairá, Villa Rica del Espíritu Santo y la Ciudad de Santiago de Jerez, recién fundada, donde hizo todo aquello que le pareció convenir al real servicio, y al aumento y conservación de dichos pueblos y sus vecinos; que enseguida, a fin de sofocar las invasiones de los indios guaicurús del Chaco, que hostilizaban incesantemente las comarcas inmediatas de la Asunción, tuvo que pasar a la Concepción de Buena Esperanza del Bermejo, a sacar indios amigos allí reducidos, para auxiliar las expediciones que determinaba el Chaco, pero que no tuvo el éxito que deseaba por el espíritu exaltado en que encontró allí a los indios de esas reducciones.
            La Ciudad de la Concepción del Bermejo había continuado su permanencia en buen estado de prosperidad, bajo la dependencia del Gobierno del Paraguay hasta el año de 1620 en que el Rey de España tuvo a bien el dividir el territorio paraguayo que hasta entonces le comprendía todo el Río de la Plata; señalándole a Buenos Aires desde la Ciudad de la Concepción del Bermejo, con la de Corrientes y Santa Fe, quedándole al Paraguay todo el territorio de que estaba en posesión por sus conquistas y que no le fueron aplicados a Buenos Aires en esta separación, esto es desde el Río Bermejo al sud.
            Desde la época de la separación de territorios, fue en decadencia dicha Ciudad de la Concepción, hasta que en 1631 la asolaron completamente los salvajes del Chaco, con sus frecuentes asaltos, incendios y muertes, consiguiendo de este modo destruir completamente, juntamente con las demás reducciones de su inmediación, como se deduce de la Real Cédula dada en Madrid a 31 de Diciembre de 1662, que es referente a la Cédula de 1618, en que se había ordenado la separación de ambas Provincias. Véase el anexo número 1.

§ 2°

            El año de 1762, siendo Gobernador del Paraguay Don José Martínez Fontes, celebra tratado de paces con los indios Abipones del Chaco, y acuerdan con su cacique Deguachí establecer en la costa del Río Paraguay, hacia la parte del Chaco, en el paraje denominado Timbó, poco distante de la embocadura del Río Bermejo, donde estuvieron nuestras baterías en la guerra con los aliados. El citado Gobernador mandó inmediatamente establecer con inmensos sacrificios y donativos de los vecinos la reducción de dichos infieles, proporcionándoles mantenimientos, herramientas para trabajar, peones que le cultivasen la tierra, caserío hecho y una iglesia con la advocación de nuestra Señora del Rosario y San Carlos del Timbó.
            Esta reducción permaneció algunos años, pero después se retiraron los indios a sus antiguas guaridas, por su poca afición a las costumbres y ritos de la Religión Cristiana, habiendo sido sus doctrineros catequistas los Padres Jesuitas Don Lorenzo de la Torre y Don Martín Dobruhofes, como consta de los documentos anexos números 2 hasta 5.
            En el anexo número 4 determina el Gobernador Fontes dar cuenta al Rey de España, como lo hizo, según este importante documento, de la nueva Reducción, y entre otras cosas dice las significativas y textuales expresiones que siguen: "Y en esta atención, en consecuencia de lo que sobre las nuevas reducciones disponen las Leyes de Indias en nombre de Su Majestad, declara a dicha nueva reducción de indios Abipones, y otros de otras naciones vecinas que a ella se agreguen, por incorporada en su Real Corona, juntamente con todas las demás que de esa y otras naciones vecinas del Chaco se formaren dentro de esta Provincia a una y otra banda del Río Paraguay". Y las Cédulas de Su Majestad de aprobación de 1764 y 1765 que van señaladas con los números 6 y 7, y particularmente la del año de 1769 designada con el número 8.
            Para que los lectores juzguen los sacrificios que costaban al Paraguay la fundación y conservación de sus Reducciones en el territorio del Chaco, verán en el curso de esta memoria varias actas del Cabildo de la Asunción, en que pedían donativos al vecindario para este fin, como se evidencia por los documentos anexos números 9, 10 y 11.
            Desde su arribo al Gobierno del Paraguay que venía a ocupar en 1772, Don Agustín Fernando de Pinedo se ocupó de acordar con los indios del Chaco tratados de paces, realizando en efecto el acuerdo de establecerles una reducción formal en el paraje de "Remolinos" a la parte del Chaco, frente a poca distancia de la población de este nombre, que hoy es Villa Franca, con la nación de los salvajes Mbocobís, proporcionándoles con donativos del vecindario cuanto precisaran para el mantenimiento y labranza, con casas, doctrineros catequistas que lo fueron Fray Ramón Álvarez, Fray Justo Fleytas y otros sucesivamente, y una iglesia con la advocación del misionero San Francisco Solano.
            Esta población que tuvo principio el año de 1776 no pudo establecerse con firmeza por falta de recursos, hasta que después de la venida de Don Pedro Melo de Portugal a ocupar el Gobierno del Paraguay, se tomó el interés de fomentar y realizar el año de 1778, como se acredita por los documentos anexos números 12 a 15.
            Esta reducción es la que más sacrificios pecuniarios costaba a los paraguayos para mantenerla, y no obstante las continuas sublevaciones y disturbios de los indios, permaneció hasta los primeros años del gobierno de Francia, Dictador.
            El mismo Gobernador del Paraguay Don Pedro Melo de Portugal, en 1782, procede a la fundación de la otra reducción de indios Tobas del Chaco, en el partido de San Antonio costa abajo, hacia la parte del Chaco, a consecuencia de que dichos indios habían pedido con mucha instancia se les fundara una reducción donde pudiesen ser instruidos en los rudimentos de la Religión Cristiana. Este nuevo establecimiento, así como los anteriores, ha sido proveído de todo género de mantenimientos y demás necesidades para el cultivo de la tierra, hasta fomentar una estancia de ganados, para sustento de dichos indios, con los auxilios y donativos del vecindario, caserío, iglesia y doctrinero catequista que fue el Padre Fray Antonio Bogarín, cuya fundación consta de los documentos anexos número 16 a 19.
            Este mismo sacerdote Bogarín fue también sucesivamente cura catequista de otra reducción de la misma nación de indios Tobas a la parte del Chaco, en el lugar denominado "Naranjay" que en 1790 abandonaron dichos indios, retirándose al interior del Chaco, como lo tenían de costumbre, sin más motivo que el de su inconstancia y veleidad; pero que al siguiente año de 1791, siendo Gobernador Intendente del Paraguay Don Joaquín Alós, volvieron los mismos indios a esta última reducción, permaneciendo en ella por algunos años, retirándose después no obstante los favores y atenciones que se les prodigaba.
            En frente mismo de la Ciudad de la Asunción, Asensio Flecha, vecino de ella y poblador antiguo del Chaco, mantuvo por muchos años su establecimiento en él, con chacarerío y pastoreo, procurando siempre atraerse la voluntad y simpatías de los indios Guaicurús sus moradores, quienes sin embargo de las buenas y amistosas relaciones que mantenían entre sí, mediante los sacrificios que Flecha hacía para congratular una gente insaciable, que el día que no recibían regalos le llevaban cuantos animales se les proporcionaban, robando también sus sementeras, hasta que acosado de tantos perjuicios que recibía, tuvo que trasladarse otra vez a esta parte el año de 1798, siendo Gobernador Don Lázaro de Rivera.
            El clérigo catequista Don Francisco Amancio González, paraguayo, Cura del pueblo de la Emboscada, estableció también a su propia costa, con el auxilio de un corto donativo del vecindario, una grande reducción en el Chaco en el paraje denominado "Melodía", distante de la Asunción como seis leguas río arriba, donde hoy está poblada la primera "Villa Occidental", con los indios de diferentes tribus, a los cuales con su generosidad los había atraído en tanto número desde el año de 1786, que llegó a fundar su reducción de las naciones Lenguas, Cocoloth, Machicuís, Enimagas, Cochabotes, Pitilagas y Tobas, permaneciendo esta población en su auge hasta diez y seis años; pasado este tiempo, fueron dispersándose algunas tribus, por motivo de que al padre catequista se le había agotado su caudal propio, con que sostenía esta gran porción de indios haraganes que nunca han querido dedicarse al trabajo, y muy particularmente los "Machicuís" fueron los que permanecieron más de veinte años, hasta la muerte de su doctrinero; de este modo concluyó su pingüe patrimonio el citado catequista Don Amancio González, para ser arrebatado ahora por la fuerza el mismo lugar de tantos sacrificios, y ocupado sin ningún derecho por los argentinos. Los documentos relativos a esta fundación, que eran completos (con la aprobación del Rey), así como de los demás establecimientos del Chaco, que antes de la guerra los examiné con prolijidad en este archivo, hoy no se encuentran en él más que los pocos fragmentos de que hacemos mérito para acreditar nuestro buen derecho. Véase los anexos números 20, 21 y 22.
            El año de 1792, siendo Gobernador del Paraguay Don Joaquín Alós, determinó con noticia del Virrey de Buenos Aires establecer una fortaleza en la frontera del norte, territorio paraguayo, con el fin, no solamente de contener la usurpación de territorios españoles, en que se venían introduciendo los portugueses del Brasil, aumentando sus poblaciones en los dominios de España, sino también para demarcar con un monumento, que la izquierda y la derecha del Río Paraguay le pertenecía a éste de hecho y de derecho.
            En efecto, mandó con gente y todo lo necesario al Comandante Don José Antonio Zavala y Delgadillo, quien dispuso los trabajos y planteó el Fuerte Borbón hoy Olimpo a la derecha del Río Paraguay, en el lugar de los Cerros Tres Hermanos, poco más abajo de la embocadura del Río Blanco, y que en ese mismo año quedó concluido y ocupado con la guarnición paraguaya correspondiente. Éste es otro monumento que prueba hasta la evidencia nuestro indisputable derecho al territorio de la derecha del Río Paraguay en el Chaco, el cual permanece hasta aquí, y desde su fundación se ha mantenido en él constantemente una plaza militar. Véase los anexos 23 y 24.

§ 3°

            El Dictador Francia, luego que se tomó las riendas del Gobierno del Paraguay, para asegurar su territorio, mandó construir en el Chaco, costa abajo, cuatro fortalezas, porque las reducciones que se establecieron en él no existían ya, sólo la de Remolinos con poca gente, y éstas se denominaron Formoso, Orange, Monteclaro y Santa Elena, las cuales fueron guarnecidas con tropas militares todo el tiempo de su larga administración; cuya existencia se comprueba con las mismas correspondencias de Francia y sus respectivos Comandantes. Anexos 25 a 32.
            También siguen a estas correspondencias las más antiguas del tiempo del Gobernador Don Bernardo de Velasco respecto a la reducción de San Francisco Solano de Remolinos, signadas con los números 33, 34 y 35.
            En el Gobierno del primer Presidente de la República Don Carlos Antonio López, por los años de 1844 se fundaron a la derecha del río Paraguay los establecimientos de la población del potrero del Chaco, frente a esta ciudad, donde Asensio Flecha tuvo anteriormente su estalaje, con bastante caserío, iglesia con la advocación de San Venancio, población numerosa, tropas que le resguardaban y establecimientos de fábricas de materiales. En las costas del río Pilcomayo, puestos de estancias con bastantes pastoreos; y sucesivamente la Colonia "Nueva Burdeos", hoy primera Villa Occidental. Así es que jamás se ha abandonado por el Paraguay su territorio del Chaco, que le cuesta inmensos sacrificios.
            El Paraguay, a más de los dispendiosos gastos que hizo en poblar y sostener a su propia costa tantos monumentos como los que quedan relacionados, en su territorio del Chaco, no fueron menos costosas las expediciones que se mandaron a expensas de sus vecinos, a la pacificación de los salvajes moradores de él; fomento de la expedición exploradora del Río Pilcomayo por los Padres Jesuitas Patiño y Niebla en 1721, con dos embarcaciones, hasta distancia de más de 200 leguas.
            El viaje del Coronel Don José Espínola en 1794 para cruzar y reconocer el interior del Chaco, con una gruesa comitiva hasta salir a la Provincia de Salta, como lo hizo, volviendo a cruzar y reconocer a su regreso por distintos puntos ese territorio, con un diario minucioso de su viaje. Esta costosa expedición ha sido acogida favorablemente por el Virrey de Buenos Aires Don Nicolás de Arredondo, por la importante empresa que promovió y realizó el Gobernador del Paraguay Don Joaquín Alós, cuyo éxito favorable acredita las correspondencias señaladas con los números 36 a 40.
            El mismo Coronel Espínola fue enviado por el propio Gobernador Alós, poco antes de la anterior expedición, a explorar y reconocer las dificultades o conveniencias que hubiesen en el trayecto de la Villa de Remolinos, cerca de la que hoy es Villa Franca, rumbo al Noreste, hasta dar con el Río Bermejo, para abrir por allí un camino de comunicación con Salta, marcando los lugares en esta travesía del Chaco, para poner de dos en tres leguas piquetes que pudiesen resguardar a los viajantes del asalto de los indios sus moradores, como lo hizo, trayendo un largo informe circunstanciado de sus trabajos, que lo presentó al Gobernador Alós, y éste remitió a la corte de España con el proyecto, pidiendo para la ejecución algún auxilio de fondos, para ayuda de lo que los vecinos de la Asunción ofrecían dar, y que por falta de dicho auxilio no se realizó la empresa.
            En vista de lo que queda consignado en esta memoria, con el examen de los documentos de su referencia, ¿con qué derecho y fundamento es que pretende ahora el Gobierno de Buenos Aires despojar al Paraguay de su antiguo territorio del Chaco? ¿Qué monumento o señal de posesión ha tenido nunca en él, desde la embocadura de los Ríos Paraná y Paraguay hasta nuestra fortaleza de Olimpo y Bahía Negra? ¿Ni qué disposiciones documentadas del Rey de España podría invocar ni menos presentar, sin que al mismo tiempo se hubiesen comunicado al gobierno del Paraguay para su conocimiento, que pudiese favorecerle? ¿Acaso porque en 1618 se adjudicó por Cédula Real de esta fecha, llevada a efecto en 1620, al Gobierno del Río de la Plata, la Ciudad de la Concepción de Buena Esperanza del Bermejo, con su comprensión que estaba señalada naturalmente desde la derecha de la embocadura del Bermejo al sur, y cuya dominación sólo duró once años, hasta el de 1631 en que fue asolada completamente, quedando por consiguiente todo aquel territorio en su primitivo estado de desierto, puede servirle de suficiente título? Por eso el año de 1762 el Gobernador del Paraguay Don José Martínez Fontes estableció en el mismo territorio o departamento la reducción de Abipones, como queda demostrado, a costa y con inmensos sacrificios de los vecinos de la Provincia del Paraguay; de cuyo establecimiento, habiendo participado al Rey de España, obtuvo la aprobación por las Cédulas Reales anexas con los números 6, 7 y 8; y además la recomendación de continuar con dichas reducciones, según el texto de ellas.
            Es tan sabido que la Provincia del Paraguay desde su fundación en 1536, ha sido cabeza de la Gobernación de todo el Río de la Plata, hasta el año de 1620 en que el monarca español tuvo a bien dividir su territorio adjudicando a Buenos Aires la Ciudad de Santa Fe y Corrientes, hasta la Concepción del Bermejo.
            También es cosa sabida por los documentos que las Ciudades de la Concepción del Bermejo, Corrientes, Santa Fe, Buenos Aires y Santa Cruz de la Sierra han sido fundadas por los vecinos y con sacrificios de la Provincia del Paraguay, y sólo dejaron de pertenecerle a ésta después de la división de territorios del año 1620, desde cuya época le quedaba al Paraguay desde el río Bermejo, que no se lo había quitado. Y más tarde en 1762 el Gobernador Fontes volvió a recuperar el departamento de la Ciudad de la Concepción del Bermejo, que los argentinos abandonaron hacía más de un siglo, poblando nuevamente en él la reducción de Abipones, establecida a la derecha del citado río, cerca de su embocadura en el Río Paraguay, en el paraje de Timbó, en cuyas diligencias de fundación que van anexas, dice Fontes que la población de Timbó estaba dentro de los términos de la Gobernación del Paraguay, y que todas las poblaciones que se hicieren a una y otra orilla del Río Paraguay serían comprendidas del mismo modo; y dando cuenta a Su Majestad en estos términos obtuvo las Reales Cédulas de aprobación ya citadas; y aun proporcionándole doce mil pesos para estos fomentos, como consta de dichas cédulas.
            Desde la época de la fundación de dicha reducción del "Timbó", y esto sin tener en cuenta las anteriores costosas expediciones enviadas de la Asunción al Chaco, para su reconocimiento, pacificación y castigo de la indómita gente salvaje que lo habita, como se comprueba con el desastre de la desolación de nuestras primeras poblaciones de la derecha e izquierda del Río Bermejo fundadas en 1585 y destruidas en 1631, según se ha dicho más arriba; ya los Gobiernos y vecinos del Paraguay establecieron sus poblaciones en nuestro territorio de la derecha del Río Paraguay, sin interrupción, comprendiendo lo que hemos poseído y sostenido desde la confluencia del Río Paraguay con el Paraná, que es la demarcación señalada de uno y otro Obispado, mediante Real Cédula de 11 de Febrero de 1724, y que arribando al Norte va a buscar el monumento de Borbón en el Chaco, continuando hasta la Bahía Negra.
            Por la Real Ordenanza de 28 de Enero del año de 1782, que estableció las Intendencias de Ejército y de Provincias en el Virreinato de Buenos Aires, se demarca la comprensión de cada Provincia, y le señala todo el territorio de su respectivo Obispado, como se ve por el Real Despacho de 22 de Agosto de 1783, anexo número 41.
            El Gobernador Martínez Fontes muy terminante declara que el Río Paraguay de costa a costa le pertenecía a esta Provincia (anexo número 4), y no podía ser de otro modo por el derecho de conquista, y por el de haber poseído desde su fundación, como cabeza que ha sido de toda la Gobernación del Río de la Plata, y que nunca se la quitó el único dueño que era el Rey de España, aprobando más bien a todos los Gobernadores del Paraguay, así como al Padre Amancio González, las poblaciones que establecían dentro de su territorio del Chaco, como consta de las mencionadas Cédulas Reales.
            ¿Ni por qué se habían de exponer los Gobernadores y sus vecinos a hacer tantos sacrificios, como lo han hecho en la pacificación de tanta multitud de salvajes, y su población, si no estuviesen ciertos de que dicho territorio pertenecía de hecho y de derecho a la provincia del Paraguay?
            Se corrobora más este aserto con la real Cédula de 12 de Febrero de 1764 (anexo 6), dirigida al Gobernador del Paraguay, comunicándole lo que el Gobernador de Tucumán le había dicho sobre la apertura o descubrimiento del camino tanto tiempo deseado por el Río Bermejo al de la Plata, el cual dice: "He resuelto entre otras cosas que no se haga novedad en cuanto a la apertura del camino por el Río Bermejo al de la Plata...". ¿Qué necesidad tenía el Rey de España de prevenir al Gobernador del Paraguay el que no haga novedad a la apertura del camino por el Río Bermejo, si éste no estuviese en su territorio y le perteneciese de esta a la otra costa? Claro está que al Paraguay le pertenece de costa a costa el Río Bermejo, por la conquista, poblaciones antiguas de 1585, y después por la repoblación de 1762 con la Reducción de Timbó y otras que quedan mencionadas; y para evitar disensiones entre los Gobernadores de las Provincias de un mismo Virreinato, les previene no hagan novedad, cuando dichos gobernadores manden sus embarcaciones por el río que corre por su territorio.
            En el curso de esta memoria, he mencionado las diferentes poblaciones que sucesivamente y sin interrupción se han conservado en el Chaco paraguayo, desde el tiempo de los Gobiernos españoles hasta nuestros días; y sin embargo de que es un hecho de pública notoriedad, que negarlo sería como la negación de la luz que nos alumbra todos los días, esto no obstante léanse las correspondencias de los Comandantes de la fortaleza de la Reducción de Remolinos denominada San Francisco Solano, la de Naranjay, la de Abipones del Timbó, la de Melodía, y las fortalezas de Santa Elena, Monte Claro, Orange, Formoso y Borbón hoy Olimpo, que van en los anexos ya citados.
            En estas fortalezas, en 1842, hasta ha tenido lugar la celebración, el 25 de Diciembre, del acto solemne, ordenado por el Congreso Nacional, de la Jura de la Independencia, Soberanía e Integridad de la República del Paraguay, como territorio que le pertenecía, cuyas diligencias van anexas con los números 42 a 46.
            En 1845, se fundaron establecimientos valiosos en el territorio del Chaco frente mismo de la Ciudad de la Asunción, con numerosa población, fábrica de materiales, pastoreos en diversos puntos del Pilcomayo, así como en Melodía, donde más tarde en 1854 se fundó una colonia con la denominación de "Nueva Burdeos" cuyos colonos fueron costeados y traídos de Europa; y aunque no permaneció esta colonia, por motivos que no es de este lugar su reminiscencia, se conservó la población, dándole más expansión y pobladores , erigiéndola en Villa que se le denominó "Primera Villa Occidental".
            Estos son hechos del dominio público que han tenido lugar a vista y paciencia de todo el mundo. Entonces ya estaban abiertos los puertos de la República, y nadie, absolutamente nadie, ha pretendido embarazarle al Paraguay el justo título y derecho que tenía y tiene al territorio del Chaco, para continuar aumentando sus poblaciones, como se resolvió por deliberación de la representación nacional en el Congreso reunido en 1842.

