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viernes, 27 de agosto de 2010

MAYBELL LEBRÓN DE NETTO - PANCHA (NOVELA) - Poema PANCHA GARMENDIA de NARCISO R. COLMÁN / Edición digita: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES




PANCHA
Autora:
MAYBELL LEBRÓN DE NETTO
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Arandurã Editorial, 2000.

A las mujeres de la Residenta, heroínas del
dolor y de la esperanza, sus manos y sus
vientres lograron la resurrección del
Paraguay.

A mis dos ausentes.
A Rafael y Norma, mis hijos,
a Manuel, ese tenaz estímulo.

Mi agradecimiento
A la doctora Margarita Prieto Yegros, por su invalorable
colaboración para la correcta grafía del guaraní.
Al doctor Carlos Castillo, por haberme alcanzado los
originales del poema a Pancha Garmendia, en guaraní,
del gran poeta paraguayo Narciso R. Colmán -Rosicran-.
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INTRODUCCIÓN
* Francisca Garmendia nació un día que pudo haber sido del año 1827. Su padre: Don Juan Francisco Garmendia, español, respetado por su honradez y buen trato. Su madre: Doña Dolores Duarte, paraguaya. Sus hermanos: Diego y Francisco, mayores que ella.
* En esa época Francia exigió a los españoles reiteradas multas, la última, de 12.000 patacones -suma que ya Garmendia no pudo reunir a pesar de haber vendido todos sus bienes- y con el plazo perentorio de 24 horas para saldar el pago. Desesperada, Doña Dolores golpea la puerta de vecinos y amigos; con Pancha en los brazos se llega hasta el Mercado mendigando unas monedas, pero pese al llanto y los esfuerzos por salvar a su esposo, no puede reunir la suma requerida y Don Juan Francisco Garmendia es fusilado, por orden del Dictador Francia, un día de Corpus Christi, 5 de setiembre de 1830.
* Abandonada a su suerte, en la más espantosa miseria, enloquecida por el dolor y desesperada angustia por el hambre de sus hijos, la pobre mujer enferma y muere dejando desamparados a Pancha y sus hermanos.
* El matrimonio del español Don José de Barrios y la paraguaya Doña Manuela Díaz de Bedoya, caritativo y pudiente, protege a los huérfanos. Desde entonces Pancha es criada como hija, recibiendo de sus padres adoptivos cariño, educación y consejos.
* Como en las grandes tragedias, los Hados colmaron a la niña de dones físicos y espirituales. Su hermosura se vuelve deslumbrante y, a los quince años, es ya la mujer más bella del Paraguay. Su bondad, su inteligencia y prestancia, no le van en zaga; es, sencillamente, un deleite sólo el contemplarla.
* Es entonces que el demonio intenta atraparla. Arrebatado de amor y deseo, el coronel Francisco Solano López -hijo del Presidente de la República del Paraguay, Don Carlos Antonio López- decide hacerla suya y pone en juego todo su poder y seducción. Este tenaz acoso iniciará en su vida el infortunio que la atormentará hasta el final. Su dulzura y equilibrio la destacaban tanto como su belleza, belleza que no logró envanecerla pero sí afirmó su orgullo. Puesta a prueba en circunstancias extremas, no se dejó vencer, y es y será ejemplo de dignidad de mujer.
* Sojuzgado el país por una sola voluntad que nadie osaba cuestionar, ella se erige en defensa de su honra. Ella sola, estoica e irreductible, sufre bajo la saña de su verdugo.
* Pancha no es una heroína olvidada. El pueblo da testimonio de amor y admiración por ella en cantos y relatos recogidos de labios humildes y en documentos históricos incuestionables. Pero el estigma de su calvario era demasiado vergonzoso, y los defensores del Mariscal decidieron borrarla de la historia.
* Loor a ella: la trágica muchacha. A ella, cuya dignidad humilla al infame acoso y ennoblece la figura de la mujer paraguaya.
Ella: Pancha Garmendia.
Maybell Lebron
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- I -
* El bando recorre las calles, trepa ventanas, se enrosca en las puertas y aúlla su mensaje en toda la ciudad: Asunción debe ser evacuada. Luque es la nueva capital del Paraguay. Pena de muerte a los díscolos.