§ 4º

            La Provincia del Paraguay, fundada como queda dicho en 1536, ha comprendido como Capital bajo su dominio y jurisdicción el territorio del Chaco, que lo ha poblado desde 1585.
            Cuando en 1620, ochenta y cuatro años después de la fundación de la Asunción, el Monarca Español mandó establecer el Gobierno y Obispado de Buenos Aires, separando del gobierno y jurisdicción del Paraguay el territorio que debía formar la Provincia de Buenos Aires, con la Santa Fe, Corrientes y Concepción, el Paraguay continuó reteniendo en la su jurisdicción todo el territorio de la izquierda del Río Bermejo, que expresamente no le fue quitado para ese nuevo gobierno, porque el Departamento de la Ciudad de la Concepción era en la derecha del mismo río, el cual por abandono de los argentinos en más de un siglo, según se ha dicho, el Gobernador Fontes en 1762 volvió a recuperar el desierto con la población de Timbó, declarando territorio paraguayo, que ha merecido la aprobación del Rey, por Cédulas anexas citadas, así que la presunción de derecho prevalece en toda su fuerza a favor del Paraguay, y la traslación de dominio es quien necesita y demanda plena prueba.
            La Independencia y Soberanía del Paraguay, reconocida por la Junta de Buenos Aires en 1811, se ha proclamado cuando este país tenía el dominio absoluto y posesión de todo el Chaco Paraguayo, lo mismo que el territorio de la izquierda del Paraná, desde el tiempo de la Monarquía Española, y por consiguiente es incontestable el título y perfecto derecho de soberanía que tiene a ambos territorios. Del de Misiones nos ocuparemos en capítulo separado, y respecto a lo demás véase el tratado de 1811 con Buenos Aires, designado con el número 47.
            El Chaco jamás ha sido demandado; y la República Argentina, desde su revolución de 1810, no ha intentado demarcación ni posesión ninguna de ese territorio, como se comprueba con el texto del citado tratado de 1811, en que Buenos Aires nada le mencionaba al Paraguay sobre su territorio del Chaco; por el contrario, el Paraguay desde su revolución de Mayo de 1811 ha continuado constantemente en plena y pacífica posesión del Chaco, manteniendo sus diferentes fortalezas, poblaciones y el Fuerte Borbón hoy Olimpo, fundado todavía por el Gobernador Alós del tiempo del régimen colonial en 1790, para que sea conocido el territorio paraguayo, y contener a los portugueses que se venían avanzando hasta fundar el Fuerte de Coimbra.
            Los documentos anexos de que hemos hecho mérito para probar hasta la evidencia el legítimo derecho que tenemos al territorio del Chaco, por la conquista, por la posesión antigua, fundaciones de pueblos y fortalezas en él, recomendaciones y aprobación del Rey de España, son más que suficientes para confirmar las verdades que hemos dicho, porque ellos manifiestan la veracidad de nuestro aserto, los títulos que nos favorecen, y la injusticia con que se nos quiere arrancar, prevaliéndose de nuestra debilidad.
            La República Argentina, convencida con sus conocimientos históricos, nunca ha pretendido hacer semejante despojo al Paraguay; pero ahora, para aprovecharse de sus trabajos de conquista y de la triste situación de este país, se muestra tenaz en su propósito de desmembrar nuestros territorios, lanzando el inclasificable decreto de 31 de Enero de este año 1872, para la creación de un gobierno en el territorio arrebatado a la fuerza, después de haber declarado oficialmente que la Victoria no daba derecho para despojar al vencido, sin ver, oír y discutir primero sobre los títulos en que cada uno funda y apoya sus derechos. El Paraguay descansaba en la confianza de esta solemne declaración, y no creía ver atropellados sus legítimos derechos; por lo que nuestro Gobierno, para salvar su responsabilidad ante la nación que le había confiado sus destinos, y para ante el mundo entero que nos observa, ha protestado solemnemente con data 18 de Febrero del mismo año, sobre ese acto violento de despojo, cuyos documentos, con el de un artículo publicado por un paraguayo a ese respecto, en 25 del propio mes, irán también anexos a esta memoria.
            Las observaciones que con profunda meditación hicieron los Gobiernos de los Estados americanos del Perú, Chile, Ecuador y Bolivia en su protesta de 9 de Julio de 1866, desconociendo el pacto secreto elaborado misteriosamente en el tratado de alianza de 1° de Mayo de 1865, para decapitar sin piedad al pueblo paraguayo, poniendo por pretexto a su tirano, se va cumpliendo todo al pie de la letra; y por tanto esos documentos se consignarán también en esta memoria, para que el mundo conozca con sus resultados.
            Las correspondencias que hemos mencionado y van anexas, sin embargo de encontrarse truncas, arrojan más que suficiente luz para esclarecer los esfuerzos y sacrificios que hacía el Paraguay en su territorio del Chaco, a más de los datos que quedan consignados. Por ellos se demuestra la satisfacción con que acogía el Virrey Don Nicolás de Arredondo en sus contestaciones a las participaciones del Gobierno del Paraguay, entonces Don Joaquín de Alós, sobre la importante empresa que promovió y realizó en 1794, mandando de aquí una fuerte expedición encabezada por el Coronel paraguayo Don José Espínola, a cruzar y abrir por el Chaco una vía de correspondencia hasta la Provincia de Salta, cuyo éxito favorable acredita el tenor de las citadas correspondencias.
            La Reducción de San Francisco Solano de Remolinos fundada en el Chaco, como queda dicho, permaneció hasta el año de 1817 en que el Gobierno del Dictador Francia, por los continuos robos y muertes que perpetraban los indios bajo la sombra de la paz, y con mañosa astucia, tuvo que retirarlos, pasándolos del Chaco al pueblo de Itapé en el interior; determinando luego fundar como lo hizo, costa abajo a la derecha del Río Paraguay, cuatro fortalezas que fueron conservadas con suficiente dotación de tropas militares hasta el año de 1845, en que el Gobierno de López los mandó trasladar a esta parte por conveniencia, para poblar nuevamente las estancias del Pilcomayo, el potrero Occidental con sus establecimientos de materiales y la nueva Burdeos, hoy primera Villa Occidental, que quedan ya relacionados.
            Para la Reducción de Melodía, habiéndose reunido el donativo que daba el vecindario, y entregado al Padre Cura de la Emboscada Don Amancio González, que poseía una fortuna más que regular, se hizo cargo de esta grande empresa, con motivo de que tenía mucho conocimiento en el Chaco, y simpatías con los indios infieles sus moradores, estableciendo muy pronto una gran población, seis leguas al norte de la Asunción en el Chaco, según más arriba se ha explicado; atrayendo a dicho establecimiento una infinidad de indios de diferentes tribus, constituyéndose el clérigo González catequista de ellos, afanándose y esmerándose en la conversión de tantos infieles, que en seis años tenía ya una porción considerable de convertidos y bautizados, sacrificando en esta obra cristiana hasta el último real de su pingüe patrimonio, pues que murió pobre después de haber sostenido esta reducción por espacio de cerca de treinta años, y sólo después de su muerte es que los indios se retiraron.
            Ante una demostración tan lógica, apoyada en la pública notoriedad de los hechos que quedan constatados, ¿no se asombraría cualquiera que viese en los periódicos argentinos la tamaña, pueril y maliciosa impostura de que el Paraguay le había usurpado su territorio del Chaco a Buenos Aires?
            La parte de ese vasto territorio que pertenece a la República del Paraguay jamás lo ha poseído Buenos Aires, porque desde la conquista de estas regiones se ha considerado dueño legítimo, y mucho más desde que con la aprobación del Rey, en el siglo pasado principió a fundar en él establecimientos que manifiestan bien claro el dominio que tenía a ese territorio. La adjudicación de la Ciudad de Buena Esperanza de la derecha del Bermejo a Buenos Aires, no le ha quitado al Paraguay su territorio de la izquierda del mismo río; y aun el departamento de la derecha que comprendía la Ciudad de la Concepción destruida, después de más de un siglo de abandono por los argentinos, el Paraguay volvió a poblar en él y obtuvo aprobación del Gobierno Español, creándose un nuevo derecho a ese territorio abandonado, hasta la confluencia de los ríos.
            ¿Y cuál es entonces la usurpación que dicen los porteños que se les hizo por los paraguayos de su territorio del Chaco? ¿En qué tiempo fueron violentados de esos territorios para que gratuitamente quieran acusar de usurpador? ¿Por qué no buscar más bien otro pretexto cualquiera para cohonestar con su ambición, ya que tienen tanto interés en perjudicar más y más al pueblo paraguayo, que no se contentan con su destrucción por ellos mismos, sin duda hasta verlo desaparecer?
            ¿Qué mejor título puede alegar el Paraguay que el de haber estado en posesión quieta y pacífica de sus territorios, desde antes de la separación de la Madre Patria?
            ¿No es éste pues el mismo título y derecho adoptado por los pueblos, como un derecho internacional moderno, para arreglar sus cuestiones de límites procedentes de un mismo padre?; y si esto no es así, ¿por qué al Paraguay se le niega tan escandalosamente sus derechos? Será porque así conviene a los intereses de sus vecinos.
            El pueblo paraguayo, que ha perdido casi por completo toda la riqueza de su Archivo Nacional, no desespera para justificar sus derechos territoriales, confiado en que los documentos que hemos encontrado entre los despojos del archivo y que acompañan a esta memoria, serán más que suficientes para que el mundo imparcial le haga justicia, siendo el principal título sobre que se apoya nuestro derecho el de la posesión pacífica no interrumpida, que nadie le podrá negar.

§ 5°

            Decreto del Gobierno Argentino sobre el Chaco Departamento de Relaciones Exteriores. Buenos Aires, Enero 31 de 1872. Considerando: Que es un deber del gobierno dar garantías eficaces a la vida y propiedad de todos los habitantes de la República.- Que la administración militar a que está sometida la Villa Occidental, y territorio anexo, no llena satisfactoriamente esas exigencias.- El Presidente de la República, en acuerdo de Ministros y mientras se resuelve lo conveniente por el Honorable Congreso,
Decreta:
Artículo 1°. Nómbrase al General Don Julio de Vedia Gobernador de los territorios del Chaco, con retención de su empleo de Comandante en Jefe de las fuerzas argentinas, durante su permanencia en el Paraguay.
Artículo 2°. El Gobernador del Chaco, con arreglo a las Leyes de la Nación, dirimirá todas las cuestiones administrativas que se promuevan con particulares, con apelación al Gobierno Nacional.
Artículo 3°. El Gobernador del Chaco convocará a elecciones a todos sus vecinos para que nombren una Comisión Municipal de seis individuos, cuya duración y atribuciones serán designadas por el Ministerio del Interior.
Artículo 4°. El Gobernador del Chaco residirá en la Villa Occidental y tendrá a sus órdenes la guardia militar que fuese necesaria.         
Artículo 5°. El Gobernador del Chaco propondrá la construcción de los edificios públicos necesarios para la educación y culto, y demás oficinas destinadas para el servicio de la administración.
Artículo 6°. La Secretaría del Gobernador del Chaco se compondrá de un Secretario con 200 pesos fuertes al mes, y de dos oficiales escribientes con 100 pesos uno.
Artículo 7°. El Gobernador del Chaco dependerá en el ejercicio de sus funciones del Ministerio del Interior, por el cual serán impartidas las instrucciones convenientes.
Artículo 8°. Comuníquese a quienes corresponda, publíquese y dése al Registro Nacional. Sarmiento, Dalmacio Vélez Sársfield. Carlos Tejedor. Luis L. Domínguez. Nicolás Avellaneda. Martín de Gainza.
            PROTESTA SOBRE EL ANTERIOR DECRETO

            El Gobierno de la República del Paraguay, en el deber de salvar los legítimos derechos de su Patria, usurpados por un acto arbitrario del Gobierno Argentino en que, por medio de un decreto se apodera del territorio del Chaco, apelando a la fuerza de las armas que emplea contra quien no puede resistir, hace su protesta ante el mundo civilizado y ante todas las naciones amigas contra el proceder incalificable del Gobierno Argentino.
            El Paraguay, al aceptar en su fondo el tratado de la triple alianza por el Protocolo del 2 de Junio, se reservó el derecho de dirimir sus límites con los aliados, según los títulos que cada una de las potencias presentara.
            El Paraguay, durante el Provisoriato en que quedó después de la guerra, y habiéndose constituido y dádose un Gobierno permanente, cada día esperaba tranquilo a los Plenipotenciarios de la alianza con el objeto de celebrar los ajustes definitivos de paz, comercio, navegación y límites.
            Felizmente ese día deseado por la República para afianzar su existencia política futura, llegó con el arribo de los tres plenipotenciarios aliados a esta capital.
            El gobierno los acogió placentero, y nombró sus Ministros plenipotenciarios para ajustar dichos tratados.
            Poco tiempo después se retira el Plenipotenciario Oriental manifestando que estaría conforme con los tratados que se celebraran.
            El Plenipotenciario Argentino sigue el mismo camino, sin explicar el motivo de su retiro, y concretándose a decir al gobierno de la República que no tratara con ninguno de los aliados durante su ausencia.
            Tan absurda pretensión departe del representante argentino no podía satisfacer al Gobierno, puesto que el Paraguay, como pueblo independiente y soberano, tiene el derecho de celebrar tratados con todas las potencias del mundo.
            No obstante, se limitó a comunicar al Plenipotenciario brasilero, y éste con toda satisfacción contestó al Gobierno de la República que por su parte no había inconveniente alguno para entrar en tratados.
            Las conferencias empezaron. El representante brasilero presentó las bases del tratado. El Paraguay hizo sus observaciones en virtud de las cuales se le reconoció por el Brasil sus justas pretensiones, y finalmente se ajustó y firmó un tratado definitivo de paz, límites, comercio, navegación y extradición, honroso para las dos altas partes contratantes.
            Si la República Argentina no ha entrado en tratados, no es del Paraguay la culpa; ella es bien conocida del pueblo.
            Ahora bien, el territorio del Chaco incontestablemente ha pertenecido al Paraguay, de tres siglos atrás, sin que la República Argentina jamás pretendiese semejante territorio. La primera vez que salió a luz la pretensión de ese dominio fue cuando apareció publicado el tratado de la triple alianza que fija la frontera de la República Argentina en la Bahía Negra.
            Los diplomáticos de la alianza, deseando salvar un principio internacional, modificaron el tratado primitivo, y celebraron con el Gobierno Provisorio de la República, los tratados preliminares de paz y los Protocolos del 2 de Junio, en donde se concede al Paraguay el derecho de la discusión y de la presentación de sus títulos.
            ¿Cómo pues el Gobierno Argentino sin oír al Paraguay da la sentencia a su favor declarando territorio nacional al Chaco, cuando ese territorio está disputado, y avanzando su injusticia hasta nombrar Gobernador?
            Claro está que ha violado los solemnes pactos internacionales.
            El Gobierno de la República del Paraguay ve en el Decreto del Gobierno Argentino una amenaza a su existencia política; un desconocimiento de sus derechos como nación soberana, independiente y libre; un ataque directo a su integridad territorial; y por último, mira como una conquista que hace, prevalido de la fuerza, a falta de títulos legítimos.
            El Paraguay, en presencia de sus documentos indisputables de propiedad, señorío y dominio que tiene sobre el territorio del Chaco, esperaba de la ilustración del Gobierno Argentino, que la cuestión de límites fuera resuelta en el terreno de una discusión tranquila, ventilada por la diplomacia en la región serena de los principios.
            Pero ante semejante Decreto, ya no queda duda al pueblo paraguayo de las ideas de absorción que tiene la República Argentina sobre el Paraguay, y es por esta razón que el Gobierno, cumpliendo su deber, protesta y no reconoce ni reconocerá el Chaco por territorio argentino, hasta que no se presenten mejores títulos que los que él posee.
            Dado en la Casa de Gobierno de la Asunción a los 18 días del mes de Febrero de 1872. Jovellanos. Benigno Ferreyra. Carlos Loizaga. Pedro Recalde.

§ 6°

ARTÍCULO CUESTIÓN DEL CHACO

            El Decreto exabrupto de 31 de Enero de 1872, dado por el Presidente de la Confederación Argentina, creando una nueva Provincia o Gobierno en la Villa Occidental del Chaco, territorio paraguayo sin disputa, es el atentado más inaudito cometido por el Gobierno Argentino contra la indefensa República del Paraguay. Ayer ha declarado ante el mundo, y firmado con sus mismos aliados en documento oficial, que ha visto la luz pública, y ha sido esparcido por todos los periódicos argentinos y paraguayos, de que la Victoria no daba derecho a las naciones para apoderarse de territorios ajenos, prevaliéndose de la Victoria, de la fuerza bruta, y de la indefensión del pueblo vencido; y hoy, borrando con el codo lo que ayer firmó con sus manos, decreta en contra de ese mismo principio que ha establecido y sostenido, y todo esto por ser a los hermanos de la desgraciada República del Paraguay, a quienes ha tenido siempre tanto cariño, hasta conquistarle su territorio, mendigando para ello aliados.
            La protesta de nuestro Gobierno, de 18 de Febrero de 1872, le dice bien claro a la faz del mundo, que es un atentado, un ataque directo a su integridad territorial, que ayer ha defendido con razones plausibles, y hoy se ataca sin consideración alguna, demostrando ser una conquista la que se le hace, prevaliéndose de sus fuerzas contra un pueblo inerme, destituido de todo recurso para defender sus más sagrados derechos territoriales; y que en otro tiempo no lo hubiera hecho contra el Paraguay.
            El pueblo argentino no tiene más derecho al territorio hoy disputado del Chaco que el de la fuerza bruta, y para crearse este derecho ha buscado aliados para destruir a este país, y en su estado de indefensión, caer sobre sus territorios.
            ¿Cuándo ha poseído el gobierno argentino un palmo de territorio en el Chaco Paraguayo? Voy a demostrarlo. La Provincia del Paraguay, primera fundación de estas regiones, ahora más de 300 años, era como tal, cabeza de toda la gobernación del Río de la Plata, y por tanto a ella le correspondía todo el territorio conquistado; entre ellos se comprendía el Chaco, pues tenía ya fundado en él, en 1585, la Ciudad de la Concepción de Buena Esperanza, a la derecha del Río Bermejo, y a la izquierda tres reducciones encomendadas a los mismos españoles vecinos de la Asunción, que fueron Nuestra Señora de los Dolores, la de Santiago de Cangayé y San Bernardo.
            Más tarde, en 1620, el Rey de España manda dividir este vasto territorio, creando dos Gobiernos, el del Río de la Plata, y el del Paraguay, señalándole a aquél desde la Ciudad de Buena Esperanza del Bermejo y Santa Fe, en la parte del Chaco, y en la otra desde la Ciudad de Corrientes; quedando por consiguiente el Paraguay en posesión de su territorio del Chaco, desde el Bermejo al sud, que no le fue adjudicado a Buenos Aires, desafiando a que no mostrará documento que justifique la adjudicación del territorio que hoy con violencia nos quiere arrancar. El Paraguay puede manifestar con hechos positivos y documentados (sin embargo de la destrucción completa de sus archivos) el uso que ha hecho de su territorio del Chaco, con las fundaciones, corridas y continuas armadas, que con crecidos gastos mandaba frecuentemente para la pacificación de los salvajes sus moradores. Esto es respecto al territorio de la izquierda del Bermejo, en que no cabe disputa alguna sobre el incuestionable y buen derecho que tiene el Paraguay a su territorio conquistado ahora más de tres siglos.
            El pueblo de Buenos Aires sólo pudiera haber disputado, aunque también sin fundamento, el territorio de la derecha del mismo Río Bermejo, por la adjudicación que se le hizo en 1620 de la Ciudad de Buena Esperanza, fundada en ese territorio; pero hoy no tiene ese derecho, ni aun en esa parte hasta la confluencia de los Ríos Paraná y Paraguay, que es exclusivamente comprensivo al territorio paraguayo. Lo demostraré.
            El pueblo de Buenos Aires ha tenido bajo su dominio la Ciudad de la Concepción de Buena Esperanza que le fue adjudicada, como queda dicho, hasta el año de 1631, en el que fue asolada a sangre y fuego por los indios salvajes, y por consiguiente destruida completamente, hasta quedar reducido a un desierto, en cuyo estado se mantuvo por abandono completo de Buenos Aires, hasta el año de 1762, en que habiendo transcurrido el largo periodo de 131 años, que estuvo en desierto y ocupado por los mismos salvajes, el Gobernador del Paraguay Don José Martínez Fontes de acuerdo con el Cabildo, Justicia y Regimiento de la Asunción, en junta general con los jefes militares y vecinos principales de esta Provincia, resuelven por acta de 10 de Noviembre de dicho año 1762, se vuelva a poblar el territorio del Chaco, Departamento que ha sido de la Concepción del Bermejo, con una reducción de los indios Abipones del Chaco, que al efecto habían solicitado con mucho encarecimiento; cuya resolución se llegó muy pronto a ejecutar, estableciéndose a la parte del Chaco en el lugar denominado Timbó, poco distante de la embocadura del Río Bermejo al del Paraguay, la Reducción de Nuestra Señora del Rosario y San Carlos del Timbó, como lo denominaron, con grandes sacrificios de los vecinos del Paraguay, porque estas conquistas y poblaciones se hacían puramente a costa del vecindario y con puros donativos de ellos mismos; tomando de este modo nueva posesión de su antiguo territorio, abandonado enteramente por Buenos Aires. De cuyo procedimiento el Gobernador Fontes da cuenta a Su Majestad el Rey de España, y éste en Cédulas Reales de 1764 y 65, le aprueba, manifestando la íntima satisfacción que ha tenido al recibir la comunicación que le anunciaba la nueva Reducción de los Abipones del "Timbó", y que era de su especial cuidado propender a esas fundaciones, reduciendo a esos salvajes al gremio de nuestra Sagrada Religión; y a consecuencia de esto declaró Fontes en documento auténtico que la Reducción de Timbó quedaba incorporada "a la Real Corona de Su Majestad, juntamente con todas las demás que de ésa y otras naciones vecinas del Chaco, se formaren dentro del territorio de esta Provincia, a una y otra banda del Río Paraguay".
            De este modo recuperó la Provincia del Paraguay su territorio de la derecha del Río Bermejo, que le fue quitado en 1620; y con aprobación del Rey y orden de éste se procuraron sucesivamente por los medios posibles las demás fundaciones; según todo consta de documentos auténticos que los tengo a la vista.
            A más de lo que queda dicho, el territorio paraguayo había sido declarado y arreglado ya, con anterioridad, hasta la confluencia de los Ríos Paraná y Paraguay en virtud de la Real Cédula de 11 de Febrero de 1724, en que ordenaba a los Obispos del Paraguay y Buenos Aires se arreglasen entre sí, sobre los límites de sus respectivas demarcaciones de lo que correspondía a cada Obispado; en cuya ocasión se resolvió y quedó reconocido el territorio hasta la confluencia de ambos Ríos, como se ha dicho, y consta también de documentos auténticos.
            Desde la época de la fundación de la Reducción de los Abipones del Timbó hasta nuestros días, el Paraguay ha continuado sus poblaciones, en diferentes puntos y épocas, sin abandonar jamás su territorio, que le costaba tantas víctimas y sacrificios pecuniarios, para sostener y conservar sus establecimientos que hoy se le quieren desconocer.
            Entre las publicaciones de los periódicos argentinos que han llegado acá, la más original por su desfachatez es la que dice, hablando del territorio del Chaco, que el Paraguay le había usurpado esos territorios, y que era preciso quitárselos otra vez, más que sea con el derecho del vencedor; esto está ya cumplido por el inclasificable Decreto "Sarmiento" de 31 de Enero de 1872 (Capitulo 1° § 5°), sobre que ha recaído nuestra justa indignación, y la terminante protesta de 18 de Febrero que cae sobre él para hacer valer sus derechos en oportunidad. Es tan ridículo eso de decir que se les había usurpado ese territorio que hasta causa vergüenza reproducirlo, porque no encuentro tiempo ni memoria alguna de que nuestro territorio del Chaco hubiese jamás pertenecido a Buenos Aires, para que se nos quiera acusar de usurpadores, calificativo que muy bien hoy se les aplica a ellos, por la conquista que pretenden hacer, pues no habiendo tenido los argentinos ni una sola población en nuestro territorio del Chaco, mal podía el Paraguay usurpárselo.
            Se comprende que la usurpación que quieren aplicar al Paraguay de territorios argentinos es un cálculo bien meditado de cohonestado pretexto para la apropiación de esas tierras a mano armada, como lo han hecho, con la seguridad de que su propietario no tiene un arma, ni está en circunstancias de oponerse a las fuerzas de sus conquistadores. Es tan sencilla y clara la cuestión del territorio del Chaco, en la parte que le corresponde al Paraguay, que sólo la ambición del Gobierno Argentino es capaz de buscar, aun sin haberlo poseído, medios de intrigar, para quitarnos ese territorio y hostilizarnos desde allí, por todos los medios que le sean posibles.
            Y a más de todo lo que queda dicho, el derecho internacional moderno, adoptado por las naciones civilizadas para dirimir sus cuestiones territoriales, favorece al Paraguay, porque él ha estado en posesión quieta y pacífica de esos territorios cuando la emancipación y separación de la madre Patria, y del mismo pueblo de Buenos Aires, en la revolución del Paraguay del año de 1811, en que se declaró libre e independiente de todo poder extraño, ajustando en consecuencia con Buenos Aires tratados solemnes, después de haberle reconocido su independencia y territorio.
            Juzgue pues ahora el hombre imparcial y el mundo entero sobre la justicia de nuestra causa, y si el pueblo de Buenos Aires tiene el derecho de decir, que el Paraguay le ha usurpado su territorio, en vista de las razones que quedan asentadas, y con documentos que mostrarán la evidencia de nuestro aserto.

                                   Asunción, 25 de Febrero de 1872.
                                   Un paraguayo, el mismo autor



CAPÍTULO 2°
TERRITORIO DE MISIONES

§ 1°

            Luego que se fundaron las doctrinas del Paraná y se erigieron en pueblos por los años de 1624 y 1628, se ordenó en varias Cédulas Reales de 1650 y 51, y particularmente en una de 15 de Junio de 1654, que los curas se propusieran en terna al Gobernador del Paraguay, Real Vice Patrono; así se verificó y recayó la aprobación del Rey en otra Real Cédula de 10 de Noviembre de 1659, a que es referente la del 24 de Diciembre de 1746, que dice: "Son 13 señaladamente los pueblos que siempre fueron de la jurisdicción del Paraguay..." y en otra extensa Cédula de 28 de Diciembre de 1743, que detalla minuciosamente, se confirma esta verdad. Véase el anexo número 48.
            Los trece pueblos de que vamos hablando han sido los ocho de la derecha del Paraná, a saber: Santa María de Fe, San Ignacio Guazú, Santa Rosa, Santiago, San Cosme y Damián, Itapúa, Trinidad y Jesús; y los otros cinco han sido los de la izquierda del Paraná, Candelaria, Santa Ana, Loreto, San Ignacio Miní, y Corpus; estos trece pueblos pertenecían al antiguo Departamento de Candelaria, y los vecinos del Paraguay obtuvieron encomiendas desde los primeros descubrimientos en los pueblos de la izquierda del Paraná, del citado departamento de Candelaria.
            El Gobierno de la Provincia del Paraguay ha conservado siempre el dominio del territorio que comprendía a los trece pueblos del departamento de Candelaria, así como el Gobierno de Buenos Aires también mantuvo bajo su dominio los otros diez y siete pueblos de indios de las Misiones Jesuíticas del Uruguay, que le correspondían, y eran visitados por sus respectivos Obispos, y del mismo modo eran los del Paraguay.
            Esto no obstante, hubo una época en que el Rey de España ordenó por su Real Despacho dado en San Lorenzo a 6 de Noviembre de 1726, que se agreguen los pueblos de la jurisdicción del Paraguay al Gobierno de Buenos Aires, por las textuales palabras que siguen: "Por tanto mando al Virrey del Perú, Audiencia de las Charcas, que luego que se le presente este real despacho, dé las más estrechas órdenes para que se ejecute lo que va expresado, de la segregación por ahora del Gobierno del Paraguay de los treinta pueblos de indios de la Compañía de Jesús, y que se pongan debajo del mando del Gobierno de Buenos Aires...". Anexo número 49.
            Desde que recibió el Gobernador del Paraguay la Cédula que contiene la anterior disposición del Rey, se desentendió de la incumbencia en el régimen administrativo de los treinta pueblos, hasta que en 1762 el Gobernador Don José Martínez Fontes hizo su representación al efecto de volver a unir al Gobierno del Paraguay los trece pueblos de su jurisdicción, agregados al Gobierno de Buenos Aires; y sucesivamente Don Pedro Melo de Portugal, cuyo resultado fue comunicarle a éste el Virrey de Buenos Aires Marqués de Loreto en oficio de 14 de Julio de 1784, el párrafo textual de dicho oficio, en los términos que siguen:
            "Ahora conforme a ella, y consiguiente a mi resolución de este día, he pasado en su fecha al Señor Intendente General Gobernador de esta Provincia mi oficio de quedar a su cuidado los diez y siete pueblos que corresponden a su distrito, y a Vuestra Señoría lo ejecuto por los trece restantes, sin que por esto quede yo menos pronto a ocurrir con los auxilios y superiores providencias, en lo preciso, dejando pasados los avisos que corresponden a los pueblos, al Protector de Naturales y al administrador de sus bienes...". Véase el anexo número 50.
            Esta ha sido la única interrupción que ha tenido el gobierno del Paraguay respecto a la posesión y dominio de los trece pueblos de su jurisdicción, que en 1784 se le devolvió y ha estado en posesión de ellos.
            Los treinta pueblos de las Misiones Jesuíticas de indios guaranís y tapés del Paraná y Uruguay, han estado siempre agregados a los Gobiernos del Paraguay y Buenos Aires, del modo que se ha dicho. Véase los anexos 70, 71, 72 y 75.
            El Monarca Español, por su Real Cédula fecha en Aranjuez a 17 de Mayo de 1803, tuvo a bien quitarle a Buenos Aires los diez y siete pueblos de las Misiones del Uruguay que le correspondían porque estaban bajo la dependencia de su gobierno; y al Paraguay también le quitó los otros trece pueblos, que le pertenecían desde su fundación y estaban asimismo bajo el dominio de sus gobernadores, según se ha dicho arriba; de los cuales reunidos formó un provincia separada con el nombre de "Provincia de Misiones", nombrando para su Gobernador a Don Bernardo de Velasco con entera independencia de los Gobiernos del Paraguay y Buenos Aires, sobre lo cual dice entre otras cosas la citada Cédula Real en el párrafo textual que sigue: "a cuyo fin he venido en conferir el gobierno militar y político que he tenido a bien crear por mi Real Decreto de 28 de Marzo de este año, al Teniente Coronel don Bernardo de Velasco, para que tenga el mando de los treinta pueblos de Misiones guaranís y tapés, con total independencia de los gobiernos del Paraguay y Buenos Aires, bajo los cuales se hallan divididos en el día, por ser tan importante la creación de un gobierno en aquel paraje..."; de cuyo gobierno se recibió el señor Velasco el mismo año; así es que en esa ocasión se le quitó al Paraguay su territorio que ocupaban los trece pueblos de su dependencia hasta el Río Tevicuarí, porque hasta allí alcanzaban los límites de las Misiones paraguayas; y a Buenos Aires los de una y otra banda del Río Uruguay, que correspondían a los diez y siete pueblos de su distrito; léase la Real Cédula anexa con el número 51, y oficio número 52.
            Sucesivamente el Virrey Marqués de Sobremonte comunica al Gobernador de Misiones Don Bernardo de Velasco, en oficio dado en Buenos Aires con fecha 24 de Marzo de 1806, que de Real Orden de Su Majestad era nombrado Gobernador militar y político e Intendente de la Provincia del Paraguay, con agregación de los treinta pueblos de las misiones de indios guaranís y tapés del Uruguay y Paraná. Con esta resolución del gobierno español, el señor Velasco pasa a recibirse del Gobierno del Paraguay, y lo anota el Escribano de Gobierno y Cabildo a continuación del mismo oficio original, diciendo: "Certifico, doy fe y verdadero testimonio que el Señor Don Bernardo de Velasco ha sido recibido y puesto en posesión del empleo de Gobernador intendente de esta provincia con reunión del de los pueblos de Misiones y prestó el juramento de estilo en el ayuntamiento. Y de mandato doy la presente en la Asunción, a 5 de Mayo de 1806...". Véase el anexo número 53.
            El mismo Virrey Marqués de Sobremonte, con data de Buenos Aires del 12 de Abril de dicho año 1806, dirige al Gobernador Intendente Velasco otro oficio, en que le dice: "Debiendo Vuestra Señoría ausentarse a servir el Gobierno e Intendencia de la Provincia del Paraguay, en virtud de lo resuelto por Su Majestad, reflexiono sobre la dificultad que se presenta de poder atender desde tanta distancia a los pueblos de Misiones guaranís, que quedan siempre bajo su mando, justamente en el tiempo más crítico de establecer su nuevo sistema de gobierno que no debe ya dilatarse, por ser uno de los estrechos encargos de Su Majestad cuyo cumplimiento insta y conviene... por esto que prevengo a Vuestra Señoría me proponga los medios que le sugieran su celo y conocimientos para acudir a dichos objetos, sin perjuicio de la dependencia que deben tener de Vuestra Señoría por la misma Real disposición...". Anexo número 54.
            En el propio mes de Mayo del año 1806, el provisto Gobernador Intendente de la Provincia del Paraguay con agregación del gobierno de los treinta pueblos de Misiones del Paraná y Uruguay, a consecuencia de los títulos que quedan relacionados y transcriptos, pasa a la Capital de la Asunción, y se recibe con toda solemnidad del Gobierno que le confiaba el Rey de España, según consta detalladamente de la acta acordada en cinco días de dicho mes y año, en la Sala Capitular, consignada bajo el número 55.
            Este mismo Gobernador Velasco permaneció en su gobierno intendencia del Paraguay y Misiones hasta el mes de Mayo de 1811, en que la Provincia se pronunció declarando su libertad; y en consecuencia fue depuesto Velasco por la Junta gubernativa que se creó la nación, y declaró la Independencia del Paraguay, siendo su voluntad pertenecerse a sí misma, sin reconocer ningún poder extraño.
            El Señor Velasco estaba en pleno goce y ejercicio de su jurisdicción gubernativa respecto a la Provincia del Paraguay y su agregada de las misiones de los treinta pueblos del Paraná y Uruguay, cuando le depusieron del mando los individuos que componían el gobierno nacional; y esto pasaba después de un año del pronunciamiento de Buenos Aires.
            ¿No es pues al Paraguay que pertenece el territorio de las misiones de los treinta pueblos del Paraná y Uruguay, que cuatro a cinco años hacía que el mismo Rey de España había agregado al gobierno de esta provincia, y que sin ninguna interrupción ni otra disposición ulterior, se levantó el grito de la Independencia en estos dominios que fueron de España, en circunstancias que el Paraguay estaba con la actual posesión de las citadas misiones? ¡Ninguno pues tiene el derecho que favorece al Paraguay respecto a la propiedad y dominio del territorio de las misiones del Paraná y Uruguay, puesto que el dueño se lo adjudicó, y no hubo otra disposición contraria que alterase este orden de cosas! ¿Y no es éste el mismo derecho que todos los pueblos del propio origen han invocado en su favor, en identidad de casos, como un título perfecto e incontestable? ¿Y no es el mismo con que se han arreglado los Estados americanos en sus cuestiones de límites territoriales? ¡Pobre pueblo paraguayo, que después de aniquilarlo y destruirlo completamente, por su debilidad le niegan hasta sus más justos títulos y derechos, para arrancarle por la fuerza sus territorios! Véase a este respecto el artículo publicado por un Paraguayo con data de 29 de Febrero de este año, sobre el territorio de Misiones, que irá a continuación de esta memoria.