* Protestas y lamentos llegan de la cocina.
* -Jesús, María y José. Se llevaron a nuestros hombres y ahora esta guerra maldita nos echa de nuestra casa ¡mi Dios! Qué piko va a ser de nosotras.
* Las mejillas charoladas de la anciana servidora brillan como nunca, empapadas de llanto. Va y viene ayudada por Engracia, arrastrando hasta el amplio zaguán un baúl de cuero y dos canastos. Doña Manuela y Pancha, tomadas de la mano, miran en silencio los retratos de grueso marco dorado, la elegante tapicería de la sala, el ornado trinchante lleno de cristales y porcelana. Como autómatas, prenden las lámparas ante esa súbita negrura hecha de sombra y de lágrimas.
* Pancha abre los postigos de la ventana enrejada. Afuera todo es agitación, voces, crujir de carruajes sobre la calle despareja y escasamente iluminada donde los faroles mbopi, sostenidos por sus dueños o colgando de los carros, bailan una alucinante danza de fantásticas luciérnagas.
Obedecer. Un pueblo a sus pies ¿por qué, Dios mío? Una sola voz rige al Paraguay. Ha cerrado las bocas, nadie opina, apenas se dialoga. Disentir con el Karaí es arriesgar la vida. Ella lo sabe. Su pecho tiembla de rabia impotente.
* Siente la sangre espesa golpetear en las arterias como buscando salida. El rencor se cuela en los poros y se substancia con la carne transformado en un dolor que le atenaza el cuerpo y le quita el aliento. Apoya la frente en los barrotes y el hierro la reconforta.
* Haciendo un esfuerzo se despega de la reja -que ha perdido su frescura en las mejillas ardientes- para responder al llamado de Doña Manuela.
* El mueble de pequeños cajones en hilera, delicadamente tallado, cede a la presión de la llave y libera la traba. Con dedos convulsos, la rolliza matrona extrae de bolsitas gamuzadas y estuches forrados de terciopelo, aretes, pulseras y gargantillas, que acomoda en una caja vacía de bombones (obsequio de algún invitado gentil) agregando monedas de oro hasta colmarla. Hace un envoltorio con grueso papel marrón y cordeles bien anudados; sobre la llama de una vela el lacre se pone dócil para sellar el paquete. La fina caligrafía de Pancha estampa en el papel el nombre de Manuela de Barrios.
* Mamá Manuela acaba escondiendo su pena bajo las sábanas. Pancha sale al corredor: necesita aire.
* En la penumbra del patio interior el silencio repta escondiéndose en los rincones, como un animal asustado. La luz raquítica de una vela se escapa enmarcando la puerta del cuarto de las criadas. Un crujido inquieta a Pancha.
* -¿Quién anda ahí?
* Engracia surge de la oscuridad. Trae en sus manos un pequeño cofre de madera. La mira con sus ojos morenos ensombrecidos de angustia:
* -Quiero esconder nuestras joyitas. El rosario de oro, algunos zarcillos y ese carretón con crisolita que me regaló la señora cuando cumplí veinte años-. Lo dice todo muy rápido, antes de quebrársele la voz en un sollozo.
* -¿Y dónde, Engracia?
* -Ayúdame, Panchí, voy a subir para ponerlo detrás del horcón del techo, en la cocina. No se ve el hueco desde afuera pero yo sé que está comido y hay un agujero grande. Mamá, anga, está en la cama, lamentándose desesperada; pero hay que esconder las cosas para encontrarlas cuando volvamos. ¿Verdad, Panchí?
* Prende una vela y entra en la cocina, seguida de Pancha. Las paredes oscurecidas por el humo crean sombras oscilantes, ahondando la tristeza de las mujeres. La mulata trepa a una mesa que habían arrimado; al ver que no alcanza el horcón, pone un banco sobre ella y así consigue meter en el hueco el pequeño cofre que es tragado por la cavidad, lejos de ojos ignorantes del secreto.
* Baja de la improvisada tarima con la mirada opaca y un temblor en la barbilla, se abrazan sin palabras mientras las lágrimas corren destellando en la penumbra.
* Temprano en la mañana, hombres y mujeres manotean las rejas de la Legación de los Estados Unidos de América, tratando de acercarse al portón de entrada y ser recibidos. Entre ellos está Pancha, quien entrega el minúsculo tesoro en depósito y custodia, a pesar de la negativa de las autoridades de otorgar recibo alguno. Al retirarse, arreglándose el pelo y la ropa desordenada por los apretujones, ve entrar a soldados llevando dos ponchos tomados de las puntas, repletos de bultos. Más tarde se entera de que eran pertenencias de la Lynch.
* Las casas, relegadas al silencio, vuelcan sus habitantes sobre las calles, inundadas de gente. Ancianos, ciegos, enfermos, suben el rojo camino a Luque, presurosos por llegar.
* Los impedidos son arrastrados por parientes y servidores -mujeres en su mayoría- en carros, carretillas, o simplemente en hamacas, convertidas en angarillas al sujetarlas de un palo apoyado sobre los hombros de las más fuertes. Niños descalzos, gritones y ventrudos, con hatillos a cuestas, escoltan felices ese patético corso a destiempo, flanqueado de perros excitados, bajo el confuso borboteo de gritos, llanto y oraciones.
* Otra caravana sigue la trocha del tren, tropezando con los durmientes y dispersándose alborotada al oír el silbido de la locomotora. Entre risas y sustos el gentío se apresura a cruzar los puentes que sostienen las vías tendidas sobre cauces de agua cristalina, rodeados de árboles, helechos y guembés. Los niños escapan hasta el vado para chapotear en la corriente, sin hacer caso al llamado de las madres angustiadas ante el riesgo de perderlos.
* En la nueva capital, las mejores casas ya han sido requisadas para la comitiva oficial y las familias agraciadas, con transporte gratuito desde Asunción.
* En la elegante estación del ferrocarril, el rezongo del tren ahoga murmullos.
* Ayudado por las muletas y la solicitud de una muchacha, el anciano espera la hora de partida recostado en un rincón del andén. En voz baja, comenta:
* -¡Quién lo hubiera pensado! Tener que abandonar Asunción. Esto es el comienzo del derrumbe. López erró el cálculo al declarar la guerra al Brasil y luego a la Argentina. Su torpeza costó la vida a treinta mil paraguayos en estos dos años de lucha. Es tremendo.
* -Mira, abuelo, algunos como Estigarribia rindieron sus hombres sin luchar, y eran seis mil. Es por gente como esa el que estemos hoy así.
-No lo creas, m'hija, el resto de su ejército estaba agotado por el hambre y por las enfermedades; diezmado por las balas enemigas. No pudo hacer otra cosa, se rindió para salvarlos de la masacre. Ya ves lo que pasó con Robles: volvió sin ejército y sin gloria para ser relevado de su puesto y fusilado como traidor. Todo por no poder cumplir una misión imposible.
* -Tal vez no supo defenderse y explicar la situación al Mariscal.
* -No, mi niña, no es eso. Con maligna intención López adopta el criterio de la responsabilidad compartida; no sólo sanciona al «traidor» sino que la culpa cae sobre la familia y sobre los amigos, sin respetar a las mujeres o los niños. Imposible protestar, el temor a ser ajusticiado por orden del Mariscal acalla toda rebeldía. Posiblemente yo no veré el fin de esta guerra, pero tú podrás juzgar más tarde esta desgraciada y tenebrosa etapa de la historia del Paraguay.
* -Por favor, abuelo, no sea pesimista, aún podemos ganar la guerra. Cambiemos de tema, allí viene una chipera y es mejor que no se entere de nuestra conversación, puede ser una soplona pyrague.
* La sonrisa triste del canoso caballero clausura el diálogo, mientras las familias privilegiadas se saludan sin comentarios, temerosas de cometer algún desliz de imprevisibles consecuencias.
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- II -
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* La gruesa hoja de madera tallada cierra con lúgubre retumbo. Cuatro mujeres unidas en un desconsolado abrazo, resignadamente, comienzan a tirar del carrito al que han agregado unas agarraderas de cuero. Pronto se confunden con la multitud.