§ 2°

            El territorio de la Provincia de Misiones que nos ocupa, no puede disputársele en manera alguna al Paraguay, por la fuerza y razón que tiene sobre su exclusivo dominio; a él le pertenece de hecho y de derecho, por los clásicos documentos a que nos referimos, porque el Rey de España, único dueño en 1803, quitando al Paraguay y Buenos Aires los pueblos que a cada uno pertenecía, mandó formar, como se ha dicho, una nueva provincia de todo ese vasto territorio del Paraná y Uruguay, con la denominación de "Provincia de Misiones", poniendo al frente de su gobierno a Don Bernardo de Velasco, con absoluta independencia de los Gobiernos del Paraguay y Buenos Aires; y en este estado de independencia en que estaba, tuvo a bien agregarlo al territorio paraguayo en 1806, sin que Buenos Aires tuviese ya en él arte ni parte, por habérselo quitado el que podía hacerlo, no favoreciéndole en nada absolutamente el dominio que tuvo anteriormente sobre los diez y siete pueblos del Uruguay, porque en la formación de la Provincia de Misiones de ambos territorios, declaró expresamente que era con entera independencia del Paraguay y Buenos Aires; y si esto no fuera así, el Paraguay estaría también en su derecho de reclamar todo el territorio que se le quitó en 1620, desde el Río Bermejo y Corrientes, aún como colonias suyas, para la formación y separación del territorio que debía comprender al nuevo Gobierno y Obispado de Buenos Aires.
            Desde que Don Bernardo de Velasco se recibió del gobierno del Paraguay con agregación de ese territorio en Mayo de 1806, quedó en posesión legítima de todos los treinta pueblos de ese departamento, con inclusión de los siete pueblos de la izquierda del Uruguay que fueron San Borja, San Nicolás, San Luis, San Juan, San Miguel, San Lorenzo y Santo Ángel, hasta que sobrevino la revolución del Paraguay en 1811, y cesó en el mando el señor Velasco, último gobernador español del Paraguay; lo que prueba perentoriamente que el gobierno de este país ha poseído los territorios en cuestión desde el tiempo de la monarquía española.
            No será también fuera de propósito manifestar las correspondencias que tuvieron los empleados de las Misiones con los Gobernadores Don Manuel Gutiérrez y Don Eustaquio Gianini Bentallol, que sustituyeron en el gobierno del Paraguay al Gobernador propietario Don Bernardo de Velasco, durante su ausencia en Buenos Aires y Montevideo. Ellas van designadas con los números 56, 57 y 58.
            Por los documentos que quedan relacionados y anexos a esta memoria, se comprueba hasta no dejar duda alguna, que en la época referida el territorio del los treinta pueblos de las Misiones del Paraná y Uruguay estaba exclusivamente bajo el dominio del Gobierno del Paraguay. Ahora continuaremos con la noticia comprobada por documentos que manifiestan el tiempo y forma como principió la Junta de Buenos Aires a quererse apropiar de ese territorio exclusivo del Paraguay, por la voluntad del Soberano que así lo determinó, y de la providencia que tomó en consecuencia el Gobernador Don Bernardo de Velasco, luego que volvió a su gobierno del Paraguay de las provincias de abajo.
            El primer paso que dio la expresada Junta de Buenos Aires para quitarnos el territorio de Misiones ha sido nombrar Gobernador interino de ella al Coronel Don Tomás Rocamora, sin que para ello tuviese título ni derecho alguno sobre dicho territorio, porque Don Bernardo de Velasco estaba en pleno goce y ejercicio del Gobierno que le confiara Su Majestad. Enseguida, con fecha 27 de Mayo de 1810, la Junta dirige a Rocamora un oficio, comunicándole los fines de la instalación de la Junta provisional gubernativa por impresos que le incluía, que había sido solemnemente reconocida por todas las corporaciones, y que no dudaba de su patriotismo que allanaría cualquier embarazo que pudiera entorpecer la uniformidad de operaciones en el distrito de su mando.
            Este es el primer ensayo para apoderarse de lo que no le pertenecía, y por eso con temor le dice, lisonjeándole de celo y patriotismo, que no dudaba allanaría cualquier embarazo que pudiera entorpecer; porque es cosa ajena, pudiera haber dicho, y nos conviene apoderarnos a tiempo. Véase el oficio designado con el número 59.
            Luego que Rocamora recibió el oficio aludido principió a expedir órdenes circulares a todos los Subdelegados de los diferentes departamentos de los treinta pueblos de Misiones, exigiéndoles que solemnicen la instalación de la Junta establecida en Buenos Aires; que le presenten luego una noticia o estado de los individuos capaces de tomar armas, expresando con separación los que sean de más facultades; otra noticia de los españoles estables en cada comprensión; otra de armamentos que pueda haber de artillería o depósitos, y finalmente la tropa que se hallase en actual servicio, y el caudal que hubiere en cajas; como se expresa en los anexos números 60 y 61.
            Cuando esto pasaba en las Misiones, ya el Gobernador Intendente del Paraguay Don Bernardo de Velasco había vuelto a la Asunción de las provincias de abajo, y recibiendo una comunicación del Subdelegado Don Pedro Nolasco Alfaro de fecha 10 de Julio de 1810, es informado de tan extraño acontecimiento de aparecer en el distrito de su mando un jefe intruso expidiendo órdenes a los Subdelegados de aquellos departamentos, pues que Alfaro le decía se sirviese imponerle de las facultades de aquel nuevo empleado que ni se ha hecho reconocer para que fuese obedecido; se puso luego en marcha Velasco, y llegado mismo al pueblo de Candelaria, Capital primitiva de aquella provincia, expidió un bando con fecha 30 de Agosto de 1810, ordenando a todos los departamentos de su jurisdicción procediesen inmediatamente a la captura del Coronel Don Tomás Rocamora para imponerle el ejemplar castigo que merecía por haberse intrusado en el territorio de su mando sin autoridad ni jurisdicción, tratándolo de sedicioso, perturbador del orden público y traidor a la Patria y al Rey; cuyos documentos se designan con los números 62 y 63.
            Cualquiera que se ocupe de examinar los documentos que van anexos a esta memoria, no podrá menos que convencerse de la injusticia y ambiciosas miras con que desde los primeros albores de la Independencia se pronunció el Gobierno de Buenos Aires, en la primera instalación de su Junta Gubernativa, para quitarle o disputarle después al Paraguay los pueblos comprendidos en su jurisdicción, nombrando en territorio ajeno un gobierno interino, intruso, o simulacro de gobierno, como el de Don Tomás Rocamora, sin jurisdicción para ello, puesto que desconocían ya la autoridad del Virrey, y en tales circunstancias cada uno de los pueblos estaba en su legítimo derecho de agregarse o separarse de la Provincia de Buenos Aires, como lo hizo el Paraguay; y cuyo nombramiento se comprende que ha sido para trabajar en la separación de esos pueblos de la obediencia de las autoridades legalmente constituidas, con el desconocimiento de su legítimo gobierno Don Bernardo de Velasco, que estaba en posesión quieta y pacífica de los mencionados pueblos de su territorio; y esto con la suspicacia engañosa de invocar al Rey Don Fernando 7° para conseguir sus fines; lo que no habiendo tenido el resultado que deseaban, por haber fracasado y desaparecido Rocamora, a consecuencia del bando de Velasco, mandan enseguida la guerra en nombre de Fernando 7°; y el gobernador del Paraguay, el señor Velasco, defiende los territorios de la Provincia que se le confiara, a nombre también del mismo Rey Don Fernando 7°, rechazando victorioso la fuerza armada que agredía a la provincia de su mando, cuyos resultados son del dominio público; pudiendo acreditar esta verdad sólo con una carta y proclama del general invasor, anexos con los números 64 y 65.
            Muy original nos ha parecido el tenor de la proclama de que acabamos de hacer memoria y queda consignada con el número 65; en ella se invoca los derechos y dominios de Don Fernando 7°, y como su representante viene con fuerza armada a atacar los derechos del mismo Monarca, que los puso a cargo de su gobernador Don Bernardo de Velasco, amenazando arcabucear a todos los habitantes, paraguayos y españoles, que no le rindiesen obedecimiento. ¡Extraña inventiva! Ofrecer la libertad en nombre de Fernando 7°, para restituiros (como dice) a vuestros derechos de libertad, propiedad y seguridad, de que habéis estado privados por tantas generaciones, sirviendo como esclavos. Parece que hubiera otro poder que los oprimía; porque el Gobierno del Paraguay no podía ser comprendido en la apreciación de opresor, de que habla la proclama, puesto que el señor Velasco que lo ejercía entonces no hacía más que obedecer con fidelidad las órdenes del propio Rey que se invocaba; pero como ya se traslucía que la Junta de Buenos Aires quería cambiar las cadenas, sacudiendo él de sobre sus hombros las de la Madre Patria, para oprimir con otras nuevas a estas Provincias, con la pretendida absorción de todo el territorio del Virreinato del Plata; lo que era muy natural que el Paraguay se opusiera a aceptar las nuevas cadenas que se le ofrecían, y en su virtud rechazó la fuerza armada con que se le quiso imponer, en nombre también de Fernando 7°; con lo cual queda evidenciado que el Paraguay estaba en posesión legítima del territorio de la Provincia de Misiones cuando la emancipación general de estos dominios de la Corona de España, lo cual le da el mejor y más justo título de propiedad, de hecho y de derecho, por ser el mismo que han adoptado para sus arreglos territoriales todos los pueblos del mismo origen, no siendo razonable y equitativo que sólo el Paraguay no tenga el derecho de invocar este título.
            Por el tratado de 12 de Octubre de 1811, con la Junta de Buenos Aires, en su artículo 4° final, reconoce nuestros derechos territoriales por lo que dice: "debiendo en lo demás quedar también por ahora los límites de esta Provincia del Paraguay en la forma en que actualmente se hallan, encargándose consiguientemente su Gobierno de custodiar el Departamento de Candelaria". Anexo 47.
            El año de 1825, cuando la efervescencia de las revoluciones que levantaban y alimentaban una porción de caudillos que cada día aparecían para asolar aquel pingüe territorio, el Gobierno del Paraguay mandó consecutivamente varias expediciones hasta el Uruguay a perseguir a los bandidos que hostilizaban los pueblos, y destruir estos, que servían de guarida de ladrones, para asaltar aun al pueblo de Candelaria, donde había reconcentrado sus fuerzas para custodiar aquel departamento que le pertenecía, y que los caudillos revolucionarios lo habían infestado. Este mismo año mandó establecer el Dictador Francia en la izquierda del Paraná el Campamento del Salto, y otro en la tranquera de Loreto, territorio paraguayo, manteniendo en ellos, y en San Miguel, fuertes destacamentos de tropas militares, con estancia de ganados, para contener cualquier atentado de las partidas revolucionarias que pululaban por esos lugares.
            Más tarde en 1832, por conveniencia de localidad, mandó trasladar dicho Campamento al lugar de la trinchera de San José, frente al pueblo de Itapúa, hoy Villa de la Encarnación, para que con más facilidad pudiese recibir protección de esta parte en un caso dado, mandando construir en esa rinconada donde se fundó el Campamento de San José, un atrincheramiento de grueso y fuerte muro, y manteniendo guardias en Santo Tomé y Candelaria, manifestando siempre con estas posesiones el derecho que tenía a aquel territorio.
            El Gobierno de López que sucedió al Dictador Francia, continuó con la misma ocupación en varios puntos, y frecuentes expediciones hasta Uruguay y un Campamento en el Hormiguero, cuando los alborotos se agitaban en esos campos.