* Ancianos desatinados gritan nombres o se acurrucan indefensos. Un carro volcado con las ruedas girando alegremente ante su desesperada dueña no conmueve a nadie. El sol troca el viaje en un infierno: botellas y cantimploras arden, secas; los niños, con los ojos enrojecidos, gimotean mordiendo pedazos de mandioca cocida cubiertos de polvo, moco y lágrimas.
* Tristeza, dolor y resentimiento disputan espacio en el pecho de Pancha. ¿Por qué abandonar las casas? Si los combatientes deben seguir a su Conductor y luchar en los campos de batalla, nosotras tenemos el derecho de guardar nuestros hogares. Es más difícil para el enemigo la ocupación de una ciudad hostil, con habitantes dispuestos a resistir a los invasores, que entrar a un sitio desguarnecido abierto al pillaje.
* La correa le lastima el brazo, ella sigue estirando el carro sin una queja, sus dientes se hincan en los labios, enrojeciéndolos.
* Otra vez Francisco ordenando vidas, ahora en todo el país. Desgraciado. Qué sórdida idea la de obligarnos a seguir sus pasos bajo pena de muerte. Sacrificio inútil de tanta gente arrastrada a este peregrinaje agotador, sin esperanza. Te conozco, tienes miedo, Mariscal. Los pechos de quienes no te aprueban deben estar al alcance de tu mano, por eso nos llevas a tu lado, para eliminar a quien se rebele contra tu despotismo. Eres cruel, eres peor que las fieras: ¡qué desgracia haberte conocido!
* Las sombras roen los últimos restos de claridad: el éxodo frena. Muchos se agotaron en la Recoleta, otros llegaron hasta Campo Grande, algunos alcanzan el arroyo Ytay. Las varas del carrito quedan clavadas en su orilla. El agua fresca lame las manos llagadas de Pancha y Engracia, sus rostros congestionados. Con dedos adoloridos cargan un botellón y llevan agua a las dos ancianas que esperan jadeantes entre sus ropas desaliñadas, con las cabezas apoyadas contra el carro, incapaces tan siquiera de llorar.
* El grupo se acomoda sobre la gramilla húmeda. Un perro con algo en la boca pasa disparado seguido de un chico alborotador. Saciada la sed, mastican pasteles y se tienden sobre mantas.
* Doña Manuela comienza un rosario que muere en sus labios, vencido por el cansancio. La gente trae ramas y pronto llamea la hoguera; al crepitar inquieto se une el rumor creciente de animado parloteo, mechado con quejidos y maldiciones. El resplandor descubre rostros baldíos de sonrisa, labios apretados en impotente rebeldía. Ya no importan los trajes manchados y llenos de polvo, es sólo un comienzo sin final.
* -Siéntese, mi niña, que allá están prendiendo fuego y voy a calentar agua para unos mates.
* Engracia sacó una pavita del carro y se dirigió al arroyo que canturreaba, interminable y feliz, entre tanta miseria.
* Pancha miró cómo se alejaba. La pulposa morena aún conservaba sus redondeces. Sus pies descalzos mostraban una robusta costra, escudo eficaz contra las espinas y asperezas del sendero, candente bajo el sol. Lo único que ablandaba esa barrera callosa, volviéndola vulnerable, era la lluvia. Bajo la pañoleta azul atada a la cabeza, brillaba en los ojos renegridos la decisión inquebrantable de seguir a su ama, fuese a donde fuese.
* Las llamas se encaramaban en el vacío devorando negrura. Pancha ató una hamaca a los árboles que bordeaban el claro y dejó caer en ella su cuerpo cansado.
* -Panchí, te traigo un mate calentito.
* Los dientes brillaron en la primera sonrisa de la noche, mientras la mano áspera ofrecía el brebaje.
* Al incorporarse, su abundante cabellera obscura enmarcó un rostro altivo, de cutis finísimo y enormes ojos rasgados de azul profundo, bajo el grueso arco de las cejas. El ajado traje no conseguía ocultar su figura espléndida, ni el cansancio borrar la altivez del gesto lleno de una indefinible fuerza interior. Las miradas curiosas se volvían hacia ella atraídas por su belleza y su porte.
* Arrebujadas en mantas a pesar del calor, las dos ancianas dormían y niños despatarrados poblaban el césped en despreocupado sueño. Algunas mujeres, con sus criaturas prendidas a los pezones, cabeceaban.
* Pronto el agotamiento acalló las voces. En la noche sin luna, una espesa negritud sitiaba la luz de las brasas.
* El ulular de un búho inquietó a Pancha. Entre el ramaje alcanzó a descubrir una estrella, como cuando miraba por la ventana de su cuarto, con el jazminero salpicando de aroma la estancia y un ladrido de perros en las calles vacías. Rememoró la casona, sus ventanales enrejados chorreantes de malvones rojos y blancos que daban a la calle 14 de Mayo una pincelada de color, justo frente a los serios corredores de la Academia Literaria.
* Allí, junto al aljibe rodeado de helechos, en el patio interior aún fresco a esa hora de la mañana, el matrimonio Barrios, apoltronado en sillones de mimbre con almohadones de cretona floreada, sorbía despaciosamente el mate cebado por la púber criada morena.
* -Ya es grandecita, es mejor que sepa la verdad y no historias inventadas por chismosas.
* Doña Manuela, nublados de pena los ojos, aprobó con la cabeza y ordenó a la muchacha:
* -Engracia, dile a la niña Panchita que venga.
* Al rato apareció con andar firme y elástico. Tenía ya el dejo agresivo de la adolescencia en el suave contoneo más gracioso que provocativo. Era alta para sus trece años, y en la finura de su cintura se descubría la herencia paraguaya. El cabello color de tormenta le rozaba las mejillas de un blanco transparente, prueba de su ascendencia española. Saludó con un beso y quedó expectante, las manos unidas sobre el vestido de percal a motas.
* El recuerdo la hizo sonreír.
* Una nube tapó la solitaria estrella. Como ante un mal augurio, Pancha llevó la mano crispada hasta el crucifijo que pendía de su cuello. Alguien se movió. Al claror de la lumbre un anciano acomodó ramas secas sobre los tizones murientes y volvió a tirarse al suelo. Perdida en el pasado, ella se encogió en la hamaca que oscilaba suavemente con el viento.
* Ese día, cuando volví a mi cuarto, miré los retratos colgados uno a cada lado de la virgen sobre la cabecera de mi cama. Los miré como siempre: como a dos desconocidos. Un cierto pudor me inhibió de correr a los brazos de mamá Manuela. Por primera vez tuve un estremecimiento de congoja al pensar en ellos. No me habían mostrado entonces, el cuerpo desangrado y lleno de agujeros de mi padre. Pobre mamá, no lo pudo soportar.
* Más tarde, sin ruido, apareció Engracia en la puerta de mi alcoba, descalza y con el eterno trapo en la cabeza.
* -¿Qué pasa, Panchí? Levántate que na, ya te traje el cocido y la leche caliente para tu desayuno.
* Tuve la certeza de que había estado escuchando la conversación: era una forma piadosa de brindarme su afecto de muchacha humilde.
* Igual que ahora -pensó, antes de quedarse dormida.

JUICIOS SOBRE PANCHA GAMENDIA
Párrafos de una carta de Manuel Pedro de la Peña a su sobrino Francisco Solano López

«Voy a echarte en cara esa reprensible conducta observada con Panchita Garmendia».
«Debes saber que ésta es hija del honrado comerciante vizcaíno don Juan Francisco Garmendia y de la señora Dolores Duarte, cuyos consortes tuvieron tres hijos».
Aquí cuenta de la familia y de los acontecimientos que motivaron la orfandad de los niños y que fueron adoptados por Doña Manuela Díaz de Bedoya y Barrios, una de las principales matronas de Asunción, y continúa:
«En este invulnerable alcázar de la virtud y el decoro fue criada y educada Panchita, muchacha esbelta, coronada de belleza y atractivo, revestida de honestidad y honradez».
«Era el hechizo de cuantos la miraban, todos la adoraban y respetaban; pero tú que nada respetas tomaste el empeño de corromperla, la invadiste por todos lados, le estorbaste las uniones matrimoniales ventajosas que se le presentaban y has sido el obstáculo constante de su felicidad».