§ 3°

ARTÍCULO PUBLICADO SOBRE MISIONES

            En la publicación que se ha hecho en el diario "El Pueblo" de esta ciudad número 373, su fecha 28 de Febrero de este año 1872, de una correspondencia del Partido de Itauguá, con data del 21 del corriente mes, que principia diciendo: Señor Redactor de "El Pueblo". Sin duda habrá usted extrañado mi largo silencio, pero un viaje repentino a las "Misiones Argentinas" fue el motivo de él".
            Hemos notado en lo que queda trascrito de esta correspondencia la impropiedad con que se denomina el territorio paraguayo de la izquierda del Río Paraná hasta el de Uruguay con el de "Misiones Argentinas", aplicación que tiende a despojarnos de esas tierras feraces, para acostumbrar desde ya nuestro oído, porque suponiendo que aun cuando esa denominación dada al territorio paraguayo fuese inocente y sin ánimo alguno premeditado, como paraguayo que soy, celoso como el que más de sus derechos territoriales, me he propuesto aclarar y desvanecer cualesquiera duda qué se pueda abrigar a ese respecto, a fin de que el público tenga conocimiento exacto de la manera justa y legal con que la República del Paraguay se cree tener el mejor título y perfecto derecho incontestable que ningún otro, a ese territorio de Misiones; pues aunque es una cita simple la que se hace en la referida correspondencia, sin traslucirse en ella futuras intenciones; pero como estamos en circunstancias próximas de arreglar nuestros límites territoriales con la República Argentina, y de consiguiente no siendo razonable oír una impropiedad en papeles que se dan al público, con expresiones que perjudiquen nuestros derechos (aun cuando fuese simplemente producido), sin manifestar nuestra desaprobación sobre aquello que no aceptamos y puede perjudicarnos nuestro silencio.
            Ha sucedido tantas veces que una mala causa propagada por una parte interesada con razones ficticias, que no podrían favorecerle, acostumbrando así al oído del público, y con el silencio de la otra parte, se ha querido creer que esto bastaba para que con el transcurso del tiempo pudiera impunemente disputar una propiedad al que mejor derecho tenga.
            Y para que esto no suceda, y que ni aun remotamente se quiera creer que el Paraguay consentirá impasible la usurpación de su territorio de la izquierda del Paraná, sin protestar siquiera ante el mundo por la violencia que se le haga en su estado de indefensión, salvando de este modo sus sagrados derechos para con la posteridad, se anticipa a dar esta explicación.
            La República Argentina podrá quizá después aprehender derecho a ese riquísimo territorio de Misiones, si el Paraguay le cediere en virtud de los futuros tratados definitivos de paz que se esperan, por arreglos amistosos que pudieran acordar entre sí, para mantener y estrechar más y más los vínculos que deben ligarnos de amistad y confraternidad, con los de origen, religión, idioma y buena vecindad, que debe unirnos estrechamente sin rivalidades, aspirando únicamente cada uno, sin perjuicio del otro, a su futura felicidad; con lo que el Paraguay se levantará de su postración, y Buenos Aires alcanzará el apogeo de su grandeza, y unidos así, consolidar nuestra existencia política y grandioso porvenir.
            Sólo de este modo puede la República Argentina tener derecho al territorio de las Misiones y no de otro modo, porque el Paraguay jamás ha renunciado al derecho y títulos que tiene a esas fértiles tierras, que las ha poseído desde el tiempo del Gobierno Español, según la tradición documentada que felizmente se ha salvado y encontrado entre los escombros del terrible naufragio que sufrió la nave del Estado, y que conservamos para justificar con ellos ante el mundo el buen derecho que tiene el Paraguay a esas tierras de los pueblos de Misiones, como voy a bosquejarlos ligeramente.
            Desde la fundación de las doctrinas del Paraná, y luego que se erigieron en pueblos por los años de 1624 y 1628, se recibieron órdenes en Cédulas Reales de 1650 y 1651, y muy particularmente en una de 15 de Junio de 1654, para que los curas de dichas doctrinas se propusieran en terna al Gobernador del Paraguay, Real Vice Patrono, y verificado así, recayó la aprobación del Rey en otra Real Cédula de 10 de Noviembre de 1659, a que es referente la del 24 de Diciembre de 1746, que textualmente dice: "Son trece señaladamente los pueblos que siempre fueron de la jurisdicción del Paraguay...": Estos trece pueblos han sido los ocho de la derecha del Paraná, que son bien conocidos, y los otros cinco de la izquierda del mismo río, denominados Candelaria, Santa Ana, Loreto, San Ignacio Miní y Corpus, comprendiendo los trece pueblos al Departamento de Candelaria, en los cuales los vecinos del Paraguay obtuvieron encomiendas de indios, desde los primeros descubrimientos y formación de los pueblos que quedan mencionados.
            Mientras que el Gobierno de la Provincia del Paraguay conservaba bajo su dominio los trece pueblos del Departamento de Candelaria de su territorio, el Gobierno de Buenos Aires también mantenía bajo su dominio los otros 17 pueblos de indios de las propias Misiones Jesuíticas del Uruguay, que fueron visitados por sus respectivos Obispos, así como los del Paraguay.
            En 1726, a consecuencia de un levantamiento de los indios de los pueblos de la jurisdicción del Paraguay, con motivo de la venida del Gobernador García Ros a relevar a Antequera en el Gobierno del Paraguay, y que éste no quiso recibirlo, tuvieron un combate en Tevicuarí en que fue vencido Ros, y continuando los disturbios por algún tiempo, determinó el Rey de España quitar al Paraguay el Gobierno temporal y político de los 13 pueblos de su jurisdicción, y encargar al Gobierno de Buenos Aires, quedando desde entonces desentendido el Gobernador del Paraguay de su incumbencia en el régimen administrativo de aquellos pueblos, hasta que vino el Gobernador Don José Martínez Fontes el año de 1762, en que habiéndose pacificado los indios que se habían alborotado, y a solicitud del Gobierno del Paraguay, se recibió la orden de España, para que los trece pueblos de su dependencia volviesen a agregarse al gobierno de dicha Provincia del Paraguay, para que fuesen visitados por sus respectivos gobernadores, constando de las actas del Cabildo que desde entonces fueron visitados ya otra vez por los Gobernadores del Paraguay, ejerciendo en ellos todas las funciones que le correspondían como a pueblos de su jurisdicción.
            Ésta ha sido la única interrupción que ha tenido el Paraguay sobre el dominio de los trece pueblos de su mando, que hace más de un siglo que se le devolvió y ha estado en posesión de ellos.
            Vamos a ver ahora por dónde le viene al Paraguay el derecho que tiene sobre el territorio de los treinta pueblos de dichas Misiones que nos ocupa.
            El año de 1803 determina el Rey de España por su Real Cédula de 17 de Mayo, crear una nueva Provincia de los treinta pueblos con el título de "Provincia de Misiones", nombrando para su Gobernador a Don Bernardo de Velasco, con entera independencia de los Gobiernos del Paraguay y Buenos Aires, con las textuales palabras que siguen: "a cuyo fin he venido en conferir el gobierno militar y político que he tenido a bien crear por mi Real Decreto de 28 de Marzo de este año, al Teniente Coronel Don Bernardo de Velasco, para que tenga el mando de los treinta pueblos de Misiones guaranís y tapés, con total independencia de los gobiernos del Paraguay y Buenos Aires, bajo los cuales se hallan divididos en el día, por ser tan importante la creación de un Gobierno en aquel paraje...". De cuyo Gobierno se recibió el señor Velasco el mismo año; así es que en esa ocasión se le quitó al Paraguay su territorio que ocupaban los trece pueblos de su dependencia, y a Buenos Aires los del Uruguay, que correspondían a su distrito.
            Don Bernardo de Velasco ejerció su empleo de Gobernador de la Provincia de Misiones, como había ordenado el Rey, con entera independencia del Paraguay y Buenos Aires, hasta que el Marqués de Sobremonte le comunica en oficio de 24 de Marzo de 1806, "que de Real Orden de Su Majestad era nombrado Gobernador militar y político e Intendente de la Provincia del Paraguay, con agregación de los treinta pueblos de las Misiones de indios guaranís y tapés del Uruguay y Paraná...".
            Para poner en cumplimiento lo que le ordenaba el Rey, Velasco nombra sus Delegados en los Departamentos de aquella Provincia, y comunicando dicha disposición a Don Lázaro de Rivera, que entonces gobernaba el Paraguay, se dirigió a la Asunción, y llegado mismo toma posesión del mando bajo juramento que prestó en la Sala de Cabildo, en plena reunión de esa corporación, el 5 de Mayo de 1806, conforme aparece de la acta original de esa misma fecha, consignada en el libro capitular respectivo.
            Este mismo Gobernador Velasco estaba en pleno goce y ejercicio de su jurisdicción gubernativa sobre la Provincia del Paraguay y su agregada de las Misiones el año de 1810, cuando se pronunció la revolución de Buenos Aires, y hasta el siguiente año 1811, en que también tuvo lugar la revolución del Paraguay, quitando del mando al Gobernador Velasco, y creándose una Junta Gubernativa, que declaró la Independencia del Paraguay por ser su voluntad pertenecerse a sí mismo sin reconocer ningún poder extraño.
            En esta positura, el Paraguay estaba en posesión y goce no interrumpido de su territorio de las Misiones. ¿Y con qué derecho se le podrá negar este título, cuando todos los pueblos de la misma procedencia que el Paraguay han invocado y hecho prevalecer el mismo derecho para arreglar sus límites territoriales? ¿O será sólo al Paraguay que se le quiera desconocer ese derecho, por su actual estado de postración en que se halla? ¿El mismo pueblo de Buenos Aires no ha hecho valer también el propio derecho en 1847, en su cuestión de límites con la República de Chile, sobre la colonia, que el Gobernador entonces dando cuenta a la Representación Nacional decía: "El Gobierno se ha dirigido al de Chile demostrándole los incontestables títulos y perfectos derechos que tiene la Confederación sobre el territorio en que se ha establecido la colonia. De ellos ha estado en posesión desde el tiempo de la Monarquía Española, el Gobierno de Buenos Aires..."?
            Y si Buenos Aires ha hecho valer en su favor como un título perfecto e incontestable la posesión de un territorio ocupado desde el tiempo del Gobierno Español, ¿será posible que desconozca y niegue al Paraguay el derecho que justamente ha invocado para sí? No parece razonable y menos podría justificarse ante el mundo imparcial.
            ¿Qué hubiera dicho el pueblo de Buenos Aires si en 1806 el Rey de España hubiera agregado los treinta pueblos de las Misiones al del Río de la Plata conforme lo ha hecho con el Paraguay, y que éste saliese ahora cuestionándole su buen derecho sólo porque anteriormente lo había poseído en parte, haciéndose ridículo con tal pretensión? Claro está que nos trataría de ambiciosos, y con razón, y con este título nos quedaríamos.
            El primer ensayo que hizo la Junta Gubernativa de Buenos Aires en 1810, pretendiendo crearse un derecho que no tenía sobre el territorio de las Misiones, que de hecho y de derecho le correspondía al Paraguay, fue nombrarlo de gobernador interino de las Misiones al Coronel Don Tomás Rocamora, comunicándole en oficio de 27 de Mayo del mismo año, la resolución y encargo de que persuadiese a esos pueblos que debían mandar sus diputados a Buenos Aires para la creación de un gobierno general, advirtiéndose que esto se hacía cuando Don Bernardo de Velasco estaba en pleno ejercicio de su gobierno, de cuya novedad inesperada siendo informado el Gobernador propietario Velasco por los Delegados de su dependencia, diciéndole haber aparecido en aquel Departamento una nueva autoridad con el título de Gobernador Interino de Misiones, que quería apoderarse del mando con órdenes circulares, exigiéndoles obediencia y una razón exacta de los fondos y fuerzas a su cargo, y que ellos como no lo reconocían por tal, deseaban saber el temperamento que habían de tomar.
            Este aviso recibe Velasco en la Asunción y sin pérdida de tiempo se pone en marcha a las Misiones y llegado a Candelaria, capital entonces de aquella provincia, expide con fecha 30 de Agosto del mismo año 1810 un bando del tenor siguiente: Véase el anexo número 63.
            Con la publicación de este bando, desapareció como es natural el Coronel Rocamora de aquel departamento, y los sucesos de la revolución tomaron creces, y se precipitaron con una anarquía general los Pueblos del Río de la Plata.
            Con esto basta por ahora para dar a conocer al mundo que el Paraguay sostiene únicamente sus derechos territoriales porque tiene títulos y derechos incuestionables, como los que quedan demostrados; nunca jamás ha tenido pretensiones de apropiarse de territorios ajenos, sino aquello que justamente le corresponde. Si sus vecinos, aprovechándose de su debilidad, se apropian violentamente de sus territorios, la posteridad sabrá recuperarlos.

                                               Asunción, Febrero 29 de 1872.
                                               Un Paraguayo, el mismo autor.



CAPÍTULO 4°

DE LA CONQUISTA DEL PARAGUAY
POR EL TRATADO DE ALIANZA

§ 1º

            El tratado de alianza de que nos vamos a ocupar es de necesidad que se registre en esta memoria, donde también aparece en el § 5° del Capítulo 1° el Decreto de 31 de Enero de 1872, lanzado por el Presidente de la República Argentina en su furor de absorber el territorio del Chaco Paraguayo, que nunca jamás ha pertenecido al territorio de Buenos Aires, como lo comprueban nuestros documentos anexos, y que sólo haciendo uso de la fuerza decreta su apropiación, porque el Paraguay impotente ahora por su postración, no puede oponerse a la fuerza para defender sus más justos derechos territoriales, más que con la voz en grito de su protesta, dando a conocer a este pueblo y al mundo entero la injusticia que se le hace, abusando del aniquilamiento a que le han reducido los tres poderes que se coligaron para la destrucción de este pueblo que se ha visto privado de todo recurso exterior, decretando desde ya su fatal muerte, por un tratado secreto, que previene la demolición de sus fortalezas, (de sus templos), no dejarle armas o elementos de guerra, saqueos, y por último el reparto de sus territorios, gesto aun antes de obtener la victoria, que contaban por suya; y con razón, por el poder colosal aliado que traían contra un pueblo encerrado en un rincón de la América; y con el sarcasmo de decir que nos traían la libertad. ¿Y cuál es la libertad que tanto decantan habernos traído? La respuesta la saben nuestros lectores, y la diremos por boca de eminentes estadistas argentinos, a continuación del tratado que vamos a copiar, para que no se nos diga que agraviado el pueblo paraguayo por su desastre, lanza improperios contra sus libertadores, (mejor dicho conquistadores). Hélo aquí:
           
TEXTO DEL TRATADO DE ALIANZA

El Gobierno de la República Oriental del Uruguay, el Gobierno de Su Majestad el Emperador del Brasil, y el Gobierno de la República Argentina.

            Estos dos últimos encontrándose actualmente en guerra con el Gobierno del Paraguay, por haber sido declarado de hecho por este Gobierno, y el primero en estado de hostilidad, y amenazado en su seguridad interna por dicho Gobierno, injuriando la República tratados solemnes, usos internacionales de las naciones civilizadas, y cometido actos injustificables después de haber perturbado las relaciones con sus vecinos por los más abusivos y agresivos procedimientos.
            Persuadidos que la paz, seguridad y bienestar de sus respectivas naciones es imposible mientras exista el actual Gobierno del Paraguay, y que es de imperiosa necesidad exigida por los más grandes intereses, que aquel Gobierno desaparezca, respetando la soberanía, independencia e integridad territorial de la República del Paraguay.
            Han resuelto con ese objeto celebrar un tratado de alianza ofensiva y defensiva, y al efecto han nombrado sus plenipotenciarios, a saber: Su Excelencia el Gobernador Provisorio de la República Oriental, a Su Excelencia el Doctor Don Carlos Castro, Ministro de Relaciones Exteriores; Su Majestad el Emperador del Brasil a Su Excelencia el Doctor Don Octaviano de Almeida Rosa, su Consejero Diputado a la Asamblea General Legislativa y Oficial de la Orden Imperial de la Rosa; Su Excelencia el Presidente de la República Argentina, a Su Excelencia el Doctor Don Rufino de Elizalde, su Ministro Secretario de Relaciones Exteriores; quienes habiendo canjeado sus respectivas credenciales que encontraron en buena y debida forma, convinieron en lo siguiente:
            Artículo 1°. La República Oriental del Uruguay, Su Majestad el Emperador del Brasil y la República Argentina se unen en alianza ofensiva y defensiva en la guerra provocada por el Gobierno del Paraguay.
            Artículo 2°. Los aliados concurrirán con todos los medios de que puedan disponer por tierra o por los ríos, según lo crean conveniente.
            Artículo 3°. Las operaciones de la guerra, principiando en el territorio de la República Argentina o en parte del territorio paraguayo lindando con la misma, el mando en jefe y la dirección de las armas aliadas permanecerá confiada al Presidente de la República Argentina, General en Jefe de su Ejército, Brigadier General Don Bartolomé Mitre.
            Las fuerzas marítimas de los aliados estarán bajo el inmediato mando del Vice Almirante Vizconde de Tamandaré, Comandante en Jefe de la Escuadra de Su Majestad el Emperador del Brasil.
            Las fuerzas de tierra de la República Oriental del Uruguay, una división de las fuerzas argentinas, y otra de las brasileras, que serán designadas por sus respectivos jefes superiores, formarán un ejército a las órdenes inmediatas del Gobernador Provisorio de la República Oriental del Uruguay, Brigadier General Don Venancio Flores.
            Las fuerzas terrestres de Su Majestad el Emperador del Brasil formarán un ejército a las órdenes inmediatas de su general en jefe, Brigadier Don Manuel Luis Osorio.
            Sin embargo de que las Altas Partes contratantes están conformes en no cambiar el teatro de las operaciones de guerra, con todo, a fin de conservar los derechos soberanos de las tres naciones, ellas convienen desde ahora en observar el principio de reciprocidad respecto al mando en jefe, para el caso de que esas operaciones hubiesen que pasar al territorio oriental o brasilero.
            Artículo 4°. El orden interior y la economía de las tropas aliadas quedan al cargo exclusivo de sus respectivos jefes.
            Artículo 5°. Las Altas Partes contratantes se facilitarán mutuamente todos los auxilios o elementos que tengan y los otros necesiten, en la forma que se acuerde.
            Artículo 6°. Los aliados se obligan solemnemente a no deponer las armas sino de común acuerdo, y mientras no hayan derrocado al Gobierno actual del Paraguay, así como a no tratar separadamente, ni firmar ningún tratado de paz, tregua, armisticio o convención cualquiera que ponga término o suspenda la guerra, sino por perfecta conformidad de todos.
            Artículo 7°. No siendo la guerra contra el pueblo del Paraguay, sino contra su Gobierno, los aliados podrán admitir en una Legión Paraguaya todos los ciudadanos de esa nación que quieran concurrir al derrocamiento de dicho Gobierno, y les proporcionarán los elementos que necesiten, en la forma y condiciones que se convengan.
            Artículo 8°. Los aliados se obligan a respetar la independencia, soberanía e integridad territorial de la República del Paraguay. En consecuencia, el pueblo paraguayo podrá elegir el gobierno y sus instituciones que les convengan, no incorporándose ni pidiendo el protectorado de ninguno de los aliados, como resultado de la guerra.
            Artículo 9°. La independencia, soberanía e integridad territorial de la República del Paraguay serán garantidas colectivamente de conformidad con el artículo precedente por las Altas Partes contratantes, por el término de cinco años.
            Artículo 10°. Queda convenido entre las Altas Partes contratantes que las exenciones, privilegios o concesiones que obtengan del Gobierno del Paraguay serán comunes a todas ellas gratuitamente, si fueren gratuitas, y con la misma compensación si fueren condicionales.
            Artículo 11 °. Derrocado que sea el actual Gobierno del Paraguay, los aliados procederán a hacer los arreglos necesarios con la autoridad constituida para asegurar la libre navegación de los ríos Paraná y Paraguay, de manera que los reglamentos o leyes de aquella República no obsten, impidan o graven el tránsito y navegación directa de los buques mercantes y de guerra de los Estados aliados que se dirijan a su territorio respectivo o a territorio que no pertenezca al Paraguay, y tomarán las garantías convenientes para la efectividad de dichos arreglos, bajo la base de que esos reglamentos de policía fluvial, bien sean para los dichos dos ríos o también para el Uruguay, se dictarán de común acuerdo entre los aliados y cualesquiera otros Estados ribereños que, dentro del término que se convenga por los aliados, acepten la invitación que se les haga.
            Artículo 12°. Los aliados se reservan el concertar los medios más convenientes a fin de garantir la paz con la República del Paraguay después del derrocamiento de su actual Gobierno.
            Artículo 13°. Los aliados nombrarán oportunamente los Plenipotenciarios que han de celebrar los arreglos, convenciones o tratados a que hubiere lugar con el Gobierno que se establezca en el Paraguay.
            Artículo 14 °. Los aliados exigirán de aquel Gobierno el pago de los gastos de la guerra que se han visto obligados a aceptar, así como la reparación e indemnización de los daños y perjuicios causados a sus propiedades públicas y particulares, y a las personas de sus ciudadanos, sin expresa declaración de guerra, y por los daños y perjuicios causados subsiguientemente en violación de los principios que gobiernan las leyes de la guerra.
            La República Oriental del Uruguay exigirá también una indemnización proporcionada a los daños y perjuicios que le ha causado el Gobierno del Paraguay, por la guerra a que la ha forzado a entrar en defensa de su seguridad amenazada por aquel Gobierno.
            Artículo 15°. En una convención especial se determinará el modo y forma para la liquidación y pago de la deuda procedente de las causas antedichas.
            Artículo 16°. A fin de evitar las discusiones y guerras que las cuestiones de límites envuelvan, queda establecido que los aliados exigirán del Gobierno del Paraguay que celebre tratados definitivos de límites con los respectivos gobiernos, bajo las siguientes bases:
            La República Argentina quedará dividida de la República del Paraguay por los ríos Paraná y Paraguay, hasta encontrar los límites del Imperio del Brasil, siendo estos en la ribera derecha del río Paraguay, la Bahía Negra.
            El Imperio del Brasil quedará dividido de la República del Paraguay, en la parte del Paraná, por el primer río después del Salto de las Siete caídas, que según el reciente mapa de Mouchez es el Ygurey, y desde la boca del Ygurey y su curso superior hasta llegar a su nacimiento.
            En la parte de la ribera izquierda del Paraguay, por el río Apa, desde su embocadura hasta su nacimiento.
            En el interior, desde la cumbre de la Sierra de Maracayú, las vertientes del este perteneciendo al Brasil y las del Oeste al Paraguay, y tirando líneas tan rectas como se pueda de dicha sierra al nacimiento del Apa y del Ygurey.
            Artículo l7°. Los aliados se garanten recíprocamente el fiel cumplimiento de los acuerdos, arreglos y tratados que hayan de celebrarse con el Gobierno que se establecerá en el Paraguay, en virtud de lo convenido en el presente tratado de alianza, el que permanecerá siempre en plena fuerza y vigor al efecto de que estas estipulaciones sean respetadas y cumplidas por la República del Paraguay.
            A fin de tener este resultado, ellas convienen en que, en caso de que una de las Altas Partes contratantes no pudiese obtener del Gobierno del Paraguay el cumplimiento de lo acordado, o de que este Gobierno intentase anular las estipulaciones ajustadas con los aliados, las otras emplearán activamente sus esfuerzos para que sean respetadas.
            Si esos esfuerzos fuesen inútiles, los aliados concurrirán con todos sus medios, a fin de hacer efectiva la ejecución de lo estipulado.
            Artículo 18°. Este tratado quedará secreto hasta que el objeto principal de la alianza se haya obtenido.
            Artículo 19°. Las estipulaciones de este tratado que no requieran autorización legislativa para su ratificación empezarán a tener efecto tan pronto como sean aprobadas por los respectivos Gobiernos, y las otras desde el cambio de las ratificaciones, que tendrá lugar dentro del término de cuarenta días contados desde la fecha de dicho tratado, o antes si fuere posible.
            En testimonio de lo cual, los abajo firmados, plenipotenciarios de Su Excelencia el Presidente de la República Argentina, de Su Majestad el Emperador del Brasil, y de Su Excelencia el Gobierno Provisorio de la República Oriental del Uruguay, en virtud de nuestros plenos poderes, firmamos este tratado y le hacemos poner nuestros sellos en la Ciudad de Buenos Aires, el 1° de Mayo del año de Nuestro Señor 1865. Carlos de Castro. F. Octaviano de Almeída Rosa. Rufino de Elizalde.