«Ella como una roca ha resistido siempre el embate de tus diabólicas pasiones, se te ha hecho invisible y se encuentra adornada de brillantes virtudes en medio de ese piélago de tus corrupciones».
«Viéndote burlado de la hermosa Judith paraguaya, adoptaste el recurso de aprisionar y desterrar a su hermano Juan Francisco con el fin de que ocurriera ante ti a implorar su libertad. Ella lo comprendió así y sin trepidar un instante se acompañó de su madre adoptiva, señora Bedoya, y se le presentó a hacer sus plegarias y ruegos por obtener la libertad de su hermano».
Tú, derretido de fementidos halagos, te mostraste clemente y le prometiste concederle lo que pedía; pero al salir de tu casa, le hiciste decir secretamente con tu rufián coronel Aguiar, que si hubiese venido sola, no se le hubiera negado la libertad solicitada».
«La prueba es que hasta hoy se encuentra el virtuoso joven Garmendia, sufriendo la pena de su cautiverio, y la infeliz hermana llorando su adversa suerte, nada más que por haber sabido conservarse pura».
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Folio 124 de las «Memorias» de Juan Crisóstomo Centurión
«Me dirigí entonces, al cuartel general. Encontré al Mariscal de pie en el corredor cerca de uno de los horcones o pilares de madera labrada. Le manifesté el objeto que me llevaba ante él. Enseguida, en un pedazo de papel blanco, escribió a lápiz contra el horcón, los nombres de Pancha Garmendia y de las hermanas Barrios y me entregó con la orden de mandar ejecutar. Me causó esto un gran dolor y una profunda pena; pero por dura que fuese, el caso no tenía remedio.
»Le hice una venia y me retiré. Llamé a mi segundo, el comandante Barrios, a quien entregué la lista, de puño y letra del Mariscal, con la orden del mismo para su cumplimiento.
»El papelito me fue devuelto después de llevada a cabo la ejecución y lo guardé en mi caja. Esta fue saqueada en Cerro Corá y desapareció aquel junto con otros papeles que había en ella...».
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Solano López de Arturo Bray
«En Capiivary se ejecutó al alférez Aquino y a sesenta y nueve soldados, también acusados de conspiración contra la vida de Solano López, y en Villa Curuguaty lanceada fue la bellísima Pancha Garmendia, símbolo desde entonces de la virtud martirizada. En Igatimi y Panadero siguen las ejecuciones: las víctimas son lanceadas para ahorrar proyectiles y pólvora. Aquellas lanzas enmohecidas en manos de soldados debilitados por el hambre, chocan una y otra vez contra el cuerpo hecho ovillo de los infelices, sin lograr penetrar en sus carnes apergaminadas; seis o siete golpes son necesarios para acabar con el sentenciado, que se retuerce y gime de dolor, rodando por el suelo al tratar de esquivar el lanzazo.
»Ni el clero se salva del vendaval: veintitrés sacerdotes fueron fusilados o lanceados en el curso de la guerra; otros cuarenta perecieron sobre el campo de batalla o de inanición».
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Diario «El Combate» de Formosa. 14 de mayo de 1892. Cecilio Báez
Luego de una reseña de los horrores de la guerra, continúa:
«Tanta calamidad, tanto desastre, no abatió, sin embargo, su espíritu. Su heroísmo rayó en lo sublime. El soldado paraguayo repitió las proezas de los guerreros antiguos, de un Horacio Cocles sobre un puente, de un Leónidas, en las Termópilas, en la acción para siempre memorable del Boquerón.
»La mujer también se sublimó en el dolor y en el sufrimiento. El amor al hijo, al esposo, a los padres, los sentimientos más delicados, en fin, del corazón, cedieron en ellas su lugar al amor a la patria. Sólo así se comprende tanto heroísmo, tanta abnegación, tanto desprecio por la muerte. Lo que más realza la virtud de la mujer paraguaya en esos días de tremenda prueba, lo que le asegura un lugar preferente en el templo de la inmortalidad, es el haber preferido el martirio a su deshonra. El trágico fin de Pancha Garmendia nos lo dice.
»Pancha Garmendia no es la Lucrecia romana, que violada en su lecho nupcial, se arrebata a sí misma la vida, no es la doncella de Orleans guerrera, que acusada de brujería es puesta sobre la pira del sacrificio; no es la Camila O'Gorman enamorada que, tras una escapatoria, cae con su amante en las garras del monstruo; Pancha Garmendia es la virgen que se resiste primero a los halagos y luego a las conminaciones del brutal tirano; es la vestal inmaculada que acepta el martirio antes que violar su voto; es la personificación de la virtud más pura, del más sublime heroísmo; es la mártir gloriosa que defiende el honor de su sexo contra la torpe salacidad de un Sardanápalo, que no satisfecho de tratar al país como su propio señorío, quiso también que fuera el vasto serrallo de sus placeres.
»Pancha Garmendia es también la protesta contra la tiranía. Mientras todo un pueblo permanecía encorvado bajo el yugo del déspota, soberbio y nefario, y, a una señal de su mirar sombrío, obedecíale sumiso y mudo, ella, la tímida paloma que huía ante el cazador tenaz, desafiaba su furor lascivo y sus instintos felinos, optando por el sacrificio de su vida, antes que por el sacrificio de su honra».
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Pancha Garmendia de J. P. Canet
«La sepultura de la heroína Pancha Garmendia, según el reverendo padre Maíz, parece que no tuvo la enseña del cristianismo clavada en su última morada, y, tampoco Centurión y Aveiro hicieron mención de habérsele acercado un sacerdote para prodigarle los últimos consuelos de la religión.
»Pero se cumplió la fatídica amenaza que tanto torturaba la mente de esta hermosa doncella, desde aquella noche en que hizo fracasar los ímpetus lujuriosos de su empecinado y cruel perseguidor.
»La posteridad, rindiendo homenaje a Pancha Garmendia, puso su nombre a una escuela de la capital; pero, ironía del destino, su nombre fue borrado y sustituido con el de Gaspar Rodríguez de Francia, ¡el sombrío Dictador que mandó fusilar al padre de nuestra heroína!
»En las cercanías de la División de Caballería, existe actualmente una avenida denominada Madame Lynch, y una estrecha callejuela, situada entre las calles Antequera y Tacuarí, a la altura de la 2a. Proyectada, de una cuadra de extensión, y que es el vertedero de los detritus del vecindario, que lleva todavía el nombre de la inolvidable heroína Pancha Garmendia, haciendo un triste contraste con la ancha vía destinada a perpetuar la memoria de otra mujer célebre en los fastos de la historia nacional.
»Los antecedentes históricos de una y otra figura, constituyen dos polos diametralmente opuestos; los de Pancha Garmendia, según sus biógrafos, todos contestes, de destacados elogios de sus resaltantes virtudes; los de la otra, están envueltos en oscuros episodios, ninguno de ellos digno de elogios».
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Parte de una carta del reverendo padre Fidel Maíz al profesor Marcelino Pérez Martínez, con datos históricos sobre Pancha Garmendia, fechada el 7 de setiembre de 1907 y publicada después en periódicos de la capital, y de la que reproducimos aquí los últimos párrafos.
Dice así:
«Sabedor de que en Arroyo Guazú habían sido ejecutados varios presos, pregunté al Coronel Centurión, que corría con ellos, por la Pancha, creyendo que fuese traída a Zanja Jhú; pero cuál fue mi sorpresa cuando me dijo que ella también había sido muerta, ¡y a la lanza!»
«¡Muerte tanto más deplorable y atroz, cuanto que la sentencia estaba puesta con una señal de cruz a lápiz por el mismo López, sobre el nombre de la Pancha, en la lista de presas!...»
«¡Así la borró en menos de un tercero de tiempo de entre los vivos, y la hundió en el caos de los muertos! ¡Y sus restos destrozados quedaron insepultos en aquel desierto, sin una cruz siquiera de tosca madera, que guardase su sepultura!»
«He aquí el otro polo de la vida de la Pancha, su salida del mundo entre lágrimas y sangre. Estaba ciertamente en manos del otro de aquellos dos tiranos, ¡los más crueles del Paraguay!...»
Inclinémonos desde la distancia ante la tumba de aquella heroína de la castidad; víctima inocente, mártir de la pureza. Ella, ángel del desierto, batió sus alas de púrpura y se remontó a incorporarse en las regiones etéreas con el grupo de las «ciento cuarenta mil vírgenes que rodean al Cordero del Apocalipsis, cantando cánticos nuevos».