PROTOCOLO

            Sus Excelencias los Plenipotenciarios de la República Argentina, de la República Oriental del Uruguay y de Su Majestad el Emperador del Brasil, hallándose reunidos en el Despacho de Negocios Extranjeros, han acordado:
            1°. Que en cumplimiento del tratado de alianza de esta fecha, las fortificaciones de Humaitá serán demolidas, y no será permitido erigir otras de igual naturaleza, que puedan impedir la fiel ejecución de dicho tratado.
            2°. Que siendo una de las medidas necesarias para garantir la paz con el Gobierno que se establecerá en el Paraguay el no dejar allí armas o elementos de guerra, los que se encuentran serán divididos por partes iguales entre los aliados.
            3°. Que los trofeos y botín que se tomen al enemigo serán divididos entre los aliados que hagan la captura.
            4°. Que los jefes de los ejércitos aliados concertarán las medidas para llevar a efecto lo aquí acordado.
            Y firmaron este Protocolo en Buenos Aires el 1° de Mayo de 1865. Carlos de Castro. F. Octaviano de Almeida Rosa. Rufino de Elizalde.


§ 2°

            La respuesta de la libertad que decantan habernos traído los aliados, sin pedírsela, y que he prometido en el principio de este capítulo dar por boca de un eminente escritor estadista argentino, cumplo aquí con la expresión del señor Alberdi, y es la que sigue:
            "Delante de este documento ya no es permitido tener dos opiniones sobre las miras de la alianza, a no ser que se nos fuerce a leer una mitad de su texto impreso en letra cursiva, y a cerrar los ojos a la otra en letra latina. Sabido es que en todo texto hay dos tratados: uno de parada, para el público; otro latente y ocultos aunque consignado también en el texto, de que sólo guardan la llave los contratantes, para servirse de ella cuando la justicia de parada haya dejado de ser necesaria. Esto no era de rigor en los tiempos en que el secreto era posible, es decir antes que hubiera periódicos y parlamentos libres. En el día, no hay más medio de ocultar el pensamiento de un tratado, que la palabra de su texto mismo.
            Así, en vano estipuló el que nos ocupa (artículo 18) que su tenor quedaría secreto hasta que la destrucción del Paraguay, que es su objeto, fuese un hecho consumado, fait accompli. Los hechos consumados justifican los tratados injustos, y hacen las veces del derecho.
            El secreto debía servir además para ostentar en las circulares y manifiestos un respeto por la ley de las naciones, que es el lujo y la fuerza de todas las causas. Lo singular es que habiendo sido estipulado en Buenos Aires, donde estaba el señor Thornton, Ministro inglés, no ha sido comunicado al Foreign Office sino dos meses después, por el señor Lettson, Ministro inglés en Montevideo; lo que probaría, en el señor Thornton, o mucho tacto o mucho miramiento por los aliados.
            El hecho es que se debe su publicidad oportuna a los usos del Parlamento británico, esta válvula preciosa por donde se exhalan, sin infidencia, todos los atentados urdidos contra los pueblos de la tierra, no importa de qué país.
            El tratado declara, sans façon, que el fin de la alianza es destruir al gobierno actual del Paraguay. El derecho de destruir gobiernos implica el de imponerlos, y equivale, por lo tanto, a la negación del poder soberano que se aparenta respetar.
            Prescindiendo del derecho así desconocido y atropellado a la faz del mundo, ¿qué interés invocan los aliados, que disculpe ese atentado? El tratado lo declara, porque la paz, la seguridad y el bienestar de los aliados es imposible en tanto que dure el gobierno actual del Paraguay (Preámbulo).
            ¿Qué entiende el tratado por gobierno actual del Paraguay? A esto se reduce toda la cuestión de su legalidad.
            Notemos antes de tocarla que el gobierno del país, que ha recibido el nombre de China Americana, por su aislamiento y tranquilidad sin ejemplo en Sud América, es el primero y único de los nuevos gobiernos de ese continente sin reposo, que se ve condenado a muerte como perturbador incorregible. Es verdad que el gobierno republicano de Méjico ha pagado sus cuarenta años de anarquía con la pérdida o suspensión de su vida, pero Méjico como nación independiente no ha desaparecido. Al menos no se conoce un tratado que haya descuartizado su suelo, ni que estipule su desarme y pupilaje o garantía en favor de otros poderes, como un Imperio de América ha hecho con el Paraguay. Y las repúblicas que se alarman de la suerte de Méjico, ¿cruzarían tranquilas sus brazos delante del sacrificio del Paraguay, suprimido como Estado para aumentar el territorio y el peso en la balanza americana del Imperio que se toca con todas ellas?
            ¿No imitarían a los Estados Unidos, que se han llamado amenazados por la presencia de los soldados del Imperio Francés en su vecindad, significando al Brasil que sus soldados en el Plata son un casus belli para todas las Repúblicas que, como el Paraguay, pueden pagar mañana con su vida el crimen de su contigüidad con el Imperio?
            Pero no hay que ver por esto en los aliados una simple aspiración de territorio paraguayo, encubierta por el pretexto de un peligro. El peligro es real, grande y evidente. Veamos en qué consiste.
            El sentido en que el gobierno actual del Paraguay hace realmente imposible lo que los aliados llaman su bienestar actual y la seguridad tranquila de ese bienestar, no reside ni se refiere a la persona del general López. Ridículo sería pretender que la presencia de este general a la cabeza de su modesto país haga imposible a todo un Imperio del Brasil la conservación de su paz y de su seguridad.
            Luego, el gobierno actual del Paraguay, en que los aliados ven una amenaza para sus intereses, es el gobierno independiente y soberano del Paraguay, sea quien fuere el hombre que lo desempeñe; es el gobierno futuro lo mismo que el gobierno presente; es el Paraguay constituido en Estado Soberano, dueño y señor absoluto de sus propios destinos, y existiendo de este modo al borde de los grandes afluentes del Plata, cuya libertad es tan esencial a la independencia y riqueza del Paraguay, como amenazante a los monopolios coloniales que hacen el bienestar actual de los aliados.
            En este sentido y no en otro, es que el gobierno o sistema actual del Paraguay constituye un peligro real contra el bienestar que los aliados derivan de sus monopolios heredados a Madrid y a Lisboa, a expensas de la América interior y de la Europa comercial y marítima.
            Aludimos en esto al Brasil y a Buenos Aires, no a Montevideo, que sólo figura en esta guerra como un anexo del Brasil. Si no hubiese otro motivo para considerarlo como mera prefectura brasilera, bastaría notar que toda la razón que invoca para hacer la guerra al Paraguay, es que el Paraguay ha defendido la independencia oriental contra la aspiración del Brasil a suprimirla.
            Luego es evidente que el fin de la alianza es destruir al Paraguay como Estado, y no simplemente el de derrocar al Presidente López.
            Este fin está demostrado por el texto mismo del tratado; pero es preciso saber leerlo, pues en él cada mira tiene su frase, que la cubre, como en la mesa inglesa cada plato está cubierto por su cobertor dorado.
            Así, la guerra es hecha (artículo 7) contra el gobierno actual y no contra el pueblo del Paraguay; pero no es el general López sino el Paraguay quien tendría que pagar los cien millones de pesos fuertes que los aliados harían sufragar a ese país por los gastos y perjuicios de la guerra, según lo declaran en el artículo 14 del tratado.
            Se comprometen los aliados a respetar la independencia y soberanía del Paraguay (artículo 8); y para probar todo lo que este respeto tiene de sincero, se arrogan el derecho soberano de quitarle el gobierno que él se ha dado, y de imponerle el que agrade a los aliados (artículo 6).
            Los aliados no pretenden ejercer ninguna especie de protectorado en el Paraguay (artículo 8); pero ellos se encargan de garantirle su independencia, su soberanía y su integridad territorial (artículo 9), sin que el Paraguay solicite semejante seguridad, ni necesite de ella, pues nadie le amenaza sino sus fiadores y garantes.
            Los aliados garantizan al Paraguay su independencia (artículos 8 y 9); y en respeto de esa independencia garantida, se encargan de darle un gobierno, de reglamentar la navegación de sus aguas y de arrancarle sus fortificaciones, sus parques, sus armamentos, sus buques de guerra, para evitarle la pena de defender por sí mismo su independencia, que los aliados toman generosamente a su cargo (artículo 11 y preámbulo).
            Garantizan al Paraguay su soberanía (artículo 9); pero lo obligan a abdicar la de sus aguas, de cuya legislación (que los aliados toman a su cargo), depende el comercio, la renta pública, la población y la prosperidad del Paraguay (artículo 11).
            Garantizan y respetan la integridad territorial del Paraguay (artículos 8 y 9), y sin embargo el Brasil le toma una tercia parte de su territorio por el norte, y la República Argentina una gran parte por el sud (artículo 16).
            Que el territorio que así pretende arrebatar el Brasil es propiedad del Paraguay, no hay mapa conocido que no lo demuestre. Bastará consultar las cuatro cartas más autorizadas, que son la de Sir Woodbine Parish, la de mister Campbell, la de monsieur Mouchez, y por fin, la del doctor de Moussy, geógrafo al servicio de la Confederación Argentina, o cuya obra sobre ese país se imprime a expensas de su tesoro, es decir del mismo aliado del Brasil, que coopera sin embargo, a ese despojo. Damos al fin un resumen de esas cartas geográficas para hacer sensible al ojo el modo en que el tratado hace pedazos el territorio del Paraguay. Algo le deja, es verdad, porque era preciso hacer ver que algo se respeta; y para destruir al Paraguay bastaba reducir su suelo a dimensiones que lo hagan no viable como Estado. La porción sola que el Brasil pretende arrebatarle representa una superficie cuatro veces más grande que los dos Ducados del Elba, cuya disputa tiene hoy en peligro la paz de la Europa.
            El tratado pretendería hacer creer que la guerra es hecha contra el gobierno del general López; pero cabalmente no será este gobierno, sino los gobiernos futuros, creados bajo el influjo de los aliados, los que habrán de firmar los tratados en que se obliguen a entregarles la mitad del suelo de su patria, la totalidad de las rentas públicas del Paraguay, lo menos por 50 años. Son los gobiernos futuros y no el del general López los que deben encargarse de entregar los armamentos del Paraguay, sus vapores de guerra, sus depósitos militares, destruir sus fortificaciones, maestranzas y arsenales militares. El tratado entrega a los patriotas el cargo de destruir la patria, y en cierto modo exime de esa humillación al gobierno actual, que la defiende (artículos 11, 13, 14 y 16).
            Celebrada para destruir el gobierno actual del Paraguay, parece que la alianza debería concluir junto con esa tarea (artículos 1, 7 y 11), pero no es así. La alianza será perpetua. Aun después de aniquilado el Paraguay, seguirá en pleno vigor, para que ninguno de los gobiernos futuros pretenda anular lo que los aliados hayan hecho por las armas vencedoras (artículo 17). Este temor de que los gobiernos futuros quieran restaurar la obra del actual, es el mayor homenaje que los aliados pueden tributar al patriotismo del gobierno presente.
            Dice el tratado (artículo 11), que la guerra es hecha para asegurar la libre navegación de los afluentes del Plata. ¿En favor de quién esa libertad? En favor de los ribereños, es decir de los aliados. Es lo que siempre pretendieron Buenos Aires y el Brasil. Gracias al gobierno actual del Paraguay, condenado a muerte como enemigo de la libertad fluvial, esos ríos eran libres para todas las banderas del mundo, en virtud de tratados célebres, con los grandes poderes marítimos, que llevan la firma del mismo general López. Gracias a los aliados, en adelante no serían libres sino para los que heredaron los monopolios coloniales de esa navegación interior a España y Portugal, y que en vez de firmar, protestaron contra los tratados de libertad fluvial de 1853.
            ¿Será con el objeto de garantir esa libertad que las fortificaciones de Humaitá deben ser demolidas, según el artículo 1 del Protocolo anexo al tratado de alianza? El tratado no menciona ese motivo: él condena al Paraguay a no tener fortificaciones de ese género por ser contrarias a la ejecución fiel de las miras de los aliados; lo cual quiere decir que las fortificaciones deben desaparecer no para asegurar las libertades de navegación, sino los monopolios que los aliados tienen en mira conservar por esa medida. Al revés de Sebastopol, que desapareció en obsequio de la libertad del mar Negro, Humaitá tendría que desaparecer para el restablecimiento de la clausura del Paraná, en obsequio de los monopolios que, en 1846, resistieron su entrada a cañonazos en Obligado a las banderas de Europa.
            El país a que pertenecen las fortificaciones de Humaitá es el primero de toda Sud América que haya abierto la navegación interior, por tratados internacionales, a los poderes marítimos de ambos mundos. Muestre sino cualquiera otra República de ese continente un tratado anterior al mes de Marzo de 1853, en que el Paraguay elevó la libertad fluvial a derecho internacional positivo, en las aguas de su jurisdicción. Se le reprocha que sólo las abrió hasta la Asunción. No habría imitado en ello sino el ejemplo del tratado de Buenos Aires, que abrió sólo ese puerto a Inglaterra en 1825. Pero más tarde el Paraguay ha extendido esa libertad hasta el confín septentrional de su río.
            Y como para llegar a la Asunción es preciso pasar por Humaitá (los aliados lo saben bien), si esas fortalezas fuesen peligrosas para la libertad fluvial, los tratados con Inglaterra y Francia, de 1853, hubieran hecho alguna referencia de ellas, así como señalaron a Martín García otros tratados, como un obstáculo posible de esa libertad.
            La guerra es hecha en nombre de la civilización, y tiene por mira la redención del Paraguay, según dicen los aliados; pero el artículo 3° del Protocolo admite que el Paraguay, por vía de redención sin duda, pueda ser saqueado y devastado, a cuyo fin da la regla en que debe ser distribuido el botín, es decir la propiedad privada pillada al enemigo. ¡Y es un tratado que pretende organizar una cruzada de civilización el que consagra este principio! Con ejemplo tan edificante, los aliados tendrán mucho derecho para denigrar la conducta de los paraguayos en la ocupación de Itatí.
            No todos los objetos que los aliados tienen en mira se encuentran consignados en el tratado. El punto de interés interior, que cada uno de ellos busca por la alianza, queda siempre como su secreto respectivo. Pero lo escrito puede dar a conocer en parte lo omitido.
            Como las operaciones de la guerra (por ejemplo) debían dar principio por el territorio argentino (artículo 3) era natural que el comando en jefe y dirección de los ejércitos pertenecieran al Presidente de la República Argentina, y el tratado se lo dio. Mandar en su propio territorio diversos ejércitos extranjeros, a falta de uno propio, era para el Presidente argentino una razón de interés doméstico más que suficiente para provocar la guerra con el Paraguay y la alianza con el Brasil, que debía tener en esa guerra su única razón de ser. El método que debía producirle este resultado era tan sencillo como eficaz. Poner a la disposición del Brasil, en plena paz, la Provincia de Corrientes para atacar al Paraguay desde el suelo argentino, era dar al Paraguay un motivo más que suficiente para adelantarse a ocupar ese territorio cedido a su enemigo para usos de guerra. La paciencia en persona, investida de la Presidencia del Paraguay, habría procedido como el general López. Traer al Paraguay en el territorio argentino era darse a sí mismo un motivo plausible para declararle la guerra por esa ocupación, de que nadie era causante sino el mismo general Mitre; pues le interesaba a él solo de tal modo, que sin la ocupación no podía hacer la alianza, y sin la alianza no podía ser generalísimo de los ejércitos aliados, en el seno de su propio país. ¿Salió todo como lo previó? Vamos a verlo. Corrientes fue cedida al Brasil para que hiciera de ella lo que hace hoy, su cuartel general y base de operaciones contra el Paraguay. Este país se anticipó a ocupar el territorio que debía ser empleado contra él. Mitre declaró insultada a la República Argentina por la invasión del Paraguay, que tenía el descomedimiento de tomar lo que estaba cedido a su agresor, y no tardó en verse de generalísimo de las fuerzas aliadas, aunque solamente in partibus, es decir de las fuerzas de tierra, no de las escuadras, que aun la argentina y la oriental (dice el tratado), debían tener por comandante superior al almirante brasilero, ¡dentro del territorio argentino! Este es el punto que ha venido a ser un pleito casero de los aliados. Ceder a la escuadra del Brasil las aguas del Paraná por la razón de que eran tan libres como el mar, era darle derecho para retener el mando supremo de sus escuadras en ese Mediterráneo argentino, sin embargo de que ponía sus fuerzas terrestres al mando superior del jefe del suelo argentino de su pasaje. Ningún poder permite que sus fuerzas navales sean comandadas por un jefe extranjero en aguas tan libres como el mar.
            De este modo, el sofisma empleado contra el Paraguay ha venido a redundar contra su autor mismo. En virtud de esa distinción falaz, el tratado (artículo 3) ha podido instituir dos comandos superiores, independientes entre sí, uno de tierra, otro de mar, y el Brasil ha conseguido por ese medio establecer su soberanía inmediata y directa en el territorio fluvial argentino, de que depende toda la suerte de la cuestión; y lejos de poner a su almirante a las órdenes del Presidente argentino, ha logrado, al contrario, ver bajo las órdenes de su almirante al Presidente de su aliada, la República Argentina, dentro del mismo suelo de su jurisdicción.
            ¿Qué podría hacer hoy el general Mitre para obligar al Brasil a entender de otro modo el artículo 3 del tratado de alianza? Nada, porque ya es tarde. Él permitió que el ejército aliado fuese brasilero en sus tres cuartas partes. Tanto mejor cuanto más soldados nos envíe el Brasil, decía su inocente aliado; al fin, son contra el Paraguay y tendrán por jefe a un general argentino. Dejando de fijar un límite al contingente del Brasil, el general Mitre permitió que este poder inundase la República Argentina de sus buques y soldados, si así lo hallase por conveniente (artículo 3). Él olvidó que los vapores blindados sirven para interpretar tratados de alianza, mejor tal vez que para demoler fortificaciones enemigas. Es intérprete supremo e inapelable de un tratado, el signatario que dispone de mayores fuerzas.
            Y si la alianza ha de ser perpetua, como dispone el artículo 17, y si el Brasil (artículo 6) tiene el derecho de compeler a sus aliados a pelear, o a que le dejen pelear perpetuamente por cuenta de los tres, contra el Paraguay, se puede decir que la bandera del Imperio queda desde ahora establecida como en su tierra propia dentro de los dominios argentinos, tan irrevocablemente como lo está la noble hija del actual Ministro del Brasil en Buenos Aires en la casa de Su Excelencia el Ministro de Relaciones Exteriores.1 Así lo quiso la previsión del general Mitre, que para reparar esa omisión de su entusiasmo generoso parece ocuparse hoy día de hacer de Martín García una especie de Leviatham o de Monitor granítico, con el objeto de encerrar a la escuadra aliada en el Paraná, para obligarla por ese medio seminarista de coacción, a que entienda el tratado en el sentido de un solo generalísimo y no de dos.
            De este modo, no bien haya desaparecido el Humaitá de arriba, cuando ya lo tendremos resucitado y transfigurado en el Humaitá de abajo, para lo que es proteger la libertad de los afluentes del Plata.
            Hay otro lado por el cual la alianza es no solo un medio de aniquilar al Paraguay, sino muy principalmente de gobernar a Buenos Aires y a Montevideo por el poder de las finanzas, gracias a la indigencia de sus titulados aliados. El gobierno argentino no es pobre ciertamente, pero tiene entregado todo su tesoro a la provincia de Buenos Aires, que le sirve de indispensable pedestal.
            El artículo 4 es digno corolario del artículo 3. El uno pone al Plata bajo los soldados y el otro bajo el oro del Brasil. Por el artículo 4, cada aliado se arma, se mantiene y transporta con sus propios recursos; pero como dos de los aliados carecen de recursos, el significado de este artículo se completa por el 5, que autoriza a los aliados más ricos a socorrer a los más pobres, lo cual quiere decir que es el Brasil el que los arma, mantiene y transporta. De resultas de este compromiso el Brasil prestó a los argentinos un millón de pesos fuertes para que se trasladen a la frontera del Paraguay a morir como en San Cosme, por su causa; sin perjuicio de que los herederos de los difuntos tengan que rembolsar algún día al aliado proveedor, los gastos que hace su generosidad para sacrificar a los argentinos por su conveniencia. La Nación Argentina exalta hasta lo sumo esa generosidad del Brasil.
            Una grave consecuencia resulta de la perpetuidad del tratado estipulada en el artículo 17, y es que el Brasil conservará perpetuamente el derecho de custodiar al Paraguay, a través del territorio fluvial argentino, enfeudado también al Imperio, por la alianza, por la siguiente estipulación del mismo artículo. A falta de medios los otros aliados podrán hacerse representar por el Brasil en el servicio de vigilar, por tiempo indefinido, sobre la ejecución, hasta en sus remotas consecuencias, de los tratados que el nuevo gobierno concluya con los aliados. Tan desigual alianza ¿no se presenta al espíritu como la de un jugador de gallos, que asiste al reñidero llevando en calidad de aliados, debajo de cada brazo, un gallo, para hacerles reñir en provecho de los tres y en honra del gallero solamente?
            En suma, el objeto evidente, incontestable de la alianza, probado por el tratado mismo que la establece, es la destrucción del Paraguay en su calidad de Estado Soberano, por la única razón de que su soberanía es una garantía natural para la libre navegación de los afluentes del Plata, que daña forzosamente a los monopolios heredados a España y Portugal, por Buenos Aires y Río, capitales coloniales que fueron de esas Metrópolis de ultramar.
            Para destruirlo sin alarmar a los poderes marítimos que han firmado tratados de libertad de comercio y de navegación con el Paraguay, se le destruye a medias e indirectamente. Se le toma la mitad de su escaso territorio, el uso soberano de sus aguas en que reside toda su fuerza, se le desarma totalmente como a un prisionero de guerra sin los honores de la guerra; se le impone un gobierno delegado tácito de los aliados, y se le agobia bajo el peso de una deuda de cientos de millones de duros, a que ascenderán los gastos de la guerra, para forzarle a escapar de esa posición imposible por el camino de su anexión al territorio de su acreedor, es decir del Brasil. Esta es la libertad que los aliados ofrecen al Paraguay.
            Todo el crimen del Paraguay, que se le quiere hacer pagar con su vida, es el simple hecho de existir como Estado independiente, según condiciones geográficas que hacen de su misma existencia de Estado, una provocación, un ejemplo, una garantía de emancipación y de libre y directo roce con el mundo exterior, para las regiones interiores de América, enfeudadas a Río de Janeiro y Buenos Aires por la acción de la vieja legislación colonial, que ha pasado de sus textos abolidos, a los usos rutinarios y a los intereses bastardos, que los guardan.
            Pero si es útil la desaparición del Paraguay para los monopolios brasileros, ella es desastrosa para las libertades de la navegación y del comercio, que los grandes poderes de la Europa han obtenido por tratados, pues la mera existencia de esa República es una garantía tan cómoda y eficaz de su observancia, como lo es la independencia misma de la República Oriental del Uruguay.
            El Brasil y Buenos Aires no tienen otro medio de revocar esas libertades y esos tratados (que han protestado y jurado romper), que borrar del mapa de las naciones al Paraguay, que los contrajo y necesita conservarlos. Los tratados fenecen por la muerte del contratante, como han desaparecido los tratados de Toscana y de Nápoles, por su anexión a la Italia. Hay sin embargo estados y tratados que desaparecen en obsequio de la libertad, y otros que cesan en el interés del monopolio y de la esclavatura.
            Para la Europa comercial, la destrucción del Paraguay sería la abolición indirecta y tácita de tratados que le aseguran el franco acceso de esas misteriosas regiones de América, donde Voltaire colocó El Dorado; y con razón, porque allí están los países del diamante, del oro a granel, del petróleo, del algodón, del índigo, de la seda, de la quinina, de la alpaca, y cuanto la India y la China producen de rico en sus tierras fabulosas.
            Para impedir el atentado contra la vida de la nación que ha firmado la primera, en Marzo de 1853, los tratados que abren al mundo el camino de esas regiones, la Europa no tiene necesidad de intervenir a mano armada, pues los tratados y la diplomacia le dan derecho a una ingerencia propia y parte directa, para invitar al Brasil, como lo ha hecho ya más de una vez, a retirar sus ejércitos del suelo de esas Repúblicas y dejarlas en el goce de la paz, que tanto necesitan para el desarrollo de su civilización y de su prosperidad. Sería al mismo tiempo un servicio hecho al Brasil, que está gastando en esa guerra la fortuna que no tiene, y gastará, si le dejan, hasta los diamantes de su Corona, tras la esperanza loca de reemplazarlos por cuatro grandes florones, que sin duda bien los valen, a saber: Montevideo, Entre Ríos, Corrientes y el Paraguay, pero que el Portugal y el Brasil unidos no pudieron conseguir en veinte guerras. El país que debiera hoy servir a sus jóvenes vecinos de modelo de circunspección, por la forma grave de su gobierno, es cabalmente el que quiere vivir con el fusil al hombro, buscando por guerras y revoluciones inacabables la prosperidad, que no debe él mismo sino a la paz de que empieza a sentirse cansado. Al verle entrar en la vida de revoluciones y trastornos, que es ordinaria a las jóvenes repúblicas, ¿no se diría que ha recibido la misión de desterrar la monarquía del nuevo mundo? Todo está en que así comiencen a comprenderlo las nuevas generaciones del Brasil".