«Pancha Garmendia, hermosa e infortunada mujer, es la honra y gloria de su sexo; es la doncella del Paraguay, como Juana de Arco es la doncella de Orleans».
«Cábeme ahora reproducir esta piadosa aspiración de mi alma:
«Plugue al cielo, y merezca también Pancha Garmendia, como Juana de Arco, la canóniga consagración de esa heroína de la castidad, radiante aureola que abrillanta su sien de mártir por la virginidad».
«Ella, en verdad, murió por conservar intacta su virtud eminentemente cristiana, a la que aparejada está la corona más gloriosa en la mansión feliz de los escogidos»
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PANCHA GARMENDIA (POESÍA DE NARCISO COLMÁN)
Versión en castellano basada en una traducción literal del texto original
.
Pancha Garmendia ya es hora
de este silencio acabar
tu recuerdo se memora
mi guitarra al yo rasgar.
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Esa muchacha, esa dama
hay muy pocas como ella
sin quererle darle fama
llega de lejos su estrella.
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Quienes bien la conocieron
o pudiéronla mirar
mujer igual en belleza
no lograron nunca hallar.
.
Ya después languidecía
pero antes las junté
y en algo se parecía
a Tupasy Caacupé.
.
El Mariscal claudicó
incapaz de resistir
y por ella enloqueció
sin poderla conseguir.
.
Del Batallón femenino
Panchita siempre primera
ella indicaba el camino
defendiendo a compañeras.
.
Del Mariscal recibía
cien perfumes regalados
pero Panchita decía
quizás estén embrujados.
.
La Madama se sabía
por celos se torturó
y luego la suerte esquiva
a Panchita la marcó.
.
Dicen de cerca y de lejos
¿Quién la mandó asesinar?
¿Será verdad que El Consejo
o la Madama nomás?
.
Del año sesenta y nueve
diciembre once cayó
me parece que era jueves
su sentencia se leyó.
.
«Arroyo Guazú» de nombre
Ygatimí era el Partido
de un guapohy a la sombra
queda su cuerpo tendido.
.
Panchita los ojos alza
triste ese cielo miraba
con una dulce sonrisa
en gesto que no se apaga.
.
La madrugada llegó
de espaldas la colocaron
con lanzas se la clavó
y ya muerta la dejaron.
.
Sin errar bajó una estrella
como saeta al lugar
a alguien con su querella
de entonces se oye penar.
.
En la tierra tres bultitos
de socorro hacían llamados
eran sólo pajaritos
«Jacaberé» nominados.
.
No se irá Pancha Garmendia
su dulce nombre quedó
y su historia nombradía
al Paraguay le dejó.
.
Se llegó por la mañana
en su corcel a mirar
bajo el guapohy en rama
un poderoso sin par.
.
Bello era ese señor
plena de luto su entraña
al guapohy se abrazó
secándose una lágrima.
.
Desenvainando su espada
con el acero grabó
en el pie de la enramada
la leyenda que dejó:
.
«Ha muerto Pancha Garmendia
la causa celo de amor
heroína de la patria
una mártir del honor»
M. L. - 8 de julio de 2000.
.
**/**
  • Introducción
    - I - al - XVII -
  • Párrafos de una carta de Manuel Pedro de la Peña a su sobrino Francisco Solano López
  • Folio 124 de las «Memorias» de Juan Crisóstomo Centurión
  • Solano López de Arturo Bray
  • Diario «El Combate» de Formosa. 14 de mayo de 1892. Cecilio Báez
  • Pancha Garmendia de J. P. Canet
  • Parte de una carta del reverendo padre Fidel Maíz al profesor Marcelino Pérez Martínez, con datos históricos sobre Pancha Garmendia, fechada el 7 de setiembre de 1907 y publicada después en periódicos de la capital, y de la que reproducimos aquí los últimos párrafos.

Pancha Garmendia - Versión y grafía original, en guaraní, del poeta Narciso R. Colmán-Rosicrán-.
Pancha Garmendia - Versión en castellano basada en una traducción literal del texto original.

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