§ 3º

            Poniendo en parangón la ocupación violenta del Chaco, territorio paraguayo, por el decreto de absorción de 31 de Enero de 1872, del Gobierno Argentino, con la libertad que dice habernos traído, resulta hasta la evidencia justificado lo que el mismo autor argentino citado arriba dice sobre las vistas de Buenos Aires, respecto al Paraguay, y es lo que sigue: "Sucede a Buenos Aires con los países interiores del Plata, lo que a España con los países de América. En los que todavía forman familia con él, no ve sino colonias: Santa Fe y Entre Ríos son la Habana y Puerto Rico de Buenos Aires. En los que han dejado de ser argentinos, no ve sino rebeldes, a quienes reconoce independientes de boca, pero sin renunciar a una esperanza secreta de reivindicarlos en más feliz oportunidad. En este caso se hallan Montevideo, Bolivia y sobre todo el Paraguay, a quien después de 30 años de vivir independiente lo calificó Buenos Aires de provincia argentina, todavía en 1842, y protestó contra su independencia.
            El Paraguay no ha sido reconocido independiente por la República Argentina sino en 1852, bajo el Gobierno nacional del Paraná. Pero Buenos Aires, que nunca reconoció a ese Gobierno, protestó contra la validez de sus actos diplomáticos, y todo el programa de su política actual consiste en anularlos poco a poco hasta recuperar con la ayuda del Brasil todo lo que las provincias le quitaron desde Caseros con la misma cooperación brasilera. Así, para Buenos Aires, el Paraguay no es un Estado independiente de derecho, y su reivindicación prevista es probablemente uno de los puntos sub-entendidos de su alianza presente con el Brasil.
            Con tratados o sin tratados, con declaraciones de principios o sin ellas, el Paraguay por el simple hecho de su posición fluvial, no puede existir como Estado Soberano sin la libertad de navegación de los afluentes del Plata. Así, él es partidario nato de esa libertad, y parte implícita y tácita de los tratados que la consagran. Luego, su mera independencia es un fallo de muerte contra los monopolios tradicionales de Buenos Aires en las provincias litorales argentinas situadas al sud del Paraguay.
            Mientras el Paraguay vivió aislado de sus vecinos para escapar de la guerra civil, que los devoraba, pudo muy bien alimentar su tesoro público con estancos y monopolios fiscales establecidos en ciertas industrias interiores. Pero desde que sienta la necesidad de desarrollar su producción y riqueza para agrandar su poder en la medida que lo hacen sus rivales, tiene que ofrecer a la inmigración y al comercio el ejercicio libre de las industrias más productivas del país. Abolidos los estancos y monopolios, tendrá que vivir de los recursos que alimentan a los pueblos más civilizados y más fuertes, las rentas del tráfico libre, las aduanas. A esos destinos marcha el Paraguay con una docilidad inteligente a la ley del progreso, que lo hace digno de la grandeza que le espera.
            Pero desde que él se vea entrado en esa vía, tendrá que chocar, como les sucede a las provincias litorales argentinas, con la pretensión de Buenos Aires a ser el puerto intermedio indispensable de los países interiores para su comercio con los países de ultramar. Ya le sucedió esto mismo en 1842, cuando libre de la dictadura del doctor Francia, quiso el Paraguay abrir relaciones de comercio con los países extranjeros: Buenos Aires le impidió todo género de relaciones con el extranjero. Así, las condiciones y exigencias de su nueva vida exterior la traen esta vez para tomar como suyo propio el viejo litigio de las provincias litorales argentinas con Buenos Aires. Esta comunidad de intereses con las provincias lo hace ser su aliado natural, no sólo para arrancar las libertades y recursos de que las tiene despojadas Buenos Aires, sino también para defenderlos y conservarlos después de reivindicarlos. Esa alianza será una de las bases permanentes de su política exterior respectiva y recíproca. Las provincias argentinas deben tomar al Paraguay como su palanca de Arquímedes para levantar el edificio de su Gobierno nacional contra las resistencias de Buenos Aires.
            Apoyarse en Buenos Aires para vencer a Buenos Aires es un contrasentido y un absurdo. En esta base floja y ridícula está apoyada, sin embargo, toda la política de los argentinos que hoy rodean a Buenos Aires con la esperanza de que les constituya su Gobierno, desnudándose para ello de los recursos que les tiene arrebatados.
            En la guerra, el poder de la provincia de Buenos Aires para con el Paraguay es completamente nulo. ¡No se atrevió el general Mitre, después de la victoria de Pavón a invadir la provincia de Entre Ríos cuando estaba en el colmo de su poder, y se había de lanzar solo al Paraguay, donde sucumbió el ejército de Belgrano en 1811!
            Buenos Aires no podría ejercer acción alguna militar contra el Paraguay sino apoyándose en las provincias litorales argentinas, y como éstas no servirían a Buenos Aires en el interés de su propia expoliación y servidumbre, sería preciso que empezara por conquistar a las provincias. De esto se ocupa cabalmente, y la guerra que hace hacer en la Banda Oriental no tiene otro objeto ulterior que subyugar a las provincias argentinas con la doble ayuda de Montevideo y del Brasil, para pasar enseguida al Paraguay.

            Las provincias que sin darse cuenta de esto atacasen al Paraguay en defensa de Buenos Aires harían el papel que hizo Buenos Aires desbaratando las invasiones británicas a principios de este siglo, en gloria y provecho del Rey de España y para asegurar su dominación en América. Buenos Aires no es un poder serio para el Paraguay, como no lo es para las provincias argentinas cuando están unidas en cuerpo de nación. La población del Paraguay cuatro veces mayor que la de Buenos Aires es homogénea y compacta en opiniones, mientras que Buenos Aires tiene dividida la suya en dos partidos; el Paraguay tiene un ejército; Buenos Aires no puede decir cuál es lo suyo y cuál lo ajeno, empezando por sus soldados, que sólo son nacionales en cuanto la nación los viste, los arma y los paga, para que sirvan a Buenos Aires".
            "Montevideo es al Paraguay por su posición geográfica, lo que el Paraguay es al interior del Brasil, la llave de su comunicación con el mundo exterior. Tan sujetos están los destinos del Paraguay a los de la Banda Oriental, que el día que el Brasil llegase a hacerse dueño de este país, el Paraguay podría ya considerarse como colonia brasilera, aun conservando una independencia nominal.
            Y como esta misma razón de hallarse situada en las márgenes del canal que forman los ríos Paraguay, Paraná y Plata, sujeta a las provincias brasileras situadas más arriba del Paraguay a seguir un destino solidario con él y con la Banda Oriental, el Gobierno del Paraguay habría dado prueba de estar ciego si hubiera vacilado en reconocer que la ocupación de la Banda Oriental por el Brasil tenía por objeto asegurar las provincias imperiales situadas al norte del Paraguay, así como a esta misma República.
            Ocupado Montevideo por el Brasil, la República del Paraguay vendría a encontrarse de hecho en medio de los dominios del Imperio. He ahí por qué el Paraguay se ha visto y debido verse amenazado en su propia independencia por la invasión del Brasil en la Banda Oriental. Ha hecho suya propia la causa de la independencia oriental, porque lo es en efecto, y su actitud de guerra contra el Brasil es esencialmente defensiva o conservadora, aunque las necesidades de la estrategia le obliguen a salir de sus fronteras. Esta identidad de causa entre el Paraguay y la Banda Oriental resulta probada por el manifiesto en que el Brasil acaba de anunciar a los poderes amigos su determinación de hacer la guerra al Paraguay. En él reconoce el señor Paranhos que la cuestión de límites es la causa principal de la contienda. El Paraguay reclama como límite septentrional de su territorio el río Blanco, y el Brasil pretende que lo es el río Apa. Entre el Apa y el Blanco, afluentes del río Paraguay, se encierra un territorio de 30 leguas españolas de norte a sud, y 50 de este a oeste, que el Brasil reclama como suyo, y que es evidentemente paraguayo. Ese territorio es ribereño del río Paraguay. En todo ese trayecto ninguno de los dos países puede hacer actos de soberanía hasta que no se defina la cuestión de límites.
            Esta cuestión que ya dos veces, en los últimos diez años, puso las armas en manos del Brasil, y que no está resuelta todavía, es la que el Brasil quiere resolver de hecho, tomándole al Paraguay la ventaja que él le lleva de estar más abajo de Mato Grosso, por la ocupación de la Banda Oriental, que es la llave de la navegación exterior del Paraguay. He ahí por qué el Paraguay ha visto en peligro inminente su libertad de navegación, desde que ha visto al Brasil en camino de apoderarse de la Banda Oriental, como ya lo hizo en 1820.
            La complicidad visible de Buenos Aires con el Brasil en la ocupación de la Banda Oriental no hace sino más amenazante para el Paraguay la actitud del Imperio, a causa de los motivos de interés que Buenos Aires tiene por su parte en suprimir la existencia soberana del Paraguay, para no dejar ese mal ejemplo a espaldas de las provincias litorales, cuyo tráfico pretende monopolizar. Aunque el Paraguay fuera adjudicado al Brasil en vez de serlo a Buenos Aires, esta provincia tendría servidos los intereses de su monopolio por el mero hecho de quedar el Paraguay reducido como Mato Grosso a la condición de provincia interior del Brasil, más interesado que Buenos Aires en la clausura de esas regiones".

§ 4º

            ¿Cuál sería la gran ofensa recibida del pueblo paraguayo por esa ilustre Buenos Aires, cuna de eminentes genios, para que apoyase a su gobernante las ambiciosas miras de traer la guerra de exterminio, coligado de dos poderes que asegurasen sus pretensiones, contra el pueblo que acababa de levantar la voz ante el mundo, y presentar su pecho con heroísmo, en defensa de la independencia de su hermana la República Oriental del Uruguay, amenazada de muerte por el Imperio del Brasil? ¿Del mismo pueblo que interesado por la prosperidad, unión, paz y fraternidad de la otra hermana la República Argentina, hizo ahora pocos años los mayores esfuerzos posibles para poner en paz honorable a esa misma Buenos Aires que nos ha traído la desolación, el llanto y la muerte, que hoy quiere confundir con la libertad; en momentos en que las provincias argentinas unidas se acercaban con un ejército poderoso amenazando despedazarse sin piedad, por medio del General López, como mediador, quien tuvo la fortuna de conseguir se arreglasen y se diesen un abrazo fraternal, evitando el torrente de sangre que se aproximaba derramarse, cuya firma debe estar consignada en el convenio de paz del mes de Noviembre, que ha sido la base de la organización actual de la República Argentina? ¡Ninguna ha sido, o sino que lo digan ellos mismos!
            Los que hallaron preferible la mediación paraguaya a la de Francia e Inglaterra son los que trajeron y trabajaron por la destrucción del Paraguay a título de bárbaro.
            El fundamento para ello bien claro lo patentiza el señor Alberdi, en los párrafos que siguen:
            "El Paraguay es atacado como bárbaro, porque coincide con Inglaterra y Francia en estos dos deseos: la libertad de los afluentes del Plata y la independencia oriental, como garantía de esa libertad.
            Que el general Mitre busca hoy en el Paraguay lo mismo que buscaba el general Rosas en su tiempo, es mister Thornton, Ministro inglés, quien lo ha dicho al Conde Russell en las siguientes palabras de su despacho de 24 de Abril del presente año (1865): "Tanto el Presidente Mitre como el ministro Elizalde me han declarado varias veces... que aunque por ahora no pensaban en anexar el Paraguay a la República Argentina, no querían contraer sobre esto compromiso alguno con el Brasil, pues cualesquiera que sean al presente sus vistas, las circunstancias podrían cambiarlas en otro sentido; y el señor Elizalde, que tiene como 40 años de edad, me ha dicho que esperaba vivir lo bastante para ver a Bolivia, al Paraguay y a la República Argentina unidos en una Confederación y formando una poderosa República en Sud América. Mal podrán formar la Confederación que dice, de una poderosa República en Sud América, cuando ellos mismos principian a debilitarse, destruyendo sus fuerzas y las de sus vecinos, en favor del enemigo que nos acecha; esto es una verdad".
            Siguiendo al mismo autor, dice: "Florencio Varela es el Camilo Cavour del Río de la Plata. La tumba del mártir da a su palabra la autoridad de la ley y de la profecía.
            "Que continúe el Paraguay (decía el brillante publicista en 1845) en esa carrera de bien comprendida liberalidad; que asegure por medio de sus armas y de tratados la libre navegación del magnífico canal que le pone en comunicación con el mundo trasatlántico (el Río Paraguay), y su desarrollo seguirá una proporción asombrosa... y esa nación que se levanta después de todas sus vecinas, será tal vez la primera en llegar al destino que la riqueza de su suelo le depara...".
            "Esa es la perspectiva del Paraguay (proseguía Varela); confiemos en que luchará con vigor porque no se frustre, y pedimos para ese pueblo el apoyo de la civilización que él llama a voces".
            "Se obstina Rosas en reducir al Paraguay a la misma sumisión estúpida en que tiene a las provincias argentinas; resiste aquél la pretensión, pero no a fuer de rebelde sino buscando el fundamento de su derecho en la historia de la común emancipación; y desbaratando la idea favorita del dictador, preconizada por él aquí y por sus fautores en Europa, la idea ambiciosa y desorganizadora de reconstruir el Virreinato de Buenos Aires".
            "Urquiza no puede ignorar (decía Florencio Varela en 1845) que ha dicho y estipulado el Paraguay de un modo solemne, que hará la guerra hasta obtener garantías completas y valiosas de su independencia y soberanía, como el derecho y comunidad de la navegación libre de los Ríos Paraná y Plata...".
            "El Paraguay está de pie y alerta..." decía en 1845 el brillante opositor de Buenos Aires.
            "El más noble, el más importante de los caracteres que distinguen a los actos del Paraguay (en su lucha con Buenos Aires en 1845) es el de la espontaneidad de su causa impulsiva, que es conocimiento de los verdaderos intereses de la misma República, fundados en principios de justicia y de una racional libertad de navegación y de comercio comunes a nacionales y extranjeros".
            Buenos Aires y el Brasil la querían sólo para los ribereños, y hoy mismo no tienen otras miras.
            El general Pacheco y Obes, conocido en todo el mundo liberal, escribía en París en 1851, y publicaba bajo su nombre estas palabras: "Los apologistas del general Rosas han pintado al Paraguay con los colores más tristes; han querido decir que nada significa en aquel continente, han vilipendiado el carácter del pueblo, han desconocido y calumniado también al ilustre magistrado que le preside (López padre) y que por sus talentos y noble patriotismo se ha granjeado el respeto de toda la América, del mismo modo que merece la confianza y el amor de sus conciudadanos".
            "Hoy el ejército del Paraguay (decía el malogrado y brillante general oriental) es por su instrucción y disciplina todo lo que puede desearse en la guerra de América". París 1851.
            El doctor Alsina (Don Valentín) en el Comercio del Plata opinaba como Pacheco y Obes, calificando de este modo al ejército paraguayo: "Es compuesto todo de una juventud brillante, lozana, robusta, parca y habituada a todos los trabajos rudos. La obediencia y el respeto a sus jefes es en ella un culto... Maniobran como cualquier ejército europeo.
            "Si a esto se añade que en todo el continente americano no existe una nación a quien su posición geográfica haga más invulnerable... se comprenderá la enorme ridiculez que envuelve la idea de que Rosas pueda invadir y subyugar al Paraguay".
            El general Paz, primer táctico argentino, hallándose a la cabeza del ejército aliado de paraguayos y correntinos en 1846, apreciaba del siguiente modo la capacidad del joven general López (hoy Presidente del Paraguay): "No tengo duda de que el general del 2° Cuerpo del Ejército Pacificador corresponderá a las esperanzas de la patria y a los deseos de Vuestra Excelencia, felicitándonos todos por tener en su persona un esforzado compañero de armas, pues manifiesta genio y capacidad".
            "Así eran juzgados el Paraguay, su causa y sus hombres, por los primeros patriotas argentinos, hace 20 años, cuando sus banderas se mezclaban aliadas a las banderas argentinas de Corrientes en 1845 y 1846, en contienda con el poder de Buenos Aires, por intereses, según Florencio Varela, de libre navegación fluvial y de comercio directo, de independencia y soberanía política, de civilización, en fin, por parte del Paraguay".
            Estas apreciaciones y otras de la misma naturaleza son los crímenes y pecados cometidos por el pueblo paraguayo, después de su bautismo, de la independencia nacional, contra Buenos Aires, para que jamás haya querido levantar la excomunión que fulminara contra él, de no perdonarle los pecados de oposición en que ha incurrido desde el año de 1810; de no subordinarse para formar parte del soñado y caducado Virreinato; y no contento con la destrucción y muerte que por último le ha traído a este pueblo, que en nada le ha ofendido, decreta ahora la desmembración violenta de sus territorios, (que la posteridad tendrá presente), sin atender al derecho y justicia que le acompaña, aprovechando la ocasión que siempre ha buscado y procurado, valiéndose para ello de poderes extraños, a fin de asegurar su presa.
            ¿Cómo se engañan los pueblos, y los hombres que se encuentran al frente de sus destinos? ¡El pueblo de Buenos Aires, simpática hermana nuestra, que debiera considerarlo siempre al Paraguay como un fuerte aliado suyo, por su riqueza y elementos de guerra, antes de su fatal destrucción, para defender en unión, como pueblos hermanos, esta parte preciosa del continente sud americano, de las añejas pretensiones de nuestros enemigos tradicionales, y elevarlas al rango y opulencia en qué debían ya encontrarse, si no fueran las ambiciosas miras, que muy marcadamente, todos sus gobernantes desde 1810 han dirigido incesantemente contra este desgraciado país, que ha dado las mejores pruebas de sus buenos deseos para con Buenos Aires y la República Oriental del Uruguay, hasta el extremo de sacrificarse en defensa de ésta, que le había ofrecido fidelidad, y que muy pronto se vieron sus lanzas clavarse en los pechos de los mismos hombres que con abnegación y heroísmo se precipitaron en su defensa! El señor General Mitre, que por su talento y luces no comunes, debiera haber considerado que debilitar las fuerzas de estos países era entregar maniatados a las vistas absorbentes y tradicionales de nuestro enemigo común, ha sido el instrumento principal de la destrucción del Paraguay, y no ha querido saber nada respecto a este país, más que su muerte y desaparición del mapa del mundo; como lo hemos comprobado en varios artículos transcritos de eminentes plumas argentinas; y muy particularmente sobre esta última parte, óigase al ilustre argentino Doctor Argerich, que la oportunidad del caso nos hace recordar de unos párrafos de su carta, publicada en "La América" el 14 de Junio de 1866, cuyo tenor es el que sigue:
            "Yo he dicho que la guerra con el Paraguay ha podido evitarse, porque tal es mi creencia de mucho tiempo atrás".
            "Si el gobierno del general Mitre, tan respetuoso y tan condescendiente para con los monarcas de América y Europa, hubiera mandado un enviado al Paraguay cuando empezaron los primeros susurros de guerra contra el Brasil, de seguro que no hubiéramos entrado en esta lucha desastrosa y sangrienta para la República, y que habríamos visto en su lugar derribado ese Imperio, mezcla horrible de amos y de esclavos, que está en nuestro continente como una amenaza perpetua de nuestras instituciones.
            Pero el gobierno del general Mitre, o más bien dicho el general Mitre, no quiso saber nada con el Paraguay, y ya sean pactos secretos con el Imperio que explotan las miserias y las debilidades de nuestros hombres públicos, o ya sea el deseo de una guerra que pudiera darle la gloria efímera y poco envidiable de las batallas; lo cierto es que nosotros no tuvimos representación alguna cerca del déspota López, que habría sin duda podido excusar la guerra, y que la tuvimos cerca del Imperio, que halagaba las pasiones de nuestro magistrado, con el esplendor deslumbrante de los triunfos militares, que nunca han producido los Lincoln, ni los Rivadavia".
            El redactor del periódico de donde tomamos los anteriores párrafos, "El Pueblo", comenta diciendo:
            "Ésta fue la unánime opinión del pueblo argentino, cuando se rasgó el velo que cubría el tratado de alianza.
            "No se nos diga que el Doctor Argerich es traidor a su patria, porque se expresó en este lenguaje conveniente, tratándose de una cuestión que tanto afectaba, como afecta, la honra del pueblo argentino; no, el Doctor Argerich forma parte de esa pléyade de jóvenes que desde el 11 de Setiembre de 52 hasta nuestros días, combatieron a la tiranía, en los clubs, en la prensa y en los campos de batalla; el Doctor Argerich al hablar así, contaba con el apoyo de la República en masa, que viendo el verdadero punto objetivo de la guerra, se desligó de su gobierno, dejándolo solo con la responsabilidad de sus actos".
            Si no tuviésemos el íntimo convencimiento de que los artículos que hemos trascrito en esta memoria, para honra y gloria de sus autores, que con una conocida imparcialidad han sido escritos por ilustres plumas argentinas, que movidos sin duda de la nobleza de sus corazones, han querido compartir sus buenos deseos, con nuestra amarga y deplorable situación, para en cierto modo dulcificar los sinsabores que nos ha traído esa malhadada guerra; excusaríamos escribir tanta verdad, que nos releva de toda comentación.
            Esos hombres ilustres, cuyas inteligentes plumas han escrito los trozos de que nos ocupamos, han sabido apreciar en su verdadero punto de vista, la deformidad de ese tratado nefando de la alianza, para decapitar a un pueblo hermano, cuyas consecuencias estamos experimentando, a quien mejor le estaría continuar doblando su cerviz al tirano que le oprimía, hasta que la providencia le deparase los medios de obtener su libertad, como la han tenido otros pueblos, antes que concluir completamente con la existencia de este pueblo desgraciado, reduciéndolo a escombros, por precio de su libertad, como quieren suponer.
            Pero no; los destinos del Paraguay estaban ya sentenciados por los tres gobiernos que se coligaron para suscribir la fatal sentencia de exterminio, en el tratado secreto de 1° de Mayo de 1865, condenando a sucumbir por la fuerza, en la aurora misma de su libertad, que no podía ya tardar, en el siglo de las luces; y fue decapitado sin piedad por los mismos que pudieron haberlo salvado, cuyos hechos de eterna reprobación, las generaciones venideras recordarán con horror en sus fastos históricos.
            Esos nobles argentinos, de que hemos hablado, haciendo justicia a esta causa, han consignado verdades positivas en las columnas de sus escritos a este respecto, sin traicionar en nada a su patria, pues que así lo comprueban sus escritos, explayando su convicción y la de ese pueblo, digno de estrecharse más y más con el pueblo paraguayo, ligados con los vínculos de origen y vecindad, para haberse excusado tanto derramamiento de la sangre preciosa de argentinos y paraguayos, con que pudiera haberse fortalecido en unión nuestra patria y todo este continente sud americano.
            No es de menos importancia el ilustrado papel de 9 de Julio de 1866, que los Gobiernos de los cuatro Estados Americanos, Perú, Chile, Ecuador y Bolivia, haciendo justicia a la causa común de las Repúblicas Sud americanas, deploran y levantan la voz en grito, protestando solemnemente contra la sentencia de conquista consignada por la alianza en su tratado secreto de 1° de Mayo citado, contra la República del Paraguay, notificada oportunamente a los gobiernos aliados, para después ocupar el silencio de los archivos. En él se encuentran analizadas y previstas todas las fatales consecuencias de ese tratado que desde luego pone en transparencia el pacto inicuo de decapitación de un pueblo hermano y la mancha indeleble con que enturbiaron la honra de sus respectivas nacionalidades los tres gobiernos signatarios, que antes de formarle causa al pueblo que iban a combatir, deciden de su destino y se reparten de sus despojos y territorios, con escándalo de los pueblos cultos que se horrorizaron de su deformidad; y es el que transcribiremos para eterna memoria en el Capítulo siguiente.



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